En Castilla y León el escenario en que Vox roza o consuma el sorpasso al PP no sería un accidente, sino la consecuencia lógica de una cadena de errores estratégicos cometidos por Feijóo y por el aparato del PP en su relación con la extrema derecha. Es la historia de un partido que creyó que podía usar a su socio menor como escudo y ha acabado convertido en rehén.
Su primer error fue comprar el marco equivocado: aceptar que la batalla principal no era por el centro, sino por el mando del bloque de derechas, y lanzarse a esa pelea jugando con las reglas de Vox. Vox no necesita ganar para mandar; le basta con que el PP asuma sus marcos culturales y se desplace dentro de ellos, debatiendo en los términos que le marca la extrema derecha. Si el PP convierte a Vox en referencia ideológica y se reserva para el supuesto “turno de gestión”, el mensaje al votante es nítido: el original es Vox, el PP es la copia descafeinada que llega después a firmar los papeles.
Segundo error, la oscilación permanente entre tratar a Vox como socio inevitable y presentarlo como socio incómodo, sin una línea reconocible más allá del cálculo del día. El PP endurece el discurso donde cree que le conviene y simultáneamente mantiene una ambigüedad nacional que suena a dar tumbos: un día explora gobernar con Vox, al siguiente coquetea con la abstención del PSOE como tabla de salvación. Lo que en Génova llaman flexibilidad, fuera se traduce en debilidad, en la imagen de un partido que no sabe qué hacer con su socio ni con su propio espacio. Y en una competición por la hegemonía dentro de la derecha, la duda se paga: el votante que quiere mano dura premia al que marca la línea roja, no al que titubea.
Cómo tercer error está la apuesta por “normalizar” a Vox bajo la promesa ingenua de que así se le domestica. Los pactos autonómicos y la dependencia creciente en múltiples territorios han consolidado a Vox como actor estructural de la derecha, con legitimidad para exigir entrada en gobiernos y cumplimiento programático como si fuera socio fundador del bloque. Los análisis coinciden en un dato inquietante para el PP: uno de cada tres de sus votantes ya ve a Vox como segunda opción, síntoma de que la barrera de excepcionalidad se ha roto y ambos partidos se perciben como partes de un mismo ecosistema, con diferencias de grado, no de naturaleza. Cuando el PP deja de presentarse como dique y se convierte en plataforma de acceso al poder de Vox, el mensaje implícito es sencillo y demoledor: si no hay riesgo en votar a la extrema derecha porque siempre habrá un PP que la meta en el gobierno, el incentivo para contenerse desaparece.
El cuarto error ha sido utilizar los territorios como laboratorio táctico sin calcular el coste estratégico. Vox ha convertido la aritmética en una palanca de presión y, en Extremadura, ha llevado su “no rotundo” hasta la víspera de la investidura, obligando al PP a negociar bajo la sombra de una repetición electoral y exhibiendo en público la dependencia de María Guardiola. En Castilla y León, la salida de Vox del gobierno tampoco ha debilitado a la extrema derecha; al contrario, los sondeos señalan una fuerte subida de Vox, mientras el PP conserva la primera posición, sí, pero con más necesidad que nunca de volver a pactar con ellos. Los supuestos “ensayos generales” no están desgastando a Vox, sino al PP: los ultras se permiten romper, tensar, amenazar con nuevas elecciones y, al mismo tiempo, presentarse como guardianes de la coherencia ideológica, mientras el PP queda encajonado entre el cálculo electoral y la humillación política.
Y quinto error, que no tiene por qué ser el último, confundir poder institucional con hegemonía. El PP puede acumular gobiernos y perder al mismo tiempo la batalla cultural y estratégica frente a Vox, porque cada nuevo pacto incrementa su dependencia y la capacidad de los de Abascal para fijar las condiciones de la negociación. En Castilla y León, incluso sin que llegue a consumarse el sorpasso, los escenarios que se abren son de “empate técnico”, “liderazgo disputado” y “riesgo de repetición electoral” dentro del bloque de derechas, un paisaje en el que el PP conserva el gobierno, pero el relato le pertenece a Vox.
Si el sorpasso de Vox al PP se confirma o si el resultado se queda en un empate técnico, la respuesta previsible del PP, a la vista de su trayectoria reciente, sería una mezcla de más endurecimiento del discurso, más dependencia de Vox en las mesas de negociación y más tentación de agitar la “lista más votada” como coartada retórica para pedir al PSOE lo que el PP no se atreve a hacer por sí mismo: gobernar sin Vox. Pero tras años de dedicar energías a demonizar cualquier entendimiento con los socialistas, ese giro no abriría una etapa nueva, solo reforzaría la idea de que la política del PP es puro ensayo y error, improvisación y oportunismo.
Feijóo puede salir a contarse como el hombre que “suma” gobiernos, pero el coste de cada suma es alimentar la percepción de que quien crece, quien marca los límites ideológicos y quien encarna el futuro es Vox. A largo plazo, no es una estrategia de expansión, sino de autodestrucción: hoy presidencias, mañana irrelevancia hegemónica.
El sorpasso no sería un rayo caído del cielo, sino el desenlace lógico de cinco errores encadenados bajo el mando de un líder inútil como Feijóo. Castilla y León no harían más que poner negro sobre blanco un proceso que lleva años escribiéndose, elección tras elección, pacto tras pacto.
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