sábado, 14 de marzo de 2026

“Guerra en Irán: la derecha española a su servicio y contra nuestra soberanía”


Hace frio esta mañana en Albacete. Cielo gris y algo de viento. Leo los digitales. Se empeñan en hablar del asunto transmitiendo que la guerra de Irán es algo lejano, una cuestión de geopolítica y “orden internacional”. Pero notos se muestran preocupados porque se nota en la cartera y en la manguera de la gasolinera. Pero piden que nos coloquemos del lado de nuestros “aliados”. Aliado” es quien se une a otro para lograr un objetivo común o defender intereses compartidos. Pero ¿debemos unirnos incluso si el objetivo es erróneo?

Pensemos. Cada dólar que sube el barril de petróleo es una transferencia silenciosa de riqueza desde Europa hacia los países productores, incluida la potencia que ha decidido incendiar el avispero. Mientras nosotros ponemos las colas en las estaciones de servicio y ellos cobran la factura. Esa sangría encarece el transporte, alimenta la inflación y agrava el desequilibrio comercial europeo, mientras nuestras economías quedan atrapadas en una montaña rusa de precios que no controlamos. ¿Ese es el objetivo de nuestros aliados? Porque si es ese, yo no quiero estos aliados.

El asunto de fondo es el petróleo. Hoy el petróleo no es solo una mercancía, porque lo han convertido en una relación de poder. Nadie puede negar hoy el hecho de que mientras sigamos dependiendo de los combustibles fósiles, que en nuestro país no tenemos, cada crisis en Oriente Medio se convierte en un recordatorio de nuestra vulnerabilidad. La guerra no son solo bombas y misiles, la guerra de Irán también se libra en el recibo de la luz, en la cesta de la compra y en el margen de maniobra de los gobiernos europeos. O reducimos esa dependencia del petróleo, o aceptamos que nuestra política económica se decida entre oleoductos y en el cierre de un estrecho.

Frente a eso, lo positivo es que España demuestra que la transición energética no es un capricho de ecologista, sino la política de Estado más sensata que se puede plantear. Cerca del 60% de nuestra electricidad procede ya de fuentes renovables y el precio mayorista es en torno a un 32% más bajo que la media europea. Menos petróleo significará menos dependencia exterior, menos vulnerabilidad ante guerras como la que ahora vivimos y más soberanía para decidir nuestro modelo económico. Las energías limpias no solo ayudan a proteger el clima, sino que refuerzan nuestra independencia y nuestra capacidad de resistir los vaivenes del mercado de los combustibles fósiles.

Ante este escenario, la postura de la derecha española es mucho más que un error: es una autentica irresponsabilidad patriótica. PP y Vox se envuelven en la bandera mientras defienden políticas energéticas alineadas con el trumpismo, que solo benefician a las grandes petroleras y a Estados Unidos, y nos mantienen encadenados al mismo modelo que nos hace rehenes de sus conflictos. Proponer, una vez más, rebajas generalizadas de impuestos a los combustibles puede resultar hoy lo más popular, pero es una medida regresiva que solo subvenciona la dependencia energética y que retrasa la única salida que hoy es racional: consumir menos petróleo y acelerar las renovables.

Para colmo, todo esto nos lo aliñan con una frivolización constante del conflicto y de sus efectos. Las redes hierven de memes sobre llenar el depósito y colas en las gasolineras, mientras la derecha banaliza la agenda verde y ridiculiza cualquier intento serio de transición. Es una mezcla de sarcasmo y negacionismo climático que no es nada inocente: responde a los discursos conservadores, muchos de ellos generosamente financiados por las industrias más contaminantes.

La pregunta, entonces, es sencilla: ¿a qué país sirve esta derecha nuestra que, en plena guerra del petróleo, se opone a reforzar nuestras renovables y a reducir nuestra dependencia exterior? Parece que a sus votantes les cuesta entender que defender un modelo que transfiere riqueza y poder hacia los productores de petróleo, mientras se sabotea la única vía para ganar soberanía energética, no es patriotismo. Es, precisamente, todo lo contrario.


El recauddor Sánchez

El PP ha denunciado estos días, por voz del genial gallego y la nueva sabionda de la derecha sra. Muñoz, que “la mitad de lo que pagamos en combustible son impuestos que Sánchez recauda”. La frase suena potente, pedagógica, incluso indignante. Pero oculta un pequeño secreto contable: que buena parte de esa supuesta recaudación “de Sánchez” termina en las arcas de las comunidades autónomas, once de las cuales están gobernadas por el propio PP. Para que todos lo entendamos: Sánchez cobra, pero los populares gastan. El combustible, al parecer, no solo mueve coches: también impulsa la máquina del cinismo político, cuando los impuestos se convierten en munición electoral. Lo relevante no es quién recauda, sino a quién conviene culpar.

Si uno aplicara la misma lógica con rigor, tendríamos a Feijóo acusando a Ayuso, Moreno Bonilla o Guardiola de ser cómplices activos en el saqueo al automovilista medio. Pero claro, la verdad y la coherencia tributaria no da rendimiento en votos. Mucho más rentable es presentar al Gobierno central como un recaudador que se dedica a vaciar bolsillos mientras las autonomías populares, por arte de magia, quedan libres de toda responsabilidad presupuestaria.

 En realidad, el PP no nos plantea un debate fiscal, esto es un número de ilusionismo político: convertir impuestos compartidos en armas partidistas. El problema al PP depende de que el público no mire demasiado de cerca y se de cuenta de que le mienten.

¿Tiene futuro Europa?


Muchos tertulianos lo ponen en duda, pero la respuesta honesta, sin arrimar el ascua a la sardina del medio del tertuliano de turno, debe ser más matizada: Europa puede tener futuro, pero hoy no está garantizado. Depende de cómo sepamos gestionar una década llena de problemas a la vez: guerras, problemas sociales, económicos, ecológicos y políticos.
Entramos en 2026 con una economía que crece poco, una población que envejece y muchos países muy endeudados. Al mismo tiempo, tenemos que cambiar nuestro modelo hacia energías más limpias y más tecnología. La política tampoco ayuda: los parlamentos están muy fragmentados y crecen partidos ultraderechistas y populistas que hacen más difícil llegar a acuerdos. La guerra de Ucrania y la tensión entre grandes potencias han obligado a la Unión Europea a dejar de ser ingenua. Europa se ve obligada a pensar en su propia defensa, en su seguridad y en no depender tanto de otros en energía, tecnología o materias primas. Ucrania se ha convertido en una prueba más clara de hasta dónde llega la palabra dada por Europa.
Los riesgos son serios. Si se refuerza una alianza de gobiernos poco comprometidos con la democracia dentro de la UE, pueden bloquear decisiones clave como ampliaciones, apoyo a Ucrania, Pacto Verde o una mayor coordinación económica. Al mismo tiempo, muchos jóvenes viven con frustración por los salarios, la vivienda y la falta de oportunidades, y en muchos territorios hay un sentimiento de abandono. Ese caldo de cultivo alimenta el voto contra “Bruselas”.
Sin embargo, Europa no parte de cero. Sigue siendo un enorme mercado, con reglas comunes y una gran capacidad para fijar normas que influyen en todo el mundo: en clima, datos, inteligencia artificial o sostenibilidad. La transición verde y una nueva industria menos contaminante pueden ser una oportunidad para crear empleo, atraer talento y ganar autonomía energética.
La verdadera pregunta no debe ser solo si Europa tiene futuro, sino qué Europa queremos y podemos construir con las limitaciones actuales. El proyecto europeo será viable si al menos un grupo de países se toma en serio avanzar en defensa, seguridad económica y protección del estado del bienestar, incluso aunque otros se queden atrás. El futuro de Europa no está escrito: depende, en buena medida, de lo que hagamos en esta década.
Porque, al fin y al cabo, Europa solo tendrá futuro si los europeos somos capaces de creer en ella y de trabajar juntos para construirla: a grandes males, grandes remedios.

¿habrán llegado bien?

El lector sigue creyendo que compra periódicos, cuando en realidad compra, a plazos, la narrativa que otros han encargado. Por eso conviene recordar el viejo aviso de: antes de saber qué dice la prensa, procure saber quién paga la tinta… y, si puedes, pregúntate también por qué te sale tan barato creerla.

En ocasiones me pongo melancólico por toda la gente que he mandado a la mierda, y me pregunto ¿habrán llegado bien?

jueves, 12 de marzo de 2026

NO SE ME HA OLVIDADO QUE HOY ES 11 M


Aznar es el raro caso de político que, veinte años después de Irak, no solo no se arrepiente, sino que presume de la foto de las Azores como si fuera un máster en geopolítica. Mientras Bush y Blair han reconocido errores, él sigue instalado en el “no cambio ni una coma”, como si las armas de destrucción masiva hubieran aparecido en una mudanza y nadie nos lo hubiera contado.

La soberbia no es que se equivocara: es convertir el error en medalla, exigir respeto por una decisión que nos dejó muertos, mentiras y un país incendiado… pero eso sí, con lo que considera “prestigio internacional”. Ahora, con la guerra de Irán, vuelve el viejo reflejo: España “debería estar con sus aliados”. Traducción: que otros pongan los muertos y nosotros la obediencia atlántica, otra vez y sin preguntas incómodas.

La España del “No a la guerra” aprendió la lección en 2003. Aznar, no. Por eso su altivez ya no es solo un rasgo de carácter: es una amenaza recurrente, un eco de las Azores que siempre vuelve cuando huele a guerra.

El 11M como fango político

La verdad incómoda no es la que nos quiere vender Mayor Oreja, sino la incapacidad del PP para romper con dos décadas de sospechas insinuadas, silencios cómplices y guerras ajenas.

Veintidós años después de la matanza de Atocha, Jaime Mayor Oreja (un ultra en muchos aspectos) decide presentar su libro el mismo día en que las víctimas recuerdan a sus muertos. No es una casualidad editorial sino un gesto político calculado, que vuelve a colocar el atentado en el terreno de la sospecha: “el 11M se hizo para cambiar la dirección política de España”. Lo repite como quien enuncia una teoría matemática o científica, sin aportar una sola prueba de lo que afirma, envolviendo la insinuación en la coartada moral de una “verdad incómoda”. Es el viejo truco del conspiracionismo de los que se creen elegantes: no se niega la autoría yihadista fijada por los tribunales, pero se sugiere una mano invisible que habría orientado el crimen hacia un resultado político concreto.

En esa escena, lo más elocuente no son las palabras de Mayor Oreja, sino el silencio a su lado. José María Aznar y Isabel Díaz Ayuso escuchan sin despeinarse, prestan su presencia como aval simbólico y, a cambio, se ahorran el coste de pronunciarse. Es el mismo Aznar del trio de las Azores que en 2003 garantizaba en televisión que el régimen iraquí tenía armas de destrucción masiva, que invertir la carga de la prueba era una injusticia y que estaba diciendo la verdad. Dos décadas más tarde, con Irak devastado y sin rastro de aquellas armas, la única verdad incómoda es la suya, que se empeñó en diseñar una política exterior que nos colocó en primera línea de riesgo y una gestión informativa del 11M que intentó mantener vivo el fantasma de ETA hasta que los hechos lo hicieron imposible.

Ayuso, desde Nueva York, completa el cuadro con un calco casi literal del discurso de entonces: “no conozco a nadie que quiera una guerra, no nos gusta a nadie y nos duele a todos”. A Aznar también le dolía, pero justificaba que “está más que justificado que se intente cambiar un régimen que altera completamente las reglas internacionales”. Hoy el escenario geopolítico es otro, el enemigo se llama Irán y no Saddam Hussein, pero la música es idéntica: todos desean la paz, nadie quiere la guerra, y sin embargo el alineamiento automático con “el presidente yanqui de turno” sigue siendo la brújula moral de su partido. Lo inquietante no es la coherencia, sino su incapacidad para aprender algo después de dos guerras y un atentado devastador.

El relato que propone Mayor Oreja invierte la carga de la responsabilidad. La “manipulación extrema de los hechos” ya no sería la del Gobierno que se aferró a ETA contra la evidencia, sino la de una oposición y unos medios que habrían forzado una lectura “islamista” para castigar la foto de las Azores. Convertir en sospechosa la explicación que coincide con varias sentencias firmes es una manera muy eficaz de blanquear los errores propios y de mantener abierta, hasta el fin de los tiempos, una cuenta pendiente con la realidad. La consecuencia es que el 11M deja de ser una tragedia con responsables penales identificados para volver a ser un mito disponible, manipulable, utilizable, maleable a conveniencia.

En el fondo, lo que estos señoros escenifican en ese acto no es el coraje de quien cuenta “su” verdad, sino la resistencia de una parte del PP a enfrentarse a la suya. La de un Gobierno que se equivocó de guerra, que se equivocó en la gestión de un atentado y que, veinte años después, prefiere sugerir sombras antes que admitir que no todo fue una conjura ajena. Las víctimas del 11M no necesitan teorías conspirativas que les expliquen por qué murieron; necesitan que la política deje de utilizar su memoria como campo de batalla simbólico. 

Lo verdaderamente indecente no es que haya una verdad incómoda, sino que, a estas alturas, algunos sigan chapoteando en el fango, cómo disfrutan haciendo los cerdos, por puro interés partidista. Mejor me marcho a caminar que es mucho más sano y no me provoca nauseas.

miércoles, 11 de marzo de 2026

Que se pare el mundo que me quiero bajar


La inestabilidad política y la inseguridad han entrado en nuestras casas sin que casi nos enterásemos. Ha bastado con que alguien mencionara “Irán” en voz alta.  Desde entonces, las noticias se suceden como ráfagas de ametralladora: un millar de objetivos bombardeados, misiles en el Golfo, el petróleo rozando cifras que recuerdan otros desastres, y el presidente de Estados Unidos levantando el tono como quien juega a la ruleta rusa con la economía mundial.  En los rótulos de los informativos  hablan de escenarios, de “ventanas de oportunidad”, de “efecto dominó”, pero en los pasillos de los supermercados lo que se escucha son otras palabras: hipoteca, gasolina, incertidumbre.

En España, mientras tanto, la derecha ha decidido que esta guerra le sirve como espejo y como arma.  El Gobierno repite que “no queremos guerra”, que España no está ni quiere estar en ella, evocando el viejo fantasma de Irak como aviso y como vacuna, pero el PP y Vox responden con un alineamiento reflejo con Trump y Netanyahu, como si la prudencia diplomática fuera una forma de traición.  Cada declaración del Ejecutivo se convierte en una acusación: o estás con “las democracias liberales” o estás del lado de los ayatolás, de Hamás, de los hutíes, de todo lo que resulte útil para pintar un enemigo interno. Cuanto cinismo con el ciudadano, por poner el voto delante del bienestar.

Así, consiguen que la inestabilidad deje de ser geopolítica y se transforme en algo doméstico, en ruido calculado, en siembra de sospechas, en un patriotismo de plató con banderita en la pulsera, en un amor a España que se practica mejor cuanto peor duerme la gente.  La inseguridad ya no es solo miedo a una guerra lejana, sino la sensación de que, aunque las bombas caen lejos, la polarización nos cae aquí mismo, en nuestro Parlamento, sobre los acuerdos europeos, sobre el derecho internacional, sobre las próximas elecciones. 

Afuera silban los misiles; dentro, la derecha sopla sobre las rescoldos y las brasas convencida de que, si todo arde un poco más, el humo acabará dibujando su bandera. Que se pare el mundo que me quiero bajar.

“Guerra en Irán: la derecha española a su servicio y contra nuestra soberanía”

Hace frio esta mañana en Albacete. Cielo gris y algo de viento. Leo los digitales. Se empeñan en hablar del asunto transmitiendo que la guer...