lunes, 9 de febrero de 2026

El mundo que nos está esperando


Ayer veía un documental de historia, en el que se mostraba al fascismo quemando los libros de una biblioteca. Hoy no le hace falta quemarlos, porque le basta con que nadie los lea. Las redes sociales para los más jóvenes y las grandes (o menos grandes) pantallas de televisor en los salones de las casas, son las encargadas de iluminar y volver ciegas muchas conciencias. En muchos casos por ambas vías, se  han ocupado los lugares que antes ocupaban las palabras. En estos tiempos, no solo respecto a ideología pero sobre todo en ella, no se piensa y todo se limita a deslizar el dedo. Cada vez es menor el número de españoles que reflexiona sobre los acontecimientos y su "por qué", y mayor el que solo consume.  

La tecnología, que nos dijeron que nacía para liberarnos de realizar mayores  esfuerzos, lo que realmente está consiguiendo es encadenarnos, someternos a una servidumbre invisible. Cuando las abascales, ayusos, tellados y demás hierbas, nos hablan de libertad, lo que están haciendo es un intento de convencernos (y muchos lo han creído), de que somos libres porque podemos elegir. Lo que pocos aprecian en esa estrategia es que  su elección, tienen que hacerla entre mil versiones de la misma mentira. Todo está diseñado para distraer, mientras la información se fragmenta, la verdad se diluye, y el ciudadano se siente acomodado en su propia jaula, acariciando la pantalla que dicta lo que debe sentir, temer o desear. Todo para que sea incapaz de apreciar que la jaula tiene barrotes.  

Basta una simple lectura a los comentarios de algunos artículos o muros para comprobar que más que el ruido de los mensajes grandilocuentes, lo que hay es un silencio que suena mucho más fuerte, es el de las conciencias adormecidas. A parte de mi generación la sometieron con alcohol y otras drogas químicas, ahora las drogas son digitales, y han conseguido que corran por las venas de una sociedad anestesiada. Encontrar en esos paramos del pensamiento lucidez, resulta hoy una rareza, una planta endémica, un animal vivo en peligro de extinción, pero, sobre todo, un lujo peligroso. Pensar hoy es un acto revolucionario y subversivo, y dudar de lo que nos cuentan los tertulianos o nos describen los titulares, es una enfermedad incurable.  

El sexo, que alguna vez fue un lenguaje del alma, se ha vuelto pornografía, y si no llega a eso, es mercancía empaquetada en alta definición. El objetivo es muy evidente: que las nuevas generaciones aprendan lo que es el deseo en sus fábricas del simulacro, donde los cuerpos se compran y se desechan al ritmo de los clics. Y en esa atmósfera, las mujeres, esos seres iguales a los varones a las que el mundo prometió liberar, las están reduciendo, salvo excepciones cada vez más raras, a fantasmas de silicona, no cómo las naturaleza las creo, sino moldeadas al capricho del mercado.  

Mientras eso acontece, allá arriba, en las grandes moles de cemento y vidrio donde habita el poder, los imperios continúan jugando su partida de siempre. Y nos preocupamos de lo interno, sin prestar atención a como los tres gigantes, Estados Unidos, Rusia, China, nos predican derechos humanos con la boca mientras los pisotean con la bota. Los humanos no les importamos en su lucha por el oro de este nuevo siglo (el litio, el silicio, el agua) y ya su tablero es el planeta entero. Da igual el lugar, Venezuela, África, Ucrania, Groenlandia, Irán, Cuba. Solo es ponerle nombres diferentes a lo que es un mismo incendio.  

Ya no se necesita ni declararlas no que estallen las guerras, ahora es suficiente con deslizar la idea, para ver cómo se filtran en forma de deuda, de sanción, de miedo. El terror se ha convertido en el idioma común, y el mundo en que vivimos es un campo de batalla permanente, una guerra sin cuartel, donde el ciudadano se ha acostumbrado a vivir entre sirenas y titulares. Quizás por eso ya nadie se muestra sobresaltado cuando  oímos que puede haber una guerra civil en ese país que nos dijeron que había inventado la libertad, ni que tres capitales con capacidad nuclear se miran con un odio contenido. El futuro parece que nunca llega porque se amasa en el presente. Y este presente, el que nos han vendido como progreso, cada vez se parece más a un ensayo general del gran desastre. 

Pero aún hay quienes se les resisten, quienes se atreven a pensar, a leer a escondidas, quienes prefieren apagar la pantalla para encender una idea. Tal vez ellos representan la esperanza. Esos pocos insomnes, puede que sean los que escriban el verdadero mundo que nos espera.

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