En esta frase podríamos resumir el sentido más profundo de lo que creo que se quiere reconocer en este acto: la vida profesional y humana de quienes hemos dedicado décadas a la atención sanitaria y a los servicios públicos, y que el año pasado hemos finalizado nuestra etapa laboral. No estamos solo ante jubilaciones; estamos ante biografías que, sumadas, cuentan la historia de un país, de unos pueblos y de una manera de entender la dignidad profesional.
Cuando un médico rural repasa su biografía, no realiza un ajuste de cuentas con su tiempo, sino un ejercicio de responsabilidad moral con las gentes con las que compartió esperanzas y angustias, conflictos y acuerdos. Ese espíritu es el que hoy se reconoce en las médicas y médicos de atención primaria, en las enfermeras y enfermeros, en los y las fisioterapeutas, en el personal administrativo, en las trabajadoras/es sociales, en las celadoras/es, y en tantos profesionales que hicieron de su trabajo un compromiso con la comunidad en que han ejercido.
Los sanitarios rurales no hemos vivido por encima de nadie; al contrario, nos hemos colocado siempre al lado de la gente, como sus iguales, en la consulta, en la residencia, en la escuela, en la calle. Todos somos portadores de esa “cicatriz de realidad” que nos enseñó que sanar es, sobre todo, un ejercicio de paciencia y de escucha, y que la vocación, más que un oficio, es un lugar en el mundo, y el terreno más firme que un profesional puede pisar.
Creo que eso es lo que refleja la trayectoria de muchos de los aquí presentes: llegamos jóvenes, a veces a destinos que apenas sabíamos situar en el mapa, y donde nos quedamos un tiempo, para la mayoría luego ir a otro destino, aunque algunos lo hicimos por décadas, casi hasta confundirnos con el paisaje humano de la consulta y del pueblo.
La atención primaria, especialmente en el medio rural, es mucho más que un nivel asistencial del sistema sanitario. Es memoria colectiva, es crónica política cotidiana, es historia sanitaria y, a la vez, es un memorial rural de vidas discretas que han sostenido la convivencia y soportado ver cómo cada día, eran menos los que resistían allí por el abandono rural.
El médico y la médica de familia, al igual que la enfermera o enfermero de pueblo, la administrativa que conoce a muchos por su nombre o el celador que ayuda a subir la camilla, hemos representado durante décadas una forma de estar en ese mundo rural. Hemos sido, muchas veces, el primer oído que ha escuchado una preocupación, el primer rostro que ha visto un niño, o la última mano que alguien ha estrechado en su despedida. En cada informe hecho, en cada consulta y en cada visita domiciliaria, había siempre un mensaje silencioso a nuestro paciente: “no estás solo”.
La España rural, sobre cuyas espaldas y silencios se ha levantado buena parte de la modernización de nuestro país, ha tenido en los profesionales sanitarios una autentica columna vertebral silenciosa. Mientras el mundo se globalizaba y cambiaban las tecnologías, nosotros y nosotras hemos seguido abriendo la consulta cada día, recorriendo los consultorios vecinos para sustituir a un compañero/a, o actualizando conocimientos. Siempre intentando que ninguna persona se quedase fuera, ni por la edad, ni por el código postal, ni por el tamaño del municipio en que residía. Nuestro trabajo ha sido un antídoto contra la sensación de abandono rural y contra la idea de que la periferia es un lugar menor.
En las consultas y en los domicilios, en las guardias invernales y en los veranos interminables, en el día a día de muchos de nosotros se han repetido de manera constante, a veces casi sin ser percibirlo, cinco verbos: escuchar, cuidar, aprender, acompañar y seguir estudiando. Esos verbos podrían ser hoy la mejor definición de lo que significa ser profesional de la atención primaria y de los servicios públicos en un pueblo: escuchar antes de hablar, cuidar antes que juzgar, aprender de cada paciente, acompañar en cada etapa de la vida y seguir estudiando para estar a la altura de la confianza depositada.
Entrar en las casas es entrar en la intimidad, en los miedos y en las esperanzas de las personas, ver la pobreza y el esfuerzo, la soledad y los cuidados invisibles. Las y los profesionales que nos hemos jubilado hemos entrado en muchas casas, y al hacerlo hemos aprendido a leer lo que no se dice, a escuchar incluso los silencios. Esta es, la mejor receta que podemos dejar quienes hemos cubierto esa etapa de trabajo y a los que hoy el sistema para el que hemos trabajado nos homenajea.
Permitidme que, al hablar de quienes nos vamos, hable también de quienes se quedan, o que llegan o van a llegar. Los profesionales jóvenes, que ahora ocupan nuestras consultas, heredan no solo un puesto de trabajo, sino una forma de entender la medicina y lo que significa prestar un servicio público. Les dejamos en herencia la idea de que la excelencia técnica solo tiene sentido si está unida a la cercanía, a la decencia y a la responsabilidad con la comunidad.
A quienes cerramos la etapa laboral, deciros algo muy sencillo: hemos dado a los pacientes con mejores cuidados y un sistema sanitario, con todos sus defectos y errores, creo que mucho más humano que el que nosotros recibimos. Todas y todos habéis demostrado, que se puede ser competente sin dejar de ser cercano, que se puede ser científico sin dejar de ser compasivo, que se puede trabajar en un pequeño consultorio y, al mismo tiempo, estar a la altura de los grandes desafíos de la salud pública.
Cada una de nuestras historias personales se entrelaza con la historia de nuestros pueblos, y eso nos obliga a sentir orgullo, pero también gratitud: hacia las personas que confiaron en nosotros y hacia los compañeros y compañeras con quienes compartimos guardias, decisiones difíciles, alegrías y duelos.
Por eso quizá nuestra huella no estará solo en los archivos, sino en la memoria agradecida de la gente. Ojalá que, cuando dentro de unos años alguien lea nuestras trayectorias profesionales, las lea como lo que son: una parte imprescindible de la historia de los pacientes, de un pueblo y de este país.
Espero que, hoy que pesan más las redes sociales que los libros, se entienda que, sin nuestro trabajo cotidiano, callado y perseverante, la modernización rural de la que tanto hablamos habría sido más fría, más desigual y, desde luego, menos humana. Y ¡ojalá! que quienes vengan detrás se sientan orgullosos de continuar ese camino.
Gracias a los promotores de este acto que no es una ceremonia de nostalgia, sino un acto de justicia. La justicia de reconocer que detrás de cada número de tarjeta sanitaria, de cada historia clínica, de cada llamada de madrugada, ha habido nombres propios, biografías, renuncias personales, celebraciones postergadas, familias que también han compartido las privaciones y las urgencias de la vida profesional de sus madres, padres, parejas o hijos. Hoy es también el momento de darles las gracias a ellas y a ellos, porque ninguna vocación se sostiene sola.
Gracias, compañeras y compañeros por haberlo hecho realidad durante tantos años, con tanta entrega y tan poca vanidad. Con mis palabras he querido hacer un reconocimiento al pasado, un compromiso con el presente y una promesa de futuro para nuestra atención sanitaria y para nuestros pacientes en pueblos y ciudades.
Y termino con una anécdota, la de Joaquina, una paciente mía, que cada año durante 40, acudía a realizarse una analítica general, siempre en vísperas de nuestras fiestas patronales. A los 91 años, también lo hizo, y cuando vino por los resultados, le dije: Estas estupenda Joaquina, toda la analítica está perfecta, no tienes ni un solo asterisco. Ella me contestó: ¡Ea! Don Antonio, que me voy a morir completamente sana. Era su forma de entender los versos de Machado “TODO PASA Y TODO QUEDA, PERO LO NUESTRO ES PASAR”.
Acabo como empecé: Gracias por haber sanado cuerpos, y cuidado personas. Pero yo añadiría un tercer elemento, por haber mantenido los pueblos.
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