domingo, 15 de febrero de 2026

Madrid condecora a la fábrica del miedo


Madrid le pone una medalla a un país que ha convertido la frontera en un matadero administrativo, y su presidenta sonríe para la foto como quien firma una entrega de llaves. No es un gesto de diplomacia sino una reverencia al trumpismo.

La ICE no es una oficina. Es una máquina que tritura nombres, acentos, colores de piel, y los devuelve convertidos en números de expediente. Los informes de ACLU, Human Rights Watch y NIJC hablan de “zonas sin justicia”: pabellones donde el aislamiento se usa como castigo, donde llegar a un abogado es un privilegio poco probable y donde el debido proceso es una palabra en un idioma extranjero que no quiere entender nadie. En esos lugares el idioma oficial no es el inglés, es el miedo, y su arquitectura está pensada para que duela: más camas, más barrotes, más kilómetros entre el detenido y su familia, más distancia entre la persona y quien podría defenderla. La ley existe, pero entra esposada, llega tarde o nunca llega.

Entre 2017 y 2021, un análisis de organizaciones de derechos humanos revisó 52 muertes bajo la custodia de ICE y encontró lo que ya olíamos desde lejos: fallos graves de atención, negligencias, ocultación de hechos, y una impunidad diseñada para que todos aprendan la lección equivocada. Hasta en un 61% de los expedientes hubo manipulación o falsificación de registros asistenciales, como si la realidad fuera un documento del que se puede limpiar la sangre con corrector.

En un solo ejercicio, al menos 13 personas murieron en estos centros, según Freedom for Immigrants, que describe la detención como un lugar donde “nadie está seguro”. Nadie: ni la mujer embarazada, ni el menor, ni el anciano, ni el enfermo, ni el que no entiende de qué se le acusa porque su crimen es existir en el lugar equivocado, con el pasaporte equivocado, en la piel equivocada.

Sería cómodo pensar que todo esto es el fruto de unos funcionarios torpes y protocolos mal diseñados. Pero bajo Trump, el Departamento de Seguridad Nacional desmontó controles de derechos civiles, animó a los agentes a ocultar su identidad y bendijo tácticas agresivas con vocación ejemplarizante no para la justicia, sino para el terror: detener a la gente a la salida de sus propias audiencias, moverla a miles de kilómetros de sus hijos y sus abogados, deportarla a países conocidos por torturar, como quien devuelve un paquete defectuoso al proveedor.

La lógica no es “hacer cumplir la ley”. La lógica es producir miedo, sembrarlo en cada barrio migrante hasta convertirlo en frontera interior: un lugar donde cualquiera puede ser cazado, encerrado y desaparecido dentro de un laberinto burocrático que siempre tiene una celda más, un formulario más, una noche más de frío. Sabemos todo esto. Está escrito en informes, en autopsias, en testimonios, en los silencios de quienes volvieron y en los silencios de quienes no. 

Y aun así, Madrid decide colgar una medalla institucional al país cuyo presidente diseñó y jaleó este modelo migratorio. No es solo indecente: es una humillación consciente, una ciudad poniéndose de rodillas ante la ultraderecha global y llamándolo “relaciones internacionales”. Las medallas también son espejos. Mientras la Comunidad la prende en el pecho del aliado poderoso, la ciudad y la provincia, se mira de reojo y se acostumbra a un Madrid que normaliza las “zonas sin justicia”, que firma con trazo firme el contrato moral de esas muertes evitables, que acepta que haya lugares donde nadie está seguro, siempre que queden lo bastante lejos.

Un día, quizás, alguien preguntará cómo empezó todo. Y habrá que recordar que empezó aquí, en estos gestos que parecían solo protocolo: en una medalla, en una foto, en un aplauso, en el momento exacto en que dejamos de sentir vergüenza por aplaudir el dolor de otros. Esa es, al final, la verdadera escena que deja esta medalla: no solo cuerpos encerrados lejos de nuestras fronteras, sino una ciudad decidiendo si mira para otro lado o se reconoce en ellos. Si los madrileños no se avergüenzan es que carecen ya de capacidad de raciocinio.

Y mientras derecha y ultraderecha de la patria hispana aplauden esa medalla al totalitarismo, en la izquierda se sigue deshojando la margarita, sin acabar de convencerse de que o construimos un nosotros capaz de entienda que cada deportación, cada muerte evitable, cada familia rota no es algo lejano, sino una herida propia, o estaremos aceptando que nos iran venciendo por turnos, sector a sector, hasta que no quede nadie que pueda alzar la voz por nosotros.

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