domingo, 15 de febrero de 2026

Rendidos a la ultraderecha


En Aragón, las urnas han hablado, y lo que dicen no es ninguna novedad sino una repetición: el Partido Popular sigue persiguiendo la sombra que proyecta Vox. Allí donde creía encontrar un atajo hacia el poder, lo que hay es un barranco ideológico del que ya no saben cómo salir.

Feijóo insiste en colocarse cada mañana el disfraz de la moderación, pero se le notan los pliegues del traje. Intenta hablar con aires de estadista, pero no puede evitar que le tiemble el pulso cada vez que la ultraderecha le marca el paso. No lidera: reacciona. No propone: imita. Y en esa imitación sin convicción, el PP ha terminado por convertirse en caricatura de sí mismo, una copia borrosa del original que hoy lo alimenta.

Porque sí, el original es Vox. Más tosco, más ruidoso, más brutal, pero también más auténtico en su brutalidad. Y el votante, que detecta sin dificultad el olor del miedo, prefiere la versión sin filtros. El PP creía que podía domesticar al monstruo; lo que no vio venir es que el monstruo acabaría enseñándole los trucos con los que montar su deplorable espectáculo.

El discurso del PP se ha ido estrechando hasta alcanzar esa línea donde ya no se distingue la defensa de la patria de la nostalgia del franquismo. Se confunden los patriotismos con los miedos, y los aplausos suenan igual para el negacionismo climático que para el insulto al diferente o al que no piensa cómo ellos. En ese ruido, lo que antes nos escandalizaba ahora apenas provoca un bostezo.

Mientras tanto, Ayuso ensaya su propio libreto, ese torrente verbal donde cabe todo: la impunidad, la burla, la desmemoria, y la falta de respeto. Feijóo la observa con la sonrisa tensa del que intuye que su moderación no da clics, que la barbarie que Ayuso vende bien empaquetada se vende mejor. Lo triste no es que la derecha copie a la ultraderecha; lo preocupante es que lo haga sin darse cuenta de que no solo copia las formas sino el fondo, copia también su alma.

Nos hemos acostumbrado a algo que antes era impensable. Negar la violencia machista se ha convertido en argumento de tertulia, y hablar de “invasiones migratorias” ya no sonroja a nadie. La política española, se ha convertido en un parque temático del odio, donde cada vez tiene menos espacio la verdad y mucho más el espectáculo.

Y así seguimos en este domingo después de San Valentín, como en una versión interminable de esa película que ya hemos visto demasiadas veces: los de siempre pretendiendo ser otros, mientras el paisaje se llena de banderas, los gritos sustituyen a las razones y las urnas, cada cierto tiempo, nos devuelven la misma pregunta: ¿cuánto estamos dispuestos a ceder en decencia?, ¿cuánto en memoria o en humanidad con tal de que los nuestros ganen?

En ese espejo deformante que es la política, el PP cree que se fortalece cuando en realidad se desdibuja. Cada vez que copia el manual del odio, pierde una página de su propio relato; y cada vez que intenta moderarse, su socio ultra le recuerda quién manda de verdad. No hay estrategia más suicida que alimentar a la bestia pensando que después obedecerá.

El resultado no puede ser más claro: una derecha que se parece peligrosamente a la extrema derecha, una extrema derecha que gana terreno sin gastar energía, y una sociedad que se acostumbra al ruido, a la caricatura y al miedo como instrumentos de poder. La rendición del PP no es ideológica, es moral.


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