lunes, 6 de abril de 2026

Sueño

Despertó como quien sale del agua sin saber si aún está sumergida en ella. La habitación la miraba con ojos de desorden: la ropa desparramada, la piel desnuda, y su memoria en ruinas. Otra vez había soñado con aquel hombre con el que lo hacía cada noche, y el sueño había sido tan real que todavía su piel le olía a él. En su sueño, los cuerpos se rozaban sin pedir permiso y, cómo suele suceder, las dudas de si era sueño o realidad aparecieron, porque las dudas despiertan antes que las personas.

Ella sé miró en el espejo, buscando ese límite inseparable entre el insomnio y la fiebre. El sujetador del sueño descansaba en el suelo, como prueba de un crimen que nadie podía explicar. Algún dios cruel la había dejado sin respuestas y con demasiadas preguntas. ¿Y si el deseo tiene la suficiente fuerza para inventar la realidad? ¿Y si el hombre de su sueño estuvo ahí alguna vez, quizá en otro tiempo, en otra versión del mundo donde los sueños nunca terminan? 

Ella pensó en locura y vergüenza, dos hermanas que siempre van de la mano cuando el amor se sueña demasiadas veces.

Salió de la cama. El sol se filtraba por la ventana, como una disculpa. En el aire aún flotaba el perfume del sueño, mezclado con la certeza de que la realidad, a veces, también se inventa mientras dormimos.

VALENCIANOS NO SALGAIS A LA CALLE QUE OS OCUPAN LA CASA


El caso de la oficina antiokupación de València ilustra bien cómo determinadas medidas políticas pueden tener un fuerte componente simbólico, pero un alcance práctico muy limitado.

Tras un año de actividad, los datos muestran que el organismo apenas gestiona dos casos al mes, con una función básicamente mediadora, sin capacidad real de intervención judicial. Esto sugiere que su creación respondió más a un mensaje político —poner el foco en la “okupación” como problema de seguridad— que a una necesidad operativa detectada en la ciudad.

El sindicato de Policía Local interpreta la escasa actividad como una “buena señal”, al entender que refleja baja incidencia del problema. En cambio, la oposición, especialmente Compromís, ve en ello una ineficiencia de recursos públicos, y reclama reorientar los esfuerzos hacia la crisis de vivienda, donde los indicadores sí muestran un problema estructural: alquileres altos, falta de vivienda pública y proliferación de pisos turísticos.

En resumen, la oficina parece funcionar más como una herramienta de visibilización política que como un mecanismo eficaz de gestión. Su bajo rendimiento operativo, en contraste con la magnitud del debate público sobre la “okupación”, refleja una desconexión entre el discurso político y la realidad social del problema en València.

Ahora vas y lo cascas.

Sanidad pública: el milagro español del sálvese quien pueda

Hay países que presumen de sus inventos: los italianos de la pasta, los franceses del vino y los británicos del mal tiempo. Nosotros, en cambio, podemos presumir de algo mucho más sofisticado: haber convertido uno de los mejores sistemas públicos de salud del mundo en un experimento de supervivencia burocrática y financiera. Una especie de juego sanitario, pero con batas blancas y un desfibrilador de fondo.

Porque, claro, todo el mundo sabe que la sanidad es pública solo en los carteles. En la práctica, el juego consiste en ver cuánto puedes resistir antes de rendirte y dejarte tentar por ese hospital privado recién inaugurado justo enfrente del público, con sus luces led y su olor a desinfectante de diseño. Qué casualidad, uno podría pensar que lo hacen aposta.

Mientras tanto, los políticos (aquí el espectro ideológico solo sirve para elegir en qué tono de gris te quitan presupuesto) se enzarzan en discusiones eternas sobre quién tiene la culpa: si el gobierno central, las comunidades autónomas o la energía cósmica. Entre tanto, ni PP ni PSOE parecen dispuestos a tocar la “patata caliente” de la financiación sanitaria. Y menos aún subir los impuestos para su financiación, no vaya a ser que se nos enfade el electorado.

Y hablando de financiación: España es líder, pero en la parte baja de la tabla europea. Lo cual tiene su mérito, conseguir que un sistema con tan poco dinero siga funcionando es casi alquimia pura. Es el arte de hacer milagros con lo justo: médicos con tres turnos seguidos, enfermeras que hacen más kilómetros que el AVE y pacientes que se curan por aburrimiento de esperar.

Eso sí, algunos todavía defienden que no pasa nada, que la colaboración público-privada es el futuro. Claro, porque lo privado siempre se ha caracterizado por su amor desinteresado al bien común. Y si pueden ganar un poco más desviando pacientes, mejor todavía. Es emocionante sentir cómo el TAC que te iban a hacer en el hospital público termina misteriosamente asignado al de enfrente. Milagros de la eficiencia.

Mientras, los medios nacionales siguen con su monólogo madrileño, porque parece que el resto del país es solo un decorado de cartón piedra. Que la sanidad se desmorone en Valencia, Albacete o Girona no da tantos clics. Quizá es que en esos lugares necesitamos un influencer sanitario.

Pero tranquilos, todo bajo control. Al final, si enfermas, serás un “cliente” satisfecho, no un paciente. Que suena mucho más moderno. Lo importante no es curarse, sino consumir salud con estilo. Y si no puedes pagarla, bueno… siempre te quedará la esperanza, y una bonita factura como souvenir.

Así que brindemos por este sistema heroico, que cada año logra sobrevivir a pesar de los recortes, las privatizaciones y los políticos con memoria selectiva. 



Las procesiones de Semana Santa

Las procesiones de Semana Santa representan hoy más que una tradición religiosa: son una apropiación institucional del espacio público que se disfraza de devoción popular. Durante varios días, las calles quedan bloqueadas, el ruido inunda las noches, y los medios estatales retransmiten cada paso como si fuera un acontecimiento nacional. Lo que podría ser una manifestación libre de fe se convierte, en la práctica, en una exhibición de poder político, militar y mediático. La presencia de autoridades, uniformes del ejército y cámaras oficiales no es casual: muestra cómo el Estado todavía mantiene vínculos privilegiados con una confesión concreta, mientras las demás creencias son tratadas como algo “ajeno”.

Esa contradicción se evidencia en como muchos aceptan sin cuestionar la ocupación católica del espacio común, pero se escandalizan si un político felicita el Ramadán, como si reconocer la diversidad fuera una amenaza. Esa indignación selectiva revela un fondo de hipocresía y miedo cultural: se defiende “lo nuestro” a gritos, sin admitir que nuestra historia y nuestras calles son el resultado de siglos de convivencia e influencias cruzadas.

En el fondo, las procesiones no solo conmemoran la pasión de Cristo: también exhiben la pasión por conservar poder, privilegio y visibilidad. Y eso dice mucho sobre quién realmente domina el espacio público y el relato de lo “nacional”.


Religiosidad y política

“Hoy, en este 2026 donde la fe ha menguado al 63 por ciento, diez puntos menos que hace unos años, la cosa es más sutil, un trueque de favores: el político gana votos posando con la túnica de nazareno, y la hermandad recibe subvenciones para restaurar la ermita”

En Castilla-La Mancha, esta tierra nuestra de secarrales y catedrales, el polvo de los caminos se confunde con el olor y humo del incienso, la religiosidad popular y la política. Religión y política han bailado un tango endemoniadamente complicado desde que Franco les puso banda sonora. No es para menos: durante el franquismo, las vírgenes no solo eran madres celestiales, sino reclutas de primera en la cruzada nacional, desfilando en procesiones con falangistas a los lados y el caudillo bendiciendo desde el balcón.

Eran los años en que una romería por la Virgen de la Caridad en Villarrobledo no era solo devoción, sino un mitin con crucifijo, y las cofradías de Toledo o Albacete servían para que el régimen se autoproclamara salvador de la patria católica. Aunque creo que aquello no era fe, admito que era un engranaje bien aceitado: la Iglesia aliada al Estado, y la plebe arrodillada a la vez, lo mismo ante el altar cómo ante la picota.

Luego llegó la Transición, se desinfló el globo. Adiós a las misas por los caídos y las rogativas obligatorias por aquella lluvia que nunca llegaba. Las devociones se quedaron huérfanas, pero cómo no eran tontas, mutaron a folklore regional, un ese pegamento identitario que ayudó a forjar Castilla-La Mancha como comunidad autónoma. Los socialistas de los ochenta, que no eran precisamente beatas, se apuntaban a las fiestas populares con la misma naturalidad con que uno se pone la corbata para acudir a una boda.

Y ahí llegaron las vírgenes alcaldesas perpetuas, ese invento tan manchego como montar al Quijote en un tractor. Fíjense en la Virgen de la Varga en Uceda, Guadalajara, que en 2021 recibió el bastón de mando como si fuera alcaldesa de toda la vida, o la de Rus en San Clemente, Cuenca, que lleva un cuarto de siglo en el cargo honorífico, procesionando con pompa mientras el pueblo la devuelve a su ermita como a una vecina pródiga. Chinchilla de Monte-Aragón hizo lo propio con la Virgen de las Nieves en 2015, y en Illana otra virgen se apuntó al club en 2016, para escándalo de los laicos que vieron en ello (con razón) un conflicto de intereses entre el ayuntamiento y el cielo.

Hoy, en este 2026 donde la fe ha menguado al 63 por ciento, diez puntos menos que hace unos años, la cosa es más sutil, un trueque de favores: el político gana votos posando con la túnica de nazareno, y la hermandad recibe subvenciones para restaurar la ermita. No hay ya nacionalcatolicismo rampante, sino una secularización a medias, con tensiones laicas que protestan por el bastón entregado a una escultura de madera. Es como si Castilla-La Mancha, con su mezcla de meseta árida y devociones arraigadas, se negara a soltar del todo el rosario: la política lo usa para parecer cercana, humana, de pueblo; la religiosidad popular, para sobrevivir en este mundo de selfies y descreídos.

Al final, no es hipocresía, es pragmatismo manchego: las vírgenes siguen reinando en los plenos municipales porque, en el fondo, todos sabemos que un alcalde mortal tropieza, pero una alcaldesa perpetua nunca dimite. Y en eso, queridos lectores, reside la auténtica eternidad de la Mancha.

Principio de la transposición de Goebbels

Feijoo utiliza el llamado principio de la transposición de Goebbels para atribuir al adversario los errores o defectos propios para desviar la atención y contraatacar. 

Feijóo acusa a Sánchez de “mentiras” o “desastre económico”, olvidando que  acusaciones similares se han hecho al PP en el pasado, como de opacidad financiera o sobre su gestión autonómica en Galicia. Sin embargo, en sus intervenciones parlamentarias proyecta sobre el gobierno defectos como el enchufismo, pese a sus nombramientos en el PP. 

En los debates, Feijóo traslada críticas sobre regeneración democrática al Gobierno, ignorando legados del PP como Bárcenas. Feijóo acusa al gobierno repetidamente de corrupción generalizada, exigiendo respuestas sobre financiación ilegal, pese a tener escándalos en el PP como Gürtel o Bárcenas que minimiza o ignora en sus intervenciones.

Feijóo reprocha al Gobierno subidas de impuestos y pérdida de poder adquisitivo (90% de hogares afectados, según él), cuando la gestión gallega bajo su mandato se caracterizó por la opacidad presupuestaria y unos servicios públicos deficientes. Tras la DANA en Valencia señaló a Sánchez de mentir a las víctimas y fallar en la respuesta, mientras el PP autonómico no ejecutó 9 millones en ayudas prometidas. 

Feijóo critica al Gobierno por recolocar a ex altos cargos con acusaciones (como abusos o presuntos delitos), cuando tiene casos similares en el PP como el regreso de figuras controvertidas en listas electorales.

¡Vamos! que Feijóo no es Goebbels , es porque no quiere.

En la gasolinera del pueblo,

En la gasolinera del pueblo, la pantalla digital anunciaba otra subida del petróleo. Cada dígito rojo que parpadeaba era como una gota de fuego cayendo sobre la paciencia de la gente.

Mientras tanto, en una esquina de la plaza, una mujer vendía su tiempo a plazos: limpiaba casas por lo mismo que antes costaba un litro de gasolina. Sus manos olían a jabón barato y a cansancio.

En la radio decían que los mercados estaban “en efervescencia”. Afuera, los niños recogían botellas vacías para venderlas por unas monedas. Nadie sabía si eso era un signo de esperanza o simplemente la señal del mundo derritiéndose.

Los ricos hablaban de “ajustes energéticos” y de “transición sostenible”. Los demás solo querían llegar a fin de mes. Cada subida del barril pesaba sobre los hombros como un recordatorio de que algo (no solo el petróleo) se estaba agotando.

Así, mientras el oro negro volvía a alcanzar precios históricos, las vidas humanas, invisibles y baratas, seguían cayendo en la oferta.


Sueño

Despertó como quien sale del agua sin saber si aún está sumergida en ella. La habitación la miraba con ojos de desorden: la ropa desparramad...