La derecha española ha cruzado una nueva línea roja en su estrategia de desgaste institucional. Es una ofensiva coordinada, en la que Alberto Núñez Feijóo e Isabel Díaz Ayuso han decidido situar en la diana a la conocida como "Ley de Nietos", integrada en la Ley de Memoria Democrática. Bajo el paraguas de una supuesta acusación de "ingeniería electoral", el Partido Popular no solo resta mérito a un derecho histórico de reparación, sino que siembra la sospecha del fraude generalizado. Es la importación definitiva del manual más rancio del trumpismo: si las expectativas electorales flaquean, la culpa es del árbitro, de las reglas del juego o del propio censo.
Resulta de un cinismo abrumador que Feijóo califique de tramposo el incremento de votantes en el exterior. Alguien debería recordarle al que llaman líder de la oposición su dilatada etapa al frente de la Xunta de Galicia, donde la captación y el fomento del sufragio de la diáspora gallega no era "ingeniería", sino, según sus propias palabras de entonces, un acto de justicia identitaria. El voto emigrante solo se vuelve "sospechoso" ante los ojos de la derecha cuando intuyen que ya no pueden controlarlo ni pastorearlo de manera clientelar.
Sufren de una asimetría moral que no es nueva. Cuando el Gobierno de Mariano Rajoy aprobó la nacionalización de los descendientes sefardíes expulsados en el siglo XVI, la medida se aplaudió como una restitución histórica incuestionable. Tampoco asusta en las filas populares el desembarco de fortunas venezolanas en el barrio de Salamanca de Madrid. El problema, al parecer, surge cuando quienes recuperan su derecho son los hijos, nietos y bisnietos del exilio republicano; aquellos a quienes la dictadura franquista no solo despojó de su patria, sino también de su identidad. Defender que estas personas habrían nacido y votado en España si no fuera por un golpe de Estado no es retórica partidista; es un principio básico de justicia de la Transición, esa que les parece tan modélica.
Pero el inventario de conceptos que despliega el PP es todavía más peligroso cuando entra en el terreno de la xenofobia institucional. Al vincular los consulados atascados por la Ley de Nietos con el "efecto llamada" y el supuesto "colapso de los servicios públicos", Ayuso agita de manera irresponsable las tesis de la extrema derecha sobre el "gran reemplazo". Y no se queda ahí. Su advertencia explícita y mafiosa hacia el cuerpo diplomático ("cada cónsul que otorgue la nacionalidad a quien no la merece ha de saber que estaría haciendo algo ilegal") es un intento flagrante de coaccionar a los empleados públicos a través del miedo a represalias judiciales.
Con esta pirueta discursiva, el PP busca tapar una propuesta verdaderamente preocupante: una reforma a la griega o a la italiana para otorgar una "propina de escaños" al ganador, un truco legal para forzar mayorías absolutas artificiales y diluir el pluralismo político de nuestro país.
El debate de fondo, el que verdaderamente le interesa a la ciencia política y al progresismo, es radicalmente opuesto al ruido artificial de Génova. Mientras la derecha se inventa conspiraciones sobre cómo el Gobierno "asigna provincias arbitrariamente" al voto exterior (algo técnicamente imposible porque la ley rige la adscripción familiar rígidamente), nuestro sistema sigue arrastrando una anomalía democrática flagrante. Hoy facilitamos, de manera justa, el voto a personas en Buenos Aires o México que jamás han pisado el país, mientras se lo negamos sistemáticamente en las elecciones generales a cientos de miles de migrantes que residen, consumen, trabajan y sostienen con sus impuestos nuestros servicios públicos desde hace décadas.
El miedo del Partido Popular es, en realidad, un miedo a la demografía y a la movilización. Al tensar la cuerda con acusaciones de pucherazo, al abusar de la vía judicial y al insultar la memoria de las víctimas de la dictadura, la derecha suele conseguir el efecto contrario al deseado: levantar del sofá al electorado progresista por pura autodefensa democrática. No es ingeniería electoral, señores del PP; es, sencillamente, que a ustedes les da pánico que la ciudadanía vote en libertad.
Continúen, continúen, genios.
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