Silencio de Page ante las declaraciones impresentables de su consejera de igualdad. En Castilla-La Mancha, García-Page encarna a la perfección una paradoja cada vez más extendida en la política española: la del dirigente que sobrevive más por comparación que por convicción. Quienes lo critican con dureza lo acusan de hacer de la política un modo de vida más que un servicio público, y apuntan que su permanencia en el poder se debe, en parte, al vacío de alternativas convincentes. No se le vota, dicen algunos, por entusiasmo, sino por descarte.
Hacer una comparación con Isabel Díaz Ayuso no es casual. Ambos comparten una forma de liderazgo mediático que prioriza el golpe de efecto sobre la gestión, el titular sobre la medida concreta. En un contexto donde los votantes parecen resignarse a elegir “el mal menor”, esa fórmula resulta rentable. Pero el coste institucional y social es elevado: el debate público se empobrece y las políticas de fondo quedan relegadas.
Más que dirigentes eficaces, ambos se consolidan como figuras de resistencia política. Page y Ayuso representan en distintos colores una misma tendencia: la de entender la política como un espectáculo de supervivencia. Mientras tanto, los ciudadanos siguen esperando que alguien gobierne, no que actúe.
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