miércoles, 18 de febrero de 2026

El bloqueo a Cuba: un crimen en silencio

Pocas causas reúnen tanta hipocresía global como la que sufre Cuba. Mientras en los foros internacionales se habla de derechos humanos y cooperación, el pueblo cubano sigue condenado a una escasez impuesta, metódica y calculada desde hace más de seis décadas. No es una metáfora ni una exageración retórica: el embargo económico, comercial y financiero de Estados Unidos constituye un castigo colectivo que bordea, como afirman los juristas de la ONU, la definición de crimen de lesa humanidad.

Se denuncia con dolor el hambre, la falta de medicamentos y las incubadoras apagadas. Este texto no es un panfleto, sino una exposición pública del daño estructural que padece toda una nación por decisión política ajena a sus fronteras. Desde 1962, el bloqueo ha evolucionado hasta convertirse en una red legal totalizadora. Hoy impide transacciones bancarias, prohíbe a terceros países comerciar libremente con La Habana y penaliza a empresas por realizar operaciones legítimas. En 2024, las pérdidas acumuladas superaban los 160.000 millones de dólares, según cifras de Naciones Unidas; cada año la Asamblea General vota, casi por unanimidad, por su fin, y cada año Washington ignora la resolución.

En el terreno humano, las consecuencias son brutales. Según el Ministerio de Salud Pública de Cuba, más del 80 % de los medicamentos esenciales requieren algún componente que debe importarse. Las sanciones estadounidenses impiden acceder incluso a fármacos de origen europeo si contienen patentes o materiales estadounidenses. Lo mismo ocurre con equipos hospitalarios, piezas de automoción o simples jeringas. En hospitales pediátricos y maternidades se han informado interrupciones en servicios por falta de combustible o repuestos: la política sancionadora llega hasta las incubadoras.

En el ámbito alimentario, la Oficina de Planificación de la ONU para el Desarrollo (PNUD) ha documentado que las restricciones financieras y de transporte encarecen hasta un 30 % el costo de los productos importados, afectando la disponibilidad de productos básicos. Se llama “medidas coercitivas unilaterales”, pero su resultado son abuelos sin tratamiento, madres en lista de espera, niños con hambre.

El mayor daño, sin embargo, no proviene sólo de Washington, sino del silencio de quienes, en nombre del pragmatismo o la “transición democrática”, callan ante la evidencia. El bloqueo no castiga a un gobierno: castiga a su pueblo y condiciona cualquier posibilidad de reforma estructural. Convertido en herramienta electoral en el Estado de Florida, el embargo sobrevive por cálculo político y prejuicio ideológico, no por eficacia ni justicia.

Mientras tanto, los mismos países que sancionan a Cuba aceptan relaciones plenas con estados donde los derechos civiles son mucho más restringidos. ¿Qué explica esa incoherencia? Tal vez que Cuba, con todos sus errores, simboliza todavía la idea intolerable de que un pequeño país puede sostener su soberanía frente al vecino más poderoso del planeta.

Los cubanos no quieren caridad, quieren que los dejen vivir en su isla; es una más de todas las sociedades que sufren sanciones como forma de guerra. Cada generación repite la misma pregunta que resume esta tragedia: ¿qué legitimidad tiene una democracia que, en nombre de la libertad, impone hambre a los pueblos que disienten de su modelo?

Terminarlo sería un gesto mínimo de coherencia para un mundo que dice defender la dignidad humana, pero que la somete cada día.


martes, 17 de febrero de 2026

Felipe González

Sigues hablando de Bildu como si España no hubiera cambiado en treinta años. Como si el tiempo se hubiera detenido en aquella foto en blanco y negro donde tú eras el héroe de la modernización y los demás vivíamos en el error o en el pecado de la duda. Pero el país ya no está en los ochenta, Felipe. Aunque a veces dé la impresión de que tú sí te quedaste en esos años.

Bildu no es ningún accidente de nuestra democracia. Tampoco una trampa.  Muy al contrario, es el resultado de un proceso político que costó sangre, sudor, lágrimas, rupturas internas y valentía. También de muchos socialistas, los primeros vascos, pero también de otros de muchos rincones de España, que apostamos juntos por cerrar el ciclo de las armas y abrir el de las palabras. Esa transición parece que la hicieron otros, no tú. Y la mayoría de ellos la pagaron muy cara.

Hace más de una década que ETA se disolvió y que la izquierda abertzale renunció sin ambigüedad a la violencia. Nadie en Bildu ha ensalzado el terrorismo desde entonces. Y, sin embargo, ahí sigues tú, mirando por el retrovisor, repitiendo las consignas de la derecha, desempolvando aquel discurso de que “con Bildu no se puede”, como si la política fuera un museo donde los viejos líderes os dedicáis a señalar errores ajenos en vez de asumir tus propias sombras.

Lo irónico es que tú, que tanto hablas de memoria, pareces sufrir de una muy selectiva. Hace años que existe una renuncia explícita al terrorismo, y nadie en Bildu ha vuelto a justificarlo ni a glorificarlo. Negarlo no es firmeza moral, es ceguera deliberada. Porque fue tu propio partido, aquel PSOE que tú dirigiste durante trece años, el que participó en los esfuerzos por la paz, el que ayudó a empujar a la izquierda abertzale hacia la política y no hacia las armas. Hoy esos mismos compañeros te están viendo negar el fruto de esa apuesta colectiva solo para marcar distancias y conservar un absurdo púlpito mediático.

Felipe, el tiempo de las trincheras ya pasó. La convivencia no se construye con desdén ni nostalgia, sino con política. Y política, en democracia, significa hablar con todos los que respetan sus reglas, también con quienes antes callaban a tiros. Si no puedes entender eso, quizás el problema no sea Bildu. Quizás el que se haya quedado congelado en el pasado seas tú.

¡Ah! Y si has decidido no votar a tu partido y votar en blanco, hazlo, que el voto siempre fue libre, gracias entre otros a un tal Felipe, al que hoy ya es difícil reconocer en tí.

Silencio después del portazo.


Silencio después del portazo.
Éramos tan diferentes, que pensar en que entre nosotros pudiera surgir alguna llama, siempre lo creí imposible, y pensar en que aquello tendría futuro, era para mí una entelequia. Lo supe desde el primer día, aunque me empeñé en ignorarlo. Ella hablaba con esa tibieza del sol en invierno, y yo, en cambio, estaba lleno de certezas, tantas que a veces se me caían de los bolsillos Una de ellas era que el amor bastaba para arreglarlo todo. Me equivocaba, porque solo amar, nunca es suficiente, nunca basta.
Recuerdo la tarde en que las promesas que nos hicimos parecían eternas. Veo aquel bar de pareces marrones, con olor a café y con la lluvia de otoño nublando las ventanas. Me prometió que aquel amor seguiría siempre, y yo la creí con una la misma fe con la que un niño cree en los magos. Estábamos convencidos que las promesas podrían fortalecerse con el tiempo. Qué necios fuimos, nos equivocamos.
Porque desde el principio no me resultaba fácil entenderla. Decir si a algunos de sus planteamientos me hacía sentirme raro, como si cada una de tus palabras pudiera romper algo en mi interior. Entenderla era aceptar que estabas lejos incluso cuando sonreía a mi lado. Empezaba a escuchar silencios resignados. Hoy miro alrededor y todo aquello parece detenido en un pasado, como si el aire hubiera decidido marcharse y mantenerlo suspendido.
Al marcharse, el ruido más fuerte no fue el portazo, sino el silencio de después. Creí que iba a llorar, pero me di cuenta de que ni siquiera tenía lágrimas. Solo me quedé ahí, sentado (o de pie, no lo sé), intentando acostumbrarme a esa nueva forma del vacío. No la culpo. Nadie nos enseña qué hacer con lo que se rompe. Nos entrenan para la catástrofe, no para el dolor por goteo. Pero lo nuestro se fue filtrando, poco a poco, hasta dejar solo esta humedad de recuerdos.
Lo que mata el amor es la inercia, y resistir cuando el amor se ha ido, mientras se finge que todavía queda algo pendiente, es inercia. Y entonces siempre llega el infierno por el miedo a reconocer lo que ya no somos, y mantener una esperanza en algo que no existe. Luego la soledad se convierte en un hábito, y eso nubla las mirada de la memoria. Y el miedo vuelve, aunque nadie grita. En las verdaderas despedidas solo se escuchan murmullos, y a veces se oye el chasquido de algo que se rompe dentro. El amor ,cuando duele, deja de ser algo de dos juntos y se convierte en dos en sus respectivas trincheras.
Y sin embargo, a veces la recuerdo, no por nostalgia, sino porque hubo cosas que nunca aclaramos y esas siempre se quedan a vivir en las grietas de la vida. Me refugie para olvidar en nuevos proyectos, en nueva gente. Pero cada vez que el cielo se apaga un poco, vuelven a mi mente los reproches mezclados con ternura. A veces el amor se nos escapa por las heridas, sin avisar, sin señalar culpables, sin posibilidad de curación.
Lo nuestro fue un error, aunque lo imaginábamos milagroso. Creíamos que amar era suficiente, pero el miedo devoró todo. Hoy el aire pesa un poco más. Pero, aun así, cuando cierro los ojos, sigo viendo su silueta cómo cruza detrás de la niebla en el cristal en la ventana de aquel bar. El adiós era la única forma de no seguir haciéndonos daño. Dicen que el amor no se acaba, que solo se transforma. Yo no sé si es cierto, pero me consuela pensarlo.
No le guardo rencor. Tampoco la idolatro. Es solo el recuerdo de algo que mereció ser verdad, aunque no al final no lo fuera. No sé si ella leerá esto. Tampoco sé si quiero que lo haga. Pero hay cosas que no se dicen para ser escuchadas, sino para no seguir callándolas.

Hasta cuando es soportable el ruido

¿Habrá servido para algo el acto institucional, presidido por los reyes, para conmemorar la Constitución de 1978? Sinceramente creo que no. El espíritu de consenso constitucional se quedó atrás. Nadie en el Congreso parece escuchar realmente lo que el rival político le dice. Las palabras han dejado de ser puentes para convertirse en piedras y el discurso en un apedreamiento. La derecha y la ultraderecha, una con su tono de falsa moderación, y la segunda con su voz de trueno, parecen disputarse quién es capaz de tensar más la cuerda del desprecio. Ellas no hablan de políticas, ni de sanidad, ni de vivienda, ni de los jóvenes que se marchan ni de los viejos que esperan. Hablan de “ellos” y de “nosotros”. De “ellos corruptos” y “nosotros los patriotas”.

Detrás de cada frase solo se percibe acidez: la sospecha sin pruebas, la injuria elevada a estrategia, el odio disfrazado de convicción moral. Y lo más triste no es escuchar a los lideres, sino ver cómo tantos aplaudían desde las gradas, convencidos de que destruir al adversario era ganar, aunque quien pierda sea el pueblo. No entienden, o no quieren entender, que cuando se siembra desprecio contra media España, es el propio país el que se pudre por dentro. Que cada vez que llaman “cómplice” o “traidor” al vecino que vota distinto, hacen más difícil esa convivencia que tanto dicen defender.

España no necesita mártires del insulto ni profetas del miedo. Necesita líderes que recuerden lo esencial: gobernar es servir, y oponerse es ofrecer alternativa, no incendiar la casa común. Porque cuando se olvida la dignidad del otro, cuando la política se convierte en venganza y la discrepancia en delito, el ruido sustituye a la palabra y la mentira se sienta en el escaño. Y entonces, de tanto gritar, acabamos no oyendo la parte humana inherente a la política.

¿qué desgracia debe ocurrir para que dejen de sembrar odio?

Pues no. don Felipe VI, el acto institucional para conmemorar la Constitución de 1978 no ha servido para hacer país.

Los momentos terroríficos de lucidez.

Aquella tarde de domingo que les visité, la casa olía a sopa caliente y a fotos antiguas. En la radio que había en su despacho junto a montones de carpetas con papeles, sonaba una canción que hablaba de una mujer que se deshilachaba por dentro, y Nuria, sin saber por qué, bajó el volumen justo cuando el estribillo pronunciaba un nombre que no era el suyo, pero podría haber sido. Juan estaba en la cocina, peleándose con un puñado de perejil como si estuviera realizando una operación a corazón abierto.

-Si sigues triturándolo así, va a pedir el alta voluntaria, 

dijo Nuria, en tono de broma desde el quicio de la puerta de la cocina. Él levantó la vista, y sonrió con ese gesto torpe que llevaba años gesticulando solo para ella.  

-Es que quiero impresionarte, mujer. No todos los días se cumplen cincuenta y dos años desde la primera vez que me dijiste que no.  

La memoria compartida entre los dos estaba hecha de negativas que acababan en síes, de billetes de tren perdidos, de habitaciones de hotel y de mudanzas con cajas numeradas, pero que algunas luego nunca abrían. Habían aprendido a vivir con poco, incluso menos que poco: les sobraba con la certeza de que el otro seguía ahí al despertar. Eso era más que suficiente.  

La primera vez que Nuria notó algo raro fue una tontería, como casi todo lo importante. Volvían del supermercado y él, que siempre se adelantaba para abrirle el portal, se quedó quieto en la acera, mirando el edificio como si fuera la casa de otro.  

-¿En qué piso vivimos?, preguntó, con una risa que intentó sonar ligera.  

Nuria pensó en un despiste.  

-En el cuarto, Juan, donde siempre. ¿Qué pasa, te has mudado sin avisarme?  

Él asintió, fingiendo una broma:  

-Es que hay días que mi cabeza se da una vuelta sola.  

El comentario se quedó flotando en el pasillo de la casa, pegado a las paredes como si se tratara de humedad. Pasaron semanas. Luego meses. Pequeños olvidos: las llaves en la nevera, la olla guardada en el armario junto a los abrigos, un recibo de la luz guardado en la funda de la guitarra que, desde que su hijo se fue a Irlanda, ya nadie tocaba. Nuria fue barriendo todos esos olvidos, uno a uno, con la escoba de la costumbre. Hasta que le fue inevitable y empezó a tropezar con ellos.  

Una noche, mientras veían fotos antiguas, Juan señaló una imagen donde se les veía jóvenes, apoyados en la barandilla de un barco que cruzaba el puerto. Ella llevaba un vestido rojo que él siempre recordaba como si fuera de alta costura.  

-Mira qué guapa, dijo. 

-¿Cómo se llamaba esa muchacha?  

Nuria se rio, creyendo que estaba de broma.  

-Se llama igual que la pesada que te recuerda cada día que te tomes las pastillas.  

Juan frunció el ceño, esforzándose.  

-No, en serio, ¿cómo se llamaba? Me acuerdo del vestido, de ese viento en la cara, de que me dije “ahora la beso o me arrepiento toda la vida”… pero el nombre se me escapa.  

El silencio que siguió fue distinto a todos los silencios que habían compartido antes. No era la pausa cómoda de dos que se conocen, era un corte, una costura que se rompía. Nuria sintió, por primera vez, un frío nuevo: no el miedo a perderlo, sino el miedo a que él la perdiera a ella.  

Los médicos pusieron nombre a aquello con la precisión de quien escribe una receta: enfermedad de Alzheimer, inicio insidioso, deterioro progresivo. Palabras de manual para una vida que no cabía en ninguna guía clínica. Nuria escuchó, tomó notas, preguntó, como si el conocimiento pudiera servirle de escudo. Sabía demasiado y eso a veces dolía más.  

Al principio, Juan se reía de su propia confusión.  

-Mi cabeza es un cajón revuelto, decía. Pero tú estás en la primera fila, no te vas a caer.  

Y durante un tiempo fue verdad. Se equivocaba de día de la semana, mezclaba nombres, llamaba “miércoles” a los lunes, pero a Nuria la seguía encontrando incluso a oscuras, solo con la mano extendida en mitad de la noche.  

Luego llegaron los días raros. Esos en los que Juan se despertaba inquieto, preguntando si su madre había bajado ya a comprar el pan, aunque llevaba veinte años muerta. Esos en los que buscaba un libro que nunca habían tenido, o se empeñaba en ir a un trabajo que dejó hacía décadas. Nuria aprendió a acompañarlo en esos viajes sin corregirle demasiado, a no arrancarle las pocas certezas que le quedaban, aunque fueran de otro tiempo.  

-¿Te acuerdas de cuando íbamos en avión a Bruselas a ver a la niña? le preguntó una tarde, mientras él miraba por la ventana, siguiendo con la vista una nube que parecía no moverse.  

Juan tardó en responder.  

-Me acuerdo del avión, dijo despacio. Me acuerdo de estar sentado y pensar “hoy la vuelvo a ver”. Pero el aeropuerto… y tu cara… es como si alguien hubiera desenfocado la foto.  

-Da igual, respondió Nuria, forzando una sonrisa. Yo me acuerdo por los dos.  

Hubo, sin embargo, otros días luminosos, momentos afilados en los que la niebla se abría de golpe. Eran sus particulares terribles momentos de lucidez, como había leído una vez en un artículo sobre una abuela con Alzheimer.  Esos instantes en los que Juan parecía volver entero, no solo en partes.

Ocurrió una tarde de invierno, mientras ella lo ayudaba a abotonarse la camisa. Sus manos temblaban, pero no por la enfermedad.  

-Nuria 

Y el modo en que pronunció su nombre la obligó a mirarle a los ojos, 

-Hay algo que quiero pedirte.  

-Lo que quieras.  

-Cuando ya no sepa quién eres, cuando te llame de otro modo, no me lo tengas en cuenta. Tú sigue viniendo. Haz como si yo supiera que eres tú, aunque no lo sepa.  

Nuria tragó saliva y afirmó  

-Eso no va a pasar.  

-Sabes que sí, respondió él, sin dulzuras. 

-Yo ya lo estoy viendo venir desde dentro, como si alguien apagara las luces una por una. A veces las vuelven a encender de golpe y veo todo claro, y me asusto. No por mí. Por ti.  

Ese día, cuando se quedó dormido en el sillón mientras veía la televisión, ella se sentó frente a él y lo miró largo rato. Intentó grabarse en la memoria todos sus gestos: la forma en que torcía la boca al respirar, la arruga marcada entre las cejas, la pequeña cicatriz junto a la oreja que antes le gustaba besar. Se dijo que, pasara lo que pasara, lo sostendría hasta el final. Aunque fuera ella quien tuviera que recordar por los dos.  

El deterioro fue avanzando con la crueldad implacable de un calendario que pasa de hoja incluso cuando nadie lo mira. Había días en los que Juan estaba casi ausente, sentado en la butaca, siguiendo con los ojos algo que solo él veía. Otros en los que volvía al salón un poco y le preguntaba, como quien despierta de un sueño raro:  

-Estamos casados, ¿verdad?  

-Desde hace cincuenta y dos años, contestaba Nuria.  

-Pues ya has tenido paciencia, 

bromeaba él, y por un momento eran los mismos que se habían reído del perejil en la cocina.  

Una mañana, en el centro de día al que empezó a asistir, llamaron a Nuria porque Juan estaba muy agitado. Llegó con el corazón en la garganta. Lo encontró en un pasillo, enfadado con su propio reflejo en un cristal.  

-¿Quién es esa mujer? preguntaba, señalando la nada. La que dice que soy su marido.  

Ella se le acercó despacio, como se acerca uno a un animal herido.  

-Soy yo, Juan.  

Él la miró, desconcertado. Algo en sus ojos destelleó, como una bombilla a punto de fundirse.  

-No. Tú eres… tú eres…  

Se quedó en blanco. Entonces, de un rincón remoto de su mente, llegó una chispa:  

-Tú eres la que siempre se ríe cuando lloro.  

Nuria sintió que se rompía por dentro.  

-Sí. Esa misma.  

A partir de entonces, dejó de insistir en su nombre. Le bastaba con que, de vez en cuando, él la reconociera por la forma de sujetarle la mano, por la manera de cabezonería y testarudez de colocarle la bufanda, por el modo en que le contaba por décima vez la historia del avión y del vestido rojo. Su identidad ya no le cabía en una sola palabra. Era todo lo vivido.  

En una de esas tardes en las que el tiempo parecía detenido, se sentaron juntos frente a la ventana de la casa a la que se mudaron para estar más cerca del aeropuerto al que llegaban sus hijos. Afuera, el mundo seguía su marcha: niños que salían del colegio, una señora que se peleaba por plegar un carrito, un perro que se negaba a cruzar la calle. Dentro de él, el reloj marcaba la hora sin prisa.  

-¿Sabes qué es lo peor? susurró Juan, sin apartar la mirada del vidrio.  

Nuria esperó.  

-Que hay una parte de mí que se da cuenta de lo que estoy perdiendo. Es como si viera mis propios recuerdos irse andando en fila india. A veces quiero llamarlos por su nombre, pero no me salen las palabras.  

-Yo los llamo por ti. No los pierdes, se vienen conmigo.  

Pasó el tiempo. Las preguntas de Juan se hicieron más simples: ¿ya es de día?, ¿he comido?, ¿te vas a ir? A veces confundía a las enfermeras con sus tías, dejaba que lo afeitaran como un niño obediente, se dejaba llevar por pasillos que ya no sabía si eran suyos. Nuria acudía cada día, puntual, con una rutina que era su forma de resistencia: le hablaba de los hijos, de los veranos en la playa, del tren que casi pierden aquella vez que regresaban a Albacete, del avión y del vestido rojo.  

Una tarde de otoño, mientras le leía en voz alta un poema que siempre le había gustado, notó que él la miraba de una manera distinta, fija, intensa.  

-¿Qué pasa? Preguntó Nuria bajando el libro.  

Juan abrió la boca, dudó, y al final dijo:  

-Es… curioso.  

-¿Qué?  

-No sé quién eres. Pero cuando estás aquí, tengo menos miedo.  

Nuria sintió que esa frase le atravesaba el pecho como una espada. Se inclinó, le besó la frente, y le respondió:  

-Con eso basta.  

En sus últimos meses, Juan vivió en una especie de orilla. A un lado, el mundo real; al otro, un lugar borroso al que Nuria no podía seguirlo. Allí veía a sus padres jóvenes, a amigos muertos, a un muchacho que era él mismo a los veinte años, dispuesto a subir por primera vez a un avió con una maleta ridícula y demasiados sueños.

La última vez que abrió los ojos con claridad fue una mañana fría. La habitación de la residencia olía a desinfectante y a mandarinas, porque Nuria siempre llevaba algunas en el bolso para pelarlas ahí, llenando el aire de olor a casa. Él la miró como si la viera de lejos, a través de muchos inviernos.  

-Perdona, dijo, con una voz que venía de muy atrás. 

-A veces… a veces pienso que te he olvidado.  

Ella le tomó la mano, cada vez más delgada, y le susurró  

-No pasa nada. Para eso estoy, para acordarme de ti.  

Juan cerró los ojos, y una media sonrisa se le dibujó en la cara.  

-Entonces estoy salvado.  

Cuando él se fue, la casa quedó llena de pequeñas trampas de memoria: la camisa que nunca terminó de abotonarse, el ordenador apagado en una esquina, las miles de anotaciones a bolígrafo que solo él y ella entendían. Había días en los que Nuria sentía que era ella la que empezaba a olvidar, no porque su mente fallara, sino porque su dolor buscaba cualquier agujero donde esconderse.  

Sin embargo, bastaba con que sonara en la radio una canción sobre una mujer que seguía esperando en el muelle de San Blas para que todo volviera de golpe: la cocina, el perejil, el avión, el vestido rojo, el miedo, la ternura obstinada con la que le sostuvo la mano hasta el final.

Entonces Nuria comprendía que el amor, a veces, es eso, seguir diciendo el nombre del otro en voz alta incluso cuando él ya no lo reconoce. Convertirse en la memoria que se queda, cuando la que se va no puede hacer otra cosa que irse.

Las mejillas de Clara

La conocí una tarde de invierno, tenía que complementar una parte de mi trabajo y  buscaba información en la biblioteca del hospital. Mientras releía páginas en el Harrison y repasaba historiales con la resignación de saber que aquello eran datos ajenos a mi paciente, y sin esperanza de hallar una solución a su problema que se había empeorado de manera progresiva en los últimos días, ella entró buscando un libro de anatomía, un ejemplar de esos que alguien nunca llega a devolver. Tenía esa calma que no se impone, que hace que no se mueva el aire, pero elevó el tono con la bibliotecaria al ver la imposibilidad de encontrar el texto que buscaba. 

Dejé mi mesa y me acerqué al mostrador de la entrada a entregar el texto que había consultado. Al escucharla hablar del libro de anatomía que ella solicitaba, intervine. 

-Yo tengo ese texto, no es de la biblioteca, sino mío, pero puedo prestártelo. 

-Pues te lo agradecería, porque lo necesito para un examen. Respondió.

Hablamos unos minutos. Algunas coincidencias menores, un autor, el cansancio… y  quedamos al día siguiente en que pasaría por mi consulta a recoger el texto. Así lo hizo, y desde entonces, sin entender cómo, su voz se quedó alojada en mis pensamientos.

En los días siguientes la veía cruzar los pasillos, siempre con prisa, siempre riendo con otros estudiantes. Yo me decía que era solo una fascinación pasajera, un impulso que me había provocado la rutina de la consulta; pero cada vez que ella pasaba cerca, sentía que el entorno se disolvía. Nos saludábamos y hablábamos, pero las conversaciones perdían palabras. Los relojes pasaban más despacio cuando se acercaba la hora en la que sabía que si salía de mi consulta podríamos coincidir. Con el paso de las semanas su nombre se volvió una constante en mi interior, era como una oración que brotaba sin que yo la invocase.

Cuando por fin empezamos a hablar de verdad, descubrí que su vida era todo aquello que yo más temía: abierta, inestable, llena de holas y de despedidas. Me miraba con ternura, pero desde lejos; como quien intuye un peligro en caso de acercarse demasiado. Yo, en cambio, me aferraba a cada uno de sus gestos, a cada silencio caminando a su lado a la salida del hospital, bajo las luces y envueltos en el frío de la avenida. Ella me hablaba de viajes que había planificado y de cosas que le habían resultado imposibles, y yo fingía entenderla, aunque por dentro solo pensaba en de qué manera podría retenerla un poco más de tiempo.

Una noche al despedirnos me besó, apenas un instante,  un roce breve, pero suficiente para que todo se quedara suspendido en el aire. Desde entonces, no puedo evitar en momentos de soledad volver a ese momento. Se había anclado en mi respiración, en mis sueños interrumpidos, en esa parte del pensamiento donde las cosas no se pueden nombrar sin que al hacerlo te desarmes.

Pasaron más semanas, y aquel amor, que había nacido sin permiso, empezó a doler. Ella aprobó el MIR y sabía que no se quedaría en la ciudad; yo lo intuía, pero fingía no querer verlo. Hasta que una mañana me encontré sobre la mesa de mi consulta una nota con su letra: “Me han dado una plaza en Salamanca. No puedo quedarme. Gracias por recordarme que aún puedo sentir algo.” No hubo escenas de despedida, ni lágrimas. Solo un vacío que dolió más que cualquier despedida. 

Ese día comprendí que amar también consiste en aprender a perder. El tiempo siguió su curso, con cambios de destino, turnos, otras manos, otros nombres en mi vida, pero Clara permaneció en esa zona dormida de mi memoria, donde yo la conservaba, sin dolor, sin rencor. 

Hasta que, años después, una tarde cualquiera, tras un congreso regresaba en tren, y la encontré en una estación. No la reconocí de inmediato: llevaba el cabello más corto y la serenidad en ella que recordaba era distinta. Nos miramos, y algo en su sonrisa recuperó, por un segundo, aquel largo invierno que había quedado suspendido.

-¿Cómo estás?, preguntó con timidez y cierta complicidad.

Le respondí algo simple, breve, casi torpe. La invité a un café y hablamos unos minutos, sobre el trabajo, los años, la vida. Todo era algo natural, pero mentiría si no dijera que bajo la superficie de normalidad, latía una ternura callada, una deuda emocional ya saldada. Antes de irse, me tocó el brazo, apenas un gesto y dijo:

-Fue bonito. Que te vaya bien.

Nos dimos dos besos de despedida. Mis labios volvieron a rozar sus mejillas, ahora frías del aire del andén. La vi alejarse hasta que su figura se volvió parte del gentío que se agolpaba para tomar el tren. Y aunque supe que esa sería la última vez, no sentí tristeza. Solo gratitud. 

Ese día Clara dejó de ser un pensamiento doloroso para volverse parte de lo que me hizo humano: uno de esos recuerdos que, de tanto dolernos, acaban enseñándonos a amar mejor.

Cuando el ajuste mata: la infancia abandonada de la política argentina.

Algunos argentinos residentes en España hablan de las bondades para su país que son resultado de la política de Milei. Pocos han decidido retornar a su país pese a esas logros que afirman. Pero hay otros asuntos en cuyo análisis es imposible encontrar aspectos positivos, quizás es que los desconocen o no le otorgan la importancia que tienen para los ciudadanos de a pie.

Lo cierto es que en Argentina las estadísticas hablan un idioma que, si se escucha, cualquiera entiende: cuando sube la mortalidad infantil, algo muy serio se ha roto mucho antes que los números. Por primera vez en unos veinte años, esa curva que venía bajando casi en silencio empezó a subir, justo cuando el Estado decidió retirarse del mapa sanitario y tratar la salud pública como un gasto prescindible y no como la línea roja que separa la vida de la muerte en los primeros meses de existencia.  

Durante dos décadas, Argentina fue limando, décima a décima, la mortalidad infantil hasta llevarla a mínimos históricos, un esfuerzo materializado en controles prenatales, redes de neonatología, programas perinatales, y trabajo territorial con las comunidades más pobres. No eran grandes gestos de marketing político, sino la suma paciente de decisiones técnicas y presupuesto estable. Allí donde el Estado llegaba con vacunas, leche, controles y camas de UCI neonatal, la mortalidad bajaba; donde no llegaba, la biología no perdonaba.  

La novedad de estos últimos meses no es solo que la tasa haya aumentado, sino que lo haga en el contexto de un programa político que reivindica el “sálvese quien pueda” como doctrina económica y moral. No es un accidente estadístico, es un síntoma. Cuando el gobierno convierte el ajuste en un fin en sí mismo, los bebés empiezan a pagar la factura antes que nadie. No votan, no hacen huelga, no paran carreteras. Simplemente dejan de sobrevivir su primer año de vida.  

Los recortes no se limitan a un aspecto, van más allá y se concretan en el desguace de programas que estaban diseñados, precisamente, para hacer la diferencia entre la vida y la muerte entre los más frágiles. El programa de Sueño Seguro, que entregaba cunas para reducir el riesgo de muerte súbita en contextos precarios, se ha reducido o directamente paralizado en muchos territorios. El Programa Nacional de Cardiopatías Congénitas, que organizaba la detección temprana y la derivación para cirugía de bebés con malformaciones cardíacas, ha sido vaciado hasta quedar casi en figura decorativa. Lo mismo ocurre con estrategias contra el embarazo adolescente no deseado, como el plan ENIA, desmantelado pese a haber demostrado que prevenir embarazos no es una cuestión de moralina, sino de oportunidades y derechos.  

Hay una lógica que se repite: todo lo que exige presencia activa del Estado, coordinación entre niveles de gobierno, trabajo social y sanitario de proximidad, se considera “gasto”. Frente a esa lógica, la mortalidad infantil no tarda en verse afectada. Si se recortan equipos, se despide personal, se frenan compras de suministros críticos, se ralentizan derivaciones y se abandonan campañas de prevención, el resultado no puede ser otro que menos bebés con vida en el segundo cumpleaños. La estadística solo certifica lo que las familias de las villas, de los barrios pobres urbanos y de los pueblos del interior ven antes que nadie.  

El discurso oficial promete que, donde se retira el Estado, florecerá la libertad de elegir: elegir médicos, clínicas, seguros, servicios “eficientes”. Pero la biografía de un recién nacido pobre no se parece a ese catálogo estatal de opciones. La madre que camina kilómetros porque su centro de salud se quedó sin personal, la ambulancia que no llega porque ya no está o porque no tiene combustible, la ecografía que se pospone, la cama de neonatología que no existe en el hospital de referencia. Ése es el verdadero “mercado” que se encuentran quienes dependen del sistema público.  

La mortalidad infantil es desigual, al concentrarse en las provincias más pobres, en los barrios donde el agua potable sigue siendo un lujo y la vivienda una precariedad permanente. Cuando el Estado se desentiende de coordinar, financiar y sostener una red mínima de garantías, lo que se consolida no es un país más eficiente, sino un mapa de supervivencia por código postal. El ajuste sanitario es, en la práctica, un nuevo mecanismo de selección social: sobreviven más los que pueden pagar un sanatorio, una cesárea programada, un neonatólogo privado; se mueren antes los que dependen de una guardia saturada y de un hospital público en fase de desguace.  

A menudo se presenta la mortalidad infantil como un dato frío en un cuadro estadístico: 8, 8,5 por mil, una décima arriba o abajo. Pero detrás de cada decimal hay decenas de historias familiares truncadas y un mensaje político claro: este país ha decidido, de hecho, cuánta vida infantil está dispuesto a sacrificar para cuadrar sus cuentas. Cuando después de veinte años de descenso la curva se da vuelta justo en el momento en que se recortan presupuestos, se cierran programas y se precariza al personal sanitario, ya no estamos ante una coincidencia trágica, sino ante una coincidencia incómoda.  

Lo que no aparece en los titulares de la prensa (el consultorio que cierra, la enfermera despedida, el área de vacunas no dotada) reaparece condensado en los indicadores sanitarios que pasan a ser una forma de denuncia. Cada aumento en la mortalidad infantil es una acusación contra quienes reducen el Estado a algo que les estorba y que consideran la política social como un privilegio injustificado. Así, lo que llaman “desregulación”, “orden fiscal” o “libertad de mercado” se traduce, en la incubadora que falta, en menos respiradores y en menos manos para sostener la vida que acaba de  empezar.  

Toda reforma económica tiene consecuencias, pero hay fronteras que una sociedad mínimamente decente no debería cruzar: que los bebés vuelvan a morir más que antes. El Estado puede discutir cómo se organiza, como gestiona, qué grado de descentralización y de participación privada permite. Lo que no puede hacer, es retirarse justo de donde su ausencia se mide en nacimientos, en semanas de gestación, en saturación de oxígeno.  Milei está eludiendo esa responsabilidad histórica.

La mortalidad infantil que crece no es un “daño colateral” del ajuste, es su rostro más brutal. En Argentina se ha cruzado una línea. La pregunta, ahora, es cuánto tardará la sociedad en entender que la discusión no va de números rojos o verdes en el presupuesto, sino de algo tan elemental como cuántos de sus hijos tendrán derecho a poder crecer.

Al final, lo que está pasando en Argentina no es un exotismo latinoamericano, sino un espejo incómodo para los partidarios de las políticas de Milei. Igual esto debería leerse desde España en una sola frase: cuando aceptas sin ruido que se recorten, troceen y privaticen tus servicios públicos, no estás discutiendo de gestión o de ideologías, estás decidiendo, quién llegará vivo a su primer año y quién no. Por muchas medallas que le otorguen a Milei esto cuestiona su ideologia.


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