En aquel pueblo nadie sabía con certeza adónde iban a parar los mensajes que borraban de sus WhatsApps. Algunos decían que se quedaban flotando en el aire, como pájaros tristes condenados a volar hasta que alguien recordara cuales eran sus palabras. Otros juraban haberlos visto cruzar el cielo de madrugada, en forma de destellos verdes que corrían sobre la loma junto al camino del norte, eran cómo la luz del Pardal, pero ellos la veían justo antes del amanecer, y no de noche.
Desde que la panadera borró aquel mensaje, el silencio empezó a crecerle por dentro. Ya no era feliz mientras amasaba, y la panadería ya no olía a pan caliente, sino a tinta y a cables quemados, que ella notaba que se le enredaban en la garganta y no la dejaban dormir. Por las noches, abría el teléfono y pulsaba la tecla “recuperar”, intentando encontrarlos y recuperar el sueño que había dejado escapar.
Pero no le ocurría solo a ella. En el pueblo se oían rumores de que la forma de recuperarlos era ira a la vieja oficina de correos, donde había un buzón invisible al que llegaban los mensajes eliminados de todo el pueblo. Ella fue, y encontró las confesiones de amor que nunca envió, las disculpas a su amiga por intentar quitarle el novio, y muchos mensajes que había borrado porque no se atrevió a enviarlos. Pero no estaban todos los que había borrado.
Una madrugada, la panadera siguió un zumbido que salía de su móvil y caminó detrás del ruido que iba aumentando su intensidad conforme se acercaba a la oficina. No tenía llave, pero la puerta se abrió sola. Dentro, encontró mil mensajes flotando en el aire, cada uno con la voz de a quien no se atrevió a enviárselo y los borró. Ella buscó el que no había enviado a su amiga entre aquella multitud y lo encontró: “Te he querido mucho más a ti de lo que pude amar a tu novio”. Lo tocó con la punta de los dedos, y en ese instante el mensaje se envió, y ella pensó que igual habría despertado a su amiga. Pero ya no podía volver a borrarlo, porque aquel mensaje había esperado demasiado tiempo para ser leído.
Al día siguiente, cuando los vecinos se despertaron hallaron el teléfono de la panadera en la puerta de la oficina de correos sobre un banco de piedra, pero con la pantalla encendida. En él se leía una sola palabra: Recuperado. La vecina que lo encontró fue a la panadería, para devolverlo, pero se encontró la panadería cerrada. La panadera había desaparecido y nadie volvió a verla nunca.
Desde entonces, cuando alguien borra un mensaje de su móvil en el pueblo, la pantalla le tiembla suavemente, y aparece un mensaje que dice: soy la panadera, dile a mi amiga que nunca amé a su novio, que me perdone, que mi corazón quiere poder regresar.
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