La primera vez que le dijo que confiara en ella, él pensó que era una petición más, como quien pide sal en la mesa o fuego en la esquina de un bar para el cigarrillo. No sospechó que esas palabras eran, en realidad, un contrato preciso, sin letra pequeña, pero que implicaba muchas noches en blanco, muchos vasos a medias, muchos silencios llenos de gritos interiores.
Él llevaba años con el nudo atravesado en la garganta. No era un frase heroica, sino un grito doméstico, un alarido bajito que se le quedaba encajado cada vez que estaba a punto de decir “no”, “basta” o, simple y sencillamente, “hoy no puedo”. Ella, en cambio, tenía el don de la frase nítida, del “qué felices”, algo que siempre decía con una sonrisa que nunca terminaba. A él le fascinaba la distancia entre la palabra y el gesto, como si cada “qué felices” fuera alquilado para una cita que siempre acababa en otro lugar.
Se veían de vez en cuando. No había horarios ni promesas, solo mensajes a deshora: “¿Estás?”, “¿Puedo pasar?”, “Te echo de menos”. Él decía que sí siempre. No por entusiasmo, sino por saber que, detrás de tanta duda, tenía que haber algo, un punto de luz. Ella llegaba envuelta en ese miedo incontenible que traen quienes han aprendido a querer sabiendo que era mejor tener la maleta hecha y en la mano.
-Dame un sitio, le pidió una noche, sin aclarar nada más.
Él le ofreció un sitio en su lado de la cama, un trozo de manta, una taza de café demasiado amargo. Pero ella no hablaba de eso. Quería un pedazo de tranquilidad, un pedazo de certeza, algo que pudiera guardarse en el bolsillo para cuando se le cayera el mundo encima. Él se dio cuenta entonces de que estaba intentando repartir una moneda que tenía valor solo por una cara.
A veces, mientras ella hablaba de “los dos”, él la observaba con una mezcla de cariño y sospecha. Sonaba tan bonito: “nosotros”, “nuestro futuro”, “lo que podemos ser”. Pero había un renglón torcido en aquella historia del porvenir. Cada vez que ella dibujaba un nosotros, era como si la palabra empujara el suelo hacia un lado. No era miedo al compromiso, era la sospecha de que aquello se sostenía sobre un andamio que no era de ellos.
Ella presintió antes que nadie que algo había cambiado. Fue una tarde cualquiera, en un bar cualquiera, con una luz cualquiera entrando por la ventana. Ella lo miró y ya no lo encontró. Estaba allí, sí, con su vaso de siempre, su sonrisa de medio lado. Pero había algo en la forma en que él escuchaba, que la dejó fría.
-Estás raro, dijo.
Él pensó en explicarle que había empezado a cansarse de caminar en la cuerda floja, de ese ir y venir en el que cada abrazo, cada beso, eran un billete de ida sin horario de vuelta. Que el equilibrio, con ella, era una promesa tan bonita como impracticable. Que no se podía caminar siempre con el corazón en limite, con las respuestas ya ensayadas. Pero solo acertó a encogerse de hombros.
Le mintió y dijo
-Estoy igual que siempre. A lo mejor somos nosotros los que ya no.
Esa noche, al llegar a casa, ella se miró al espejo. Se repitió el “qué felices” que llevaba años diciendo y, por primera vez no le sonaba a ilusión compartida, sino a conjuro, a frase aprendida para espantar sus fantasmas. De pronto notó caras tristes detrás de cada “nosotros”, como si cada “qué felices” hubiera sido una foto colgada en la pared equivocada.
Él, mientras tanto, caminaba sin rumbo, evitando bares conocidos, excusándose de planes deprisa, como si la prisa fuera su mejor coartada. Se sorprendió a sí mismo rechazando invitaciones, apagando el móvil, alargando el paseo hasta casa. No era fidelidad, no era miedo a caer en la tentación. Era el convencimiento de que llevaba años viviendo deprisa para no detenerse en el único sitio donde había que mirar: dentro de si mismo.
“¿Para qué?”, se preguntó, mientras veía pasar gente con bolsas, parejas que discutían bajito, adolescentes que reían demasiado fuerte. “¿Para qué seguir corriendo si cada vez que ella viene me convence, me abraza, me habla de los dos y yo siento que no estoy?”. La frase le sonó ridícula y luminosa a la vez, como esas verdades que uno descubre tarde y que debería haber escrito en una servilleta para poder repetirla sin olvidarla.
Pasaron algunas semanas sin que ninguno de los dos fijara la hora de la próxima cita. No fue una ruptura; fue un silencio. Ella llenó sus noches con libros empezados y tazas de algo caliente que nunca terminaba. Él se obstinó en una rutina: trabajo, supermercado, algún café tranquilo, una novela en la mesilla. Cuando sonaba una canción demasiado parecida a ellos, cambiaba de emisora.
Hasta que una noche, ella le escribió el mensaje: “Ven. Dame un abrazo”. Lo miró durante cinco minutos, como si colocara en su pecho una bomba de relojería. Lo borró. Lo volvió a escribir. Lo envió. Luego apoyó el móvil boca abajo, como si lanzase una botella al mar y se diera la vuelta para no ver si flotaba.
Él lo leyó de pie, en la cocina, con las manos aún húmedas del fregadero. Sintió la vieja cuerda tensarse sobre su cabeza. Podía ir, como siempre, como casi siempre. Podía dejarse convencer, abrazar, escuchar una vez más la historia de los dos. Podía, incluso, decirse que esta vez sí, que esta vez sería diferente, que el equilibrio no es imposible si se camina con cuidado.
Se sentó a la mesa, se secó las manos en un trapo, apoyó el teléfono frente a él. Pero no contestó. Se quedó mirando la pantalla apagada, como esperando que la respuesta apareciera sola. Al final, escribió despacio, como quien redacta una carta que no quería tener que escribir nunca:
“No sé dónde estoy, pero sé que así no voy. O encontramos un equilibrio o es mejor que no vengas solo a convencerme.” No lo releyó. Lo envió. Sintió algo parecido al miedo, pero también algo que rozaba la calma.
Ella leyó el mensaje con un nudo en la garganta. Estuvo a punto de responder “qué felices podríamos ser”, de recurrir a su frase favorita, ya gastada. Se miró en el reflejo oscuro de la pantalla y, por primera vez, no se reconoció diciendo esas palabras. Vio la tristeza en el gesto imaginado, la cara cansada detrás del plural perfecto. Entonces, contra todo pronóstico, no escribió nada. Se tumbó en la cama, miró el techo y dejó que el silencio, ese viejo enemigo, se sentara a su lado. Tal vez hacía falta, por una vez, solo quedarse ahí, quieta, sintiendo el miedo.
Al otro lado de la ciudad, él apagó la luz del salón. No sabía si había hecho lo correcto, ni si había cerrado una puerta o la había dejado entornada. Solo sabía que, por primera vez en mucho tiempo, no estaba caminando detrás de nadie. Había algo que se parecía a una forma nueva de confianza en sí mismo.
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