martes, 17 de febrero de 2026

Hasta cuando es soportable el ruido

¿Habrá servido para algo el acto institucional, presidido por los reyes, para conmemorar la Constitución de 1978? Sinceramente creo que no. El espíritu de consenso constitucional se quedó atrás. Nadie en el Congreso parece escuchar realmente lo que el rival político le dice. Las palabras han dejado de ser puentes para convertirse en piedras y el discurso en un apedreamiento. La derecha y la ultraderecha, una con su tono de falsa moderación, y la segunda con su voz de trueno, parecen disputarse quién es capaz de tensar más la cuerda del desprecio. Ellas no hablan de políticas, ni de sanidad, ni de vivienda, ni de los jóvenes que se marchan ni de los viejos que esperan. Hablan de “ellos” y de “nosotros”. De “ellos corruptos” y “nosotros los patriotas”.

Detrás de cada frase solo se percibe acidez: la sospecha sin pruebas, la injuria elevada a estrategia, el odio disfrazado de convicción moral. Y lo más triste no es escuchar a los lideres, sino ver cómo tantos aplaudían desde las gradas, convencidos de que destruir al adversario era ganar, aunque quien pierda sea el pueblo. No entienden, o no quieren entender, que cuando se siembra desprecio contra media España, es el propio país el que se pudre por dentro. Que cada vez que llaman “cómplice” o “traidor” al vecino que vota distinto, hacen más difícil esa convivencia que tanto dicen defender.

España no necesita mártires del insulto ni profetas del miedo. Necesita líderes que recuerden lo esencial: gobernar es servir, y oponerse es ofrecer alternativa, no incendiar la casa común. Porque cuando se olvida la dignidad del otro, cuando la política se convierte en venganza y la discrepancia en delito, el ruido sustituye a la palabra y la mentira se sienta en el escaño. Y entonces, de tanto gritar, acabamos no oyendo la parte humana inherente a la política.

¿qué desgracia debe ocurrir para que dejen de sembrar odio?

Pues no. don Felipe VI, el acto institucional para conmemorar la Constitución de 1978 no ha servido para hacer país.

Los momentos terroríficos de lucidez.

Aquella tarde de domingo que les visité, la casa olía a sopa caliente y a fotos antiguas. En la radio que había en su despacho junto a montones de carpetas con papeles, sonaba una canción que hablaba de una mujer que se deshilachaba por dentro, y Nuria, sin saber por qué, bajó el volumen justo cuando el estribillo pronunciaba un nombre que no era el suyo, pero podría haber sido. Juan estaba en la cocina, peleándose con un puñado de perejil como si estuviera realizando una operación a corazón abierto.

-Si sigues triturándolo así, va a pedir el alta voluntaria, 

dijo Nuria, en tono de broma desde el quicio de la puerta de la cocina. Él levantó la vista, y sonrió con ese gesto torpe que llevaba años gesticulando solo para ella.  

-Es que quiero impresionarte, mujer. No todos los días se cumplen cincuenta y dos años desde la primera vez que me dijiste que no.  

La memoria compartida entre los dos estaba hecha de negativas que acababan en síes, de billetes de tren perdidos, de habitaciones de hotel y de mudanzas con cajas numeradas, pero que algunas luego nunca abrían. Habían aprendido a vivir con poco, incluso menos que poco: les sobraba con la certeza de que el otro seguía ahí al despertar. Eso era más que suficiente.  

La primera vez que Nuria notó algo raro fue una tontería, como casi todo lo importante. Volvían del supermercado y él, que siempre se adelantaba para abrirle el portal, se quedó quieto en la acera, mirando el edificio como si fuera la casa de otro.  

-¿En qué piso vivimos?, preguntó, con una risa que intentó sonar ligera.  

Nuria pensó en un despiste.  

-En el cuarto, Juan, donde siempre. ¿Qué pasa, te has mudado sin avisarme?  

Él asintió, fingiendo una broma:  

-Es que hay días que mi cabeza se da una vuelta sola.  

El comentario se quedó flotando en el pasillo de la casa, pegado a las paredes como si se tratara de humedad. Pasaron semanas. Luego meses. Pequeños olvidos: las llaves en la nevera, la olla guardada en el armario junto a los abrigos, un recibo de la luz guardado en la funda de la guitarra que, desde que su hijo se fue a Irlanda, ya nadie tocaba. Nuria fue barriendo todos esos olvidos, uno a uno, con la escoba de la costumbre. Hasta que le fue inevitable y empezó a tropezar con ellos.  

Una noche, mientras veían fotos antiguas, Juan señaló una imagen donde se les veía jóvenes, apoyados en la barandilla de un barco que cruzaba el puerto. Ella llevaba un vestido rojo que él siempre recordaba como si fuera de alta costura.  

-Mira qué guapa, dijo. 

-¿Cómo se llamaba esa muchacha?  

Nuria se rio, creyendo que estaba de broma.  

-Se llama igual que la pesada que te recuerda cada día que te tomes las pastillas.  

Juan frunció el ceño, esforzándose.  

-No, en serio, ¿cómo se llamaba? Me acuerdo del vestido, de ese viento en la cara, de que me dije “ahora la beso o me arrepiento toda la vida”… pero el nombre se me escapa.  

El silencio que siguió fue distinto a todos los silencios que habían compartido antes. No era la pausa cómoda de dos que se conocen, era un corte, una costura que se rompía. Nuria sintió, por primera vez, un frío nuevo: no el miedo a perderlo, sino el miedo a que él la perdiera a ella.  

Los médicos pusieron nombre a aquello con la precisión de quien escribe una receta: enfermedad de Alzheimer, inicio insidioso, deterioro progresivo. Palabras de manual para una vida que no cabía en ninguna guía clínica. Nuria escuchó, tomó notas, preguntó, como si el conocimiento pudiera servirle de escudo. Sabía demasiado y eso a veces dolía más.  

Al principio, Juan se reía de su propia confusión.  

-Mi cabeza es un cajón revuelto, decía. Pero tú estás en la primera fila, no te vas a caer.  

Y durante un tiempo fue verdad. Se equivocaba de día de la semana, mezclaba nombres, llamaba “miércoles” a los lunes, pero a Nuria la seguía encontrando incluso a oscuras, solo con la mano extendida en mitad de la noche.  

Luego llegaron los días raros. Esos en los que Juan se despertaba inquieto, preguntando si su madre había bajado ya a comprar el pan, aunque llevaba veinte años muerta. Esos en los que buscaba un libro que nunca habían tenido, o se empeñaba en ir a un trabajo que dejó hacía décadas. Nuria aprendió a acompañarlo en esos viajes sin corregirle demasiado, a no arrancarle las pocas certezas que le quedaban, aunque fueran de otro tiempo.  

-¿Te acuerdas de cuando íbamos en avión a Bruselas a ver a la niña? le preguntó una tarde, mientras él miraba por la ventana, siguiendo con la vista una nube que parecía no moverse.  

Juan tardó en responder.  

-Me acuerdo del avión, dijo despacio. Me acuerdo de estar sentado y pensar “hoy la vuelvo a ver”. Pero el aeropuerto… y tu cara… es como si alguien hubiera desenfocado la foto.  

-Da igual, respondió Nuria, forzando una sonrisa. Yo me acuerdo por los dos.  

Hubo, sin embargo, otros días luminosos, momentos afilados en los que la niebla se abría de golpe. Eran sus particulares terribles momentos de lucidez, como había leído una vez en un artículo sobre una abuela con Alzheimer.  Esos instantes en los que Juan parecía volver entero, no solo en partes.

Ocurrió una tarde de invierno, mientras ella lo ayudaba a abotonarse la camisa. Sus manos temblaban, pero no por la enfermedad.  

-Nuria 

Y el modo en que pronunció su nombre la obligó a mirarle a los ojos, 

-Hay algo que quiero pedirte.  

-Lo que quieras.  

-Cuando ya no sepa quién eres, cuando te llame de otro modo, no me lo tengas en cuenta. Tú sigue viniendo. Haz como si yo supiera que eres tú, aunque no lo sepa.  

Nuria tragó saliva y afirmó  

-Eso no va a pasar.  

-Sabes que sí, respondió él, sin dulzuras. 

-Yo ya lo estoy viendo venir desde dentro, como si alguien apagara las luces una por una. A veces las vuelven a encender de golpe y veo todo claro, y me asusto. No por mí. Por ti.  

Ese día, cuando se quedó dormido en el sillón mientras veía la televisión, ella se sentó frente a él y lo miró largo rato. Intentó grabarse en la memoria todos sus gestos: la forma en que torcía la boca al respirar, la arruga marcada entre las cejas, la pequeña cicatriz junto a la oreja que antes le gustaba besar. Se dijo que, pasara lo que pasara, lo sostendría hasta el final. Aunque fuera ella quien tuviera que recordar por los dos.  

El deterioro fue avanzando con la crueldad implacable de un calendario que pasa de hoja incluso cuando nadie lo mira. Había días en los que Juan estaba casi ausente, sentado en la butaca, siguiendo con los ojos algo que solo él veía. Otros en los que volvía al salón un poco y le preguntaba, como quien despierta de un sueño raro:  

-Estamos casados, ¿verdad?  

-Desde hace cincuenta y dos años, contestaba Nuria.  

-Pues ya has tenido paciencia, 

bromeaba él, y por un momento eran los mismos que se habían reído del perejil en la cocina.  

Una mañana, en el centro de día al que empezó a asistir, llamaron a Nuria porque Juan estaba muy agitado. Llegó con el corazón en la garganta. Lo encontró en un pasillo, enfadado con su propio reflejo en un cristal.  

-¿Quién es esa mujer? preguntaba, señalando la nada. La que dice que soy su marido.  

Ella se le acercó despacio, como se acerca uno a un animal herido.  

-Soy yo, Juan.  

Él la miró, desconcertado. Algo en sus ojos destelleó, como una bombilla a punto de fundirse.  

-No. Tú eres… tú eres…  

Se quedó en blanco. Entonces, de un rincón remoto de su mente, llegó una chispa:  

-Tú eres la que siempre se ríe cuando lloro.  

Nuria sintió que se rompía por dentro.  

-Sí. Esa misma.  

A partir de entonces, dejó de insistir en su nombre. Le bastaba con que, de vez en cuando, él la reconociera por la forma de sujetarle la mano, por la manera de cabezonería y testarudez de colocarle la bufanda, por el modo en que le contaba por décima vez la historia del avión y del vestido rojo. Su identidad ya no le cabía en una sola palabra. Era todo lo vivido.  

En una de esas tardes en las que el tiempo parecía detenido, se sentaron juntos frente a la ventana de la casa a la que se mudaron para estar más cerca del aeropuerto al que llegaban sus hijos. Afuera, el mundo seguía su marcha: niños que salían del colegio, una señora que se peleaba por plegar un carrito, un perro que se negaba a cruzar la calle. Dentro de él, el reloj marcaba la hora sin prisa.  

-¿Sabes qué es lo peor? susurró Juan, sin apartar la mirada del vidrio.  

Nuria esperó.  

-Que hay una parte de mí que se da cuenta de lo que estoy perdiendo. Es como si viera mis propios recuerdos irse andando en fila india. A veces quiero llamarlos por su nombre, pero no me salen las palabras.  

-Yo los llamo por ti. No los pierdes, se vienen conmigo.  

Pasó el tiempo. Las preguntas de Juan se hicieron más simples: ¿ya es de día?, ¿he comido?, ¿te vas a ir? A veces confundía a las enfermeras con sus tías, dejaba que lo afeitaran como un niño obediente, se dejaba llevar por pasillos que ya no sabía si eran suyos. Nuria acudía cada día, puntual, con una rutina que era su forma de resistencia: le hablaba de los hijos, de los veranos en la playa, del tren que casi pierden aquella vez que regresaban a Albacete, del avión y del vestido rojo.  

Una tarde de otoño, mientras le leía en voz alta un poema que siempre le había gustado, notó que él la miraba de una manera distinta, fija, intensa.  

-¿Qué pasa? Preguntó Nuria bajando el libro.  

Juan abrió la boca, dudó, y al final dijo:  

-Es… curioso.  

-¿Qué?  

-No sé quién eres. Pero cuando estás aquí, tengo menos miedo.  

Nuria sintió que esa frase le atravesaba el pecho como una espada. Se inclinó, le besó la frente, y le respondió:  

-Con eso basta.  

En sus últimos meses, Juan vivió en una especie de orilla. A un lado, el mundo real; al otro, un lugar borroso al que Nuria no podía seguirlo. Allí veía a sus padres jóvenes, a amigos muertos, a un muchacho que era él mismo a los veinte años, dispuesto a subir por primera vez a un avió con una maleta ridícula y demasiados sueños.

La última vez que abrió los ojos con claridad fue una mañana fría. La habitación de la residencia olía a desinfectante y a mandarinas, porque Nuria siempre llevaba algunas en el bolso para pelarlas ahí, llenando el aire de olor a casa. Él la miró como si la viera de lejos, a través de muchos inviernos.  

-Perdona, dijo, con una voz que venía de muy atrás. 

-A veces… a veces pienso que te he olvidado.  

Ella le tomó la mano, cada vez más delgada, y le susurró  

-No pasa nada. Para eso estoy, para acordarme de ti.  

Juan cerró los ojos, y una media sonrisa se le dibujó en la cara.  

-Entonces estoy salvado.  

Cuando él se fue, la casa quedó llena de pequeñas trampas de memoria: la camisa que nunca terminó de abotonarse, el ordenador apagado en una esquina, las miles de anotaciones a bolígrafo que solo él y ella entendían. Había días en los que Nuria sentía que era ella la que empezaba a olvidar, no porque su mente fallara, sino porque su dolor buscaba cualquier agujero donde esconderse.  

Sin embargo, bastaba con que sonara en la radio una canción sobre una mujer que seguía esperando en el muelle de San Blas para que todo volviera de golpe: la cocina, el perejil, el avión, el vestido rojo, el miedo, la ternura obstinada con la que le sostuvo la mano hasta el final.

Entonces Nuria comprendía que el amor, a veces, es eso, seguir diciendo el nombre del otro en voz alta incluso cuando él ya no lo reconoce. Convertirse en la memoria que se queda, cuando la que se va no puede hacer otra cosa que irse.

Las mejillas de Clara

La conocí una tarde de invierno, tenía que complementar una parte de mi trabajo y  buscaba información en la biblioteca del hospital. Mientras releía páginas en el Harrison y repasaba historiales con la resignación de saber que aquello eran datos ajenos a mi paciente, y sin esperanza de hallar una solución a su problema que se había empeorado de manera progresiva en los últimos días, ella entró buscando un libro de anatomía, un ejemplar de esos que alguien nunca llega a devolver. Tenía esa calma que no se impone, que hace que no se mueva el aire, pero elevó el tono con la bibliotecaria al ver la imposibilidad de encontrar el texto que buscaba. 

Dejé mi mesa y me acerqué al mostrador de la entrada a entregar el texto que había consultado. Al escucharla hablar del libro de anatomía que ella solicitaba, intervine. 

-Yo tengo ese texto, no es de la biblioteca, sino mío, pero puedo prestártelo. 

-Pues te lo agradecería, porque lo necesito para un examen. Respondió.

Hablamos unos minutos. Algunas coincidencias menores, un autor, el cansancio… y  quedamos al día siguiente en que pasaría por mi consulta a recoger el texto. Así lo hizo, y desde entonces, sin entender cómo, su voz se quedó alojada en mis pensamientos.

En los días siguientes la veía cruzar los pasillos, siempre con prisa, siempre riendo con otros estudiantes. Yo me decía que era solo una fascinación pasajera, un impulso que me había provocado la rutina de la consulta; pero cada vez que ella pasaba cerca, sentía que el entorno se disolvía. Nos saludábamos y hablábamos, pero las conversaciones perdían palabras. Los relojes pasaban más despacio cuando se acercaba la hora en la que sabía que si salía de mi consulta podríamos coincidir. Con el paso de las semanas su nombre se volvió una constante en mi interior, era como una oración que brotaba sin que yo la invocase.

Cuando por fin empezamos a hablar de verdad, descubrí que su vida era todo aquello que yo más temía: abierta, inestable, llena de holas y de despedidas. Me miraba con ternura, pero desde lejos; como quien intuye un peligro en caso de acercarse demasiado. Yo, en cambio, me aferraba a cada uno de sus gestos, a cada silencio caminando a su lado a la salida del hospital, bajo las luces y envueltos en el frío de la avenida. Ella me hablaba de viajes que había planificado y de cosas que le habían resultado imposibles, y yo fingía entenderla, aunque por dentro solo pensaba en de qué manera podría retenerla un poco más de tiempo.

Una noche al despedirnos me besó, apenas un instante,  un roce breve, pero suficiente para que todo se quedara suspendido en el aire. Desde entonces, no puedo evitar en momentos de soledad volver a ese momento. Se había anclado en mi respiración, en mis sueños interrumpidos, en esa parte del pensamiento donde las cosas no se pueden nombrar sin que al hacerlo te desarmes.

Pasaron más semanas, y aquel amor, que había nacido sin permiso, empezó a doler. Ella aprobó el MIR y sabía que no se quedaría en la ciudad; yo lo intuía, pero fingía no querer verlo. Hasta que una mañana me encontré sobre la mesa de mi consulta una nota con su letra: “Me han dado una plaza en Salamanca. No puedo quedarme. Gracias por recordarme que aún puedo sentir algo.” No hubo escenas de despedida, ni lágrimas. Solo un vacío que dolió más que cualquier despedida. 

Ese día comprendí que amar también consiste en aprender a perder. El tiempo siguió su curso, con cambios de destino, turnos, otras manos, otros nombres en mi vida, pero Clara permaneció en esa zona dormida de mi memoria, donde yo la conservaba, sin dolor, sin rencor. 

Hasta que, años después, una tarde cualquiera, tras un congreso regresaba en tren, y la encontré en una estación. No la reconocí de inmediato: llevaba el cabello más corto y la serenidad en ella que recordaba era distinta. Nos miramos, y algo en su sonrisa recuperó, por un segundo, aquel largo invierno que había quedado suspendido.

-¿Cómo estás?, preguntó con timidez y cierta complicidad.

Le respondí algo simple, breve, casi torpe. La invité a un café y hablamos unos minutos, sobre el trabajo, los años, la vida. Todo era algo natural, pero mentiría si no dijera que bajo la superficie de normalidad, latía una ternura callada, una deuda emocional ya saldada. Antes de irse, me tocó el brazo, apenas un gesto y dijo:

-Fue bonito. Que te vaya bien.

Nos dimos dos besos de despedida. Mis labios volvieron a rozar sus mejillas, ahora frías del aire del andén. La vi alejarse hasta que su figura se volvió parte del gentío que se agolpaba para tomar el tren. Y aunque supe que esa sería la última vez, no sentí tristeza. Solo gratitud. 

Ese día Clara dejó de ser un pensamiento doloroso para volverse parte de lo que me hizo humano: uno de esos recuerdos que, de tanto dolernos, acaban enseñándonos a amar mejor.

Cuando el ajuste mata: la infancia abandonada de la política argentina.

Algunos argentinos residentes en España hablan de las bondades para su país que son resultado de la política de Milei. Pocos han decidido retornar a su país pese a esas logros que afirman. Pero hay otros asuntos en cuyo análisis es imposible encontrar aspectos positivos, quizás es que los desconocen o no le otorgan la importancia que tienen para los ciudadanos de a pie.

Lo cierto es que en Argentina las estadísticas hablan un idioma que, si se escucha, cualquiera entiende: cuando sube la mortalidad infantil, algo muy serio se ha roto mucho antes que los números. Por primera vez en unos veinte años, esa curva que venía bajando casi en silencio empezó a subir, justo cuando el Estado decidió retirarse del mapa sanitario y tratar la salud pública como un gasto prescindible y no como la línea roja que separa la vida de la muerte en los primeros meses de existencia.  

Durante dos décadas, Argentina fue limando, décima a décima, la mortalidad infantil hasta llevarla a mínimos históricos, un esfuerzo materializado en controles prenatales, redes de neonatología, programas perinatales, y trabajo territorial con las comunidades más pobres. No eran grandes gestos de marketing político, sino la suma paciente de decisiones técnicas y presupuesto estable. Allí donde el Estado llegaba con vacunas, leche, controles y camas de UCI neonatal, la mortalidad bajaba; donde no llegaba, la biología no perdonaba.  

La novedad de estos últimos meses no es solo que la tasa haya aumentado, sino que lo haga en el contexto de un programa político que reivindica el “sálvese quien pueda” como doctrina económica y moral. No es un accidente estadístico, es un síntoma. Cuando el gobierno convierte el ajuste en un fin en sí mismo, los bebés empiezan a pagar la factura antes que nadie. No votan, no hacen huelga, no paran carreteras. Simplemente dejan de sobrevivir su primer año de vida.  

Los recortes no se limitan a un aspecto, van más allá y se concretan en el desguace de programas que estaban diseñados, precisamente, para hacer la diferencia entre la vida y la muerte entre los más frágiles. El programa de Sueño Seguro, que entregaba cunas para reducir el riesgo de muerte súbita en contextos precarios, se ha reducido o directamente paralizado en muchos territorios. El Programa Nacional de Cardiopatías Congénitas, que organizaba la detección temprana y la derivación para cirugía de bebés con malformaciones cardíacas, ha sido vaciado hasta quedar casi en figura decorativa. Lo mismo ocurre con estrategias contra el embarazo adolescente no deseado, como el plan ENIA, desmantelado pese a haber demostrado que prevenir embarazos no es una cuestión de moralina, sino de oportunidades y derechos.  

Hay una lógica que se repite: todo lo que exige presencia activa del Estado, coordinación entre niveles de gobierno, trabajo social y sanitario de proximidad, se considera “gasto”. Frente a esa lógica, la mortalidad infantil no tarda en verse afectada. Si se recortan equipos, se despide personal, se frenan compras de suministros críticos, se ralentizan derivaciones y se abandonan campañas de prevención, el resultado no puede ser otro que menos bebés con vida en el segundo cumpleaños. La estadística solo certifica lo que las familias de las villas, de los barrios pobres urbanos y de los pueblos del interior ven antes que nadie.  

El discurso oficial promete que, donde se retira el Estado, florecerá la libertad de elegir: elegir médicos, clínicas, seguros, servicios “eficientes”. Pero la biografía de un recién nacido pobre no se parece a ese catálogo estatal de opciones. La madre que camina kilómetros porque su centro de salud se quedó sin personal, la ambulancia que no llega porque ya no está o porque no tiene combustible, la ecografía que se pospone, la cama de neonatología que no existe en el hospital de referencia. Ése es el verdadero “mercado” que se encuentran quienes dependen del sistema público.  

La mortalidad infantil es desigual, al concentrarse en las provincias más pobres, en los barrios donde el agua potable sigue siendo un lujo y la vivienda una precariedad permanente. Cuando el Estado se desentiende de coordinar, financiar y sostener una red mínima de garantías, lo que se consolida no es un país más eficiente, sino un mapa de supervivencia por código postal. El ajuste sanitario es, en la práctica, un nuevo mecanismo de selección social: sobreviven más los que pueden pagar un sanatorio, una cesárea programada, un neonatólogo privado; se mueren antes los que dependen de una guardia saturada y de un hospital público en fase de desguace.  

A menudo se presenta la mortalidad infantil como un dato frío en un cuadro estadístico: 8, 8,5 por mil, una décima arriba o abajo. Pero detrás de cada decimal hay decenas de historias familiares truncadas y un mensaje político claro: este país ha decidido, de hecho, cuánta vida infantil está dispuesto a sacrificar para cuadrar sus cuentas. Cuando después de veinte años de descenso la curva se da vuelta justo en el momento en que se recortan presupuestos, se cierran programas y se precariza al personal sanitario, ya no estamos ante una coincidencia trágica, sino ante una coincidencia incómoda.  

Lo que no aparece en los titulares de la prensa (el consultorio que cierra, la enfermera despedida, el área de vacunas no dotada) reaparece condensado en los indicadores sanitarios que pasan a ser una forma de denuncia. Cada aumento en la mortalidad infantil es una acusación contra quienes reducen el Estado a algo que les estorba y que consideran la política social como un privilegio injustificado. Así, lo que llaman “desregulación”, “orden fiscal” o “libertad de mercado” se traduce, en la incubadora que falta, en menos respiradores y en menos manos para sostener la vida que acaba de  empezar.  

Toda reforma económica tiene consecuencias, pero hay fronteras que una sociedad mínimamente decente no debería cruzar: que los bebés vuelvan a morir más que antes. El Estado puede discutir cómo se organiza, como gestiona, qué grado de descentralización y de participación privada permite. Lo que no puede hacer, es retirarse justo de donde su ausencia se mide en nacimientos, en semanas de gestación, en saturación de oxígeno.  Milei está eludiendo esa responsabilidad histórica.

La mortalidad infantil que crece no es un “daño colateral” del ajuste, es su rostro más brutal. En Argentina se ha cruzado una línea. La pregunta, ahora, es cuánto tardará la sociedad en entender que la discusión no va de números rojos o verdes en el presupuesto, sino de algo tan elemental como cuántos de sus hijos tendrán derecho a poder crecer.

Al final, lo que está pasando en Argentina no es un exotismo latinoamericano, sino un espejo incómodo para los partidarios de las políticas de Milei. Igual esto debería leerse desde España en una sola frase: cuando aceptas sin ruido que se recorten, troceen y privaticen tus servicios públicos, no estás discutiendo de gestión o de ideologías, estás decidiendo, quién llegará vivo a su primer año y quién no. Por muchas medallas que le otorguen a Milei esto cuestiona su ideologia.


Cristales sin barrer.

Dejé los cristales de las ventanas sin limpiar, como si en cada mota de polvo sobre ellos se hubiera quedado prendida la vida que tuvimos. Limpié tu carmín del espejo del baño. Pero no pude borrar de mi cara el reflejo de tu recuerdo. Guardé en un cajón las llaves que dejaste sobre la mesa al marcharte. Sabía que no volverías, pero también que no podría olvidarte, que iba a recordar siempre que hubo un tiempo en que estabas en mi casa, en mi cuerpo y en mi alma miedosa a perderte. Quizás por eso, puse tus fotografías en otro cajón del mueble del salón, que se así se convirtió en un pequeño cementerio personal y privado. 

Empecé a sentir que no podía respirar el aire de aquella casa.  Salí a la calle sin saber si iba o venía, pero tenía que caminar, no sé si era huir. Acabé parado en cualquier bar de la noche bailando con mis fantasmas, hasta creo que los invité a tomar algo, para pedirles  que me explicaran, porque siempre me tocaba perder, pero no recibí explicaciones. Estaba convencido de que la vida nunca me repartió cartas buenas. Por ti me había agarrado a todos los clavos ardiendo que fueron apareciendo en nuestros días juntos. Me convencí de haber cumplido promesas que no nunca hice. De inventar señales de amor en el cielo raso de la habitación. Y si algo salía mal siempre eran  casualidades o torpezas del azar. 

Recordaba los días en que quise desaparecer de la faz de la tierra,  olvidarme de tu nombre, silenciar hasta el ruido de fondo de nuestras conversaciones, ahogarme arrastrado por una de mis mareas. Otras, soñaba con descalzarme para quedar contigo en tu sueño sin despertarte, en ese lugar donde nunca discutíamos por nada y siempre había  tiempo para el abrazo. A veces, corría detrás de una mentira que sonara a verdad, cómo la excusa para dormir. Si no, era una frase casi insignificante, que buscaba retrasar su marcha, por miedo a tener que seguir esperándote o seguirte por todas las esquinas.

Ahora que no estás, he buscado señales de vida en todas partes, lo mismo en los destellos de los semáforos de madrugada, que en aquella camarera que sujetaba la copa cómo tú, y hasta en el gato vagabundo que se paraba en mi puerta porque sabía que en esa casa faltaba algo. Sin saber por qué, me aferré a la música, a canciones que sonaban y me hacían pensar en ti, a sonidos que me hacían huir de la tormenta que me arrasaba por dentro. Hubo momentos de querer perderme para no sentir tanto frío. A veces pensaba que solo quedaría contigo a cenar en otra vida.

Pasaron los días y hoy, de repente, entendí porque llegué a quererte tanto, como si por fin pudiera ver nuestra película entera, sin anuncios ni cortes, sin escenas ridículas, con momentos en silencio y hasta con su final. Ya estoy en otro plano, caminando por la misma ciudad, pero con otra sensación en la piel, como si alguien hubiera cambiado las farolas y la nueva luz hiciera que de pronto tu ausencia encajara. El sol ya no me quema, pero tampoco me deja helarme, y bajo ese sol comprendí mi error, haberte vendido mi alma sin condiciones.

Fue bueno conocerte, aunque a ratos hoy duela. Hoy sé que de lo que hubo entre nosotros he aprendido una lección extraña de las que no me habría encontrado en ningún libro. Ahora me había mereció la pena perder la cabeza, sufrir un poquito y otro poco más, para aprender a sentirme vivo, incluso cuando a ratos mi vida era una habitación en penumbra. Hoy puedo decirlo sin temblar: mereció la pena, aunque el precio haya sido ir recogiendo, uno a uno, los cristales que se rompieron entre nosotros y que los dos dejamos sin barrer, porque aprendí a caminar descalzo sobre ellos sin cortarme.


De paciente a cliente: el negocio perfecto con la Sanidad

“En Castilla-La Mancha compartimos el guion de fondo basado en una infrafinanciación crónica, fuga de profesionales, conciertos crecientes y un discurso en el que el problema nunca es el modelo, sino la 'falta' de médicos”

En Castilla-La Mancha también estamos haciendo el viaje, aunque nos lo vendan como paseo tranquilo por la llanura. Un viaje desde un sistema público pensado para 'pacientes', hacia un entramado semiprivado donde cada vez se piensa más en 'actividad', 'productividad' y 'sostenibilidad' que, en salud, transformándonos en 'clientes'. No tenemos ni modelo Alzira ni Valdemoro, pero compartimos el mismo guion de fondo basado en una infrafinanciación crónica, fuga de profesionales, conciertos crecientes y un discurso en el que el problema nunca es el modelo, sino 'la falta de médicos'.

Durante años, la sanidad castellanomanchega se sostuvo en algo tan simple como poderoso, su un compromiso político (al menos formal) con la cobertura universal, incluso en los pueblos donde nunca pueden salir las cuentas. Era caro, sí; era difícil, también. Pero había una premisa básica, porque aquí no se especulaba con que un consultorio rural 'sea rentable' o no. Al menos esa era la teoría.

En la práctica, cada presupuesto autonómico ha ido apretando un poco más el cinturón a la sanidad, especialmente en Atención Primaria y en el medio rural, mientras se han normalizado los conciertos con la sanidad privada para pruebas, derivaciones quirúrgicas o listas de espera desbordadas. Se repite el mismo mantra que en otras comunidades: “es solo apoyo puntual”. Pero lo puntual, curiosamente, nunca deja de crecer.

El resultado es una sanidad pública que ya no se percibe como un derecho sólido, sino como un sistema cansado, lento y saturado, al que se le pide que haga más con menos. Y, casualmente, ahí está siempre la solución milagrosa: pagar a otros (clínicas, grupos privados, aseguradoras) para que hagan lo que el sistema público no puede hacer porque lleva años estrangulado.

Cada presupuesto autonómico ha ido apretando un poco más el cinturón a la sanidad, especialmente en Atención Primaria y en el medio rural, mientras se han normalizado los conciertos con la sanidad privada para pruebas, derivaciones quirúrgicas o listas de espera desbordadas. Se repite el mismo mantra que en otras comunidades

En medio de ese contexto, los médicos reclaman un estatuto propio y van a la huelga no por capricho corporativo, sino porque son quienes ponen el cuerpo en ese proceso de deterioro. Jornadas interminables, guardias que se acumulan, consultas masificadas, imposibilidad de conciliar y una sensación creciente de estar trabajando en un sistema que les pide heroicidad diaria mientras, por detrás, se habla cada vez más de 'eficiencia', 'externalización' y 'colaboración público‑privada'.

En Castilla-La Mancha esto se vive con un añadido: la dispersión geográfica. Donde falla un médico no se abre una consulta al lado; se cierra un consultorio y, con suerte, se promete un refuerzo itinerante. La precariedad se concentra en la periferia, pero el discurso se cierra en Toledo con palabras gruesas sobre “compromiso con la sanidad pública”. La huelga, en este contexto, es casi una nota a pie de página: nos recuerda que el edificio se aguanta porque alguien sigue sujetando las vigas del techo.

En paralelo, el mercado sanitario toma nota. Seguros privados de 'bajo coste', pólizas complementarias, clínicas que se presentan como una solución moderna frente al viejo centro de salud sobrecargado. El paciente rural pasa de ser usuario de un sistema universal a cliente potencial de productos sanitarios que prometen rapidez y elección. Si la pública le da cita en 15 días, siempre habrá alguien dispuesto a hacerle una ecografía mañana por un módico copago.

La lógica es clara: cuanto más se deteriora la experiencia en la sanidad pública, más se empuja a quien puede permitírselo a buscar alternativas privadas. Y la Administración, en lugar de reforzar lo público, mira con alivio cómo se 'descongestiona' el sistema… a costa de romperlo por estratos sociales.

En ese contexto, el estatuto propio para los médicos no es solo un conflicto corporativo, pero tampoco es la épica desinteresada que algunos quieren vender: es, sobre todo, una batalla por el poder dentro del sistema, donde el paciente vuelve a quedarse fuera de plano. Si la profesión médica en la sanidad pública castellano‑manchega sigue siendo sinónimo de agotamiento, salario poco competitivo, guardias interminables y nula capacidad de decisión organizativa, el desenlace es obvio: se marcharan a otras comunidades, a la privada o directamente al extranjero, y el deterioro de la atención se convierte así en la coartada perfecta para más conciertos y más privatización.

Entonces llegarán los discursos resignados: “No hay médicos”, “no se pueden cubrir las plazas”, “hay que buscar soluciones imaginativas”. Y ahí aparecerán, como siempre, las mismas propuestas: más conciertos, más derivaciones, más mano de obra fragmentada y mercantilizada.

Castilla-La Mancha no está aún en el modelo extremo de concesiones integrales, pero va transitando un camino peligroso: normalizar la externalización, aceptar la precariedad profesional como mal menor y mirar hacia otro lado mientras se abre espacio a una sanidad paralela para quien pueda pagarla.

De usuarios a clientes el trayecto es corto: basta con que el sistema público deje de ser fiable. Y eso se consigue poco a poco: una lista de espera por aquí, un consultorio cerrado por allá, una huelga de médicos desacreditada como egoísta, un seguro privado anunciado entre noticias de colapso. Cuando queramos darnos cuenta, el debate ya no será cómo reforzar la sanidad pública, sino qué plan de precios se ajusta mejor a nuestras enfermedades crónicas o a nuestras necesidades asistenciales.

Tal vez, entonces, queramos que la sanidad pública siga siendo un lugar donde los profesionales quieran trabajar… y donde uno pueda seguir siendo paciente sin necesidad de tarjeta bancaria cómo cliente.



 

domingo, 15 de febrero de 2026

Rendidos a la ultraderecha


En Aragón, las urnas han hablado, y lo que dicen no es ninguna novedad sino una repetición: el Partido Popular sigue persiguiendo la sombra que proyecta Vox. Allí donde creía encontrar un atajo hacia el poder, lo que hay es un barranco ideológico del que ya no saben cómo salir.

Feijóo insiste en colocarse cada mañana el disfraz de la moderación, pero se le notan los pliegues del traje. Intenta hablar con aires de estadista, pero no puede evitar que le tiemble el pulso cada vez que la ultraderecha le marca el paso. No lidera: reacciona. No propone: imita. Y en esa imitación sin convicción, el PP ha terminado por convertirse en caricatura de sí mismo, una copia borrosa del original que hoy lo alimenta.

Porque sí, el original es Vox. Más tosco, más ruidoso, más brutal, pero también más auténtico en su brutalidad. Y el votante, que detecta sin dificultad el olor del miedo, prefiere la versión sin filtros. El PP creía que podía domesticar al monstruo; lo que no vio venir es que el monstruo acabaría enseñándole los trucos con los que montar su deplorable espectáculo.

El discurso del PP se ha ido estrechando hasta alcanzar esa línea donde ya no se distingue la defensa de la patria de la nostalgia del franquismo. Se confunden los patriotismos con los miedos, y los aplausos suenan igual para el negacionismo climático que para el insulto al diferente o al que no piensa cómo ellos. En ese ruido, lo que antes nos escandalizaba ahora apenas provoca un bostezo.

Mientras tanto, Ayuso ensaya su propio libreto, ese torrente verbal donde cabe todo: la impunidad, la burla, la desmemoria, y la falta de respeto. Feijóo la observa con la sonrisa tensa del que intuye que su moderación no da clics, que la barbarie que Ayuso vende bien empaquetada se vende mejor. Lo triste no es que la derecha copie a la ultraderecha; lo preocupante es que lo haga sin darse cuenta de que no solo copia las formas sino el fondo, copia también su alma.

Nos hemos acostumbrado a algo que antes era impensable. Negar la violencia machista se ha convertido en argumento de tertulia, y hablar de “invasiones migratorias” ya no sonroja a nadie. La política española, se ha convertido en un parque temático del odio, donde cada vez tiene menos espacio la verdad y mucho más el espectáculo.

Y así seguimos en este domingo después de San Valentín, como en una versión interminable de esa película que ya hemos visto demasiadas veces: los de siempre pretendiendo ser otros, mientras el paisaje se llena de banderas, los gritos sustituyen a las razones y las urnas, cada cierto tiempo, nos devuelven la misma pregunta: ¿cuánto estamos dispuestos a ceder en decencia?, ¿cuánto en memoria o en humanidad con tal de que los nuestros ganen?

En ese espejo deformante que es la política, el PP cree que se fortalece cuando en realidad se desdibuja. Cada vez que copia el manual del odio, pierde una página de su propio relato; y cada vez que intenta moderarse, su socio ultra le recuerda quién manda de verdad. No hay estrategia más suicida que alimentar a la bestia pensando que después obedecerá.

El resultado no puede ser más claro: una derecha que se parece peligrosamente a la extrema derecha, una extrema derecha que gana terreno sin gastar energía, y una sociedad que se acostumbra al ruido, a la caricatura y al miedo como instrumentos de poder. La rendición del PP no es ideológica, es moral.


Hasta cuando es soportable el ruido

¿Habrá servido para algo el acto institucional, presidido por los reyes, para conmemorar la Constitución de 1978? Sinceramente creo que no. ...