Usted que se ha paseado esta pasada semana por las procesiones de España, que dice contemplar la Semana Santa como un símbolo de fe, de memoria y de dignidad, y dice nutrirse de la liturgia de la cruz y la resurrección. Sin embargo, a unos kilómetros de esos recorridos penitenciales tan madrileños, se despliega un vía crucis real, sin tambores ni mantillas, ese que viven cada día los vecinos de la Cañada Real. En ese barrio no hay alfombras de flores, sino tierra, frío, oscuridad y ausencia de luz eléctrica hace ya más de cinco años.
En el colegio cristiano donde a usted la educaron, le enseñaron que la Semana Santa habla del sufrimiento, de la solidaridad, de la esperanza de liberación del dolor. Pero en la Cañada Real ese sufrimiento no es un relato simbólico ni un recuerdo histórico: es la vida cotidiana de miles de personas que permanecen sin suministro eléctrico, sin acceso estable a la educación y sin sus derechos básicos garantizados. Celebrar la pasión, la muerte y la resurrección mientras se acepta o se ignora la “resurrección” de este barrio se queda en el plano de la retórica vacía que usted usa cómo práctica diaria.
La paradoja es dura: usted invoca los valores de la Semana Santa mientras a la Cañada Real la trata como un problema de seguridad o de imagen, y no como un escándalo de vulneración de los derechos humanos. Un 78,4 % de los niños y adolescentes han tenido dificultades en el aprendizaje por el corte de luz; un 92 % de esa población tiene dificultades incluso para cargar el móvil o conectarse a internet; y la comunidad entera sufre un estigma alimentado por discursos que asocian la Cañada con delincuencia, todo ello para crear una cortina de humo que impida a los madrileños reconocer su responsabilidad institucional por el abandono al que está sometida.
Parece que a usted, alguien tan dado a buscar resonancia internacional, no le parece importante que las instancias europeas ya le hayan advertido que la situación de la Cañada Real vulnera gravemente el derecho a una vivienda digna y a la educación. Y, sin embargo, la oscuridad material se prolonga, y la indiferencia política institucional se mantiene. La misma parroquia que organiza ayunos y oraciones en la Cañada convive con un apagón de casi cinco años. Esa tensión entre la espiritualidad del sacrificio y la falta de acción concreta deja a toda la comunidad crucificada en la oscuridad material y simbólica.
Si la Semana Santa es auténtica, no puede ser solo espectáculo o costumbre. Debe convertirse en compromiso. Y en el caso de la Cañada, ese compromiso implica, de una vez, que se restablezca el suministro eléctrico de forma estable, que se garantice el acceso pleno a la educación y que se reconozca, sin más demoras ni estigmas, la dignidad de quienes allí viven.
Y no se equivoque, que no se trata de impedir que usted recorra procesiones, sino de que también atraviese el camino de la Cañada Real, no como visitante ocasional, sino por responsabilidad política. Que el vía crucis que allí se padece no se limite solo a dentro de las capillas que visita, sino que se traduzca en decisiones concretas: luz, escuela, vivienda digna y respeto.