¿Habrá servido para algo el acto institucional, presidido por los reyes, para conmemorar la Constitución de 1978? Sinceramente creo que no. El espíritu de consenso constitucional se quedó atrás. Nadie en el Congreso parece escuchar realmente lo que el rival político le dice. Las palabras han dejado de ser puentes para convertirse en piedras y el discurso en un apedreamiento. La derecha y la ultraderecha, una con su tono de falsa moderación, y la segunda con su voz de trueno, parecen disputarse quién es capaz de tensar más la cuerda del desprecio. Ellas no hablan de políticas, ni de sanidad, ni de vivienda, ni de los jóvenes que se marchan ni de los viejos que esperan. Hablan de “ellos” y de “nosotros”. De “ellos corruptos” y “nosotros los patriotas”.
Detrás de cada frase solo se percibe acidez: la sospecha sin pruebas, la injuria elevada a estrategia, el odio disfrazado de convicción moral. Y lo más triste no es escuchar a los lideres, sino ver cómo tantos aplaudían desde las gradas, convencidos de que destruir al adversario era ganar, aunque quien pierda sea el pueblo. No entienden, o no quieren entender, que cuando se siembra desprecio contra media España, es el propio país el que se pudre por dentro. Que cada vez que llaman “cómplice” o “traidor” al vecino que vota distinto, hacen más difícil esa convivencia que tanto dicen defender.
España no necesita mártires del insulto ni profetas del miedo. Necesita líderes que recuerden lo esencial: gobernar es servir, y oponerse es ofrecer alternativa, no incendiar la casa común. Porque cuando se olvida la dignidad del otro, cuando la política se convierte en venganza y la discrepancia en delito, el ruido sustituye a la palabra y la mentira se sienta en el escaño. Y entonces, de tanto gritar, acabamos no oyendo la parte humana inherente a la política.
¿qué desgracia debe ocurrir para que dejen de sembrar odio?
Pues no. don Felipe VI, el acto institucional para conmemorar la Constitución de 1978 no ha servido para hacer país.
No hay comentarios:
Publicar un comentario