Triste y mucho, ver ayer cómo muchos de aquellos viejos mandarines socialistas que en su día no toleraban ni que alguien tosiese fuera de guion, se presentan ahora como tribunos de la conciencia crítica, y que se dedican a dinamitar al secretario general de su propio partido desde los platós. No es coherencia ni memoria histórica: es pura egolatría de quienes confunden su biografía con la historia del socialismo y su rencor personal con doctrina política.
Estoy hablando de dirigentes que construyeron un PSOE donde “a la izquierda estaba el abismo”, donde al que se movía se le borraba de la foto y la discrepancia interna se pagaba con el ostracismo o con la carrera política cercenada. Quienes entonces exigían obediencia ciega hoy se permiten el lujo de pontificar en las televisión y medios al servicio de la derecha, contra un gobierno socialista legítimo, mientras le bailan el agua a esa derecha con una alegría que nunca tuvieron cuando se trataba de escuchar a su propia militancia.
Se les organizaban actos, conferencias, se cruzaba medio país para arroparlos, pagando de nuestro propio bolsillo viajes, hoteles y comidas, solo para que ese liderazgo siguiera teniendo voz y presencia en el partido. Hoy, ese capital de lealtad lo devuelven con un desprecio altanero, como si aquel apoyo no hubiera sido más que una alfombra que pisar de camino a su propio altar narcisista.
Quien se afilió en el 83, con 28 años y militó décadas, conoce bien la diferencia entre compromiso y oportunismo cuando afirmo que algunos de estos exdirigentes nunca fueron realmente socialistas, sino cazadores de sillones. No luchaban por la gente ni por el pueblo, sino por asegurarse despacho, coche oficial y relevancia mediática, y cuando el partido dejó de ser vehículo de su ego, lo están convirtiendo en diana de sus resentimientos.
El caso es sangrante cuando se ve cómo ciertos expresidentes y exvicepresidentes prefieren airear sus fobias personales contra el actual secretario general en prensa y televisión, en lugar de hablar cara a cara con él y plantear sus discrepancias donde toca: en la organización que dicen amar tanto. Hablan de respeto institucional mientras deslegitiman al presidente socialista que no se deja manejar por ellos, porque habrían preferido a un dirigente dócil, moldeable, al que sí podían tratar como subordinado y no como igual.
Ese resentimiento continuo que exhiben en cada intervención pública no solo hace daño a su partido, sino a la institución que encarna y, sobre todo, a quienes siguen creyendo que el socialismo es algo más que un episodio autobiográfico de unos cuantos “supermanes” de la Transición. Lo que producen no es debate honesto, sino asco y tristeza entre una militancia que ve cómo se utiliza el prestigio acumulado para socavar las posibilidades de construir una sociedad mejor desde la izquierda.
Los mismos que se envuelven en la nostalgia de la pana fueron también quienes echaron por la borda millones de votos y jugaron a favor del capital con políticas económicas y laborales que abrieron la puerta a la precariedad que hoy sufren las generaciones más jóvenes. Ahora se colocan en un pedestal moral desde el que dictan sentencias al presente, pero callan su propia corresponsabilidad histórica en la frustración de tantas ilusiones populares.
Lo que han perdido no es la memoria por la edad, sino la vergüenza política: recuerdan con precisión quirúrgica todo lo que alimenta su ego y olvidan, interesadamente, las deudas que tienen con la militancia que los sostuvo durante décadas. Frente a esos exdirigentes sin amo, pero con muchos dueños en los consejos de administración, la base socialista reivindica algo tan elemental como tener un presidente socialista con todas las letras, no un tutor ni un patriarca que dicte lo que es aceptable pensar.
Por eso, más que escuchar las letanías de quienes se creyeron eternos, conviene mirar a quienes se dejaron la piel organizando actos, pagando viajes y sosteniendo el partido en los peores momentos, sin exigir a cambio un altar en los medios. Es ahí donde sigue vivo el socialismo, no en la amargura televisada de quienes confunden su decadencia personal con la decadencia de la causa a la que hace tiempo dejaron de servir.
No hay comentarios:
Publicar un comentario