lunes, 2 de febrero de 2026

Los migrantes y la derecha: manual de hipocresía.


Hay gente que cree firmemente en la ley y el orden. Claro, siempre que la ley se aplique al vecino y el orden consista en que nadie mueva nuestra sombrilla en la playa. Con los migrantes pasa algo parecido: se les quiere lejos, pero disponibles; invisibles, pero a mano; sin derechos, pero con horario de trabajo. Para eso está el PP y Vox, su primo de zumosol, que han convertido el miedo en programa político y el desprecio al otro en su discurso institucional, todo ello envuelto en celofán patriótico y lacito de valores occidentales, muy cristianos ellos, pero sin pasarse con lo del prójimo.

El comportamiento humano es una falsificación de nuestra personalidad, cuando pensamos una cosa y hacemos la contraria. La derecha económica bendice la mano de obra barata que recoge la fresa, les limpia el hotel y cuida a su abuela, mientras que la derecha mediática llena tertulias denunciando la invasión, el efecto llamada y la pérdida de las esencias nacionales, que al parecer estaban guardadas en un bar de carretera y las han robado unos subsaharianos en chanclas. Resulta admirable lo coordinadas que están ambas, y así vemos cómo el mismo empresario que paga en negro al jornalero extranjero escucha, con gesto compungido, cómo le explican que los migrantes colapsan los servicios públicos que él lleva décadas intentando desmantelar pagando en negro.

Nos tragamos los bulos. Uno escucha que los refugiados vienen con paga bajo el brazo, móvil de alta gama y agenda oculta para sustituir a los autóctonos en la cola del consultorio, y se queda tan ancho. Luego resulta que ese migrante trabaja de noche, duerme en un chamizo y reza para no ponerse enfermo porque no sabe si el próximo control de identidad va a ser en el metro, en la calle o en la sala de espera del centro de salud. Pero el relato oficial es otro: son ellos los que abusan, llegan en masa y exigen, como si las pateras fueran cruceros de lujo con pulsera de todo incluido.

Vemos a la emprendedores del top manta, y los miramos con un desprecio repleto de avaricia. Aquí la derecha hace un triple salto mortal ideológico: por un lado, defiende la sagrada libertad de empresa; por otro, pide mano dura contra esa competencia desleal que vende bolsos a diez euros en una manta que vale más que el stock completo del vendedor; y, de propina, convierte al mantero en símbolo de la degradación urbana. De los mayoristas que importan el género, de las marcas que fabrican en condiciones infames en otros continentes y de los ayuntamientos que toleran el chanchullo, mejor no hablar, que eso ya entra en el terreno delicado de la economía real y hasta puede restar votos.

Nos gusta disimular para agradar a quienes nos rodean, y en eso la derecha es alumna aventajada. En los foros internacionales se exhibe como defensora de los derechos humanos, la democracia y la legalidad, mientras en nuestra casa impulsa leyes para encerrar, expulsar y silenciar a quienes sobran en la foto oficial. Se comprende a los otros, pero lo nuestro es más importante, sobre todo cuando hay elecciones cerca y conviene señalar a un culpable con acento extranjero. El truco es viejo: convertir el miedo inconcreto en enemigo concreto, preferiblemente pobre, moreno y sin derechos. 

La desgracia de los desafortunados siempre nos cae lejana, salvo cuando nos la muestran en el telediario en un cayuco a la deriva o cómo un cadáver en una playa turística. Entonces se convoca un minuto de silencio, se pronuncian palabras graves sobre la tragedia humana y se pasa inmediatamente a discutir si no habrá que reforzar un poco más las fronteras, por responsabilidad, por seguridad y por esa cosa llamada sentido común, que siempre coincide con lo que dice el tertuliano más gritón. Lo que no se refuerza nunca es la memoria de cuando nuestros abuelos cruzaban fronteras huyendo del hambre o de la guerra, y la de cuando éramos nosotros los que llamábamos a la puerta de otro país con una maleta de cartón y cara de no saber dónde meternos.

Se diseñan sistemas opacos, se externalizan fronteras, se pagan terceros países para que hagan el trabajo sucio y se proclama, con gesto solemne, que todo se hace conforme a derecho. Mientras tanto, se multiplican los CIE, los vuelos de deportación, las redadas selectivas y los controles aleatorios que nunca son tan aleatorios como dicen. Y, por si alguien duda, se recuerda que no seríamos el primer inocente en ir a chirona por un pequeño malentendido, de esos que se llaman error administrativo cuando afectan al ciudadano de bien y delito cuando afectan al que no tiene papeles.

En el tema de los migrantes y la derecha, la apariencia es un muro, que separa a los que mandan de los que estorban. Se oculta tras discursos sofisticados de seguridad, identidad y soberanía lo que, en el fondo, es una mezcla de miedo, cálculo electoral y comodidad de clase. El migrante sirve como espejo en el que se refleja lo que no queremos ver de nosotros mismos: nuestra avaricia, nuestra fragilidad y nuestra facilidad para tragarnos cualquier bulo siempre que confirme que el problema es del otro, nunca nuestro.

Al final, el gran truco consiste en presentar la defensa de los derechos humanos como una exquisitez progresista que no nos podemos permitir en tiempos difíciles. Como si los derechos fueran un lujo y no el mínimo de decencia para cualquiera que pisa una calle, cruza una frontera o se sube a un autobús. Quizá algún día descubramos que el verdadero problema migratorio no es la gente que llega, sino la gente aferrada a sus privilegios, sus prejuicios y su envase hueco, muy bien envuelto en celofán ideológico. Cuando eso ocurra, si alguna vez ocurre, tal vez dejemos de preguntarnos qué hacen ellos aquí y empecemos a preguntarnos qué demonios estamos haciendo nosotros.


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