Aquella tarde de domingo que les visité, la casa olía a sopa caliente y a fotos antiguas. En la radio que había en su despacho junto a montones de carpetas con papeles, sonaba una canción que hablaba de una mujer que se deshilachaba por dentro, y Nuria, sin saber por qué, bajó el volumen justo cuando el estribillo pronunciaba un nombre que no era el suyo, pero podría haber sido. Juan estaba en la cocina, peleándose con un puñado de perejil como si estuviera realizando una operación a corazón abierto.
-Si sigues triturándolo así, va a pedir el alta voluntaria,
dijo Nuria, en tono de broma desde el quicio de la puerta de la cocina. Él levantó la vista, y sonrió con ese gesto torpe que llevaba años gesticulando solo para ella.
-Es que quiero impresionarte, mujer. No todos los días se cumplen cincuenta y dos años desde la primera vez que me dijiste que no.
La memoria compartida entre los dos estaba hecha de negativas que acababan en síes, de billetes de tren perdidos, de habitaciones de hotel y de mudanzas con cajas numeradas, pero que algunas luego nunca abrían. Habían aprendido a vivir con poco, incluso menos que poco: les sobraba con la certeza de que el otro seguía ahí al despertar. Eso era más que suficiente.
La primera vez que Nuria notó algo raro fue una tontería, como casi todo lo importante. Volvían del supermercado y él, que siempre se adelantaba para abrirle el portal, se quedó quieto en la acera, mirando el edificio como si fuera la casa de otro.
-¿En qué piso vivimos?, preguntó, con una risa que intentó sonar ligera.
Nuria pensó en un despiste.
-En el cuarto, Juan, donde siempre. ¿Qué pasa, te has mudado sin avisarme?
Él asintió, fingiendo una broma:
-Es que hay días que mi cabeza se da una vuelta sola.
El comentario se quedó flotando en el pasillo de la casa, pegado a las paredes como si se tratara de humedad. Pasaron semanas. Luego meses. Pequeños olvidos: las llaves en la nevera, la olla guardada en el armario junto a los abrigos, un recibo de la luz guardado en la funda de la guitarra que, desde que su hijo se fue a Irlanda, ya nadie tocaba. Nuria fue barriendo todos esos olvidos, uno a uno, con la escoba de la costumbre. Hasta que le fue inevitable y empezó a tropezar con ellos.
Una noche, mientras veían fotos antiguas, Juan señaló una imagen donde se les veía jóvenes, apoyados en la barandilla de un barco que cruzaba el puerto. Ella llevaba un vestido rojo que él siempre recordaba como si fuera de alta costura.
-Mira qué guapa, dijo.
-¿Cómo se llamaba esa muchacha?
Nuria se rio, creyendo que estaba de broma.
-Se llama igual que la pesada que te recuerda cada día que te tomes las pastillas.
Juan frunció el ceño, esforzándose.
-No, en serio, ¿cómo se llamaba? Me acuerdo del vestido, de ese viento en la cara, de que me dije “ahora la beso o me arrepiento toda la vida”… pero el nombre se me escapa.
El silencio que siguió fue distinto a todos los silencios que habían compartido antes. No era la pausa cómoda de dos que se conocen, era un corte, una costura que se rompía. Nuria sintió, por primera vez, un frío nuevo: no el miedo a perderlo, sino el miedo a que él la perdiera a ella.
Los médicos pusieron nombre a aquello con la precisión de quien escribe una receta: enfermedad de Alzheimer, inicio insidioso, deterioro progresivo. Palabras de manual para una vida que no cabía en ninguna guía clínica. Nuria escuchó, tomó notas, preguntó, como si el conocimiento pudiera servirle de escudo. Sabía demasiado y eso a veces dolía más.
Al principio, Juan se reía de su propia confusión.
-Mi cabeza es un cajón revuelto, decía. Pero tú estás en la primera fila, no te vas a caer.
Y durante un tiempo fue verdad. Se equivocaba de día de la semana, mezclaba nombres, llamaba “miércoles” a los lunes, pero a Nuria la seguía encontrando incluso a oscuras, solo con la mano extendida en mitad de la noche.
Luego llegaron los días raros. Esos en los que Juan se despertaba inquieto, preguntando si su madre había bajado ya a comprar el pan, aunque llevaba veinte años muerta. Esos en los que buscaba un libro que nunca habían tenido, o se empeñaba en ir a un trabajo que dejó hacía décadas. Nuria aprendió a acompañarlo en esos viajes sin corregirle demasiado, a no arrancarle las pocas certezas que le quedaban, aunque fueran de otro tiempo.
-¿Te acuerdas de cuando íbamos en avión a Bruselas a ver a la niña? le preguntó una tarde, mientras él miraba por la ventana, siguiendo con la vista una nube que parecía no moverse.
Juan tardó en responder.
-Me acuerdo del avión, dijo despacio. Me acuerdo de estar sentado y pensar “hoy la vuelvo a ver”. Pero el aeropuerto… y tu cara… es como si alguien hubiera desenfocado la foto.
-Da igual, respondió Nuria, forzando una sonrisa. Yo me acuerdo por los dos.
Hubo, sin embargo, otros días luminosos, momentos afilados en los que la niebla se abría de golpe. Eran sus particulares terribles momentos de lucidez, como había leído una vez en un artículo sobre una abuela con Alzheimer. Esos instantes en los que Juan parecía volver entero, no solo en partes.
Ocurrió una tarde de invierno, mientras ella lo ayudaba a abotonarse la camisa. Sus manos temblaban, pero no por la enfermedad.
-Nuria
Y el modo en que pronunció su nombre la obligó a mirarle a los ojos,
-Hay algo que quiero pedirte.
-Lo que quieras.
-Cuando ya no sepa quién eres, cuando te llame de otro modo, no me lo tengas en cuenta. Tú sigue viniendo. Haz como si yo supiera que eres tú, aunque no lo sepa.
Nuria tragó saliva y afirmó
-Eso no va a pasar.
-Sabes que sí, respondió él, sin dulzuras.
-Yo ya lo estoy viendo venir desde dentro, como si alguien apagara las luces una por una. A veces las vuelven a encender de golpe y veo todo claro, y me asusto. No por mí. Por ti.
Ese día, cuando se quedó dormido en el sillón mientras veía la televisión, ella se sentó frente a él y lo miró largo rato. Intentó grabarse en la memoria todos sus gestos: la forma en que torcía la boca al respirar, la arruga marcada entre las cejas, la pequeña cicatriz junto a la oreja que antes le gustaba besar. Se dijo que, pasara lo que pasara, lo sostendría hasta el final. Aunque fuera ella quien tuviera que recordar por los dos.
El deterioro fue avanzando con la crueldad implacable de un calendario que pasa de hoja incluso cuando nadie lo mira. Había días en los que Juan estaba casi ausente, sentado en la butaca, siguiendo con los ojos algo que solo él veía. Otros en los que volvía al salón un poco y le preguntaba, como quien despierta de un sueño raro:
-Estamos casados, ¿verdad?
-Desde hace cincuenta y dos años, contestaba Nuria.
-Pues ya has tenido paciencia,
bromeaba él, y por un momento eran los mismos que se habían reído del perejil en la cocina.
Una mañana, en el centro de día al que empezó a asistir, llamaron a Nuria porque Juan estaba muy agitado. Llegó con el corazón en la garganta. Lo encontró en un pasillo, enfadado con su propio reflejo en un cristal.
-¿Quién es esa mujer? preguntaba, señalando la nada. La que dice que soy su marido.
Ella se le acercó despacio, como se acerca uno a un animal herido.
-Soy yo, Juan.
Él la miró, desconcertado. Algo en sus ojos destelleó, como una bombilla a punto de fundirse.
-No. Tú eres… tú eres…
Se quedó en blanco. Entonces, de un rincón remoto de su mente, llegó una chispa:
-Tú eres la que siempre se ríe cuando lloro.
Nuria sintió que se rompía por dentro.
-Sí. Esa misma.
A partir de entonces, dejó de insistir en su nombre. Le bastaba con que, de vez en cuando, él la reconociera por la forma de sujetarle la mano, por la manera de cabezonería y testarudez de colocarle la bufanda, por el modo en que le contaba por décima vez la historia del avión y del vestido rojo. Su identidad ya no le cabía en una sola palabra. Era todo lo vivido.
En una de esas tardes en las que el tiempo parecía detenido, se sentaron juntos frente a la ventana de la casa a la que se mudaron para estar más cerca del aeropuerto al que llegaban sus hijos. Afuera, el mundo seguía su marcha: niños que salían del colegio, una señora que se peleaba por plegar un carrito, un perro que se negaba a cruzar la calle. Dentro de él, el reloj marcaba la hora sin prisa.
-¿Sabes qué es lo peor? susurró Juan, sin apartar la mirada del vidrio.
Nuria esperó.
-Que hay una parte de mí que se da cuenta de lo que estoy perdiendo. Es como si viera mis propios recuerdos irse andando en fila india. A veces quiero llamarlos por su nombre, pero no me salen las palabras.
-Yo los llamo por ti. No los pierdes, se vienen conmigo.
Pasó el tiempo. Las preguntas de Juan se hicieron más simples: ¿ya es de día?, ¿he comido?, ¿te vas a ir? A veces confundía a las enfermeras con sus tías, dejaba que lo afeitaran como un niño obediente, se dejaba llevar por pasillos que ya no sabía si eran suyos. Nuria acudía cada día, puntual, con una rutina que era su forma de resistencia: le hablaba de los hijos, de los veranos en la playa, del tren que casi pierden aquella vez que regresaban a Albacete, del avión y del vestido rojo.
Una tarde de otoño, mientras le leía en voz alta un poema que siempre le había gustado, notó que él la miraba de una manera distinta, fija, intensa.
-¿Qué pasa? Preguntó Nuria bajando el libro.
Juan abrió la boca, dudó, y al final dijo:
-Es… curioso.
-¿Qué?
-No sé quién eres. Pero cuando estás aquí, tengo menos miedo.
Nuria sintió que esa frase le atravesaba el pecho como una espada. Se inclinó, le besó la frente, y le respondió:
-Con eso basta.
En sus últimos meses, Juan vivió en una especie de orilla. A un lado, el mundo real; al otro, un lugar borroso al que Nuria no podía seguirlo. Allí veía a sus padres jóvenes, a amigos muertos, a un muchacho que era él mismo a los veinte años, dispuesto a subir por primera vez a un avió con una maleta ridícula y demasiados sueños.
La última vez que abrió los ojos con claridad fue una mañana fría. La habitación de la residencia olía a desinfectante y a mandarinas, porque Nuria siempre llevaba algunas en el bolso para pelarlas ahí, llenando el aire de olor a casa. Él la miró como si la viera de lejos, a través de muchos inviernos.
-Perdona, dijo, con una voz que venía de muy atrás.
-A veces… a veces pienso que te he olvidado.
Ella le tomó la mano, cada vez más delgada, y le susurró
-No pasa nada. Para eso estoy, para acordarme de ti.
Juan cerró los ojos, y una media sonrisa se le dibujó en la cara.
-Entonces estoy salvado.
Cuando él se fue, la casa quedó llena de pequeñas trampas de memoria: la camisa que nunca terminó de abotonarse, el ordenador apagado en una esquina, las miles de anotaciones a bolígrafo que solo él y ella entendían. Había días en los que Nuria sentía que era ella la que empezaba a olvidar, no porque su mente fallara, sino porque su dolor buscaba cualquier agujero donde esconderse.
Sin embargo, bastaba con que sonara en la radio una canción sobre una mujer que seguía esperando en el muelle de San Blas para que todo volviera de golpe: la cocina, el perejil, el avión, el vestido rojo, el miedo, la ternura obstinada con la que le sostuvo la mano hasta el final.
Entonces Nuria comprendía que el amor, a veces, es eso, seguir diciendo el nombre del otro en voz alta incluso cuando él ya no lo reconoce. Convertirse en la memoria que se queda, cuando la que se va no puede hacer otra cosa que irse.