lunes, 9 de febrero de 2026

El aprendizaje pendiente de las izquierdas

Las izquierdas a la izquierda del PSOE salen de Aragón con una certeza: su problema ya no es de siglas ni de liderazgos, sino de proyecto, utilidad percibida y relación con un electorado que oscila entre la abstención y el voto resignado al PSOE o a la derecha. Extremadura fue la excepción luminosa de un ciclo sombrío, pero su éxito se volvió un espejismo: una victoria parcial tomada como excusa para no cambiar nada de fondo.

En Extremadura, la unidad de Podemos e IU bajo Unidas por Extremadura rompió la depresión electoral y alcanzó el mejor resultado histórico del espacio alternativo, con siete escaños. La ausencia de Sumar y la claridad del liderazgo ofrecieron un relato reconocible y combativo en un contexto de desgaste socialista. Sin embargo, cada fuerza leyó el resultado según sus propios prejuicios: para Podemos, demostraba que “sin Sumar se puede”; para sectores de IU, que la coalición clásica aún servía; para Sumar, una anomalía irrepetible. Nadie quiso ver la lección central: cuando el mapa se simplifica, el liderazgo se aclara y el mensaje se ancla en problemas concretos del territorio, el electorado vuelve a mirar a la izquierda alternativa.

Aragón ha devuelto la realidad: el ciclo no sufre un bache, sino un colapso político-organizativo. El PP se consolida, Vox crece como socio inevitable, el PSOE cae y la izquierda alternativa queda reducida a presencia testimonial. La coalición IU–Movimiento Sumar conserva un escaño sin peso político, y Podemos–Alianza Verde desaparecen de las Cortes, confirmando su erosión territorial. El mapa a la izquierda del PSOE es ya un archipiélago de siglas sin horizonte común, en un territorio sin colchón nacionalista que compense la caída.

El primer aprendizaje es estratégico: la fragmentación no es solo división simbólica, sino pérdida matemática. Con PP y Vox fuertes, cada voto progresista desperdiciado en proyectos sin masa crítica se traduce en escaños conservadores, como se vio en Aragón y en el 28M.

El segundo aprendizaje es organizativo: el espacio a la izquierda del PSOE no puede estructurarse en guerras de aparato entre Sumar, Podemos e IU, disfrazadas de debates ideológicos. La ciudadanía percibe luchas por recursos y puestos, no por ideas. Mientras la confrontación interna domine, ese espacio parecerá más preocupado por sí mismo que por los problemas reales del país: precios, vivienda, sanidad, cuidados o precariedad en la España interior.

El tercer aprendizaje es discursivo: el antifascismo y la denuncia de la alianza PP-Vox son necesarios, pero insuficientes. Sin propuestas creíbles sobre empleo, renta, servicios públicos o modelo territorial, el lema de “frenar a la ultraderecha” suena vacío y compite con el del propio PSOE.

Pero también el PSOE tiene tarea pendiente: solo habrá espacio a su izquierda si deja de exigir lealtad por miedo. Lo ocurrido en Aragón —con un PSOE debilitado y sin alternativa sólida— demuestra que el socialismo territorial no puede confiar en el arrastre de Sánchez ni en la inercia del Gobierno central. Su socio natural no es un satélite disciplinado, sino un bloque plural con el que deberá negociar sin usar la ley electoral ni los calendarios como mecanismos de control. El “voto útil” puede servir una vez; la segunda, acelera la desafección y la abstención de quienes dejan de creer que el PSOE transformará algo sustancial.

De cara a los próximos comicios, la receta para la izquierda alternativa es clara: unidad funcional, no fusión forzada. Esto implica tres decisiones concretas: un solo espacio electoral por territorio, con primarias o acuerdos transparentes para definir liderazgos; un programa breve y centrado en tres o cuatro ejes materiales —empleo, servicios públicos, vivienda y equilibrio territorial— con objetivos verificables; y un pacto de no agresión que priorice explicar cómo mejorar la vida de la mayoría antes que la disputa por la pureza ideológica.

La izquierda no podrá recomponerse si el PSOE sigue viéndola como un problema a gestionar y no como parte de una mayoría social que requiere respeto y objetivos comunes. Si la izquierda en su conjunto —PSOE incluido— quiere que lo ocurrido en Aragón sea una advertencia y no un presagio, deberá hacer lo que no ha hecho desde 2019: hablar menos de sí misma y más del país que dice querer cambiar. Una pena que algunos quieran ser cabeza de ratón antes que asumir ser cola de león.


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