Domingo 19 de julio, el día después a que Feijoo afirmase que hoy todo el PP será de un único equipo, como si los demás solo fuésemos con Cabo Verde.
En realidad, lo que Feijoo y sus tellados pretenden es hacernos viajar al pasado, porque solo unos antiguos, con mente antigua, pueden imaginar como fructífera aquella época convencidos de que cualquier tiempo pasado fue mejor. También lo piensan los ignorantes que han mutado el “que viene el coco”, por “el coco ya está aquí”.
No deja de ser curioso cómo se empeñan en asustar a niños y mayores, con los fantasmas del pasado. Cada vez que la derecha patria se pone estupenda y saca a pasear las esencias de la sacristía y del alcalde bajo palio, el personal progresista nos echamos las manos a la cabeza temiendo el regreso inmediato de la cartilla de racionamiento, el NO-DO y las señoras con mantilla obligatoria en los oficios de Jueves Santo.
Pero, calma, señores. Eso no va a pasar, porque el capitalismo globalizado, que es el verdadero director de orquesta de nuestro tiempo, no permitiría semejante anacronismo; entre otras cosas, porque el aislamiento autosuficiente es malísimo para lo único que les importa: las acciones del Ibex 35 y el turismo de sol y playa. Ténganlo claro: no volverá 1940, básicamente porque la laca y el incienso ya no cotizan igual en bolsa que entonces.
Lo que se nos viene encima es algo mucho más sutil y, bastante más jodido y fastidioso: una democracia iliberal de corte estrictamente casticista. Un invento modernísimo que consiste en mantener las urnas relucientes, para que nadie pueda decir que somos unos bárbaros, mientras, por la puerta de atrás, nos van dejando sin derechos civiles. Es el triunfo de la forma sobre el fondo. No preocuparos que podremos votar cada cuatro años, faltaría más, pero entre votación y votación se desaconsejará vivamente el uso de la inteligencia crítica, esa molesta costumbre de algunos de hacerse preguntas. El pensamiento será único o no será, y el disidente no irá a la cárcel, que eso queda feo ante la Unión Europea, sino al rincón del ostracismo o al banquillo del lawfare, que es la forma elegante con la que hemos bautizado al garrotazo judicial de toda la vida.
El algoritmo que deberemos seguir es simple y genial, y consiste en sacralizar la desigualdad social de siempre, pero para que no se note mucho, antes la pasearan bajo el palio de un patriotismo de pulserita, pandereta y ginebra premium. Porque admitámoslo, ese es un tipo de patriotismo que ha logrado convencer a los cachorros de las buenas familias, y a no pocos desheredados, de que ir a los toros y llenar las iglesias es el sumun de la rebeldía juvenil.
Las nuevas generaciones, con honrosas excepciones, han pasado de nuestra transgresión contracultural a una adaptación casposa de lo transgresor con filtros de Instagram. Piensa lo que ves, y te convencerás de que no es discutible que hoy se premia la mediocridad risueña y se persigue al intelectual, al cómico y al vecino que ose recordar cualquier perversión de las muchas que quieren reescribir del pasado.
Decía García Lorca, pocos días antes de que la barbarie real lo sepultara, que había que dejar las azucenas y meterse en el fango hasta la cintura para defender a los que recogen las azucenas. Hoy ese fango ya no viene en forma de botas militares, sino de desafección, de aburrimiento y de esa peligrosa tentación de quedarse en casa rumiando el rencor mientras los de siempre se reparten los entrantes, el plato principal y el postre.
Estamos ante el costumbrismo reaccionario pero de diseño, frente al que no queda más remedio que sacudirse la pereza. El único antídoto real contra el veneno de este regreso al pasado, que ya se puede adquirir hasta en el hipermercado o en tu plataforma comercial favorita, sigue siendo el mismo de siempre: un poco de memoria, mucha movilización ideológica y el ejercicio testarudo, casi militante, del voto.
Al fin y al cabo, si no votamos nosotros, tengan por seguro que ellos irán a las urnas como lo llevan haciendo toda esta democracia, con el traje de los domingos. Y si no pueden acudir, siempre habrá una monjita caritativa que empujará la silla de ruedas y le dará el sobre con la papeleta en mano para que no tenga que esforzarse.
Buen domingo y que ganemos el mundial, que con esta derecha el cielo ya lo tenemos garantizado. Estamos a punto de que hasta nos lo escrituren.