martes, 24 de febrero de 2026

Cuando un juez “mete la pata” pero el que cae eres tú

Un país los jueces nunca se equivocan.  Cuando insultan, no insultan; cuando señalan, no señalan; cuando llaman “puta histérica” a una ministra o “loca peligrosa” a una ex, en realidad están participando en el rico debate público como “ciudadanos particulares”. Ese país, por desgracia, se parece mucho al nuestro.

Porque aquí hemos descubierto una categoría maravillosa: el juez de Schrödinger.  

Dentro del juzgado, poder del Estado, toga, vidas y haciendas en sus manos. Fuera del juzgado, cuenta de X, tertulia o conferencia, se convierte de pronto en un señor cualquiera que pasaba por allí, al que no se le puede pedir responsabilidad, ni respeto, ni mucho menos consecuencias. Dan charlas porque son “dos ciudadanos ejemplares y no jueces”. Ver para creer.

La trampa es transparente, pero funciona. Si un concejal de pueblo, una profesora de instituto o un médico de centro de salud soltara la mitad de lo que sueltan algunos jueces sobre mujeres, políticas o migrantes, pronto estaría afrontando un expediente, una bronca o una demanda. Si lo dice un magistrado, de pronto todo son matices: libertad de expresión, vida privada, contexto, interpretación extensiva, corpus doctrinal, amparo constitucional. El resultado es sencillo: ellos pueden equivocarse todo lo que quieran, siempre habrá un recurso, una doctrina, una excusa. Tú no.

No es un accidente, es un sistema. Llevamos años comprobando que el principal déficit democrático de este país no está en el Congreso ni en La Moncloa, sino en cómo funciona la justicia. Lo dicen miles de personas anónimas que nunca saldrán en los periódicos: hay una brecha enorme entre lo que considera aceptable el Consejo General del Poder Judicial y lo que considera aceptable cualquier ciudadano mínimamente decente. Lo que para la mayoría es intolerable (insultar desde una posición de autoridad, humillar públicamente, degradar a medio país), para muchos órganos judiciales cabe dentro del margen de tolerancia corporativa.

Se nos ha vendido durante décadas que a los jueces hay que protegerlos de las presiones políticas. De tanto protegerlos, se han vuelto invulnerables. Se les exige memoria, pero no experiencia vital; conocimientos técnicos, pero no sensatez; independencia, pero no imparcialidad. Y así, cuando “meten la pata”, no pasa nada. Ni expediente serio, ni sanción ejemplar, ni reproche público más allá de un par de días de ruido mediático y una oleada de comentarios indignados que se perderán en la hemeroteca digital.

La paradoja es cruel: quienes tienen en sus manos frenar el odio, el acoso, o la violencia psicológica, a veces practican ellos mismos versiones de lo que luego deberían condenar. Cuando un juez se permite el lujo de insultar a una representante política o a una activista feminista, manda un mensaje claro: hay gente que puede degradarte gratis. Si no se sancionan estos atentados a la dignidad de las personas perpetrados por figuras de autoridad, luego no podremos quejarnos porque se multipliquen los casos de acoso en colegios, trabajos y familias. La pedagogía del ejemplo también funciona al revés.

No es que falten mecanismos de control, es que están diseñados para no usarse demasiado. Es evidente que los jueces no pueden juzgar los delitos de los jueces, al menos no cuando forman parte del mismo ecosistema corporativo que tiende a cerrar filas. Quien se atreve a imaginar otra cosa propone casi ciencia ficción: un tribunal donde participen otros poderes del Estado, juristas no jueces, sin cupos corporativos, con mandato claro de vigilar a “sus señorías” cuando se desmadran.

Algo parecido a un Constitucional, pero sin el blindaje de los de siempre. Una instancia donde “meter la pata” tenga un coste real, y no un simple rapapolvo en voz baja.

Mientras tanto, la ciudadanía se divide entre la rabia y la resignación. Hay quien pide una “purga democrática” en profundidad, que saque de la carrera a quienes confunden juzgar con ajustar cuentas ideológicas. Hay quien se limita a constatar que el poder judicial está “podrido”, heredero de un franquismo que nunca se terminó de desalojar de los despachos. Y hay quien, sencillamente, deja de creer en la institución. Cuando un órgano corrige con imparcialidad los malos actos de los suyos, la gente confía; cuando mira hacia otro lado, se desacredita para todos.

El argumento favorito para frenar cualquier crítica es el de siempre: cuidado con atacar la independencia judicial. Como si pedir responsabilidad fuera lo mismo que pedir sumisión. Como si exigir que un magistrado no insulte, no humille y no siembre odio fuese una injerencia política, y no una mínima norma de convivencia.

La independencia se ha convertido en su coartada: independencia para decir lo que sea, para hacer lo que sea, para no responder ante nadie. Sobre todo, independencia para no parecerse al resto de los mortales, esos que sí pagan sus errores.

Un lector se preguntaba estos días si alguien de verdad cree que Florentino Pérez podría llamar “bazofia” a su propio club desde su cuenta oficial y pretender que hablaba “como ciudadano particular”. La comparación es buena: sabemos distinguir perfectamente cuándo alguien habla desde su poder, aunque lo haga en vaqueros y en redes sociales. Con los jueces hacemos como que no lo vemos.  

Fingimos que la toga es un disfraz que se deja en el perchero a la salida, cuando en realidad la autoridad va pegada a la piel, y cualquier palabra que pronuncien pesa más que la de la mayoría.

La buena noticia (si es que hay alguna), es que nada de esto es inevitable. El acceso a la judicatura, la formación, las asociaciones corporativas, los órganos de gobierno, los mecanismos disciplinarios: todo eso son decisiones políticas, no plagas de la biblia. Se puede seleccionar a jueces y fiscales con más experiencia vital, más sensatez. Se pueden diseñar controles externos, se pueden limitar las puertas giratorias entre toga y tertulia, se puede dejar claro que la libertad de expresión no es sinónimo de licencia para el odio, y menos aun cuando hablas desde un estrado.

Hasta que eso pase, seguiremos con la misma escena: Un juez “mete la pata”, los titulares arden, los comentarios hierven, los colegios profesionales carraspean, las asociaciones se pronuncian sin pronunciarse. Luego llega el parte oficial: hablaba a título particular, no se aprecia infracción, se archiva el asunto. Y aquí no ha pasado nada. O, mejor dicho: aquí ha pasado de todo, pero los únicos que lo pagan no son precisamente quienes llevan toga.

Dos caminos para la izquierda en Castilla-La Mancha

En Castilla-La Mancha, la política se parece mucho a sus llanuras, que no se acaban nunca. A un lado, el horizonte de siempre; al otro, un horizonte que todavía no existe. Entre ambos camina el PSOE de Page, con traje de domingo, y Sumar, con la ropa todavía sin acabar de estrenarla del todo. Page promete estabilidad, Sumar promete cambio; y ambos, cada uno a su manera, afirman que lo suyo es el bien común.

Page se presenta como el gobernador de la tierra seria, la región de los objetivos abarcables y realistas, donde la política no se improvisa, se administra. Habla de una Castilla-La Mancha que no se deja arrastrar por las olas de Madrid, que pacta con quien haga falta siempre que jure la Constitución, aunque le duela, y que mira con recelo cualquier experimento que suene a privilegio territorial, sobre todo si lleva acento catalán. En su relato, el peligro viene de dos lados: de la derecha que acecha y de la izquierda que se entusiasma demasiado. Su remedio es conocido,  más centro, más cordura, más acuerdo de Estado, más “una sola España”. Su Castilla-La Mancha parece como una casa de campo bien barrida, con las goteras controladas y las paredes recién encaladas. Lo urgente se atiende, lo estructural se pospone: para eso están los discursos largos y los planes a 2030.

Desde Sumar se mira esa misma casa y ve otra cosa. Se ven las grietas en los muros, las goteras que se tapan con cubos y trapos, los contratos que se van a manos privadas mientras se jura amor eterno a lo público. Donde el presidente presume de gestión responsable, desde Sumar se ven parches, respuestas tardías y delegar cada vez más en empresas privadas en servicios que deberían ser la columna vertebral del Estado autonómico.

Para Page, reforzar lo público es compatible con un modelo que abre espacio a la empresa privada siempre que el edificio no se tambalee. La palabra que más le gusta es “estabilidad”: estabilidad para la inversión, para los presupuestos, para las instituciones. En esa gramática, lo público es un pilar, pero no necesariamente el único; es una pieza del puzzle, pero no todo el dibujo.

Para Sumar Castilla-La Mancha, lo público no es una pieza, es la mesa entera. Se reclama un giro claro hacia el refuerzo de lo público y la planificación a largo plazo, y acusa al Gobierno regional de practicar una política que parchea hoy lo que vuelve a romperse mañana. Hablan de pobreza, de que una de cada tres personas en la región está en riesgo de exclusión, y recuerdan que no son números, son vidas; que en cada porcentaje hay un frigorífico vacío, una hipoteca ahogada, una consulta saturada.

Page responde con otra música, la de la seriedad presupuestaria, la del equilibrio, la de hacer “lo posible” y no “lo deseable”. Sumar, en cambio, insiste en que lo deseable, si no se nombra, termina siendo políticamente imposible, cómo lo ha sido durante décadas.

En esta tierra, la política no se entiende sin campo. El Gobierno de Page habla el idioma del agricultor que mira al cielo y a Bruselas al mismo tiempo, y se presenta como dique frente a los excesos de unos y otros. Sumar habla de debilitamiento de la agricultura familiar, de concentración de la tierra y de unos recortes de la PAC que se justifican en nombre de la seguridad y que terminan robusteciendo la industria del miedo.

Aquí el miedo siempre cotiza al alza: miedo a perder la cosecha, miedo a perder la subvención, miedo a que la extrema derecha convierta ese miedo en moneda de cambio. Sumar denuncia que esas políticas europeas fomentan el miedo con el que engorda la extrema derecha, y se proclama defensora de las explotaciones familiares que sostienen el medio rural. Page, más prudente, evita las palabras gruesas y se mueve entre comunicados, reuniones y equilibrios para que el enfado no se convierta en incendio preelectoral.

En el mapa de Page, España es una: una bandera, una Constitución, un sistema de financiación que no debería trocearse. Esa defensa de la igualdad territorial le sirve para marcar distancia con los pactos que se cocinan lejos de Toledo y para presentarse como guardián de la cohesión frente a lo que llama  cambalaches de la política de bloques.

Pero mientras él pronuncia “una sola España”, Sumar habla de muchas Castillas-La Mancha dentro de la misma región: la del riesgo de pobreza, la de la vivienda que ya no puede ser solo un problema de mercado, la de los servicios públicos que llegan tarde o llegan privatizados. Reclama usar hasta el último milímetro de las competencias autonómicas para reforzar lo público, reducir desigualdades y garantizar derechos, y advierte que no es una opción ideológica sino una obligación institucional.

Ahí está la grieta principal: para Page, el límite es la unidad y la estabilidad; para Sumar, el límite es la desigualdad normalizada. Uno teme que el exceso de cambios rompa el mapa; el otro teme que la falta de cambios termine borrando a los de abajo del mapa.

En esta llanura manchega, los partidos hablan, pero quien escribe el último capítulo siempre es la gente. Página a página, voto a voto, abstención a abstención. Page ofrece seguir caminando por el camino conocido: menos sobresaltos, más centro, más acuerdos con quien toque, siempre que no se crucen ciertas líneas rojas constitucionales. Sumar propone salir del camino trillado y meterse por veredas nuevas: más vivienda pública, más servicios públicos directos, más planificación a largo plazo, aunque eso incomode a los de siempre.

En Castilla-La Mancha, la utopía no vive en los discursos, vive en el horizonte. Page mira ese horizonte y dice: no corramos, que podemos tropezar. Sumar lo mira y responde: si no caminamos más deprisa, algunos nunca llegarán. 

Y mientras los castellanos manchegos piensen en quien lleva razón, el horizonte, testarudo, sigue alejándose dos pasos cada vez que la región avanza uno.



Empezar a construir una izquierda suficiente y útil

Mañana de domingo en tierras andaluzas. ¡Ah, la unidad de la izquierda! Ese monstruo del lago Ness que reaparece cada cierto tiempo en tertulias, columnas y asambleas. La foto siempre es borrosa, siempre a contraluz, siempre a punto de ser visto con claridad… pero nunca se le ve del todo. Cada ciclo político vuelve el mito y cada ciclo termina igual: foto de familia rota por la mitad antes de que la revelen, un acrónimo nuevo, otra guerra civil de baja intensidad en redes y platós televisivos.

Porque si algo ha demostrado la historia de la izquierda no socialdemócrata es su talento artesanal para la fractura. Llámese Podemos o Sumar, la confrontación por ser la Verdadera Izquierda ha sido una máquina de triturar proyectos. No falta programa, ni diagnósticos, ni cierta potencia institucional. Sobra esa querencia enfermiza por el matiz del matiz, por esa coma en la resolución, por el adjetivo que distingue a los puros de los tibios, a los radicales de los reformistas, a los “nuestros” de los que “ya se han vendido”.

Mientras tanto, en el mundo de afuera, la película es menos exquisita. Cuando gobierna la derecha, vuelven los recortes, regresan las políticas a medida del poderoso, reaparecen las viejas corruptelas. Ya lo hemos visto: congelaciones salariales, pensiones que suben en cámara lenta, tijeretazos en sanidad y servicios sociales, y un discurso de “es lo que hay”. Y lo volveremos a ver, porque ya nos lo sabemos de memoria.

En ese escenario, la discusión obsesiva roza el esperpento. A la mayoría de la gente que vive con un sueldo justo, un alquiler que se come más de medio salario y una cita médica a tres semanas le da bastante igual el matiz: lo que quiere es que no lo maten. Pero una parte de la izquierda ha convertido el detalle del detalle en su seña de identidad. Y así, la unidad de la izquierda se vuelve imposible, no por diferencias estratégicas de calado, sino por incompatibilidades de liturgia.

La paradoja es que esta discusión se produce en un país donde ya no hay obreros. Aquí nadie se llama obrero: todos somos clase media, autónomos de espíritu emprendedor o profesionales de algo más o menos creativo, aunque encadenemos contratos basura. Lo que abunda es el pequeño burgués precario que sueña, en el fondo, con ser el señorito de “Los santos inocentes”. Un país fallido en términos de conciencia de clase hace de la unidad de la izquierda una cuestión puramente aritmética. El otro elemento es ese, la falta de ciudadanos de izquierdas, no de  votantes coyunturales o fans de una marca concreta, sino gente con una identidad política que no se disuelve al primer desencanto o a la primera disputa de egos. De eso se habla menos, porque exige mirarse al espejo y no solo señalar a la cúpula de turno.

La última temporada tiene nombres propios: Podemos, Sumar, sus guerras cruzadas, sus acusaciones mutuas de engaño. La historia ya lo conocemos: yo quise la unidad, fueron ellos; no, fueron los otros. El marco estatal sigue sin encajar del todo con sus agendas. El resultado es una mezcla de hastío y resignación: el patio está como está.

La pregunta, entonces, no sería “por qué no hay unidad de la izquierda”, sino para qué la queremos. ¿Unidad para sumar escaños y poco más? ¿Unidad para repetir los mismos errores? ¿O unidad evitar que la próxima oleada de recortes vuelva a arrasar servicios públicos, salarios y derechos mientras discutimos en redes sobre quién empezó primero la pelea?

Una unidad que no se base en el amor entre organizaciones, sino en un mínimo común de defensa material de la mayoría: impuestos justos, trabajo decente, vivienda habitable, servicios públicos robustos. Una unidad que acepte de inicio que habrá desconfianzas, cicatrices y diferencias que no se van a resolver, pero que sepa convivir con ellas sin convertir cada discrepancia en una escisión.

No es un llamamiento ingenuo a que nos demos la mano y cantemos la Internacional bajo una misma bandera. Es más modesto, pero también más ambicioso: dejar de perseguir la quimera de la Verdadera Izquierda y empezar a construir una izquierda suficiente y útil. 

Estaría bien empezar por aceptar, de una vez, que la unidad no será nunca perfecta ni definitiva, pero que será preferible a seguir celebrando congresos sobre la unidad de la izquierda mientras el país se dirige al mismo sitio de siempre.

Tres patas y un hogar

Se llamaba Trébol porque, desde que perdió una de sus patitas delanteras, todos decían que parecía un trébol de tres hojas: incompleto y, sin embargo, con mucha suerte.

De cachorro, mientras aún olía a leche materna  y lo que más le gustaba era el sueño, un día ocurrió. Fue en una tarde de verano, en una calle estrecha donde los niños jugaban a las canicas y las bicicletas pasaban demasiado rápido. Un crujido seco, un chillido agudo, un frenazo torpe de una rueda que derrapó sobre la arena. Luego, el silencio se rompió con el llanto del niño que conducía la bici, el de la mujer que salió al portal con las manos en la boca, el gemido del cachorro que no entendía por qué a su mundo había llegado un dolor tan feroz.

En la clínica con olor a desinfectante y a miedo. El veterinario habló despacio, como si las palabras le pesaran.

-Si queremos que viva, hay que amputar  esa patita.

La mujer que lo había recogido de la calle asintió con los ojos humedecidos por las lágrimas. Aquella tarde, el cachorro entró al quirófano con cuatro patas y salió con tres, una venda blanca ocupando el lugar de la patita que ya no estaba. Nadie le explicó que su vida acababa de torcerse para siempre, pero su cuerpo lo entendió al despertar: al intentar incorporarse, el fracaso, el llanto que luego se quedó en frustración.

Los primeros días fueron un listado de desastres. Trébol se caía al intentar llegar hasta el recipiente del agua, calculaba mal las distancias, se chocaba con las paredes. Cada caída era una motivo de rabia. Pero dentro de ese cuerpecito maltrecho había mucha terquedad, esa que comparten quienes se niegan a rendirse. Primero aprendió a balancearse, luego a apoyar mejor la pata que le quedaba delante, a empujar con las traseras como si llevara un muelle en ellas. Poco a poco, la torpeza inicial se convirtió en una especie de baile, extraño pero eficaz.

En el refugio de animales lo llamaban “Valiente”. Había muchos otros perros, todos con historias de abandono, pero él destacaba por esa manera de caminar como si estuviera siempre a punto de caer y acababa pareciendo una broma. Las visitas se detenían siempre ante su jaula, todos ponían cara de ternura, mientras comentaban lo “especial” que era aquel perrito, pero todos seguían de largo. Nadie parecía dispuesto a llevarse a casa un perro al que le faltaba una pata; buscaban lo sencillo, lo simétrico, lo normal, lo que no les hiciera demasiadas preguntas.

Hasta que un sábado por la tarde entraron ellos. Eran jóvenes, cogidos de la mano y felices con un dibujo de una timidez en la mirada. Venían hablando en voz baja, como quien cuida lo frágil: sus planes, su futuro, esa vida en común que apenas empezaba a cobrar forma. Ella se llamaba Marina y llevaba el pelo recogido de cualquier manera, con un mechón escapándose siempre hacia la frente. Él se llamaba Diego y tenía una forma de mirar que parecía abrazarlo todo sin tocarlo. Venían “sólo a mirar”, a ver posibilidades, a imaginar nombres para un perro al que aún no habían puesto cara. Cuando pasaron frente a la jaula de Trébol, él ya los estaba esperando.

Se había acercado cojeando, con esa carrera sin ningún compas que hacía rebotar sus orejas. Apoyó la pata delantera que le quedaba contra la malla de la jaula y alzó la cabeza. No les ladró. No lloró. Sólo los miró con una insistencia tranquila, como si ya los conociera desde antes.

-Mira, susurró Marina. Tiene tres patas.

-Y cara de no preocuparle demasiado, respondió Diego, medio en broma.

Trébol ladeó la cabeza, como si entendiera. Luego, se sentó con torpeza y apoyó el tronco contra los barrotes, ofreciéndose entero, sin pudor. Marina se agachó, pegó la frente y la mano al metal frío y dejó que el perro le oliera los dedos. Detrás de las cicatrices, de la postura rara, había un corazón que latía deprisa, ansioso de contacto.

-Este no es un perro triste, dijo ella, sin despegar la vista de sus ojos.

-No, admitió Diego. Este perro ha caído, pero ha aprendido a levantarse.

La decisión la tomaron en ese instante en el que dos miradas coinciden y el mundo cambia su rumbo. Firmaron los papeles de la adopción, escucharon las indicaciones sobre curas, medicación, y cuidados a aquel perro “especial”. Todo les pareció bien y asentían a todo con la ligereza de quien sabe que las instrucciones son importantes, pero que el verdadero manual de tratamiento lo escribirían ellos en casa, día a día, con paciencia y con mucho amor.

La primera noche, Trébol recorrió el salón del lof como un pequeño explorador haciendo equilibrios. Cada mueble era una montaña, cada alfombra un reto. Se resbaló un par de veces y en una de ellas chocó contra la mesa tirando una revista al suelo. Diego fue a recogerla, pero Marina lo detuvo con una mano en el brazo.

-Déjale, dijo en voz baja. Tiene que aprender dónde están sus límites.

Trébol, que no conocía la palabra “límite”, se recompuso, sacudió la cabeza y volvió a intentarlo. Esta vez, logró llegar hasta la alfombra grande, donde se dejó caer con un suspiro satisfecho, como si hubiera conquistado la cima tras una ascensión. 

Los días se llenaron de rutinas nuevas. Marina le curaba la cicatriz con ternura de enfermera, hablándole bajito mientras pasaba la gasa:

-Esto ya pasó, peque, le decía. Lo que duele ahora es sólo el recuerdo.

Diego, por su parte, se convirtió en ingeniero de inventos caseros colocando  alfombrillas donde el suelo resbalaba, rebajó un poco la cama del perro, ideó una rampa para que pudiera subir al sofá sin trabajo. El hogar se adaptó pronto al cuerpo de Trébol, como un guante se acomoda a una mano diferente. 

Y algo curioso empezó a suceder, cuanto más se adaptaba la casa a él, más se adaptaban ellos a la casa. Volvían antes del trabajo para sacar al perro, renunciaron a algunos planes para no dejarlo solo demasiadas horas, aprendieron a escuchar el ritmo de sus pasos en el pasillo como si fueran parte de una canción que ellos habían compuesto.

En los paseos, al principio, la gente se giraba a mirarlo. Algunos niños preguntaban sin reparo:

-¿Qué le ha pasado?

Marina solía responder:

-Tuvo un accidente, pero ahora está bien. Corre más de lo que parece.

Y lo demostraba soltando un poco la correa. Trébol arrancaba a trotar con ese estilo suyo, mitad salto, mitad galope, mostrando al mundo que la falta de una pata no le restaba alegría.

Una tarde de otoño, mientras caminaban por el parque, un chaval en bici se acercó demasiado, distraído. El sonido de la rueda rozando la tierra, la sombra que se les echó encima y el tiempo se le rompió. Trébol se quedó paralizado, los ojos abiertos sin parpadear , la respiración contenida. El ciclista frenó en seco, apenas los rozó, pero el eco del accidente de cachorro volvió a su mente como un trueno.

Marina se agachó de inmediato, se quedó a su altura.

-Eh, estás aquí con nosotros. Nadie va a hacerte daño.

Diego puso una mano en el manillar del chico, con calma.

-Ten cuidado, por favor dijo, sin enfado.

El muchacho murmuró una disculpa y se alejó.

Trébol tardó unos segundos lentos en mover la cola. Luego, como si aquel miedo hubiese necesitado por fin una escena para salir, fue acercando su cuerpo a las piernas de Marina, buscando su refugio. Ella lo rodeó con los brazos y se quedó así, en medio del parque, abrazando a un perro de tres patas que temblaba por un pasado que ya no se repetiría, pero que a Trébol aún le dolía. Diego los miró y pensó que aquel era el tamaño exacto del amor.

Con el tiempo, curo la cicatriz de la pata y la cicatriz de la mente también empezó a cerrarse. Trébol dejó de sobresaltarse con cada bicicleta, se acostumbró al sonido de los timbres, al rumor del tráfico. Aprendió un truco: cuando quería cruzar una calle, se adelantaba un poco, miraba a Marina y a Diego y luego al semáforo, como si esperara su aprobación. Parecía entender que el mundo tenía reglas y que, con ellos ya no era tan peligroso.

Por las noches, la casa estaba llena de paz. Marina y Diego veían series a medias, discutían sobre qué cocinar, se peleaban por quién había dejado la toalla en el suelo del baño. Pequeñas guerras cotidianas que, de repente, quedaban suspendidas cuando Trébol saltaba torpemente al sofá, apoyaba la cabeza en las piernas de uno de los dos y soltaba un suspiro agradecido.

-Nos mira como si fuéramos lo mejor que le ha pasado, dijo Diego acariciándole el lomo.

-Es que lo somos. Igual que él es lo mejor que nos ha pasado a nosotros, respondió Marina.

Porque en la casa ya no había sólo un perro con tres patas. Había un espejo tierno en el que la pareja se reconocía. En la paciencia con la que esperaban a que él subiera la escalera, aprendieron a esperar y tener paciencia también en los días difíciles del otro. En las risas que les provocaba ver cómo perseguía su propia cola sin encontrar nunca el equilibrio, aprendieron que la perfección no era imprescindible para ser felices. En la forma en que él, pese a sus cicatrices, se lanzaba cada mañana a la vida como si todo fuera nuevo, encontraban una enseñanza: ellos también podían seguir adelante, aunque el pasado dejara marcas.

Una noche de lluvia, mientras las gotas golpeaban los cristales, se fue la luz en el edificio. El salón quedó a oscuras, la ciudad reducida a un murmullo lejano. Marina encendió una vela en la mesa y Diego se sentó en el suelo, apoyado en el sofá. Trébol se acomodó entre los dos, su cuerpo caliente haciendo de puente. Afuera, todo era incierto y húmedo. Dentro, el pequeño círculo de luz dibujaba tres siluetas: dos humanas, una canina, imperfectas y completas a su manera.

-¿Te das cuenta? murmuró Marina, pasando la mano por la cicatriz ya casi invisible del perro.

-¿De qué?

-De que lo que nos falta, a veces, es lo que nos enseña a amar mejor.

Diego no respondió. Se limitó a apoyar la frente en el hombro de ella y a dejar que su mano se perdiera en el pelaje suave de Trébol. El perro, medio dormido, movió la cola una vez, como si confirmara la frase con contundencia animal.

La luz tardó en volver, pero no les importó. En aquella penumbra, el mundo era muy pequeño. Bastaban tres corazones latiendo al mismo ritmo, tres presencias que habían aprendido a acomodarse las unas a las otras. Trébol soñó con campos abiertos y con bicicletas que ahora ya pasaban lejos. En su sueño, corría sin caerse, con tres patas suficientes para alcanzar todo lo que quería.

Y cuando, ya de madrugada, se removió en su cama y se acercó dando saltitos descompasados hasta la puerta del dormitorio, Marina entreabrió los ojos, sonrió en la oscuridad 

-Ven, dijo.

El perro se subió con cuidado, se acurrucó a los pies de la cama y, antes de dormirse del todo, pensó (porque los perros piensan) que, al final, aquel golpe de bicicleta le había quitado una pata, pero le había señalado el camino hacia un lugar donde ser querido sin condiciones, su falta no era tal, ante el amor que cabía en aquella casa. Y esa había sido su verdadera curación: saber que, con tres patas y un corazón entero, era suficiente.

Manual de autodestrucción progresista


En España, la democracia tiene la mala costumbre de mirarse al espejo solo cuando se siente en peligro. Dicen las encuestas que hasta podría ganar la ultraderecha, y lo repiten los tertulianos como si no tuviese más importancia que lo que dice quien anuncia el tiempo: posibilidad de tormentas, riesgo de inundaciones, destrucción parcial de la democracia, lleve paraguas, señora. No explican que, si ganan, el paraguas no nos servirá de nada, porque lo primero que se moja y que se pudre, es el diálogo.

En los bares, el votante de izquierda se consuela rezando porque el “PPcorrupto” venga de moderado, con la corbata bien planchada y el manual de buenas maneras entre los dientes.  Pero sabe que debajo del traje, nos traerá la rabia de los que llenan los balcones de bandera y bilis, y la misma mano que firma recortes a los que menos tienen y luego se persigna. Gobernarán solos o acompañados, da igual la combinación de siglas cuando el objetivo sea el mismo: más negocio para los de siempre, menos derechos para los de nunca.  Si hace falta, privatizarán hasta el aire, empezando por la RTVE pública, ese último espejo empañado donde a veces se cuela una noticia que no bendice al patrón.  Donde hoy hay periodistas mal pagados intentando contar algo, mañana habrá lameculos bien colocados, con cuello blanco y pulsera de santos y banderas, rezando el rosario del poder a cambio de nómina y micrófono. Todo con tal de perpetuarse, de dejarlo todo atado y mal atado, como en esas herencias envenenadas donde los nietos solo reciben deudas.

Mientras tanto, la izquierda española se mira los pies y habla de unidad con una solemnidad que haría reír si no causara tristeza. Nunca se pronunciaron tantas veces las frases “juntas”, “frente amplio”, “bloque progresista”. Pero tampoco nunca estuvo la izquierda tan desorientada, tan partida en islotes flotando cada una en su propio vaso que no mar. En las cúpulas, la responsabilidad es un exotismo que no se practica. Cada partido levanta su bandera como si fuera el último tesoro, y en nombre de la pureza se da un tiro en el pie, una y otra vez. Saben que el sistema electoral, no perdona la fragmentación, y hace que cada sigla nueva sea un escaño menos, y cada egolatría de uno es una alfombra roja para los de enfrente. No basta con sentarse a ver si la derecha se pelea consigo misma. La esperanza si sirve en los acuerdos, en las renuncias.

Hay una verdad incómoda, que sin el PSOE no existe mayoría progresista posible.  Pero también otra tan incómoda como la anterior, que sin una izquierda alternativa fuerte y estable, el PSOE no puede gobernar, salvo entregando trozos de su dignidad en cada negociación con los poderes de siempre. El PSOE cómo partido mayoritario del bloque progresista no puede ser un mero observador desde la barrera, convencido de una autosuficiencia que ya no tiene, atrapado en una cultura política que cree que aún estamos en 2008, cuando podía soñar con mayorías absolutas y bipartidismo.

Porque el multipartidismo no es una anomalía pasajera, es la fotografía real de un país de  desigualdades, generaciones, territorios y rabias.  La gente se cansó de votar siempre lo mismo y luego recibir siempre lo mismo: precariedad, alquileres imposibles, servicios públicos mermados por los recortes. De ese cansancio nacieron los nuevos partidos, con nuevos logos, con nuevos discursos; y, sin embargo, en los despachos de Ferraz todavía piensan que eso fue un mal sueño del que el sistema despertará, tarde o temprano. Olvidense.

Ahora se apela a la unidad. Ya hemos visto antes esta película, con acuerdos de última hora, fotos de prisa,  sonrisas forzadas, documentos firmados para evitar el desastre y nunca para construir un proyecto. Pactos que no nacen de una visión compartida de país, sino del miedo a que la ultraderecha convierta el país en un solar con bandera gigante y micrófonos con mordaza. Esos acuerdos que llegan cuando ya se escuchan las campanas del miedo, siempre lo hacen tarde para la ilusión y pronto para la decepción. Pueden salvar una investidura, pero no la autoestima de quienes votamos con la esperanza de hacerlo para algo más que “evitar lo peor”.

Un país no se defiende solo votando contra el monstruo. Mientras la derecha y la ultraderecha tienen muy claro su sueño (privatizarlo todo, mandar a callar a quien moleste, convertir los derechos en mercancía y las personas en clientes), la izquierda pierde su tiempo discutiendo el orden de los apellidos en el cartel electoral. La izquierda española habla de unidad, pero le tiene miedo a practicarla, y aun sabiendo que el sistema electoral penaliza la fragmentación, sigue fabricando siglas como estampitas. Mientras tanto, los que sueñan con tener por cortijo un país de rodillas, trabajan sin descanso, con disciplina, con crueldad metódica.

Si alguna vez se escribe el epitafio de esta democracia, no dirá “vino la ultraderecha y la mató”. Dirá: “la dejaron sola mientras se peleaban por las sobras”.


Equilibrios en la cuerda floja.


La primera vez que le dijo que confiara en ella, él pensó que era una petición más, como quien pide sal en la mesa o fuego en la esquina de un bar para el cigarrillo. No sospechó que esas palabras eran, en realidad, un contrato preciso, sin letra pequeña, pero que implicaba muchas noches en blanco, muchos vasos a medias, muchos silencios llenos de gritos interiores.

Él llevaba años con el nudo atravesado en la garganta. No era un frase heroica, sino un grito doméstico, un alarido bajito que se le quedaba encajado cada vez que estaba a punto de decir “no”, “basta” o, simple y sencillamente, “hoy no puedo”. Ella, en cambio, tenía el don de la frase nítida, del “qué felices”, algo que siempre decía con una sonrisa que nunca terminaba. A él le fascinaba la distancia entre la palabra y el gesto, como si cada “qué felices” fuera alquilado para una cita que siempre acababa en otro lugar.  

Se veían de vez en cuando. No había horarios ni promesas, solo mensajes a deshora: “¿Estás?”, “¿Puedo pasar?”, “Te echo de menos”. Él decía que sí siempre. No por entusiasmo, sino por saber que, detrás de tanta duda, tenía que haber algo, un punto de luz. Ella llegaba envuelta en ese miedo incontenible que traen quienes han aprendido a querer sabiendo que era mejor tener la maleta hecha y en la mano. 

-Dame un sitio, le pidió una noche, sin aclarar nada más.

Él le ofreció un sitio en su lado de la cama, un trozo de manta, una taza de café demasiado amargo. Pero ella no hablaba de eso. Quería un pedazo de tranquilidad, un pedazo de certeza, algo que pudiera guardarse en el bolsillo para cuando se le cayera el mundo encima. Él se dio cuenta entonces de que estaba intentando repartir una moneda que tenía valor solo por una cara.

A veces, mientras ella hablaba de “los dos”, él la observaba con una mezcla de cariño y sospecha. Sonaba tan bonito: “nosotros”, “nuestro futuro”, “lo que podemos ser”. Pero había un renglón torcido en aquella historia del porvenir. Cada vez que ella dibujaba un nosotros, era como si la palabra empujara el suelo hacia un lado. No era miedo al compromiso, era la sospecha de que aquello se sostenía sobre un andamio que no era de ellos. 

Ella presintió antes que nadie que algo había cambiado. Fue una tarde cualquiera, en un bar cualquiera, con una luz cualquiera entrando por la ventana. Ella lo miró y ya no lo encontró. Estaba allí, sí, con su vaso de siempre, su sonrisa de medio lado. Pero había algo en la forma en que él escuchaba, que la dejó fría.

-Estás raro, dijo.

Él pensó en explicarle que había empezado a cansarse de caminar en la cuerda floja, de ese ir y venir en el que cada abrazo, cada beso, eran un billete de ida sin horario de vuelta. Que el equilibrio, con ella, era una promesa tan bonita como impracticable. Que no se podía caminar siempre con el corazón en limite, con las respuestas ya ensayadas. Pero solo acertó a encogerse de hombros.

Le mintió y dijo

-Estoy igual que siempre. A lo mejor somos nosotros los que ya no.

Esa noche, al llegar a casa, ella se miró al espejo. Se repitió el “qué felices” que llevaba años diciendo y, por primera vez no le sonaba a ilusión compartida, sino a conjuro, a frase aprendida para espantar sus fantasmas. De pronto notó caras tristes detrás de cada “nosotros”, como si cada “qué felices” hubiera sido una foto colgada en la pared equivocada.

Él, mientras tanto, caminaba sin rumbo, evitando bares conocidos, excusándose de planes deprisa, como si la prisa fuera su mejor coartada. Se sorprendió a sí mismo rechazando invitaciones, apagando el móvil, alargando el paseo hasta casa. No era fidelidad, no era miedo a caer en la tentación. Era el convencimiento de que llevaba años viviendo deprisa para no detenerse en el único sitio donde había que mirar: dentro de si mismo.

“¿Para qué?”, se preguntó, mientras veía pasar gente con bolsas, parejas que discutían bajito, adolescentes que reían demasiado fuerte. “¿Para qué seguir corriendo si cada vez que ella viene me convence, me abraza, me habla de los dos y yo siento que no estoy?”. La frase le sonó ridícula y luminosa a la vez, como esas verdades que uno descubre tarde y que debería haber escrito en una servilleta para poder repetirla sin olvidarla.

Pasaron algunas semanas sin que ninguno de los dos fijara la hora de la próxima cita. No fue una ruptura; fue un silencio. Ella llenó sus noches con libros empezados y tazas de algo caliente que nunca terminaba. Él se obstinó en una rutina: trabajo, supermercado, algún café tranquilo, una novela en la mesilla. Cuando sonaba una canción demasiado parecida a ellos, cambiaba de emisora.

Hasta que una noche, ella le escribió el mensaje: “Ven. Dame un abrazo”. Lo miró durante cinco minutos, como si colocara en su pecho una bomba de relojería. Lo borró. Lo volvió a escribir. Lo envió. Luego apoyó el móvil boca abajo, como si lanzase una botella al mar y se diera la vuelta para no ver si flotaba.

Él lo leyó de pie, en la cocina, con las manos aún húmedas del fregadero. Sintió la vieja cuerda tensarse sobre su cabeza. Podía ir, como siempre, como casi siempre. Podía dejarse convencer, abrazar, escuchar una vez más la historia de los dos. Podía, incluso, decirse que esta vez sí, que esta vez sería diferente, que el equilibrio no es imposible si se camina con cuidado.

Se sentó a la mesa, se secó las manos en un trapo, apoyó el teléfono frente a él. Pero no contestó. Se quedó mirando la pantalla apagada, como esperando que la respuesta apareciera sola. Al final, escribió despacio, como quien redacta una carta que no quería tener que escribir nunca:

“No sé dónde estoy, pero sé que así no voy. O encontramos un equilibrio o es mejor que no vengas solo a convencerme.” No lo releyó. Lo envió. Sintió algo parecido al miedo, pero también algo que rozaba la calma.

Ella leyó el mensaje con un nudo en la garganta. Estuvo a punto de responder “qué felices podríamos ser”, de recurrir a su frase favorita, ya gastada. Se miró en el reflejo oscuro de la pantalla y, por primera vez, no se reconoció diciendo esas palabras. Vio la tristeza en el gesto imaginado, la cara cansada detrás del plural perfecto. Entonces, contra todo pronóstico, no escribió nada. Se tumbó en la cama, miró el techo y dejó que el silencio, ese viejo enemigo, se sentara a su lado. Tal vez hacía falta, por una vez, solo quedarse ahí, quieta, sintiendo el miedo.

Al otro lado de la ciudad, él apagó la luz del salón. No sabía si había hecho lo correcto, ni si había cerrado una puerta o la había dejado entornada. Solo sabía que, por primera vez en mucho tiempo, no estaba caminando detrás de nadie. Había algo que se parecía a una forma nueva de confianza en sí mismo.

Cuando ella aprendió a amarse

Ella regresó a casa un jueves por la tarde. Había salido temprano, cuando la ciudad aún olía a pan recién hecho y la lluvia que no paraba de caer.  Llevaba todo el día fuera con las llaves en el bolsillo, que le pesaban como si nunca hubieran sido suyas. Encendió  la luz del pasillo y la casa estaba igual: el mismo sofá hundido en el centro de las muchas horas frente al televisor, los mismos libros en la estantería, el mismo silencio que había dejado al irse, ese que antes siempre solía confundirlo con paz y que ahora sabe que es de abandono.

Es difícil festejar la soledad, pensó, mientras dejaba el bolso sobre la silla que nunca nadie ocupaba.  Se había acostumbrado a llenar sus vacíos con ruidos, le daba igual hacerlo con los diálogos de una serie de fondo, del sonido de mensajes que no le importaban, con llamadas para citas en las que no pasaba nada, pero al menos con eso lograba que pasara el tiempo.  Sin embargo, esa tarde la soledad no le pedía distracciones, más bien le exigía que la mirase de frente.

Hacía meses que decidió coger distancia, era el no conocer a nadie y, a ratos, tampoco reconocerse a sí misma. Se fue por las calles de su ciudad, buscó cambiar de trabajo, dejó de frecuentar los mismos bares, borró números de su móvil que antes se sabía de memoria.  Creyó que así se desharía de él, de su sombra pegada a las paredes, de su risa quedándose en los bordes de los vasos.  Pero había veces que una canción sonaba en el supermercado, o un olor en un bar, o una frase en una conversación ajena, que sin darse cuenta se lo recordaban.

Aquella noche, mientras calentaba una sopa se preguntaba dónde estaba su capacidad de indiferencia, esa que antes la ayudaba a protegerse, a no sentir nada.  Antes todo estaba cubierto por una bruma espesa que distorsionaba los contornos de las cosas, tonos elevados en las voces que ella dejaba pasar sin tener que hacerse demasiadas preguntas.  Ahora, en cambio, todo era diferente, podía recordarlo al ver el plato que él rompió un día, ver la marca en la pared donde apoyaban la espalda cuando se reconciliaban. Ahora veía la cama demasiado grande para una persona que duerme en una esquina.

Se sentó en el sofá, su particular trono, su isla, donde se sentía la reina de los coros, escuchando canciones que hablaban de los desastres de otros, mientras ella fingía que no era la protagonista del suyo. Con los años se había vuelto absolutamente indestructible hacia afuera, una de esa clase de mujeres que sonríen en las fotos, que opinan de todo, que no tiemblan nunca en público.  Nadie podía sospechar la grieta en su alma, el peso de su relación, la gota que la desbordaba por dentro cuando se apagaban las pantallas y el salón se quedaba a oscuras.

Había tenido que aprender a oírse, a escuchar esa voz que se colaba entre los ruidos de la noche, la misma que durante años tapó para poder seguir a su lado.  Esa voz le susurraba que la vida era algo más que esperar a que él quisiera lo que ella quería, algo más que adaptarse a los silencios de él, algo más que deber justificarse cada vez que pedía un poco de ternura.  La vida tenía que ser otra cosa que contar las veces que él prometía cambiar y las veces que no cambiaba nada.

Ese día, mientras recogía los platos, se miraba de reojo en el cristal del horno y se sorprendía. Notaba algo distinto en sus gestos, una forma nueva de saber sostener su propia mirada.  Tenía que recuperar su alma, se decía, como quien regresa deprisa porque ha recordado haber dejado olvidado el movil en un bar.  No podía seguir viviendo con esa versión recortada de sí misma, la que llenaba los silencios con monólogos para no enfrentarse a una verdad tan simple como que él hacía tiempo que ya no estaba, aunque estuviera sentado enfrente.

Aquella noche no había televisión, no había música ni distracciones.  Solo ella, el tic-tac del reloj del pasillo marcando el tiempo que no perdona, y la ansiedad  de alguien que se sabe al borde de una decisión definitiva.  Se miró en el espejo del baño y reconoció algo que la asustaba y la ilusionaba a la vez: algo bueno está por despegar.  No sabía qué era, ni cómo se llamaba, pero sentía en el pecho esa mezcla de miedo y esperanza que siempre anuncian los comienzos.

Él, mientras tanto, estaba en el bar de siempre, apoyado en la barra, convencido de que todo seguía igual, que no había  cambiado el escenario.  Pensaba en ella a ratos, sobre todo cuando bebía un poco más de la cuenta o cuando una canción vieja le rompía su defensa.  Se acordaba de cómo ella le miraba cuando todavía creían en ellos, de cómo lo esperaba despierta, aunque él le dijera que no hacía falta.  A su manera, él también sentía que algo se había roto, pero no sabía ponerle nombre.

Cuando ella decidió escribirle aquel mensaje, no buscaba un reproche ni una declaración. Abría una conversación que llevaba semanas cerrada y muda, y en el wasaps tecleó: “Antes de hacernos daño, prefiero desaparecer”.  Miró la frase durante un minuto largo, como si fuese posible o quisiera suavizarla con la mirada, pero no la cambió.  Sabía que era la única verdad que podía decirle sin mentirse a sí misma.

Él leyó el mensaje mucho más tarde, en la calle, cuando volvía a casa con las manos heladas y la cabeza algo entumecida por el alcohol.  Lo releyó varias veces, intentando encontrar una resquicio, un punto, una coma que le permitiera responderla con un “hablemos”, con un “no exageres”, con un “podemos intentarlo de nuevo”.  Pero la frase no dejaba grietas: era una puerta que se cerraba, con cuidado para que no golpee, pero que se cierra.

Intentó llamarla.  Ella miraba la pantalla encendida en su salón, el nombre de él brillando, y dejó que el móvil vibrara hasta cansarse.  Las palabras que no habían pronunciado decían más de ellos que todas las caricias, pensaba que hacía bien en no atender su llamada, mientras sentía cómo una lágrima se le escapaba sin su permiso.  Lo que no se atrevía a decirle es que lo quiere, pero no así; que le duele, pero ya no quiere que le duela siempre; que ha aprendido, a base de golpes, que hay amores que se salvan y otros de los que hay que mudarse para salvarse.

Él le envió un audio largo, con voz acelerada, lleno de silencios incómodos.  Habló de cambiar, hizo promesas, citó oportunidades de esas que suenan a futuro, pero siempre llegan tarde.  Ella lo escuchó apoyada en la pared del pasillo, mientras se iba resbalando hacia el suelo, hasta acabar con las rodillas recogidas y la frente apoyada en un brazo.  Cada palabra la hacía temblar porque se acordaba de lo que fueron, pero también porque así le demostraba lo que ya no podían volver a ser.

Antes de salir de aquella relación, sabía que tenía que aprender a perder.  No se trataba de ganar en la siguiente discusión ni de tener la última palabra, se trataba de asumir que perderle también era perder una parte de sí misma, la que se construyó alrededor de su risa, de su olor, de sus domingos.  Mira que le era difícil aceptar, que el amor no siempre se acaba cuando uno deja de sentir, que a veces se acaba cuando por fin te sientes a ti misma. Pasaron los días.  Él insistió un poco al principio, luego menos, después casi nada.  Ella respondía con frases cortas, amables, como quien se sabe obligada a devolver un préstamo que alguien le hizo.  

Ese día se dio cuenta de que había  pasado una tarde entera sin mirar el móvil, y esa pequeña victoria la celebraba sola, preparando la cena y poniendo unas flores en un vaso. No había un nuevo amor inmediato, ningún salvador que apareciera para rescatarla de sí misma.  Lo que había era algo más difícil y digno, como ir descubrimiento que podía vivir sin pedir permiso, sin tener que justificar lo que sentía, sin traducirlo para que otro la entienda.  A veces, al doblar las sábanas, todavía le venía su imagen a la cabeza y le temblaba el pulso, pero ya no la derrumbaba.

Un sábado cualquiera, varias semanas después, salió a caminar por la ciudad.  Llegó a una plaza donde una banda tocaba una canción que a él le gustaba, una que siempre ponía a todo volumen en el coche.  Ella se detuvo, escuchó el estribillo y, por primera vez, no sintió el nudo en la garganta, tan solo una nostalgia suave, como la de los veranos que ya pasaron.  Entonces ella sonrió.

El amor, pensó, no siempre es la historia de dos, a veces es la historia de cómo una persona aprende a volver a casa sin destrozarse por dentro.  Ella volvió a la casa esa noche más ligera, con la sensación de que, sin darse cuenta, había empezado a recuperar el alma que dejó empeñada en un amor que no supo cuidarla.  

Y aunque nadie la esperaba al otro lado de la puerta, se sentía  acompañada por algo nuevo y frágil: la certeza de que la próxima vez que amase, no se perdería a sí misma en el intento.


Cuando un juez “mete la pata” pero el que cae eres tú

Un país los jueces nunca se equivocan.  Cuando insultan, no insultan; cuando señalan, no señalan; cuando llaman “puta histérica” a una minis...