martes, 17 de febrero de 2026

Las mejillas de Clara

La conocí una tarde de invierno, tenía que complementar una parte de mi trabajo y  buscaba información en la biblioteca del hospital. Mientras releía páginas en el Harrison y repasaba historiales con la resignación de saber que aquello eran datos ajenos a mi paciente, y sin esperanza de hallar una solución a su problema que se había empeorado de manera progresiva en los últimos días, ella entró buscando un libro de anatomía, un ejemplar de esos que alguien nunca llega a devolver. Tenía esa calma que no se impone, que hace que no se mueva el aire, pero elevó el tono con la bibliotecaria al ver la imposibilidad de encontrar el texto que buscaba. 

Dejé mi mesa y me acerqué al mostrador de la entrada a entregar el texto que había consultado. Al escucharla hablar del libro de anatomía que ella solicitaba, intervine. 

-Yo tengo ese texto, no es de la biblioteca, sino mío, pero puedo prestártelo. 

-Pues te lo agradecería, porque lo necesito para un examen. Respondió.

Hablamos unos minutos. Algunas coincidencias menores, un autor, el cansancio… y  quedamos al día siguiente en que pasaría por mi consulta a recoger el texto. Así lo hizo, y desde entonces, sin entender cómo, su voz se quedó alojada en mis pensamientos.

En los días siguientes la veía cruzar los pasillos, siempre con prisa, siempre riendo con otros estudiantes. Yo me decía que era solo una fascinación pasajera, un impulso que me había provocado la rutina de la consulta; pero cada vez que ella pasaba cerca, sentía que el entorno se disolvía. Nos saludábamos y hablábamos, pero las conversaciones perdían palabras. Los relojes pasaban más despacio cuando se acercaba la hora en la que sabía que si salía de mi consulta podríamos coincidir. Con el paso de las semanas su nombre se volvió una constante en mi interior, era como una oración que brotaba sin que yo la invocase.

Cuando por fin empezamos a hablar de verdad, descubrí que su vida era todo aquello que yo más temía: abierta, inestable, llena de holas y de despedidas. Me miraba con ternura, pero desde lejos; como quien intuye un peligro en caso de acercarse demasiado. Yo, en cambio, me aferraba a cada uno de sus gestos, a cada silencio caminando a su lado a la salida del hospital, bajo las luces y envueltos en el frío de la avenida. Ella me hablaba de viajes que había planificado y de cosas que le habían resultado imposibles, y yo fingía entenderla, aunque por dentro solo pensaba en de qué manera podría retenerla un poco más de tiempo.

Una noche al despedirnos me besó, apenas un instante,  un roce breve, pero suficiente para que todo se quedara suspendido en el aire. Desde entonces, no puedo evitar en momentos de soledad volver a ese momento. Se había anclado en mi respiración, en mis sueños interrumpidos, en esa parte del pensamiento donde las cosas no se pueden nombrar sin que al hacerlo te desarmes.

Pasaron más semanas, y aquel amor, que había nacido sin permiso, empezó a doler. Ella aprobó el MIR y sabía que no se quedaría en la ciudad; yo lo intuía, pero fingía no querer verlo. Hasta que una mañana me encontré sobre la mesa de mi consulta una nota con su letra: “Me han dado una plaza en Salamanca. No puedo quedarme. Gracias por recordarme que aún puedo sentir algo.” No hubo escenas de despedida, ni lágrimas. Solo un vacío que dolió más que cualquier despedida. 

Ese día comprendí que amar también consiste en aprender a perder. El tiempo siguió su curso, con cambios de destino, turnos, otras manos, otros nombres en mi vida, pero Clara permaneció en esa zona dormida de mi memoria, donde yo la conservaba, sin dolor, sin rencor. 

Hasta que, años después, una tarde cualquiera, tras un congreso regresaba en tren, y la encontré en una estación. No la reconocí de inmediato: llevaba el cabello más corto y la serenidad en ella que recordaba era distinta. Nos miramos, y algo en su sonrisa recuperó, por un segundo, aquel largo invierno que había quedado suspendido.

-¿Cómo estás?, preguntó con timidez y cierta complicidad.

Le respondí algo simple, breve, casi torpe. La invité a un café y hablamos unos minutos, sobre el trabajo, los años, la vida. Todo era algo natural, pero mentiría si no dijera que bajo la superficie de normalidad, latía una ternura callada, una deuda emocional ya saldada. Antes de irse, me tocó el brazo, apenas un gesto y dijo:

-Fue bonito. Que te vaya bien.

Nos dimos dos besos de despedida. Mis labios volvieron a rozar sus mejillas, ahora frías del aire del andén. La vi alejarse hasta que su figura se volvió parte del gentío que se agolpaba para tomar el tren. Y aunque supe que esa sería la última vez, no sentí tristeza. Solo gratitud. 

Ese día Clara dejó de ser un pensamiento doloroso para volverse parte de lo que me hizo humano: uno de esos recuerdos que, de tanto dolernos, acaban enseñándonos a amar mejor.

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