miércoles, 13 de mayo de 2026

OPINAR SIN INFORMARSE A FONDO

Hay un fenómeno muy visible y bastante preocupante porque afecta directamente a la calidad democrática. Es como la expansión de las redes sociales ha reducido enormemente los costes de opinar, y eso es positivo, pero también ha debilitado la necesidad de informarse con rigor antes de hacerlo.

Hoy mucha gente construye sus opiniones a partir de titulares, memes, vídeos cortos o mensajes virales que apelan más a las emociones que al análisis. Esto encaja bien con la lógica de priorizar el contenido que genera reacción inmediata (indignación, miedo, euforia) frente al que exige reflexión. 

El problema no es solo la desinformación en sí, sino que se normaliza opinar con seguridad sobre cuestiones complejas sin haber contrastado fuentes ni entendido el contexto. Esto no es únicamente responsabilidad individual. Y el resultado es una esfera pública más fragmentada, donde el debate se degrada y las decisiones colectivas se apoyan en percepciones distorsionadas. El derecho a opinar no puede convertirse en una coartada para vaciar de contenido el debate democrático.

Un ejemplo claro sería cuando se difunden bulos sobre políticas públicas (como ayudas sociales o migración) que generan indignación inmediata, pero que al verificarse resultan ser falsos o manipulados. Aun así, el impacto emocional ya ha condicionado la opinión de miles de personas. No se trata de “la gente no sabe”, sino de reforzar la educación crítica y mediática, de defender medios públicos y periodismo de calidad, de exigir transparencia a las plataformas digitales, y de  fomentar una cultura política donde informarse sea parte del compromiso ciudadano.

Sin una ciudadanía informada, la democracia se vuelve mucho más manipulable. 

Hellín: de riñones, distancias y entelequias administrativas

“Hace ya más de un año que las Cortes de Castilla-La Mancha decidieron, con la alegría de un consenso, que Hellín debía tener su unidad de hemodiálisis. Para la administración, el tiempo es una magnitud; pero para un paciente, un año son 150 viajes obligados por carreteras”

A uno, que ya tiene una edad en el cuerpo, le ha dado por investigar el asunto de la diálisis en la Gerencia de Atención Integrada de Hellín. Tras indagar en los mentideros locales, he logrado contactar con un miembro de la asociación ADERHE (Asociación de Enfermos Renales de la Comarca Campos de Hellín y Sierras del Segura y Alcaraz). El buen hombre, que prefiere mantenerse en ese anonimato tan propio de quien teme que su franqueza le acarree más males que sus dolencias, me confiesa que se sienten ignorados. Me habla a título personal, claro está, como si la enfermedad fuera un asunto privado y no un problema colectivo.

Digo yo que la salud pública no debería medirse con un cuentakilómetros, sino con los derechos de los ciudadanos en la mano. Sin embargo, en la comarca de Hellín han decidido que la geografía sea el destino. Mientras las instituciones en Toledo aprueban mociones por unanimidad, con ese entusiasmo parlamentario que tan bien queda en las actas, la realidad en el hospital sigue empantanada en informes de idoneidad.

Hace ya más de un año que las Cortes de Castilla-La Mancha decidieron, con la alegría de un consenso, que Hellín debía tener su unidad de hemodiálisis. Para la administración, el tiempo es una magnitud; pero para un paciente, un año son 150 viajes obligados por carreteras que parecen diseñadas por alguien con mucha afición a las curvas de montaña. El objetivo: llegar a Albacete o, si no a Murcia. Si se compara esto con Ciudad Real, que tiene tres unidades, la gente se enfada, porque piensan que alguien ha decidido abonarlos a la escasez.

Luego, parece una broma que el 21 de enero de 2026 se vuelva a confirmar por unanimidad en la Diputación Provincial la creación de este centro de diálisis para los vecinos de la región, pero luego tampoco ese acuerdo se haya transformado en resultados. También los pacientes renales de la región representados por ALCER y ADERHE tuvieron una reunión el 27 de enero en Albacete con delegados provinciales.

El consejero de Sanidad acudió a Hellín unos días más tarde, el 2 de febrero, pero en lugar de quedar con la asociación, hizo una declaración en televisión Hellín, en la que alega que la no apertura se debe a la “seguridad clínica” y a la ausencia de especialistas y a la vez sostiene que no hay evidencia científica para abrir unidades con menos de 50 o 60 pacientes. Mientras para otra especialidad, Urología, sí se piensa en que los pacientes no tengan que desplazarse para recibir tratamiento, demostrando que el bienestar del paciente no tiene por qué ser estadísticamente relevante.

Desde el Servicio de Nefrología de Albacete se defiende el trabajo realizado, negando cualquier discriminación y achacando las carencias a la falta crónica de profesionales en el sector. Es comprensible la indignación de los sanitarios que asumen sobrecargas de trabajo, pero su “mano tendida” no alivia el cansancio crónico del paciente que llega a su consulta tras dos horas de viaje.

La cuestión no es solo de inversión o de obra, puesto que el propio consejero reconoce que eso no sería problema, sino de prioridades asistenciales. Si el Hospital de Hellín tiene capacidad técnica y humana, como defienden algunos sectores políticos, y existe un mandato parlamentario claro, la demora deja de ser un trámite administrativo para convertirse en una falta de equidad sanitaria.

La salud de los ciudadanos de Hellín y de las Sierras de Segura y Alcaraz no puede ser moneda de cambio en un debate de cifras y ratios de eficiencia. Cuando los pacientes recurren al Defensor del Pueblo o a la Alta Inspección Sanitaria del Estado, es porque el sistema regional les ha fallado en su promesa de proximidad.

El “calvario caro y doloroso” de pacientes que recorren 150 kilómetros tres veces por semana para una diálisis

Equidad no es dar a todos lo mismo, sino dar a cada uno lo que necesita. Y Hellín necesita, por dignidad y por supervivencia, que la hemodiálisis deje de ser una promesa en un diario oficial y se convierta en una realidad en su hospital. No se trata de colores políticos; se trata de vidas humanas que no pueden seguir esperando. Voluntad política y seguridad técnica no pueden jugar al escondite, y el sentido común debería imponerse a la burocracia.

La solvencia política de Feijóo

La solvencia política de Feijóo es, como mínimo, discutible. Muestra una falta de coherencia ética que atraviesa toda su trayectoria. 

Hoy sorprende con la exigencia de dimisión del ministro del Interior de inmediato, apenas ocurrida la muerte de dos guardias civiles en una operación contra el narcotráfico.  Sin ninguna información aun de lo ocurrido.

Es su forma de hacer política, basada en la explotación inmediata del dolor con fines partidistas es vomitiva.

Es una reacción oportunista que resulta especialmente problemática viniendo de quien arrastra antecedentes que debilitan su autoridad moral en esta materia. Su pasado en Galicia, marcado por episodios que lo vincularon indirectamente con entornos del narcotráfico, sigue siendo un elemento relevante para evaluar la credibilidad de sus posicionamientos actuales.

El problema no es únicamente Feijóo, sino un estilo de oposición que prioriza el desgaste del adversario incluso en contextos trágicos. 

Igual no se da cuenta de que esta lógica suya degrada el debate público, vacía de contenido la responsabilidad política y erosiona la confianza en las instituciones.

Solo hace oposición cuando se calla.

Ayuso exploradora


Fue a triunfar y el viaje se convirtió en un fracaso político. ¿Por qué ? fácil. 

Primero por su ignorancia en cuestiones básicas, lo que la ha convertido en una apestada en México, hasta para la derecha mexicana. Ni los partidos más reaccionarios de aquel país han querido salir con ella en las fotos, porque ninguno es defensor de Hernán Cortés. 

Nadie le aplaude por llamar “malinches” a las mujeres mexicanas.

La Malinche real, no la que se ha inventado su amigo Nacho, fue una indígena que le regalaron como esclava sexual a Hernán Cortés, con quien tuvo un hijo y era la interprete del conquistador para el que hizo de traductora, y la consideran los mexicanos una traidora. Pero Malinche traicionó a su pueblo para sobrevivir. 

Pero IDA ha actuado igual al viajar a México para traicionar la historia, y para hacer campaña. La diferencia de Malinche con la de las cervecitas es, que Malinche no tenía elección, o traición o muerte, mientras que la madrileña lo ha hecho sola y exclusivamente para provocar. 

De vuelta para Chamberí abochornada, aunque ahora contará que ha regresado al atico para salvar a España del hantavirus.

SANTIAGO TRES EN UNO. LA PRIORIDAD NACIONAL LO ARREGLA TODO

 Oír a la derecha tratando de convertir un problema de salud pública internacional en parte de su discurso contra el gobierno legítimo de este país, solo se lo puede tomar uno con la mayor de las ironías, si no quiere vomitar cada vez que abren la boca los portavoces y demás hierbas de sus partidos. Ahí va mi ironía.

En el Reino de la Bandera Siempre Ondeante, los valientes caballeros de Vox patrullaban las calles con su capa verde fosforito, atentos a cualquier amenaza contra el pueblo. Nada escapaba a su mirada.

Una mañana, llegó la noticia: un gran crucero navegaba con un misterioso mal traído por un ratón rabilargo. “¡Ajá!”, exclamaron los caballeros al unísono. “Esto solo puede ser obra del malvado Sánchez, Señor del Falcon Volador y Protector de los Secretos Inconfesables”.

Convocaron a la prensa y relataron con gran seriedad y ayudándose de mapas dibujados con rotulador, que el malvado Sánchez había surcado los cielos en su Falcon presidencial hasta la lejana Patagonia. Allí, tras una épica persecución, capturó a un ratón sospechoso de estar enfermo, y lo convenció de que para curarse la única solución era subir a un crucero y estornudar estratégicamente.

“Todo para que no se hable de su terrible y misteriosa corrupción”, susurraban los caballeros, mientras asentían con gravedad.

Pero la cosa no acababa ahí. El malvado Sánchez, siempre un paso por delante, habría comprado al capitán del barco con un saco de monedas invisibles, obligándolo a desviar la ruta hacia Cabo Verde, donde cuenta la leyenda, que los hospitales eran tan escasos como la coherencia. Finalmente, el barco, en su confusión, terminó rumbo a Tenerife, porque la bruja Mónica García, aliada de Sánchez con un conjuro había poseído al GPS del barco.

“¡Tranquilos!”, dijo Santiago y cierra España (que pa eso es mía) a lomos de su corcel proclamó: “Nosotros tenemos la solución definitiva, infalible e incuestionable”.

El pueblo contuvo la respiración.

“¡Propondremos hundir el barco y acabar con el problema de raíz!”. 

Alguien pregunto: ¿Pero entonces trataremos a todos los pasajeros igual? 

Y Santiago respondió. “De eso nada, nosotros siempre aplicaremos la “prioridad nacional” , primero ahogaremos a los españoles., luego a los extranjeros ricos, y por último a los negros y demás razas de mal vivir." 

Y todos los presentes aplaudieron a su líder con entusiasmo, por haber cerrado España, como su propio nombre indica.

Y colorín colorado, problema solucionado.

Enfermos renales de Hellín: un calvario sobre ruedas


“Se trata de garantizar, porque es justo, que el hecho de residir en una comarca rural y dispersa no se convierta en una condena añadida ni en una desventaja insuperable para acceder a un tratamiento que, sencillamente, permite seguir respirando”

— El “calvario caro y doloroso” de pacientes que recorren 150 kilómetros tres veces por semana para una diálisis

Hay ocasiones en las que la vida, en un alarde de falta de imaginación decide plagiarse. Uno cree haber zanjado un asunto, haber puesto el sello de 'resuelto', y el destino persistente nos devuelve el problema corregido y aumentado.

Todo comenzó, con un familiar madrileño al que la salud, caprichosa y poco sutil, le obsequió primero con una tumoración y, acto seguido, con una enfermedad rara que le han obligado a requerir de hemodiálisis. El conflicto que me planteó entonces consistía en la imposibilidad de disfrutar de unas vacaciones tras dos años de hospitales, porque necesitaba localizar un hospital donde conectarse la máquina. Se buscó, se halló y dimos el asunto por liquidado.

Pero hace escasas fechas, y tras una entrevista que me realizaron en este mismo diario con motivo de la aparición de un libro, se puso en contacto conmigo, a través de esos canales modernos que llamamos redes sociales, un ciudadano de la comarca de Hellín. Un hombre amable en su mensaje, que me transmitió su gratitud por mis intervenciones en Radio Hellín sobre asuntos de salud, y que tras confesar que había adquirido y leído mi libro, a su “me ha gustado el libro”, le añadió un reproche: echaba de menos que no hubiese dedicado un capítulo a los pacientes que, en el medio rural, se ven obligados a viajar para realizarse hemodiálisis, haciendo referencia especial a la situación de los que residen en su área sanitaria. Ante esa omisión real, le di la razón tras disculparme, prometerle interesarme por el tema y redactar un artículo de opinión. Y a esa tarea voy.

La realidad que me he encontrado resulta grave y a alguno le parecerá que hiela la sangre: los pacientes del área sanitaria de Hellín se ven obligados a un peregrinaje forzoso hasta Albacete tres veces por semana, para recibir el tratamiento imprescindible para mantenerse en este mundo. Esa comarca, al igual que otras zonas con orografía pintoresca, pero incomoda por su geografía compleja. Es un territorio de baja densidad demográfica y una dispersión de la población que parece diseñada para poner a prueba la paciencia, con unas comunicaciones que invitan más al misticismo que al desplazamiento ágil. En las sierras del Segura y Alcaraz, esta peculiaridad se traduce en trayectos que consumen casi dos horas para la ida y dos para el regreso. El cómputo final es una cifra que marea a cualquiera: los más sufridos ciudadanos acumulan la friolera de 800 kilómetros semanales para acceder a una asistencia médica que les es, literalmente, vital. Bien podríamos calificar su vida cómo una hazaña de heroísmo cotidiano.

Son héroes involuntarios que, francamente, deberían sacarnos los colores a todos sus conciudadanos hace ya tiempo

Para no pecar de entrometido, algo que no deseo, he buscado datos que arrojen algo de luz sobre esta situación. Los resultados, siempre sujetos a que alguien disponga de otros y decida enmendarme la plana, indican que son aproximadamente treinta y cinco los ciudadanos del área de Hellín que se ven obligados a este trasiego incesante hacia la capital provincial. Es curioso comprobar, que la provincia de Albacete cuenta con un único centro de diálisis para atender a esa población dispersa. Este ascetismo sanitario contrasta con lo que ocurre en otras provincias de la región, como Ciudad Real o Toledo, donde, sin entrar en los motivo, han tenido a bien distribuir estas instalaciones en diversas localizaciones. Uno no puede evitar preguntarse qué pecado habrán cometido los riñones de los ciudadanos rurales albaceteños para merecer tal centralismo, mientras sus convecinos disfrutan de una geografía de tratamiento más cercana de sus casas.

Hurgando en la hemeroteca, para comprobar si uno llega tarde a un incendio ya sofocado, descubro que la cuestión no ha pasado desapercibida para la prensa nacional. Me consta un reportaje con un título tan gráfico como desalentador: 'El calvario de la diálisis en la España rural', publicado por el diario El Mundo en el año 2023 y, para mayor abundamiento de su veracidad, recibió el premio de la Sociedad Española de Nefrología en 2024. En ese trabajo, se da voz a pacientes, dos son del área de Hellín, y relatan, cómo se ven obligados a devorar cientos de kilómetros cada semana por el noble capricho de seguir con vida. Son héroes involuntarios que, francamente, deberían sacarnos los colores a todos sus conciudadanos hace ya tiempo.

No quisiera finalizar este alegato, sin mencionar que la Asociación Nacional para la Lucha contra las Enfermedades Renales, ALCER, lleva desde 2019 predicando en el desierto sobre esta desigualdad territorial de los pacientes en nuestro país. La asociación viene insistiendo sobre las dificultades de acceso a los tratamientos sustitutivos, defendiendo esa idea, tan lógica como aparentemente difícil de ejecutar, de acercar la diálisis a las zonas rurales y dispersas. Quien desee profundizar en esta realidad puede consultar el siguiente enlace. En él se documenta que, a pesar de los años transcurridos y de las advertencias lanzadas, la distancia entre el paciente y su tratamiento sigue estando ahí. Habrá que confiar en que, algún día, la eficiencia administrativa se ponga a la altura de sus necesidades, porque muchos no pueden permitirse esperar más.

No olvidemos que solucionar este entuerto es también una forma de luchar contra esa despoblación con la que tantos se llenan la boca, mientras, en la práctica, dejan que la vida en los pueblos se agote por puro cansancio y exceso de kilómetros

Para continuar componiendo este cuadro conviene recordar que, en noviembre de 2024, las Cortes de Castilla-La Mancha aprobaron por unanimidad estudiar la creación de un centro de diálisis en Hellín. Fue uno de esos momentos mágicos en los que los próceres de nuestra región se ponen de acuerdo, aunque parece que el acuerdo ha sido la antesala de la parálisis. Ha transcurrido ya más de un año desde aquel compromiso y, no se han producido avances que puedan considerarse concretos, ni se han establecido plazos que se hayan hecho públicos. Al parecer, entre el 'estudio' de la necesidad y la colocación de la primera piedra media un abismo que ni la más noble de las unanimidades ha logrado sortear hasta la fecha. Seguiremos, pues, a la espera de que se pase de la teoría a la práctica, antes de que los kilómetros acaben por agotar la paciencia de los pacientes (pacientes).

Los afectados, no han optado por el silencio y la resignación. De su justa indignación nació ADERHE (la Asociación de Enfermos Renales de la comarca Campos de Hellín y Sierras del Segura y Alcaraz), un nombre cuya extensión parece querer hacer justicia a las distancias que sus miembros se ven obligados a recorrer. Desde esta agrupación se han impulsado movilizaciones, recolectas de firmas y toda clase de actuaciones ante las más altas instancias, incluyendo al Defensor del Pueblo y la Alta Inspección Sanitaria, instituciones que, se supone, velan por nosotros. Todo este despliegue de energía y papeleo no tiene más fin que el de ver, por fin, implantado ese servicio de diálisis en Hellín.

Y para terminar de dibujar este paisaje, me topo con una Proposición no de Ley aprobada por el Congreso en abril de 2025. El objetivo, tan loable como de nombre farragoso, es impulsar la diálisis domiciliaria y garantizar eso que llaman equidad territorial. Se trata, en esencia, de admitir que el verdadero drama está en una falta de medios que condena a media España a un nomadismo sanitario demasiado cruel. Y mientras los diputados lo debaten, multitud de pacientes inician sus viajes de madrugada desde aldeas y pueblos lejanos, con el vaivén de las ambulancias, por carreteras interminables y someterse al rigor del tratamiento, para no regresar a sus hogares hasta la noche. Si a este trajín le añadimos que la mayoría de estos viajeros peinan canas, o presentan una fragilidad clínica, el cuadro resultante es de una injusticia que clama al cielo, o al menos, a la cordura de quienes gestionan nuestros impuestos.

Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada. Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos Eduardo Galeano

El propósito de este artículo no es otro que romper una lanza en favor de la equidad territorial. Se trata de garantizar, porque es justo, que el hecho de residir en una comarca rural y dispersa no se convierta en una condena añadida ni en una desventaja insuperable para acceder a un tratamiento que, sencillamente, permite seguir respirando. No pongo en duda que existirán razones de peso, sesudos motivos presupuestarios o logísticos (que pienso analizar), para explicar por qué esa promesa sigue suspendida en el aire. No olvidemos que solucionar este entuerto es también una forma de luchar contra esa despoblación con la que tantos se llenan la boca, mientras, en la práctica, dejan que la vida en los pueblos se agote por puro cansancio y exceso de kilómetros. Porque de poco sirve querer llenar los pueblos de gente si antes no somos capaces de asegurarles que sus riñones no les costarán la salud en la carretera.

No puedo creerme que, para nuestros representantes electos, los ciudadanos rurales seamos Los Nadies, a los que Eduardo Galeano refleja en su poema del mismo título, cuando afirma: “Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada. Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos”.

Estoy seguro de que nuestra región le pondrá solución a esta situación más pronto que tarde porque es de justicia.

España: prestigio fuera, sabotaje dentro

España atraviesa una paradoja que ya no es solo algo más que una anomalía: se está convirtiendo en un síntoma de deterioro democrático. Mientras el gobierno recibe reconocimiento internacional por su defensa del derecho internacional, cómo hemos visto especialmente en conflictos como Gaza y en su posicionamiento en el tablero global, dentro del país una parte significativa de la derecha no solo discrepa, sino que actúa activamente para erosionar esa posición, incluso a costa de debilitar la imagen exterior de España. Son los patriotas de pacotilla de las banderas ya no solo en pulseras y balcones, sino hasta en cada uno de los fideos de la sopa.

No estamos ante una oposición exigente ni ante un debate político saludable. Lo que se ha instalado es un sabotaje sistemático. Da igual el contenido de las decisiones, el contexto internacional o el respaldo exterior: si la iniciativa proviene del gobierno, debe ser desacreditada. Para ello se recurre a la tergiversación, al bulo, la deslegitimación personal y la construcción constante de un clima de sospecha. El objetivo no es corregir errores, sino invalidar cualquier gestión.

Lo más preocupante es que esta dinámica no se limita al terreno político, sino que se extiende a instituciones que deberían mantenerse al margen de la confrontación partidista, especialmente el poder judicial. La percepción de que en España se aplica una doble vara de medir se ha ido consolidando: contundencia selectiva, indulgencia interesada y tiempos judiciales que parecen acompasarse con el calendario político más que con los principios de imparcialidad. No se trata únicamente de casos concretos, sino de un patrón que erosiona la confianza ciudadana. Cuando determinados actores son sometidos a una presión judicial intensa y otros, en situaciones comparables, transitan con menor exposición o consecuencias, el mensaje es claro y profundamente corrosivo: la justicia no actúa igual para todos.

En este contexto, la actitud de la derecha adquiere una dimensión aún más grave. No solo alimenta la polarización, sino que legitima e impulsa la judicialización de la política como herramienta de desgaste. Se sustituye así la confrontación democrática en las urnas por una estrategia de presión mediática e institucional orientada a deslegitimar al adversario. El contraste con la percepción exterior es difícil de ignorar. Fuera de España, se observa a un gobierno que, con sus aciertos y errores, mantiene una línea coherente en la defensa de principios internacionales en un contexto complejo. Dentro, sin embargo, esa misma posición es recibida con una negación constante que bloquea cualquier posibilidad de consenso mínimo.


El resultado es una democracia más frágil, más tensionada y menos fiable. Porque ningún país puede aspirar a tener una voz sólida en el mundo si en su interior se instala la idea de que las reglas del juego dependen de quién las interprete o de a quién afecten. España no tiene hoy un problema de reconocimiento exterior. Tiene un problema más profundo: la erosión interna de sus propios consensos democráticos. Y mientras una parte de su sistema político siga operando bajo la lógica de “cuanto peor, mejor”, ese prestigio internacional convivirá con un deterioro institucional que, más pronto que tarde, acabará pasando factura.

REFLEXIÓN PARA DIRIGENTES DE IZQUIERDA

Existe una contradicción real en el hecho de que los trabajadores apoyen opciones políticas que van en contra de las conquistas laborales de las que cada uno de ellos se beneficia. Pero calificarlo como “traición” o responder con el “insulto”, es querer simplificar demasiado el problema. El voto de la clase trabajadora no responde solo a intereses económicos, porque  también lo hace a factores culturales, identitarios y de desafección política. 

La cuestión de fondo no es descalificar a quien vota así, sino entender por qué ocurre y por qué parte de la izquierda ha dejado de ser percibida por los trabajadores como su referencia natural. O diagnosticamos bien la causa, o no se le pondrá el tratamiento el correcto que cure esa contradicción en la que los trabajadores transitan. 

España: prestigio fuera, sabotaje dentro

España atraviesa una paradoja que ya no es solo algo más que una anomalía: se está convirtiendo en un síntoma de deterioro democrático. Mientras el gobierno recibe reconocimiento internacional por su defensa del derecho internacional, cómo hemos visto especialmente en conflictos como Gaza y en su posicionamiento en el tablero global, dentro del país una parte significativa de la derecha no solo discrepa, sino que actúa activamente para erosionar esa posición, incluso a costa de debilitar la imagen exterior de España. Son los patriotas de pacotilla de las banderas ya no solo en pulseras y balcones, sino hasta en cada uno de los fideos de la sopa.

No estamos ante una oposición exigente ni ante un debate político saludable. Lo que se ha instalado es un sabotaje sistemático. Da igual el contenido de las decisiones, el contexto internacional o el respaldo exterior: si la iniciativa proviene del gobierno, debe ser desacreditada. Para ello se recurre a la tergiversación, al bulo, la deslegitimación personal y la construcción constante de un clima de sospecha. El objetivo no es corregir errores, sino invalidar cualquier gestión.

Lo más preocupante es que esta dinámica no se limita al terreno político, sino que se extiende a instituciones que deberían mantenerse al margen de la confrontación partidista, especialmente el poder judicial. La percepción de que en España se aplica una doble vara de medir se ha ido consolidando: contundencia selectiva, indulgencia interesada y tiempos judiciales que parecen acompasarse con el calendario político más que con los principios de imparcialidad. No se trata únicamente de casos concretos, sino de un patrón que erosiona la confianza ciudadana. Cuando determinados actores son sometidos a una presión judicial intensa y otros, en situaciones comparables, transitan con menor exposición o consecuencias, el mensaje es claro y profundamente corrosivo: la justicia no actúa igual para todos.

En este contexto, la actitud de la derecha adquiere una dimensión aún más grave. No solo alimenta la polarización, sino que legitima e impulsa la judicialización de la política como herramienta de desgaste. Se sustituye así la confrontación democrática en las urnas por una estrategia de presión mediática e institucional orientada a deslegitimar al adversario. El contraste con la percepción exterior es difícil de ignorar. Fuera de España, se observa a un gobierno que, con sus aciertos y errores, mantiene una línea coherente en la defensa de principios internacionales en un contexto complejo. Dentro, sin embargo, esa misma posición es recibida con una negación constante que bloquea cualquier posibilidad de consenso mínimo.

El resultado es una democracia más frágil, más tensionada y menos fiable. Porque ningún país puede aspirar a tener una voz sólida en el mundo si en su interior se instala la idea de que las reglas del juego dependen de quién las interprete o de a quién afecten. España no tiene hoy un problema de reconocimiento exterior. Tiene un problema más profundo: la erosión interna de sus propios consensos democráticos. Y mientras una parte de su sistema político siga operando bajo la lógica de “cuanto peor, mejor”, ese prestigio internacional convivirá con un deterioro institucional que, más pronto que tarde, acabará pasando factura.

Da vergüenza ver como la justicia tiene diferentes varas de medir.

Ver a una jueza haciendo de abogada defensora del PP en la Kitchen, me hace pensar que los acusados, pese a todas las pruebas, podrían haberse ahorrado contratar abogados. 

Todo lo contrario que en el juicio contra el Fiscal general, donde frente a las declaraciones de periodistas que como testigos exoneraban de culpa al Fiscal General del Estado, las deducciones de la UCO sobre "el dominio del hecho" en lo de la filtración del novio de Ayuso, fue tenida muy en cuenta por Arrieta, Marchena y compañía para condenarlo. 

Ahora, en el caso mascarillas, el mismísimo jefe de la UCO que entonces, sitúa a Aldama como el número 1 de la trama, pero la palabra (sin pruebas) de este acusado sirve para evitar que entre en la cárcel. 

En este caso mascarillas lo único que está claro (porque él mismo lo ha admitido) es que Aldama se llevó 3,7 millones de euros en la operación. Pero visto el juicio y la actitud del fiscal, a Aldama la sentencia le sale a devolver, veremos si no hay que indemnizarlo por el mes que estuvo detenido. 

Las mascarillas aquí eran a 2 euros y las que compró el hermano de Ayuso a 6 euros, pero esa compra era correcta. 

Señores y señoras del CGPJ han conseguido ustedes, con su silencio complice, que nadie crea en la justicia en España, ni siquiera los que son favorecidos por ella.

¿Este fiscal es el representante que defiende al Estado contra el delincuente Aldama, o es su abogado defensor? 

¿Han pensado estos jueces a que altura están dejando a la justicia? Lo dicho, una vergüenza.

EL PROTEGIDO DE LA PROTEGIDA

En los vericuetos de la política española, donde la realidad es un sainete de mal gusto, Vito Quiles ha emergido como un titiritero de pacotilla que mueve los hilos del PP con la gracia de un monaguillo borracho con la patena en la mano. No es un fichaje oficial, no; eso sería demasiado directo para estos tiempos de tanta  ambigüedad. Más bien, Quiles ha tejido una telaraña con acercamientos sucesivos al PP, como el enésimo que ahora alimenta rumores de que pronto lucirá la gaviota en el ojal, según dice. Por no hablar de sus devaneos con el ala madrileña de Ayuso, donde se le ha visto como un ultra al servicio de la presidenta, compartiendo sketches y bufidos en la sede del partido junto a Alfonso Serrano e Ismael López, diputados que posan en escenas propias de Camera Café con la naturalidad de quien reparte caramelos, aunque esté asistiendo a un entierro.

Pero vayamos a lo que hoy parece ser lo único que interesa: los dineros. Dicen que la pista del dinero siempre aclara el panorama como un rayo en una noche de tormenta. Resulta que gobiernos del PP, desde el de Ayuso en Madrid hasta el de Feijóo en Galicia, le han soltado 680.000 euros de dinero público al canal EDA TV de Javier Negre, donde Quiles pontifica a diestro y siniestro, catapultando su carrera con cargo a los impuestos de los sufridos contribuyentes. ¡Cuánta generosidad! Y mientras, en el cierre de campaña del PP en Aragón con Azcón, ahí estaba Quiles, incorporado al sarao como un convidado de piedra, aunque en realidad era el alma de la fiesta, y eso ha propiciado titulares en El País y otros medios, sobre si el PP ya lo ha fichado de facto.

El colmo, sin embargo, nos llega  con ese último vídeo incendiario contra Pedro Sánchez, su mujer Begoña Gómez y la prensa entera, grabado nada menos que en el despacho de Alma Alfonso, diputada del PP por Valencia en el Congreso, que cedió su madriguera, que es donde se resguardan las ratas, con la discreción de un elefante en una cristalería. ¡Cazado in flagrante! Y no es un caso aislado: vídeos en YouTube como “¡CAZADOS! La verdad sobre el acoso de Vito Quiles y el plan oculto del PP” o “URGENTE: VITO QUILES INCITA CONTRA LA IZQUIERDA Y LO PILLAN CON SENADORES DEL PP.  TELLADO LO PROTEGE” lo muestran codeándose con senadores populares justo antes de que Begoña Gómez sufra el acoso que todos conocemos, mientras Sarah Santaolalla condena en RTVE los ataques del PP en Cuatro. 

En fin, señores, aunque muchos no lo quieran ver por su ceguera partidista, esto no es una conspiración de novela barata, sino el reflejo de un PP que coquetea con ultras como Quiles para ensuciar a la izquierda mientras niega con la boca pequeña cualquier connivencia. Pero lo que no parece llamar la atención es quien paga:  el contribuyente. 

Me huele a que, cómo a veces ocurre en este país, lo que hoy es rumor, mañana es un cargo público. Al tiempo.  

Repugnancia

Como ciudadano, me repugna este acoso intolerable contra Begoña Gómez, una mujer que no merece ser acosada ni agredida verbalmente en un espacio privado solo por su relación familiar con el presidente. Ninguna mujer merece ser agredida, y mucho menos por el cargo o la profesión de su marido. 

Este incidente es una muestra más de la conducta cobarde y machista reflejo del poso de la ultraderecha, y lo mínimo es que haya denunciado a Vito Quiles para que la Justicia actúe con firmeza.

No vale continuar tolerando estos hechos, porque cualquier día tú o tu pareja puedes ser la víctima de estos intolerantes por razón de sexo, religión, raza o ideología. La ciudadanía debe rechazar enérgicamente estas prácticas, denunciándolas siempre que las presencien y apoyando a las víctimas sin ambigüedades. 

Fomentar la tolerancia cero contra estas actitudes implica educar en valores igualitarios, boicotear discursos de odio en redes y presionar a partidos que blanqueen a agitadores ultras, priorizando el respeto y la convivencia por encima de estas provocaciones baratas. 

Solo así podemos blindar nuestra democracia frente a la intolerancia. 

Opereta feijoodiana: El Parlamento convertido en una tasca provinciana

Uno no sabe si estamos ya en una democracia parlamentaria o vivimos en un sainete de postguerra donde los personajes han olvidado el guion y han decidido improvisar su propia caída en desgracia. Veamos el guion.

Sale el señor Aldama al estrado, disfrazado de astuto guarda secretos que, según él, podrían hacer temblar los cimientos de la patria. Se pone ante el micrófono y suelta una sarta de elucubraciones que, en cualquier otro país, harían que el juez pidiera un café para esperar a que el testigo recupere la cordura, pero cómo ese juez no es la jueza de la kitchen, no le dice eso de “limítese a responder a lo que le han preguntado”. Pero aquí, no. Aquí el estrado es un púlpito y el testimonio es una verdad revelada que hay que recibir de rodillas dando gracias al testigo por soltarse la lengua. Hasta ahí la escena judicial.

Y entonces aparece don Feijóo, con gesto compungido y con esa solemnidad del funcionario que acaba de descubrir un desfalco en la caja chica de la delegación de Hacienda, y nos dice, con esa seriedad innata que le caracteriza, que hay que creerle al hombre. Si se mira con ojos de ciudadano al que el casero le va a subir el alquiler el mes que viene, uno puede encontrar hasta cierta ternura, algo casi entrañable, viendo a todo un jefe de la oposición agarrarse a las palabras de un presunto delincuente como quien se agarra a un clavo ardiendo en mitad de una tormenta. Esta es la parte de drama que tiene el sainete.

Pero, de pronto el genio gallego piensa que va más gente al cine que al teatro, y reescribe el guion. Feijoo, maestro por la ciencia infusa, es capaz de convertir la política de Estado, en una partida de mus jugada en la trastienda de un bar de provincias: si el otro no envida, es porque el otro es culpable; y si se queja, es porque el envite le ha dado donde más le duele. Así que haga lo que haga, o diga lo que diga, a él le da lo mismo. Lo fascinante de este sainete no es que Aldama mienta o diga la verdad, que, en el fondo, es un detalle técnico que a nadie parece importarle realmente, sino la fe ciega con la que nos invita a comulgar. Nos pide creernos que la alta política es poco menos que una reunión de villanos de opereta, donde los presidentes se codean con empresarios de dudosa reputación para repartirse el botín entre cafés y secretitos. Es una visión tan cinematográfica, tan falta de matices y tan llena de ese costumbrismo negro de los carcamales, que uno casi espera que, al final del acta judicial, aparezca el supercomisario Villarejo para decirnos que todo ha sido un malentendido provocado por una mala digestión de la comilona post mitinera de anoche. Mientras tanto, los ciudadanos asistimos mirándonos los unos a los otros, con la misma estupefacción que siente el que ha pagado una entrada para ver un drama de Shakespeare y se encuentra, en cambio, con una función de títeres. 

El problema de convertir el Parlamento en una oficina de denuncias sin pruebas es que, cuando de verdad tengamos algo importante que investigar, ya no quedará nadie en la platea que se crea nada de la función. Pero eso, claro, parece ser un riesgo que el señor Feijóo está dispuesto a correr, siempre que el telón caiga sobre el señor Sánchez, aunque sea sobre los escombros de la propia dignidad institucional, que a él no le preocupa ni le ha preocupado nunca, de lo que nos da pruebas a diario. Hoy lo ha hecho de nuevo.

EL PARTIDO CON SENTIDO DE ESTADO O QUE LO QUIERE TENER

Ha decaído el decreto de prorroga de los alquileres. Las repercusiones más negativas para los ciudadanos (voten lo que voten), son una mayor incertidumbre jurídica para quienes ya habían pedido la prórroga, un posible aumento de litigios entre caseros e inquilinos, y mucha más presión sobre la oferta de alquiler en un mercado ya de por sí tensionado. 

A partir de mañana, algunos propietarios podrán decidir no renovar, no alquilar o incluso sacar menos viviendas al mercado por la inseguridad regulatoria, lo que perjudica a quienes buscan casa. Otras consecuencias serán las subidas de precio y una menor capacidad de negociación. Sin la prórroga y el límite asociado, los inquilinos pierden una herramienta para contener el coste en contratos que vencen en 2026 y 2027. 

Todo apunta a que la caída de la medida puede empeorar el acceso al alquiler, especialmente en ciudades grandes y zonas tensionadas. Pero hay partidos a los que anteponen sus intereses partidistas ante los de todos los españoles que no son propietarios de una casa y deben vivir en alquiler, son millones de personas.

Aunque el debate sea político, el impacto más duro recaerá en quienes tienen el contrato a punto de vencer, quienes necesitan mudarse con rapidez, y quienes ya están en mercados con muy poca oferta. También afectará indirectamente a propietarios pequeños, porque la inseguridad y los pleitos tampoco les benefician.

Qué tranquilidad da saber que, mientras los alquileres aprietan como nunca, hay quien decide que ya era hora de quitar una de las pocas prórrogas que daban algo de aire a la gente que vive de alquiler. Supongo que la prioridad de quienes han votado en contra no son esas gentes que dedican a alquiler más de la mitad de su sueldo, sino los grandes fondos propietarios  y tenedores de viviendas. 

Ahora que venga Feijoo y nos hable de que su partido tiene “sentido de Estado” como ha quedado demostrado al votar contra una medida que protegía a quienes van justos cada mes… y luego, si quiere, que salga en la televisión a hablarnos  de estabilidad y responsabilidad con toda la calma y la cara dura del mundo.

Pero oye, seguro que en el próximo discurso alguien encuentra la forma de explicar cómo esto, en realidad, ayuda a la gente, sobre todo a la que vive y paga un alquiler, y encima los vota.

¡País de genios el nuestro! Cuando os suban el alquiler pensad quien es responsable de que eso suceda, aunque imagino que, como del intento de trumpicidio, será Pedro Sánchez.

El enigma de la prioridad nacional y otros entuertos manchegos

“Lean la historia, y verán que fabricar excluidos es la forma más eficaz de fabricar problemas, y eso es muy grave en esta tierra donde hoy hay una paz bendita”

Se nos anuncia, con la solemnidad de quien ha descubierto la pólvora o el bálsamo de Fierabrás, un nuevo concepto al que han bautizado con el rimbombante nombre de “prioridad nacional”. Don Núñez, en un ejercicio de equilibrismo político digno de las mejores temporadas en las carpas de 'le Cirque du Soleil', parece dispuesto a comprar la mercancía que le ofrece el partido de las camisas tiesas e impasibles ademanes recuerdo del ayer.

Un pacto que consiste en que, para gobernar Castilla-La Mancha, habrá que pasar por el aro de que esos derechos, que hasta ahora creíamos inherentes a la condición de seres humanos o, al menos, al honestos contribuyentes, tengan una ventanilla preferente según el lugar donde la madre de uno tuvo a bien parirlo.

Desde el punto de vista del sentido común, que debe ser ese pariente pobre al que los lideres políticos rara vez invitan a sus cenas de gala, no me dirán que el asunto no tiene miga. Castilla-La Mancha, esta tierra nuestra, de horizontes tan anchos como sus necesidades, se sustenta sobre una economía que no entiende de escudos heráldicos ni de heráldica en general. En el campo, por ejemplo, donde el ajo, la oliva y la uva no se recogen solos por mucho que uno silbe el himno nacional, la “prioridad” es obligatoriamente una entelequia. Si Don Núñez decide que el trabajador que llega de lejos dispuesto a doblar el lomo debe vivir en la indigencia administrativa, lo que estará firmando no es la salvación de la patria hispana y su 'amadisma' Castilla-La Mancha, sino el certificado de defunción de nuestras cooperativas. El campo se quedará solo, pero eso sí, será muy y mucho español.

A este dislate económico se le suma el drama de la despoblación, eso que muchos llaman 'la España vaciada', aunque me suena más real llamarlo 'los pueblos que languidecen'. En nuestra región, el cierre de una escuela es una verdadera tragedia griega que no necesita ni los tres actos preceptivos. Y resulta que esas escuelas, a menudo, se mantienen abiertas por los hijos de quienes Vox querría ver en el furgón de cola de los beneficios sociales. Expulsar a estas familias mediante la asfixia asistencial es, en pura matemática, una forma muy elaborada de suicidio demográfico. Es decir que quieres salvar la casa, y para ello propones ,cómo primera medida, quemar las vigas que la sostienen.

No hay que olvidar el lío que puede caerles encima a los juzgados. Porque a nadie se le escapa que estas ocurrencias normativas tienen menos recorrido de los aviones de papel en mitad de una ventisca. Ya se lo vaticino, se redactarán leyes, se publicarán boletines y, acto seguido, caerá sobre ellas un chaparrón de recursos constitucionales que dejará a la Administración en estado de parálisis contemplativa. Veremos a la Junta gastando el dinero de la caja de todos, entre abogados y pleitos perdidos, todo por satisfacer un capricho semántico de algún ocurrente miembro del partido de quienes añoran un orden que, a ver si se enteran, nunca existió.

Y luego está la seguridad, ese espantapájaros que a cada minuto agitan con tanto entusiasmo. Pretender que una sociedad resulta más segura, creando una subclase de ciudadanos parias sin acceso a vivienda ni protección, es no haber entendido nada de la naturaleza humana. La marginalidad, señores y señoras promotores, (y para que lo entiendan también quienes hacen cálculos electorales y los escuchan), no se cura con banderas, se cura con pan y con un techo. Lean la historia, y verán que fabricar excluidos es la forma más eficaz de fabricar problemas, y eso es muy grave en esta tierra donde hoy hay una paz bendita.

Don Núñez dice que este es “el camino”. Pero servidor, que ha visto pasar muchos caminos y todavía más caminantes, sospecha que este no lleva a la prosperidad de nuestra tierra, sino a un laberinto sin salida. En Castilla-La Mancha, o nos salvamos con el sentido común de la mano, o acabaremos perdidos en la llanura, discutiendo sobre el linaje de los que se queden a apagar las luces de un pueblo que se muere.

Y cuando ante las palabras de Don Núñez, esperaba que Don Page le diera una respuesta de calado, entre otros, con los anteriores argumentos, me encuentro que se limita a afirma que lo que busca Vox con la “prioridad nacional” es “que en España se odie al diferente”. Digo yo, que para ese viaje no necesita alforjas, ni conductor del coche oficial.

Entrega de diplomas del Máster

Se ha llevado a cabo la solemne entrega de diplomas del Máster en Cinismo Ilustrado, impartido por la preclara Cátedra de Génova 13. Bajo su estricto numerus clausus, esta formación no busca la exclusión caprichosa, sino la excelencia artesanal. El objetivo docente es nítido: garantizar que cada alumno reciba una dedicación personalizada para que su capacidad de distorsionar la realidad supere cualquier expectativa. Como bien se sabe, "la verdad es una cosa terrible y hermosa, y por lo tanto debe ser tratada con extremo cuidado", o mejor aún, debe ser ignorada con elegancia profesional.

En la presente edición, el claustro ha mostrado su asombro ante un grupo de alumnos que no solo ha alcanzado el sobresaliente, sino que ha rozado la perfección mística. La pericia demostrada en los Trabajos de Fin de Máster (TFM) confirma que el nivel de cinismo alcanzado no es ya una aptitud, sino un estado de gracia. Al fin y al cabo,  cómo afirmó la directora de ceremonias en el acto "el cinismo es el arte de ver las cosas como realmente son y no como deberían ser... para luego negarlas todas".

El profesorado, un auténtico Dream Team de la objetividad creativa, ha contado con líderes de opinión de la talla de Carlos Herrera, Ana Rosa Quintana, Jiménez Losantos, Paco Marhuenda, Ketty Garat o Nacho Abad. Profesionales, todos ellos, cuya trayectoria demuestra que "una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad cómoda". También ha contado con colaboraciones especiales por parte de prestigiosos juristas como Garcia Castellón, Peinado o Palacios.

Los Trabajos destacados son una oda a la amnesia selectiva, y en el acto se rindió tributo a las obras maestras que, por su audacia, merecieron una mención especial del Tribunal calificador:

Mariano Rajoy: Galardonado por su TFM titulado “Mi declaración en el juicio del caso Kitchen: una demostración de cinismo y desmemoria”. Rajoy alcanzó cumbres literarias al negar evidencias con una impasibilidad casi budista. Destacan capítulos como “El PP nunca se financió con sobresaltos de empresarios desinteresados” o el ya icónico “Bárcenas era ese señor que pasaba por allí y del que yo no sabía ni el nombre”. Su conclusión es una joya de la lírica política: "Todo es falso, salvo alguna cosa que también es mentira".

María Dolores de Cospedal: Quien demostró un aprovechamiento académico excepcional al negar, con una sonrisa imperturbable, conversaciones grabadas por el ínclito Villarejo. Su trabajo brilla en apartados como “La policía del PP: un mito de ciencia ficción” y alcanza el clímax en su capítulo final, adecuadamente titulado “Todo fue legal, aunque no lo pareciera”. Cospedal encarna la máxima de que "la hipocresía es el homenaje que el vicio rinde a la virtud".

Susana Díaz: Recibió una mención especial del tribunal por su obra “No lo he podido ver: sufrí más de lo que la anatomía humana permite”. En este tratado, la autora describe cómo una experta en el noble arte del "navajazo bajo la mesa" puede transmutarse en una desvalida ancianita a la que le roban el bolso en la parada del bus. El tribunal elogió su capacidad para derramar lágrimas de cocodrilo mientras sostenía el mechero frente al incendio, demostrando que "el mundo es un escenario, y los peores actores son los que más cobran". Este trabajo contó con la coautoría con García Page, quien aportó la nota de color sobre cómo mantener la coherencia… siempre y cuando no interfiera con la conveniencia.

Mención especial Cum Laude mereció el TFM presentado por don Juan Carlos El Emérito titulado "Con este gobierno, las cosas deben de ser muy difíciles para mi hijo", un maravillosos trabajo que incluso ha sido publicado en el diario francés Le Figaro. En sus apartados "El actual Gobierno es el responsable de mi salida del país", "No tengo ni patrimonio ni fortuna", "Siempre he tributado en España" "Nadie me paga mi vida de lujo ni sus viajes". Sin embargo los miembros del profesorado han querido destacar su apartado “Apreciaba su inteligencia y su sentido común, nunca dejé que nadie le criticara delante de mí” en el que ensalza la labor del dictador Franco.

La afirmación "La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados"  fue la frase con la que la directora del Máster, Isabel Díaz Ayuso, puso su broche personal al acto, y cerró su intervención afirmando algo impensable “esta Cátedra, al menos, se hace con un diploma colgado en la pared”. Ver menos

 

Portugal: cuando los claveles dijeron no

El 25 de abril de 1974, Portugal descubrió que la gente también se cansa de vivir bajo el miedo. Durante décadas, la dictadura les había enseñado a callar, a obedecer, a aceptar. Pero aquel día, algo tan simple y desarmado cómo un clavel rojo en la boca de un fusil rompió con esas  costumbres.

No fue una revolución de gritos ni de sangre. Fue una desobediencia compartida por todo un pueblo. Los soldados dejaron de ser instrumentos al servicio del tirano y el pueblo dejó de ser solo un espectador. Y en ese cruce de actitudes, tan frágil e improbable, el poder empezó a resquebrajarse.

Hoy, cuando la política está llena de ruido, de polarización y de enemigos, conviene recordar y conmemorar aquella lección silenciosa y maravillosa por humana: que a veces el gesto más radical no es disparar, sino negarse a hacerlo.

Portugal cambió de régimen, pero sobre todo cambió la forma de imaginar cómo podía producirse el cambio.

Una amable reprimenda a mis queridos guardianes de la esencia hispana

Buenos días tengan ustedes, respetables caballeros y damas que han decidido consagrar parte de sus horas al noble ejercicio de la indignación patriótica. Voy a referirme a su malestar por la regularización de esos individuos que llevan años conviviendo con nosotros, trabajando en silencio y, para su desgracia, compartiendo nuestro mismo aire sin el preceptivo permiso administrativo.

Podría uno perderse en el farragoso diccionario de las ideologías y calificarles de supremacistas, segregacionistas o xenófobos; epítetos todos ellos de gran sonoridad, pero que son rebuscados, teniendo en nuestro diccionario ante la sencillez de un término más castizo: racistas. No se me llamen a engaño, pues la verdad, por mucho que se perfume el termino, suele tener siempre el mismo aroma pestilente.

Resulta ciertamente pintoresco que les produzcan a ustedes urticaria, esas colas que los noticiarios se empeñan en mostrarnos, y que en ellas, vean ustedes, que hay personas que simplemente aspiran a la extravagante meta de trabajar con derechos, evitando así ser explotadas con la impunidad que el sistema hoy tan generosamente permite.

Desean, fíjense qué barbaridad, acceder a la sanidad, a la educación y a las ayudas sociales. Servicios que, dicho sea de paso, ellos mismos ayudan a sufragar con el sudor de su frente y con el IVA de los garbanzos que consumen. Porque resulta, y aquí viene el dato científico, que ellos también pagan, del mismo modo que lo hace cualquier vecino de bien cómo ustedes.

Sin embargo, no he percibido yo en ustedes la misma indignación al contemplar a estos sujetos bajo el sol inclemente de nuestros campos, doblando el espinazo para que no nos falten ajos, cebollas o fresas. No los veo a ustedes, mesarse las barbas al verlos sudar como pollos en los invernaderos, ni cuando sacan a pasear a sus mascotas para que puedan ustedes seguir disfrutando de las sábanas un ratito más.

Tampoco parece molestarles su presencia cuando pasean y cuidan a sus ancianos progenitores, tarea que, sospecho, no figura entre sus aficiones favoritas; ni cuando les sirven la cañita en la terraza o el menú del día con una sonrisa; ni incluso cuando los que tienen carrera universitaria, con bata blanca y estetoscopio, les recetan el fármaco necesario para sus dolencias.

Pero el colmo del ingenio humano llega cuando se permiten ustedes negar la mayor. Afirman con rotundidad que ¡España no es una nación racista!, y lo hacen justo antes de proferir insultos de corte zoológico contra el futbolista de color del equipo de futbol rival del suyo. Y todo ello, mientras ignoran en un alarde de ceguera voluntaria, que su propio equipo, el que luce los colores de su corazón, no cuenta en su alineación con un solo individuo nacido en los límites del territorio de nuestra patria. 

Que lucido es Cervantes en el Quijote: “Cosas veredes, amigo Sancho, en este nuestro bendito y contradictorio país”.

Feliz día del libro tengan todos, y aprovechen que la lectura es un buen tratamiento contra el racismo. 

La vivienda como campo de batalla de la soberanía popular

Desde una óptica de izquierdas transformadora, el escenario que se nos plantea trasciende la mera gestión administrativa, y lo que nos muestra es una radiografía de la tensión entre el capital rentista y el derecho a la existencia.
Lealtad de clase sobre el sentido de Estado.- La negativa del Grupo Popular a siquiera sentarse a negociar revela una vez más, su continuada estrategia de "bloqueo sistémico". Al rechazar una medida que cuenta con el apoyo del 65% de sus propios votantes, el PP demuestra que su brújula política no apunta hacia el bienestar de sus bases sociales (clases medias y trabajadoras que también alquilan), sino hacia la protección de los intereses de los grandes tenedores y fondos de inversión. Es la priorización del beneficio inmobiliario por encima de la estabilidad económica del consumo doméstico.
Geopolítica como excusa vs. Realidad.- Mientras que las derechas suelen utilizar los conflictos internacionales (como la guerra de Irán) para justificar recortes o políticas de austeridad, la izquierda debemos leer este RDL como un ejercicio de soberanía social. Si el Estado no interviene el mercado, en momentos de excepcionalidad bélica provocada por el amigo Trump, la libertad del ciudadano se reduce a la "libertad de ser desahuciado". La inflación de los alquileres funciona aquí como un impuesto privado transferido de las familias a los propietarios; frenarlo es una medida de redistribución de la riqueza.
Un conflicto transversal.- El dato del Ateneo del Dato es demoledor para el relato de los conservadores de nuestro país. La vivienda ha dejado de ser un eje entre "izquierda-derecha" para convertirse en un eje de "arriba-abajo". Cuando un tercio de los votantes del PP se plantea cambiar su voto, estamos ante una ruptura del bloque de identidad partidista frente a la necesidad material. La vivienda es hoy el principal factor de empobrecimiento de la clase trabajadora española, y cualquier partido que ignore el "ahorro de 2.000 euros" que representa para las familias, está operando de espaldas a la calle.
No hago este comentario cómo un deseo de informar, sino como una advertencia electoral. Si la derecha decide tumbar este decreto, no estará castigando al Gobierno, estará castigando directamente los bolsillos de 2,5 millones de personas. La izquierda tiene aquí la oportunidad de mostrar el sentido común que necesita la época que nos ha tocado vivir: no hay democracia real si el poder reside en el mercado.

La clase política debe retratarse y decidir dónde y cómo vive la gente. Y la gente no olvidar luego cuando haya que votar, quien actuó pensando en ella, y quien lo hizo pensando en los grandes fondos y grandes tenedores a quienes tristemente representa la cúpula de la derecha española. 

Carta a quien corresponda


“Albacete es una provincia generosa que suele rendir homenaje a sus hijos ilustres (....) Sin embargo, resulta clamoroso y difícil de justificar que no se siga el mismo criterio con todos esos albaceteños ilustres (...) Me refiero a Juan Francisco Fernández Jiménez”

Albacete es una provincia generosa que suele rendir homenaje a sus hijos ilustres. Es un lugar de Castilla-La Mancha que, teóricamente, no olvida a quienes han puesto su talento, su trabajo o su ejemplo al servicio de la comunidad. Lo hemos visto estos últimos días, en que instituciones, asociaciones y colectivos se han unido con presteza para reconocer a personas que han marcado su historia: desde el periodista Pedro Piqueras, homenajeado con la Medalla de Oro de la Provincia, al cuchillero Amós Núñez, figura central de la tradición y del Museo Municipal de la Cuchillería, o al dirigente sindical Juan Antonio Mata, cuya memoria ha sido honrada en el Paraninfo de la Universidad de Castilla-La Mancha.

En cada uno de esos actos, Albacete repite el mismo gesto: mira atrás, pone nombre y rostro a sus referentes y los devuelve con orgullo al centro de la memoria colectiva. Son formas de decir que, en esta ciudad, quienes dedican su vida entera a su oficio y a su provincia siempre encontrarán un lugar en el corazón de los albaceteños. O al menos, así debería ser si no mediara la arbitrariedad o el olvido selectivo de quienes hoy ostentan la responsabilidad de recordar.

Sin embargo, resulta clamoroso y difícil de justificar que no se siga el mismo criterio con todos esos albaceteños ilustres. Existe una ausencia que grita por sí sola; un vacío en el reconocimiento público que raya en la ingratitud institucional. Permítanme citar a alguien cuyos méritos son tan vastos que el silencio oficial sobre su figura resulta ya, a todas luces, impresentable. Me refiero a Juan Francisco Fernández Jiménez.

Si en lugar de una carta abierta en este medio regional, yo hubiera propuesto una recogida de firmas, las rúbricas se contarían por miles, evidenciando que la ciudadanía tiene mucha más memoria y altura de miras que sus instituciones. Hablamos de quien fue alcalde de Alcaraz (1987-1999), presidente de la Diputación Provincial durante 16 años ininterrumpidos (desde 1979 hasta 1995), diputado regional y director de la Oficina de Castilla-La Mancha en Bruselas.

Su legado no es una cuestión de opinión, sino de hechos palpables que hoy disfrutamos y que hacen aún más sangrante la pasividad de los actuales responsables:

• Creación de los Servicios Especiales de Prevención y Extinción de Incendios (SEPEI) en 1979, blindando la seguridad de nuestras zonas rurales.

• Urbanización del Campus Universitario de la UCLM, una apuesta decidida por la educación superior que cambió el futuro de la provincia.

• Fundación del Instituto Técnico Agronómico Provincial (ITAP) en 1982, modernizando el sector primario mediante la investigación.

• Impulso de los Planes Provinciales de Cooperación, llevando agua y carreteras a los ayuntamientos más pequeños y olvidados.

• Creación del Servicio de Publicaciones (1989), del Servicio Provincial de Recaudación y del Servicio Provincial de Informática, dotando a la provincia de una estructura administrativa moderna.

• La cesión al INSALUD del edificio del Hospital Provincial por la simbólica cifra de una peseta al año, un gesto de visión política que permitió el nacimiento del actual Hospital General Universitario.

• Puesta en marcha del Consorcio Provincial de Medio Ambiente, siendo pionero en la gestión mancomunada de residuos, una visión de sostenibilidad décadas antes de que se convirtiera en norma. Y a eso añadir los consorcios de Servicios Sociales, Consumo o Cultural Albacete.

• Adquisición y rehabilitación del Chalet de Fontecha, rescatando para el patrimonio público y para la sede de la Cámara de Comercio uno de los edificios más emblemáticos de la capital, evitando su deterioro o desaparición.

• Creación del Circuito de Velocidad de Albacete, impulsando una infraestructura que durante años fue el principal motor de promoción turística e internacional de la provincia, situándonos en el mapa del motor mundial.

• Liderazgo en la creación de la Feria Regional del Campo de Castilla-La Mancha (FERCAM) en sus primeras etapas de expansión provincial, consolidando un foro imprescindible para la defensa de nuestro sector agrario.

• Fomento de la red de Bibliotecas Municipales y Centros Culturales en toda la provincia, garantizando que el acceso al saber no fuera un privilegio de la capital, sino un derecho de cada vecino de la Sierra de Alcaraz o de la Mancha.

Este listado podría continuar, porque su acción no solo fue administrativa, sino estratégica. Por eso tampoco se entiende que esta iniciativa no haya salido del responsable provincial del PSOE, partido en el que milita desde 1977.

No es necesario añadir nada más. Resulta incomprensible, cuando no directamente vergonzoso, que, con este currículo de servicio público, que constituye la base misma de la infraestructura moderna de Albacete, las instituciones que él mismo ayudó a levantar o el partido al que ha servido, miren hoy hacia otro lado.

La gratitud no debería ser una cuestión de color político ni de conveniencia temporal, sino un deber de justicia elemental. Ignorar este legado no solo empequeñece a quienes tienen el poder de remediarlo, sino que proyecta una imagen de mezquindad institucional que nuestra provincia no merece.

Es hora de que las instituciones estén a la altura de su historia y de los hombres que, como Juan Francisco Fernández Jiménez, la construyeron cuando todo estaba por hacer. El silencio, a estas alturas, ya solo puede interpretarse como una falta de respeto a nuestra propia identidad.


 

Extremadura: cuando el ansia de poder devora los principios

Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que la palabra dada en política aún conservaba un rastro de honorabilidad. Sin embargo, el reciente acuerdo de Gobierno en Extremadura entre el Partido Popular y Vox (un documento de 61 puntos que supura ideología de trinchera) ha certificado el acta de defunción del centro político tal como lo conocíamos. Lo que estamos presenciando bajo la presidencia de María Guardiola no es una coalición de gestión, sino una claudicación moral en toda regla: el PP ha decidido que el Palacio de las Cigüeñas bien vale una capitulación ante la ultraderecha.

El giro es tan drástico que hasta marea. Aquella Guardiola que prometía no gobernar con quienes "deshumanizan a los inmigrantes" es hoy la misma que firma un compromiso para negarse a aceptar la redistribución de menores no acompañados. Estamos ante una ausencia de principios que produce terror. No es solo un cambio de opinión, sino la demolición de un perfil moderado para abrazar tesis que, hasta hace poco, el propio PP tildaba de radicales.

El acuerdo no se queda en la superficie. Al adoptar conceptos como la "prioridad nacional", el PP se desliza peligrosamente hacia un terreno donde los derechos dejan de ser universales para convertirse en privilegios basados en el origen. Estamos asistiendo a la "ayusización" de la política extremeña, pero llevada al extremo en una competición por ver quién es más contundente, incluso si eso implica bordear la legalidad, cómo aquí en mi opinión se consuma y sabios tiene la ley.

Las voces críticas, desde el sociólogo coinciden en el diagnóstico: el PP ha "vendido su alma". Al aceptar la retórica de Vox sobre el control del padrón y el rechazo frontal a la acogida, los populares han dejado de ser un dique de contención para convertirse en la correa de transmisión de la agenda ultra., normalizando la ideología de la extrema derecha, ya no les preocupa evitar que entren en las instituciones, sino que asumen  aplicar sus políticas con una bendición institucional.

Quizás lo más cínico de este giro es que gran parte de lo firmado es, en la práctica, papel mojado. Muchas de las medidas sobre inmigración invaden competencias estatales o chocan con tratados internacionales. Sin embargo, el PP las firma. Lo hace para saciar el hambre de visibilidad de sus socios y para proyectar una imagen de "mano dura" que contente a su ala más conservadora. Es el triunfo de los gestos sobre lo que conocemos cómo responsabilidad de Estado.

Incluso dentro de las filas populares, el pacto ha levantado ampollas. Cuando figuras como Isabel Díaz Ayuso tienen que salir a matizar que "no se puede dejar a nadie fuera de requisitos para los que tiene derechos", queda claro que el acuerdo de Extremadura ha ido tan lejos que ha fracturado la propia coherencia de su partido.

Llegar al poder a cualquier precio tiene un coste que no aparece en los presupuestos autonómicos, pero se llama pérdida de la integridad. Al abandonar el centro y comprar el discurso de la exclusión, el PP de Extremadura ha ganado una presidencia, pero ha perdido la capacidad de presentarse como una alternativa moderada y sensata.

Cuando una derecha democrática se mimetiza con la extrema derecha para gobernar, el ciudadano termina por no distinguir el original de la copia. Y en ese borrado de fronteras, es la democracia la que sale perdiendo. El centro ya ha quedado vacío, y el PP, en su huida hacia el poder, parece haber olvidado que aquí no hay camino de vuelta.

Antes el PP era el partido del “todo por la pasta”, ahora son el de “Todo por el poder”, sabedores de que la pasta no anda lejos del poder. 

NO HAY SOLO UN BULO QUE RECTIFICAR

Después del bulo Motos-Onega, ambos han salido a retractarse de sus mentiras (eso sí, cada uno a su manera). Lo importante de este caso es que ahora cada vez menos españoles pensaran que todo lo que estos genios de la comunicación les cuentan es verdad, y en ello incluyo a los Ana Rosa, Susana Griso, Nacho Abad o Iker Jiménez, que bien harían informando en lugar de versionar sus verdades. Por no mencionar a otras calcomanías patrias, algunas de ellas con pulpito radiofónico que no precisan ser citados 

Pero no pensemos que la manipulación informativa se limita a las televisiones o las radios, porque va mucho más allá. Hay una manipulación de los medios escritos, en papel o digitales, mucho más sibilina, consistente en algo tan simple cómo “de esto hay que hablar y aquello no existe” Porque n me dirán que no es llamativo que el ruido del caso de Begoña Gómez y del juez Peinado creado en base a recortes de prensa de medios alineados con el PP; del caso Mascarillas con Koldo y Ábalos, que te digan saquen a diario los ERE de Andalucía de lo que hace años, y sin embargo se diga que de la Kitchen no hay responsabilidades en el PP porque es un caso de hace años. Estaremos de acuerdo en que para gustos los colores.

Si uno hace un pequeño ejercicio sobre los casos que duermen el sueño de los justos porque nadie habla de ellos, pero que siguen en fase de instrucción, hay piezas separadas pendientes, recursos aún sin resolver o juicios ya señalados, pero no concluidos, el asunto es para cuestionar a los medios informativos mucho más seriamente que al manipulador de El Hormiguero. Miren una relación breve:  Gürtel: sigue teniendo piezas y derivadas pendientes; asuntos vinculados a la caja B del PP por resolver en instancias judiciales; Púnica con varias piezas siguen abiertas; Lezo: mantiene piezas con ex responsables investigados por la gestión de Canal Isabel II; lo de Cristóbal Montoro, un caso a ritmo de paso de caracol; el inacabable caso de Carlos Mazón que ya no parece ser nada; el novio de España que se lleva por delante a un fiscal y tiene dándose la gran vida al acusado; y, cómo no, la Kitchen la gran causa relacionada con el uso de fondos reservados. Podría seguir con los casos  Erial, Taula, Auditorio, Guarderías, Elecnor y algunas otras piezas ligadas a contratos públicos y financiación irregular.

Mientras hay silencio sobre estos caso, vemos que se habla de financiación irregular, de nepotismo, y otras lindezas con toda la ligereza del mundo sin prueba que respalden esos relatos. Pero he pensado que hay una frase de la justicia que dice que, para perseguir la corrupción, lo que se debe hacer es seguir la pista del dinero, y me he permitido hacer este cuadro para ilustrar al respecto sobre los dos grandes partidos. Mirar el cuadro al pie.

Vistas las cifras, solo hay una  conclusión posible: nos cuentan lo que quieren que veamos, y solo nos enseñan la patita por debajo de la puerta de lo que a los dueños de esos medios les parece que debemos conocer. A veces uno piensa si en esos medios hay periodistas o mercenarios. Y claro, hay de todo cómo en todas las profesiones. 

Creer es gratis, pensar es necesario. Y yo diría aún más ,como Hernández y Fernández, hoy es imprescindible antes de creer nada de lo que te cuentan los medios. De las redes ya mejor no hablamos

Un legado de privilegios y recortes con sonrisa de moderación

La política no se mide por las sonrisas en los carteles electorales, sino por la realidad que los ciudadanos encuentran al abrir la puerta de su centro de salud o de su colegio público. Y en Andalucía, esa realidad es, sencillamente, insostenible. Tras una legislatura marcada por la propaganda, el balance de gestión no deja lugar a dudas: este gobierno ha dimitido de sus responsabilidades sociales para centrarse en un proyecto de desmantelamiento de lo público.

El dato resulta demoledor: las listas de espera ya superan el millón de pacientes, habiéndose multiplicado por tres bajo esta gestión. Mientras la Crisis de los Cribados pone en riesgo la detección precoz de enfermedades graves, la solución del Ejecutivo no es reforzar el sistema, sino el desvío sistemático de fondos hacia la sanidad privada. Es una asfixia programada: se degrada lo común para justificar el negocio de unos pocos.

En educación, el guion se repite. Los recortes en la pública conviven con un favoritismo descarado hacia centros privados vinculados a círculos de confianza. Mientras tanto, el dinero público fluye con alegría hacia sectores estratégicos para el control social: subvenciones masivas a los toros, a la Iglesia y, por supuesto, a una prensa afín encargada de silenciar el descontento.

No es solo una cuestión de ineficacia, sino de prioridades morales. Mientras el gobierno andaluz se ha dedicado a subirse el sueldo y garantizarse preventas, las noticias sobre adjudicaciones y comisiones que favorecen a familiares y amigos son una constante. A esto se suma una actitud de bloqueo sistemático: se rechazan aportaciones estatales vitales solo por puro cálculo electoral y con el único fin de hacer oposición al Gobierno central, tomando a los andaluces como rehenes de su estrategia partidista.

Un gobierno que prefiere alimentar el bolsillo de su entorno y fortalecer los privilegios privados mientras las listas de espera baten récords de infamia, no es un gobierno para la gente.

Por todo ello, la reelección no debería ser una opción. Andalucía merece una gestión que no vea lo público como un botín, sino como el patrimonio de todos. El legado de este nuevo “risitas” es, objetivamente, patético. En cualquier caso la decisión es tuya.

Pablo y Sonsoles: mejor uno a Boston y la otra a California

En España, el IVA de los libros no roza ni de lejos el 21% que Pablo Motos y esa premiada escritora llamada Sonsoles Ónega vomitaron en El Hormiguero como si fuera un dato fresco del mismísimo BOE, equiparándolo al tabaco con la gracia de un charlatán de mercado. Fue un golpe bajo, premeditado, contra las políticas culturales del Gobierno de Sánchez que mantiene ese 4% superreducido desde hace más de una década, y extendido a ebooks en 2020, mientras el PP lo había inflado al 21% en cine y teatro en sus años de gloria. 

Motos, ese bufón televisivo con ínfulas de tribuno, no se despistó: soltó la mentira en prime time para que calara en el populacho, y Ónega, que vive de vender novelas como churros, asintió con un “sí, exacto” sin mover un dedo por verificar. ¡Ella, que firma libros y cobra derechos, debería saber de primera mano que su propia mercancía tributa al 4%, no al tipo de los vicios! Antes de abrir la boca en un plató, ¡que se lea la Ley del IVA, señora, o si no es mejor que se dedique a jugar al parchis. 

Pablo Motos es un peligro público con micrófono que acostumbra a manipular datos contra el Gobierno como quien se pela una naranja, con esa sonrisita de sabelotodo que enmascara su alergia a la verdad de los hechos. Aquí equiparó libros: 4%, por debajo de Francia (5,5%), Alemania (7%) o Italia (4-5%); y al tabaco (21% más especiales), y al cine (10%, rebajado por este Ejecutivo). 

¿Defender la lectura? Mentira podrida: la politiza para arremeter contra Sánchez, dando alas a ultras y bulos mientras redes sociales rugían “terrorismo informativo” y denuncias llovían como confeti. Urtasun y Puente lo pillaron en falta, recordando las subidas del PP, pero el veneno ya corría por las venas del país. Y Sonsoles Ónega, ¡ay, la escritora premiada!, que promocionaba su novelita en el programa y aun así tragó el anzuelo sin rechistar. “Son 23 eurillos, hay que bajarlo”, gimoteó después de avalar la falsedad, como si no supiera que el precio medio de un libro es 15 euros y el IVA ya es una ganga. 

¡Vergüenza ajena! Que una autora profesional, que vive de esa industria, se dedique a disparar desinformación sobre su propio oficio, como si se tratase de un carnicero quejándose de que la carne cuesta un ojo de la cara porque no sabe el precio del lomo. Este dúo dinámico no es un error puntual, sino  un patrón asqueroso de Motos, que convierte El Hormiguero en una trinchera ultraderechista disfrazada de variedades: invita a Abascal, truena contra políticas progresistas con datos retorcidos  y falseados y se lava las manos con chistecitos. Ónega, fue su cómplice voluntaria, rectificó al día siguiente en su corralito de Atresmedia “me fustigo, estoy angustiada”, pero ¿quién desintoxica a los tres millones de zombis que aplaudieron el bulo que lanzaron? 

Es una manipulación burda, de las que apestan a rencor ideológico: España mima fiscalmente los libros, pero ellos la pintan de ogro para que el personal monte en cólera contra el Gobierno. ¡Hipócritas! Motos, que se las da de patriota castizo, erosiona la cultura que dice amar; Ónega, que debería ser la voz sensata por su oficio literario, se arrastra como una asalariada servil. Basta ya de esta telebasura ilustrada, donde Motos y Ónega bailan un vals grotesco sobre cadáveres de datos. Deberían callarse y leer ¡de verdad! algo cómo por ejemplo  La verdad sobre el caso Savolta, para aprender que la impostura tiene fecha de caducidad. 

Por mucho que esta pareja se empeñe en afirmar lo contrario, España no penaliza la lectura; la fomenta como pocas en Europa. Pero con charlatanes así en antena, el único IVA que subirá será el de la desconfianza pública hacia estos payasos. Esta parejita debería mirarse al espejo, y si no les gusta lo que ven, que apaguen la luz. 

De togas, peinados y otras alucinaciones de la patria

A uno, que ya tiene una edad y ha visto pasar por delante toda suerte de caudillos, salva patrias y vendedores de elixires milagrosos, le cuesta ya escandalizarse. Aunque lo que está aconteciendo estos días en los juzgados de la capital tiene huele a abrigo de astracán trasnochado, ese que tanto gusta a señores y señoras rancios en esta bendita tierra. En un nuevo alarde de creatividad administrativa, hemos decidido que las leyes no están para ser cumplidas, sino para ser interpretadas. Igual debería presidir el CGPJ Benita, capaz de leer los posos del café o las líneas de una mano que, casualmente, siempre apunta en dirección a la Moncloa.

Permítanme que abunde en el astracán y les diga que el asunto apesta a alcanfor. Estamos ante un caso propio de La Nave del Misterio, el caso de una señora que, según nos cuentan, ha perpetrado el asombroso delito de no hacer nada que sea realmente delito. No me dirán que no es un caso fascinante que podríamos encuadrar dentro del tipo de "delincuencia ectoplásmica". Se la acusa de malversar sin ser funcionaria (primer prodigio de la física cuántica), de traficar con influencias que otros treinta y tantos señores ejercieron antes con absoluta impunidad, y de enriquecerse con una cuantía que a cualquier constructor de los de antes no le daría ni para las propinas de la marisquería donde consolida sus apaños.

El juez instructor, se ha soltado el pelo, y en un arrebato de celo profesional, que, por cierto, ya habría querido para sí el mismísimo Torquemada, ha confundido su despacho en sede judicial con la sala de una editorial de folletines por entregas. Lo importante no es la prueba, esa cosa tan vulgar y técnica, sino el "runrún". La idea es que la acusada suba y baje las escaleras de los juzgados hasta que el desgaste del granito sea equivalente al desgaste de la paciencia del votante de su marido. Es lo que conocemos cómo la "pena de banquillo", esa especialidad tan nuestra que consiste en condenar a alguien, no por lo que hizo, sino por lo que el vecino del cuarto dice que se imagina que podría haber hecho si hubiera sido otra persona. No me dirán que esto no supera con creces el realismo fantástico de La Ciudad de las Luces Muertas.

Todo esto, por supuesto, aderezado con un Consejo General del Poder Judicial que sentado en el palco asiste a la función. Su presidente debe tener el monóculo puesto y su cara refleja que debe estar viendo una ópera de Wagner, sin darse cuenta de que, en realidad, lo que suena es una charanga de pueblo. Nos dicen que no debemos criticar a los jueces. ¡Válgame, Dios! Criticar a un juez en España se ha vuelto casi tan peligroso como atreverte a pedir un café con leche de soja en un bar de carretera rodeado de camioneros. En esos casos, uno sabe que se expone a que le miren mal o, a que directamente le apliquen el artículo correspondiente de la Ley de Vagos y Maleantes Intelectuales.

Al final, permitan el sesgo profesional, lo que me queda es esa sensación agridulce de que vivimos en un país donde la justicia, no es ciega, sino que padece  estrabismo ideológico galopante. Unos no ven a un tal "M. Rajoy" ni a el “Asturiano” ni al “Barbas”, aunque les baile una jota en su cara, y otros incluso llegan a ver delitos complejos en un dominio web de veinticinco euros.

Es, en definitiva, la vuelta al tan hispano sainete: señoras que desnudan y le sacan la piel a tiras a la vecina en la escalera, caballeros togados que juegan a los soldaditos, y una democracia que, de tanto forzarla para que encaje en el molde de unos pocos, va a acabar rompiéndose por las costuras. 

Pero no se preocupen, que, si la cosa se pone fea, siempre podremos decir que todo fue una farsa y hasta igual me permite escribir un libro. Sobre el título me surgen dudas: no se si ¿Qué tal ese peinado? O sonaría mejor: La conjura de los necios con puñetas. 

Me están creando una grave dicotomía. 

Viva la República. 

 

HUNGRIA: ADIOS TÍO VIKTOR, ADIOS

Permítanme desviar el primer párrafo para ironizar. Siempre sospeché que la política internacional se parece demasiado a esas comunidades de vecinos donde el presidente, para justificar la derrama del ascensor, acaba buscando aliados que le apoyen en el bloque de enfrente. 

En esta comedia o vodevil contemporáneo, el señor Abascal parece haber encontrado en Viktor Orbán no solo a un referente ideológico, de presidente de la comunidad, sino a un tío soltero y adinerado que le prestó (no se sabe si para luego devolvérselos) nueve millones de euros. Lo cierto es que, hasta hoy, don Santiago le ha reído las gracias y le está eternamente agradecido de que le haya enseñado a poner candados en la puerta del jardín.

La cuestión no es minina. Recuerden que, en julio de 2024, VOX decidió que la señora Meloni, con toda su elegancia romana, se les quedaba a ellos corta o quizá demasiado moderada para su cuerpo ideológico. Y se marcharon con Orbán a fundar los Patriotas por Europa que, perdonen, más que a partido político suena a nombre de equipo de petanca. Eso sí, con una ambición de arrasar todo, mucho más escandalosa y ruidosa.

Ahora al eterno trabajador hispano del caballo, el panorama se le presenta incierto. A Orbán le han fallado las urnas, y eso deja a Abascal en una situación desairada, como ese invitado que llega a la fiesta cuando ya no quedan canapés. Parece que Hungría era un paraíso para los húngaros según Santi y su compaña, pero hoy, visto el resultado de las urnas, sabemos que lo había convertido Hungría en un erial de libertades y el rincón más depauperado del club europeo. Un modelo, que dicen se basa en la "guerra cognitiva", que es una forma muy fina de llamar, a lo que aquí conocemos cómo “marear la perdiz” mientras se culpa al empedrado para que nadie se fije en lo que entra o sale de la caja registradora. Esos jóvenes y menos jóvenes enamorados de la ultraderecha se lo deberían hacer mirar, porque igual les han engañado y no lo saben. Suele ocurrir.

Porque ya vemos, ha aparecido el coro de los descontentos, esos que se sienten hasta los genitales de tanto mensaje populista, para poder trincar mientras. Y aunque hay quien pregunta, no sin cierta lógica, si el que viene a sustituir al títo húngaro de Santi no será el mismo perro con distinto collar (prorruso e igual de testarudo), al menos admitamos que en la tv llega con el pelo de otro color. Lo más significativo para Europa es que también con el cambio de Orban, cambia la visión del espinoso asunto de Ucrania, donde Orbán ejercía de Pepito Grillo (o una chincheta en la bota) frente al acuerdo europeo de apoyar a Zelenski.

En fin, que, entre subvenciones húngaras, redes que cuentas bulos que salen de verdaderos laboratorios de alquimia política, y una oposición española que nadie sabe muy bien de qué pie cojea, porque no tiene una política europea, la UE nos sigue ofreciendo este espectáculo fascinante donde lo más difícil no es gobernar, sino convencer al personal de que el vecino de al lado es el culpable de que no funcione el portero automático. 

Veremos si Abascal sobrevive a la orfandad del tito húngaro o si, por el contrario, decide que siempre le quedará el compadre Donald, ese hombre maravilloso que ha hecho del caos la octava entre las bellas artes.

De la pana al traje refinado de Brioni o Kiton: crónica de un extravío

Resulta fascinante, y también melancólico, observar cómo el paso de los años actúa sobre las personas de forma tan dispar. Algunos envejecen como las buenas novelas, revelando capas de sentido que antes se nos escapaban; otros, en cambio, parecen decididos a convertirse en una parodia de aquello que un día combatieron en juventud y del brillo de su oratoria. Me refiero, como no podría ser de otra manera, a ese duelo simbólico que estamos presenciando entre Felipe González y Carmen Romero, una especie de tragedia griega trasladada a la realidad política andaluza, aunque sin los coros ni las túnicas helenas, pero con abundantes dosis de desengaño.

Empecemos por el antiguo líder. Servidor (como respondía en el cole cuando pronunciaban mi nombre), que ha visto pasar suficientes gobiernos como para no llamarme a engaño, asisto con una mezcla de estupor y hastío a la metamorfosis de González. Hubo un tiempo en que su palabra era el verbo y su chaqueta de pana el uniforme de una esperanza colectiva. Hoy, sin embargo, el expresidente parece haber confundido la altura de miras con la altura de los consejos de administración. Es un espectáculo curioso, a la vez que triste, verle del brazo de quienes antaño representaban lo opuesto a su credo, lanzando dardos envenenados contra su propia casa mientras contempla el mundo desde la barrera de los privilegiados.

Dicen que "quien no vive como piensa, termina pensando cómo vive", y Felipe se ha convertido en el ejemplo vivo de este aforismo. Su deriva hacia un purismo reaccionario y ese flirteo indecente con el voto en blanco, nos hablan de un hombre que ya no reconoce el suelo que pisa, o quizá es la expresión de un ego que no tolera que el mundo siga girando sin pedirle permiso. Su decepción, creo yo, no es con su partido, sino con el espejo que le devuelve la imagen de alguien que se quedó en el andén mientras el tren del presente partía hacia otro lado.

Qué alivio, qué ráfaga de aire fresco, encontrar a alguien que no ha necesitado vender su biografía al mejor postor ni disfrazarse de nada, porque en el otro extremo del escenario, aparece Carmen Romero. Mientras González se pierde en laberintos dialécticos para justificar su cercanía a la derecha, Romero se presenta con la sencillez de quien nunca olvidó de dónde venía. Ella no necesita el estrépito de los grandes titulares para demostrar su valía; le basta con estar ahí, apoyando a los suyos, defendiendo lo público con una coherencia que, en estos tiempos de postureo y traiciones de salón, resulta casi revolucionaria.

Si González encarna el ocaso de una era que se resiste a morir con dignidad, Romero representa la continuidad de lo mejor de nuestra historia reciente: esa izquierda que sabe evolucionar sin perder el alma por el camino. Ella enlaza el pasado con el futuro con la naturalidad de quien lee un libro bien escrito, recordándonos que la política, al final del día, es una cuestión de integridad y no de contar los dividendos obtenidos.

Siento, lo confieso, una profunda decepción por el hombre que pudo haber sido un anciano sabio y prefirió ser un crítico huraño, con cosas de “cuñao”. Pero siento también una renovada admiración por la mujer que, sin aspavientos ni oráculos, nos demuestra que se puede ser fiel a unos principios sin que se te caigan los anillos ni se te agrie el carácter. 

Al final, parece que en el gran teatro del mundo, como en las mejores novelas, los personajes secundarios son los que acaban dándonos las únicas lecciones de ética necesarias.

El blindaje de las togas y el 'milagro' Cospedal

“Los audios con el comisario Villarejo, donde se hablaba de 'laminarse' pruebas y de 'la libretita' de Bárcenas, parecen haberse disuelto en uno de esos agujeros negros que existen en nuestro sistema jurídico”

Recordando al Cesar, la justicia, para serlo, no solo debe ser justa, sino también parecerlo. Sin embargo, lo que hoy emana de las altas instancias judiciales en España, especialmente tras las últimas decisiones sobre el caso Kitchen, no es precisamente un aroma de equidad, sino el hedor de la descomposición institucional. La noticia de que María Dolores de Cospedal y por extensión la cúpula política de Mariano Rajoy volverá a evitar el banquillo de los acusados no ha sorprendido a nadie. Y esa falta de sorpresa es, precisamente, el síntoma más alarmante de una democracia enferma.

El argumento de que “no hay indicios suficientes” para juzgar a la exsecretaria general del PP choca frontalmente con la lógica ciudadana y con la fonoteca nacional. Los audios con el comisario Villarejo, donde se hablaba de “laminarse” pruebas y de “la libretita” de Bárcenas, parecen haberse disuelto en uno de esos agujeros negros que existen en nuestro sistema jurídico.

El sentimiento de la calle es claro, decepción, convencidos de que estamos asistiendo a una instrucción “quirúrgica”. El papel del juez García-Castellón es señalado es el de un orfebre que, durante años, habría moldeado los tiempos y los plazos para que, al llegar al juicio oral, los peces gordos ya hubieran escapado de la red. Es el triunfo de la verdad procesal (aquella que se construye en los despachos) sobre la verdad real (aquella que toda la sociedad conoce).

Lo que más indigna a la opinión pública no es solo la impunidad de unos, sino la hiperactividad judicial contra otros. La comparación es inevitable y sangrante: mientras la instrucción de la 'Kitchen' bosteza durante 13 años hasta languidecer por prescripción o falta de impulso, otras causas contra figuras de la izquierda o del entorno del actual Gobierno se instruyen a velocidad de crucero, rastreando hasta “la imprenta de las estampitas de su primera comunión”; esta doble vara de medir proyecta la imagen de una justicia que actúa como muchos un búnker corporativo que protege a los suyos bajo el mantra del “atado y bien atado”.

Pero no hago este comentario por enfado con el hecho de que esta señora y sus acólitos se vayan de rositas. Eso es lo de menos frente al daño incalculable que este blindaje judicial hace a España. Cuando el ciudadano percibe que el Código Penal es un instrumento elástico que se estira para el débil y se encoge para el poderoso, la institución se está suicidando. No puede extrañarnos viendo estas actuaciones que se diga a menudo que la justicia española es la mayor fábrica de independentistas y de descreídos del sistema; decisiones como la de salvar a Cospedal en contra del sentido común no hacen más que darles la razón.

Estamos ante una justicia tuerta, que ve con nitidez absoluta los errores de la izquierda, pero sufre de una ceguera selectiva cuando los audios y los papeles apuntan a la calle Génova. Si la instrucción de un caso de corrupción masiva que utilizó fondos reservados para destruir pruebas acaba con un par de mandos policiales en el banquillo y los responsables políticos de rositas, el mensaje que se lanza a los ciudadanos es devastador: delinquir desde el poder sale gratis si tienes a los jueces adecuados de tu parte.

La 'Kitchen' pasará a la historia no como el caso que limpió las cloacas del Estado, sino como el caso que demostró que, en España, las cloacas tienen quien les escriba las sentencias. Cospedal se libra, sí, pero lo que se hunde un poco más es la dignidad de un país que merece jueces que sirvan a la ley y no a las siglas de un partido.

¡Qué control de tráfico tan épico el suyo, señora Muñoz!

Ester Muñoz, portavoz del PP en el Congreso, ha logrado lo que ni los misiles israelíes: hacer blanco con gran puntería en el ridículo. Ante la retención de un soldado español de los cascos azules en el Líbano, un militar bloqueado por tropas israelíes durante casi una hora en pleno convoy de la ONU, la genial diputada ha soltado una de sus cada vez más frecuentes perlas: “He estado en controles de tráfico que me han tenido bastante más tiempo retenida”. 

Solo se puede expresar lo que sugiere con un ¡Bravo! Comparar una misión de paz internacional con un atasco en la A-3 es el tipo de genialidad que solo surge cuando el sentido común se ha tomado el día libre, y las neuronas solo transmiten “tontas”.

No se contenta con minimizar un incidente diplomático por el que el Gobierno protestó enérgicamente ante Israel y la ONU, sino que Muñoz ha elevado la frivolidad a categoría olímpica. Mientras la ministra Robles pedía “respeto” y callarse por decoro, la del PP optó por el show de varietés: un chiste de bar que convierte a un respetable soldado en el personaje de una comedia costumbrista. No debería extrañarse de que en el PSOE la tachen de “indecente”, ni de que la prensa la crucifique como la reina de la insensibilidad. Pero ojo, que ella lo dijo con esa cara de “soy lista, ¿eh?”, como si el problema fuera que no pillamos su ironía de alto voltaje.

Si diseccionamos cómo en anatomía este despropósito, veremos cómo paso uno al soldado español retenido en zona caliente del Líbano, bajo tensión ONU-Israel. Gravedad: máxima; el paso dos sería que España protesta con nota diplomática. Seriedad: institucional; y por último el paso tres es cuando llega Muñoz y, pum, “¡Yo peor en la Nacional II!”. Efecto: cara de palo colectivo. Es el manual perfecto de cómo sabotear a tu propio bando político. El PP, que podría haber criticado la gestión del Gobierno o pedido explicaciones, se queda con un pie en la trampa que su propia portavoz cavó. 

Y uno analiza lo que pretende el partido que se considera alternativa de gobierno y se encuentra con lo siguiente: ¿Estrategia? Ninguna. ¿Objetivo? Una portavoz que quiere hacerse la dura en plató, aunque salga con la frente más roja que la bandera que defiende. Es pura sátira de una política que confunde el hemiciclo con el club de la comedia, donde la ocurrencia sustituye al guion argumentado.

Muñoz no es un caso aislado, sino el síntoma de una oposición que ha abrazado el postureo como ideología. Donde antes había reproches fundados, ahora hay memes prefabricados y pullitas de TikTok. ¿Retención de un casco azul? “Bah, como mi multazo pendiente”. ¿Crisis diplomática? “Yo en el Mercadona un viernes”. Es el colmo del cinismo, banalizar lo serio para quedar de “de calle”, aunque la calle te devuelva la factura en forma de mofa.

Lo peor es el mensaje que lanza y que cala, que los soldados en misiones de riesgo merecen menos respeto que un semáforo en rojo. Robles lo clavó: “Por respeto hay que callarse”. Pero Muñoz prefirió el micrófono a la mesura, convirtiendo un asunto de Estado en chascarrillo de sobremesa. Y ahí radica la auténtica traición: no al Gobierno, sino al mínimo decoro que España merece de sus diputados electos. 

Permítame un consejo Señora Muñoz, si tanto le gustan los controles, pruebe uno de realidad. O mejor, uno de empatía. Porque mientras usted acelera a fondo en la autopista del postureo, hay militares que arriesgan el tipo sin pedir aplausos ni risas. Su postura no solo fue frívola, sino un autogol en propia puerta, marca PP. La próxima vez pruebe a responder con silencio. Sale más elegante, y menos caro políticamente. 

El "Efecto Trump" y un espejismo de paz

La reciente actividad diplomática y bélica de la administración Trump en Oriente Próximo, sumada a sus constantes desplantes hacia sus aliados históricos, ha reabierto un debate que muchos daban por cerrado: la vigencia de la dependencia estratégica de Europa respecto a Estados Unidos.

La figura de Donald Trump no solo genera un profundo rechazo por su estilo personal  histriónico y errático, sino que está actuando como catalizador de un sentimiento soberanista europeo. Cuando el inquilino de la Casa Blanca amenaza con retirar bases militares como castigo, lo que antes se percibía como un riesgo para la seguridad, hoy es visto por una parte considerable de la sociedad como una oportunidad de emancipación. La idea de que España y Europa deben dejar de ser "provincias imperiales" para construir una defensa propia y coherente empieza a ganar terreno frente al viejo marco de la llamada guerra fría.

El escepticismo es especialmente agudo respecto a la gestión en Oriente Próximo. Mientras Washington se apresura a colgarse medallas de "misión cumplida" tras un alto el fuego con Irán forzado por la crisis del petróleo, los ciudadanos perciben un doble rasero moral. No se entiende una política exterior que castiga a unas teocracias mientras mantiene un silencio cómplice, o incluso un apoyo armamentístico, hacia las acciones del gobierno de Netanyahu en Gaza y países vecinos. Para muchos, la alianza Trump-Netanyahu representa un peligro para la estabilidad global que invalida cualquier pretensión de liderazgo moral por parte de EE. UU.

En este contexto, la posible salida de las tropas estadounidenses de suelo español no se vive como un drama, sino como un ejercicio de higiene democrática. El argumento económico del miedo a la pérdida de empleos en las zonas de las bases, ya no parece ser un freno insalvable; se plantean alternativas como la reconversión de estas instalaciones o planes estatales de mitigación.

En conclusión, hoy estamos ante un cambio de paradigma. La desconfianza hacia un líder que utiliza la geopolítica como un tablero de intereses personales está empujando a los ciudadanos a exigir una política exterior más ética, laica y, sobre todo, autónoma. Si el "castigo" de Trump es dejarnos caminar solos, quizás sea el mejor regalo que podría hacernos a largo plazo. 


Entrevista

 Antonio González Cabrera, médico: “Defender la sanidad pública es defender la dignidad de los ciudadanos rurales”

Llegó del sur en los primeros compases de la Transición a una pequeña población albaceteña de la que terminó siendo alcalde. Quiso cambiar esa “España profunda” a la que le costaba adaptarse a la democracia. Ahora, tras jubilarse, ha publicado un libro que es a la vez autobiografía, crónica política, historia sanitaria y mucha, mucha memorial rural

Memorias de un médico rural en un pequeño pueblo de Albacete durante medio siglo. Una reflexión narrativa sobre la realidad de los pueblos vacíos, la labor sanitaria y la importancia de la empatía y el cuidado comunitario.

El médico que llegó del sur (Almud Ediciones, 2026) es todo eso y mucho más. En algo más de un centenar de breves capítulos- fragmentos de la memoria- Antonio González Cabrera (El Carpio. Córdoba, 1955) hilvana su trayectoria personal y profesional con el devenir de España desde la Transición hasta nuestros días, en un pueblo con nombre ficticio que es, en realidad, San Pedro, en Albacete.

“Estas memorias son el grito de los pueblos que pierden pulso y memoria”. Es un texto híbrido que navega entre la autobiografía, la crónica política, la historia sanitaria y el memorial rural, escriben Concha Vázquez Sánchez, profesora de Literatura, y Juan Sisinio Pérez Garzón, profesor de Historia y exconsejero de Educación en Castilla-La Mancha, en el prólogo.

Ellos lo definen como un “ejercicio de responsabilidad moral con las gentes con las que se han compartido esperanzas y angustias, conflictos y acuerdos”. Es, añaden, “el latido humanista de un médico y un político comprometido con una España rural”.

Escribir su historia se lo sugirió un amigo coincidiendo con su jubilación, a los 70 años y porque no le quedó otra. Había pasado décadas en el consultorio y durante 24 años lo compaginó con labores en el ayuntamiento donde fue alcalde entre 1991 y 2007. “El último día se presentaron en la puerta unas 300 personas a decirme adiós”, recuerda emocionado. Muchas de ellas aparecen reflejadas en un libro que relata desde la llegada de la primera Ley de Sanidad (1986) aprobada por el ministerio de Ernest Lluch, durante el gobierno de Felipe González, para sustituir a un sistema de “igualas médicas”- una especie de contrato informal entre el médico y los pacientes, “sin tinta ni firma”-, por el que una familia pagaba una pequeña cuota mensual al médico y al practicante (enfermero) para garantizar una asistencia sanitaria básica a domicilio.

Con la democracia y el primer gobierno socialista se implantó el concepto de sanidad pública universal y gratuita y el Estado asumió la protección de la salud de todas las personas de cualquier clase y condición. Poco antes de eso Antonio González Cabrera llegó hasta San Pedro por casualidad. “Era jugador de rugby y vine para ver si jugaba en el Valencia, pero allí no había posibilidad de trabajar como médico así que me planteé colegiarme en alguna provincia limítrofe”.

Lo hizo en Albacete en octubre de 1979 y ha terminado jubilándose en San Pedro, el pueblo en el que ha desarrollado toda su carrera médica. Claro que antes, mientras estudiaba Medicina, ejerció como celador en el Hospital Reina Sofía de Córdoba y después fue enfermero en la población de Iznájar. De ahí, se marchó a la ‘mili’ y terminó recalando en Albacete para trabajar en la sanidad rural.

“Al llegar tuve la sensación de estar entrando en un sitio donde el tiempo aún dormía la siesta desde 1955”. Era el mes de enero de 1980. Allí, cuenta el libro, el joven doctor se encontró en una sala donde no había ni fonendoscopio, ni tensiómetro, ni ningún otro instrumental médico profesional. Lo único que halló sobre la mesa de madera fue un bolígrafo BIC azul y todo lo que el consultorio tenía era un infernillo colocado en el poyete de la ventana y unas jeringas y agujas de diversos tamaños y calibres que usaba el practicante (nuestro enfermero o enfermera de hoy).

Este doctor especialista en Medicina Familiar y Comunitaria y en el estudio de la Diabetes Tipo 2 pasó de mejorar “algunas cosas en el consultorio” a intentar transformar el pueblo que le acogió, pero desde el ámbito político. “No teníamos de nada: el alumbrado público era de pena, muchas calles no estaban asfaltadas y había despoblamiento. El pueblo llegó a tener 3.000 habitantes, pero cuando llegué no llegaba a los 1.500”.

No fue fácil intentar cambiar las costumbres arraigadas, a veces impuestas por “las fuerzas vivas” locales. Ni siquiera era común, cuenta, “que el médico no estuviera en el club de toda la vida: el cura, el cabo [de la Guardia Civil] y el alcalde”.

Antonio González Cabrera procedía del Sindicato de Estudiantes, se había fajado en las luchas estudiantiles entre el final del franquismo y el inicio de la Transición. “Yo allí no pegaba mucho, pero pensé que ellos tampoco, así que llegué a la Alcaldía donde cambié todo lo que pude: mi pueblo tiene ahora piscina, centro de día, biblioteca, casa de cultura y hasta plaza de toros que se utiliza para eventos deportivos”.

Para ser alcalde se comió “muchos marrones” porque no se lo pusieron fácil. “Sufrí desde amenazas de muerte hasta que entraran el consultorio e hicieran pintadas”, rememora, pero se muestra orgulloso de su trayectoria en la “España profunda de aquellos años” porque nunca ha tirado la toalla, ni en lo sanitario ni en lo político. “Esto no va de quién es el más rápido, sino de quién es el que más aguanta. Cuando he necesitado una cosa para mi pueblo, he machacado hasta que alguien se ha rendido. Como alcalde de pueblo pequeño es una técnica que nunca falla. Aunque sea para que no vayas más a pedir”.

Yo allí no pegaba mucho, pero pensé que ellos [las fuerzas vivas herencia del franquismo] tampoco, así que llegué a la Alcaldía donde cambié todo lo que pude: mi pueblo tiene ahora piscina, centro de día, biblioteca, casa de cultura y hasta plaza de toros que se utiliza para eventos deportivos

Su trayectoria vital y profesional marca el ritmo del libro que es, además, un recorrido por la historia de España (y de la medicina) desde la Transición hasta nuestros días, y cómo lo vivieron en un pequeño pueblo. Algunos episodios quedaron muy marcados en su memoria. Desde el intento de golpe de Estado en 1981 - con horas angustiosas, recuerda, al expresar que “nunca es un país tan frágil como cuando se olvida del precio que le costó su libertad”-, el Mundial de Fútbol de 1982 en España, la aprobación del Estatuto de Autonomía de Castilla-La Mancha en agosto de ese mismo año, el ingreso en la OTAN, el terrorismo de ETA, la llegada del AVE... Después, la crisis financiera de 2008 o los desafíos en la Sanidad pública por los recortes en 2012, la pandemia de la COVID-19 o la actual polarización social y política. Y todo eso combinado con cientos de historias humanas en el consultorio y con la gestión de un ayuntamiento.

El doctor habla con pasión de la medicina rural para la que reclama ciertos aspectos “imprescindibles”. Defiende la cercanía con los pacientes y la “longitudinalidad” en la asistencia porque el cambio constante de médico, cuenta durante la conversación, “es negativo no solo para el paciente sino para el sistema sanitario y no sabes la de tiempo que ahorra saber quién entra por la puerta y de qué pie cojea”. Muchos de los pacientes de Antonio lo fueron desde niños. “En el medio rural español, los médicos de familia hemos tenido que asumir tradicionalmente la asistencia pediátrica”, escribe en el libro.

Cree que la Atención Primaria en el medio rural es aquella que “permite contar al paciente cosas que no son solo de medicina orgánica”. Él es un gran conversador, pero sobre todo escuchó a quienes pasaron por su despacho durante décadas. “Un buen tanto por ciento de las patologías son consecuencia de la soledad de mucha gente”. La Medicina va más allá de la ciencia e implica empatía y acompañamiento humano.

Los médicos rurales son quienes tienen que defender la sanidad pública a vida o muerte porque ¿quién va a ir allí a prestarte servicios que no son rentables? Nadie

Los médicos rurales pasaron del rol paternalista a ser parte activa del tejido social, por eso resalta la importancia de “acompañar en los silencios” tras una pérdida. “Lo que hay que hacer es sentarse a su lado, sin hablar, porque… ¿qué vas a decir? Y acompañar en las situaciones de miedo ante enfermedades como el cáncer. Muchas veces he tirado de teléfono para que mis pacientes no tuvieran que pasar 15 días con el volante ‘acojonaos’ y se les atendiera. Esa es una labor que tenía que hacer”.

Después, subraya, esos mismos médicos rurales “son quienes tienen que defender la sanidad pública a vida o muerte porque ¿quién va a ir allí a prestarte servicios que no son rentables? Nadie. A los pueblos pequeños internet llega lo último. Todavía los hay sin cobertura móvil. Seamos claros, no hay negocio”.

En su opinión, “la defensa de la sanidad pública es también la defensa de la dignidad de los ciudadanos rurales. Esa ha sido mi pelea eterna desde que estoy en esto”. Las historias médicas y las circunstancias de las personas que atendió le dejaron huella. “Hay quien vino a decirme que quería abortar, que sufría malos tratos, que quería adelgazar o que era víctima de acoso”.

“Si se pudiera teletrabajar, habría muy poca gente en las ciudades”

El libro de Antonio González Cabrera tiene mucho de homenaje a aquellos municipios a los que enmudeció el despoblamiento. De hecho, el texto arranca con un poema dedicado a los pueblos vacíos y el autor les confiesa su “amor” porque “aunque vaciados, permanecen llenos de sentido para quienes no hemos olvidado qué significa la pertenencia”.

La España Vaciada no le es desconocida a quien, además de alcalde, fue diputado provincial y presidente de la Red Española de Desarrollo Rural (también lo fue de su homóloga europea). Hoy se muestra escéptico con las medidas para evitar la despoblación que no tengan que ver con “poner trabajo, educación y sanidad para mantener vivos los pueblos”.

Lo dice porque lo intentó. “Pusimos en marcha proyectos de repoblación. La gente se fue a vivir a los pueblos y a los cinco años se marchó por la falta de servicios. Era el mismo problema por el que los oriundos se habían ido antes”. Conoce bien la situación porque San Pedro llegó a tener 3.000 habitantes y hoy no llega a los 1.200.

No puedes hacer una casa de cultura para 400 personas en un pueblo de 60 habitantes y aquí en Castilla-La Mancha encontramos unas cuantas. No tiene sentido. ¿Para qué? ¿Para el baile en verano? Con una carpa sale más barato

González Cabrera también estuvo al frente del Grupo de Desarrollo Rural de la Sierra de Alcaraz y Campo de Montiel y fue vicepresidente de la desaparecida Asociación de Centros de Desarrollo Rural de Castilla-La Mancha (CEDERCAM). Cuando le preguntamos por las políticas para frenar la despoblación en Castilla-La Mancha insiste en que lo primero es apostar por los servicios esenciales y también por el transporte público. “No puedes hacer una casa de cultura para 400 personas en un pueblo de 60 habitantes y aquí en Castilla-La Mancha encontramos unas cuantas. No tiene sentido. ¿Para qué? ¿Para el baile en verano? Con una carpa sale más barato”. Se trata, dice, de “priorizar”.

Ve en el servicio de ayuda a domicilio para los mayores o en la acción de reconocer la Dependencia a quienes viven en el medio rural como una forma de generar empleo y, sin embargo, critica que se esté siendo “cicatero” en cuestiones como estas. “En algunos casos la despoblación se ha revertido, no porque hayamos hecho el mundo rural más atractivo, sino porque en el mundo urbano no se puede vivir, así que te vas donde puedas comprar una casa y vivir tranquilo. Si se pudiera teletrabajar, habría muy poca gente en las grandes ciudades”.

Las reivindicaciones médicas

Hace casi seis años que recibió el Premio de Política, Economía y Ciencias Sociales que otorga la Fundación de Estudios Rurales de la Unión de Pequeños Agricultores de España por ser un “luchador incansable por la sanidad pública rural”, y muy especialmente, de la Atención Primaria.

Le preguntamos por las reivindicaciones de sus colegas médicos que reclaman un Estatuto Marco. Él responde con otra pregunta: “¿Por qué es más importante que los médicos tengan un Estatuto frente al hecho de que lo tengan los enfermeros, los celadores y hasta los auxiliares de clínica?”. No rechaza la reivindicación, pero introduce matices. “Un Estatuto Marco específico los médicos me suena a tener mi parcelica de poder y dependiendo del gobierno que haya, me peleo más o menos. Es mi sensación”.

Por eso apuesta por “recoger todas las reivindicaciones de los sanitarios dentro de un marco general del sistema asistencial. Si nos dividimos, morimos todos”. Y aquí entra también la atención en los pueblos. “Tienen que recoger las reivindicaciones de lo rural. No es lo mismo ser médico a 30 kilómetros de Albacete que a 150 kilómetros. ¿Cuánto vale la dispersión poblacional? ¿Cómo se aborda la conciliación familiar de los profesionales? ¿Y los servicios?”, se pregunta.

Sobre la carrera profesional que reclaman los sanitarios en la comunidad autónoma dice no entender la postura del Gobierno de Emiliano García-Page después de una década al frente de la Presidencia regional. “Ya son ganas de tener al sector sanitario en pie de guerra. Es la única comunidad autónoma sin la carrera profesional sanitaria. A mí no me afecta, yo saqué el grado 4, pero es un agravio comparativo”.

Recuerda cómo durante su primer mes en el consultorio los pacientes le recibieron con víveres. “Me traían a veces tomates, otras, habas o pepinos, una me llevo una empanada, otra hasta me tejió una bufanda porque un día que fue me vio con frío”. Una situación muy alejada de algo que nunca ha vivido en carnes propias: las agresiones en el ámbito sanitario. Él cree que “la tranquilidad y la paciencia” del profesional pueden prevenirlas, e incluso evitarlas en muchos casos, aunque reconoce que “no hay una varita mágica” para el problema.

González Cabrera ha querido también dejar un guiño en el libro a la figura de los visitadores médicos para dejar caer la falta de interés de la administración pública por reciclar a sus médicos rurales. “Más allá de las cuatro iniciativas que llegan de lo público, la formación que recibimos depende en buena medida de los laboratorios. Acaban condicionando nuestra prescripción de medicamentos, sí. Ellos llevan su liebre, sí, pero mantenerte actualizado muchas veces depende de eso”.

Hace unas semanas presentó el libro en su pueblo y el próximo 29 de abril lo hará en la Librería Popular de Albacete. No es un epílogo porque sigue escribiendo, aunque el libro sí tenga un cierre claro en el que expresa sus preocupaciones. “¿Cómo podíamos imaginar que alguien iba a ir con una gorra de beisbol a un entierro de soldados? ¿Y un presidente con una motosierra? Esto no es normal”.

La publicación es también una reflexión sobre la desigualdad, la pérdida de libertad y la crisis del sistema democrático y social en el contexto actual. No es de los que creen que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero reconoce la “impotencia” ante lo que considera una evidencia: “La libertad ya no es un derecho sino un artículo de lujo, con propietario registrado y etiqueta dorada” y lamenta que en su nombre se cometan tropelías. “La receta del momento viene servida en tres tiempos: victimismo de aperitivo, bulo como plato fuerte y censura de postre, todo adornado con un envoltorio rutilante al que se bautiza cómo libertad”. Su filosofía es bien distinta: “Con lo bonito que es llevarse bien”.


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