En este país hemos desarrollado la rara habilidad de que, mientras el clima se desmorona a nuestro alrededor, siempre encontramos tiempo para discutir si el responsable es un complot de burócratas europeos, un alcalde con mala suerte o ese vecino sospechosamente aficionado al reciclaje. Pero la realidad es menos pintoresca: las catástrofes climáticas no solo arrasan casas y cosechas; también se llevan por delante la poca confianza que queda en las instituciones, dejando el terreno abonado para que la extrema derecha plante su chiringuito ideológico.
El guion siempre es el mismo y solo cambia el paisaje: una ola de calor que convierte el monte en yesca, una inundación que sube por las calles, una sequía que deja los campos con aspecto apocalíptico. Sea cual sea el fenómeno, cada episodio suma pobreza, conflicto local y tensiones entre barrios, pueblos o sectores económicos, como si el clima hubiera decidido sacar a la superficie todas las grietas que no queríamos ver.
En teoría, ahí debería entrar el Estado o las comunidades autónomas, esos personajes siempre citados y raramente vistos, con sus planes de emergencia, ayudas y técnicos. En la práctica, todos llegan tarde, mal o por partes, como si la situación los desbordase, y solo pueden prometer que “tomarán nota”; mientras la gente sigue sacando barro de sus casas o contemplando lo que queda de sus cultivos o ganados, germina algo más que la humedad o la ceniza: la sensación de abandono, el agravio comparativo y la convicción de que las instituciones están para las fotos, pero no para dar respuesta a sus problemas.
El clima no vota, pero ayuda a escribir el discurso. Los estudios sobre terrorismo y extremismo señalan que cuando se deterioran los medios de vida (agricultura, pesca, ganadería) y se recrudece la lucha por los recursos, se abre la puerta a la radicalización; no es que el clima “cause” extremismo, sino que intensifica riesgos ya presentes: desigualdad, abandono territorial, injusticias antiguas que nadie se molestó en reparar. En esa lógica, el cambio climático actúa como un acelerante arrojado sobre un incendio político que ya existía, aunque lo llamáramos “malestar”.
En ese ambiente rebosante de frustración, alguien tiene que aparecer para ofrecer certezas, señalar culpables y dar soluciones rápidas. Rara vez es un sociólogo, un ingeniero hidráulico o un experto en medio ambiente; suele ser un tertuliano de sobremesa que, micrófono en mano, explica que todo esto no tiene nada que ver con modelos económicos, planificación territorial o decisiones políticas acumuladas, sino con una confabulación de ecologistas, burócratas y extranjeros.
Es ahí donde la extrema derecha despliega su mejor talento, que no es la gestión ni la propuesta, sino la reorganización del conflicto político en formato “nosotros contra ellos”: “nosotros”, los de aquí de toda la vida, los que levantan el país a base de madrugones y pagar facturas, frente a “ellos”, los migrantes, las élites urbanas y los demás sospechosos habituales.
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