El 31 de mayo es el Día de Castilla-La Mancha, pero para muchos ciudadanos esta fecha no se trata de un simple festivo regional o de una fiesta de folclore. Se trata de una oportunidad para reconocer y reafirmar algo mucho más sustancial: la lucha por la democracia, el autogobierno útil y la igualdad en el territorio.
Castilla-La Mancha es una región joven, nacida en la transición democrática. El 31 de mayo de 1983 se constituyeron las primeras Cortes regionales elegidas por los ciudadanos. Ese hecho no es anecdótico: es la materialización de la soberanía popular. Para quienes siempre hemos defendido que el poder debe residir en la gente, este es el primer motivo para celebrar: la autonomía es el resultado de un proceso democrático, no de una imposición histórica ni de una victoria militar.
La verdadera pregunta es: ¿para qué sirve la autonomía? La respuesta es clara: para poder decidir políticas públicas con criterios de justicia social. Sanidad, educación, dependencia, empleo, vivienda, cultura: todas estas son competencias que se gestionan desde la comunidad. Si la autonomía permite diseñar un sistema de dependencia más robusto, una educación más igualitaria o una sanidad de calidad, entonces la región tiene un valor real. Celebrar el Día de Castilla-La Mancha tiene sentido cuando se entiende como una herramienta para mejorar la vida de las personas, no como un ejercicio de orgullo nacionalista vacío.
La izquierda histórica ha sido crítica con los centralismos, tanto el centralismo madrileño como cualquier otro que concentrar poder lejos de la gente. La autonomía regional es una forma de descentralizar el poder, de repartirlo, de reconocer que las decisiones deben tomarse lo más cerca posible de quienes las viven. Castilla-La Mancha, con sus cinco provincias, su diversidad territorial y su historia común, puede ser un laboratorio de cómo organizar el poder de forma más democrática y menos jerárquica.
Debemos celebrar una identidad que no sea excluyente. Castilla-La Mancha no es una identidad que se construya contra nadie, sino una identidad que se hace desde la historia compartida, la cultura popular, la diversidad de provincias y la convivencia. Celebremos una región que no necesita de discursos de odio o de exclusión para existir. celebremos una identidad abierta, que convive con la identidad española y con la europea, sin que sean contradictorias.
Lo que se celebramos hoy no es un mito fundacional ni una leyenda. Es un proceso real: la aprobación del estatuto de autonomía, la elección de las primeras Cortes, la creación de instituciones propias. Es la memoria de un proceso democrático que permitió que una región se diera su propia organización política. Esta memoria es relevante porque conecta con la lucha por la democracia, por los derechos y por la participación ciudadana.
Celebrar el Día de Castilla-La Mancha no es una contradicción. Es celebrar el autogobierno cuando sirve para mejorar la vida de las personas, es celebrar la descentralización cuando reparte poder, es celebrar una identidad cuando es abierta y plural. Lo que no tiene sentido es celebrar lo vacío: el folclore sin contenido, el orgullo regional sin políticas públicas, la identidad sin igualdad. Se debe celebrar Castilla-La Mancha, pero con una condición: que sea una celebración crítica, útil y comprometida con la justicia social. Celebremos la autonomía que aproxima el poder a la gente, la región que se organiza para mejorar la vida de las personas y la identidad que no necesita de enemigos para existir. Ver menos