Hay que reconocer que la derecha española tiene un talento casi poético para la histeria. Llevaban meses preparando la soga que colocarle al cuello, deshojando sumarios, incluso salivando ante la perspectiva de un presidente abatido. Veían un Sánchez arrastrándose en soledad por los pasillos de La Moncloa. Ya tenían el marco perfecto y deseado: una esposa acusada, al hermano condenado, el derrumbe institucional. Y de repente, en mitad de un pabellón abarrotado de gente, Sánchez va y le da un beso a su mujer. Menudo atentado al Estado de derecho. Qué escándalo, dios mío. ¡Un político utilizando la puesta en escena en un mitin! Dónde vamos a llegar.
Menos mal que tenemos a Feijóo y a Abascal para recordarnos cómo es el amor puro, abnegado y sin asesores de imagen. Es fascinante ver cómo a la derecha se le llena la boca con la «familia tradicional» hasta que la familia es la del rival; en ese preciso instante, la cónyuge deja de ser una persona para convertirse en una prueba de convicción y el afecto conyugal pasa a ser delito de alta traición al decoro patrio. La reacción en Génova y en los cuarteles generales de Vox no se ha hecho esperar, y ha sido digna de un sainete de tercera categoría.
Y no ha sido solo en los cuarteles de los insignes dueños de la patria. Inmediatamente, su nómina habitual de analistas de la autenticidad, sus expertos en lenguaje no verbal y sus fariseos de guardia, han salido en tromba a certificar lo obvio: el beso era falso. Puro diseño, algo fabricado en los laboratorios de Iván Redondo o de quienquiera que mueva hoy los hilos de la tramoya sanchista. Menudo drama para nuestra querida patria.
Es de vergüenza su reacción. El problema real de este beso no es su grado de sinceridad (materia que solo debería importarles a los involucrados o, como mucho, a las revistas del corazón), sino el devastador efecto táctico que ha tenido. Con dos labios y tres segundos de abrazo, Sánchez cometió el mayor acto de provocación imaginable: arrebatarles el cadáver que ya llevaban al cementerio. En el guion redactado por la derecha judicial y mediática, a Begoña le tenían asignado el papel de fantasma incómodo, de sospechosa en la sombra, de losa sobre las espaldas del Partido. Que ahora la mujer aparezca sonriente, aclamada por las bases y besada por el líder no solo rompe el decorado previsto; les deja con la querella en la mano y cara de tontos.
Por eso se puede ver en redes y tertulias que la derecha está rabiosa. Porque no sabe qué hacer ante la política del afecto. Los partidos de la oposición manejan con maestría la indignación, el rencor, el agravio territorial, la ira preventiva. Son su hábitat natural. Pero ante una exhibición impúdica de alegría o de resistencia emocional, la maquinaria se les colapsa y solo atinan a escupir sarcasmo barato y bilis. Les resulta insoportable que, tras toneladas de portadas, filtraciones y comisiones de investigación, el resultado provisional sea un estallido de júbilo de sus militantes ante ese beso.
Así que hoy nos toca asistir al peritaje sentimental. Vemos a respetables tertulianos medir la presión del abrazo en newtons (unidad de fuerza) y analizar el ángulo del beso para demostrar que Sánchez no quiere a su esposa, sino a su sillón. Que sigan. Que sigan fiscalizando los besos mientras en La Moncloa toman nota. Al fin y al cabo, no hay nada que desespere más a un inquisidor que ver a la bruja bailando en la hoguera. Supongo que mientras Alberto y Santi se cabrean, el "perro" habrá dicho: “Begoña, dame un beso y que vomite la derecha”.
No son más ridículos porque no se entrenan.