lunes, 28 de septiembre de 2020

MERECEMOS UNA EXPLICACIÓN


El Dr. Bouza comunicaba en una breve carta los motivos de su dimisión. Llama la atención el hecho en sí, porque no suele ser frecuente la dimisión de alguien con una responsabilidad importante, y menos que lo haga a las 48 horas de su nombramiento. Pero también es llamativo que explique sus motivos, en unos tiempos en los que los ciudadanos no parecemos tener derecho a que se nos de explicación de nada.

Hace unas semanas, también comuniqué mis motivos de renuncia a continuar en una responsabilidad profesional, mucho más insignificante, pero también en gestión sanitaria. Estos eran simples: uno, que cuando las cosas no se pueden gestionar, uno debe abandonar el barco; otro, el cansancio que una pelea constante con los de arriba y con los de abajo genera. Es agotador luchar cada día, mientras nadie explica el porqué si todos conocemos la existencia de los problemas, nadie pone sobre la mesa una propuesta para mejorar la situación que soporta la atención primaria, y el sistema sanitario en su conjunto. Tengo la sensación, de que en la situación sanitaria actual, no hay nada que gestionar, aunque todo esté por gestionarse.

Pero es bien cierto, que sin gestores, esto no mejorará, y las dimisiones acaban siempre en el olvido, por aquello de "otro vendrá que bueno me hará" para unos, o "muerto el burro la cebada al rabo" para otros, encantados de que la molesta mosca acabe marchándose sola. Pero tampoco en esto, alguien desde la administración, da una explicación creíble a sus administrados, los simples ciudadanos.

Pocos gobiernos han admitido que la atención primaria ya pendía de un delgado hilo, cuando nos llegó el Covid 19, con lo que se han evitado dar cuentas de la gestión anterior que está detrás del desbordamiento. Puede que sin haber llegado esta pandemia, pocos ciudadanos conocieran que nuestro sistema sanitario no era tan perfecto como se nos hacía creer, ni teníamos motivos para creerlo el mejor del mundo; ni supieran de la precariedad del empleo entre los sanitarios; ni de que muchos profesionales han tenido que marcharse a trabajar fuera; o que nuestra capacidad de investigación hace años que quedó dilapidada. Al menos hemos conocido que el sujeto estaba enfermo, que es lo primero para intentar sanarlo. Pero no me dirán ustedes que no es triste, cuando no dramático, que hayan sido necesarios 700.000 contagios y 50.000 fallecidos, para darse cuenta de todo eso.

Que nadie discuta ya, que faltó previsión, es porque se asume que faltó, pero nadie nos explica porque no existió ni previsión ni prevención. Que nos faltaron equipos de protección personal, todos lo sabemos, pero nadie justifica el porqué ocurrió ese desabastecimiento. Algunos deben pensar que eso ya es agua pasada y se queda en un segundo plano. En alguna Comunidad se rechaza la propuesta de aumentar la dotación presupuestaria de la atención primaria sin aclararlo suficientemente a los ciudadanos, cuando se dice que la atención primaria está insuficientemente dotada. Todo es parte de un inmenso baile de dimes y diretes, en el que no exponer todas esas razones, da pie a que otros lo aprovechen para convertir los errores de gestión en causa de confrontación política, que es lo único de lo que en este país sí que vamos sobrados.

Poco tiempo se ha dedicado a explicar lo que te encuentras cuando llegas a una responsabilidad. Al no hacerlo, están asumiendo como suyos, todos los errores de tu predecesor, y de eso hay bastante en este circo de la confusión. Tampoco se ha dedicado el tiempo necesario a explicar el porqué (ya en la segunda ola de la pandemia), se sigue justificando que las cosas no funcionan a causa de la falta de sanitarios, la falta de rastreadores y la escasez de test diagnósticos, porque de ello alguien debe ser responsable. La imprevisión de la primera oleada es hoy negligencia en esta segunda.

Pero no basta solo con quejarse de los gobernantes y gestores, porque también nos sorprende que algunos no cumplan con la rigidez debida todas las medidas de distanciamiento social. Ni todo es culpa de los ciudadanos (de los que su inmensa mayoría las cumple), ni todo es error en la gestión, ni todo está causado por un imperfecto funcionamiento del sistema sanitario. Quien se sienta libre de responsabilidad que levante la mano el primero.

Muchos médicos de atención primaria vivimos una situación insólita. Ya teníamos listas interminables de pacientes que nos impedían hacer bien nuestro trabajo en muchos consultorios, pero con la pandemia, las teleconsultas han venido a aumentar esa sobrecarga cuando deberían aliviarla. Ejercemos en un país donde no se ha invertido nada en la educación de la demanda, y la consecuencia de ello es una alta tasa de frecuentación con el profesional de atención primaria. Nos quejamos de que hay más demanda de asistencia que en otros países, pero nadie explica porque no se hace nada para corregir ese desequilibrio.

Ahora en plena pandemia, tampoco sabemos cómo hacerlo bien. Soportamos un lastre: la excesiva burocracia perpetuada durante años. Una parte de ella podría asumirse por otro personal del equipo de salud. Pero la mayor parte es innecesario que se realice por los sanitarios, porque es un trabajo administrativo y no asistencial. Ejemplos múltiples, como las IT, informes, justificantes y certificaciones... Esto no puede justificarse por falta de profesionales, sino que tiene solución invirtiendo recursos en personal administrativo. Nos quejamos de poco tiempo para la visita médica, pero nadie explica a los pacientes porqué cada vez nuestro trabajo es más burocrático, y no el estrictamente asistencial.

Tampoco parece merecer una explicación, que mantengamos vigente un mapa de zonas sanitarias durante más de tres décadas, y que todos, sanitarios y gobernantes, sabemos que necesita ser revisado. Cuando se realizó, la población a atender era diferente. Hoy ha aumentado o disminuido, ha envejecido en muchas zonas, muchos procesos de salud se han cronificado, y en consecuencia han cambiado las necesidades. Sirva como ejemplo, que ayer podía estar justificada la necesidad de un pediatra en una determinada zona de salud, mientras que hoy es más necesaria la intervención del geriatra.

Y nadie explica tampoco, el porqué de los continuos cambios de profesionales en los servicios de atención continuada. No parece una idea descabellada, que cada centro cuente con una plantilla de facultativos de atención continuada adscrita al centro. Eso permitiría, a la vez que dar estabilidad en el empleo, que las ausencias se cubriesen, y poder plantear la cobertura de la asistencia a cursos de formación de los profesionales. Se puede prohibir la formación de los profesionales por la industria farmacéutica, pero se debe garantizar esa formación desde el propio sistema, porque estar actualizado en la profesión sanitaria, no solo debería ser aconsejable, sino obligatorio. ¿A alguien le han explicado el porqué la formación continuada mediante la asistencia y superación de cursos de actualización dentro del sistema no es obligatoria?

Nosotros queremos hacer medicina, y las condiciones actuales lo hacen más difícil cada día. Puede que sea necesario revisar los cupos, cambiar los modelos asistenciales, u otros cosas, pero todo pasa por más profesionales y más recursos. Desde luego no se soluciona permaneciendo a la espera de que se arregle solo. Queremos y merecemos tener un horizonte profesional despejado, menos aplausos y menos invitaciones a abandonar el ejercicio de la profesión que amamos. Todo lo anterior, además, tiene una relación directa con la baja colaboración entre primaria y hospitalaria, y cuya mejora ayudaría sobre todo a los pacientes. Nos quejamos de ello, y la pandemia ha evidenciado que es imprescindible. Pero nadie explica los motivos por los que esa cooperación no es tan fluida como debiera. La nueva normalidad no puede ser continuar haciendo más de lo mismo, porque habrá que hacer cosas nuevas, y cambiar los errores por aciertos.

Se pueden iniciar experiencias piloto si no se quiere abordar de forma global, pero esa revisión de un montón de aspectos del actual sistema sanitario es un asunto que urge. Si no disponemos de suficientes recursos, deben redistribuirse los existentes. No son sugerencias caprichosas, aunque algunas sean más sencillas de expresar que de implantar, sino unas aportaciones en la línea de que los médicos hagamos de médicos y los enfermeros de profesionales de enfermería. Lo innegable es que la situación es preocupante y que, o somos capaces de mejorar la gestión de la pandemia, o el futuro será más negro que lo gris que ya hoy nos parece.

Y no vale actuar con las ocurrencias del momento. Cualquier decisión que se adopte, debe buscar el beneficio de la salud de todos. Debe actuarse con criterios basados en la evidencia científica y nunca en la genialidad del gobernante de turno. Pero no se puede obviar que hay una responsabilidad individual, y que esta no desaparece con culpar de todo lo que está aconteciendo a los políticos, algo que se ha convertido en una justificación para olvidar lo que cada uno debemos enmendar.

Entre los sanitarios, se respira un ambiente extraño. Huele a cansancio y a agotamiento. En algunos lugares incluso con amargura. De poco nos sirve buscar culpables en los gobiernos insensatos o entre los ciudadanos imprudentes, si al final la factura a pagar también es nuestra. Solo podemos saber, que no vale rendirse ante la incomprensión de unos y otros. Entre los políticos, algunos deberían ser conscientes de que la peor decisión es la que no se adopta, y que estamos necesitados de decisiones políticas que apuesten por cambiar un modelo que se ha demostrado con graves defectos y carencias. No solo nos faltan recursos, porque sobre todo falta planificación. Entre los ciudadanos, se aplaude la responsabilidad y el respeto de la inmensa mayoría.

Este país está ante una oportunidad de cambio del actual sistema de salud, que se ha degradado en los últimos diez años de forma alarmante, para una mejora y adecuación a una nueva realidad. No solo hay que reivindicar una mejora de la atención primaria sino de todo el sistema sanitario español, hospitalaria incluida. Es momento de huir de individualismos, del vicio nacional de mirarnos el ombligo convencidos de que somos el centro del universo. Toca implicarnos todos en un objetivo común: lo institucional, lo profesional y lo académico. Con generosidad, con sabiduría, y sin miedo.

Pero sobre todo, es el momento de la transparencia, de demostrar lealtad con los ciudadanos, de explicar siempre, el porqué de las decisiones que se adoptan, y el porqué de las que no. Tenemos derecho a saber, que se hace y que no.

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