Dejé los cristales de las ventanas sin limpiar, como si en cada mota de polvo sobre ellos se hubiera quedado prendida la vida que tuvimos. Limpié tu carmín del espejo del baño. Pero no pude borrar de mi cara el reflejo de tu recuerdo. Guardé en un cajón las llaves que dejaste sobre la mesa al marcharte. Sabía que no volverías, pero también que no podría olvidarte, que iba a recordar siempre que hubo un tiempo en que estabas en mi casa, en mi cuerpo y en mi alma miedosa a perderte. Quizás por eso, puse tus fotografías en otro cajón del mueble del salón, que se así se convirtió en un pequeño cementerio personal y privado.
Empecé a sentir que no podía respirar el aire de aquella casa. Salí a la calle sin saber si iba o venía, pero tenía que caminar, no sé si era huir. Acabé parado en cualquier bar de la noche bailando con mis fantasmas, hasta creo que los invité a tomar algo, para pedirles que me explicaran, porque siempre me tocaba perder, pero no recibí explicaciones. Estaba convencido de que la vida nunca me repartió cartas buenas. Por ti me había agarrado a todos los clavos ardiendo que fueron apareciendo en nuestros días juntos. Me convencí de haber cumplido promesas que no nunca hice. De inventar señales de amor en el cielo raso de la habitación. Y si algo salía mal siempre eran casualidades o torpezas del azar.
Recordaba los días en que quise desaparecer de la faz de la tierra, olvidarme de tu nombre, silenciar hasta el ruido de fondo de nuestras conversaciones, ahogarme arrastrado por una de mis mareas. Otras, soñaba con descalzarme para quedar contigo en tu sueño sin despertarte, en ese lugar donde nunca discutíamos por nada y siempre había tiempo para el abrazo. A veces, corría detrás de una mentira que sonara a verdad, cómo la excusa para dormir. Si no, era una frase casi insignificante, que buscaba retrasar su marcha, por miedo a tener que seguir esperándote o seguirte por todas las esquinas.
Ahora que no estás, he buscado señales de vida en todas partes, lo mismo en los destellos de los semáforos de madrugada, que en aquella camarera que sujetaba la copa cómo tú, y hasta en el gato vagabundo que se paraba en mi puerta porque sabía que en esa casa faltaba algo. Sin saber por qué, me aferré a la música, a canciones que sonaban y me hacían pensar en ti, a sonidos que me hacían huir de la tormenta que me arrasaba por dentro. Hubo momentos de querer perderme para no sentir tanto frío. A veces pensaba que solo quedaría contigo a cenar en otra vida.
Pasaron los días y hoy, de repente, entendí porque llegué a quererte tanto, como si por fin pudiera ver nuestra película entera, sin anuncios ni cortes, sin escenas ridículas, con momentos en silencio y hasta con su final. Ya estoy en otro plano, caminando por la misma ciudad, pero con otra sensación en la piel, como si alguien hubiera cambiado las farolas y la nueva luz hiciera que de pronto tu ausencia encajara. El sol ya no me quema, pero tampoco me deja helarme, y bajo ese sol comprendí mi error, haberte vendido mi alma sin condiciones.
Fue bueno conocerte, aunque a ratos hoy duela. Hoy sé que de lo que hubo entre nosotros he aprendido una lección extraña de las que no me habría encontrado en ningún libro. Ahora me había mereció la pena perder la cabeza, sufrir un poquito y otro poco más, para aprender a sentirme vivo, incluso cuando a ratos mi vida era una habitación en penumbra. Hoy puedo decirlo sin temblar: mereció la pena, aunque el precio haya sido ir recogiendo, uno a uno, los cristales que se rompieron entre nosotros y que los dos dejamos sin barrer, porque aprendí a caminar descalzo sobre ellos sin cortarme.
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