La consecuencia de Extremadura y Aragón: Feijoo y Abascal ya son hermanos gemelos en el Registro Civil.
El Partido Popular ya no baila con la extrema derecha. Ahora la extrema derecha lo lleva del brazo, le agarra la cartera y le dicta el guion mientras le susurra al oído qué decir sobre los pobres que lavan platos y limpian culos.
Hubo un tiempo en que el PP regularizaba a 500.000 personas y lo llamaba sensatez económica, estabilidad social, necesidad demográfica. Ahora, cuando España vuelve a hablar de dar papeles a quienes llevan años haciendo los trabajos que nadie quiere, el mismo partido se presenta en Bruselas como si viniera a salvar a Europa de una invasión organizada por Soros, la ONU y el coco.
En la Eurocámara, la operación ideada por el PP ha terminado convertida en una verbena ultra, con Vox marcando el tono del discurso: manipulación del censo, efecto llamada, mafias, hordas que vienen a “robar, violar y saquear” mientras los buenos patriotas tiemblan detrás de sus persianas. Lo que iba a ser una solemne defensa de Europa se ha convertido en mitin de barra de bar, con la derecha tradicional repitiendo, dócil, los eslóganes del socio al que finge no parecerse.
Entre acusaciones de complot demográfico y fantasmas de islamización, en el debate asoma una frase que lo dice todo: que la izquierda, el Gobierno, o quien toque hoy de enemigo, “quiere esclavos para limpiar culos de ancianos”. Lo terrible no es solo el insulto; es una confesión involuntaria.
Porque, si alguien ve “esclavos” cuando mira a quienes cuidan mayores, limpian residencias y sostienen una economía de cuidados precarizada, quizá está hablando más de sus propios deseos que de las intenciones ajenas. Detrás del espantajo del “efecto llamada” hay un miedo mucho más prosaico: que esas manos que hoy encadenan a la precariedad tengan mañana derechos, papeles, voto y voz, y además deban abonar la cotización a la seguridad social.
Europa vive de espalda al espejo: necesita esos cuerpos para sostener pensiones, hospitales y residencias, pero se niega a mirarlos a los ojos, no vaya a ser que descubra que son personas y no material fungible. Y el PP, que lo sabe, ha decidido competir con Vox a ver quién pronuncia con más desparpajo la palabra “esclavos” mientras jura defender la dignidad humana.
En Madrid, la partitura se repite, aunque con otros acordes. La nueva voz del partido alerta de un “efecto llamada brutal”, de servicios públicos “tensionados” y de un país al borde del colapso si se regulariza a quienes ya están aquí, trabajando, pagando alquileres y sosteniendo la vida cotidiana de una sociedad que prefiere fingir que no existen.
Que nadie se engañe: cuando la derecha habla de orden, piensa en servidumbre; cuando habla de “esclavos”, confiesa su programa. Pero a la larga, la vida siempre pasa factura, y ya lo decían las abuelas: “no se puede tener a la vez la cartera, el sillón… y la conciencia limpia”.
Esto es lo que dicen que a los españoles se nos avecina.
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