martes, 24 de febrero de 2026

Cuando ella aprendió a amarse

Ella regresó a casa un jueves por la tarde. Había salido temprano, cuando la ciudad aún olía a pan recién hecho y la lluvia que no paraba de caer.  Llevaba todo el día fuera con las llaves en el bolsillo, que le pesaban como si nunca hubieran sido suyas. Encendió  la luz del pasillo y la casa estaba igual: el mismo sofá hundido en el centro de las muchas horas frente al televisor, los mismos libros en la estantería, el mismo silencio que había dejado al irse, ese que antes siempre solía confundirlo con paz y que ahora sabe que es de abandono.

Es difícil festejar la soledad, pensó, mientras dejaba el bolso sobre la silla que nunca nadie ocupaba.  Se había acostumbrado a llenar sus vacíos con ruidos, le daba igual hacerlo con los diálogos de una serie de fondo, del sonido de mensajes que no le importaban, con llamadas para citas en las que no pasaba nada, pero al menos con eso lograba que pasara el tiempo.  Sin embargo, esa tarde la soledad no le pedía distracciones, más bien le exigía que la mirase de frente.

Hacía meses que decidió coger distancia, era el no conocer a nadie y, a ratos, tampoco reconocerse a sí misma. Se fue por las calles de su ciudad, buscó cambiar de trabajo, dejó de frecuentar los mismos bares, borró números de su móvil que antes se sabía de memoria.  Creyó que así se desharía de él, de su sombra pegada a las paredes, de su risa quedándose en los bordes de los vasos.  Pero había veces que una canción sonaba en el supermercado, o un olor en un bar, o una frase en una conversación ajena, que sin darse cuenta se lo recordaban.

Aquella noche, mientras calentaba una sopa se preguntaba dónde estaba su capacidad de indiferencia, esa que antes la ayudaba a protegerse, a no sentir nada.  Antes todo estaba cubierto por una bruma espesa que distorsionaba los contornos de las cosas, tonos elevados en las voces que ella dejaba pasar sin tener que hacerse demasiadas preguntas.  Ahora, en cambio, todo era diferente, podía recordarlo al ver el plato que él rompió un día, ver la marca en la pared donde apoyaban la espalda cuando se reconciliaban. Ahora veía la cama demasiado grande para una persona que duerme en una esquina.

Se sentó en el sofá, su particular trono, su isla, donde se sentía la reina de los coros, escuchando canciones que hablaban de los desastres de otros, mientras ella fingía que no era la protagonista del suyo. Con los años se había vuelto absolutamente indestructible hacia afuera, una de esa clase de mujeres que sonríen en las fotos, que opinan de todo, que no tiemblan nunca en público.  Nadie podía sospechar la grieta en su alma, el peso de su relación, la gota que la desbordaba por dentro cuando se apagaban las pantallas y el salón se quedaba a oscuras.

Había tenido que aprender a oírse, a escuchar esa voz que se colaba entre los ruidos de la noche, la misma que durante años tapó para poder seguir a su lado.  Esa voz le susurraba que la vida era algo más que esperar a que él quisiera lo que ella quería, algo más que adaptarse a los silencios de él, algo más que deber justificarse cada vez que pedía un poco de ternura.  La vida tenía que ser otra cosa que contar las veces que él prometía cambiar y las veces que no cambiaba nada.

Ese día, mientras recogía los platos, se miraba de reojo en el cristal del horno y se sorprendía. Notaba algo distinto en sus gestos, una forma nueva de saber sostener su propia mirada.  Tenía que recuperar su alma, se decía, como quien regresa deprisa porque ha recordado haber dejado olvidado el movil en un bar.  No podía seguir viviendo con esa versión recortada de sí misma, la que llenaba los silencios con monólogos para no enfrentarse a una verdad tan simple como que él hacía tiempo que ya no estaba, aunque estuviera sentado enfrente.

Aquella noche no había televisión, no había música ni distracciones.  Solo ella, el tic-tac del reloj del pasillo marcando el tiempo que no perdona, y la ansiedad  de alguien que se sabe al borde de una decisión definitiva.  Se miró en el espejo del baño y reconoció algo que la asustaba y la ilusionaba a la vez: algo bueno está por despegar.  No sabía qué era, ni cómo se llamaba, pero sentía en el pecho esa mezcla de miedo y esperanza que siempre anuncian los comienzos.

Él, mientras tanto, estaba en el bar de siempre, apoyado en la barra, convencido de que todo seguía igual, que no había  cambiado el escenario.  Pensaba en ella a ratos, sobre todo cuando bebía un poco más de la cuenta o cuando una canción vieja le rompía su defensa.  Se acordaba de cómo ella le miraba cuando todavía creían en ellos, de cómo lo esperaba despierta, aunque él le dijera que no hacía falta.  A su manera, él también sentía que algo se había roto, pero no sabía ponerle nombre.

Cuando ella decidió escribirle aquel mensaje, no buscaba un reproche ni una declaración. Abría una conversación que llevaba semanas cerrada y muda, y en el wasaps tecleó: “Antes de hacernos daño, prefiero desaparecer”.  Miró la frase durante un minuto largo, como si fuese posible o quisiera suavizarla con la mirada, pero no la cambió.  Sabía que era la única verdad que podía decirle sin mentirse a sí misma.

Él leyó el mensaje mucho más tarde, en la calle, cuando volvía a casa con las manos heladas y la cabeza algo entumecida por el alcohol.  Lo releyó varias veces, intentando encontrar una resquicio, un punto, una coma que le permitiera responderla con un “hablemos”, con un “no exageres”, con un “podemos intentarlo de nuevo”.  Pero la frase no dejaba grietas: era una puerta que se cerraba, con cuidado para que no golpee, pero que se cierra.

Intentó llamarla.  Ella miraba la pantalla encendida en su salón, el nombre de él brillando, y dejó que el móvil vibrara hasta cansarse.  Las palabras que no habían pronunciado decían más de ellos que todas las caricias, pensaba que hacía bien en no atender su llamada, mientras sentía cómo una lágrima se le escapaba sin su permiso.  Lo que no se atrevía a decirle es que lo quiere, pero no así; que le duele, pero ya no quiere que le duela siempre; que ha aprendido, a base de golpes, que hay amores que se salvan y otros de los que hay que mudarse para salvarse.

Él le envió un audio largo, con voz acelerada, lleno de silencios incómodos.  Habló de cambiar, hizo promesas, citó oportunidades de esas que suenan a futuro, pero siempre llegan tarde.  Ella lo escuchó apoyada en la pared del pasillo, mientras se iba resbalando hacia el suelo, hasta acabar con las rodillas recogidas y la frente apoyada en un brazo.  Cada palabra la hacía temblar porque se acordaba de lo que fueron, pero también porque así le demostraba lo que ya no podían volver a ser.

Antes de salir de aquella relación, sabía que tenía que aprender a perder.  No se trataba de ganar en la siguiente discusión ni de tener la última palabra, se trataba de asumir que perderle también era perder una parte de sí misma, la que se construyó alrededor de su risa, de su olor, de sus domingos.  Mira que le era difícil aceptar, que el amor no siempre se acaba cuando uno deja de sentir, que a veces se acaba cuando por fin te sientes a ti misma. Pasaron los días.  Él insistió un poco al principio, luego menos, después casi nada.  Ella respondía con frases cortas, amables, como quien se sabe obligada a devolver un préstamo que alguien le hizo.  

Ese día se dio cuenta de que había  pasado una tarde entera sin mirar el móvil, y esa pequeña victoria la celebraba sola, preparando la cena y poniendo unas flores en un vaso. No había un nuevo amor inmediato, ningún salvador que apareciera para rescatarla de sí misma.  Lo que había era algo más difícil y digno, como ir descubrimiento que podía vivir sin pedir permiso, sin tener que justificar lo que sentía, sin traducirlo para que otro la entienda.  A veces, al doblar las sábanas, todavía le venía su imagen a la cabeza y le temblaba el pulso, pero ya no la derrumbaba.

Un sábado cualquiera, varias semanas después, salió a caminar por la ciudad.  Llegó a una plaza donde una banda tocaba una canción que a él le gustaba, una que siempre ponía a todo volumen en el coche.  Ella se detuvo, escuchó el estribillo y, por primera vez, no sintió el nudo en la garganta, tan solo una nostalgia suave, como la de los veranos que ya pasaron.  Entonces ella sonrió.

El amor, pensó, no siempre es la historia de dos, a veces es la historia de cómo una persona aprende a volver a casa sin destrozarse por dentro.  Ella volvió a la casa esa noche más ligera, con la sensación de que, sin darse cuenta, había empezado a recuperar el alma que dejó empeñada en un amor que no supo cuidarla.  

Y aunque nadie la esperaba al otro lado de la puerta, se sentía  acompañada por algo nuevo y frágil: la certeza de que la próxima vez que amase, no se perdería a sí misma en el intento.


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