martes, 17 de febrero de 2026

Silencio después del portazo.


Silencio después del portazo.
Éramos tan diferentes, que pensar en que entre nosotros pudiera surgir alguna llama, siempre lo creí imposible, y pensar en que aquello tendría futuro, era para mí una entelequia. Lo supe desde el primer día, aunque me empeñé en ignorarlo. Ella hablaba con esa tibieza del sol en invierno, y yo, en cambio, estaba lleno de certezas, tantas que a veces se me caían de los bolsillos Una de ellas era que el amor bastaba para arreglarlo todo. Me equivocaba, porque solo amar, nunca es suficiente, nunca basta.
Recuerdo la tarde en que las promesas que nos hicimos parecían eternas. Veo aquel bar de pareces marrones, con olor a café y con la lluvia de otoño nublando las ventanas. Me prometió que aquel amor seguiría siempre, y yo la creí con una la misma fe con la que un niño cree en los magos. Estábamos convencidos que las promesas podrían fortalecerse con el tiempo. Qué necios fuimos, nos equivocamos.
Porque desde el principio no me resultaba fácil entenderla. Decir si a algunos de sus planteamientos me hacía sentirme raro, como si cada una de tus palabras pudiera romper algo en mi interior. Entenderla era aceptar que estabas lejos incluso cuando sonreía a mi lado. Empezaba a escuchar silencios resignados. Hoy miro alrededor y todo aquello parece detenido en un pasado, como si el aire hubiera decidido marcharse y mantenerlo suspendido.
Al marcharse, el ruido más fuerte no fue el portazo, sino el silencio de después. Creí que iba a llorar, pero me di cuenta de que ni siquiera tenía lágrimas. Solo me quedé ahí, sentado (o de pie, no lo sé), intentando acostumbrarme a esa nueva forma del vacío. No la culpo. Nadie nos enseña qué hacer con lo que se rompe. Nos entrenan para la catástrofe, no para el dolor por goteo. Pero lo nuestro se fue filtrando, poco a poco, hasta dejar solo esta humedad de recuerdos.
Lo que mata el amor es la inercia, y resistir cuando el amor se ha ido, mientras se finge que todavía queda algo pendiente, es inercia. Y entonces siempre llega el infierno por el miedo a reconocer lo que ya no somos, y mantener una esperanza en algo que no existe. Luego la soledad se convierte en un hábito, y eso nubla las mirada de la memoria. Y el miedo vuelve, aunque nadie grita. En las verdaderas despedidas solo se escuchan murmullos, y a veces se oye el chasquido de algo que se rompe dentro. El amor ,cuando duele, deja de ser algo de dos juntos y se convierte en dos en sus respectivas trincheras.
Y sin embargo, a veces la recuerdo, no por nostalgia, sino porque hubo cosas que nunca aclaramos y esas siempre se quedan a vivir en las grietas de la vida. Me refugie para olvidar en nuevos proyectos, en nueva gente. Pero cada vez que el cielo se apaga un poco, vuelven a mi mente los reproches mezclados con ternura. A veces el amor se nos escapa por las heridas, sin avisar, sin señalar culpables, sin posibilidad de curación.
Lo nuestro fue un error, aunque lo imaginábamos milagroso. Creíamos que amar era suficiente, pero el miedo devoró todo. Hoy el aire pesa un poco más. Pero, aun así, cuando cierro los ojos, sigo viendo su silueta cómo cruza detrás de la niebla en el cristal en la ventana de aquel bar. El adiós era la única forma de no seguir haciéndonos daño. Dicen que el amor no se acaba, que solo se transforma. Yo no sé si es cierto, pero me consuela pensarlo.
No le guardo rencor. Tampoco la idolatro. Es solo el recuerdo de algo que mereció ser verdad, aunque no al final no lo fuera. No sé si ella leerá esto. Tampoco sé si quiero que lo haga. Pero hay cosas que no se dicen para ser escuchadas, sino para no seguir callándolas.

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