Vivimos un tiempo extraño. Con niños que aprenden en qué fecha fue el “alzamiento”, como si se tratase de un cumpleaños en que soplar las velas, sin saber que lo hacen sobre un mapa lleno de fosas comunes que nadie les ha enseñado que están ahí. Les contaron que hubo un hombre fuerte, un abuelo de postal en blanco y negro, pero les escondieron al militar cuya hazaña fue madrugar un 18 de julio para dispararle al gobierno legítimo.
No les contaron que durante tres años el país ardió, quemado por quienes a la vez quemaban libros prohibidos, de los que todavía hoy crujen sus páginas en las cunetas, donde la tierra mastica huesos que nunca tuvieron despedida. Después vino la noche larga, cuarenta años de relojes parados, de persianas cerradas al pensamiento, de un mundo huyendo afuera, porque aquí se enseñaba a marchar, pero no a dudar.
Ahora, en las pantallas digitales, los nietos repiten consignas que no entienden del todo, mientras en los platós, caballeros muy serios calculan cuántos votos les renta su amnesia bien administrada durante años. Hay políticos que negocian con el olvido, como quien trafica con medicamentos caducados, sabiendo que hacen daño, pero que ellos venden igual, porque el negocio del cuento del pasado les da beneficios en el presente.
Este país duele cuando se mira de frente y reconoce en el espejo la sombra de quien nunca se fue del todo, porque nunca se nombró del todo, porque nunca se le juzgó del todo. Quizá la verdadera transición todavía no ha ocurrido, y que solo llegará, ese día en que un chaval de quince años escuche la palabra Franco y, en lugar de creer oír una broma más en el instituto, vea una herida abierta en nuestra historia y su inteligencia le haga preguntarse, Y los que faltan, ¿dónde están?”.
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