martes, 10 de febrero de 2026

Cuando el ego pesa más que el socialismo


Felipe González ha afirmado que votaría en blanco si sigue Sánchez y ve peor pactar con Bildu que con Vox. Es su opinión de militante de base. Pero esas declaraciones merecen un comentario.

Un exsecretario general del PSOE que dice que votaría en blanco contra el candidato de su propio partido está enviando el mensaje de que prefiere debilitar al socialismo antes que aceptar que la militancia y el electorado han elegido otro rumbo. Eso, dicho desde un liderazgo histórico, no es “libertad de crítica”, es poner tu ego por encima del proyecto colectivo y dar munición gratis a la derecha y a la extrema derecha.

Equiparar o considerar “peor” a Bildu, que hoy es un partido legal que ha asumido el marco democrático, que a Vox, que niega la violencia machista, ataca derechos LGTBI, recorta libertades y cuestiona la propia arquitectura del Estado social, es, como poco, políticamente miope y moralmente muy discutible. Un socialista no puede blanquear a la extrema derecha mientras demoniza a fuerzas con las que se comparten objetivos sociales concretos en pensiones, vivienda o derechos laborales, aunque haya memorias dolorosas que nadie pide olvidar.

Felipe González habla de pactos “inaceptables” mientras arrastra una mochila muy pesada: GAL, privatizaciones, OTAN, renuncias programáticas y una socialdemocracia que se acercó demasiado a poderes económicos a los que hoy sigue muy próximo. Sin una autocrítica clara y honesta sobre todo eso, su autoridad moral para dar lecciones sobre con quién se puede pactar o quién encarna mejor el socialismo es muy limitada; por eso tanta gente siente que está destruyendo su propia figura histórica.

En la práctica, sus palabras sólo sirven para desmovilizar al votante socialista, fracturar más al partido y ofrecer un aval simbólico a quienes quieren echar al actual Gobierno por la vía de la crispación permanente. Un socialista de base puede criticar a Sánchez o a cualquier dirección, pero la línea roja debería ser no situarse objetivamente del lado de quienes quieren desmontar derechos, servicios públicos y memoria democrática; hoy González está demasiado cerca de esa línea, si no la ha cruzado ya.


Del respeto mal entendido

Hay una frase que se ha puesto de moda y que escuchamos con la misma frecuencia que el parte meteorológico en estos días: “Hay que respetar todas las ideas”. La podemos oír en em mercadillo de los Invasores de Albacete, las tertulias, en los bares y hasta en los plenos municipales, como si su contenido fuera una señal de buena educación. Pero no lo es, o al menos no siempre lo es. Porque hay ideas que no merecen respeto alguno, igual que no lo merecen las infecciones, las cucarachas o la calumnia.  

Vivimos tiempos de confusión, donde la palabra “democracia” sirve para justificar cualquier barbaridad y la palabra “libertad” se emplea como salvoconducto para el disparate. En Castilla La Mancha, donde la llaneza sigue siendo una de nuestras grandes virtud, cómo el sentido común, aunque cada día un bien más escaso, abundan últimamente los que hablan de democracia con la misma familiaridad con la que hablan del tiempo que va a hacer. Son los nuevos sacerdotes del respeto, que reclaman consideración para sus insultos, comprensión para su odio y espacio público para su ignorancia.  

La cosa sería cómica si no fuera porque esos adalides de la tolerancia solo creen en ella mientras están en minoría. En cuanto logran poder o les colocan delante un micrófono, su democracia se convierte en ordeno y mando. Entonces cierran las puertas, encienden los focos y exigen a los demás sumisión, pero siguen hablando de respeto, por supuesto, igual que un ladrón puede hablar de la propiedad privada.  

Uno asiste a este espectáculo con una mezcla de asombro y cansancio. En la plaza del pueblo, bajo las persianas a medio subir, el barullo de las noticias, y los discursos que se copian de las redes sin pasar por la cabeza, el ciudadano medio castellanomanchego (ese que aún piensa antes de opinar) se siente cada día más extranjero en su propia tierra. Y no porque le falten raíces ancladas al suelo, sino porque sobra ruido.  

El problema, supongo, no es de ideología sino de educación, entendida no como poseer títulos o carreras universitarios, sino como el esfuerzo de razonar, dudar y saber escuchar. Pero eso cansa, y en estos tiempos nadie quiere cansarse: mucho mejor dejarse llevar por el eslogan fácil, por el grito o por la consigna precocinada. Así se está consolidando una democracia hueca, de verbena, hecha de selfis, aplausos y víctimas voluntarias.  

Y mientras tanto, en los pueblos manchegos, donde la historia se mide en siglos y los inviernos en días de soledad, el eco de tanto rebuzno mediático resuena más de la cuenta. El campesino que madruga, la médico de guardia o el maestro de escuela ya no entienden bien qué significa eso de la libertad de expresión cuando lo que se expresa es solo odio, eso sí, revestido de opinión.  

Quizá este sea un buen momento para recuperar la cordura, esa palabra que ya resulta tan poco moderna. De recordar que la democracia no es un corral donde cualquiera puede lanzar estiércol al vecino en nombre de la libertad. La democracia es, o debería ser, un espacio exigente, donde las ideas se debaten y se confrontan, sí, pero con la condición de que quien hable haya al menos intentado pensar antes.  

Porque, y conviene repetirlo, sobre todo aquí, donde los molinos aún enseñan la diferencia entre lo que es viento y lo que se llama vendaval, no todas las ideas merecen respeto. Algunas solo merecen compasión, y otras, sencillamente, silencio, eso tan nuestro de “a palabras necias...”



lunes, 9 de febrero de 2026

Querido conciudadano que votas a la derecha o a la ultraderecha:

Querido conciudadano que votas a la derecha o a la ultraderecha:

Cuánta razón llevas, cuando afirmas que pagar impuestos es un robo. Nada de considerarlo un engorro, o una obligación cívica discutible. No señor, a las cosas por su nombre: un robo, así, en mayúsculas, algo que debería llevar tatuado en la frente medio país. 

Claro que lo que luego me chirría es tu actitud exigente. Porque no me cuadra que, de ese supuesto expolio al que nos someten exijas todo: desde una sanidad milagrosa, unos trenes supersónicos, unos ejércitos de emergencia y que los derechos sociales nos los otorguen mediante riego por aspersión. Entiende que me extrañe.

Porque tú eres un contribuyente moderno, un ingenioso hidalgo del siglo XXI que va en SUV, pero sueña con no pagar IVA; que quiere más UME disponible las 24 horas de los siete días a la semana, y a ser posible, con servicio de teletransporte incluido, y que cada cuartel disponga de un Harry Poters al servicio de tu tranquilidad personal.  Porque tú quieres que el incendio, la riada, la nevada y el apocalipsis zombi que estás seguro nos vendrá con la izquierda en el gobierno debe resolverse con un clic, con un helicóptero, con una columna de uniformados que salen de la nada, pero sin que nadie ose meter la mano en tu bolsillo de héroe fiscal auto-exento.

Llevas mucha razón cuando afirmas que la red ferroviaria debe ser mejor que la de Japón, por supuesto. Y, a ser posible, con trenes que lleguen antes de salir, que no se averíen nunca, que unan cada pueblo con cada aldea en menos tiempo del que tarda un tertuliano de AR en hablarnos de “libertad”.  Eso sí, “a precios de aquí”, que es la forma más castiza de querer el estándar nipón, sin cambiar tu mentalidad del “ya si eso que lo pague otro”.

En sanidad, el catálogo de tus deseos es aún más nítido: ¿qué tienes cáncer? me lo curáis no hoy, para ayer. ¿qué te duelen los cataplines? diagnóstico inmediato, resonancia al minuto, tratamiento de última generación, habitación individual, con vistas al mar o la montaña y psicólogo de guardia para que te ayude con el susto del miedo a la impotencia. Y que nadie mencione la palabra impuestos en la misma oración de tu diagnóstico, no vaya a ser que te produzca una reacción alérgica masiva en la piel de hijo de la patria.  Porque, por si nos queda alguna duda, ya sabemos que “pagar impuestos es un robo”.

En este teatro, mientras tanto, saltas de alegría declamando que ha vencido tu partido, que vuelve la España profunda, la España sin derechos, la España que niega el cambio climático, la violencia machista y, si se tercia, puede negar hasta la ley de la gravedad.  Esa España tan nuestra, la de “bienvenido, Mister Marshall”, la que agita la boina con indignación mientras sueña con una lluvia  de infraestructuras, subvenciones y milagros providenciales que caigan del cielo sin pasar por Hacienda.  A pesar de estar en el siglo XXI, estas convencido de que esa España es la feliz, que más que la boina hasta las cejas, debería tenerla intracraneal que es más difícil de quitarsela . 

Porque, confiésalo, a ti lo que te pone, es estar en contra de que suban los salarios y las pensiones. Que lo que te la deja “escuchimizá” es que la sanidad y la educación sean universales, porque tu prefieres que sean solo para quien pueda pagárselas. Y admite que no te la encuentras, en cuanto ves a esos   inmigrantes que no quieres, aunque tampoco quieres trabajar en los sectores donde ellos se dejan la espalda, como el campo, la hostelería, los cuidados, los trabajos invisibles que sostienen el andamiaje de tu vida diaria.

Tal vez lo que sueñas es un país que funcione como una gran urbanización de lujo sin gastos de comunidad. Un Estado que te salve de las inundaciones, de la enfermedad, del fuego y del vacío, pero que no te recuerde nunca que todo eso cuesta dinero. Quieres derechos absolutos, pero con obligaciones a la carta, solidaridad de ida, pero no de vuelta, servicios de primera, pero con una fiscalidad de saldo.

El problema es que la realidad no lee los eslóganes que el partido al que votas te ha metido en tu cabecita.  Los hospitales no se construyen con tu indignación ni tus insultos fruteros en redes sociales; ni los trenes corren más deprisa por la fuerza de vuestros tuits, ni la UME funciona movida por la fe en la magia del “yo ya pago bastante”, aunque te lo digan muchas veces Santi o Alberto que pagan más bien poco.  En este mundo donde vivimos la gente de carne y hueso, los derechos se financian, los servicios se sostienen, las pensiones se pagan, y detrás de cada quirófano, de cada colegio, de cada servicio de emergencias, hay impuestos.

Entonces, ¿qué es lo que quieres? ¿qué quiere esa tu inmejorable sociedad que grita contra los impuestos mientras exige servicios nórdicos con coste cañí?  ¿Qué quieres si reniegas del extranjero, pero no se te ve doblando el lomo en los invernaderos, ni limpiando habitaciones de hotel o levantando andamios a cuarenta grados?

Quizá el verdadero RIP que certifique óbito de España, sea la carencia de adultez política.  Esa capacidad que se le supone a las personas adultas, de mirar de frente la contradicción entre lo que exigimos y lo que estamos dispuestos a aportar.  Mientras sigas queriendo un país de lujo pagado con monedas de fantasía, seguirás atrapado en esta tragicomedia fiscal, leyendo cada día el fallecimiento apresurado de una nación que, pese a ti y a quienes votan lo que tú, continúa levantándose cada mañana, pagando facturas muy reales para sostener los sueños de quienes, cómo tú, insistís en que todo esto, en el fondo, es un robo.

El aprendizaje pendiente de las izquierdas

Las izquierdas a la izquierda del PSOE salen de Aragón con una certeza: su problema ya no es de siglas ni de liderazgos, sino de proyecto, utilidad percibida y relación con un electorado que oscila entre la abstención y el voto resignado al PSOE o a la derecha. Extremadura fue la excepción luminosa de un ciclo sombrío, pero su éxito se volvió un espejismo: una victoria parcial tomada como excusa para no cambiar nada de fondo.

En Extremadura, la unidad de Podemos e IU bajo Unidas por Extremadura rompió la depresión electoral y alcanzó el mejor resultado histórico del espacio alternativo, con siete escaños. La ausencia de Sumar y la claridad del liderazgo ofrecieron un relato reconocible y combativo en un contexto de desgaste socialista. Sin embargo, cada fuerza leyó el resultado según sus propios prejuicios: para Podemos, demostraba que “sin Sumar se puede”; para sectores de IU, que la coalición clásica aún servía; para Sumar, una anomalía irrepetible. Nadie quiso ver la lección central: cuando el mapa se simplifica, el liderazgo se aclara y el mensaje se ancla en problemas concretos del territorio, el electorado vuelve a mirar a la izquierda alternativa.

Aragón ha devuelto la realidad: el ciclo no sufre un bache, sino un colapso político-organizativo. El PP se consolida, Vox crece como socio inevitable, el PSOE cae y la izquierda alternativa queda reducida a presencia testimonial. La coalición IU–Movimiento Sumar conserva un escaño sin peso político, y Podemos–Alianza Verde desaparecen de las Cortes, confirmando su erosión territorial. El mapa a la izquierda del PSOE es ya un archipiélago de siglas sin horizonte común, en un territorio sin colchón nacionalista que compense la caída.

El primer aprendizaje es estratégico: la fragmentación no es solo división simbólica, sino pérdida matemática. Con PP y Vox fuertes, cada voto progresista desperdiciado en proyectos sin masa crítica se traduce en escaños conservadores, como se vio en Aragón y en el 28M.

El segundo aprendizaje es organizativo: el espacio a la izquierda del PSOE no puede estructurarse en guerras de aparato entre Sumar, Podemos e IU, disfrazadas de debates ideológicos. La ciudadanía percibe luchas por recursos y puestos, no por ideas. Mientras la confrontación interna domine, ese espacio parecerá más preocupado por sí mismo que por los problemas reales del país: precios, vivienda, sanidad, cuidados o precariedad en la España interior.

El tercer aprendizaje es discursivo: el antifascismo y la denuncia de la alianza PP-Vox son necesarios, pero insuficientes. Sin propuestas creíbles sobre empleo, renta, servicios públicos o modelo territorial, el lema de “frenar a la ultraderecha” suena vacío y compite con el del propio PSOE.

Pero también el PSOE tiene tarea pendiente: solo habrá espacio a su izquierda si deja de exigir lealtad por miedo. Lo ocurrido en Aragón —con un PSOE debilitado y sin alternativa sólida— demuestra que el socialismo territorial no puede confiar en el arrastre de Sánchez ni en la inercia del Gobierno central. Su socio natural no es un satélite disciplinado, sino un bloque plural con el que deberá negociar sin usar la ley electoral ni los calendarios como mecanismos de control. El “voto útil” puede servir una vez; la segunda, acelera la desafección y la abstención de quienes dejan de creer que el PSOE transformará algo sustancial.

De cara a los próximos comicios, la receta para la izquierda alternativa es clara: unidad funcional, no fusión forzada. Esto implica tres decisiones concretas: un solo espacio electoral por territorio, con primarias o acuerdos transparentes para definir liderazgos; un programa breve y centrado en tres o cuatro ejes materiales —empleo, servicios públicos, vivienda y equilibrio territorial— con objetivos verificables; y un pacto de no agresión que priorice explicar cómo mejorar la vida de la mayoría antes que la disputa por la pureza ideológica.

La izquierda no podrá recomponerse si el PSOE sigue viéndola como un problema a gestionar y no como parte de una mayoría social que requiere respeto y objetivos comunes. Si la izquierda en su conjunto —PSOE incluido— quiere que lo ocurrido en Aragón sea una advertencia y no un presagio, deberá hacer lo que no ha hecho desde 2019: hablar menos de sí misma y más del país que dice querer cambiar. Una pena que algunos quieran ser cabeza de ratón antes que asumir ser cola de león.


¿Dónde se ha quedado la autocrítica en el PSOE tras Aragón?


Tras unas elecciones, lo primero es admitir el resultado, que es objetivamente malo para el PSOE que ha igualado su peor suelo histórico en la comunidad, tras años siendo partido central del sistema aragonés. Perdonen que se lo diga, pero ese resultado no se corrige acusando solo al PP o a Vox.

Afirmando algo que no es cierto cómo que “estamos donde estábamos con Lambán”, es engañarse, porque entonces el PSOE lideró una alternativa de gobierno y hoy son una oposición debilitada frente a un giro estructural del mapa hacia la derecha. Para abordar un problema lo primero es llamar a las cosas por su nombre (descalabro, pérdida de centralidad y erosión de influencia territorial) pero que el discurso se centre en el “fracaso del PP” suena a consuelo autocomplaciente, aunque sea real. 

Mejor sería que entraran, para empezar, en una revisión de su  estrategia política general, porque no se aguanta una caída electoral solo con campaña y perfil de candidata, en lugar de revisar proyecto. Convertir a Vox en eje casi exclusivo del análisis electoral (“Feijóo es el pagafantas de Vox”, “no hay que dar de comer a los ultras”) es desplazar el foco del problema principal, y no explicar qué existen errores propios que han roto la conexión de ese partido con clases trabajadoras, jóvenes y periferias rurales. No vale cómo propuesta el miedo al adversario, que no moviliza por sí solo.

Bien harían en analizar la gestión y percepción de la acción de Gobierno, la pérdida de base social en Zaragoza y eje del Ebro, la fragmentación del espacio progresista, la desconexión organizativa del partido en Aragón. No es cuestión de hacer solo una “magnífica campaña” y de que tener la “mejor candidata posible”, sino de analizar si la estructura territorial, el estilo de liderazgo y las prioridades programáticas responden al Aragón de 2026.

Cualquier dirigente socialista honesto, podría y debería decir, que una autocrítica socialista madura no niega el peligro de la extrema derecha ni la responsabilidad del PP en su blanqueamiento, pero dejaría de usarlo como excusa y lo vincularía a sus obligaciones: ser útiles, ser creíbles y volver a representar a la mayoría social aragonesa que hoy, sencillamente, ha dejado de votarlos.

Puede que a algunos amigos no les guste este comentario, pero igual deberían considerarlo.


ANALISIS DE LOS RESULTADO DE ELECCIONES EN ARAGÓN


Los resultados de Aragón 2026 confirman que la crisis de la izquierda ya no es solo coyuntural, sino estructural. Lo ocurrido en Extremadura ha funcionado más como espejismo que como señal de recuperación. Aragón, en cambio, expone todos los síntomas de un ciclo descendente: fragmentación, desafección y agotamiento de un proyecto político que desde 2015 no ha conseguido redefinirse frente a un nuevo escenario social y político.

El dato más revelador no es solo la desaparición de Podemos, sino la imposibilidad de que la izquierda haya aprendido de sus fracasos previos. Las fuerzas progresistas han vuelto a presentarse divididas en una comunidad con un sistema electoral muy sensible a la dispersión, puesto que en estas elecciones hay un umbral del 3% repartido en tres circunscripciones.  

El resultado: más del 14% de votos entre IU–Sumar, Podemos y CHA, pero con una traducción parlamentaria mínima. Mientras, Vox, que ocupa ahora el espacio del voto protesta que hace una década fue de Podemos, obtiene 14 escaños, consolidando la inversión completa del ciclo político iniciado en 2015.

A m entender hay tres elementos que explican el declive de la izquierda aragonesa y de la española, en general:  

1-La izquierda estatal ha perdido conexión con el votante de clase media y trabajadora periférica, que hoy se siente menos representado por discursos abstractos o identitarios.  

2-Desgaste de gobierno: una década de políticas desde el poder sin renovación de relato ni de liderazgo.  

3-Falta de articulación territorial: el PSOE no logra movilizar a su electorado tradicional y las fuerzas a su izquierda no tienen implantación local sólida. En Aragón, esto ha sido fatal.

Chunta Aragonesista emerge como el único vector de resistencia real, duplicando representación. Esto reproduce un patrón que también observamos en Euskadi, Galicia o Baleares: las izquierdas con anclaje territorial y discurso propio resisten mejor que aquellas que dependen de dinámicas estatales. La Chunta ha sabido articular un relato aragonesista y de gestión cercana, muy distinto al de las izquierdas estatales que aparecen distantes y burocratizadas.

El problema de la izquierda no se resolverá solo con “unidad”. La cuestión central es recomponer un proyecto de sentido. Algunas líneas de ese proyecto podrían ser: 

-Reconstruir desde lo local, apoyándose en redes municipales y movimientos sociales; -Renovar liderazgos y estilos políticos, alejados de la lógica de confrontación interna; -Articular un relato social claro, que hable de empleo, vivienda, servicios públicos y transición ecológica, no solo de identidad; -Aceptar una pluralidad ordenada, donde IU, Sumar y Podemos puedan coexistir bajo un paraguas cooperativo, como ocurre en Portugal; -Recuperar la presencia territorial, especialmente en provincias intermedias y rurales, que son espacios hoy dominados por el PP y Vox.

A modo de resumen, la izquierda no ha fracasado en Aragón por falta de ideas, sino por falta de coherencia y proyecto compartido. Mientras el electorado perciba más división que esperanza, el péndulo seguirá favoreciendo a la derecha.

El mundo que nos está esperando


Ayer veía un documental de historia, en el que se mostraba al fascismo quemando los libros de una biblioteca. Hoy no le hace falta quemarlos, porque le basta con que nadie los lea. Las redes sociales para los más jóvenes y las grandes (o menos grandes) pantallas de televisor en los salones de las casas, son las encargadas de iluminar y volver ciegas muchas conciencias. En muchos casos por ambas vías, se  han ocupado los lugares que antes ocupaban las palabras. En estos tiempos, no solo respecto a ideología pero sobre todo en ella, no se piensa y todo se limita a deslizar el dedo. Cada vez es menor el número de españoles que reflexiona sobre los acontecimientos y su "por qué", y mayor el que solo consume.  

La tecnología, que nos dijeron que nacía para liberarnos de realizar mayores  esfuerzos, lo que realmente está consiguiendo es encadenarnos, someternos a una servidumbre invisible. Cuando las abascales, ayusos, tellados y demás hierbas, nos hablan de libertad, lo que están haciendo es un intento de convencernos (y muchos lo han creído), de que somos libres porque podemos elegir. Lo que pocos aprecian en esa estrategia es que  su elección, tienen que hacerla entre mil versiones de la misma mentira. Todo está diseñado para distraer, mientras la información se fragmenta, la verdad se diluye, y el ciudadano se siente acomodado en su propia jaula, acariciando la pantalla que dicta lo que debe sentir, temer o desear. Todo para que sea incapaz de apreciar que la jaula tiene barrotes.  

Basta una simple lectura a los comentarios de algunos artículos o muros para comprobar que más que el ruido de los mensajes grandilocuentes, lo que hay es un silencio que suena mucho más fuerte, es el de las conciencias adormecidas. A parte de mi generación la sometieron con alcohol y otras drogas químicas, ahora las drogas son digitales, y han conseguido que corran por las venas de una sociedad anestesiada. Encontrar en esos paramos del pensamiento lucidez, resulta hoy una rareza, una planta endémica, un animal vivo en peligro de extinción, pero, sobre todo, un lujo peligroso. Pensar hoy es un acto revolucionario y subversivo, y dudar de lo que nos cuentan los tertulianos o nos describen los titulares, es una enfermedad incurable.  

El sexo, que alguna vez fue un lenguaje del alma, se ha vuelto pornografía, y si no llega a eso, es mercancía empaquetada en alta definición. El objetivo es muy evidente: que las nuevas generaciones aprendan lo que es el deseo en sus fábricas del simulacro, donde los cuerpos se compran y se desechan al ritmo de los clics. Y en esa atmósfera, las mujeres, esos seres iguales a los varones a las que el mundo prometió liberar, las están reduciendo, salvo excepciones cada vez más raras, a fantasmas de silicona, no cómo las naturaleza las creo, sino moldeadas al capricho del mercado.  

Mientras eso acontece, allá arriba, en las grandes moles de cemento y vidrio donde habita el poder, los imperios continúan jugando su partida de siempre. Y nos preocupamos de lo interno, sin prestar atención a como los tres gigantes, Estados Unidos, Rusia, China, nos predican derechos humanos con la boca mientras los pisotean con la bota. Los humanos no les importamos en su lucha por el oro de este nuevo siglo (el litio, el silicio, el agua) y ya su tablero es el planeta entero. Da igual el lugar, Venezuela, África, Ucrania, Groenlandia, Irán, Cuba. Solo es ponerle nombres diferentes a lo que es un mismo incendio.  

Ya no se necesita ni declararlas no que estallen las guerras, ahora es suficiente con deslizar la idea, para ver cómo se filtran en forma de deuda, de sanción, de miedo. El terror se ha convertido en el idioma común, y el mundo en que vivimos es un campo de batalla permanente, una guerra sin cuartel, donde el ciudadano se ha acostumbrado a vivir entre sirenas y titulares. Quizás por eso ya nadie se muestra sobresaltado cuando  oímos que puede haber una guerra civil en ese país que nos dijeron que había inventado la libertad, ni que tres capitales con capacidad nuclear se miran con un odio contenido. El futuro parece que nunca llega porque se amasa en el presente. Y este presente, el que nos han vendido como progreso, cada vez se parece más a un ensayo general del gran desastre. 

Pero aún hay quienes se les resisten, quienes se atreven a pensar, a leer a escondidas, quienes prefieren apagar la pantalla para encender una idea. Tal vez ellos representan la esperanza. Esos pocos insomnes, puede que sean los que escriban el verdadero mundo que nos espera.

Cuando el ego pesa más que el socialismo

Felipe González ha afirmado que votaría en blanco si sigue Sánchez y ve peor pactar con Bildu que con Vox. Es su opinión de militante de bas...