Feijoo ha hecho exactamente lo contrario de asumir el coste político de tres escándalos: se ha dedicado a proteger al partido, deslizar culpas hacia otros y limitarse a gestos cosméticos allí donde el daño es más evidente. Puede verse sin necesidad de grandes análisis.
En los cribados en Andalucía, ha decidido tapar el boquete, no repararlo. Feijoo ha actuado como cortafuegos de los barones del PP, no como líder preocupado por las pacientes. Mientras la ministra de sanidad le exigía que pusiera orden y obligara a las comunidades del PP a entregar los datos, él se alineó con su plante y avaló la negativa coordinada a facilitar información sobre cribados de mama, cérvix y colon. Esa postura, lejos de afrontar de frente lo ocurrido en Andalucía, ha convertido la opacidad en estrategia: cerrar filas, negar datos y vender el problema cómo una “maniobra política” del Gobierno central.
En el caso del hospital de Torrejón: condenar al CEO, para salvar el modelo. Con el hospital de Torrejón, Feijoo ha aplicado un manual clásico: se carga al peón para salvar la estructura. Después de conocerse los audios donde el CEO del grupo Ribera pedía rechazar pacientes y alargar listas de espera para mejorar el EBITDA, Feijoo se ha limitado a “alegrarse” de su salida y a pedir una auditoría “con absoluto rigor”, dejando intacto el modelo de concesiones que incentiva exactamente ese tipo de decisiones. No hay una sola palabra cuestionando la lógica de la sanidad público‑privada madrileña; el problema, según su relato, no es el sistema, sino una frase desafortunada de un directivo demasiado sincero delante de un micrófono encendido. Y además la auditoria no se va a hacer.
Con Mazón ha pasado del blindaje a la distancia calculada. Feijoo ha pasado de garante a esquiador de fondo, intentando deslizarse fuera del foco a medida que las mentiras del president valenciano se volvían judicialmente incómodas. Primero se presentó en Valencia asegurando que Mazón le había informado “en tiempo real” de la DANA, frase que hoy investiga una jueza y que ha motivado su citación como testigo para aclarar si aquello fue cierto o una mentira más al calor de la tragedia. Solo cuando el coste reputacional ha desbordado a Mazón, Feijoo empieza a hablar de que “tendrá que explicar todas y cada una de sus palabras”, un giro calculado que llega tarde y que no corrige lo esencial: durante un año, el PP ha protegido y acompañado ese relato engañoso.
El hilo común es claro: Feijoo no lidera para aclarar hechos, sino para minimizar daños partidistas. En Andalucía respalda el cierre en falso de los cribados y la negativa a dar datos; en Madrid separa al CEO del contexto para no tocar el negocio sanitario; en Valencia acompaña a Mazón mientras las mentiras sirven para aguantar el chaparrón, y solo se distancia cuando ya hay jueza, víctimas organizadas y presión mediática. No es “pasar de puntillas” por torpeza, es una decisión política: el dolor de las pacientes andaluzas, los enfermos rechazados en Torrejón o las víctimas de la DANA son secundarios frente al objetivo prioritario de que nada de esto termine señalando al proyecto real que Feijoo representa: un PP que privatiza, usa la opacidad y miente, pero exige responsabilidad solo cuando gobiernan otros.
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