sábado, 17 de octubre de 2026

La izquierda: fragmentación, táctica y la responsabilidad para el votante


Volvemos a tropezar con la misma piedra de la división. La izquierda posee un talento quirúrgico para convertir la suma en resta. El reciente y frustrado intento de configurar un espacio unitario total que integrase a la práctica totalidad de las fuerzas progresistas, federalistas y ecologistas bajo una misma hoja de ruta ha dejado un sabor agridulce. Por un lado, se ha logrado un hito de gran calado al aglutinar a más de una decena de siglas de ámbito estatal y territorial (como Sumar, IU, Más Madrid, los Comunes, Compromís o CHA) y cerrar un pacto estratégico con el PSOE para presentar listas únicas al Senado que frene la mayoría absoluta del PP. Por otro lado, la exclusión final de Podemos y su estrategia de concurrencia separada, o integrada en formaciones soberanistas como ERC en Cataluña, abre un escenario de extrema complejidad para el electorado progresista. 

Desde una izquierda que quiere ser transformadora, no podemos mirar hacia otro lado ante este panorama. Nos encontramos ante un fracaso colectivo en la gestión de la pluralidad que trasciende las meras siglas y golpea directamente la línea de flotación de la ilusión militante.

Para el votante de izquierdas, este desenlace genera una disonancia emocional insoportable. Por un lado, la consolidación del bloque del Frente Amplio y su alianza táctica para la Cámara Alta demuestran madurez institucional y la comprensión de que, frente a la amenaza reaccionaria, la coordinación es una obligación democrática. Sin embargo, ver que los aparatos políticos son incapaces de tejer acuerdos en los grandes centros urbanos, allí donde precisamente se ventilan los escaños decisivos, devuelve a la ciudadanía la peor pesadilla de las facturas orgánicas y los vetos cruzados. 

Cualquier votante de izquierdas no busca una uniformidad ideológica estricta; entiende y valora la diversidad de sensibilidades que componen el espacio progresista. Lo que no comprende, ni tolera, es que se antepongan los intereses de partido o las tácticas de supervivencia orgánica a las urgencias sociales de la clase trabajadora. Eso es lo que ha sucedido. La ruptura no es solo un problema estético o discursivo; es una amenaza material en escaños. En un sistema electoral como el español, caracterizado por circunscripciones donde la ley D'Hondt castiga severamente la fragmentación, ir separados en plazas clave como Madrid o Barcelona no es un ejercicio de audacia, sino un riesgo suicida.

Los precedentes están ahí: en 2023, la horquilla de votos que decidió el último escaño en provincias decisivas se midió por un puñado papeletas. Fragmentar el voto a la izquierda del PSOE en los grandes núcleos urbanos equivale a regalar diputados a la derecha por la vía de los restos. La división penaliza el rendimiento electoral y debilita la capacidad de influencia real en las instituciones.

Ante este tablero, el peso de la responsabilidad recae, una vez más, sobre los hombros del elector. A falta de la altura de miras que las direcciones políticas no han sabido demostrar en su totalidad, los votantes se verán impelidos a ejercer un ejercicio de pragmatismo defensivo. Muchos acudirán a las urnas el próximo 29 de noviembre no desde la euforia movilizadora, sino desde la trinchera del voto útil y la conciencia de lo que está en juego. 

Ocurra lo que tenga que pasar el 29 N, la izquierda necesita con urgencia una profunda catarsis tras este proceso. Es imperativo superar el narcisismo de las pequeñas diferencias y entender que la hegemonía no se conquista desde la atalaya de la pureza sectaria, sino desde la capacidad de seducir a la mayoría social. Hasta que los partidos a la izquierda del socialismo institucional comprendan que la unidad no es un lema de campaña, sino una condición de supervivencia política, el votante seguirá cargando sobre sus espaldas el peso de enmendar los errores de sus dirigentes.

Agonía hasta medianoche

Hoy, a las 23:59 horas, expira el plazo legal para registrar las coaliciones electorales de cara a los comicios generales del próximo 29 de noviembre. Apenas quedan unas horas de margen y, mientras el reloj avanza hacia la medianoche. Se proyecta un retrato desolador: el de una izquierda enredada en vetos cruzados, tacticismos de baja intensidad y disputas por cuotas de poder. 

Como alguien comprometido con la transformación social y el bloque de progreso, contemplo las noticias de esta semana no solo con frustración, sino con indignación política. Lo que estamos presenciando en la antesala de este cierre de filas no es un sano debate de ideas ni una reafirmación de principios; es una irresponsabilidad histórica.

Y eso que, a lo largo de los últimos días, los titulares han tratado de vendernos como "avances" lo que en realidad son parches aislados. Se celebra la firma del acuerdo en Canarias o entendimientos autonómicos en Aragón. Sin embargo, la realidad de fondo es inapelable: la dirección estatal de la izquierda alternativa se dirige con el pie en el acelerador hacia la fractura en plazas clave como Madrid y Cataluña. Belarra y Maíllo han protagonizado un cruce de reproches a contrarreloj. Frente a los intentos de Podemos por cerrar acuerdos "a la carta" en diez comunidades obviando la estructura del Frente Amplio, la respuesta de IU y Sumar ha sido frenar en seco lo que a todas luces es trocear por oportunismo el espacio. No lo expongo así por equidistante, sino porque como dicen en mi tierra “entre todos la mataron y ella sola se murió”.

Mientras tanto, figuras públicas se apresuran a recordar en los medios que "esto va de parar al fascismo y no de contar escaños". Pero cuando la hora de la verdad exige ceder puestos en las listas y compartir espacios de decisión, la retórica antifascista se diluye en la contabilidad partidista de despacho. Y es innegable que por una parte ha habido más disposición a renunciar al puesto que por otra

Las trabas que impiden cerrar un acuerdo unitario antes de las 24:00 horas no responden a diferencias ideológicas insalvables entre el programa social de Podemos y el del Frente Amplio, sino a varios  problemas estructurales en las cúpulas directivas, de los que señalo algunos, que pueden ser solo fruto de mi visión y no los reales de fondo.

El sistema de representación provincial en España no perdona a la izquierda dividida. Acudir a las urnas el 29-N divididos en múltiples papeletas en provincias de tamaño medio no equivale a "dar voz a la pluralidad": equivale a hundirse por debajo del umbral del escaño y regalar los restos electorales directamente al bloque del PP y Vox. Ignorar la matemática de la circunscripción provincial a escasas horas del límite legal es desertar de la responsabilidad política.

Existe una peligrosa confusión entre preservar la identidad y encerrarse en la irrelevancia. En sectores de la dirección de Podemos se ha equiparado la transacción política con la capitulación, prefiriendo la trinchera del "voto puro" a la integración en un frente común. Puede que, del mismo modo, desde Frente Amplio no se haya sabido exponer que no se trata de una lógica de absorción, La negociación de estos pactos no se puede abordar mediante el intercambio de ultimátums a través de la prensa a 24 horas del cierre del registro electoral. La incapacidad para construir espacios de diálogo estables durante los meses previos demuestra que los responsables no han estado suficientemente preocupados por construir un proyecto solvente con vocación de gobierno.

Presumir de acuerdos en unas islas o en una comunidad mientras las grandes urbes, que son las que determinan las mayorías del Congreso, van divididas refleja una visión fragmentada del Estado. El electorado de izquierdas exige certezas; un rompecabezas incoherente donde las alianzas cambian según la provincia solo genera desconcierto y desmovilización en las urnas.

Y como decía, a las doce de la noche de hoy se apagará la luz del registro electoral. Si las cúpulas partidistas no aprovechan estas últimas horas para dar un golpe de timón y aparcar la disputa por las siglas, el diagnóstico para el 29-N será tan claro como amargo: la abstención por desencanto y la fragmentación sociológica abrirán de par en par la puerta de la gobernabilidad a la derecha y a la extrema derecha.

La clase trabajadora no pedía una fe ciega ni un amor idílico entre todos los partidos, sino la madurez táctica indispensable para defender las conquistas sociales que la derecha y ultraderecha ya anuncian que van a recortar. Si el reloj marca la medianoche sin acuerdo, los dirigentes de la izquierda alternativa no podrán culpar al electorado, porque la responsabilidad de la derrota será íntegra y exclusivamente suya.

Monarquía, memoria y la brecha franquista en el relato oficial

A veces la política no solo se ejerce en el plano legislativo u orgánico; sobre todo, es llamativa en el plano simbólico. Toda estructura de poder necesita liturgias que refuercen su legitimidad y su jerarquía. La reciente visita de los reyes a Ceuta y Melilla, acompañada de vítores, estética patriótica y baños de masas, funciona como un recordatorio de cómo la puesta en escena institucional busca invisibilizar las contradicciones profundas de nuestro sistema político. 

La monarquía en España arrastra un problema de legitimidad de origen y de desempeño. Como bien señala la memoria histórica, la institución monárquica restaurada no surgió de un proceso constituyente soberano e independiente, sino de un pacto de continuidad ligado al régimen franquista. Los baños de masas y el fervor patriótico en plazas abarrotadas no son una novedad. Personalmente me  evocan la misma ingeniería de consenso de masas que durante décadas utilizó la dictadura, donde a la población civil nos convertían en un mero atrezo de bandera y sumisión ante el paso de las autoridades. Sin embargo, el problema central no es solo lo que la liturgia muestra, sino lo que oculta de forma deliberada.

Me centraré en Ceuta. Existe una Ceuta de barrios marginales, de "gente sin banderas", golpeada por la desigualdad estructural, la exclusión socioeconómica y el abandono institucional. Existe una frontera militarizada donde las vulneraciones de derechos hacia las personas migrantes son sistemáticamente ignoradas. Existen miembros de nuestro ejército cuyas frases avergüenzan a cualquiera. Pero la Jefatura del Estado elige dar la espalda a esa realidad. Al obviar la desigualdad y las violencias que ocurren en las periferias de la ciudad autónoma, la Monarquía demuestra que su función pacificadora y unificadora es ciencia ficción: no representa al conjunto de la ciudadanía, sino a una determinada concepción nacional excluyente y conservadora. 

A esto se suma un fenómeno cada vez más evidente: la creciente politización e instrumentalización de la figura real. La Constitución atribuye al monarca un papel de arbitrio y neutralidad, pero en la práctica observamos una paulatina deriva hacia un perfil ideologizado que conecta con los discursos más reaccionarios del nacionalismo español. El rey no acude a reconvenir las injusticias ni a fiscalizar la violencia institucional en las calles; acude a validar un relato de adhesión incondicional. 

Para los residuos del franquismo que siguieron vivos durante la Transición y lo siguen estando hoy, las banderas flameando en las plazas saben que impiden ver las deficiencias del sistema. Pero la democracia no se mide por la cantidad de fervor patriótico que un jefe de Estado no electo pueda convocar, sino por la garantía de los derechos de los sectores más vulnerables. Mientras la institución monárquica siga prefiriendo la puesta en escena de la adhesión incondicional frente al compromiso con los derechos humanos y la justicia social, seguirá siendo un anacronismo al servicio de las élites y un constante recordatorio de las sombras de nuestro pasado.

Crónica de una desconexión anunciada

La política de izquierdas vive momentos de profunda perplejidad cuando las expectativas de confluencia se estrellan contra la cruda realidad de los aparatos orgánicos. El reciente y sorprendente pacto en Cataluña entre Rufián e Irene Montero, lejos de escenificar el ansiado paso hacia un Frente Amplio unitario, ha funcionado como dinamita sobre los puentes tendidos durante meses. Nos lo vestirán como quieran, pero lo cierto y verdad es que las bases progresistas asisten atónitas a un espectáculo donde el tacticismo y las cuentas de partido parecen pesar infinitamente más que la imperiosa urgencia de frenar a la extrema derecha. 

Durante meses se vendió a la ciudadanía que la situación actual exigía una generosidad inédita, que respetara en cada circunscripción a quienes tuvieran mayor capacidad de arrastre. Sin embargo, la teoría de la épica democrática ha chocado con la cruda necesidad de tragarse sapos y lidiar con odios y recelos mutuos entre formaciones que parecen más cómodas disputándose parcelas de poder que construyendo un bloque histórico. El resultado colateral de este entendimiento bilateral ha sido debilitar a espacios como los Comuns, que venían de superar electoralmente a ERC en 2023, resquebrajando la confianza desde la línea de salida. 

Este divorcio entre la dirigencia política y la calle se refleja de manera descarnada en el estado de ánimo de la militancia y de los votantes, tal y como evidencian las reacciones airadas en los foros de debate y la opinión pública. La ciudadanía progresista acumula un cansancio crónico ante el espectáculo del ego, las siglas cerradas y los cálculos de despacho. Entre el electorado se extiende peligrosamente la tesis de que ciertas formaciones, como Podemos, parecen posicionarse cómodamente para un rol de oposición a corto plazo, aprovechando la inercia de la confrontación sin asumir las responsabilidades directas de la gobernabilidad, o de que los liderazgos periféricos priorizan sus propias dinámicas orgánicas frente al bien común.

El coste de esta inoperancia es demoledor para el conjunto del espacio a la izquierda del PSOE. Ante la incapacidad de articular una candidatura unitaria sólida y reconocible, el votante de izquierdas se encuentra abocado a una disyuntiva trágica: o bien experimenta una profunda desafección que le conduce directamente a la abstención, o bien opta por refugiarse en el PSOE "con la nariz tapada" para evitar que el bloque reaccionario asuma el poder por la vía de la incomparecencia del resto de actores.

La lección que arroja este escenario es de una gravedad incuestionable. La izquierda a la izquierda del Partido Socialista no puede seguir exigiendo un cheque en blanco a una ciudadanía que ya ha madurado democráticamente. Si los partidos son incapaces de entender que la unidad es una herramienta de emancipación y no un mercado de fichajes y sillones, el veredicto de las urnas no tardará en pasarles una factura inapelable. Las formaciones progresistas corren el grave riesgo de descubrir que, de tanto juego a de tronos en los despachos, lo único que habrán logrado es vaciar de esperanza el futuro de las clases trabajadoras.

Por qué la derecha no pierde a los suyos

Existe un desconcierto recurrente en las filas progresistas cada vez que la derecha gana unas elecciones anunciando recortes en los servicios públicos, desregulaciones laborales o ajustes que impactan en las condiciones de vida de sus propios votantes. La pregunta, formulada desde la perplejidad, suele ser ¿por qué no dejan de votarles si les están diciendo a la cara que van a machacar su futuro?

La respuesta sencilla es que la política nunca ha sido una hoja de cálculo. La respuesta pensada exige mirar más allá del mito de la elección racional y asumir que la derecha ha entendido la naturaleza humana y la hegemonía cultural mucho mejor que sus detractores.

En primer lugar, el voto hoy no se emite con la calculadora en la mano, sino con la bandera de la identidad en el pecho. En un contexto de polarización afectiva extrema, el acto de votar es, ante todo, una declaración de pertenencia comunitaria. Aun reconociendo que el programa económico del líder propio perjudica el bienestar personal y le genera una disonancia cognitiva destructiva. Para ese votante, resulta infinitamente más tolerable asimilar un sacrificio económico o justificar una promesa dura que darle la razón al adversario. Antes la austeridad que la claudicación cultural.

En segundo lugar, opera lo que Gramsci denominó hegemonía cultural, convertida hoy en el “sentido común” neoliberal. Durante décadas se ha inoculado con éxito la idea de que la prosperidad es un asunto estrictamente individual y meritocrático. Bajo este prisma, los recortes en lo público no se perciben como el desmantelamiento del futuro colectivo, sino como la eliminación de trabas para que el individuo “salga adelante por sí mismo”. La narrativa del “no hay alternativa” y del “no se puede gastar lo que no se tiene” transforma la merma de derechos en una especie de doloroso “mal necesario”.

A esto se suman los miedos. La derecha política y mediática posee una habilidad extraordinaria para desplazar el eje del conflicto social. Cuando el debate público abandona el eje vertical (arriba contra abajo, capital contra trabajo) y se traslada al eje horizontal (nosotros contra ellos), la prioridad del elector cambia. La amenaza al futuro ya no es el recorte en la sanidad o en las pensiones, sino la inmigración, el ataque a la tradición o la supuesta descomposición de la patria. El voto se convierte así en un escudo defensivo frente a un pánico cultural amplificado a conveniencia.

Tampoco conviene obviar la dimensión del voto aspiracional. Gran parte de las clases medias y trabajadoras que apoyan proyectos conservadores no votan según la realidad de su nómina actual, sino en función del estatus al que aspiran. Identificarse con la narrativa del éxito, el emprendimiento y la propiedad privada resulta psicológicamente más estimulante que reconocerse como parte de un colectivo vulnerable que necesita la protección del Estado.

Por último, hay una responsabilidad ineludible en el espejo de enfrente. El votante de derechas no se mueve de sitio porque la alternativa progresista a menudo adolece de falta de credibilidad o se pierde en batallas discursivas alejadas del suelo material. Cuando la izquierda no logra transformar de forma tangible la vida cotidiana de la gente cuando gobierna, el discurso de la derecha, por duro o amenazante que suene, ofrece una apariencia de orden, certidumbre y pragmatismo frente a lo que perciben como incoherencia o utopía estéril.

El elector de derechas no es un sujeto engañado ni carente de luces. Vota en defensa de una visión del mundo, de un estilo de vida y de una comunidad de pertenencia. Mientras la izquierda siga asumiendo que la gente vota exclusivamente por su interés material inmediato, seguirá sin entender por qué la derecha no pierde a los suyos ni siquiera cuando les avisa de que se acerca la tormenta. 


lunes, 5 de octubre de 2026

¿Huelga general? ¿y si el maximalismo reactiva a la derecha?

La política de izquierdas vive atrapada en una paradoja recurrente: confundir la pureza del instrumento con la eficacia del resultado. Ante el bloqueo de decretos sociales, la tentación de convocar una huelga general surge como una respuesta casi de experimento de  Pavlov en el repertorio de la protesta. 

Una huelga general es la paralización masiva y coordinada del trabajo usada como la máxima herramienta de presión y autodefensa de la clase trabajadora. Se convoca principalmente contra el gobierno y el Estado para frenar recortes, reformas laborales regresivas o privatizaciones; contra la patronal y el gran capital para combatir la precarización, la pérdida de poder adquisitivo y el reparto desigual de la riqueza; contra el sistema económico para visibilizar que, sin el trabajo productivo y reproductivo, la sociedad y el capital no pueden funcionar.

Sin embargo, cuando el presidente del Gobierno ya ha disuelto las Cortes, convocado elecciones y expresado su compromiso de tramitar esos mismos decretos en la Diputación Permanente del Congreso, solo quedaría como motivo para la convocatoria que esta se realice contra el sistema económico en general. Pero si Creo que no es el momento de una huelga general, será un arma de doble filo si son las derechas quienes capitalizan la huelga, este mecanismo de la huelga deja de ser un motor de avance para convertirse en una bomba de racimo en la propia trinchera de la izquierda.

En la práctica la huelga general no es una performance ni un desahogo moral; es un acto de fuerza con un objetivo legislativo o de correlación de poderes concreto. Exigir la aprobación de decretos a un Parlamento disuelto es un brindis al sol. Cuando no hay margen de maniobra parlamentaria inmediata, la presión sindical pierde su anclaje táctico y se queda en un gesto. Otra cosa es si los decretos no se aprueban en la Diputación Permanente o alguno de sus miembros plantea rechazarlos.

El verdadero riesgo de una Huelga General, sin embargo, no es la ineficacia, sino la transferencia de iniciativa estratégica al adversario. En vísperas electorales, una huelga contra un Gobierno que intenta mantener vivas las medidas sociales desplaza el eje del debate: de la colisión entre el bloque de derechos y el bloque de recortes, se pasa al choque entre el «caos laboral» y la «gobernabilidad». La derecha mediática y política no necesitará construir argumentos si la izquierda le sirve en bandeja de plata la imagen de una sociedad bloqueada e hiperregulada. Para el electorado indeciso, el mensaje no será la defensa para alcanzar unas conquistas obreras, sino la irresponsabilidad de quien desestabiliza el país justo antes de votar. Piénsenlo y verán que mi teoría no es descabellada.

No se trata de defender la pasividad ni de firmar cheques en blanco al Ejecutivo saliente. Se trata de entender en qué tablero nos estamos jugando la partida. La energía y el descontento popular no deben diluirse en una huelga desprovista de objeto legislativo, sino canalizarse en movilizaciones sectoriales, campañas pedagógicas sobre el impacto de lo que se pierde si la derecha llega al poder y una exigencia de compromiso a las candidaturas que se califiquen de progresistas.

La huelga general es el arma más contundente de la clase trabajadora. Guardarla en la recámara para plantar cara a un eventual Ejecutivo de derechas o para exigir el cumplimiento estricto del programa en la próxima legislatura no es resignación; es inteligencia táctica. Utilizarla ahora sería dispararnos en el propio pie mientras la derecha contempla la escena con su papeleta en la mano. 

Creo que los sindicatos de clase han hecho bien con no fijar una fecha para su celebración, al fin y al cabo, en política, marcar los tiempos tiene más importancia de la que muchas veces le atribuimos. 


Votar como respuesta al bloqueo: las urnas, la desmemoria de la derecha y la paranoia defensiva

La convocatoria de elecciones generales para el próximo 29 de noviembre, anunciada este lunes tras el colapso parlamentario de los decretos-ley sobre vivienda, no es solo una salida constitucional obligada; es una decisión de alta política democrática. La iniciativa de disolver las Cortes no responde al pánico ni a la improvisación, sino a un principio irrenunciable: cuando un parlamento queda atenazado por la pinza entre el bloque reaccionario y los intereses del conservadurismo periférico, la soberanía debe retornar inmediatamente a su único dueño legítimo, el pueblo.

La caída en el Congreso de las medidas destinadas a frenar la especulación inmobiliaria y proteger el acceso a la vivienda demostró los límites infranqueables del actual marco parlamentario. Frente a la parálisis institucional a la que la oposición pretendía someter al Ejecutivo de coalición, acudir a las urnas permite clarificar mayorías. La convocatoria nos sitúa ante la necesidad de responder a una pregunta nítida: ¿debe el Estado intervenir para garantizar derechos sociales fundamentales o debemos entregar el mercado a las leyes de la desregulación más feroz?

Sin embargo, el espectáculo político y mediático desatado tras el anuncio de las 9 horas esta mañana deja al descubierto una paradoja tan sangrante como sintomática. Resulta casi cómico repasar la hemeroteca y escuchar la marejada de reproches proveniente de las filas de la derecha y de la extrema derecha. Durante casi tres años, la oposición parlamentaria y su entorno mediático han repetido de forma machacona una sola consigna: "elecciones ya". Han calificado al Gobierno de ilegítimo, han tachado la legislatura de "secuestro" y han exigido semanas tras semana que se pusieran las urnas para, en sus palabras, "devolver la voz a los españoles".

Y, sin embargo, el día que finalmente se aprieta el botón de la disolución de las Cortes, el discurso conservador sufre un cortocircuito fulminante. En cuestión de minutos, los mismos que clamaban por votar han inundado las redes sociales y los platós de televisión con acusaciones de "interés partidista", "estrategia de trinchera" e incluso las ya habituales e irresponsables insinuaciones de "pucherazo".

¿A qué responde esta repentina desmemoria y este pánico escénico? La explicación reside en que la derecha no quería urnas; quería un lento y agónico desgaste del Gobierno. Su hoja de ruta pasaba por asfixiar legislativamente al bloque progresista, bloqueando cada avance social en materia tributaria, laboral o inmobiliaria, para llegar a elecciones por extenuación.

Al convocar elecciones anticipadas, la izquierda arrebata el tempo político y desbarata esa estrategia de desgaste. Coloca a la oposición en un escenario de campaña no planificado donde ya no vale el mero grito de protesta, sino que hay que presentar un programa alternativo. Es ahí donde emergen las fisuras: cuando el votante de clases medias y trabajadoras constate que el bloqueo a la vivienda tenía como único fin proteger las rentas de los grandes tenedores, la movilización progresista, históricamente determinante cuando el electorado de izquierdas percibe un riesgo real para sus derechos, se convierte en una fuerza demoledora.

El recurso a las teorías del fraude y a la sospecha permanente sobre los procesos democráticos no es más que el síntoma de una derecha que teme al propio veredicto popular que decía anhelar. Denunciar un "interés de la izquierda" por el simple hecho de ejercer la prerrogativa constitucional de convocar comicios revela una concepción patrimonial del Estado: para la reacción, solo son legítimas las elecciones cuando las convocan ellos o cuando las encuestas les garantizan la victoria.

Lejos de la parálisis o el repliegue, la izquierda afronta el 29-N con una oportunidad histórica de cohesión. Es el momento de rearmar el bloque social, de trascender la dinámica defensiva y de ofrecer un contrato renovado con las mayorías sociales. Frente al ruido en redes y los fantasmas del "pucherazo", la mejor respuesta de la democracia progresista es llenar las urnas de votos y dignidad ciudadana. 

Sobre adoquines, cuentas de la vieja y otras melancolías

Servidor, que, aunque carece de pelo, ya peina canas, ha presenciado en su vida suficientes revoluciones de salón como para saber que la historia rara vez se repite con el mismo vestuario y en el mismo escenario. No estamos, desde luego, ni en el Mayo francés de los eslóganes poéticos ni en nuestra añorada Transición de chaquetas de pana. Lo que vemos estos días en las plazas son acampadas de una generación que ha descubierto, con notable perplejidad, que la dignidad se ha convertido en un artículo en peligro de extinción. 

Mientras tanto, nuestros lideres de la derecha más granados miran hacia otro lado cuando se les pregunta por los estragos de Gaza o la penuria urbana, prefiriendo la comodidad de sus neurosis burguesas antes que contaminarse con el sufrimiento de lo cotidiano, tan poco estético frente a la grandilocuencia del discurso político de guardarropa. 

Sucede que la vida ordinaria se ha vuelto un asunto extravagante. El coste de los alquileres ha alcanzado altitudes propias de la aeronáutica y los desahucios continúan expulsando tanto a los jóvenes de veinte años como a los respetables ciudadanos que sobrepasan la cincuentena, empujándolos a todos a una cohabitación forzosa. Entre el capitalismo especulativo y la inquebrantable inacción de los distintos gobiernos, la vivienda se ha transformado en un bien inalcanzable, mientras la cesta de la compra y el transporte reducen la jornada diaria a pura gimnasia de subsistencia donde el ocio básico resulta un lujo. 

No es de extrañar, por tanto, que la falta de perspectiva de futuro y la asfixia económica se hayan traducido en una severa crisis de salud mental e incluso en el silencioso drama del suicidio juvenil, ante el cual la sociedad acostumbra a  responder con una indiferencia tan elegante como dañina. Se nos decía que la juventud progresista se había evaporado; la realidad es que simplemente estaba hibernando, agazapada y resistiendo en silencio, hasta que el hartazgo la ha vuelto a llevar a ocupar las calles y plazas. 

A este panorama hay que sumar el espectáculo de la política institucional. La no derogación de la Ley Mordaza, el paulatino retraso en la edad de jubilación y el estrepitoso gatillazo de las reformas sociales prometidas nos muestran a un PSOE que sigue irremediablemente atrapado en las «medias tintas», supeditado a los dictados de los poderes económicos y trágicamente desconectado de la memoria histórica real. 

Para colmo de males, el debate público navega en el océano de las plataformas digitales, cuyos algoritmos favorecen el contenido reaccionario y la polarización fútil, fabricando una imagen distorsionada del mundo, favorecida su manipulación por una cultura comercial y unos medios de información, cuyos creadores evitan con pulcritud cualquier crítica explícita no vaya a ser que un destello de compromiso les prive de la financiación de su Comunidad Autónoma  o del galardón de turno. 

Sin embargo, algo parece haber cambiado en el aire. Frente a aquel simpático pero caótico asamblearismo del 15M de 2011, la protesta que hoy se asienta en la Puerta del Sol se revela mucho más organizada, consciente y serenamente harta. Cuando la paciencia social agota sus reservas, la retórica hueca deja de surtir efecto y la ciudadanía comprende que es hora de recuperar la dignidad colectiva y el combate político en la calle. 

Veremos en qué termina esta nueva función, pero conviene recordar a los gobernantes que el pueblo, cuando se decide a salir con la manta a la plaza, rara vez lo hace solo para pasar la tarde. Y a tí conviene recordarte dos proverbios, uno chino y uno ruso: Si te caes siete veces, levántate ocho (Proverbio chino); ¡Caer está permitido. Levantarse es obligatorio!.(Proverbio ruso).

NO SE PUEDE ARREGLAR NADA SINO SE DICE LA VERDAD

¿Se podría haber hecho más en materia de vivienda por parte del Gobierno? Seguro que sí. Pero eso no hace que sea cierta la afirmación de la derecha de “no se ha hecho nada en vivienda en los últimos ocho años”.

2019 (Reforma del alquiler): Ampliación de la duración mínima de los contratos a 5 años (particulares) y 7 años (empresas), limitando las garantías requeridas.

2020 (Pandemia): Suspensión de desahucios a hogares vulnerables, prórrogas de contratos, moratorias y ayudas al alquiler (medidas prorrogadas en años posteriores).

2021 (Plan de Vivienda): Anuncio del Plan de Vivienda en Alquiler Asequible con el objetivo de 100.000 viviendas e inicio de la negociación de la Ley de Vivienda.

2022 (Proyecto de Ley y tope al alquiler): Entrada del proyecto normativo (zonas tensionadas, parque público, vivienda protegida) y limitación temporal de la actualización anual del alquiler al 2%.

2023 (Aprobación de la Ley de Vivienda): Primera ley estatal específica de vivienda que introduce la figura de las "zonas de mercado residencial tensionado".

2024 (Financiación y ayudas): Concesión de 2.500 millones de euros en avales ICO (hasta el 20% de la hipoteca) para la compra de primera vivienda por jóvenes y familias con menores, y asignación de 200 millones de euros para el Bono Alquiler Joven (hasta 250 €/mes por dos años).

2025-2026 (Regulación y Plan Estatal): Regulación de alquileres de temporada y turísticos mediante una Ventanilla Única Digital, así como la presentación del Plan Estatal de Vivienda 2026-2030, dotado con 7.000 millones de euros para construcción pública, rehabilitación y ayudas.

El avance de todas estas iniciativas se ha enfrentado con una constante oposición y bloqueo parlamentario e institucional por parte de la derecha (PP, VOX y, en ciertas votaciones, Junts):

Votaciones en contra: Rechazo sistemático en el Congreso a las reformas, decretos de protección a inquilinos y prórrogas presentadas desde 2019 hasta 2026.

Bloqueo autonómico y recursos: Dado que las competencias en materia de vivienda residen en las Comunidades Autónomas, las gobernadas por la oposición recurrieron la Ley de Vivienda de 2023 ante el Tribunal Constitucional (alegando invasión de competencias) y se negaron a aplicar herramientas clave, como la declaración de zonas tensionadas.

Esta claro que no es suficiente. Pero no es cierto lo que afirman de que no ha hecho nada.

La equidistancia de Page: el mercado y la hegemonía de la izquierda

La política contemporánea se juega en el terreno de los principios y en la disputa constante por el marco discursivo. En este tablero, la actitud proyectada en los medios por García-Page ante los escándalos del entorno de Ayuso (como los presuntos delitos fiscales vinculados al uso de su piso o las sombras en las contrataciones públicas) y ante los recientes decretos de vivienda resulta profundamente reveladora. 

A diferencia de la dirección federal de su partido, Page ha optado ante los casos de corrupción de la derecha madrileña por un perfil institucional de calculada cautela y equidistancia discursiva. Bajo el pretexto de no alentar la "polarización", equipara sospechas de muy diversa índole y apela a un sosiego formal que, en la práctica, lo que hace es diluir las responsabilidades políticas. Esta postura renuncia a librar la batalla ideológica contra el modelo de privilegio y comisionismo que la izquierda denuncia en la Comunidad de Madrid, permitiendo a esa derecha enmarcar la sospecha real como un mero "ruido partidista". 

Sin embargo, esa tibieza no es neutra; esta semana ha adquirido una gravedad ética absoluta cuando sus declaraciones contrastan con la realidad social diaria, encarnada en situaciones extremas como los desahucios. Es en esos casos cuando el derecho a la vivienda deja de ser una abstracción y exige posicionamientos tajantes. Ante las medidas del Gobierno central para frenar la emergencia habitacional, Page ha vuelto a situarse mediáticamente en la ortodoxia liberal. Al tildar las intervenciones estatales de "parches" e "inseguridad jurídica" para los propietarios, está externalizando la solución al mercado y asumiendo el mantra liberal de que la regulación vulnera el realismo económico. 

Este distanciamiento de la postura del Gobierno responde a un estricto cálculo electoral regional para proteger su electorado moderado, pero a la vez se convierte en el responsable de generar un severo coste estratégico para el conjunto de la izquierda. Al deslegitimar los decretos sociales desde dentro del PSOE, Page fragmenta el mensaje progresista, desmoviliza a la base trabajadora y consolida el marco ideológico de la derecha en uno más de los debates cruciales del Estado del bienestar. 


El coste de la audacia en tiempos de cinismo

Existe una máxima popular que dice que “al mentiroso, ni cuando dice la verdad se le cree”. En el actual tablero político, esta sentencia ha dejado de ser una simple frase moral para convertirse en el diagnóstico de una democracia extenuada. 

Décadas de promesas incumplidas, de programas electorales reducidos a mero papel mojado y de un lenguaje institucional vaciado de sustancia han permitido que se instale un cinismo generalizado. Cuando la política representativa actúa como la correa de transmisión de las exigencias del mercado en lugar de las necesidades de las mayorías, la confianza no solo se erosiona: directamente se destruye.

La consecuencia inmediata de este descontento es un ecosistema mediático y político donde la verdad pierde su valor de cimentar los cambios, y abre de par en par las puertas a los discursos reaccionarios de la antipolítica. Sin embargo, el problema central no reside únicamente en que con ello se degrada el discurso, sino en la estructura de incentivos que rige el propio sistema. Es aquí donde cobra sentido una segunda premisa: ser cobarde merece la pena y ser valiente sale muy caro.

En la arquitectura de la hegemonía neoliberal, la moderación pusilánime cotiza al alza. Gestión orientada a no alterar los intereses de las grandes corporaciones y concesiones constantes al capital garantizan una existencia política plácida: portadas amables, beneplácito financiero y estabilidad en las instituciones. Esa "cobardía" táctica se vende como pragmatismo o sentido de Estado, cuando no es más que la claudicación ante el statu quo.

En contraposición, cualquier intento real de transformación social como lo es desafiar la concentración de la riqueza, democratizar los bienes comunes o plantar cara a los poderes fácticos, lleva implícito un peaje difícil de pagar. Para la izquierda emancipadora, los movimientos sociales y el sindicalismo combativo, la valentía se paga con campañas de desprestigio, acoso mediático y judicialización de la política. El sistema castiga de manera ejemplar a quien pretende alterar las reglas del juego para demostrarle a las mayorías que la alternativa es impracticable.

Frente a esta encrucijada, la tarea fundamental de una izquierda con vocación de transformación no puede ser la resignación ni el repliegue hacia un posibilismo estéril. Asumir el coste de la valentía implica construir un poder popular capaz de amortiguar esos embates, sosteniendo un proyecto que devuelva el sentido de la verdad a través de los hechos y la conquista de derechos reales. Revertir la lógica de la cobardía premiada es la única vía para reconstruir una esperanza política auténtica. 

La trampa de la especulación y la táctica de la izquierda

Ayer lo pudimos comprobar. Según las tesis derechistas (para mí una falacia si no explican con datos lo que están diciendo), la única solución al problema  del alquiler es la receta neoliberal de construir todo lo construíble, como hicieron cuando se generó la burbuja inmobiliaria. Sin embargo, la realidad económica de este país les desmonta ese eslogan. 

Las propias patronales de la construcción hoy carecen de la capacidad para hacerlo. Carecen de la financiación necesaria, y carecen de la mano de obra que se necesita para asumir el volumen que dicen que se debe construir en el plazo que señalan. En este último aspecto, además, en la derecha tienen una contradicción: no quieren la llegada de miles de trabajadores migrantes que sin los que vemos en todas y cada una de las obras de las grandes ciudades. Claro, salvo que se estén planteando mantenerlos empleados en la más absoluta precariedad, para así poder mantener sus márgenes de beneficio. O se portan como xenófobos o lo hacen como explotadores. 

A ver si la masa ingente de nuevos fachapobres hispanos se entera de que lo que la derecha reprocha al gobierno no es la falta de ladrillo, sino que tienen verdadero pánico a que alguien acometa la edificación de un verdadero parque público de vivienda, blindado frente a la especulación y privatización desmedida, y con ello les desmonte el chollo del que hoy nutren sus cuentas corrientes. 

Y entérense algunos de esos fachapobres que hoy se han frotado las manos pensando que han triunfado con el rechazo de los decretos de vivienda, porque eso solo responde a una alianza de intereses perfectamente identificables. No han triunfado ellos, sino una oposición articulada por las derechas estatales y  la derecha catalana que por mucho que lo repitan, no defiende al pequeño ahorrador, al que han hecho víctima de la desinformación y del alarmismo generado por los medios subvencionados desde las administraciones gobernadas por esa misma derecha. Estas fuerzas actúan como el brazo político del lobby inmobiliario y de las élites rentistas multi propietarias. Con su veto a las medidas de regulación de precios y las prórrogas de contratos buscan que se perpetúe un mercado desregulado, protegiendo su margen de acumulación financiera a costa del derecho constitucional de los ciudadanos a un hogar digno. 

Ante el escenario de bloqueo, hoy vemos como en las TVs surgen voces que exigen a Pedro Sánchez una convocatoria electoral inmediata, empezando por Felipe, Rajoy o Aznar. Sin embargo, y anoche ya lo escribí aquí, precipitar las urnas bajo el impulso del "antisanchismo" de la derecha creo que sería un error estratégico. 

Creo que Sánchez debe tomarse un margen de tiempo y resistir la tentación del adelanto. Ese periodo de margen es imprescindible para poner en evidencia la contradicción de la derecha persistiendo en la iniciativa legislativa que obliga al PP, Vox y Junts a retratarse de forma recurrente ante la ciudadanía, votando en contra de la protección social y dejando al descubierto que sus actos parlamentarios obedecen a dogmas neoliberales y no a la resolución de los problemas reales. 

Por otro lado, el espacio a la izquierda del PSOE requiere un tiempo para que ese espacio reordene su estructura interna y consolide un liderazgo fuerte y coherente. Una izquierda alternativa articulada y sólida es la única garantía para disputar la hegemonía al bloque rentista y exigir al Gobierno políticas verdaderamente valientes. 

La respuesta frente a la desinformación, el odio y la codicia del mercado inmobiliario exige regulación y firmeza política. Frente a la prisa electoralista de la derecha, la izquierda necesita tiempo, pedagogía y alianzas sólidas para transformar el clamor social en un derecho garantizado. 

Claro está, que esto es una opinión, y la decisión solo está en manos de Sánchez. 

AHORA VAS Y LO CASCAS

Rechazo de un Real Decreto-ley en materia de vivienda y alquiler en el Congreso de los Diputados, al votar en contra PP, Vox, Junts y UPN (178 votos frente a 172). Junts per Catalunya unió sus votos a la oposición para tumbar el decreto. La justificación oficial dada por Junts ha sido reiteradamente que las regulaciones sobre el alquiler temporal y la contención de precios reducen la oferta de vivienda en el mercado y perjudican a los propietarios. Las redes están llenas de comentarios de gente que, desconociendo el contenido del primer decreto, dan por sentado que son medidas contra los pequeños propietarios. Mienten más que hablan. Esas medidas no van contra el interés de los pequeños propietarios que no buscan forrarse, sino recibir un plus de ingresos razonable con garantías jurídicas que les permitan no caer en la trampa del miedo a ocupaciones exageradas o a afrontar impagos no justificados por la vulnerabilidad

Lo mejor es que revisemos las medidas que han decaído y veamos si eso es cierto:

Resumen de las principales medidas incluidas en el decreto de vivienda:

Protección ante desahucios: Prohibición de desahucios para personas vulnerables sin alternativa habitacional hasta el 31 de diciembre de 2030. 

Alquiler de temporada y por habitaciones: Límite máximo de 12 meses para contratos de temporada (los consecutivos se considerarán vivienda habitual) y mayor regulación sobre el alquiler por habitaciones para frenar la especulación. 

Prórroga de contratos y contención de rentas: Prórroga automática de 2 años para contratos vigentes que finalicen antes del 31 de diciembre de 2028. Congelación del 0% en la actualización de rentas por encima del índice máximo, y tope de subida anual del 2% para el resto hasta finales de 2027. 

Límites a la especulación y zonas tensionadas: Restricción en la compra de inmuebles por fondos buitre hasta 2028. Imposibilidad de imputar nuevos gastos o tasas a los inquilinos para eludir el control de precios en zonas tensionadas. 

Derecho de compra prioritaria: Prioridad irrenunciable para que los inquilinos puedan adquirir la vivienda que habitan, aplicable también en ventas de edificios completos. 

Pisos turísticos: Aplicación del 10% de IVA, límite de estancia continua a 31 días, eliminación de ventajas fiscales, recargos en el IBI en áreas tensionadas y mayor control sobre plataformas digitales. 

Fiscalidad de las SOCIMI: Incremento tributario a las SOCIMI, exceptuando a aquellas que destinen inmuebles a alquiler asequible. 

Incentivos fiscales y vivienda pública: Deducciones en el IRPF para inquilinos con ingresos menores a 33.000 €. Reducción del IVA al 4% para viviendas de protección pública. 

Medidas contra viviendas vacías: Mayores recargos en el IBI por parte de los ayuntamientos y más tributación en el IRPF para inmuebles desocupados. 

Ayudas al acceso: Préstamos con el 0% de interés para financiar la entrada de la primera vivienda. 

Está muy claro que el “no” es para no perjudicar a los propietarios, ¿y a los inquilinos? Que les den. Algunos de esos comentaristas inquilinos, no parecen tontos hoy, sino que sospecho que son tontos “pa siempre”

Los decretos de vivienda parece que caerán

Lo comenté ayer en este muro y Junts ha avanzado su no al decreto de vivienda. Puede ser que aún se abstengan, pero no da esa impresión. 

Lo primero es ver las consecuencias de su no en Catalunya. Es innegable que el veto acelera la polarización por el eje de clase en Catalunya. El conflicto deja de ser estrictamente Cataluña vs. España y se traslada al eje Derecho a la vivienda vs. Mercado inmobiliario. Este movimiento de Junts regala a ERC, la CUP y los Comuns una pasarela directa con el movimiento por la vivienda, las plataformas de inquilinos y las centrales sindicales, pero a Junts les refuerza su papel como defensores de los multipropietarios. La posición de Junts sobre el alquiler de temporada y las zonas tensionadas ahonda su desconexión con las áreas metropolitanas (especialmente el Área Metropolitana de Barcelona), relegando al partido a sus feudos territoriales tradicionales del interior de Cataluña.

El veto de Junts clarifica las posiciones ideológicas: obliga a la izquierda catalana a articular una alternativa donde la defensa de los derechos sociales y el autogobierno caminen juntos, frente a un independentismo de derechas que antepone los intereses del sector inmobiliario a la cohesión social.

Ante ese anuncio todo se ha convertido en comentarios de un posible adelanto electoral. ¿Es aconsejable para la izquierda ese adelanto? ¿Cuándo sería aconsejable el adelanto? No se puede negar que estamos ante una ventana de oportunidad para la izquierda. Para empezar, la gente de la acampada va a explotar, aunque desconocemos lo que puede pasar, pero ya no está en duda la desconexión entre ciudadanos y políticos, y se avecina la convocatoria de una Huelga general. 

El no a los decretos le ha dado una razón al presidente para convocar, lo que no debería impedir que se volviese a llevar un decreto, más ambicioso aún, de nuevo al congreso, en el que demostrase hasta donde está dispuesta a llegar la izquierda en este asunto, pero además, lo sacaría de nuevo en el consejo de ministros del martes. 

Lo cierto es que el escenario se dibuja como apto para un nuevo gobierno de coalición si este se muestra más ambicioso. Un análisis de estrategia sugeriría que la izquierda solo debería aconsejar el adelanto tras cumplir tres fases operativas previas:

La primera sería presentar de inmediato una Ley Orgánica de Vivienda integral que recoja de forma tajante las demandas de los movimientos sociales, obligando a los socios de derecha a volver a votar en contra. No se busca aprobar la ley, sino evidenciar de forma inequívoca el bloqueo de clase en la Cámara.

En segundo lugar, y antes de convocar, sellar una unidad estratégica firme dentro del espacio a la izquierda de la socialdemocracia para evitar la dispersión del voto en las circunscripciones clave.

Y, por último, convocar las elecciones en el momento en que el conflicto social sobre el precio de la vivienda alcance su pico de visibilidad pública, evitando que el debate político sea desplazado hacia la amnistía, la corrupción o el debate territorial.

¿Adelantar elecciones? Sí, pero tras ese trabajo previo.

jueves, 1 de octubre de 2026

EL MOSQUITA MUERTA

Como puede alguien cambiar un relato de manera tan radical en tan poco tiempo, es un secreto a voces. O mentía antes, o miente ahora, pero no es posible que las dos veces diga la verdad siendo lo dicho antes lo contrario de lo que ahora dice. Es la mima maniobra que vimos con Mazón en la DANA. En medio de los relatos en ambos casos, solo está la estrategia de su partido. De abuelito respetado a cordero degollado. 

El choque de relatos entre La Moncloa y la Ciudad Autónoma de Ceuta a cuenta de las llamadas telefónicas previas a la crisis migratoria de julio trasciende el simple cruce de registros de llamadas. Lo que presenciamos no es una divergencia logística ni un malentendido de cobertura; es la puesta en escena de una estrategia calculada por parte de la derecha para erosionar la legitimidad institucional del Gobierno central instrumentalizando la frontera sur.

Desde una perspectiva analítica, la insistencia del presidente ceutí, Juan Jesús Vivas, en denunciar un supuesto desamparo o «invasión» no atendida encaja de lleno en el marco del populismo punitivo y la política del agravio regionalista. Al difundir el relato de las «ocho llamadas perdidas» ignoradas deliberadamente, el Gobierno del Partido Popular en Ceuta no solo intenta desviar la atención de sus propias deficiencias estructurales en materia de gestión de acogida e inclusión, sino que alimenta el discurso de la amenaza inminente para agitar el electorado y complacer la agenda de la extrema derecha, de la que depende crecientemente su gobernabilidad local.

El desglose detallado presentado por Presidencia del Gobierno desarticula con datos este marco narrativo: nueve comunicaciones atendidas diligentemente entre el 27 y el 30 de julio, interlocución constante entre gabinetes y la interlocución directa entre presidentes. La realidad que revelan los datos es la de una administración central respondiendo dentro de los cauces institucionales ordinarios a una problemática de competencia compartida.

El problema radica en que, en la era de la polarización, la verdad procedimental rara vez compite en igualdad de condiciones con la hiperbolización de la crisis. Convertir cuatro llamadas perdidas en el espacio de un solo minuto —sin mensaje de voz, SMS o vía alternativa— en un abandono de Estado demuestra la preferencia por la escenificación sobre la lealtad institucional. 

La frontera sur de Europa no requiere de maniobras de agitación comunicativa para erosionar la cohesión estatal, sino de una política pública madura, solidaria entre comunidades y despojada de partidismo defensivo. 

No solo Felipe lleva mal el cumplir años. 


Junts y la vivienda: ¿la clase pesa más que la nación?

Hay momentos en política en los que el humo se disipa de golpe. Ocurre cada vez que la materia presupuestaria o la regulación de mercados entra en el Congreso de los Diputados. La votación del decreto de vivienda ha actuado como un reactivo: ante la regulación del precio de los alquileres y el freno a la especulación, la llamada «mayoría plurinacional» no se fractura por razones territoriales, sino por estrictas razones de clase.

Una vez conocido que apoyaran ellos decretos de vivienda de forma unánime por el resto de las fuerzas soberanistas e independentistas, las medidas en materia habitacional han recibido el respaldo de quienes entienden que el derecho al techo es lo que sostiene  cualquier soberanía social. En el extremo opuesto, la consecuencia de negarse de Junts per Catalunya a sumar sus votos al bloque de la investidura vuelve a situar a la formación en la trinchera parlamentaria que las derechas estatales del PP y Vox.

El movimiento de la formación post convergente no es ninguna sorpresa, sino el afloramiento de su ideología. Tras la retórica del conflicto competencial y el argumento de la invasión de atribuciones a la Generalitat (habitual pantalla de las patronales inmobiliarias), late la defensa sin matices del statu quo rentista. Junts opera en las Cortes no como el representante de la totalidad de la nación catalana, sino como el brazo político del sindicato de propietarios y de las rentas altas urbanas.

Esta posición coloca al partido de Carles Puigdemont en una encerrona estratégica. Por un lado, evidencia que su concepto de gobernabilidad consiste en utilizar los derechos sociales de las clases trabajadoras como mercancía de cambio para exigir contraprestaciones en otros frentes. Por el otro, desconecta a la formación de las necesidades acuciantes de una juventud catalana asfixiada por la crisis del alquiler, demostrando que para la derecha soberanista la «patria» acaba justo donde empiezan los beneficios del mercado inmobiliario.

En definitiva, ante la encrucijada entre garantizar el acceso a la vivienda o blindar el negocio de unos pocos, Junts ha dejado claro dónde están sus lealtades. Al final, la brecha socioeconómica siempre terminará imponiéndose a la épica de sus siglas.


Por qué la última reforma de la vivienda se queda a mitad de camino

La vivienda se ha consolidado en España no como la garantía constitucional que promete el artículo 47, sino como un activo financiero volcado en la extracción de rentas. Frente a esta brecha social, la reciente aprobación del Real Decreto-ley 26/2026 y su paquete normativo complementario ha vuelto a poner sobre la mesa una vieja disputa política: ¿basta con amortiguar los golpes del mercado o es momento de intervenir en su estructura?

Si analizamos las medidas aprobadas, el diagnóstico inicial resulta inequívoco. Hay victorias innegables que responden a años de empuje de la sociedad civil organizada y la izquierda parlamentaria. Blindar la prohibición de desahucios a familias vulnerables sin alternativa habitacional hasta 2030 recupera un suelo mínimo de dignidad pública. Asimismo, cerrar las vías de escape normativo, equiparando el alquiler por habitaciones y de temporada a la Ley de Arrendamientos Urbanos, corta de raíz el fraude mediante el cual muchos grandes tenedores esquivaban los topes de precios. Restringir las compras masivas a precio de saldo por parte de fondos oportunistas y desincentivar la turistificación salvaje introduciendo el IVA a los pisos turísticos los considero pasos en la dirección correcta.

Sin embargo, el entusiasmo debe dar paso al rigor. La arquitectura de estos decretos adolece de los sesgos habituales del reformismo socialdemócrata: prefiere recurrir a la caja pública antes que disputarle el poder al rentismo.

El principal problema de concepto que yo veo, radica en articular la política de vivienda a través de bonificaciones e incentivos fiscales. Cuando el Estado subvenciona el IRPF a los propietarios que deciden no subir los precios, lo que hace en la práctica es transferir recursos de todos los ciudadanos para complementar las rentas del capital inmobiliario. Se amortigua el coste para el inquilino a expensas del presupuesto público, manteniendo intacta la lógica del beneficio rentista en lugar de fijar por decreto precios máximos vinculantes y justos.

De igual forma, implementar mecanismos de crédito como la línea de préstamos a tipo cero para la compra de primera vivienda reproduce una inercia peligrosa: responder a un problema de acceso inyectando liquidez individual en un mercado tensionado. Sin un control riguroso sobre los precios de venta, este tipo de avales públicos corre el riesgo de ser absorbido de inmediato por los vendedores, alimentando la espiral inflacionista y perpetuando la cultura de la hipoteca como la  única salida.

Los decretos aprobados ayer funcionan como un escudo de contención indispensable para detener hemorragias urgentes que hoy se sufren (frenar desahucios e impedir fraudes masivos). Pero un escudo no es una estrategia de transformación para erradicar un problema. Mientras las instituciones sigan priorizando la conciliación con el mercado mediante incentivos, en lugar de desarrollar un parque masivo de vivienda pública no enajenable y limitar directamente la especulación, la vivienda seguirá siendo un privilegio financiero gestionado con dinero público, en vez de un derecho que se conquiste para siempre.


martes, 29 de septiembre de 2026

La urgencia de desmercantilizar el derecho a la vivienda

El debate sobre la vivienda en España suele desviarse rápidamente hacia la empatía hacia el pequeño propietario que teme el impago o la regulación. Sin embargo, abordar el problema residencial desde la visión del rentista individual enmascara la verdadera raíz sociopolítica del conflicto: como se ha transformado estructuralmente lo que es un derecho fundamental, en un activo financiero que genera redito privado.

Es innegable que existe una distinción operativa entre un fondo de inversión multinacional y un particular que alquila una segunda residencia. No obstante, centrar el análisis en la desprotección del pequeño tenedor parece hacer olvidar que la función social de la propiedad reconocida en el marco constitucional debe prevalecer sobre la rentabilidad individual. Cuando el 70% del salario de un joven o la mayor parte de una pensión contributiva se destina a pagar un techo para habitar, no estamos ante un desajuste entre oferta y demanda, sino ante una transferencia de renta desde las clases trabajadoras y precarizadas hacia las rentistas.

Propuestas como los modelos de intermediación pública representan pasos interesantes, pero resultan insuficientes si el Estado asume todos los riesgos para que el sector privado conserve unas rentabilidades garantizadas. La verdadera estabilidad habitacional exige medidas estructurales y valientes. Vayan solo tres:

Garantía contractual y control de precios: Los contratos de larga duración o indefinidos junto a la limitación de precios no son arbitrariedades, sino la base mínima de certidumbre vital para evitar el desahucio silencioso que provocan las subidas abusivas al finalizar cada contrato.

Erradicación de la especulación y del alquiler turístico: La vivienda residencial no puede competir con la rentabilidad del turismo ni con la acumulación corporativa. La prohibición de la compra especulativa por parte de personas jurídicas y la reconversión del suelo turístico a residencial son prioridades urgentes.

Parque público blindado e inalienable: La creación de un gran parque público de alquiler que no pueda ser privatizado por futuros gobiernos es la única garantía a largo plazo para estructurar un mercado accesible y neutralizar la brecha habitacional generacional.

El Estado no puede limitarse a actuar como asegurador de los riesgos del arrendador. La vivienda es la infraestructura básica sobre la que se construye una sociedad, la autonomía juvenil y la dignidad en la vejez; desmercantilizarla es una condición indispensable para la cohesión social.


La violencia impune y el silencio de Defensa

Lo ocurrido hace apenas tres días en Ceuta que ha sido difundido en vídeos que documentan golpes y agresiones de miembros de las Fuerzas Armadas a migrantes ya reducidos, representa un cruce de líneas rojas intolerable en un Estado de derecho. No es una cuestión sobre gestión migratoria o capacidad de recepción, sino que estamos ante la vulneración flagrante de derechos humanos fundamentales por parte de quienes ostentan el monopolio de la fuerza.

La militarización de la gestión fronteriza entraña un riesgo, atribuir funciones de control y orden público a efectivos militares sin la formación, la naturaleza policial ni el marco legal adecuado para el trato con civiles vulnerables genera inevitablemente espacios de opacidad y desproporción. Las personas interceptadas en la frontera son titulares de derechos, independientemente de su situación administrativa o del contexto de tensión que se viva en la zona. La fuerza pública no puede transformarse en un instrumento de castigo ni en un desahogo.

Casi tan grave como la violencia en sí es la postura inicial del Ministerio de Defensa. El perfil bajo, la ambigüedad en las explicaciones y el intento de aplazar responsabilidades al amparo del "contexto" o la tensión fronteriza terminan por legitimar un clima de impunidad. Un Ejecutivo progresista no puede ponerse de perfil cuando la violencia la ejercen agentes de su propia administración. La tibieza institucional no solo revictimiza a los agredidos, sino que alimenta el discurso de la extrema derecha, que normaliza la deshumanización de las personas migrantes.

Y que nadie se confunda. Si algún militar es agredido, que el agresor sea detenido, juzgado y expulsado. Pero eso no está reñido con exigir la apertura inmediata de investigaciones judiciales, la depuración de responsabilidades disciplinarias y penales, y la desmilitarización del control migratorio en Ceuta y Melilla no es una postura ideológica radical: es el mínimo ético y democrático exigible para evitar que la frontera sur de España siga convirtiéndose en una zona de excepción normativa.

La doble vara de medir del monopolio de la fuerza

La violencia institucional rara vez es neutra. Las diferentes imágenes que hemos visto de actuaciones policiales revelan un fenómeno estructural recurrente: el uso asimétrico y sesgado de la coerción que ejerce la policía según el signo ideológico de las protestas y de quienes sufren la agresión. 

Cuando el aparato represivo interviene ante colectivos pacificos que defienden derechos sociales, como la lucha contra un desahucio, la fuerza tiende a aplicarse de forma desproporcionada. En cambio, ante agresiones o intentos de linchamiento dirigidos hacia militantes progresistas, activistas u ONG, se evidencia una pasividad o condescendencia alarmante. Esta selectividad demuestra que las fuerzas de seguridad no actúan como meros árbitros neutrales, sino como las garantes de las dinámicas de poder dominantes. 

A esto se suma la deshumanización sistemática hacia las personas más vulnerables, como las personas migrantes. Las vejaciones relatadas en Ceuta y la falta de asunción de responsabilidades por parte de las instituciones gubernamentales y mandos militares, reflejan una impunidad profundamente arraigada. 

Cuando el monopolio de la violencia se ejerce deliberadamente a ciegas, hacia los abusos de la extrema derecha, y con contundencia contra los movimientos populares, la democracia se queda vacía de contenido real. 

El ministerio del interior y la dirección general de la policía deberían buscar una verdadera regeneración democrática para poner fin al sesgo ideológico en las fuerzas del orden y garantizar que la ley no sirva para la impunidad coercitiva. 

El capital les pesa más que el Evangelio

El drama del desahucio de Maricarmen de la que fue su casa durante más de siete décadas en Madrid, y la tragedia humanitaria en la frontera de Ceuta han sacado a la luz las vergüenzas de la jerarquía católica en España. 

Mientras los movimientos sociales, sindicatos de inquilinas, la Hermandad Obrera de Acción Católica , Cruz Roja y cristianos de base hacían frente a la violencia policial y la codicia de un fondo buitre, la Conferencia Episcopal Española (CEE) ha optado por ser la “mudita” de esta lamentable situación. 

Su silencio no es fruto de la distracción, sino de su cálculo político, de su frialdad.  La Iglesia es una institución de matriz absolutista y dinámicas corporativas, y eso hace que su jerarquía acue con la lógica implacable de, antes que nada, preservar  sus privilegios materiales y políticos.

La hipocresía se ha convertido en parte de su estructura. No me dirán ustedes que no es profundamente contradictorio que, mientras el Vaticano califica de "crisis humanitaria" la situación en la frontera sur y apela de manera insistente a la defensa de los derechos sagrados a "tierra, techo y trabajo", los prelados españoles se muestren con un perfil plano y temeroso. Resulta sangrante ver cómo una institución que ejerce como una verdadera potencia en el mercado inmobiliario y que ha sido beneficiada por inercias históricas y marcos legales como el de las inmatriculaciones, hoy le da la espalda de forma metódica a la vulnerabilidad. 

Las excusas salidas de los pasillos eclesiásticos en los que aluden a un letargo por el viaje papal o a la prudencia ante un posible cambio de gobierno, revelan la verdadera naturaleza de su posicionamiento. No se trata de neutralidad ni de distancia evangélica; es mero oportunismo táctico. La cúpula episcopal prefiere evitar cualquier conflicto con las dinámicas del capital financiero y los fondos buitre, no solo porque comparte con la derecha socioeconómica la defensa  férrea  del modelo de propiedad privada especulativa (son un fondo buitre más), sino porque teme las represalias del bloque reaccionario si decide respaldar los mínimos éticos de la vivienda pública y el bienestar social. Además de interesados, cobardes.

El miedo de la jerarquía eclesiástica al señalamiento de la extrema derecha, que ya acusó a los sectores católicos comprometidos de confeccionar "un Evangelio a la imagen del PSOE" por el mero hecho de defender a una anciana desahuciada,  demuestra hasta qué punto los obispos han supeditado su función pastoral a las dinámicas de la lucha partidista. Prefieren mantener intacto su entramado institucional, sus exenciones fiscales y sus conciertos antes que incomodar a los sectores financieros que convierten los barrios en activos especulativos. 

Esta actitud contrasta drásticamente con la contundencia que la misma Conferencia Episcopal exhibe cuando se trata de movilizarse o presionar en cuestiones normativas de derechos civiles, feminismo o diversidad sexual. En esos frentes no dudan en alzar la voz; sin embargo, ante la expulsión violenta del hogar de personas vulnerables, la crueldad del mercado del suelo o la flagrante vulneración de tratados internacionales en materia de derechos humanos, prefieren agachar la cabeza. 

La lección que nos deja este episodio es clara. Mientras las comunidades cristianas de base y las parroquias de barrio luchan codo a codo la comunidad, la alta jerarquía episcopal actúa como un actor político conservador dedicado a velar por sus propios intereses de clase. Sus solemnes risitas institucionales y sus ostentosas cruces en el pecho contrastan con el abandono de los más golpeados por la crisis de la vivienda. 

Una vez más, cuando hay que elegir entre la justicia social y el poder económico, la cúpula eclesiástica siempre elige el capital. 

MIENTE QUE ALGO QUEDA.

 El Abuelito mentía.

Vivas reconoce ahora que el Gobierno nunca le dijo que dejara de llamar por Ceuta y que era un “pesado”

24 septiembre 2026 - 16:58 h

El presidente de Ceuta, Juan Jesús Vivas, ha reconocido este jueves en Madrid que nadie del Gobierno le conminó a que dejara de llamar a la Moncloa en los días previos ni posteriores a la entrada masiva de decenas de miles de personas en la ciudad autónoma, y que nadie le llamó “pesado” por insistir en sus comunicaciones. Tanto él mismo como los principales portavoces del PP han arremetido en las últimas semanas y de forma insistente contra el Ejecutivo por, supuestamente, despreciar las llamadas de Vivas.

Banalización del spray

Confundir la tribuna parlamentaria con un plató de televisión o una red social para agitar el miedo tiene consecuencias directas sobre la calidad democrática. Cuando una representante pública utiliza un artefacto categorizado formalmente como arma dentro del hemiciclo para hacer demagogia, no solo vulnera el marco normativo sobre seguridad e instituciones; demuestra también un profundo desprecio por el principio de que los problemas sociales se resuelven con políticas públicas e inversión social, no con efectismo ni sprays en la tribuna.

A la diputada del PP Ana Vázquez se le ha subido a la cabeza su participación en televisión y se creé que todo es un plató. Antes de dedicarse plenamente a la política, trabajó en la administración pública, habiendo ejercido como coordinadora de la escala ejecutiva del Cuerpo Nacional de Policía en la Escuela Nacional de Policía de Ávila (donde ha ejercido también labor docente y de gestión), además de haber sido alcaldesa del municipio orensano de Bande entre 2006 y 2007. Eso la obligaría a conocer la ley, pero ya está claro que todo les vale.

¿Qué dice la ley? Para que no te engañen, que las redes están mintiendo. El Reglamento de Armas (RD 137/1993, art. 5.1.f) clasifica los sprays de defensa dentro del régimen de las armas. Solo permite la tenencia y uso de aquellos que cuenten con homologación expresa del Ministerio de Sanidad y sean adquiridos en armerías autorizadas por mayores de edad. 

Introducir un objeto catalogado jurídicamente como arma en el Congreso contraviene los protocolos de seguridad de un edificio de alta protección y vulnera el orden del debate parlamentario.

Utilizar un artefacto regulado como arma en el hemiciclo para hacer demagogia antepone el efectismo a la resolución democrática de los problemas sociales mediante políticas públicas.

Felicidades a el Intermedio y a Andrea Ropero

 Felicidades a el Intermedio y a Andrea Ropero por el reportaje sobre el desahucio que acaban de emitir. ¿Dónde están esos grandes defensores de los españoles de PP y Vox? Ellos tumbaron el decreto de prórroga de los alquileres junto a Juns.

Ayuso dice que Madrid es la casa de todos. Eso sí, si puedes pagársela a un fondo buitre.

Hoy es Mari Carmen pero mañana puede ser cualquiera. Ahora vas y los votas.


Capitalismo especulador y crueldad institucional: el desahucio de Maricarmen

Hoy Madrid ha amanecido con una escena que retrata la degradación ética e institucional de nuestro sistema político y económico. Maricarmen, una mujer de 87 años con una discapacidad del 50 %, ha sido expulsada por la fuerza policial de la vivienda del distrito de Retiro en la que ha residido durante los últimos 71 años. Siete décadas de vida y memoria barridas por el rodillo del capital inmobiliario y por la indolencia cómplice de algunas administraciones públicas. 

El mecanismo de esta atrocidad es tan claro como perverso: un fondo de inversión, Urbagestión, pretendía imponerle un incremento del alquiler del 275 %, elevando la renta de 500 a 2.650 euros mensuales. Una cifra inasumible para cualquier pensionista y diseñada deliberadamente para forzar su expulsión. Ante el rechazo empresarial a cualquier aplazamiento o negociación, el brazo ejecutor del poder judicial  ha actuado con la máxima contundencia contra los activistas y vecinos que intentaban ejercer la solidaridad comunitaria. 

Este drama humano no ocurre en el vacío. Es el resultado directo de decisiones políticas bien concretas. En el plano estatal, la responsabilidad recae en una derecha bloqueadora que, de la mano del PP y Vox, votó en contra de la prórroga de los decretos de protección social frente a los desahucios. Al tumbar estas salvaguardas que impedían dejar en la calle a personas en situación de vulnerabilidad extrema, las fuerzas conservadoras y de extrema derecha dieron luz verde a los fondos buitre para ejecutar su botín.

Sin embargo, el marco local resulta aún más sangrante. La Comunidad de Madrid y el Ayuntamiento capitalino, capitaneados por Ayuso y Almeida, han convertido a la región en un laboratorio de ultraliberalismo inmobiliario. En lugar de desarrollar un parque público de vivienda o aplicar las medidas de contención de rentas, ambas instituciones han optado por la inacción deliberada y la complicidad con el gran tenedor. Su modelo de «libertad» es, en la práctica, la impunidad del mercado para arrancar a una anciana en silla de ruedas de su hogar.

El desahucio de Maricarmen demuestra que cuando la vivienda se gestiona como un activo de especulación rápida en lugar de como un derecho constitucional, la democracia se vacía de contenido para dejar paso al salvajismo capitalista.

Las calles antes que esperar las urnas

La salud de una democracia se mide por la lealtad procesal ante las derrotas  y no por la fortaleza de sus victorias. Lo que hoy atestiguamos con la alianza entre el PP y Vox, es que, tras el desgaste de la Ley de Amnistía, están utilizando la crisis de Ceuta como su nueva trinchera. En un caso y en otro se trasciende lo que es la mera oposición legítima: esto es una enmienda a la totalidad de las reglas del juego democrático y del resultado de las urnas. 

El sábado acudirán de la mano a una concentración en Madrid que plantea un ultimátum para que Sánchez convoque elecciones antes del 15 de noviembre. El anuncio apoyado por PP y secundado por sectores ultras de lanzar un "ultimátum" que exija la convocatoria de elecciones, bajo la amenaza explícita de "paralizar el país" constituye un chantaje político inédito hasta ahora en nuestro país. Hablar de la "voluntad del pueblo soberano" para arrogarse una representatividad que no lograron en las urnas es una apropiación patrimonialista del Estado. 

La derecha parlamentaria no actúa como leal oposición, sino como un actor de insurrección de baja intensidad que dinamita los procedimientos institucionales cuando estos no responden a sus intereses de poder. 

Aún más grave es la deslegitimación sistemática del sistema democrático: sembrar dudas infundadas sobre la validez del censo electoral e instrumentalizar a las Fuerzas Armadas y de Seguridad son tácticas harto conocidas del populismo derechista global para erosionar la confianza ciudadana.

Cuando la derecha asume el lema de "o elecciones o el caos", demuestra que no cree en la soberanía popular, sino en su propio derecho natural a gobernar. La presión social y la movilización son herramientas legítimas de la ciudadanía, pero utilizarlas para violentar los plazos constitucionales y forzar la caída de un Gobierno legítimo roza la subversión de la institucionalidad democrática. 


La frontera y la trampa del miedo

Hay un hilo invisible y extraordinariamente resistente que une el populismo, la irresponsabilidad política y la deshumanización de los migrantes. Lo estamos comprobando en Ceuta. Cuando la dirección de la derecha se desplaza a la frontera norteafricana, el objetivo raras veces es comprender la complejidad de un país atravesado por la desigualdad global; la meta casi siempre es encontrar un plató donde aparecer más fotogénicos para alimentar el discurso del miedo.

La rueda de prensa de ayer entre Feijóo, el presidente ceutí y el líder del PP europeo, Weber fue un espectáculo de contradicciones. No es solo un simple tropiezo ni una anécdota para guardar en la hemeroteca, sino el síntoma de una profunda brecha entre la realidad jurídica y material de los territorios y el afán electoralista de una derecha arrastrada por la ultraderecha. 

El fenómeno de la migración no se aborda desde la histeria ni desde el belicismo; es un proceso humano condicionado por la brecha Norte-Sur, el cambio climático y la inestabilidad geopolítica que vivimos desde la llegada del señor de cabello color zanahoria a la Casa Blanca. Sin embargo, al prometer devoluciones automáticas «de mayores y menores, sin importar su condición», la derecha conservadora no solo abraza la deshumanización, sino que desafía abiertamente el Estado de Derecho, el principio de no devolución y la Convención sobre los Derechos del Niño. Lo trágico es que ni siquiera sus propios barones locales pueden sostener la mentira: fue el propio Vivas quien tuvo que recordar, frente a los micrófonos, que la legislación y los tratados internacionales impiden las expulsiones masivas a la carta.

Esta política de titular fácil, buscando inflamar el discurso, donde las manifestaciones de miles se transforman mágicamente en «millones» y donde se prometen medidas que el Gobierno central ya ha ejecutado, busca convertir a Ceuta en el epicentro de un desgaste partidista permanente. Pero jugar con fuego en una frontera internacional sensible no va a salir gratis.

Promover o deslizar escenarios límite, llegando al extremo de coquetear discursivamente con la idea de una «situación de guerra» o de conflicto bélico e inmimente en la frontera con Marruecos, no es una mera provocación política. Para la sociedad ceutí, un marco de esta naturaleza supondría una condena absoluta y su devastación. Es fácil de entender lo que afirmo:

-Ceuta es una ciudad diversa, cuya riqueza y estabilidad descansan sobre su multiculturalidad social, pero eso hace su política más delicada. Declarar o normalizar una lógica de guerra fronteriza dinamitaría esa cohesión interna, alimentaría la estigmatización del vecino, la islamofobia y la fractura social entre sus propios habitantes.

-Muchos empresarios en apoyo a Ceuta, pero parecen no preocuparse de que la economía de la ciudad es sumamente vulnerable y dependiente del comercio, los servicios y las instituciones. Convertir la frontera en una zona de guerra jurídica o militar ahuyentaría la inversión, paralizaría el turismo, asfixiaría el comercio local y transformaría a Ceuta en una ciudad militarizada e inviable en términos económicos.

-Introducir la lógica bélica implica subordinar las garantías constitucionales a la seguridad del Estado. Para los ceutíes, esto significaría vivir bajo un régimen de excepcionalidad, con restricciones a la movilidad, mayor control social y la degradación sistemática de los derechos civiles.

-Y por último, reducir la relación con el vecino a un frente de batalla aislaría a la ciudad no solo de su entorno geográfico inmediato, sino también de las dinámicas de cooperación euromediterráneas, convirtiendo a sus vecinos en rehenes de una tensión diplomática perpetua.

Ojala esto lo piensen quienes viven en Ceuta, una ciudad que no necesita tropas de propaganda ni fuego verbal que fantasee con trincheras. Lo que Ceuta y sus ciudadanos exigen es solidaridad interterritorial, inversiones estructurales, un modelo de cooperación leal con la Unión Europea y una política migratoria basada en la legalidad internacional, los derechos humanos y la justicia social. 

Todo lo demás es convertir la angustia de un pueblo en combustible para la crispación, pensando solo en el desgaste de un gobierno que no ha gestionado bien la avalancha de personas, pero que, por mucho que la derecha se empeñe, no la ha propiciado, sino que es la victima política de ella.

lunes, 21 de septiembre de 2026

La retórica que enciende la mecha de la violencia en Ceuta

En las últimas semanas, los acontecimientos en Ceuta han alcanzado un punto de inflexión que exige algo más que la retórica habitual de condena por parte de las instituciones. La agresión sufrida por una diputada del Parlamento de esa ciudad, cuyo vehículo fue atacado con piedras y huevos al ser confundido en medio de un clima de violencia desatado, no es un hecho aislado ni un desafortunado error, sino que se . de la manifestación concreta de un tipo de terrorismo.

Ese terrorismo, no requiere de una orden explícita de ataque desde alguien al mando, sino que funciona a través de la acumulación de un lenguaje beligerante, criminalizador y deshumanizador proyectado desde los políticos y sus altavoces mediáticos. Cuando desde las instituciones y el poder se construyen relatos como «invasión», «olla a presión» o ciudades «al límite», se está provocando violencia social. No se indica quién debe tomar la piedra o lanzarla, pero ideológicamente se señala el objetivo y al «enemigo». La agresión física es simplemente la inevitable consecuencia de ese caldo de cultivo.

Lo ocurrido en Ceuta demuestra cómo la instrumentalización de los fenómenos migratorios y de la diversidad cultural fractura la convivencia democrática. Durante un periodo prolongado, la extrema derecha y los sectores conservadores han utilizado el pánico como herramienta de movilización electoral. Esta estrategia de señalamiento, que comenzó contra las personas migrantes y los colectivos musulmanes, ya se ha extendido de manera natural a periodistas, a voces disidentes y representantes políticos opuestos. El fascismo y la violencia difusa nunca se detienen en el primer señalado; por su propia lógica expansiva, terminan engullendo a todo aquel que no se pliegue al discurso de quienes impulsan esa dinámica. 

Ante este panorama, las tímidas apelaciones a la «paz social» o a la «no violencia» por parte del Gobierno autonómico de Vivas resultan estériles e hipócritas. No es posible apagar un incendio con agua mientras en la otra mano se tiene la lata de gasolina. Las condenas en abstracto a la violencia carecen de validez política si no van acompañadas de una enmienda a la totalidad del discurso del odio que las alimenta. Un gobierno que se pretende democrático tiene la obligación de desactivar la crispación, no de capitalizarla mediáticamente en favor de titulares nacionales o calculados intereses partidistas.

Ceuta, y con ella toda España, se encuentra en una encrucijada donde ya no solo se debate la gestión de una crisis migratoria o fronteriza, sino el modelo de sociedad en el que queremos vivir. Permitir que la sospecha, la deshumanización y el señalamiento al diferente se instauren como algo normal y cotidiano equivale a dar por bueno que se puedan degradar nuestros derechos fundamentales. Si la izquierda y las fuerzas democráticas no construyen un cortafuegos firme basado en la solidaridad, la defensa de los derechos humanos y el rigor de la ley, la violencia de hoy, aún una excepción, se convertirá en la norma del mañana.

Ceuta no necesita más retórica del miedo ni liderazgos que alimenten el conflicto. Requiere, con carácter de urgencia, una política pública orientada a la convivencia, la justicia social y el fin absoluto del señalamiento sistemático de sus propios vecinos y visitantes.

La crisis humanitaria convertida en negocio y partidismo

La gestión de la crisis migratoria en Ceuta ha dejado de ser un problema de capacidad asistencial para convertirse en un ejercicio de cinismo político. La actuación del Gobierno de la Ciudad Autónoma encarna gran y sangrante paradoja: la exigencia permanente de auxilio al Estado mientras perpetúa el colapso como estrategia de desgaste y beneficio propio.

Al presidente ceutí los menores le importan, más o menos, en función de cuál sea su destino. Si es enviarlos a la península, como PP y Vox se oponen frontalmente, y es el Gobierno central quien le ofrece hacerlo, a Vivas le da un ataque de responsabilidad porque su Administración es quien tiene la tutela de estos menores. Sin embargo, esa cautela, desaparece si se habla de devolverlos a Marruecos. 

Esa debe ser la causa por la que Ceuta ignora desde el 28 de agosto, una propuesta del Gobierno para acoger a 500 menores en la Península a través del Ministerio de Juventud e Infancia. Esta propuesta la remitió a la consejería competente de la ciudad autónoma en un documento en el que se detallan las plazas disponibles en una entidad social de la península, el protocolo a seguir para los traslados y el coste del operativo, que sería sufragado por la Administración central. Veinte días después, el equipo de Vivas aún no ha dado una respuesta al Ministerio.

La protección de los menores no acompañados no es un favor ni una concesión; es un mandato constitucional y un deber ético ineludible. Sin embargo, la administración ceutí ha preferido convertir su responsabilidad en una trinchera ideológica. Mientras su red de acogida la declara desbordada y el Ejecutivo local muestra un victimismo gloriosos ante los medios, la realidad material muestra que es el Gobierno de España quien sostiene económicamente el dispositivo, despliega los medios logísticos y asume la carga operativa real de la emergencia. Ceuta retiene las competencias de protección a la infancia para gestionar la foto y el discurso, pero externaliza las responsabilidades materiales hacia la administración central en cuanto surge la tensión.

La contradicción resulta aún más flagrante cuando se examinan los presupuestos. La emergencia humanitaria ha generado una inyección constante de fondos para hacerle frente y de subvenciones estatales. Lejos de traducirse en una red pública sólida y transparente de atención a la infancia, asistimos a su mercantilización: contratos de emergencia, derivaciones opacas y una gestión donde la privatización de servicios convierte los recursos públicos en una vía de extracción de rentas para entramados locales. Se socializa el coste y el sufrimiento de los menores mientras se privatiza la rentabilidad económica.

Pero el mayor bloqueo a una solución definitiva no está en la falta de espacio, sino en el cálculo partidista. Resulta insostenible que el Gobierno de Ceuta señale al Estado mientras su propia formación política en la Península frena de manera sistemática cualquier reforma legislativa vinculante, como la modificación del artículo 35 de la Ley de Extranjería, que garantice el reparto obligatorio y solidario de menores entre todas las comunidades autónomas. Preferir el caos en la frontera para desgastar al Ejecutivo central antes que respaldar una solución estructural y solidaria es una irresponsabilidad política mayúscula.

Ceuta no puede seguir funcionando como un enclave donde se exige solidaridad para recibir fondos, pero se fomenta el bloqueo institucional para evitar soluciones duraderas. Mantener a cientos de niños y adolescentes en condiciones de hacinamiento para alimentar un relato de abandono es una flagrante dejación de funciones. 

¿Cuánto tiempo debe transcurrir para que todos los españoles podamos  superar el chantaje competencial? ¿Se va a fiscalizar cada euro destinado a la infancia? ¿Qué necesitan los votantes del PP para asumir que la dignidad de los derechos humanos no se negocia desde el partidismo?

Cuando la toga encarcela la solución

Lo que estamos presenciando en Ceuta ya no es un mero desacuerdo institucional ni un ajuste de discrepancias administrativas. Es la escenificación cruda y sin tapujos de un golpe de estado blando ejecutado desde los despachos judiciales. La decisión de la Audiencia Nacional de frenar de forma cautelarísima el uso de las instalaciones portuarias habilitadas por el Ministerio de Transportes para dar cobijo digno a cientos de seres humanos atrapados en las calles no responde a la estricta legalidad, sino a la estrategia del estancamiento: asfixiar la gestión del Gobierno legítimo a costa de la dignidad de los más vulnerables.

El entramado está perfectamente articulado. Por un lado, una derecha reaccionaria encarnada en el PP de Vivas y la extrema derecha de Vox, empeñada en cronificar el caos urbano y la tensión social en la ciudad autónoma para rentabilizar electoralmente el miedo y la xenofobia. Por otro, una judicatura esclerótica, auténtica «Toga Nostra» heredera de la inercia franquista, que no duda en convertirse en un poder legislativo de facto, extralimitándose en sus funciones para paralizar cualquier respuesta del ejecutivo, sea pragmática o solidaria. Cuando los jueces dictan la política migratoria y los sindicatos policiales politizados actúan como arietes de la oposición, la división de poderes deja de ser un contrapeso democrático para convertirse en un secuestro institucional.

A esta pinza político-judicial se le suma el cinismo de no ofrecer ni una sola alternativa. Se impide al Gobierno acoger, se bloquea la derivación coordinada entre Comunidades Autónomas y se castiga a la población de Ceuta a convivir con el desamparo estructural. El objetivo no es resolver la crisis humanitaria; el objetivo es que la crisis acabe contaminando al Ejecutivo.

Ante este sabotaje continuado, la respuesta de los progresistas y de la ciudadanía democrática no puede seguir siendo el repliegue pusilánime ni la apelación a un juego limpio que la derecha rompió hace tiempo. Es hora de dar la batalla del relato, exigir una reforma profunda del acceso a la carrera judicial para erradicar el corporativismo y hacer lo que está haciendo la derecha, tomar la calle. Frente al golpismo de toga y despacho, la única respuesta sólida es más democracia, más soberanía popular y una defensa irrenunciable de los derechos humanos.


Cuando la decencia se condiciona a las urnas

Somos muchos/as los que nos parece que los insultos y la falta de respeto verbal en nuestros políticos no solo debería estar desterrada de la práctica cotidiana, sino que a quien hace de ello un instrumento de su forma de actuar se le debería sancionar e incluso aparcar, aunque solo fuera temporalmente por su formación política. La realidad es que desde que el grupo gallego llegó al Madrid de la frutera, todas las soeces del vocabulario parecen tener cabida. Y sí, en la izquierda también se practica, pero no hay comparación al ser los Hernando, Tellado, y el moderadísimo Feijoo, incomparables.

Las declaraciones de Sémper prometiendo que con la llegada de Feijóo a la Moncloa «se desterrará el insulto y la mala educación» de la política española es la prueba del 9 de un vicio de origen profundamente revelador. El anuncio resulta fascinante como ejercicio de responsabilidad democrática. Es sencillamente una muestra de cinismo. Esta falacia descansa sobre dos pilares que desmontan cualquier intento de proyectar una imagen de centralidad moderada.

En primer lugar, Sémper presenta la regeneración del debate público no como una exigencia ética inmediata e innegociable para su propia formación, sino como una transacción electoral. El mensaje dirigido a la ciudadanía es tan transparente como chirriante: la cortesía parlamentaria y el fin del enconamiento son una "recompensa" que solo se concederá a los españoles si votan en la dirección correcta. Condicionar el cese de la crispación al asalto al poder, equivale a reconocer que el tono de confrontación desmedida no es una patología indeseada del sistema, sino una táctica utilizada deliberadamente desde la oposición para desgastar las instituciones hasta que consigan el objetivo político.

En segundo lugar, la proclama ignora la práctica diaria del PP en las Cortes, los parlamentos autonómicos y los medios de comunicación. Resulta metodológicamente imposible sostener en su discurso la bandera de la regeneración mientras se convive en perfecta sintonía con perfiles públicos y portavoces parlamentarios cuyo capital político se basa, de manera sistemática, en la descalificación personal, la hipérbole moral y la deslegitimación del adversario.

El objetivo es proyectar un perfil de gestión técnico, moderado y preparado para gobernar, mientras mantiene movilizado al electorado más radicalizado mediante el ataque continuo. Semper apela al entendimiento, la corrección institucional y la concordia, mientras descalifica a personas, hace acusaciones desproporcionadas y deslegitima al rival.

Desde una perspectiva de análisis esta estrategia responde al conocido doble juego de la derecha institucional contemporánea: utilizar a figuras de perfil moderado y amable como cortina de humo mediática, mientras la maquinaria del partido ejerce una labor de erosión de trazo grueso. 

Pretender que el clima político cambiará por arte de magia al cruzar la puerta de Presidencia no solo es irreal, sino que le quita responsabilidad al que contribuye activamente al deterioro del espacio público. El señor Sempér debería saber que la decencia institucional no se promete a futuro bajo la condición de estar en el poder; se demuestra en el presente desde la oposición. 

El derecho al voto a examen

La reciente decisión del Tribunal Supremo de paralizar cautelarmente, la efectividad electoral de las inscripciones en el Censo Electoral de Residentes Ausentes (CERA) relativas a la Disposición Adicional Octava de la Ley de Memoria Democrática, hoy  denominada «ley de nietos», ha situado de lleno en el debate el equilibrio entre la garantía del sufragio activo (art. 23 CE) y la seguridad del censo electoral.

Este choque de legitimidades plantea cuestiones de hondo calado. Sin embargo, en el espacio de la discusión pública la controversia se percibe con absoluta gravedad desde  el control judicial, la seguridad jurídica y el trasfondo sociopolítico.

En la Constitución de 1978, la ciudadanía española conlleva indisolublemente el pleno ejercicio de los derechos políticos. La suspensión cautelar del derecho al voto para ciudadanos que ostentan la nacionalidad genera una anomalía muy compleja de justificar, y se corre el riesgo de que, mediante decisiones cautelares, crear una categoría de «españoles a medias» o de atentar contra la igualdad.

El Alto Tribunal fundamenta sus cautelares en la prevención de un supuesto riesgo en la limpieza del censo ante la masiva incorporación de nuevos ciudadanos. Sin embargo, restringir preventivamente la eficacia de un derecho fundamental por “el riesgo de alteración electoral” inflige una lesión real, inmediata e irreparable en el derecho de quienes no podrán ejercer el voto durante el tiempo que dure la suspensión.

La decisión del TS impone exigencias probatorias desproporcionadas. Requerir décadas después una acreditación fehaciente del exilio político para cada descendiente choca frontalmente con la realidad histórica del franquismo: una represión sin formas, económica o implícita que pocas veces dejó rastro en registros oficiales o carnés de filiación. La instrucción reglamentaria de 2022 buscaba, precisamente, evitar la indefensión provocada por la falta de archivos formales. Obligar a probar caso por caso supone imponer una prueba imposible a los herederos de las víctimas de la dictadura.

Esto ha provocado una profunda desconfianza institucional de los ciudadanos provocada por esta resolución. El Tribunal Supremo se percibe como un controlador  al actuar como un contrapoder político, y la imagen de una Junta Electoral Central aceptando esa decisión para evitar el choque institucional, se traducen en desasosiego y en el temor a que la lucha por el poder  también instrumentalice las togas y las normas electorales.

El dilema va más allá de la filiación partidista al asentar el precedente de que la atribución plena del derecho a voto puede subordinarse a sospechas de alguien sobre su orientación ideológica o su impacto cuantitativo en los bloques parlamentarios. Por mucho que no se quiera ver , esto a la democracia la debilita.

Revertir cuanto antes esta incertidumbre es una exigencia no solo técnica, sino democrática. Un Estado de Derecho no puede permitirse que la sospecha sobre el censo prevalezca sobre los derechos fundamentales en vigor. La respuesta no puede ser la exclusión cautelar, sino la máxima participación garantizada mediante mecanismos ordinarios de verificación no con la aportación de pruebas imposibles para muchos.

Democracia y justicia: cuando la toga intenta someter al voto


«Respeto a la justicia, pero respeto a la democracia». Esta frase, pronunciada con frecuencia en los platós y tribunas políticas, sintetiza la tensión central de nuestro tiempo: el choque de legitimidades entre la soberanía popular y el poder judicial. Sin embargo, no estamos ante una simple pugna sobre la división de poderes, sino ante un campo de batalla de clase y de poder real.

La democracia es la única herramienta que poseen las mayorías sociales y la clase trabajadora para disputar la hegemonía a los poderes fácticos. El voto es el gran igualador al otorgar el mismo peso al trabajador precario que al gran empresario. La justicia, en cambio, no está en una torre de marfil aséptica ni goza de una neutralidad divina. Los poderes judiciales han sido, históricamente, una de las estructuras más conservadoras del Estado, moldeadas por dinámicas de extracción de clase y endogamia corporativa.

En las últimas décadas, hemos asistido a una peligrosa deriva: la judicialización de la política o lawfare. Cuando la derecha pierde las elecciones y no logra la mayoría en las urnas, recurre a sectores afines de la judicatura para frenar avances sociales, perseguir el conflicto político o maniatar a gobiernos legítimos. Bajo una supuesta «defensa de la ley», se dinamitan decisiones respaldadas por la soberanía popular, como acabamos de ver con la llamada Ley de Nietos.

La ley no es un dogma inmutable esculpido en piedra; es el resultado cambiante de la correlación de fuerzas políticas y sociales. Respetar la justicia es fundamental para evitar la arbitrariedad, sí, pero la justicia debe emanar de la Constitución y del marco que el pueblo se ha dado democráticamente, no de la interpretación reaccionaria de unos pocos.

Cuando los tribunales pretenden gobernar o corregir la voluntad de las urnas, la frase deja de ser un matiz retórico para convertirse en un aviso de socorro: si la toga se impone sobre el voto, la democracia deja de pertenecer a las mayorías para volver a manos de las élites. 

De legítima trinchera a responsabilidad pública: Un análisis sobre la huelga médica


Los sindicatos médicos convocan  huelga indefinida en todo el país a partir del 28 de octubre para reclamar a Sanidad un estatuto marco propio.

Como médico de familia que ha pasado algunas décadas en las trincheras de la Atención Primaria y a la vez conocedor de las mesas de gestión sanitaria, observo la convocatoria de huelga médica con un sentimiento tan ambivalente como doloroso. Entiendo el agotamiento de mis compañeros y reconozco la urgencia de sus mejoras. Sin embargo, analizando el trasfondo de este conflicto desde el rigor de la administración pública, resulta evidente que la motivación, la estrategia y el destinatario de esta protesta están profundamente errados.

El conflicto actual no se reduce a una disputa entre la ministra y el colectivo médico. Pretender reducirlo a un choque personalista invisibiliza un hecho institucional irrefutable: el Ministerio de Sanidad ha alcanzado un acuerdo sobre el nuevo Estatuto Marco con los cuatro principales sindicatos generalistas, los cuales ostentan la representación de cerca del 90% de la fuerza laboral del Sistema Nacional de Salud (SNS). 

El rechazo a este consenso por parte de las organizaciones exclusivamente médicas responde a una visión corporativista. Exigir un "estatuto propio" para el colectivo médico ignora que la sanidad pública funciona como un engranaje multidisciplinar. Del mismo modo que el Estatuto Básico del Empleado Público (EBEP) integra bajo un mismo paraguas jurídico desde Abogados del Estado hasta Auxiliares Administrativos, el marco laboral de la sanidad debe dar cobijo de forma armónica a todas sus categorías profesionales, asignando a cada grupo la retribución y responsabilidad que le corresponde. Pretender romper esa unidad negociadora fomenta una fractura peligrosa y crea médicos de "primera y de segunda" en la relación con el resto de los trabajadores sanitarios. 

Una de las mayores incoherencias de esta movilización es la confusión deliberada sobre el reparto de competencias. Las mayores reivindicaciones de la profesión médica (aumento de las cuantías de las guardias, retribución del complemento específico, estabilización del empleo y reducción efectiva de las cargas asistenciales diarios) son competencias exclusivas de las Comunidades Autónomas. 

Exigir al Ministerio de Sanidad decisiones presupuestarias y organizativas que atañen a los servicios regionales de salud no solo es jurídicamente inviable, sino políticamente tramposo. La actualización del Estatuto Marco a nivel estatal se encarga de definir la legislación básica, establecer los criterios de selección y fijar límites a la jornada asistencial, como la tan ansiada erradicación de las guardias de 24 horas. Sin embargo, la bajada a la arena presupuestaria para hacer realidad las 35 horas o actualizar los complementos específicos debe exigirse en las mesas sectoriales autonómicas. Es allí donde paradójicamente se están promoviendo privatizaciones y externalizaciones mientras se esquiva la responsabilidad ejecutiva. 

En el plano retributivo, la demanda sobre la cotización económica de las guardias revela un profundo desconocimiento de la normativa de la Seguridad Social. La base máxima mensual fija un techo (situado en 5.101 €) sobre el cual ningún trabajador, sea cual sea su profesión, puede cotizar monetariamente más. Dado que la masa salarial del médico sobrepasa habitualmente esta base, resulta técnicamente imposible incrementar la aportación económica por el concepto de atención continuada. 

Donde sí existe una reivindicación plenamente legítima y justa, y que debe recoger el marco normativo, es en el cómputo del tiempo efectivo trabajado durante esas guardias a efectos de acelerar el cómputo de años para la jubilación. 

Asimismo, exigir la implantación de la jornada de 35 horas en el sector público para compaginarla sin trabas con la actividad en la sanidad privada resulta deontológica y administrativamente inasumible. La exclusividad y la dedicación al sistema público no son un castigo, sino la garantía fundamental del sostenimiento de la equidad asistencial. 

Por si esos aspectos aún no se consideran suficientes para valorar la decisión en la práctica, desde la perspectiva de los usuarios, esta huelga corre el riesgo de percibirse con desconcierto y frustración al verse como las víctimas colaterales de un conflicto mal dirigido. Aunque la ciudadanía comprende el agotamiento del colectivo médico, puede resultarle difícil asimilar una protesta convocada bajo un tono corporativista que fragmenta al equipo de salud multidisciplinar, haciendo que parezca la búsqueda de un régimen de privilegios exclusivo frente a otros profesionales del sistema. Además, al exigirse en el Ministerio de Sanidad demandas presupuestarias y organizativas (como la carga asistencial o el pago de guardias) que son competencia directa de los gobiernos autonómicos, la huelga genera una confusión que la población puede interpretar como una estrategia políticamente tramposa, desviando la exigencia de soluciones reales de los verdaderos responsables regionales.

Atender el malestar médico es imprescindible para garantizar el futuro de nuestro modelo asistencial, pero la respuesta no puede pasar por el chantaje ni por atajos corporativistas que dinamiten la cohesión del sistema. Actualizar un Estatuto Marco tras más de tres décadas de parálisis es un paso valiente y necesario que debe celebrarse y consolidarse. 

Compañeros médicos: redirijamos el esfuerzo. Abandonemos la quimera de un régimen privilegiado e inconexo y exijamos a nuestras respectivas Comunidades Autónomas la gestión presupuestaria de calidad que nuestros centros de salud y hospitales necesitan urgentemente.

La izquierda: fragmentación, táctica y la responsabilidad para el votante

Volvemos a tropezar con la misma piedra de la división. La izquierda posee un talento quirúrgico para convertir la suma en resta. El recient...