Un éxito futbolístico no transforma las relaciones de empresa y trabajadores, ni soluciona las contradicciones estructurales de un país. Sin embargo, reducir la celebración de una victoria mundialista a mero «opio del pueblo» es pasar por alto la dimensión afectiva de las clases populares. El triunfo de la selección española en la Copa del Mundo no debe leerse desde el patriotismo excluyente ni desde la retórica institucional que busca capitalizar el éxito ajeno. Su verdadero valor político reside en lo cotidiano, y se resume en una cita de Juanjo Sánchez que leí esta mañana: es «una enorme excusa para poder ser feliz con mucha otra gente, a la vez. Un éxito donde no cabe ni la envidia».
En tiempos marcados por la atomización social, la precarización y el aislamiento digital, encontrar motivos para una celebración colectiva es un acto de resistencia emocional. El espacio público, habitualmente mercantilizado o fragmentado por la crispación política, se convierte de pronto en un lugar de encuentro donde desconocidos comparten un abrazo. Es la democratización de la alegría y la plaza pública vuelve a ser de los ciudadanos. Es una victoria que se vive de forma horizontal, sin jerarquías ni distinciones socioeconómicas en la celebración. La felicidad compartida no pertenece a los palcos ni a las élites económicas, sino a la gente común que encuentra en el juego una especie de pausa que ayuda a llevar todo algo mejor.
Pero esta victoria también ofrece un relato sobre la identidad del territorio. Frente a visiones homogéneas o nostálgicas de la nación, el colectivo que representa este éxito refleja una España diversa, mestiza y plurinacional. Un equipo donde conviven orígenes, lenguas y realidades distintas demuestra que la pertenencia no se impone: se construye mediante la cooperación y el esfuerzo compartido.
No hay nada alienante en disfrutar de la belleza del juego ni en celebrar juntos. Reconocer en el otro a un igual, aunque sea al calor de un gol, nos recuerda lo valioso de la cohesión social. La tarea del pensamiento crítico no es fiscalizar la alegría del pueblo, sino entender que el deseo de estar juntos y ser felices sin rencor es, en sí mismo, la semilla de cualquier transformación política.