martes, 7 de abril de 2026

Carta abierta a la presidenta de la Comunidad de Madrid:

Usted que se ha paseado esta pasada semana por las procesiones de España, que dice contemplar la Semana Santa como un símbolo de fe, de memoria y de dignidad, y dice nutrirse de la liturgia de la cruz y la resurrección. Sin embargo, a unos kilómetros de esos recorridos penitenciales tan madrileños, se despliega un vía crucis real, sin tambores ni mantillas, ese que viven cada día los vecinos de la Cañada Real. En ese barrio no hay alfombras de flores, sino tierra, frío, oscuridad y ausencia de luz eléctrica hace ya más de cinco años.

En el colegio cristiano donde a usted la educaron, le enseñaron que la Semana Santa habla del sufrimiento, de la solidaridad, de la esperanza de liberación del dolor. Pero en la Cañada Real ese sufrimiento no es un relato simbólico ni un recuerdo histórico: es la vida cotidiana de miles de personas que permanecen sin suministro eléctrico, sin acceso estable a la educación y sin sus derechos básicos garantizados. Celebrar la pasión, la muerte y la resurrección mientras se acepta o se ignora la “resurrección” de este barrio se queda en el plano de la retórica vacía que usted usa cómo práctica diaria.

La paradoja es dura: usted invoca los valores de la Semana Santa mientras a la Cañada Real la trata como un problema de seguridad o de imagen, y no como un escándalo de vulneración de los derechos humanos. Un 78,4 % de los niños y adolescentes han tenido dificultades en el aprendizaje por el corte de luz; un 92 % de esa población tiene dificultades incluso para cargar el móvil o conectarse a internet; y la comunidad entera sufre un estigma alimentado por discursos que asocian la Cañada con delincuencia, todo ello para crear una cortina de humo que impida a los madrileños reconocer su responsabilidad institucional por el abandono al que está sometida.

Parece que a usted, alguien tan dado a buscar resonancia internacional, no le parece importante que  las instancias europeas ya le hayan advertido que la situación de la Cañada Real vulnera gravemente el derecho a una vivienda digna y a la educación. Y, sin embargo, la oscuridad material se prolonga, y la indiferencia política institucional se mantiene. La misma parroquia que organiza ayunos y oraciones en la Cañada convive con un apagón de casi cinco años. Esa tensión entre la espiritualidad del sacrificio y la falta de acción concreta deja a toda la comunidad crucificada en la oscuridad material y simbólica.

Si la Semana Santa es auténtica, no puede ser solo espectáculo o costumbre. Debe convertirse en compromiso. Y en el caso de la Cañada, ese compromiso implica, de una vez, que se restablezca el suministro eléctrico de forma estable, que se garantice el acceso pleno a la educación y que se reconozca, sin más demoras ni estigmas, la dignidad de quienes allí viven.

Y no se equivoque, que no se trata de impedir que usted recorra procesiones, sino de que también atraviese el camino de la Cañada Real, no como visitante ocasional, sino por responsabilidad política. Que el vía crucis que allí se padece no se limite solo a dentro de las capillas que visita, sino que se traduzca en decisiones concretas: luz, escuela, vivienda digna y respeto.

La unidad de la izquierda: crónica de una pureza difícil de digerir

Me asomo a la actualidad con el mismo ánimo con el que uno observa una inundación desde el balcón, con una mezcla de alivio por no estar mojándome y una secreta fascinación por ver cómo el agua se lleva las macetas del vecino. El panorama político de estos días, a juzgar por el clamor de las tertulias y los mentideros digitales, parece haber abandonado definitivamente el terreno de la gestión para instalarse en el de la teología o la fe. Ya no se discute sobre el precio del kilovatio de electricidad o el bache de la esquina que rompe neumáticos y yantas; ahora se discute sobre la pureza.

En la izquierda, especialmente, ha surgido una nueva casta de inquisidores que andan todo el día con el "purómetro" en la mano. Me cuentan que, en el sur, a cuenta de unas elecciones que pintan más negras para la izquierda que el porvenir de un vendedor de enciclopedias hoy, se ha desatado una guerra de siglas que ríase usted de las guerras de religión del siglo XVII. 

Hay quien sostiene que es mejor quedarse en casa, cultivando el noble arte de indignado en pijama, antes que votar a un vecino que no comparta el cien por cien de tus dogmas. Dicen que ya no quieren votar "con la nariz tapada", lo cual es comprensible, pero olvidan que, en política, como en el metro a hora punta, si uno espera a que todo huela a rosas, termina por no subirse nunca al vagón.

El espectáculo tiene sus protagonistas de opereta. Por un lado, el gran timonel, cuyo ego parece haber crecido en proporción inversa a su relevancia electoral, empeñado en que el mundo se detenga porque él ha decidido bajarse. Por otro, los que le precedieron, esos cronistas de antaño que, al envejecer, han decidido que la realidad ya no les gusta y han optado por mudarse a unos cuarteles de invierno donde el sol siempre pega por la derecha. Es curioso observar cómo el tiempo, ese escultor implacable de la política, a unos les pule la coherencia y a otros les deja la cara de quien acaba de morder un limón especialmente agrio.

Lo peor, sin embargo, no es la desunión, sino el cansancio. Esa fatiga del ciudadano que ve cómo los casos de corrupción se suceden con la cadencia de las estaciones, en unos juzgados a toda prisa y en otros durmiendo el sueño de los justos durante trece años, según sea el color del cristal con que se mire o el tribunal que lo juzgue. Al final, uno tiene la sensación de que la política española se ha convertido en una partida de cartas donde todos hacen trampas, pero lo más grave es que el tapete está sucio y las copas ya están vacías.

Me queda, no obstante, el consuelo de leer a los que todavía mantienen el pulso firme y la ironía fina, esos que no han sucumbido al pesimismo demoledor ni al fanatismo de sacristía ideológica. Porque, al final del día, lo que nos salvará no será la pureza de la doctrina ni la unión sagrada de las siglas, sino el sentido común. 

Y si eso no nos parece suficiente, a ser posible, sírvanse una tila bien caliente para pasar el trago de las elecciones andaluzas que vienen. Que falta nos va a hacer.

lunes, 6 de abril de 2026

Sueño

Despertó como quien sale del agua sin saber si aún está sumergida en ella. La habitación la miraba con ojos de desorden: la ropa desparramada, la piel desnuda, y su memoria en ruinas. Otra vez había soñado con aquel hombre con el que lo hacía cada noche, y el sueño había sido tan real que todavía su piel le olía a él. En su sueño, los cuerpos se rozaban sin pedir permiso y, cómo suele suceder, las dudas de si era sueño o realidad aparecieron, porque las dudas despiertan antes que las personas.

Ella sé miró en el espejo, buscando ese límite inseparable entre el insomnio y la fiebre. El sujetador del sueño descansaba en el suelo, como prueba de un crimen que nadie podía explicar. Algún dios cruel la había dejado sin respuestas y con demasiadas preguntas. ¿Y si el deseo tiene la suficiente fuerza para inventar la realidad? ¿Y si el hombre de su sueño estuvo ahí alguna vez, quizá en otro tiempo, en otra versión del mundo donde los sueños nunca terminan? 

Ella pensó en locura y vergüenza, dos hermanas que siempre van de la mano cuando el amor se sueña demasiadas veces.

Salió de la cama. El sol se filtraba por la ventana, como una disculpa. En el aire aún flotaba el perfume del sueño, mezclado con la certeza de que la realidad, a veces, también se inventa mientras dormimos.

VALENCIANOS NO SALGAIS A LA CALLE QUE OS OCUPAN LA CASA


El caso de la oficina antiokupación de València ilustra bien cómo determinadas medidas políticas pueden tener un fuerte componente simbólico, pero un alcance práctico muy limitado.

Tras un año de actividad, los datos muestran que el organismo apenas gestiona dos casos al mes, con una función básicamente mediadora, sin capacidad real de intervención judicial. Esto sugiere que su creación respondió más a un mensaje político —poner el foco en la “okupación” como problema de seguridad— que a una necesidad operativa detectada en la ciudad.

El sindicato de Policía Local interpreta la escasa actividad como una “buena señal”, al entender que refleja baja incidencia del problema. En cambio, la oposición, especialmente Compromís, ve en ello una ineficiencia de recursos públicos, y reclama reorientar los esfuerzos hacia la crisis de vivienda, donde los indicadores sí muestran un problema estructural: alquileres altos, falta de vivienda pública y proliferación de pisos turísticos.

En resumen, la oficina parece funcionar más como una herramienta de visibilización política que como un mecanismo eficaz de gestión. Su bajo rendimiento operativo, en contraste con la magnitud del debate público sobre la “okupación”, refleja una desconexión entre el discurso político y la realidad social del problema en València.

Ahora vas y lo cascas.

Sanidad pública: el milagro español del sálvese quien pueda

Hay países que presumen de sus inventos: los italianos de la pasta, los franceses del vino y los británicos del mal tiempo. Nosotros, en cambio, podemos presumir de algo mucho más sofisticado: haber convertido uno de los mejores sistemas públicos de salud del mundo en un experimento de supervivencia burocrática y financiera. Una especie de juego sanitario, pero con batas blancas y un desfibrilador de fondo.

Porque, claro, todo el mundo sabe que la sanidad es pública solo en los carteles. En la práctica, el juego consiste en ver cuánto puedes resistir antes de rendirte y dejarte tentar por ese hospital privado recién inaugurado justo enfrente del público, con sus luces led y su olor a desinfectante de diseño. Qué casualidad, uno podría pensar que lo hacen aposta.

Mientras tanto, los políticos (aquí el espectro ideológico solo sirve para elegir en qué tono de gris te quitan presupuesto) se enzarzan en discusiones eternas sobre quién tiene la culpa: si el gobierno central, las comunidades autónomas o la energía cósmica. Entre tanto, ni PP ni PSOE parecen dispuestos a tocar la “patata caliente” de la financiación sanitaria. Y menos aún subir los impuestos para su financiación, no vaya a ser que se nos enfade el electorado.

Y hablando de financiación: España es líder, pero en la parte baja de la tabla europea. Lo cual tiene su mérito, conseguir que un sistema con tan poco dinero siga funcionando es casi alquimia pura. Es el arte de hacer milagros con lo justo: médicos con tres turnos seguidos, enfermeras que hacen más kilómetros que el AVE y pacientes que se curan por aburrimiento de esperar.

Eso sí, algunos todavía defienden que no pasa nada, que la colaboración público-privada es el futuro. Claro, porque lo privado siempre se ha caracterizado por su amor desinteresado al bien común. Y si pueden ganar un poco más desviando pacientes, mejor todavía. Es emocionante sentir cómo el TAC que te iban a hacer en el hospital público termina misteriosamente asignado al de enfrente. Milagros de la eficiencia.

Mientras, los medios nacionales siguen con su monólogo madrileño, porque parece que el resto del país es solo un decorado de cartón piedra. Que la sanidad se desmorone en Valencia, Albacete o Girona no da tantos clics. Quizá es que en esos lugares necesitamos un influencer sanitario.

Pero tranquilos, todo bajo control. Al final, si enfermas, serás un “cliente” satisfecho, no un paciente. Que suena mucho más moderno. Lo importante no es curarse, sino consumir salud con estilo. Y si no puedes pagarla, bueno… siempre te quedará la esperanza, y una bonita factura como souvenir.

Así que brindemos por este sistema heroico, que cada año logra sobrevivir a pesar de los recortes, las privatizaciones y los políticos con memoria selectiva. 



Las procesiones de Semana Santa

Las procesiones de Semana Santa representan hoy más que una tradición religiosa: son una apropiación institucional del espacio público que se disfraza de devoción popular. Durante varios días, las calles quedan bloqueadas, el ruido inunda las noches, y los medios estatales retransmiten cada paso como si fuera un acontecimiento nacional. Lo que podría ser una manifestación libre de fe se convierte, en la práctica, en una exhibición de poder político, militar y mediático. La presencia de autoridades, uniformes del ejército y cámaras oficiales no es casual: muestra cómo el Estado todavía mantiene vínculos privilegiados con una confesión concreta, mientras las demás creencias son tratadas como algo “ajeno”.

Esa contradicción se evidencia en como muchos aceptan sin cuestionar la ocupación católica del espacio común, pero se escandalizan si un político felicita el Ramadán, como si reconocer la diversidad fuera una amenaza. Esa indignación selectiva revela un fondo de hipocresía y miedo cultural: se defiende “lo nuestro” a gritos, sin admitir que nuestra historia y nuestras calles son el resultado de siglos de convivencia e influencias cruzadas.

En el fondo, las procesiones no solo conmemoran la pasión de Cristo: también exhiben la pasión por conservar poder, privilegio y visibilidad. Y eso dice mucho sobre quién realmente domina el espacio público y el relato de lo “nacional”.


Religiosidad y política

“Hoy, en este 2026 donde la fe ha menguado al 63 por ciento, diez puntos menos que hace unos años, la cosa es más sutil, un trueque de favores: el político gana votos posando con la túnica de nazareno, y la hermandad recibe subvenciones para restaurar la ermita”

En Castilla-La Mancha, esta tierra nuestra de secarrales y catedrales, el polvo de los caminos se confunde con el olor y humo del incienso, la religiosidad popular y la política. Religión y política han bailado un tango endemoniadamente complicado desde que Franco les puso banda sonora. No es para menos: durante el franquismo, las vírgenes no solo eran madres celestiales, sino reclutas de primera en la cruzada nacional, desfilando en procesiones con falangistas a los lados y el caudillo bendiciendo desde el balcón.

Eran los años en que una romería por la Virgen de la Caridad en Villarrobledo no era solo devoción, sino un mitin con crucifijo, y las cofradías de Toledo o Albacete servían para que el régimen se autoproclamara salvador de la patria católica. Aunque creo que aquello no era fe, admito que era un engranaje bien aceitado: la Iglesia aliada al Estado, y la plebe arrodillada a la vez, lo mismo ante el altar cómo ante la picota.

Luego llegó la Transición, se desinfló el globo. Adiós a las misas por los caídos y las rogativas obligatorias por aquella lluvia que nunca llegaba. Las devociones se quedaron huérfanas, pero cómo no eran tontas, mutaron a folklore regional, un ese pegamento identitario que ayudó a forjar Castilla-La Mancha como comunidad autónoma. Los socialistas de los ochenta, que no eran precisamente beatas, se apuntaban a las fiestas populares con la misma naturalidad con que uno se pone la corbata para acudir a una boda.

Y ahí llegaron las vírgenes alcaldesas perpetuas, ese invento tan manchego como montar al Quijote en un tractor. Fíjense en la Virgen de la Varga en Uceda, Guadalajara, que en 2021 recibió el bastón de mando como si fuera alcaldesa de toda la vida, o la de Rus en San Clemente, Cuenca, que lleva un cuarto de siglo en el cargo honorífico, procesionando con pompa mientras el pueblo la devuelve a su ermita como a una vecina pródiga. Chinchilla de Monte-Aragón hizo lo propio con la Virgen de las Nieves en 2015, y en Illana otra virgen se apuntó al club en 2016, para escándalo de los laicos que vieron en ello (con razón) un conflicto de intereses entre el ayuntamiento y el cielo.

Hoy, en este 2026 donde la fe ha menguado al 63 por ciento, diez puntos menos que hace unos años, la cosa es más sutil, un trueque de favores: el político gana votos posando con la túnica de nazareno, y la hermandad recibe subvenciones para restaurar la ermita. No hay ya nacionalcatolicismo rampante, sino una secularización a medias, con tensiones laicas que protestan por el bastón entregado a una escultura de madera. Es como si Castilla-La Mancha, con su mezcla de meseta árida y devociones arraigadas, se negara a soltar del todo el rosario: la política lo usa para parecer cercana, humana, de pueblo; la religiosidad popular, para sobrevivir en este mundo de selfies y descreídos.

Al final, no es hipocresía, es pragmatismo manchego: las vírgenes siguen reinando en los plenos municipales porque, en el fondo, todos sabemos que un alcalde mortal tropieza, pero una alcaldesa perpetua nunca dimite. Y en eso, queridos lectores, reside la auténtica eternidad de la Mancha.

Carta abierta a la presidenta de la Comunidad de Madrid:

Usted que se ha paseado esta pasada semana por las procesiones de España, que dice contemplar la Semana Santa como un símbolo de fe, de memo...