martes, 24 de febrero de 2026

Empezar a construir una izquierda suficiente y útil

Mañana de domingo en tierras andaluzas. ¡Ah, la unidad de la izquierda! Ese monstruo del lago Ness que reaparece cada cierto tiempo en tertulias, columnas y asambleas. La foto siempre es borrosa, siempre a contraluz, siempre a punto de ser visto con claridad… pero nunca se le ve del todo. Cada ciclo político vuelve el mito y cada ciclo termina igual: foto de familia rota por la mitad antes de que la revelen, un acrónimo nuevo, otra guerra civil de baja intensidad en redes y platós televisivos.

Porque si algo ha demostrado la historia de la izquierda no socialdemócrata es su talento artesanal para la fractura. Llámese Podemos o Sumar, la confrontación por ser la Verdadera Izquierda ha sido una máquina de triturar proyectos. No falta programa, ni diagnósticos, ni cierta potencia institucional. Sobra esa querencia enfermiza por el matiz del matiz, por esa coma en la resolución, por el adjetivo que distingue a los puros de los tibios, a los radicales de los reformistas, a los “nuestros” de los que “ya se han vendido”.

Mientras tanto, en el mundo de afuera, la película es menos exquisita. Cuando gobierna la derecha, vuelven los recortes, regresan las políticas a medida del poderoso, reaparecen las viejas corruptelas. Ya lo hemos visto: congelaciones salariales, pensiones que suben en cámara lenta, tijeretazos en sanidad y servicios sociales, y un discurso de “es lo que hay”. Y lo volveremos a ver, porque ya nos lo sabemos de memoria.

En ese escenario, la discusión obsesiva roza el esperpento. A la mayoría de la gente que vive con un sueldo justo, un alquiler que se come más de medio salario y una cita médica a tres semanas le da bastante igual el matiz: lo que quiere es que no lo maten. Pero una parte de la izquierda ha convertido el detalle del detalle en su seña de identidad. Y así, la unidad de la izquierda se vuelve imposible, no por diferencias estratégicas de calado, sino por incompatibilidades de liturgia.

La paradoja es que esta discusión se produce en un país donde ya no hay obreros. Aquí nadie se llama obrero: todos somos clase media, autónomos de espíritu emprendedor o profesionales de algo más o menos creativo, aunque encadenemos contratos basura. Lo que abunda es el pequeño burgués precario que sueña, en el fondo, con ser el señorito de “Los santos inocentes”. Un país fallido en términos de conciencia de clase hace de la unidad de la izquierda una cuestión puramente aritmética. El otro elemento es ese, la falta de ciudadanos de izquierdas, no de  votantes coyunturales o fans de una marca concreta, sino gente con una identidad política que no se disuelve al primer desencanto o a la primera disputa de egos. De eso se habla menos, porque exige mirarse al espejo y no solo señalar a la cúpula de turno.

La última temporada tiene nombres propios: Podemos, Sumar, sus guerras cruzadas, sus acusaciones mutuas de engaño. La historia ya lo conocemos: yo quise la unidad, fueron ellos; no, fueron los otros. El marco estatal sigue sin encajar del todo con sus agendas. El resultado es una mezcla de hastío y resignación: el patio está como está.

La pregunta, entonces, no sería “por qué no hay unidad de la izquierda”, sino para qué la queremos. ¿Unidad para sumar escaños y poco más? ¿Unidad para repetir los mismos errores? ¿O unidad evitar que la próxima oleada de recortes vuelva a arrasar servicios públicos, salarios y derechos mientras discutimos en redes sobre quién empezó primero la pelea?

Una unidad que no se base en el amor entre organizaciones, sino en un mínimo común de defensa material de la mayoría: impuestos justos, trabajo decente, vivienda habitable, servicios públicos robustos. Una unidad que acepte de inicio que habrá desconfianzas, cicatrices y diferencias que no se van a resolver, pero que sepa convivir con ellas sin convertir cada discrepancia en una escisión.

No es un llamamiento ingenuo a que nos demos la mano y cantemos la Internacional bajo una misma bandera. Es más modesto, pero también más ambicioso: dejar de perseguir la quimera de la Verdadera Izquierda y empezar a construir una izquierda suficiente y útil. 

Estaría bien empezar por aceptar, de una vez, que la unidad no será nunca perfecta ni definitiva, pero que será preferible a seguir celebrando congresos sobre la unidad de la izquierda mientras el país se dirige al mismo sitio de siempre.

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