Hay fascismos que entran con botas y hay fascismos que entran en zapatillas. Los primeros hacen ruido, dan golpes de Estado, llenan las plazas y las cunetas. Los segundos prefieren entrar cómo un susurro: cuestionando un derecho por aquí, relativizando una violencia por allá, convirtiendo el odio en parte de la tertulia y, cuando nos damos cuenta, la democracia ya cojea y nadie recuerda bien en qué momento empezó a dolerle la rodilla.
Durante años hemos creído el cuento de que aquí el fascismo desapareció con nuestra sacrosanta Transición, que todos nos dimos la mano y miramos al futuro. Y claro que hubo pactos necesarios, miedos comprensibles, incluso gestos valientes. Pero además hubo una factura que aún seguimos pagando: no hubo ruptura, no hubo depuración, no hubo una condena clara que señalara que el franquismo fue una maquinaria de terror y que sus herederos no podían pasar de la noche a la mañana por demócratas ejemplares.
En ese ambiente tolerante, la extrema derecha ha sido una planta que hemos ido regando con desmemoria, desigualdad y banalización del discurso público. Cada vez que admitimos que proponer el recorte de derechos fundamentales es parte de la libertad de opinión, o que antifascismo es lo mismo que extremismo, o que llamar “ideología” a la igualdad es un argumento razonable, el fascismo se apunta un tanto. No entra por los cuarteles, entra por los redes y los platós de televisión. Vivimos inmersos en un autoritarismo de baja intensidad que se quedó entre nosotros, que no molesta del todo, pero nunca se apaga del todo.
Luego está la escuela, o lo que queda de ella, donde hablamos de competencias, de empleabilidad, de emprendimiento, pero nos olvidamos de enseñar a desconfiar, a preguntar, a decir “no” cuando el poder se disfraza de sentido común. Sin cultura crítica, sin educación cívica, sin formación política, los chicos y chicas llegan a la mayoría de edad sabiendo usar la app de su banco, pero sin tener ni idea de cómo se aprueba un presupuesto, lo qué es un derecho, o por qué una mayoría no puede decidirlo todo. Esa ignorancia no es inocencia, sino el terreno fértil para quien necesita ciudadanos obedientes y no personas libres.
La política progresista, mientras tanto, juega siempre a la defensiva, casi pidiendo disculpas por existir. La izquierda se ha pasado años debatiendo si debe o no nombrarlo, como si decir “fascismo” fuera un exceso y no una descripción. Se legisla a trompicones, se comunica con miedo cuando se intenta comunicar, y para su desgracia, ha confundido la moderación con mansedumbre. Y el fascismo, mientras va dando clase gratis todos los días: en redes, en medios, en los parlamentos, en barras de bar.
Por eso ahora no puede sorprendernos la extrema derecha, porque la hemos visto crecer al calor del desgaste del PSOE, con la connivencia del PP convencido de que era un buen aliado para erosionar al adversario. En Estados Unidos, al payaso naranja primero lo tomaron por un chiste, lo mismo a motosierra Mileí y ahora el chiste y la motosierra han terminado escribiendo leyes. Aquí jugamos con fuego y nos extrañamos de que huela a quemado.
Pero lo más hiriente para cualquier demócrata honesto es la sensación de impunidad. Insultar al presidente del Gobierno cruzando todas las líneas, azuzar el odio desde instituciones, coquetear con el golpismo de salón, ya se han convertido en deportes sin sanción. Cargos públicos que no hablan, sino que difaman, que señalan, que deslegitiman la decisión de las urnas, siguen en sus escaños como si nada. No hay tribunales, no hay inhabilitaciones, no hay un límite claro que diga hasta aquí llega la discrepancia en democracia y a partir de aquí empieza la agresión al sistema que nos sostiene. Cuando la democracia no se defiende a sí misma, el fascismo se ríe.
Y, a pesar de esa impunidad, no todo está perdido. La historia también la escriben quienes se plantan. Cada vez que un docente se empeña en explicar qué es un derecho humano, cada vez que una periodista se niega a blanquear el discurso de odio, cada vez que un ciudadano interpela, protesta, organiza, se junta con otros, el fascismo retrocede un paso, aunque sea pequeño.
No se necesita actuar cómo héroes, sino como gente sencilla que decide no mirar para otro lado. La verdadera lucha no es la épica, sino la constancia: insistir en la memoria, insistir en la igualdad, insistir en que la democracia no es un decorado sino un conflicto permanente entre quienes quieren ampliarla y quienes se empeñan en estrecharla.
El fascismo vuelve, sí, o quizás tal vez nunca se fue del todo. Pero también vuelven quienes no se resignan. A veces la esperanza es solo una rendija, pero por ahí entra la luz. Y al fascismo, la claridad de la luz le sienta bastante mal.
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