Hay días en los que una nación se asoma al abismo de la Historia, y otros en los que le basta con asomarse a una rueda de prensa en Madrid. En los primeros se deciden guerras, alianzas y tratados; en los segundos, se reparten consignas y ocurrencias, aderezadas con algún adjetivo que haría enrojecer a un profesor de bachillerato. Cuando el patriotismo se reduce a obediencia comercial, el amor a la patria se parece sospechosamente al cariño que se profesa a una tarjeta de crédito.
El presidente del Gobierno ha tenido la descortesía de recordar algo elemental: bombardear países no suele traer nada bueno y el derecho internacional sirve para algo más que decorar discursos. Y, por si fuera poco, ha añadido que España no está obligada a prestar sus bases militares cada vez que a Donald Trump se le antoja una guerra como quien se antoja un postre. Ante semejante despropósito de autonomía, ciertos despachos de la Puerta del Sol han activado el protocolo habitual: el problema nunca es la guerra, siempre es Sánchez.
Según la derecha patriótica de guardia, el “señor del ‘no a la guerra fuera pero sí a la guerra dentro’ va a arruinar a España”. El lector desprevenido podría imaginar que el presidente ha decidido bombardear Teruel o sitiar Cuenca, pero lo único que ha hecho es negarse a que España sea cómplice “de algo malo para el mundo” y plantar cara a las amenazas de represalias comerciales. Ha elegido el incómodo papel de aliado díscolo frente al mucho más cómodo rol de vasallo dócil, y eso, para quienes han convertido la palabra “patria” en un complemento multiusos, es imperdonable.
La paradoja es que muchos de quienes hoy denuncian la “guerra entre españoles” llevan años viviendo políticamente de cultivar un conflicto civil permanente, una guerra fría castiza en la que, de lunes a viernes, se insulta a medio país y, los domingos, se llevan flores a la bandera. Mientras tanto, el muro que de verdad cuenta es bastante sencillo: de un lado, el derecho internacional y el “no a la guerra”; del otro, la obediencia a Trump presentada como sentido de Estado.
Porque, parece que, sin pretenderlo, la crisis abierta por las amenazas de Trump a España ha roto el monopolio de la bandera por parte de la derecha y ha abierto a la izquierda la opción de un patriotismo ligado a la paz y a la legalidad internacional. La posición del Gobierno español de no ceder las bases de Rota y Morón para una intervención en Irán, exigir respeto a los tratados y oponerse a la guerra, es coherente con la línea europea de las últimas décadas y más sensata que seguir a Washington en otra aventura bélica en Oriente Medio.
PP y Vox actuan como satélites del movimiento MAGA, priorizando el alineamiento con Trump y luego, si sobra, ya pensaran en España, y todo por odio a Sánchez antes que por amor a la propia España. La contradicción de quienes decían llorar por la legalidad internacional y ahora reprochan al Gobierno que arriesgue la relación con Estados Unidos precisamente por defender esos principios jurídicos.
Frente al patriotismo casposo de la derecha, la izquierda plantea un patriotismo plural, democrático y empático, compatible con el “no a la guerra” y con la igualdad soberana entre Estados. Aviso a navegantes: Canadá, demostró que la equidistancia entre Trump y su propio país, le costó las elecciones a un candidato ¿podría ocurrir eso en España? Puede que lo de hoy en la derecha sea nerviosismo.