domingo, 8 de marzo de 2026

Que tiemble el Estado.

Que tiemble el Estado, los cielos, las calles: no porque la furia sea novedad, sino porque al fin se ve. La rabia siempre estuvo allí, debajo de los manteles planchados, detrás de las ventanas cerradas, en los huesos rotos que los partes médicos llamaban “accidente doméstico”. Lo que tiembla hoy no es la tierra: es el silencio que se agrieta.

A cada minuto, de cada semana, un reloj invisible marca el rapto de una amiga, el apagón de una hermana. Los informativos cuentan muertos como quien cuenta monedas, pero no dicen los nombres, no dicen las risas, no dicen los sueños que quedaron colgados en una percha, junto al vestido que no alcanzó a usarse. Hay cuerpos destrozados que el sistema administra como trámite, numerados en carpetas, archivados en metálicas gavetas sin sol. Hay madres que aprendieron geografía siguiendo fosas, que miden el país en kilómetros de búsqueda y litros de lágrimas. Los desaparecidos no desaparecen: los esconde el Estado, se los traga la costumbre.

En las avenidas, hoy las mujeres caminan juntas. Reforma ya no es solo una calle: es una garganta larguísima hecha de pancartas, consignas y pasos. Madrid suena a tambor y a consigna adolescente, Albacete se levanta con voces bajo la lluvia, España cava con las manos de las madres que ya no creen en promesas ni en peritajes. El mapa se dibuja desde abajo: un país de madres que escarban la tierra como si arrancaran raíces de la impunidad. Cada ciudad es una herida abierta; cada marcha, una costura imperfecta que intenta cerrarla. Cantamos sin miedo, dicen.

Pero el miedo no se va: se sienta en el borde de la cama, fuma a escondidas en el baño, mira el reloj cuando tarda una hija en volver. Lo que se rompe no es el miedo, sino su mandato. Ahora el miedo ya no ordena callar, ahora el miedo marcha también, temblando entre las piernas, pero marchando, agarrado del brazo de la rabia y de la ternura. En las plazas, el miedo aprende a cantar: “Nos queremos vivas”, y en ese coro se descubre menos solo. “Yo todo lo incendio, yo todo lo rompo”, repite una chica con las manos manchadas de pintura morada.

La acusarán de violenta, de histérica, de loca, como si no fuera violencia el expediente extraviado, la denuncia archivada, la patrulla que nunca llega.

Se rompen vidrios que nunca protegieron a nadie, se incendian puertas que nunca se abrieron para escuchar. La ciudad, acostumbrada a la obediencia, se asusta de sus hijas cuando ven que ya no bajan la mirada. La escoba de la historia barrerá los vidrios; a las asesinadas no las devuelve nadie.



8 M en España hoy.

En España, al feminismo lo han convertido en una frontera política. El 8 de marzo ya no es solo una fecha, sino el escaparate de tres proyectos de sociedad.

Para Vox, el feminismo no es un movimiento social, sino una “ideología radical”, “supremacista”, incluso una “gran farsa”. El 8M se presenta como un día “pensado por y para la extrema izquierda”, capturado por élites que viven del “negocio de género” y de los “chiringuitos”. En su relato, no hay patriarcado ni desigualdad estructural, sino excesos feministas que “criminalizan al hombre” y ponen en riesgo la familia tradicional. Sociológicamente, Vox ofrece un refugio identitario a quienes sienten que las conquistas feministas amenazan su posición. Reemplaza a la mujer como sujeto de discriminación por el hombre como víctima simbólica, y convierte el feminismo en un signo de decadencia cultural más que en una respuesta a un problema real.

El PP ha entendido que declararse contra la igualdad de las mujeres es suicida, pero tampoco se siente cómodo en el marco del feminismo de izquierdas. Su fórmula consiste en hablar de “igualdad entre hombres y mujeres” y repetir que esta causa “no es patrimonio de nadie”. Participa en actos del 8M, defiende la lucha contra la violencia de género y la conciliación, pero evita conceptos como patriarcado o feminismo interseccional. Lo que propone es un feminismo liberal,  institucional: corregir brechas salariales, mejorar permisos y reforzar la respuesta frente a la violencia, sin cuestionar en serio el modelo económico ni la organización social de los cuidados. La desigualdad existe, pero se trata como un desajuste técnico, no como un conflicto de poder. El PP busca así ocupar el espacio del “sentido común”: cierto consenso en la igualdad, desconfianza hacia el “exceso ideológico”.

En la izquierda, el feminismo se ha convertido en identidad. El PSOE reivindica décadas de leyes de igualdad y se presenta como el gran motor de los avances, mientras que las fuerzas a su izquierda compiten por mostrarse más coherentes con la calle y con el movimiento feminista. La paradoja es que el 8M ha mostrado también sus fracturas: discrepancias sobre la ley del “solo sí es sí”, la prostitución o los derechos trans han terminado en choques públicos y manifestaciones divididas. La izquierda defiende un feminismo que entiende la desigualdad como estructura: género, clase, origen y orientación sexual se cruzan y generan jerarquías. De ahí parten las políticas de permisos, las leyes de igualdad y las medidas contra la violencia machista. Pero la pugna entre un feminismo más clásico, centrado en la categoría “mujer”, y otro más interseccional y que hace que una parte de la ciudadanía perciba el debate como lejano, demasiado técnico o enredado en guerras internas.

Resumido al máximo, llegamos al 8 M con este tablero: para Vox, el problema no es el machismo, sino el feminismo; para el PP, la desigualdad es un desajuste corregible sin cambiar demasiado el sistema; para la izquierda, el feminismo es una herramienta central de democratización, aunque a menudo se pierda en sus propias trincheras. Mientras tanto, desde un análisis más frio que el de los altavoces partidistas mediáticos, muchas mujeres viven la desigualdad en silencio, con contratos precarios, dobles jornadas, miedos y renuncias cotidianas que no caben en esos eslóganes. Quizás la pregunta clave de este 8M no sea quién se queda con la palabra feminismo, sino ¿quién está dispuesto a escuchar y a transformar esas vidas concretas, más allá de la batalla de los relatos?


sábado, 7 de marzo de 2026

8 M en España hoy.

En España, al feminismo lo han convertido en una frontera política. El 8 de marzo ya no es solo una fecha, sino el escaparate de tres proyectos de sociedad.

Para Vox, el feminismo no es un movimiento social, sino una “ideología radical”, “supremacista”, incluso una “gran farsa”. El 8M se presenta como un día “pensado por y para la extrema izquierda”, capturado por élites que viven del “negocio de género” y de los “chiringuitos”. En su relato, no hay patriarcado ni desigualdad estructural, sino excesos feministas que “criminalizan al hombre” y ponen en riesgo la familia tradicional. Sociológicamente, Vox ofrece un refugio identitario a quienes sienten que las conquistas feministas amenazan su posición. Reemplaza a la mujer como sujeto de discriminación por el hombre como víctima simbólica, y convierte el feminismo en un signo de decadencia cultural más que en una respuesta a un problema real.

El PP ha entendido que declararse contra la igualdad de las mujeres es suicida, pero tampoco se siente cómodo en el marco del feminismo de izquierdas. Su fórmula consiste en hablar de “igualdad entre hombres y mujeres” y repetir que esta causa “no es patrimonio de nadie”. Participa en actos del 8M, defiende la lucha contra la violencia de género y la conciliación, pero evita conceptos como patriarcado o feminismo interseccional. Lo que propone es un feminismo liberal,  institucional: corregir brechas salariales, mejorar permisos y reforzar la respuesta frente a la violencia, sin cuestionar en serio el modelo económico ni la organización social de los cuidados. La desigualdad existe, pero se trata como un desajuste técnico, no como un conflicto de poder. El PP busca así ocupar el espacio del “sentido común”: cierto consenso en la igualdad, desconfianza hacia el “exceso ideológico”.

En la izquierda, el feminismo se ha convertido en identidad. El PSOE reivindica décadas de leyes de igualdad y se presenta como el gran motor de los avances, mientras que las fuerzas a su izquierda compiten por mostrarse más coherentes con la calle y con el movimiento feminista. La paradoja es que el 8M ha mostrado también sus fracturas: discrepancias sobre la ley del “solo sí es sí”, la prostitución o los derechos trans han terminado en choques públicos y manifestaciones divididas. La izquierda defiende un feminismo que entiende la desigualdad como estructura: género, clase, origen y orientación sexual se cruzan y generan jerarquías. De ahí parten las políticas de permisos, las leyes de igualdad y las medidas contra la violencia machista. Pero la pugna entre un feminismo más clásico, centrado en la categoría “mujer”, y otro más interseccional y que hace que una parte de la ciudadanía perciba el debate como lejano, demasiado técnico o enredado en guerras internas.

Resumido al máximo, llegamos al 8 M con este tablero: para Vox, el problema no es el machismo, sino el feminismo; para el PP, la desigualdad es un desajuste corregible sin cambiar demasiado el sistema; para la izquierda, el feminismo es una herramienta central de democratización, aunque a menudo se pierda en sus propias trincheras. Mientras tanto, desde un análisis más frio que el de los altavoces partidistas mediáticos, muchas mujeres viven la desigualdad en silencio, con contratos precarios, dobles jornadas, miedos y renuncias cotidianas que no caben en esos eslóganes. Quizás la pregunta clave de este 8M no sea quién se queda con la palabra feminismo, sino ¿quién está dispuesto a escuchar y a transformar esas vidas concretas, más allá de la batalla de los relatos?

viernes, 6 de marzo de 2026

Trump, guerra y mentiras: así convierte el PP en un mitin de odio su acto del 8M

El PP ha celebrado un acto en el Congreso con motivo del 8M. No fue un acto feminista, sino una operación de propaganda cuidadosamente empaquetada. No se convocó para hablar ni de brecha salarial, ni de violencias, ni de cuidados o de derechos concretos de las mujeres, sino para legitimar una guerra sin mandato internacional, rehabilitar a Trump y utilizar el sufrimiento de las mujeres iraníes como munición política contra el Gobierno de España. Lo que debería haber sido una jornada institucional de consenso mínimo se transformó en un mitin en el que se acusó al presidente de estar “del lado de los asesinos” por negarse a ceder las bases de Rota y Morón para la ofensiva de Estados Unidos e Israel contra Irán.

La operación es tan transparente que ofende. El PP se apropia de la causa iraní y la encarna en la figura de Masih Alinejad para presentar el “no a la guerra” como complicidad con los verdugos. Álvarez de Toledo habla de “apaciguamiento” y “cobardía”, mientras Alinejad eleva a categoría de “liderazgo” los ataques ordenados por Donald Trump, como si la única forma de apoyar a las mujeres iraníes fuera aplaudir los bombardeos. En ese marco no hay espacio ni para el derecho internacional, ni para las sanciones, ni para la presión diplomática sostenida o para el apoyo real a la sociedad civil iraní. Solo queda la vieja lógica de: o estás con los misiles, o estás con los ayatolás.

Frente a esa caricatura moral, la posición del Gobierno español se intenta presentar como un capricho ideológico, cuando en realidad descansa sobre una línea roja jurídica y política: esa guerra no está amparada ni por la Carta de Naciones Unidas ni por los acuerdos que regulan el uso de Rota y Morón. Después de Irak 2003, negarse a poner territorio, logística y bases al servicio de una ofensiva sin cobertura legal no es cobardía, es la mínima coherencia con la lección aprendida a sangre y fuego. Se le puede reprochar al Ejecutivo falta de ambición diplomática, falta de apoyo más visible a las disidencias iraníes, pero convertir esa negativa en “estar al lado de los asesinos” es propaganda en estado puro.

El segundo eje del acto es aún más inquietante, porque es el secuestro del propio feminismo. Feijóo y los suyos se declaran portavoces del “feminismo de verdad” frente al supuesto “feminismo de salón” de los lazos morados y de las movilizaciones del 8M en España. Para apuntalar ese relato, contraponen las mujeres colgadas de grúas en Teherán a las mujeres que aquí llenan las calles para denunciar violencia machista, precariedad y brecha salarial, como si estas últimas fueran privilegiadas caprichosas que juegan a la revolución simbólica mientras otras se juegan la vida. El mensaje implícito es brutal: solo son feministas auténticas aquellas cuya tragedia sirve para justificar la agenda militar de Occidente; las demás son solo decorado.

La hipocresía alcanza niveles de caricatura cuando el referente de ese “feminismo de verdad” resulta ser Donald Trump. No se trata de un aliado incómodo en un tablero hoy complejo, sino de un dirigente que ha restaurado políticas antiabortistas entre las más restrictivas, ha retirado fondos a organizaciones de salud reproductiva y ha impulsado una ofensiva global contra el derecho al aborto que golpea sobre todo a las mujeres pobres, migrantes y racializadas. Presentar ese historial como compatible con la defensa de las mujeres iraníes no es un simple error de juicio: implica vaciar el feminismo de todo contenido material. Ya no hablamos de derechos sexuales y reproductivos, de autonomía económica, de libertad y seguridad; hablamos solo de una etiqueta utilizable cuando toca golpear a la izquierda.

En paralelo, el PP mantiene y reivindica pactos con una extrema derecha que niega la violencia de género, demoniza la educación sexual, se opone a la igualdad LGTBI y ha convertido la “ideología de género” en su gran enemigo cultural. En nombre de un supuesto “borrado de las mujeres”, se ataca la ley trans y se alimenta una guerra interna dentro del propio feminismo, mientras se abrazan sin pudor actores internacionales que sueñan con devolver a las mujeres al hogar, al silencio y a la tutela religiosa. El doble rasero es tan evidente que solo puede sostenerse con ruido mediático y moralina patriótica.

Lo que vimos en la Sala Constitucional del Congreso no fue un homenaje al coraje de las mujeres de Irán, sino un episodio más de la guerra cultural de una derecha que ha decidido que todo puede ser un instrumento: los cuerpos, las guerras, los derechos humanos y también el 8 de marzo. El mensaje de fondo es sencillo y peligroso: solo es feminismo el que bendice la agenda militar de Washington, solo es paz la que se impone a golpes, solo es patriotismo el que se arrodilla ante Trump y llama traidor a quien se atreve a decirle no. 

Frente a esa impostura de la derecha, defender el “no a la guerra” y un feminismo que mire a Teherán sin dejar de mirar a Madrid, no es tibieza ni ingenuidad, es higiene democrática.


jueves, 5 de marzo de 2026

Para que quede claro clarinete.

La crisis de la guerra no golpea a todos por igual. Lo pasan peor los hogares con menos ingresos, las viviendas mal aisladas que necesitan más calefacción o aire acondicionado, quienes dependen del coche a diario y las familias con hipoteca variable.  La aguantan mejor quienes tienen más renta, casas eficientes y deuda controlada o a tipo fijo. Mientras tanto, algunas grandes empresas energéticas pueden ver crecer sus beneficios gracias a estos mismos precios altos.

Ante este panorama, la política pública no puede limitarse a observar cómo suben los termómetros del mercado. Hace falta proteger a los más vulnerables con ayudas específicas, evitar cortes a quienes no pueden pagar, impulsar de verdad la rehabilitación energética de viviendas y reforzar el transporte público allí donde el coche es hoy casi obligatorio. No se trata solo de explicar que la guerra en Irán afecta a nuestros bolsillos, sino de decidir cuánta protección queremos ofrecer a los hogares frente a una inestabilidad que, por desgracia, volverá a repetirse.

Y no son responsabilidad de nuestro gobierno estas subidas, sino de quien ha iniciado esta guerra y de quienes aquí le apoyan. Lo que sí es responsabilidad de  nuestro gobierno es poner en marcha ese escudo de protección social a quienes más lo necesitan. 


Trump: el precio de aplaudir al pirómano

Nos hemos acostumbrado a vivir en una paradoja. De un lado, protestamos por la gasolina, el gas natural y la electricidad, pero al mismo tiempo, de otro, una parte nada desdeñable de la opinión pública ve normal respaldar a quien ha convertido la energía y el comercio en armas políticas de presión global. Nos indignan las facturas, pero no parece indignarnos igual la vulneración del derecho internacional que alimenta esa inestabilidad que luego pagamos en la gasolinera y en el recibo de la luz.

Porque la guerra no es un fenómeno abstracto que ocurre “allí lejos”; pasa también por el surtidor y por el contador eléctrico. El encarecimiento de la energía no es una maldición bíblica caída del cielo, sino la consecuencia de decisiones políticas muy concretas: sanciones, bloqueos, reordenación de mercados, dependencia de determinados proveedores y, ahora, amenazas comerciales que se utilizan como palanca en negociaciones geopolíticas. Quien apoya a líderes que hacen de la guerra una herramienta y del comercio un castigo no puede luego sorprenderse cuando los costes de esa estrategia llegan a su bolsillo.

La figura de Trump es paradigmática. No solo por su desprecio explícito al multilateralismo y a las instituciones internacionales, sino por su disposición a usar aranceles y cierres comerciales, impulsivos y calculados a la vez, siempre buscando titulares y réditos internos a costa de terceros países. Cuando Trump amenaza con un cierre comercial o con aranceles desproporcionados a productos españoles, no está teniendo un arrebato temperamental, está utilizando deliberadamente nuestra dependencia exportadora como medio de presión. El mensaje es claro: o aceptáis mi juego, o castigo a vuestros agricultores, a vuestra industria, a vuestros trabajadores.

Lo sorprendente es la ligereza con la que parte de la conversación pública en España compra el marco que se le ofrece desde determinados medios: “Nos va a subir el aceite de oliva”, “el vino se va a poner por las nubes”, “el consumidor español será el gran perjudicado”. Siempre es igual, se construye así un relato de miedo inmediato al precio del supermercado, mientras se borra deliberadamente la pregunta de fondo: ¿quién ha provocado esta situación y con qué visión del mundo? Se nos invita a fijarnos en la etiqueta del precio, pero no en la firma que hay detrás de las políticas que lo encarecen. 

Lo irónico es que, desde un punto de vista básico de la economía, el discurso mediático no se sostiene. Si se restringen gravemente las exportaciones de aceite y vino a Estados Unidos, lo lógico sería que parte de ese producto quedara disponible en el mercado interno o tuviera que buscar otros destinos. Mayor oferta aquí suele significar menos alza sobre los precios y no más. Otra cosa es que entren en juego otros factores como los costes de producción, malas cosechas, desviar exportaciones a otros países, y lo más habitual, estrategias de los grandes grupos comercializadores. La idea de que “menos exportación es igual a subida del precio en el súper” es, como mínimo, discutible.

¿Por qué, entonces, se insiste tanto en ese relato? Porque es mucho más eficaz generar un miedo inmediato y concreto “mañana pagas más por la botella” que explicar la complejidad de las cadenas de valor globales, las tensiones geopolíticas y la fragilidad de un modelo de economía de mercado que ha entregado sectores enteros a la volatilidad de los mercados internacionales. El alarmismo selectivo es una herramienta política, porque sirve para desviar la culpa, para construir enemigos cómodos (la “Unión Europea blanda”, el “gobierno que no planta cara”, los “ecologistas que encarecen la energía”) mientras esos que crean las alarmas blanquean al actor que ha desencadenado la tensión arancelaria.

Mientras tanto, en la conversación política se produce un malabarismo que daría risa si no fuese tan trágico: se alienta el apoyo a Trump y a sus clones europeos en nombre de la “defensa de Occidente”, y al mismo tiempo que se denuncia que “nos castigan” con aranceles o que “la guerra nos sale cara”. Es como votar al pirómano y, cuando empieza a arder tu casa, echar la culpa a los bomberos por el precio del agua. No faltan tertulianos que, en la misma frase, ensalzan el “puño de hierro” frente a Irán y se quejan del coste del gas, sin conectar ambos hechos. Se ha naturalizado la esquizofrenia económica, y una mucho peor, la moral.

Conviene decirlo claro: no es neutral apoyar a quien dinamita el derecho internacional, desprecia a los aliados cuando le conviene y utiliza la interdependencia económica como arma de chantaje. No es un juego que se agota en el espectáculo televisivo porque tiene consecuencias. Cada bombardeo, cada sanción, cada amenaza arancelaria acaba reflejándose en el precio de los fertilizantes, del gasóleo agrícola, del transporte y, al final, en lo que pagamos por un litro de aceite o una botella de vino. Pretender que se puede separar el “espectáculo” de la política real es infantilizar a los electores.

¿Hay alarmismo injustificado? Claro que sí, pero es un alarmismo selectivo. Se exagera el impacto inmediato sobre el consumidor para generar miedo, mientras se minimiza la gravedad de apoyar a un líder que vulnera todas las normas del derecho internacional y desprecia cualquier lógica de cooperación. Sobredimensionan el posible encarecimiento del supermercado y se silencia el deterioro estructural de nuestro modelo de desarrollo rural y energético. Se nos dice: “lo importante es que hoy pagues un poco menos”, omitiendo que el camino elegido nos lleva a pagar mucho más, en dinero, en derechos y en autonomía.

El gesto más subversivo hoy es recordar la relación causa-efecto: si apoyas a quien convierte la guerra y el comercio en armas, asumirás sus consecuencias en tu vida cotidiana. Si quieres energía estable y un campo que viva de su trabajo en condiciones dignas, el camino no pasa por aplaudir a quien está dispuesto a sacrificar todo eso en su estrategia electoral. La coherencia, en estos tiempos, es revolucionaria, y lo coherente hoy es la postura de nuestro gobierno.


miércoles, 4 de marzo de 2026

Patriotismo de saldo y guerras ajenas

Hay días en los que una nación se asoma al abismo de la Historia, y otros en los que le basta con asomarse a una rueda de prensa en Madrid. En los primeros se deciden guerras, alianzas y tratados; en los segundos, se reparten consignas y ocurrencias, aderezadas con algún adjetivo que haría enrojecer a un profesor de bachillerato. Cuando el patriotismo se reduce a obediencia comercial, el amor a la patria se parece sospechosamente al cariño que se profesa a una tarjeta de crédito.

El presidente del Gobierno ha tenido la descortesía de recordar algo elemental: bombardear países no suele traer nada bueno y el derecho internacional sirve para algo más que decorar discursos. Y, por si fuera poco, ha añadido que España no está obligada a prestar sus bases militares cada vez que a Donald Trump se le antoja una guerra como quien se antoja un postre. Ante semejante despropósito de autonomía, ciertos despachos de la Puerta del Sol han activado el protocolo habitual: el problema nunca es la guerra, siempre es Sánchez.

Según la derecha patriótica de guardia, el “señor del ‘no a la guerra fuera pero sí a la guerra dentro’ va a arruinar a España”. El lector desprevenido podría imaginar que el presidente ha decidido bombardear Teruel o sitiar Cuenca, pero lo único que ha hecho es negarse a que España sea cómplice “de algo malo para el mundo” y plantar cara a las amenazas de represalias comerciales. Ha elegido el incómodo papel de aliado díscolo frente al mucho más cómodo rol de vasallo dócil, y eso, para quienes han convertido la palabra “patria” en un complemento multiusos, es imperdonable.

La paradoja es que muchos de quienes hoy denuncian la “guerra entre españoles” llevan años viviendo políticamente de cultivar un conflicto civil permanente, una guerra fría castiza en la que, de lunes a viernes, se insulta a medio país y, los domingos, se llevan flores a la bandera. Mientras tanto, el muro que de verdad cuenta es bastante sencillo: de un lado, el derecho internacional y el “no a la guerra”; del otro, la obediencia a Trump presentada como sentido de Estado.

Porque, parece que, sin pretenderlo, la crisis abierta por las amenazas de Trump a España ha roto el monopolio de la bandera por parte de la derecha y ha abierto a la izquierda la opción de un patriotismo ligado a la paz y a la legalidad internacional. La posición del Gobierno español de no ceder las bases de Rota y Morón para una intervención en Irán, exigir respeto a los tratados y oponerse a la guerra, es coherente con la línea europea de las últimas décadas y más sensata que seguir a Washington en otra aventura bélica en Oriente Medio.

PP y Vox actuan como satélites del movimiento MAGA, priorizando el alineamiento con Trump y luego, si sobra, ya pensaran en España, y todo por odio a Sánchez antes que por amor a la propia España. La contradicción de quienes decían llorar por la legalidad internacional y ahora reprochan al Gobierno que arriesgue la relación con Estados Unidos precisamente por defender esos principios jurídicos.

Frente al patriotismo casposo de la derecha, la izquierda plantea un patriotismo plural, democrático y empático, compatible con el “no a la guerra” y con la igualdad soberana entre Estados. Aviso a navegantes: Canadá, demostró que la equidistancia entre Trump y su propio país, le costó las elecciones a un candidato  ¿podría ocurrir eso en España? Puede que lo de hoy en la derecha sea nerviosismo.

Que tiemble el Estado.

Que tiemble el Estado, los cielos, las calles: no porque la furia sea novedad, sino porque al fin se ve. La rabia siempre estuvo allí, debaj...