Se llamaba Trébol porque, desde que perdió una de sus patitas delanteras, todos decían que parecía un trébol de tres hojas: incompleto y, sin embargo, con mucha suerte.
De cachorro, mientras aún olía a leche materna y lo que más le gustaba era el sueño, un día ocurrió. Fue en una tarde de verano, en una calle estrecha donde los niños jugaban a las canicas y las bicicletas pasaban demasiado rápido. Un crujido seco, un chillido agudo, un frenazo torpe de una rueda que derrapó sobre la arena. Luego, el silencio se rompió con el llanto del niño que conducía la bici, el de la mujer que salió al portal con las manos en la boca, el gemido del cachorro que no entendía por qué a su mundo había llegado un dolor tan feroz.
En la clínica con olor a desinfectante y a miedo. El veterinario habló despacio, como si las palabras le pesaran.
-Si queremos que viva, hay que amputar esa patita.
La mujer que lo había recogido de la calle asintió con los ojos humedecidos por las lágrimas. Aquella tarde, el cachorro entró al quirófano con cuatro patas y salió con tres, una venda blanca ocupando el lugar de la patita que ya no estaba. Nadie le explicó que su vida acababa de torcerse para siempre, pero su cuerpo lo entendió al despertar: al intentar incorporarse, el fracaso, el llanto que luego se quedó en frustración.
Los primeros días fueron un listado de desastres. Trébol se caía al intentar llegar hasta el recipiente del agua, calculaba mal las distancias, se chocaba con las paredes. Cada caída era una motivo de rabia. Pero dentro de ese cuerpecito maltrecho había mucha terquedad, esa que comparten quienes se niegan a rendirse. Primero aprendió a balancearse, luego a apoyar mejor la pata que le quedaba delante, a empujar con las traseras como si llevara un muelle en ellas. Poco a poco, la torpeza inicial se convirtió en una especie de baile, extraño pero eficaz.
En el refugio de animales lo llamaban “Valiente”. Había muchos otros perros, todos con historias de abandono, pero él destacaba por esa manera de caminar como si estuviera siempre a punto de caer y acababa pareciendo una broma. Las visitas se detenían siempre ante su jaula, todos ponían cara de ternura, mientras comentaban lo “especial” que era aquel perrito, pero todos seguían de largo. Nadie parecía dispuesto a llevarse a casa un perro al que le faltaba una pata; buscaban lo sencillo, lo simétrico, lo normal, lo que no les hiciera demasiadas preguntas.
Hasta que un sábado por la tarde entraron ellos. Eran jóvenes, cogidos de la mano y felices con un dibujo de una timidez en la mirada. Venían hablando en voz baja, como quien cuida lo frágil: sus planes, su futuro, esa vida en común que apenas empezaba a cobrar forma. Ella se llamaba Marina y llevaba el pelo recogido de cualquier manera, con un mechón escapándose siempre hacia la frente. Él se llamaba Diego y tenía una forma de mirar que parecía abrazarlo todo sin tocarlo. Venían “sólo a mirar”, a ver posibilidades, a imaginar nombres para un perro al que aún no habían puesto cara. Cuando pasaron frente a la jaula de Trébol, él ya los estaba esperando.
Se había acercado cojeando, con esa carrera sin ningún compas que hacía rebotar sus orejas. Apoyó la pata delantera que le quedaba contra la malla de la jaula y alzó la cabeza. No les ladró. No lloró. Sólo los miró con una insistencia tranquila, como si ya los conociera desde antes.
-Mira, susurró Marina. Tiene tres patas.
-Y cara de no preocuparle demasiado, respondió Diego, medio en broma.
Trébol ladeó la cabeza, como si entendiera. Luego, se sentó con torpeza y apoyó el tronco contra los barrotes, ofreciéndose entero, sin pudor. Marina se agachó, pegó la frente y la mano al metal frío y dejó que el perro le oliera los dedos. Detrás de las cicatrices, de la postura rara, había un corazón que latía deprisa, ansioso de contacto.
-Este no es un perro triste, dijo ella, sin despegar la vista de sus ojos.
-No, admitió Diego. Este perro ha caído, pero ha aprendido a levantarse.
La decisión la tomaron en ese instante en el que dos miradas coinciden y el mundo cambia su rumbo. Firmaron los papeles de la adopción, escucharon las indicaciones sobre curas, medicación, y cuidados a aquel perro “especial”. Todo les pareció bien y asentían a todo con la ligereza de quien sabe que las instrucciones son importantes, pero que el verdadero manual de tratamiento lo escribirían ellos en casa, día a día, con paciencia y con mucho amor.
La primera noche, Trébol recorrió el salón del lof como un pequeño explorador haciendo equilibrios. Cada mueble era una montaña, cada alfombra un reto. Se resbaló un par de veces y en una de ellas chocó contra la mesa tirando una revista al suelo. Diego fue a recogerla, pero Marina lo detuvo con una mano en el brazo.
-Déjale, dijo en voz baja. Tiene que aprender dónde están sus límites.
Trébol, que no conocía la palabra “límite”, se recompuso, sacudió la cabeza y volvió a intentarlo. Esta vez, logró llegar hasta la alfombra grande, donde se dejó caer con un suspiro satisfecho, como si hubiera conquistado la cima tras una ascensión.
Los días se llenaron de rutinas nuevas. Marina le curaba la cicatriz con ternura de enfermera, hablándole bajito mientras pasaba la gasa:
-Esto ya pasó, peque, le decía. Lo que duele ahora es sólo el recuerdo.
Diego, por su parte, se convirtió en ingeniero de inventos caseros colocando alfombrillas donde el suelo resbalaba, rebajó un poco la cama del perro, ideó una rampa para que pudiera subir al sofá sin trabajo. El hogar se adaptó pronto al cuerpo de Trébol, como un guante se acomoda a una mano diferente.
Y algo curioso empezó a suceder, cuanto más se adaptaba la casa a él, más se adaptaban ellos a la casa. Volvían antes del trabajo para sacar al perro, renunciaron a algunos planes para no dejarlo solo demasiadas horas, aprendieron a escuchar el ritmo de sus pasos en el pasillo como si fueran parte de una canción que ellos habían compuesto.
En los paseos, al principio, la gente se giraba a mirarlo. Algunos niños preguntaban sin reparo:
-¿Qué le ha pasado?
Marina solía responder:
-Tuvo un accidente, pero ahora está bien. Corre más de lo que parece.
Y lo demostraba soltando un poco la correa. Trébol arrancaba a trotar con ese estilo suyo, mitad salto, mitad galope, mostrando al mundo que la falta de una pata no le restaba alegría.
Una tarde de otoño, mientras caminaban por el parque, un chaval en bici se acercó demasiado, distraído. El sonido de la rueda rozando la tierra, la sombra que se les echó encima y el tiempo se le rompió. Trébol se quedó paralizado, los ojos abiertos sin parpadear , la respiración contenida. El ciclista frenó en seco, apenas los rozó, pero el eco del accidente de cachorro volvió a su mente como un trueno.
Marina se agachó de inmediato, se quedó a su altura.
-Eh, estás aquí con nosotros. Nadie va a hacerte daño.
Diego puso una mano en el manillar del chico, con calma.
-Ten cuidado, por favor dijo, sin enfado.
El muchacho murmuró una disculpa y se alejó.
Trébol tardó unos segundos lentos en mover la cola. Luego, como si aquel miedo hubiese necesitado por fin una escena para salir, fue acercando su cuerpo a las piernas de Marina, buscando su refugio. Ella lo rodeó con los brazos y se quedó así, en medio del parque, abrazando a un perro de tres patas que temblaba por un pasado que ya no se repetiría, pero que a Trébol aún le dolía. Diego los miró y pensó que aquel era el tamaño exacto del amor.
Con el tiempo, curo la cicatriz de la pata y la cicatriz de la mente también empezó a cerrarse. Trébol dejó de sobresaltarse con cada bicicleta, se acostumbró al sonido de los timbres, al rumor del tráfico. Aprendió un truco: cuando quería cruzar una calle, se adelantaba un poco, miraba a Marina y a Diego y luego al semáforo, como si esperara su aprobación. Parecía entender que el mundo tenía reglas y que, con ellos ya no era tan peligroso.
Por las noches, la casa estaba llena de paz. Marina y Diego veían series a medias, discutían sobre qué cocinar, se peleaban por quién había dejado la toalla en el suelo del baño. Pequeñas guerras cotidianas que, de repente, quedaban suspendidas cuando Trébol saltaba torpemente al sofá, apoyaba la cabeza en las piernas de uno de los dos y soltaba un suspiro agradecido.
-Nos mira como si fuéramos lo mejor que le ha pasado, dijo Diego acariciándole el lomo.
-Es que lo somos. Igual que él es lo mejor que nos ha pasado a nosotros, respondió Marina.
Porque en la casa ya no había sólo un perro con tres patas. Había un espejo tierno en el que la pareja se reconocía. En la paciencia con la que esperaban a que él subiera la escalera, aprendieron a esperar y tener paciencia también en los días difíciles del otro. En las risas que les provocaba ver cómo perseguía su propia cola sin encontrar nunca el equilibrio, aprendieron que la perfección no era imprescindible para ser felices. En la forma en que él, pese a sus cicatrices, se lanzaba cada mañana a la vida como si todo fuera nuevo, encontraban una enseñanza: ellos también podían seguir adelante, aunque el pasado dejara marcas.
Una noche de lluvia, mientras las gotas golpeaban los cristales, se fue la luz en el edificio. El salón quedó a oscuras, la ciudad reducida a un murmullo lejano. Marina encendió una vela en la mesa y Diego se sentó en el suelo, apoyado en el sofá. Trébol se acomodó entre los dos, su cuerpo caliente haciendo de puente. Afuera, todo era incierto y húmedo. Dentro, el pequeño círculo de luz dibujaba tres siluetas: dos humanas, una canina, imperfectas y completas a su manera.
-¿Te das cuenta? murmuró Marina, pasando la mano por la cicatriz ya casi invisible del perro.
-¿De qué?
-De que lo que nos falta, a veces, es lo que nos enseña a amar mejor.
Diego no respondió. Se limitó a apoyar la frente en el hombro de ella y a dejar que su mano se perdiera en el pelaje suave de Trébol. El perro, medio dormido, movió la cola una vez, como si confirmara la frase con contundencia animal.
La luz tardó en volver, pero no les importó. En aquella penumbra, el mundo era muy pequeño. Bastaban tres corazones latiendo al mismo ritmo, tres presencias que habían aprendido a acomodarse las unas a las otras. Trébol soñó con campos abiertos y con bicicletas que ahora ya pasaban lejos. En su sueño, corría sin caerse, con tres patas suficientes para alcanzar todo lo que quería.
Y cuando, ya de madrugada, se removió en su cama y se acercó dando saltitos descompasados hasta la puerta del dormitorio, Marina entreabrió los ojos, sonrió en la oscuridad
-Ven, dijo.
El perro se subió con cuidado, se acurrucó a los pies de la cama y, antes de dormirse del todo, pensó (porque los perros piensan) que, al final, aquel golpe de bicicleta le había quitado una pata, pero le había señalado el camino hacia un lugar donde ser querido sin condiciones, su falta no era tal, ante el amor que cabía en aquella casa. Y esa había sido su verdadera curación: saber que, con tres patas y un corazón entero, era suficiente.
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