martes, 24 de febrero de 2026

Manual de autodestrucción progresista


En España, la democracia tiene la mala costumbre de mirarse al espejo solo cuando se siente en peligro. Dicen las encuestas que hasta podría ganar la ultraderecha, y lo repiten los tertulianos como si no tuviese más importancia que lo que dice quien anuncia el tiempo: posibilidad de tormentas, riesgo de inundaciones, destrucción parcial de la democracia, lleve paraguas, señora. No explican que, si ganan, el paraguas no nos servirá de nada, porque lo primero que se moja y que se pudre, es el diálogo.

En los bares, el votante de izquierda se consuela rezando porque el “PPcorrupto” venga de moderado, con la corbata bien planchada y el manual de buenas maneras entre los dientes.  Pero sabe que debajo del traje, nos traerá la rabia de los que llenan los balcones de bandera y bilis, y la misma mano que firma recortes a los que menos tienen y luego se persigna. Gobernarán solos o acompañados, da igual la combinación de siglas cuando el objetivo sea el mismo: más negocio para los de siempre, menos derechos para los de nunca.  Si hace falta, privatizarán hasta el aire, empezando por la RTVE pública, ese último espejo empañado donde a veces se cuela una noticia que no bendice al patrón.  Donde hoy hay periodistas mal pagados intentando contar algo, mañana habrá lameculos bien colocados, con cuello blanco y pulsera de santos y banderas, rezando el rosario del poder a cambio de nómina y micrófono. Todo con tal de perpetuarse, de dejarlo todo atado y mal atado, como en esas herencias envenenadas donde los nietos solo reciben deudas.

Mientras tanto, la izquierda española se mira los pies y habla de unidad con una solemnidad que haría reír si no causara tristeza. Nunca se pronunciaron tantas veces las frases “juntas”, “frente amplio”, “bloque progresista”. Pero tampoco nunca estuvo la izquierda tan desorientada, tan partida en islotes flotando cada una en su propio vaso que no mar. En las cúpulas, la responsabilidad es un exotismo que no se practica. Cada partido levanta su bandera como si fuera el último tesoro, y en nombre de la pureza se da un tiro en el pie, una y otra vez. Saben que el sistema electoral, no perdona la fragmentación, y hace que cada sigla nueva sea un escaño menos, y cada egolatría de uno es una alfombra roja para los de enfrente. No basta con sentarse a ver si la derecha se pelea consigo misma. La esperanza si sirve en los acuerdos, en las renuncias.

Hay una verdad incómoda, que sin el PSOE no existe mayoría progresista posible.  Pero también otra tan incómoda como la anterior, que sin una izquierda alternativa fuerte y estable, el PSOE no puede gobernar, salvo entregando trozos de su dignidad en cada negociación con los poderes de siempre. El PSOE cómo partido mayoritario del bloque progresista no puede ser un mero observador desde la barrera, convencido de una autosuficiencia que ya no tiene, atrapado en una cultura política que cree que aún estamos en 2008, cuando podía soñar con mayorías absolutas y bipartidismo.

Porque el multipartidismo no es una anomalía pasajera, es la fotografía real de un país de  desigualdades, generaciones, territorios y rabias.  La gente se cansó de votar siempre lo mismo y luego recibir siempre lo mismo: precariedad, alquileres imposibles, servicios públicos mermados por los recortes. De ese cansancio nacieron los nuevos partidos, con nuevos logos, con nuevos discursos; y, sin embargo, en los despachos de Ferraz todavía piensan que eso fue un mal sueño del que el sistema despertará, tarde o temprano. Olvidense.

Ahora se apela a la unidad. Ya hemos visto antes esta película, con acuerdos de última hora, fotos de prisa,  sonrisas forzadas, documentos firmados para evitar el desastre y nunca para construir un proyecto. Pactos que no nacen de una visión compartida de país, sino del miedo a que la ultraderecha convierta el país en un solar con bandera gigante y micrófonos con mordaza. Esos acuerdos que llegan cuando ya se escuchan las campanas del miedo, siempre lo hacen tarde para la ilusión y pronto para la decepción. Pueden salvar una investidura, pero no la autoestima de quienes votamos con la esperanza de hacerlo para algo más que “evitar lo peor”.

Un país no se defiende solo votando contra el monstruo. Mientras la derecha y la ultraderecha tienen muy claro su sueño (privatizarlo todo, mandar a callar a quien moleste, convertir los derechos en mercancía y las personas en clientes), la izquierda pierde su tiempo discutiendo el orden de los apellidos en el cartel electoral. La izquierda española habla de unidad, pero le tiene miedo a practicarla, y aun sabiendo que el sistema electoral penaliza la fragmentación, sigue fabricando siglas como estampitas. Mientras tanto, los que sueñan con tener por cortijo un país de rodillas, trabajan sin descanso, con disciplina, con crueldad metódica.

Si alguna vez se escribe el epitafio de esta democracia, no dirá “vino la ultraderecha y la mató”. Dirá: “la dejaron sola mientras se peleaban por las sobras”.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Cuando un juez “mete la pata” pero el que cae eres tú

Un país los jueces nunca se equivocan.  Cuando insultan, no insultan; cuando señalan, no señalan; cuando llaman “puta histérica” a una minis...