Ya la escuchamos en la DANA. La proclama «Solo el pueblo salva al pueblo» encierra una profunda contradicción, ya que, por un lado, visibiliza la valiosa solidaridad comunitaria y la autoorganización vecinal, y por otro, entraña un riesgo antipolítico e individualista que resulta incompatible con la defensa de lo público.
La trampa del eslogan radica en fragmentar la sociedad en dos bloques opuestos: una "clase política/Estado abstracto" frente a un "pueblo desprotegido". Olvidan que los bomberos forestales, los pilotos de hidroaviones, los efectivos de la UME, la Guardia Civil, los agentes medioambientales y el personal sanitario no son entes ajenos. Son trabajadores de clase trabajadora financiados con los impuestos de todos. Invisibilizar su labor para ensalzar exclusivamente al vecino con un cubo de agua es una forma de desmantelamiento simbólico del trabajo público. Reducir la extinción de un megaincendio al voluntarismo romántico minusvalora la profesionalización, la formación técnica y el altísimo riesgo que asumen los efectivos públicos.
Frases como "Solo el pueblo salva al pueblo" o "El Estado no responde" suelen ser cooptadas por marcos neoliberales o de extrema derecha para promover la desafección hacia la institucionalidad democrática. Si aceptamos que ante las grandes crisis la solución es la solidaridad vecinal desestructurada, estamos validando la lógica neoliberal: la retirada del Estado y la privatización de las responsabilidades colectivas. Quienes abogan por desmantelar los impuestos utilizan la frustración en las emergencias para decir: "¿Veis cómo el Estado no sirve? No paguéis impuestos y organizaos vosotros mismos". Ante esto, la respuesta debe ser la opuesta: el pueblo se salva a sí mismo precisamente fijando impuestos progresivos para financiar un Estado del Bienestar fuerte, equipado y preparado.
Reconocer el trabajo de las administraciones en el momento del fuego no significa defender la gestión de estas de forma acrítica. Muchos de los incendios devoran hectáreas no por falta de entrega de los equipos, sino por la precarización histórica de los dispositivos de extinción forestal (contratos temporales, falta de personal en invierno para prevención, recortes autonómicos). La verdadera prevención implica políticas de ordenación del territorio, apoyo a la ganadería extensiva y combate contra el cambio climático, algo que la gestión privatizadora o cortoplacista ha ignorado.
La ayuda mutua entre vecinos en el fuego es encomiable, pero es insuficiente y peligrosa como sustituto. El pueblo no se salva solo con palas y cubos; se salva con servicios públicos de calidad, bien financiados, con condiciones laborales dignas para sus brigadistas y con una planificación estatal al servicio de la mayoría.
¿De qué estaríamos hablando si hubiese vidas perdidas por haberlas puesto en peligro de manera inconsciente?
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