viernes, 17 de mayo de 2013

La facilidad con que nos convertimos en jueces

Para que haya justicia, cualquier acusado o acusada debe ser informado de la acusación que se ha formulado contra él o ella, porque con ello se evitan las  acusaciones sorpresivas y ayudar a que pueda preparar desde el primer momento la defensa adecuada a la acusación que se le hace
También tiene derecho a no reconocer su participación en un delito, y faltar a la verdad  no puede ser objeto de sanción, excepto cuando no sea una declaración y se intente ocultar pruebas.
El más conocido de los derechos de la persona acusada, es que no tiene la obligación de probar su inocencia, sino que ésta debe presumirse y el Tribunal actuar consecuentemente con esta presunción. Si la persona que juzga no llega al convencimiento de la culpabilidad, deberá declarar su inocencia.
Pero también existe el deber ciudadano de que la verdad resplandezca, y el ciudadano honrado debe asumir sus errores y la culpabilidad en la vulneración de la ley. Pero derechos y obligaciones chocan frontalmente en la cabeza del reo, y nadie puede pedirnos arrojar piedras contra nuestro propio tejado.
Cuando quien es juzgado es un personaje público, hacer justicia resulta más difícil. Cuando es un personaje político, que resplandezca la justicia resulta casi imposible. Seguidores, aduladores y agradecidos de un lado. Detractores, envidiosos, vengativos de otro. Si no imposible, si muy difícil. No se puede olvidar que en política siempre hay un precio a pagar por el que destaca por su protagonismo, y cuando es juzgado ese precio aumenta.
En nuestro país, que se declara un estado de derecho, a veces tenemos la sensación de que la justicia brilla por su ausencia. Imputados que se enteran de que lo son por los medios de comunicación, aquellos a los que no les concedemos el derecho a no confesar, y los que son condenados por los medios antes de realizar un juicio formal.
Cuando la justicia no lleva la venda en los ojos deja de ser justicia, y se vuelve parcial. Cuando una sentencia es injusta, no puede ser obligatorio compartirla, ni respetarla, ni  acatarla, porque no pueden ser merecedores de respeto los jueces que por subjetivos en sus decisiones resultan injustos.
Pero no podemos olvidar que los primeros que nos convertimos en jueces implacables de los demás somos los ciudadanos, y somos capaces de no ver la viga en el ojo propio ni en el del amigo, y ver la paja en el ajeno o en el del rival, y ver injusto al juez que sentencia contrario a lo que creemos, y justo si es según  nuestro criterio. Cuando ocurre esto último, entonces se nos olvida que pueden equivocarse. Cuando ocurre lo primero, siempre se equivocan.
Lo que es innegable es que cuando no impera la justicia en nuestra vida cotidiana, cada día es un día triste. Cuando no hay juicio justo, la sentencia condenatoria se convierte en una  venganza, en un ajuste de cuentas. Cuando el culpable es declarado inocente, la justicia se convierte en un hazmerreir.

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