Cuando una sociedad acepta que el poder del dinero pueda comprar impunidad, está aceptando también que los derechos de la mayoría sean negociables. El rechazo del decreto de protección social no es un gesto aislado, sino la otra cara de la misma moneda: mientras en la cúspide se blindan fortunas y reputaciones, en la base se discute si la gente corriente merece una red mínima de seguridad frente a la enfermedad, la pobreza o la precariedad. Allí donde el capital se acostumbra a dictar las reglas, la protección social deja de verse como un deber democrático y pasa a considerarse un lujo prescindible, un gasto superfluo que entorpece la libertad de maniobra de los poderosos. Y así, del mismo modo que ciertos millonarios convierten a las personas en meras herramientas de su entretenimiento, quienes bloquean la protección social reducen a los ciudadanos a cifras en una hoja de cálculo, perfectamente sacrificables en nombre de la “estabilidad” y la “responsabilidad” económica.
El poder y el dinero, en estos tiempos tan modernos y pulcros, suelen presentarse con chaqueta y corbata bien planchadas, sonrisa de conferenciante y una presentación en Powerpoint sobre la sostenibilidad. Debajo de la chaqueta, sin embargo, asoma una textura moral dentro de la que se hunde todo, aunque desde fuera parece sólida y muy respetable. La historia de Epstein y su constelación de millonarios, ministros, nobles desocupados y empresarios filantrópicos no es una anomalía ni una excentricidad, sino la foto sin filtros de cómo funciona la jerarquía de nuestro mundo.
No es que el dinero corrompa, es que a partir de cierta cantidad, borra la frontera entre lo posible y lo prohibido. Una cuenta lo bastante abultada lleva incorporado un decreto de inmunidad, un traductor simultáneo que convierte “delito” en “travesura”, “víctima” en “daño colateral” y “red de abusos” en “vida privada”. Cuando uno posee una isla, un avión privado y una agenda en la que se mezclan príncipes, ministros y fabricantes de cohetes, la realidad ya solo es un decorado. La gente deja de ser gente para convertirse en un instrumento útil: una chica joven, un asesor influyente, un directivo servicial, todos reducidos a figuras manejables en el tablero de la conveniencia.
El rasgo más obsceno del poder no es el lujo sino la naturalidad con la que se ejerce la crueldad. Lo que resulta insoportable no es que existan hombres que organicen una industria del abuso, sino que haya una cola de gente importante dispuesta a mirar hacia otro lado, a bromear por correo electrónico, a compartir mesa, avión o palacio con quien convierte el sufrimiento ajeno en un pasatiempo. El poderoso raramente se ve a sí mismo como villano; se percibe más bien como un mecenas incomprendido que comete, como mucho, errores de protocolo. Cuando la cosa se complica, le basta con un comunicado de prensa, cómo su acto de contrición: “lamenta profundamente”, “no recuerda”, “no sabía”, “rechaza tajantemente”.
El dinero, cuando alcanza la categoría de planeta, atrae a su órbita a las otras formas de poder: político, mediático, judicial. No se trata de grandes conspiraciones de novela barata. Son cenas discretas, viajes “humanitarios”, reuniones de negocios en islas privadas, correos electrónicos con chistes de mal gusto entre personas que luego redactan leyes, deciden inversiones o administran justicia. El resultado es un ecosistema donde la impunidad no es necesario que se decrete, se asume. Se presupone que ciertas puertas se abrirán, ciertos sumarios se dormirán, ciertas preguntas no se harán. Y, en caso de apuro, siempre quedará el recurso de alegar ignorancia, esa virtud tan apreciada entre quienes lo han sabido todo a tiempo.
En la base de esta estructura existe una deshumanización metódica. Para que un grupo reducido de personas pueda vivir con el resto del mundo a su servicio, solo hay que degradar a los demás a la condición de recurso. Las víctimas del abuso son cuerpos desechables; los empleados, piezas intercambiables; la opinión pública, algo que se controla con un buen gabinete de comunicación. Hablar de derechos humanos, de dignidad, de límites, resulta incómodo en esos ambientes donde los límites son negociables y la dignidad se mide en ceros. La falta de humanidad no es un accidente moral sino un requisito del sistema.
Quienes se pasean por despachos oficiales y foros internacionales pronunciando palabras altisonantes sobre democracia, libertad y oportunidades suelen ser los mismos nombres que reaparecen, con distinta luz, en agendas, fotos o transferencias bancarias de personajes como Epstein. Los ciudadanos, servimos para rellenar encuestas y votar en elecciones, contemplando con perplejidad cómo se exige a los de abajo una decencia /formularios, requisitos, antecedentes) mientras a los de arriba se les permite una ética de contorsionista. A una camarera se le pide certificado de penales; a un magnate, una sonrisa para la foto.
Podría pensarse que este es un fenómeno lejano, circunscrito a mansiones en Manhattan o palacios europeos. Pero el mecanismo es el mismo en cualquier escala: en la pequeña política local, en el hospital que se gestiona como un feudo, en la empresa donde el jefe trata a sus subordinados como parte del decorado. El millonario que vuela a una isla para divertirse con lo que no debería existir y el político o funcionario que comete o tapa una irregularidad comparten la misma premisa: “a mí no me va a pasar nada”.
Ante esto, la reacción más tentadora es la resignación del cinismo, el afirmar que “siempre ha sido así”, que “el mundo funciona de ese modo”. Eso solo es una forma de rendirse. Pero la indignación lúcida, tiene la utilidad política de no dejar que nos acostumbremos. Señalar la obscenidad, el abuso, negarse a aceptar que la riqueza implica comprar la dignidad ajena, es un mínimo gesto de higiene democrática que no basta. Pero renunciar a la indignación es entregarles también la parcela del juicio moral.
Nuestro tiempo será recordado por las tecnologías brillantes y los grandes avances científicos, pero también por la facilidad con la que parte de la élite convirtió el sufrimiento ajeno en decoración de su lujo. El poder y el dinero sin límites revelan su verdadero rostro: no el del emprendedor visionario ni el del gobernante responsable, sino el del adulto que nunca aprendió que los demás no son cosas. Y mientras no seamos capaces de exigir a quienes mandan y acumulan que se comporten, al menos, como seres humanos corrientes, seguiremos viviendo en un mundo donde la verdadera extravagancia no es la riqueza obscena, sino la simple idea de justicia.
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