Felipe González ha afirmado que votaría en blanco si sigue Sánchez y ve peor pactar con Bildu que con Vox. Es su opinión de militante de base. Pero esas declaraciones merecen un comentario.
Un exsecretario general del PSOE que dice que votaría en blanco contra el candidato de su propio partido está enviando el mensaje de que prefiere debilitar al socialismo antes que aceptar que la militancia y el electorado han elegido otro rumbo. Eso, dicho desde un liderazgo histórico, no es “libertad de crítica”, es poner tu ego por encima del proyecto colectivo y dar munición gratis a la derecha y a la extrema derecha.
Equiparar o considerar “peor” a Bildu, que hoy es un partido legal que ha asumido el marco democrático, que a Vox, que niega la violencia machista, ataca derechos LGTBI, recorta libertades y cuestiona la propia arquitectura del Estado social, es, como poco, políticamente miope y moralmente muy discutible. Un socialista no puede blanquear a la extrema derecha mientras demoniza a fuerzas con las que se comparten objetivos sociales concretos en pensiones, vivienda o derechos laborales, aunque haya memorias dolorosas que nadie pide olvidar.
Felipe González habla de pactos “inaceptables” mientras arrastra una mochila muy pesada: GAL, privatizaciones, OTAN, renuncias programáticas y una socialdemocracia que se acercó demasiado a poderes económicos a los que hoy sigue muy próximo. Sin una autocrítica clara y honesta sobre todo eso, su autoridad moral para dar lecciones sobre con quién se puede pactar o quién encarna mejor el socialismo es muy limitada; por eso tanta gente siente que está destruyendo su propia figura histórica.
En la práctica, sus palabras sólo sirven para desmovilizar al votante socialista, fracturar más al partido y ofrecer un aval simbólico a quienes quieren echar al actual Gobierno por la vía de la crispación permanente. Un socialista de base puede criticar a Sánchez o a cualquier dirección, pero la línea roja debería ser no situarse objetivamente del lado de quienes quieren desmontar derechos, servicios públicos y memoria democrática; hoy González está demasiado cerca de esa línea, si no la ha cruzado ya.
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