viernes, 23 de octubre de 2026

Gracias por las felicitaciones

 Gracias a todas y todos los que me habéis hecho llegar vuestras felicitaciones por este setenta y un cumpleaños.

En agradecimiento os dejo la letra de la canción escrita por Roger Waters (Pink Floyd) titulada “Tiempo”. Es una de las composiciones más emblemáticas de la banda británica, y corresponde a su álbum The Dark Side of the Moon, publicado en 1973. La podéis escuchar en el enlace que os dejo al final de la letra: 

Buscando cualquier distracción para pasar un día aburrido.

Malgastando las horas de forma despreocupada. 

Dando vueltas en un terreno en tu ciudad natal. 

Esperando a que alguien o algo te muestre el camino. 

Cansado de estar tumbado al sol. 

Quedándome en casa para ver la lluvia.

 Eres joven y la vida es larga 

Y hoy hay tiempo de sobra para perder. 

Pero un día descubres 

Que diez años se han quedado atrás de ti. 

Nadie te dijo cuando correr. 

Te perdiste el pistoletazo de salida 

Y corres y corres para alcanzar el sol 

Pero se está hundiendo 

Corriendo para venir detrás de ti otra vez 

El sol es el mismo de una manera relativa 

Pero eres mayor 

Te falta el aire 

Y estás un día más cerca de la muerte 

Cada año se hace más corto 

Nunca parece haber tiempo 

Planes que fracasan 

O media página de líneas garabateadas (ah, ah) 

Aguantando en silenciosa desesperación 

Es el modo inglés 

Se acabó el tiempo, se acabó la canción 

Pensé que tendría algo más que decir.

A casa, a casa otra vez  

Me gusta estar aquí cuando puedo 

Y cuando vuelvo a casa, frío y cansado 

Es bueno calentar mis huesos junto al fuego. 

Muy lejos, al otro lado del campo 

El tañido de la campana de hierro 

Llama a los fieles a ponerse de rodillas 

Para escuchar los hechizos suavemente pronunciados 

Feijóo y la ruta hacia la involución

Las recientes declaraciones de Feijóo, ayer y hoy, no son simples deslices dialécticos ni ocurrencias aisladas de campaña. Son la radiografía perfecta de un proyecto ideológico que asume, sin complejos, el programa de la derecha extrema. Bajo una pretendida moderación institucional, el candidato del PP dibuja un horizonte de claro retroceso en derechos sociales y laborales, evidenciando una estrategia política tan peligrosa como calculada.

El primer gran eje de esta involución afecta directamente a los derechos de las mujeres y a la autonomía individual. Reabrir el debate sobre el derecho al aborto, cuestionando la capacidad de decisión de las jóvenes de 16 y 17 años al exigir tutelas parentales, supone una intromisión inaceptable en los cuerpos de las menores. 

A esto se suma el anuncio más palmario de su deriva: la eliminación explícita del Ministerio de Igualdad y su disolución en otras carteras. No estamos ante una mera reestructuración burocrática, sino ante un mensaje político de profunda carga simbólica. Es la pérdida de peso institucional de las políticas de género y de la lucha contra la violencia machista, rebajadas a ser una molestia menor que (según la cínica visión del líder popular) apenas ocupa unas horas de trabajo.

Un segundo pilar es el plano socioeconómico. El proyecto de Feijóo se alinea sin fisuras con los intereses de la patronal. Condicionar futuras subidas del Salario Mínimo Interprofesional (SMI) al visto bueno de la CEOE es despojar al Estado de su función correctora de las desigualdades del mercado laboral, subordinando el poder adquisitivo de la clase trabajadora a la voracidad empresarial. 

Este argumentario falaz se complementa con falsedades sobre la «viabilidad» de las pensiones públicas o con la promesa de reformar restrictivamente la ley de eutanasia, anteponiendo la burocracia médica a la dignidad y la libertad de la persona en el tramo final de su vida. 

Y en este "cocidito" madrileño en el que se ha convertido su programa electoral, todo lo anterior lo aliña con la anunciada derogación de la Ley de Memoria Democrática, un síntoma evidente de la resistencia de la derecha española a homologarse con los estándares democráticos avanzados en Europa.

Detrás de este catálogo de recortes de derechos que ya dábamos por consolidados, se esconde una táctica claramente definida. Por un lado, Feijóo asume con total naturalidad la integración de Vox en el Consejo de Ministros si la aritmética parlamentaria lo exige, diluyendo cualquier cordón sanitario y blanqueando a la ultraderecha. Por otro, practica una calculada ambigüedad en los temas más sensibles para intentar no espantar al electorado de centro, mientras satisface a los más reaccionarios de su flanco derecho.

El plan de la derecha ya no se oculta. Los eufemismos de antaño han dado paso a lo que es realmente la ideología del PP, nada de partido de centro, sino un partido sumiso a Vox por interés electoralista. Los ejemplos los tenemos ya en donde gobiernan. en coalición. 

La pregunta que queda por responder es si esta asunción, ya sin absolutamente ninguna crítica del ideario ultra, logrará movilizar a su base más conservadora o si, por el contrario, alertará a una mayoría social de que el 29 N lo que se vota no es como anuncian "echar a Sánchez" sino eliminar todas las conquistas democráticas de años que cualquier ciudadano español debería calificar de irrenunciables.

Muy seguros deben estar de la fidelidad de que su electorado entre los trabajadores está absolutamente anestesiado, como para no darse cuenta de que sus pensiones, sus salarios y la totalidad de derechos de la mujer van a ser demolidos. 

Ya no se debe hablar de fachapobres. Ahora los han convertido en sus fachabobos.

El 'ladrillismo mágico' de Feijoo

Hay promesas electorales que no están diseñadas para ser cumplidas, sino para adormecer conciencias. La reciente propuesta de Feijóo de levantar un millón de viviendas en una sola legislatura no pertenece al ámbito de la política pública seria; pertenece al género de la ciencia ficción  o la especulación. Que no te engañen, esta es la resurrección del viejo fetiche del "ladrillismo mágico", una fórmula neoliberal que intenta responder a una crisis estructural del derecho a la vivienda volviendo a las mismas recetas de sobreproducción y desregulación que ya colapsaron nuestro país en 2008.

Sin embargo, esta propaganda política, choca con las matemáticas y la macroeconomía que son las que son no las que se quieren. Basta confrontar el titular del PP con la realidad industrial de la España actual para comprobar que su promesa no es solo inviable, sino técnicamente imposible.

El plan Feijoo ignora la física elemental de la producción. En España se terminan actualmente entre 80.000 y 90.000 viviendas al año. Triplicar ese ritmo hasta alcanzar las 250.000 anuales exigiría un despliegue de mano de obra que sencillamente no existe. Según la propia Confederación Nacional de la Construcción, el sector arrastra un déficit estructural de más de 700.000 trabajadores. Tras el estallido de la burbuja, la plantilla  de la construcción envejeció drásticamente y las condiciones del sector no son precisamente atractivos para las nuevas generaciones. ¿De dónde saldrán los cientos de miles de obreros necesarios para levantar ese millón de casas? Estamos ante una nueva  contradicción grotesca: sin una política activa de inmigración regularizada y derechos laborales dignos, no hay brazos para poner un solo ladrillo.

Luego se ve como el plan colisiona contra los costes de producción. Tras las crisis de suministros e inflación energética de los últimos años, el precio del cemento, el acero y la cerámica se mantiene en máximos. Una demanda masivo de estos materiales conlleva provocar un shock al intentar construir 250.000 pisos por año lo que conllevaría  una escalada brutal en los costes de los materiales. La consecuencia no sería una vivienda más barata, sino más encarecida y que el presupuesto público no podría subvencionar y el ciudadano de a pie no podría pagar.

Otro gran engaño es la "trampa del suelo". La teoría conservadora insiste en que el problema es puramente burocrático y que bastaría con desregular, debilitar los controles ambientales y declarar el silencio administrativo positivo para que las grúas aparezcan mágicamente. La realidad técnica es que transformar suelo rústico en urbanizado exige un tiempo medio de desarrollo de entre 7 y 12 años para dotarlo de accesos, agua, luz y saneamiento. Las infraestructuras no se crean mediante decretos electorales. Además, gran parte del suelo finalista disponible no está en Madrid, Barcelona, Málaga o Baleares que es donde hay más gente desesperada por un techo, sino en periferias donde no existe tal presión residencial.

Y, por último, ¿quién financiará este megaproyecto? Los expertos lo estiman en más de 150.000 millones de euros de coste. Para el PP, la respuesta siempre es el mercado privado. Pero los promotores y los fondos de inversión no operan bajo criterios de necesidad social, sino de margen de rentabilidad. Lanzar un millón de pisos al mercado hundiría los precios , lo que estaría muy bien, pero como reduciría los márgenes de beneficio ¿Alguien piensa que el propio sector privado no paralizaría la edificación para proteger sus beneficios? Y la otra propuesta paralela de la derecha es la de regalar avales públicos del 100% e incentivos fiscales a los arrendadores, tendremos que el dinero público de nuestros impuestos terminará, una vez más, inflando las rentas de los grandes tenedores y los fondos buitre.

El diagnóstico es muy claro y evidente: el problema de la vivienda en España no es un problema de oferta cuantitativa, sino de distribución, especulación y acceso. Prometer construir un millón de pisos sin tocar a los grandes tenedores, sin regular los precios del alquiler y sin blindar de forma permanente un parque público de vivienda (como hacen las democracias europeas más avanzadas) es volver de nuevo a la casilla de salida.

La propuesta de Feijóo es el enésimo espejismo de una derecha que sigue concibiendo la vivienda como un activo financiero para enriquecer al mercado, en lugar de como un derecho constitucional para garantizar la dignidad de la clase trabajadora. No necesitamos más cemento para alimentar a los especuladores; necesitamos voluntad política para subordinar el mercado al bien común.

miércoles, 21 de octubre de 2026

Page y el arte de nadar con flotador.

Desde que Ferraz y La Moncloa apretaron el botón del adelanto electoral para el próximo 29 de noviembre, el reloj político español se ha acelerado de forma vertiginosa. Sin embargo, si uno repasa las hemerotecas regionales de estas últimas semanas en Castilla-La Mancha, da la sensación de que García-Page habita en una coordenada temporal completamente distinta. En lugar de cerrar filas ante la contienda que se avecina contra el avance de las derechas, decisiva para el que es su partido, el presidente autonómico ha vuelto a desplegar su manual de supervivencia: atrincherarse en el perfil institucional y marcar distancia con la campaña y la dirección nacional del PSOE.

En los últimos días hemos asistido a una letanía bien ensayada. Frases como "estoy a las órdenes de Castilla-La Mancha", llamados a "superar el cortoplacismo" o reflexiones ambiguas al afirmar que "las elecciones son como los melones" buscan proyectar la imagen de un gobernante moderado, centrado en la gestión y ajeno al «ruido de Madrid». A primera vista, y desde una óptica puramente electoralista, la maniobra parece irreprochable. Page defiende la hegemonía y la «mayoría absoluta» que ha consolidado en la región mediante el aislamiento de la marca autonómica respecto al desgaste federal.

Sin embargo, si analizamos esta actitud desde un compromiso ético de izquierdas, el diagnóstico resulta mucho más preocupante.

En primer lugar, la estrategia de hiperliderazgo autonómico a costa de la cohesión partidaria supone un ejercicio de insolidaridad política con el conjunto del bloque progresista. Mientras las fuerzas de izquierda y los sectores sociales libran una batalla decisiva para evitar un gobierno del bloque reaccionario en España, el distanciamiento explícito de Page debilita el mensaje. Al negarse a asumir como propia la agenda de avances sociales del Gobierno de coalición (en pensiones, salario mínimo, derechos laborales o políticas redistributivas), a lo que contribuye es a desmovilizar a la base militante y trabajadora de nuestra propia región.

En segundo lugar, la apelación recurrente de Page al "consenso", la "moderación" y a no votar "a la contra" disfraza de pragmatismo una renuncia ideológica profunda. La política no es un espacio aséptico de gestión tecnocrática; es el terreno en el que se confrontan modelos de sociedad. Cuando el discurso autonómico desplaza las tensiones redistributivas (como el problema de la vivienda, los servicios públicos castigados o la precariedad laboral) para sustituirlas por apelaciones de conciliación con sectores empresariales, el proyecto socialdemócrata se desdibuja hasta ser indistinguible del de centroderecha.

Finalmente, resulta evidente que la prioridad de Fuensalida no es servir de dique de contención ideológico contra la extrema derecha, sino asegurar la preservación del poder regional a cualquier precio. Al reservarse el derecho a no renunciar a sus "postulados" frente al partido, Page demuestra que concibe el capital político castellanomanchego como un bien particular y no como una pieza clave al servicio de una causa colectiva.

El 29 de noviembre no solo se mide el peso de las siglas en Madrid; se decide si el espacio de progreso es capaz de proyectar una alternativa sólida y valiente frente al empuje reaccionario. Seguir utilizando Castilla-La Mancha para una autodefensa personal ante la política nacional no solo erosiona la unidad de la izquierda, sino que deja desarmada a la propia ciudadanía ante las verdaderas batallas de este tiempo que nos ha tocado vivir.

¿Por qué la formación morada ha elegido la guerra total?

Existe una vieja máxima en la izquierda política que parece repetirse implacable como una maldición bíblica: el adversario se combate, pero al compañero que propone otra vía se le aborrece. Aun así, después de no alcanzar una confluencia en la izquierda, pensé que cada uno de esos dos bloques se dedicaría a centrar su discurso en sus propuestas programáticas, y se olvidaría del otro para centrarse en el enemigo común. 

Está claro que me equivocaba, porque quien observe hoy en las redes sociales el ecosistema de la izquierda transformadora en España asistirá a un espectáculo tan enconado como revelador. En el universo de las redes afines a Podemos, la virulencia no se dirige prioritariamente hacia la derecha o la extrema derecha, sino hacia los intentos de articulación de un Frente Amplio. No hay esa actitud en perfiles afines al Frente, salvo individualidades ¿Por qué tanta ira volcada contra los propios afines?

Comprender esta agresividad como un mero arrebato de soberbia o desesperación es errar el diagnóstico. Lo que presenciamos en las redes de los simpatizantes y militantes morados es una estrategia consciente de repliegue defensivo, movida por incentivos de supervivencia orgánica y la lógica de la polarización identitaria.Y explico porque lo veo así.

En primer lugar, opera un conflicto ineludible por la hegemonía.Podemos no nació para ser una pieza más en el tablero político; nació para ser la fuerza rectora de la impugnación del régimen. Para la militancia que resiste en el núcleo morado, la construcción de plataformas de confluencia o Frentes Amplios no representa una evolución lógica o incluyente, sino una operación de asimilación destinada a limar el perfil ideológico de la izquierda y someterla al marco de la gobernabilidad responsable con el PSOE. En la psicología del activismo de trinchera, la "izquierda de gestión" no es un aliado pragmático, sino el actor que viene a desmantelar la memoria histórica del cambio.

En segundo lugar, hay un factor mediático e incentivos organizativos. El ecosistema comunicativo construido alrededor del espacio morado necesita tensionar continuamente a su audiencia. En la economía de la atención digital, la cohesión interna no se logra con llamamientos al consenso, sino con la delimitación clara del enemigo interno. Señalar la "traición" o el "blanqueamiento" de quienes buscan pactos amplios funciona como el combustible idóneo para movilizar a la base más politizada, sostener proyectos mediáticos propios y evitar que la militancia les flaquee.

La pregunta clave para mí, sin embargo, no es solo por qué lo hacen, sino qué van a lograr con esta contienda. Y es aquí donde creo que su estrategia tropieza con la aritmética y la sociología. A corto plazo, la estrategia de este cerco digital a Frente Amplio les dará sus frutos. Podemos logra blindar su núcleo duro, preservar su marca de las inercia institucional y asegurar que sus portavoces sigan teniendo una voz nítida y diferenciada. Es evidente que prefieren ser cabeza de ratón antes que cola de león; un reducto ideológicamente puro antes que un vagón secundario en un artefacto electoral ajeno, como alguno de sus militantes define a Frente Amplio. 

Creo que los costes a largo plazo son devastadores para el conjunto del espacio progresista. Su primer efecto es el agotamiento social. La mayoría de los votantes progresistas no vive la política desde la pureza orgánico-teórica, sino desde la utilidad cotidiana. La espiral incesante de ataques y reproches cruzados en redes sociales no produce transferencias masivas de votos entre partidos, sino una profunda desilusión que se traduce en abstención.

El segundo efecto negativo es el castigo implacable del sistema electoral. La Ley D'Hondt en las circunscripciones provinciales no perdona la soberbia de la fragmentación. Ir divididos destruye la representación institucional del espacio a la izquierda de la socialdemocracia tradicional, dilapidando miles de votos que terminan en la papelera del reparto de escaños.

En definitiva, las redes de Podemos están librando una batalla cultural por el relato de quién encarna la "verdadera izquierda" y sobre quien es responsable de que la confluencia no se haya producido, ellos nunca lo son. Respetable. Pero al hacerlo, aunque lograrán mantener intacto un bastión identitario y un ecosistema de resistencia, sin embargo, no pueden negar que el precio de esa pureza corre el riesgo de ser la irrelevancia táctica y la desmovilización de la única masa social capaz de hacer posibles las transformaciones reales. 

Se puede ganar la hegemonía del relato en las redes e incluso en la opinión publica, sí, pero a costa de perder el país. Lleven razón unos u otros, el enemigo ni es Frente Amplio ni es Podemos, sino una derecha al que este debate contribuye a su llegada porque donde mejor pesca es en río revuelto.

La sombra de pucherazo que proclama la derecha

La política española asiste a la consolidación de un fenómeno tan inquietante como peligroso para la convivencia democrática: la siembra sistemática de dudas sobre el sistema electoral. Asistimos a una estrategia calculada de deslegitimación institucional bajo la sombra de la llamada Ley de Nietos (mecanismo amparado por la Ley de Memoria Democrática) y la insistente estigmatización del voto por correo.

Cuando el lider de la oposición agita el fantasma de «2,4 millones de nuevos votantes fabricados» por el Gobierno en el exterior, no estamos solo ante una discrepancia contable ni ante un lapsus en el debate parlamentario. Estamos ante una manipulación consciente de las magnitudes del censo. Esos 2,4 millones representan la totalidad del CERA (el censo histórico acumulado durante décadas de la emigración española), no el grupo de personas que han adquirido la nacionalidad mediante la legislación reciente, y que realmente, afectados por las disputas judiciales en torno a la instrucción de la ley, no superan los 163.000 ciudadanos.

Más allá de los datos, el fondo de la cuestión es muy grave: una parte sustancial de esos 163.000 nuevos españoles no solo obtuvo su condición conforme al marco legal y administrativo más riguroso, sino que ya ejercieron legalmente su derecho al voto en las elecciones generales de 2023 y en los comicios autonómicos posteriores. Pretender revisar o poner bajo la lupa la legitimidad de votos ya depositados y contabilizados vulnera de forma directa el principio básico de seguridad jurídica y amenaza con eliminar derechos políticos consolidados a miles de españoles. 

Resulta especialmente paradójico que esta cruzada provenga de las filas del Partido Popular. Quienes hoy denuncian «ingeniería censal» promovieron en el pasado, concretamente desde Galicia) la facilitación del sufragio de los emigrantes. La contradicción es evidente: cuando el voto exterior se percibía como un feudo sociológico conservador, su ampliación constituía un «acto de justicia histórica»; cuando la adquisición de la nacionalidad se vincula a la memoria del exilio y a la reparación democrática, pasa a etiquetarse como «pucherazo».

Esta táctica, sumada a la recurrente puesta en duda de la transparencia de Correos y de la Junta Electoral Central, busca construir un relato de “prevención”. Es anticiparnos antes del 29N la narrativa de la «elección robada»: si el resultado electoral favorece a la mayoría progresista, la victoria queda manchada por la sospecha; si favorece a la derecha, el sistema recuperará milagrosamente su pulcro funcionamiento.

El sistema electoral español es uno de los más garantistas y seguros del entorno europeo. Garantizar la salud democrática de nuestro país exige no ceder ni un milímetro ante el marco de las sospechas infundadas. Frente al ruido y las cifras abultadas, a las fuerzas progresistas nos corresponde una doble tarea: hacer pedagogía firme en defensa de nuestras instituciones y defender la memoria y la plena ciudadanía de quienes jamás debieron perder su vínculo con España.

lunes, 19 de octubre de 2026

Anatomía de un beso de Estado: Cuando amar es delito de alta traición.

Hay que reconocer que la derecha española tiene un talento casi poético para la histeria. Llevaban meses preparando la soga que colocarle al cuello, deshojando sumarios, incluso salivando ante la perspectiva de un presidente abatido. Veían  un Sánchez arrastrándose en soledad por los pasillos de La Moncloa. Ya tenían el marco perfecto y deseado: una esposa acusada, al hermano condenado, el derrumbe institucional. Y de repente, en mitad de un pabellón abarrotado de gente, Sánchez va y le da un beso a su mujer. Menudo atentado al Estado de derecho. Qué escándalo, dios mío. ¡Un político utilizando la puesta en escena en un mitin! Dónde vamos a llegar. 

Menos mal que tenemos a Feijóo y a Abascal para recordarnos cómo es el amor puro, abnegado y sin asesores de imagen. Es fascinante ver cómo a la derecha se le llena la boca con la «familia tradicional» hasta que la familia es la del rival; en ese preciso instante, la cónyuge deja de ser una persona para convertirse en una prueba de convicción y el afecto conyugal pasa a ser delito de alta traición al decoro patrio. La reacción en Génova y en los cuarteles generales de Vox no se ha hecho esperar, y ha sido digna de un sainete de tercera categoría. 

Y no ha sido solo en los cuarteles de los insignes dueños de la patria.  Inmediatamente, su nómina habitual de analistas de la autenticidad, sus expertos en lenguaje no verbal y sus fariseos de guardia, han salido en tromba a certificar lo obvio: el beso era falso. Puro diseño, algo fabricado en los laboratorios de Iván Redondo o de quienquiera que mueva hoy los hilos de la tramoya sanchista. Menudo drama para nuestra querida patria. 

Es de vergüenza su reacción. El problema real de este beso no es su grado de sinceridad (materia que solo debería importarles a los involucrados o, como mucho, a las revistas del corazón), sino el devastador efecto táctico que ha tenido. Con dos labios y tres segundos de abrazo, Sánchez cometió el mayor acto de provocación imaginable: arrebatarles el cadáver que ya llevaban al cementerio. En el guion redactado por la derecha judicial y mediática, a Begoña le tenían asignado el papel de fantasma incómodo, de sospechosa en la sombra, de losa sobre las espaldas del Partido. Que ahora la mujer aparezca sonriente, aclamada por las bases y besada por el líder no solo rompe el decorado previsto; les deja con la querella en la mano y cara de tontos.

Por eso se puede ver en redes y tertulias que la derecha está rabiosa. Porque no sabe qué hacer ante la política del afecto. Los partidos de la oposición manejan con maestría la indignación, el rencor, el agravio territorial, la ira preventiva. Son su hábitat natural. Pero ante una exhibición impúdica de alegría o de resistencia emocional, la maquinaria se les colapsa y solo atinan a escupir sarcasmo barato y bilis. Les resulta insoportable que, tras toneladas de portadas, filtraciones y comisiones de investigación, el resultado provisional sea un estallido de júbilo de sus militantes ante ese beso.

Así que hoy nos toca asistir al peritaje sentimental. Vemos a respetables tertulianos medir la presión del abrazo en newtons (unidad de fuerza) y analizar el ángulo del beso para demostrar que Sánchez no quiere a su esposa, sino a su sillón. Que sigan. Que sigan fiscalizando los besos mientras en La Moncloa toman nota. Al fin y al cabo, no hay nada que desespere más a un inquisidor que ver a la bruja bailando en la hoguera. Supongo que mientras Alberto y Santi  se cabrean, el "perro" habrá dicho: “Begoña, dame un beso y que vomite la derecha”. 

No son más ridículos porque no se entrenan.

Gracias por las felicitaciones

 Gracias a todas y todos los que me habéis hecho llegar vuestras felicitaciones por este setenta y un cumpleaños. En agradecimiento os dejo ...