lunes, 2 de febrero de 2026

La guerra que perdimos en la paz


Hay cosas que uno lee y le hacen pensar cuantas cosas se pueden decir para disfrazar algo. Dicen que, en España, a la guerra civil la perdimos todos. Y hasta esa errata suena a programa político, porque aquí, donde se entierra tan bien a las personas, se cultiva mejor el rencor que la memoria sino el rencor, y esa siembra da una cosecha que nunca se acaba.

En la situación en que tenemos el patio patrio, organizar unas jornadas para hablar de la guerra y de sus ecos, es añadir al ambiente esa historia que sigue oliendo a cunetas, pero también a naftalina en los despachos. Por muy encuentro académico que lo definiese, por muchas palabras educadas y domesticadas que dijese, este país que presume de libertad no tardó un minuto en abalanzarse sobre un escritor por ejercerla diciendo “no voy”. Davis Uclés, eligió no sentarse en la mesa. Le han llamado de todo los guardianes de la pureza, soldados ideológicos que confunden discrepar con traicionar y ser crítico con realizar un acto de herejía.

Hay quien ve la historia desde el otro lado, y respondió con rabia en nombre de las víctimas y de la historia. Hablar de que “la guerra la perdimos todos” suena a truco de prestidigitador, a poner una frase brillante en el cartel, pero a la vez letal para la memoria. Solo los vencedores tuvieron desfiles, misas, placas y dictadura, porque los vencidos lo que tuvieron fueron fosas, silencio y miedo. Poner todo en un mismo saco es como decir que el verdugo y la víctima comparten una mala experiencia. La equidistancia es un maquillaje que sale barato, porque no cura las heridas, solo las disimula para que no se noten en la foto. 

No es solo la guerra lo que se discute, es el modo en que hablamos de ella. Unos invocan la libertad de expresión como un salvoconducto pero olvidan que las palabras también hieren cuando con ellas se blanquea la injusticia. Otros enarbolan la memoria como escudo y olvidan que recordar no significa prohibir que el otro hable, sino escuchar para responder mejor. El resultado es un debate de sordos donde cada cual grita para su propia hinchada y nadie se toma el trabajo de entender al rival, ni siquiera para rebatirlo con precisión.

Mientras que la plaza pública se llena de espectadores. Algunos celebran entre risas la retirada de un humorista cansado, Héctor de Miguel, como si cada cansancio no fuera también una derrota del espacio común donde aún se podía dudar, exagerar y equivocarse sin que ardiera el cielo. Aplauden la renuncia como quien aplaude un gol en propia puerta, sin saber que el partido lo pierden ellos. El humor y la comedia se retiran, mientras el odio anuncia una nueva temporada.

Vivimos ahogados en la exuberancia de la miseria. Hay tanto desprecio circulando que cada polémica es un escaparate donde se expone lo peor de cada uno, el insulto fácil, la sospecha continuada, el ajuste de cuentas hasta con desconocidos. La guerra terminó hace décadas, pero el negocio del odio es hoy una tienda abierta 24 horas.

En el fondo, las jornadas son lo de menos, porque no nos engañemos, da igual si se celebran o se suspenden, si se corrigen los errores o no. Lo importante es ver en los medios cómo hemos convertido el acto en un examen de pureza, la no asistencia en deserción, cualquier matización en una herejía. Y así, mientras discutimos si la guerra la perdimos todos, perdemos los pocos lugares donde todavía era posible conversar sin acabar sacando la navaja.

La pregunta no es quién perdió la guerra, sino quién está perdiendo la paz. Porque la paz es la presencia de palabras que no buscan matar. Y en este país que entierra tan bien, seguimos excavando cada día nuevas fosas para enterrar las dudas, la complejidad y la frágil posibilidad de escucharnos sin tener que destruirnos.


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