Juanma Moreno ha logrado lo que parecía imposible: convertir un fallo masivo en los cribados de cáncer de mama en una anécdota estadística y, de paso, usar Barcelona como plató promocional para relativizar el daño a miles de mujeres andaluzas como si fueran una nota al pie de su libro.
Hablar de “medio millón de cribados al año” y reducir el escándalo a “un 1%” de afectadas, “afortunadamente prácticamente el 99% sin lesiones tumorales”, es una obscenidad política: detrás de ese 1% hay vidas partidas, diagnósticos tardíos, cirugías más agresivas y familias aterradas. Solo a un presidente que ha perdido completamente el sentido de la dignidad le puede parecer razonable minimizar “al menos 23 mujeres” con cáncer, cuando las asociaciones hablan de decenas o cientos de afectadas, como si fueran daño colateral asumible en su power point de gestión exitosa.
La escena roza lo inmoral: Moreno dando una rueda de frases redondas en Barcelona, donde había ido a hablar de su libro, a mil kilómetros de las mujeres que no fueron avisadas o fueron avisadas años tarde de que su mamografía era dudosa, y soltando cifras que ni su propio consejero se atreve luego a sostener. En 48 horas pasan de admitir “algo más de 23” casos a no querer precisar la cifra real, mientras la asociación Amama habla de unas 2.000 mujeres afectadas por fallos de aviso y asegura que ya hay al menos 300 que han desarrollado cáncer, y la Junta responde con porcentajes y silencio administrativo.
Las afectadas tienen nombre, apellidos y cicatrices; para Moreno son “2.317 mujeres” en un Excel, de las que “afortunadamente” solo una parte han desarrollado tumores, como si el problema fuese que el porcentaje es “bajo” y no que el sistema dejó tiradas a miles. Que tenga que ser una asociación de mujeres con cáncer de mama la que le recuerde que “con una sola ya es una catástrofe” evidencia el abismo moral entre quienes se juegan la vida en cada mamografía y un presidente que se permite banalizar el cáncer mientras firma dedicatorias de su libro.
La Junta lleva meses esquivando explicaciones de fondo sobre por qué se ordenó no informar a mujeres con mamografías dudosas, por qué se tardó casi un mes en dar la cara y por qué siguen sin ofrecer un dato claro y honesto de cuántas han desarrollado un tumor y cuántas han muerto. Cuando un gobierno convierte un fallo de cribado en un problema de comunicación y un drama colectivo en un discurso de “tranquilidad” estadística, no solo falla en la gestión sanitaria: falla en lo único que no se puede falsear con porcentajes, que es el respeto a la vida y al dolor de las mujeres a las que su propio sistema dejó solas.
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