Querido conciudadano que votas a la derecha o a la ultraderecha:
Cuánta razón llevas, cuando afirmas que pagar impuestos es un robo. Nada de considerarlo un engorro, o una obligación cívica discutible. No señor, a las cosas por su nombre: un robo, así, en mayúsculas, algo que debería llevar tatuado en la frente medio país.
Claro que lo que luego me chirría es tu actitud exigente. Porque no me cuadra que, de ese supuesto expolio al que nos someten exijas todo: desde una sanidad milagrosa, unos trenes supersónicos, unos ejércitos de emergencia y que los derechos sociales nos los otorguen mediante riego por aspersión. Entiende que me extrañe.
Porque tú eres un contribuyente moderno, un ingenioso hidalgo del siglo XXI que va en SUV, pero sueña con no pagar IVA; que quiere más UME disponible las 24 horas de los siete días a la semana, y a ser posible, con servicio de teletransporte incluido, y que cada cuartel disponga de un Harry Poters al servicio de tu tranquilidad personal. Porque tú quieres que el incendio, la riada, la nevada y el apocalipsis zombi que estás seguro nos vendrá con la izquierda en el gobierno debe resolverse con un clic, con un helicóptero, con una columna de uniformados que salen de la nada, pero sin que nadie ose meter la mano en tu bolsillo de héroe fiscal auto-exento.
Llevas mucha razón cuando afirmas que la red ferroviaria debe ser mejor que la de Japón, por supuesto. Y, a ser posible, con trenes que lleguen antes de salir, que no se averíen nunca, que unan cada pueblo con cada aldea en menos tiempo del que tarda un tertuliano de AR en hablarnos de “libertad”. Eso sí, “a precios de aquí”, que es la forma más castiza de querer el estándar nipón, sin cambiar tu mentalidad del “ya si eso que lo pague otro”.
En sanidad, el catálogo de tus deseos es aún más nítido: ¿qué tienes cáncer? me lo curáis no hoy, para ayer. ¿qué te duelen los cataplines? diagnóstico inmediato, resonancia al minuto, tratamiento de última generación, habitación individual, con vistas al mar o la montaña y psicólogo de guardia para que te ayude con el susto del miedo a la impotencia. Y que nadie mencione la palabra impuestos en la misma oración de tu diagnóstico, no vaya a ser que te produzca una reacción alérgica masiva en la piel de hijo de la patria. Porque, por si nos queda alguna duda, ya sabemos que “pagar impuestos es un robo”.
En este teatro, mientras tanto, saltas de alegría declamando que ha vencido tu partido, que vuelve la España profunda, la España sin derechos, la España que niega el cambio climático, la violencia machista y, si se tercia, puede negar hasta la ley de la gravedad. Esa España tan nuestra, la de “bienvenido, Mister Marshall”, la que agita la boina con indignación mientras sueña con una lluvia de infraestructuras, subvenciones y milagros providenciales que caigan del cielo sin pasar por Hacienda. A pesar de estar en el siglo XXI, estas convencido de que esa España es la feliz, que más que la boina hasta las cejas, debería tenerla intracraneal que es más difícil de quitarsela .
Porque, confiésalo, a ti lo que te pone, es estar en contra de que suban los salarios y las pensiones. Que lo que te la deja “escuchimizá” es que la sanidad y la educación sean universales, porque tu prefieres que sean solo para quien pueda pagárselas. Y admite que no te la encuentras, en cuanto ves a esos inmigrantes que no quieres, aunque tampoco quieres trabajar en los sectores donde ellos se dejan la espalda, como el campo, la hostelería, los cuidados, los trabajos invisibles que sostienen el andamiaje de tu vida diaria.
Tal vez lo que sueñas es un país que funcione como una gran urbanización de lujo sin gastos de comunidad. Un Estado que te salve de las inundaciones, de la enfermedad, del fuego y del vacío, pero que no te recuerde nunca que todo eso cuesta dinero. Quieres derechos absolutos, pero con obligaciones a la carta, solidaridad de ida, pero no de vuelta, servicios de primera, pero con una fiscalidad de saldo.
El problema es que la realidad no lee los eslóganes que el partido al que votas te ha metido en tu cabecita. Los hospitales no se construyen con tu indignación ni tus insultos fruteros en redes sociales; ni los trenes corren más deprisa por la fuerza de vuestros tuits, ni la UME funciona movida por la fe en la magia del “yo ya pago bastante”, aunque te lo digan muchas veces Santi o Alberto que pagan más bien poco. En este mundo donde vivimos la gente de carne y hueso, los derechos se financian, los servicios se sostienen, las pensiones se pagan, y detrás de cada quirófano, de cada colegio, de cada servicio de emergencias, hay impuestos.
Entonces, ¿qué es lo que quieres? ¿qué quiere esa tu inmejorable sociedad que grita contra los impuestos mientras exige servicios nórdicos con coste cañí? ¿Qué quieres si reniegas del extranjero, pero no se te ve doblando el lomo en los invernaderos, ni limpiando habitaciones de hotel o levantando andamios a cuarenta grados?
Quizá el verdadero RIP que certifique óbito de España, sea la carencia de adultez política. Esa capacidad que se le supone a las personas adultas, de mirar de frente la contradicción entre lo que exigimos y lo que estamos dispuestos a aportar. Mientras sigas queriendo un país de lujo pagado con monedas de fantasía, seguirás atrapado en esta tragicomedia fiscal, leyendo cada día el fallecimiento apresurado de una nación que, pese a ti y a quienes votan lo que tú, continúa levantándose cada mañana, pagando facturas muy reales para sostener los sueños de quienes, cómo tú, insistís en que todo esto, en el fondo, es un robo.
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