Asistimos a una inercia letal. La marcha atrás que vemos en la política española hoy, no es solo nuestra, sino el resultado de una dinámica internacional ultraderechista, a la que se suma el desgaste de una gestión gubernamental que ha generado desencanto y abstencionismo en el electorado progresista. Es un error utilizar las mismas recetas de siempre porque lo que ayer era moderno hoy es prehistórico. El descontento o malestar social tiene que obligarnos a activar una nueva imaginación política.
El problema de la izquierda es su divorcio con las mayorías sociales. La política con mayúsculas no puede reducirse al marketing electoral de una campaña permanente. Para que una coalición electoral funcione, se mantenga y sea capaz de disputar escaños al bipartidismo, debe asentarse sobre un diagnóstico común y una unidad intelectual auténtica. Mientras la izquierda se desgasta en una competición interna, la derecha y la extrema derecha van adelante a base de inocular el miedo y fomentar el enfrentamiento entre nativos y migrantes en su mensaje de "prioridad nacional". Esta es la estrategia de llevar a la sociedad a una guerra por las migajas que caen de la mesa, y la única forma de hacerle frente es sentar a todos en la misma mesa y dar pan para todos, dicho de otra manera, ante la división para seguir mandando de la derecha la única solución real es la universalización radical de los derechos y de los servicios públicos de un Estado protector para todas y todos.
Se peca de ingenuidad. Limitarse a gestionar bien es no darse cuenta de que eso en la actual situación no basta. Hay que salir a la ofensiva y ser capaces de crear un verdadero "poder popular" que mantenga y genere mayorías legislativas estables. Esta sería la única manera de evitar la judicialización de la política y ayudaría a diferenciar lo que es una intervención del Poder judicial en la política, de las corruptelas reales.
La conversación pública española de hoy es un totum revolutum alimentado por filtraciones masivas que vulneran derechos fundamentales y saturan los informativos. Eso permite meter en el mismo saco casos jurídicamente insostenibles con otros graves de corrupción. Ni en unos ni en otros vale ponerse de perfil, y son imprescindibles las explicaciones claras e inmediatas. Asistimos a un ruido diario que hace imperceptibles los casos graves de corrupción en la derecha como el caso Kitchen o el caso Montoro.
Que, a esa desconexión del gobierno, se le responda con una oposición destructiva que se niega a plantear alternativas reales y solo está en una enmienda a la totalidad, solo puede degenerar en que se debilite la confianza en las instituciones, que es el epicentro del retroceso democrático que estamos viviendo. Tanto fango domestico en los medios, nos impide conocer los debates geopolíticos decisivos que están reconfigurando el orden mundial, porque nos guste o no, España no es el mundo, sino un microscópico lunar en su culo.
La desigualdad estructural y una gobernanza profundamente antidemocrática de la información, controlada por los oligarcas de las tecnologías que con sus algoritmos deciden qué nos conmueve y qué escondemos bajo la alfombra, será el final de los sistemas democráticos. Es la dictadura del ruido que hace invisibles las tragedias humanitarias y hace que Occidente contemple con absoluta impotencia, por ejemplo, el genocidio televisado en Gaza.
Si no queremos continuar en este proceso de suicidio gota a gota, hay que dejar de actuar a la defensiva. Si hay empate en el minuto noventa, habrá que ir a prorroga o penaltis, pero el partido no ha terminado y el futuro se seguirá escribiendo en función de la correlación de fuerzas que seamos capaces de construir. Ya estamos tardando en plantear públicamente conversaciones valientes que conviertan el malestar en una palanca de transformación social. Y no nos faltan asuntos: una transición ecológica justa, la regulación democrática de la inteligencia artificial frente a los gigantes tecnológicos y el diseño de un nuevo multilateralismo.
La democracia no se defiende con la inercia, sino ampliando horizontes y recuperando la audacia para cambiar la vida de la gente.
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