lunes, 2 de febrero de 2026

El voto de la vergüenza


Hay fracasos que, más que del Gobierno, son del país entero. Que un paquete de medidas sociales, todas necesarias, todas dignas, todas urgentes, caiga en el Congreso no es sólo un traspié parlamentario, sino una radiografía de quién puede esperar algo del poder y quién no puede esperar nada. Porque en esa votación no se discutían tecnicismos ni estrategias, sino el grado de miseria que todos y cada uno de los grupos parlamentarios están dispuestos a consentir.

Las derechas, tan rápidas siempre para citar la Constitución cuando les conviene, olvidaron en ese instante de la votación de su primer artículo: la defensa de la dignidad humana. Prefirieron una pequeña victoria táctica, como pieza de caza que exhibir al día siguiente, con el titular que insinúa que el Gobierno “fracasó”. Pero seamos claros y trasparentes, lo que fracasó no fue una fórmula ómnibus ni una ingeniería legislativa estrambótica. Fracasó la decencia parlamentaria, la que debería obligar a votar sí sin mirar quién propone si el propósito es aliviar el hambre o el frío de los más pobres.

Porque invertir el argumento y decir que la subida de las pensiones debía ir sola, que cada ayuda merecía su debate aparte, no es más que una coartada, una forma elegante de lavarse las manos. Es como si el formato fuera más ofensivo que el fondo del asunto, como si los estómagos pudieran esperar al procedimiento adecuado.

No, la vergüenza no es del Gobierno por juntar las medidas, sino de quienes decidieron castigarlo sin pensar a quién castigaban. Votaron contra los que más les urge porque lo necesitan, contra los pobres de solemnidad, contra quienes ya no esperan milagros ni promesas, sino apenas una tregua. Así, la política se reduce a un teatro, puro teatro, donde unos juegan al ajedrez y otros, los de abajo, ponen el cuerpo de las fichas.

En el fondo, lo que se rechazó no fue un paquete de medidas sino una idea de país. Una donde la solidaridad no es un cálculo electoral ni un gesto de caridad, sino una obligación civil. Y ésa, por lo visto, es todavía una idea que muchos no están dispuestos a votar.

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