miércoles, 11 de febrero de 2026

47 muertos en campaña: Feijóo convierte Adamuz en mitin y a las víctimas en decorado

Hay formas y hay fondos. Y luego está lo que hemos visto esta mañana en el Congreso: una tragedia ferroviaria con 47 muertos convertida en atrezzo para una escena de campaña electoral permanente, donde a las víctimas se las invoca mucho y se las escucha poco o nada.

Sánchez llegó a la Cámara con el guion clásico de la gestión institucional del desastre: rigor, investigación, justicia, “se hará justicia”, “se investigará con rigor”, “se tomarán las medidas necesarias”, ayudas, acompañamiento a las familias. Es el manual: transparencia prometida, técnicos por delante, jueces trabajando, anuncio de reformas en seguridad. Nada especialmente épico, nada que vaya a abrir informativos por la brillantez del discurso, pero al menos un discurso reconocible del Estado ante la tragedia.

Feijóo, en cambio, vino a otra cosa. Denuncia un “cajón desastre” y un “mezclarlo todo”, pero, lo cierto, es que ha sido él quien ha convertido Adamuz en un cajón donde cabía todo: Rodalies, apagones, DANA, Falcon, narcisismo, corrupción, España al borde del colapso. Donde se le pedía control parlamentario y rendición de cuentas, él ha ofrecido  un auto de acusación en versión mitin: no un examen de qué falló en la vía, en los protocolos, en la seguridad, sino una enmienda a la totalidad del Gobierno. No parece propio ni serio en alguien que no gobierna porque no quiere, pero aspira a gobernar.

La secuencia que lanza es impecable desde el punto de vista del marketing: uno “negligencia”, dos “accidente evitable”, tres “47 muertos”, cuatro “su Gobierno se sentará en el banquillo”. Una línea recta, sin matices, sin condicionales, en la que borra de un plumazo eso tan incómodo que se llama “investigación abierta”: CIAF, Guardia Civil, juzgado de Montoro. Si los informes hablan de vías fracturadas, fallos de infraestructura, cadena de causas en análisis, peor para esos informes, porque la frase “accidente evitable” suena mucho mejor en los titulares. La verdad no importa.

La talla política de un parlamentario se mide precisamente ahí: en la capacidad de poner freno donde la tragedia invita a pisar el acelerador. Y Feijóo ha hecho justo lo contrario: ha pisado a fondo. Ha adelantado el veredicto penal (“su Gobierno se sentará en el banquillo”) desde el escaño, sin esperar a que lo formulen los tribunales. Ha convertido la categoría de “negligencia” en un adjetivo de combate, no en una hipótesis que se somete a prueba en informes técnicos y resoluciones judiciales. 

En esa operación, las víctimas ocupan un lugar central… pero no el que merecen. Se las invoca como escudo y ariete: “no respetan a los muertos”, repite, levantando una frontera moral infranqueable entre ellos  que serían los indignados de bien, y el Gobierno a quien considera unos cínicos sin entrañas. Cuanto más se repite la palabra “víctimas”, menos espacio se deja para una sencilla pregunta: ¿qué política pública de seguridad ferroviaria propone exactamente esta oposición que hoy se envuelve en su memoria?

Porque ahí está el vacío: mucho dolor prestado e impostado, pero poca propuesta propia. Se denuncia que las medidas anunciadas llegan tarde, que las limitaciones de velocidad se multiplican después y no antes, que la vigilancia y las inversiones son tardías. Pero no aporta un modelo alternativo, un plan concreto, una hoja de ruta que permita decir: “si hubiéramos gobernado nosotros, estas serían las decisiones técnicas, este el calendario, estas las prioridades”.

En lugar de eso, Feijóo ofrece algo que le resulta mucho más cómodo: el relato de un Gobierno que “sabía”, “fue avisado”, “miró para otro lado”, y al que ahora solo le quedaría el banquillo. No es casualidad, sino parte de la lógica de una oposición que ha decidido que cada crisis debe resolverse con las mismas dos palabras mágicas, dimisión y cárcel, aunque el trabajo de los peritos y los jueces vaya por delante o por detrás. Una lógica que confunde el Parlamento con un plató de televisión y la comparecencia con un tráiler de lo que será la próxima campaña electoral.

La falta de talla política se ve también en la forma en que se desdibujan las fronteras entre responsabilidad política y responsabilidad penal. Pedir explicaciones políticas por los fallos en la red ferroviaria es no solo legítimo, sino necesario; preguntar por las inversiones, por la gestión de las alertas, por la priorización de obras, es exactamente lo que debería hacer una oposición seria. Pero saltar directamente a la promesa de “banquillo” antes de que se cierren las diligencias no es control al Gobierno sino usar la expectativa de castigo penal como combustible de la indignación partidista que desde que llegó a la presidencia de su partido promueve .

Y, de nuevo, las víctimas en medio. No como sujetos de derecho que exigen verdad, justicia y reparación, sino como recurso retórico que se activa a voluntad: se les cita, se les tutela, se habla en su nombre, se decide qué les ofende y quién las respeta. Es una forma de apropiación de la tragedia, que ya no pertenece a quienes la sufrieron y a quienes la investigan, sino al relato de su partido que grita más fuerte que ninguno en el hemiciclo.

Adamuz merecía otra cosa. Merecía que la comparecencia sirviera para algo más que para fijar etiquetas (“Gobierno negligente”, “accidente evitable”) en su pizarra partidista. Merecía que el debate se centrara en cómo se refuerza la seguridad, qué inversión falta, qué errores arrastramos de décadas de infrafinanciación, cómo se reorganizan Adif y Renfe para que la palabra “evitable” no vuelva a aparecer fuera de un informe técnico y con carácter preventivo.

En vez de eso, hemos visto a un líder de la oposición que se mueve con soltura en el agravio y la imputación moral, pero que se queda muy corto cuando hay que entrar en el fango aburrido de la política pública. Mucha épica de “47 muertos”, y poca letra pequeña sobre cómo evitar el 48.

Al final, lo que deja al descubierto esta comparecencia no es solo la estrategia del PP, sino un modo de hacer política que lleva tiempo instalándose: cuanto más complejo es el problema, más sencillo debe ser el culpable; cuanto más dolor hay, menos espacio para la duda, el matiz, la espera a los informes. Y en esa simplificación brutal, las víctimas dejan de ser un límite ético para convertirse en materia prima de la guerra partidista.


Ya se nos muestra el fascismo que nadie nombraba

Hay fascismos que entran con botas y hay fascismos que entran en zapatillas. Los primeros hacen ruido, dan golpes de Estado, llenan las plazas y las cunetas. Los segundos prefieren entrar cómo un susurro: cuestionando un derecho por aquí, relativizando una violencia por allá, convirtiendo el odio en parte de la tertulia y, cuando nos damos cuenta, la democracia ya cojea y nadie recuerda bien en qué momento empezó a dolerle la rodilla.

Durante años hemos creído el cuento de que aquí el fascismo desapareció con nuestra sacrosanta Transición, que todos nos dimos la mano y miramos al futuro. Y claro que hubo pactos necesarios, miedos comprensibles, incluso gestos valientes. Pero además hubo una factura que aún seguimos pagando: no hubo ruptura, no hubo depuración, no hubo una condena clara que señalara que el franquismo fue una maquinaria de terror y que sus herederos no podían pasar de la noche a la mañana por demócratas ejemplares. 

En ese ambiente tolerante, la extrema derecha ha sido una planta que hemos ido regando con desmemoria, desigualdad y banalización del discurso público. Cada vez que admitimos que proponer el recorte de derechos fundamentales es parte de la libertad de opinión, o que antifascismo es lo mismo que extremismo, o que llamar “ideología” a la igualdad es un argumento razonable, el fascismo se apunta un tanto. No entra por los cuarteles, entra por los redes y los platós de televisión. Vivimos inmersos en un autoritarismo de baja intensidad que se quedó entre nosotros, que no molesta del todo, pero nunca se apaga del todo.

Luego está la escuela, o lo que queda de ella, donde hablamos de competencias, de empleabilidad, de emprendimiento, pero nos olvidamos de enseñar a desconfiar, a preguntar, a decir “no” cuando el poder se disfraza de sentido común. Sin cultura crítica, sin educación cívica, sin formación política, los chicos y chicas llegan a la mayoría de edad sabiendo usar la app de su banco, pero sin tener ni idea de cómo se aprueba un presupuesto, lo qué es un derecho, o por qué una mayoría no puede decidirlo todo. Esa ignorancia no es inocencia, sino el terreno fértil para quien necesita ciudadanos obedientes y no personas libres.

La política progresista, mientras tanto, juega siempre a la defensiva, casi pidiendo disculpas por existir. La izquierda se ha pasado años debatiendo si debe o no nombrarlo, como si decir “fascismo” fuera un exceso y no una descripción. Se legisla a trompicones, se comunica con miedo cuando se intenta comunicar, y para su desgracia, ha confundido la moderación con mansedumbre. Y el fascismo, mientras va dando clase gratis todos los días: en redes, en medios, en los parlamentos, en barras de bar.

Por eso ahora no puede sorprendernos la extrema derecha, porque la hemos visto crecer al calor del desgaste del PSOE, con la connivencia del PP convencido de que era un buen aliado para erosionar al adversario. En Estados Unidos, al payaso naranja primero lo tomaron por un chiste, lo mismo a motosierra Mileí y ahora el chiste y la motosierra han terminado escribiendo leyes. Aquí jugamos con fuego y nos extrañamos de que huela a quemado.

Pero lo más hiriente para cualquier demócrata honesto es la sensación de impunidad. Insultar al presidente del Gobierno cruzando todas las líneas, azuzar el odio desde instituciones, coquetear con el golpismo de salón, ya se han convertido en deportes sin sanción. Cargos públicos que no hablan, sino que difaman, que señalan, que deslegitiman la decisión de las urnas, siguen en sus escaños como si nada. No hay tribunales, no hay inhabilitaciones, no hay un límite claro que diga hasta aquí llega la discrepancia en democracia y a partir de aquí empieza la agresión al sistema que nos sostiene. Cuando la democracia no se defiende a sí misma, el fascismo se ríe.

Y, a pesar de esa impunidad, no todo está perdido. La historia también la escriben quienes se plantan. Cada vez que un docente se empeña en explicar qué es un derecho humano, cada vez que una periodista se niega a blanquear el discurso de odio, cada vez que un ciudadano interpela, protesta, organiza, se junta con otros, el fascismo retrocede un paso, aunque sea pequeño.

No se necesita actuar cómo héroes, sino como gente sencilla que decide no mirar para otro lado. La verdadera lucha no es la épica, sino la constancia: insistir en la memoria, insistir en la igualdad, insistir en que la democracia no es un decorado sino un conflicto permanente entre quienes quieren ampliarla y quienes se empeñan en estrecharla.

El fascismo vuelve, sí, o quizás tal vez nunca se fue del todo. Pero también vuelven quienes no se resignan. A veces la esperanza es solo una rendija, pero por ahí entra la luz. Y al fascismo, la claridad de la luz le sienta bastante mal.


Feijoo y Abascal ya son hermanos gemelos en el Registro Civil.

La consecuencia de Extremadura y Aragón: Feijoo y Abascal ya son hermanos gemelos en el Registro Civil.

El Partido Popular ya no baila con la extrema derecha. Ahora la extrema derecha lo lleva del brazo, le agarra la cartera y le dicta el guion mientras le susurra al oído qué decir sobre los pobres que lavan platos y limpian culos.

Hubo un tiempo en que el PP regularizaba a 500.000 personas y lo llamaba sensatez económica, estabilidad social, necesidad demográfica. Ahora, cuando España vuelve a hablar de dar papeles a quienes llevan años haciendo los trabajos que nadie quiere, el mismo partido se presenta en Bruselas como si viniera a salvar a Europa de una invasión organizada por Soros, la ONU y el coco.

En la Eurocámara, la operación ideada por el PP ha terminado convertida en una verbena ultra, con Vox marcando el tono del discurso: manipulación del censo, efecto llamada, mafias, hordas que vienen a “robar, violar y saquear” mientras los buenos patriotas tiemblan detrás de sus persianas. Lo que iba a ser una solemne defensa de Europa se ha convertido en mitin de barra de bar, con la derecha tradicional repitiendo, dócil, los eslóganes del socio al que finge no parecerse.

Entre acusaciones de complot demográfico y fantasmas de islamización, en el debate asoma una frase que lo dice todo: que la izquierda, el Gobierno, o quien toque hoy de enemigo, “quiere esclavos para limpiar culos de ancianos”. Lo terrible no es solo el insulto; es una confesión involuntaria.

Porque, si alguien ve “esclavos” cuando mira a quienes cuidan mayores, limpian residencias y sostienen una economía de cuidados precarizada, quizá está hablando más de sus propios deseos que de las intenciones ajenas. Detrás del espantajo del “efecto llamada” hay un miedo mucho más prosaico: que esas manos que hoy encadenan a la precariedad tengan mañana derechos, papeles, voto y voz, y además deban abonar la cotización a la seguridad social.

Europa vive de espalda al espejo: necesita esos cuerpos para sostener pensiones, hospitales y residencias, pero se niega a mirarlos a los ojos, no vaya a ser que descubra que son personas y no material fungible. Y el PP, que lo sabe, ha decidido competir con Vox a ver quién pronuncia con más desparpajo la palabra “esclavos” mientras jura defender la dignidad humana.

En Madrid, la partitura se repite, aunque con otros acordes. La nueva voz del partido alerta de un “efecto llamada brutal”, de servicios públicos “tensionados” y de un país al borde del colapso si se regulariza a quienes ya están aquí, trabajando, pagando alquileres y sosteniendo la vida cotidiana de una sociedad que prefiere fingir que no existen.

Que nadie se engañe: cuando la derecha habla de orden, piensa en servidumbre; cuando habla de “esclavos”, confiesa su programa. Pero a la larga, la vida siempre pasa factura, y ya lo decían las abuelas: “no se puede tener a la vez la cartera, el sillón… y la conciencia limpia”.

Esto es lo que dicen que a los españoles se nos avecina. 


martes, 10 de febrero de 2026

Cuando el ego pesa más que el socialismo


Felipe González ha afirmado que votaría en blanco si sigue Sánchez y ve peor pactar con Bildu que con Vox. Es su opinión de militante de base. Pero esas declaraciones merecen un comentario.

Un exsecretario general del PSOE que dice que votaría en blanco contra el candidato de su propio partido está enviando el mensaje de que prefiere debilitar al socialismo antes que aceptar que la militancia y el electorado han elegido otro rumbo. Eso, dicho desde un liderazgo histórico, no es “libertad de crítica”, es poner tu ego por encima del proyecto colectivo y dar munición gratis a la derecha y a la extrema derecha.

Equiparar o considerar “peor” a Bildu, que hoy es un partido legal que ha asumido el marco democrático, que a Vox, que niega la violencia machista, ataca derechos LGTBI, recorta libertades y cuestiona la propia arquitectura del Estado social, es, como poco, políticamente miope y moralmente muy discutible. Un socialista no puede blanquear a la extrema derecha mientras demoniza a fuerzas con las que se comparten objetivos sociales concretos en pensiones, vivienda o derechos laborales, aunque haya memorias dolorosas que nadie pide olvidar.

Felipe González habla de pactos “inaceptables” mientras arrastra una mochila muy pesada: GAL, privatizaciones, OTAN, renuncias programáticas y una socialdemocracia que se acercó demasiado a poderes económicos a los que hoy sigue muy próximo. Sin una autocrítica clara y honesta sobre todo eso, su autoridad moral para dar lecciones sobre con quién se puede pactar o quién encarna mejor el socialismo es muy limitada; por eso tanta gente siente que está destruyendo su propia figura histórica.

En la práctica, sus palabras sólo sirven para desmovilizar al votante socialista, fracturar más al partido y ofrecer un aval simbólico a quienes quieren echar al actual Gobierno por la vía de la crispación permanente. Un socialista de base puede criticar a Sánchez o a cualquier dirección, pero la línea roja debería ser no situarse objetivamente del lado de quienes quieren desmontar derechos, servicios públicos y memoria democrática; hoy González está demasiado cerca de esa línea, si no la ha cruzado ya.


Del respeto mal entendido

Hay una frase que se ha puesto de moda y que escuchamos con la misma frecuencia que el parte meteorológico en estos días: “Hay que respetar todas las ideas”. La podemos oír en em mercadillo de los Invasores de Albacete, las tertulias, en los bares y hasta en los plenos municipales, como si su contenido fuera una señal de buena educación. Pero no lo es, o al menos no siempre lo es. Porque hay ideas que no merecen respeto alguno, igual que no lo merecen las infecciones, las cucarachas o la calumnia.  

Vivimos tiempos de confusión, donde la palabra “democracia” sirve para justificar cualquier barbaridad y la palabra “libertad” se emplea como salvoconducto para el disparate. En Castilla La Mancha, donde la llaneza sigue siendo una de nuestras grandes virtud, cómo el sentido común, aunque cada día un bien más escaso, abundan últimamente los que hablan de democracia con la misma familiaridad con la que hablan del tiempo que va a hacer. Son los nuevos sacerdotes del respeto, que reclaman consideración para sus insultos, comprensión para su odio y espacio público para su ignorancia.  

La cosa sería cómica si no fuera porque esos adalides de la tolerancia solo creen en ella mientras están en minoría. En cuanto logran poder o les colocan delante un micrófono, su democracia se convierte en ordeno y mando. Entonces cierran las puertas, encienden los focos y exigen a los demás sumisión, pero siguen hablando de respeto, por supuesto, igual que un ladrón puede hablar de la propiedad privada.  

Uno asiste a este espectáculo con una mezcla de asombro y cansancio. En la plaza del pueblo, bajo las persianas a medio subir, el barullo de las noticias, y los discursos que se copian de las redes sin pasar por la cabeza, el ciudadano medio castellanomanchego (ese que aún piensa antes de opinar) se siente cada día más extranjero en su propia tierra. Y no porque le falten raíces ancladas al suelo, sino porque sobra ruido.  

El problema, supongo, no es de ideología sino de educación, entendida no como poseer títulos o carreras universitarios, sino como el esfuerzo de razonar, dudar y saber escuchar. Pero eso cansa, y en estos tiempos nadie quiere cansarse: mucho mejor dejarse llevar por el eslogan fácil, por el grito o por la consigna precocinada. Así se está consolidando una democracia hueca, de verbena, hecha de selfis, aplausos y víctimas voluntarias.  

Y mientras tanto, en los pueblos manchegos, donde la historia se mide en siglos y los inviernos en días de soledad, el eco de tanto rebuzno mediático resuena más de la cuenta. El campesino que madruga, la médico de guardia o el maestro de escuela ya no entienden bien qué significa eso de la libertad de expresión cuando lo que se expresa es solo odio, eso sí, revestido de opinión.  

Quizá este sea un buen momento para recuperar la cordura, esa palabra que ya resulta tan poco moderna. De recordar que la democracia no es un corral donde cualquiera puede lanzar estiércol al vecino en nombre de la libertad. La democracia es, o debería ser, un espacio exigente, donde las ideas se debaten y se confrontan, sí, pero con la condición de que quien hable haya al menos intentado pensar antes.  

Porque, y conviene repetirlo, sobre todo aquí, donde los molinos aún enseñan la diferencia entre lo que es viento y lo que se llama vendaval, no todas las ideas merecen respeto. Algunas solo merecen compasión, y otras, sencillamente, silencio, eso tan nuestro de “a palabras necias...”



lunes, 9 de febrero de 2026

Querido conciudadano que votas a la derecha o a la ultraderecha:

Querido conciudadano que votas a la derecha o a la ultraderecha:

Cuánta razón llevas, cuando afirmas que pagar impuestos es un robo. Nada de considerarlo un engorro, o una obligación cívica discutible. No señor, a las cosas por su nombre: un robo, así, en mayúsculas, algo que debería llevar tatuado en la frente medio país. 

Claro que lo que luego me chirría es tu actitud exigente. Porque no me cuadra que, de ese supuesto expolio al que nos someten exijas todo: desde una sanidad milagrosa, unos trenes supersónicos, unos ejércitos de emergencia y que los derechos sociales nos los otorguen mediante riego por aspersión. Entiende que me extrañe.

Porque tú eres un contribuyente moderno, un ingenioso hidalgo del siglo XXI que va en SUV, pero sueña con no pagar IVA; que quiere más UME disponible las 24 horas de los siete días a la semana, y a ser posible, con servicio de teletransporte incluido, y que cada cuartel disponga de un Harry Poters al servicio de tu tranquilidad personal.  Porque tú quieres que el incendio, la riada, la nevada y el apocalipsis zombi que estás seguro nos vendrá con la izquierda en el gobierno debe resolverse con un clic, con un helicóptero, con una columna de uniformados que salen de la nada, pero sin que nadie ose meter la mano en tu bolsillo de héroe fiscal auto-exento.

Llevas mucha razón cuando afirmas que la red ferroviaria debe ser mejor que la de Japón, por supuesto. Y, a ser posible, con trenes que lleguen antes de salir, que no se averíen nunca, que unan cada pueblo con cada aldea en menos tiempo del que tarda un tertuliano de AR en hablarnos de “libertad”.  Eso sí, “a precios de aquí”, que es la forma más castiza de querer el estándar nipón, sin cambiar tu mentalidad del “ya si eso que lo pague otro”.

En sanidad, el catálogo de tus deseos es aún más nítido: ¿qué tienes cáncer? me lo curáis no hoy, para ayer. ¿qué te duelen los cataplines? diagnóstico inmediato, resonancia al minuto, tratamiento de última generación, habitación individual, con vistas al mar o la montaña y psicólogo de guardia para que te ayude con el susto del miedo a la impotencia. Y que nadie mencione la palabra impuestos en la misma oración de tu diagnóstico, no vaya a ser que te produzca una reacción alérgica masiva en la piel de hijo de la patria.  Porque, por si nos queda alguna duda, ya sabemos que “pagar impuestos es un robo”.

En este teatro, mientras tanto, saltas de alegría declamando que ha vencido tu partido, que vuelve la España profunda, la España sin derechos, la España que niega el cambio climático, la violencia machista y, si se tercia, puede negar hasta la ley de la gravedad.  Esa España tan nuestra, la de “bienvenido, Mister Marshall”, la que agita la boina con indignación mientras sueña con una lluvia  de infraestructuras, subvenciones y milagros providenciales que caigan del cielo sin pasar por Hacienda.  A pesar de estar en el siglo XXI, estas convencido de que esa España es la feliz, que más que la boina hasta las cejas, debería tenerla intracraneal que es más difícil de quitarsela . 

Porque, confiésalo, a ti lo que te pone, es estar en contra de que suban los salarios y las pensiones. Que lo que te la deja “escuchimizá” es que la sanidad y la educación sean universales, porque tu prefieres que sean solo para quien pueda pagárselas. Y admite que no te la encuentras, en cuanto ves a esos   inmigrantes que no quieres, aunque tampoco quieres trabajar en los sectores donde ellos se dejan la espalda, como el campo, la hostelería, los cuidados, los trabajos invisibles que sostienen el andamiaje de tu vida diaria.

Tal vez lo que sueñas es un país que funcione como una gran urbanización de lujo sin gastos de comunidad. Un Estado que te salve de las inundaciones, de la enfermedad, del fuego y del vacío, pero que no te recuerde nunca que todo eso cuesta dinero. Quieres derechos absolutos, pero con obligaciones a la carta, solidaridad de ida, pero no de vuelta, servicios de primera, pero con una fiscalidad de saldo.

El problema es que la realidad no lee los eslóganes que el partido al que votas te ha metido en tu cabecita.  Los hospitales no se construyen con tu indignación ni tus insultos fruteros en redes sociales; ni los trenes corren más deprisa por la fuerza de vuestros tuits, ni la UME funciona movida por la fe en la magia del “yo ya pago bastante”, aunque te lo digan muchas veces Santi o Alberto que pagan más bien poco.  En este mundo donde vivimos la gente de carne y hueso, los derechos se financian, los servicios se sostienen, las pensiones se pagan, y detrás de cada quirófano, de cada colegio, de cada servicio de emergencias, hay impuestos.

Entonces, ¿qué es lo que quieres? ¿qué quiere esa tu inmejorable sociedad que grita contra los impuestos mientras exige servicios nórdicos con coste cañí?  ¿Qué quieres si reniegas del extranjero, pero no se te ve doblando el lomo en los invernaderos, ni limpiando habitaciones de hotel o levantando andamios a cuarenta grados?

Quizá el verdadero RIP que certifique óbito de España, sea la carencia de adultez política.  Esa capacidad que se le supone a las personas adultas, de mirar de frente la contradicción entre lo que exigimos y lo que estamos dispuestos a aportar.  Mientras sigas queriendo un país de lujo pagado con monedas de fantasía, seguirás atrapado en esta tragicomedia fiscal, leyendo cada día el fallecimiento apresurado de una nación que, pese a ti y a quienes votan lo que tú, continúa levantándose cada mañana, pagando facturas muy reales para sostener los sueños de quienes, cómo tú, insistís en que todo esto, en el fondo, es un robo.

El aprendizaje pendiente de las izquierdas

Las izquierdas a la izquierda del PSOE salen de Aragón con una certeza: su problema ya no es de siglas ni de liderazgos, sino de proyecto, utilidad percibida y relación con un electorado que oscila entre la abstención y el voto resignado al PSOE o a la derecha. Extremadura fue la excepción luminosa de un ciclo sombrío, pero su éxito se volvió un espejismo: una victoria parcial tomada como excusa para no cambiar nada de fondo.

En Extremadura, la unidad de Podemos e IU bajo Unidas por Extremadura rompió la depresión electoral y alcanzó el mejor resultado histórico del espacio alternativo, con siete escaños. La ausencia de Sumar y la claridad del liderazgo ofrecieron un relato reconocible y combativo en un contexto de desgaste socialista. Sin embargo, cada fuerza leyó el resultado según sus propios prejuicios: para Podemos, demostraba que “sin Sumar se puede”; para sectores de IU, que la coalición clásica aún servía; para Sumar, una anomalía irrepetible. Nadie quiso ver la lección central: cuando el mapa se simplifica, el liderazgo se aclara y el mensaje se ancla en problemas concretos del territorio, el electorado vuelve a mirar a la izquierda alternativa.

Aragón ha devuelto la realidad: el ciclo no sufre un bache, sino un colapso político-organizativo. El PP se consolida, Vox crece como socio inevitable, el PSOE cae y la izquierda alternativa queda reducida a presencia testimonial. La coalición IU–Movimiento Sumar conserva un escaño sin peso político, y Podemos–Alianza Verde desaparecen de las Cortes, confirmando su erosión territorial. El mapa a la izquierda del PSOE es ya un archipiélago de siglas sin horizonte común, en un territorio sin colchón nacionalista que compense la caída.

El primer aprendizaje es estratégico: la fragmentación no es solo división simbólica, sino pérdida matemática. Con PP y Vox fuertes, cada voto progresista desperdiciado en proyectos sin masa crítica se traduce en escaños conservadores, como se vio en Aragón y en el 28M.

El segundo aprendizaje es organizativo: el espacio a la izquierda del PSOE no puede estructurarse en guerras de aparato entre Sumar, Podemos e IU, disfrazadas de debates ideológicos. La ciudadanía percibe luchas por recursos y puestos, no por ideas. Mientras la confrontación interna domine, ese espacio parecerá más preocupado por sí mismo que por los problemas reales del país: precios, vivienda, sanidad, cuidados o precariedad en la España interior.

El tercer aprendizaje es discursivo: el antifascismo y la denuncia de la alianza PP-Vox son necesarios, pero insuficientes. Sin propuestas creíbles sobre empleo, renta, servicios públicos o modelo territorial, el lema de “frenar a la ultraderecha” suena vacío y compite con el del propio PSOE.

Pero también el PSOE tiene tarea pendiente: solo habrá espacio a su izquierda si deja de exigir lealtad por miedo. Lo ocurrido en Aragón —con un PSOE debilitado y sin alternativa sólida— demuestra que el socialismo territorial no puede confiar en el arrastre de Sánchez ni en la inercia del Gobierno central. Su socio natural no es un satélite disciplinado, sino un bloque plural con el que deberá negociar sin usar la ley electoral ni los calendarios como mecanismos de control. El “voto útil” puede servir una vez; la segunda, acelera la desafección y la abstención de quienes dejan de creer que el PSOE transformará algo sustancial.

De cara a los próximos comicios, la receta para la izquierda alternativa es clara: unidad funcional, no fusión forzada. Esto implica tres decisiones concretas: un solo espacio electoral por territorio, con primarias o acuerdos transparentes para definir liderazgos; un programa breve y centrado en tres o cuatro ejes materiales —empleo, servicios públicos, vivienda y equilibrio territorial— con objetivos verificables; y un pacto de no agresión que priorice explicar cómo mejorar la vida de la mayoría antes que la disputa por la pureza ideológica.

La izquierda no podrá recomponerse si el PSOE sigue viéndola como un problema a gestionar y no como parte de una mayoría social que requiere respeto y objetivos comunes. Si la izquierda en su conjunto —PSOE incluido— quiere que lo ocurrido en Aragón sea una advertencia y no un presagio, deberá hacer lo que no ha hecho desde 2019: hablar menos de sí misma y más del país que dice querer cambiar. Una pena que algunos quieran ser cabeza de ratón antes que asumir ser cola de león.


47 muertos en campaña: Feijóo convierte Adamuz en mitin y a las víctimas en decorado

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