lunes, 2 de febrero de 2026

Rosalía, Palestina y el pánico escénico de la derecha española


En España, a la derecha se le da históricamente bien enfadarse con los artistas, pero lo de Rosalía en el Sant Jordi pro-Palestina ha tenido un punto de tragedia: bastó que apareciera unos minutos en el escenario para que medio ecosistema conservador empezara a arder. De pronto, la cantante que hasta ayer algunos intentaban presentar como producto global neutro se convierte en una peligrosa activista internacional.  

El contexto ayuda poco a la digestión ideológica: un concierto explícitamente político, coordinado por Act x Palestine, con el genocidio en Gaza nombrado sin rodeos y la recaudación destinada íntegramente a proyectos culturales en Gaza y Cisjordania. No era un festival benéfico difuso, sino un acto absolutamente explicito. Si además el lugar es Barcelona, que para la derecha española funciona como decorado de todos los desórdenes morales, el cuadro se completa solo: Palestina, Cataluña y una estrella del pop global en el foco.

Rosalía salió como el clímax dramático de la noche: irrupción sorpresa, Sant Jordi lleno con unas 16.000 personas, y esa sensación de que, después de meses de silencio sobre Palestina y reproches, ha decidido elegir bando. No hizo falta un gran mitin, con el gesto bastó. Para la derecha, que lleva años perdiendo posiciones en el campo cultural, ver cómo una figura de ese tamaño refuerza un relato que ellos asocian a la izquierda y al nacionalismo catalán es como comprobar que el tablero estaba amañado desde el principio.

Vox, por su parte, jugaba con ventaja. Hace tiempo que utiliza a Rosalía como diana favorita desde que la cantante osó tuitear contra el partido y declarar su rechazo frontal a la extrema derecha. En la iconografía voxiana, ella encarna todos los males contemporáneos: élite cultural progre, catalana, feminista y, para colmo, exitosa. Que aparezca en un acto pro-Palestina no altera el guion, simplemente ofrece material nuevo para su película: más “propaganda”, más “antisemitismo de la izquierda”, más estrellas pop que blanquean causas sospechosas. El hecho de que el concierto además se vincule con el independentismo catalán cierra el círculo: tres monstruos en uno. 

La extrema derecha no necesita molestarse en matizar qué se dijo, qué se recaudó o qué se hizo exactamente en el Sant Jordi. Le basta con la fórmula mágica: Rosalía + Palestina + Barcelona. A partir de ahí, cualquier intento de explicación se percibe como superfluo. El símbolo funciona mejor que los hechos, y además cabe en un tuit, en un vídeo corto y en la tertulia radiofónica matinal, que al final es donde se libran sus pequeñas batallas culturales cotidianas.

En cambio, el PP y el conservadurismo más institucional prefieren el tono bajo, la ceja arqueada y el gesto resignado. No entran con la estridencia musical de Vox, pero integran el episodio en un relato ya muy rodado: Cataluña como escenario de “activismo radical” pro-Palestina, un mundo artístico colonizado por la izquierda y una derecha obligada a soportar, estoicamente, la hegemonía cultural ajena. Rosalía, por tamaño e influencia, se convierte en una pieza más de esa evidencia incómoda: no sólo pierden elecciones en determinados territorios, también pierden festivales y portadas de revistas.

En las tertulias y en la prensa conservadora el malestar se verbaliza en dos aspectos; la crítica a la “politización” de la música, como si los himnos patrióticos, los festivales patrocinados por grandes empresas del Ibex o los conciertos benéficos de ocasión fueran brotes espontáneos de neutralidad ideológica; y la acusación de doble rasero: artistas muy enfáticos con Gaza, muy discretos con otras violencias. La conclusión de manual es conocida: la izquierda manda en la cultura y selecciona causas a la carta, de acuerdo con sus simpatías geopolíticas.

Mientras tanto, en el otro lado del campo, el recibimiento ha sido diametralmente opuesto. Buena parte de la prensa progresista y del activismo pro-Palestina lee la aparición de Rosalía como una victoria en la batalla cultural: una gran estrella, hasta ahora tibia o silenciosa, se suma, aunque sea brevemente, a un acto central del calendario pro-palestino. No importa tanto lo que canta ni cuánto tarda en irse del escenario, sino que se hace visible una alineación pública que antes no existía. Cada segundo en el Sant Jordi vale, en ese marco, como un voto de confianza.

Ese contraste explica casi todo: para la derecha, la noche del Sant Jordi confirma que la cultura de masas juega en campo contrario; para la izquierda, demuestra que esa hegemonía, lejos de ser abstracta, puede traducirse en gestos con nombre propio. Entre unos y otros, Rosalía sigue haciendo lo que mejor se le da: cantar, aparecer cuando nadie lo espera y dejar que el resto del país discuta, a gritos, qué demonios significa que una cantante de pop se suba cinco canciones a un escenario en Barcelona. 

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