La última revelación que salpica al PP, protagonizada por el condenado Koldo García desde prisión, no es nada extraño en la geografía política española, sino un modus operandi sistémico. Lo que estamos presenciando no son meras anécdotas de la picaresca judicial o periodística, sino la constatación de cómo opera un bloque de poder conservador dispuesto a subvertir las reglas del juego democrático con un único objetivo: derribar al Gobierno legítimo a cualquier precio.
El relato expuesto por Koldo García a la Cadena SER, respaldado por indicios materiales tan concretos como las facturas de más de 240.000 euros abonadas por la editora de OKdiario para sufragar gastos de defensa, dibuja un engranaje mafioso perfecto. Aquí conviven tres patas fundamentales que la democracia liberal: una formación política dispuesta a financiar operaciones en la sombra, un sector del periodismo de los bulos convertido en caja de resonancia y pagador de favores, y unas terminales judiciales dispuestas a mirar hacia otro lado (o a vetar deliberadamente en los tribunales) cualquier línea de investigación que incomode a los suyos.
Lo verdaderamente alarmante para nuestra democracia no es solo que se ofrezca un millón de euros y una rebaja penal a cambio de mentir contra el Ejecutivo, sino la naturalización de la impunidad con la que se mueven estos actores. Mientras la maquinaria mediática de la derecha agita constantemente el fantasma de la corrupción ajena para agitar a la opinión pública, por los sótanos de Génova y sus terminales mediáticas circulan fondos opacos para comprar voluntades y fabricar fango judicial.
Esto, se mire como se mire, huele a golpismo blando e institucional donde la verdad judicial es suplantada por un relato prefabricado. Cuando los tribunales tapan o silencian aquello que apunta a las cloacas conservadoras, se está cuestionando la separación de poderes y se desactiva la capacidad de autodefensa del Estado de derecho.
Frente a esta ofensiva de la derecha, que busca el hastío de la ciudadanía para vaciar de contenido la democracia, la respuesta debe ser la profundización democrática, la transparencia radical y la exigencia de responsabilidades políticas y penales hasta sus últimas consecuencias.
Si la democracia española quiere sobrevivir a sus propios demonios ocultos, urge sanear unas instituciones que demasiado a menudo parecen diseñadas para proteger a los poderosos mientras estrangulan la soberanía popular.