miércoles, 29 de julio de 2026

Negacionismo

 Indigna ver como se expanden bulos en las redes y como se comparten por muchas personas, sin cuestionarse el contenido de esas afirmaciones. Hoy he visto una publicación en la que se afirma que por qué en Africa no hay incendios por el cambio climático y en España sí. Eso es absolutamente falso. África no solo tiene incendios, sino que es conocida en ecología como el "Continente de Fuego". 

Según los datos de los satelites de la NASA (FIRMS) y de la Agencia Espacial Europea (ESA), alrededor del 70% de la superficie quemada del planeta cada año se concentra en el África subsahariana. 

El mito de que en África "no hay incendios" cobró fuerza porque herramientas públicas como la capa de incendios de Google Maps no monitorizaban la totalidad de los países africanos, lo que generó un mapa vacío engañoso. Sin embargo, la dinámica del fuego en África es muy distinta a la de Europa por motivos ecológicos, de gestión del territorio y de cambio climático. 

África arde continuamente y en extensiones inmensamente mayores que Europa, pero son fuegos superficiales de sabana integrados en su ecología local. Europa sufre incendios de menor superficie total pero con una intensidad, virulencia y capacidad destructiva forestal y humana mucho mayor debido a la acumulación de combustible leñoso y al estrés térmico provocado por el cambio climático. 

Y todo lo anterior está documentado, afirmar que Africa no sufre el cambio climático es un bulo de la ultraderecha en redes intentando desmentir el cambio climático como si ese  cambio fuera selectivo. Es fácil comprobar todo lo que te estoy comentando

La prevención del fuego empieza en los ayuntamientos y las diputaciones

Cada verano asistimos a un ritual mediático reiterado. Mientras el humo sepulta comarcas enteras, desde la Serranía de Cuenca hasta la Sierra de San Vicente, pasando por la Alcarria o Alcaraz, el debate público sobre los incendios forestales se desliza por el terreno de la confrontación partidista. Hoy he podido contemplar como las cámaras buscan el reproche cruzado entre el Gobierno central y las comunidades autónomas. Aquí sobre el modelo de la empresa pública GEACAM, el despliegue del operativo INFOCAM o la oportunidad de las visitas institucionales. Lo más cómodo: ubicar siempre la responsabilidad lejos del terreno, en despachos regionales o ministeriales. 

Existe la idea preconcebida de que la prevención del fuego es competencia exclusiva de los gobiernos autonómicos. Pero, si bien la gestión de los grandes parques y los operativos de extinción recaen en la escala regional, la ley otorga a los municipios una potestad específica sobre su territorio. Se ignora, de forma sistemática, el nivel más decisivo y cercano del poder público: el ayuntamiento. La legislación forestal y del suelo es categórica: los consistorios tienen el deber y la facultad de exigir a los propietarios privados el desbroce de sus parcelas. Cuando un particular omite esta obligación, la corporación local cuenta con la ejecución subsidiaria: entrar en la finca, limpiar el combustible vegetal y pasarle la factura al titular. Asimismo, la supervisión de las franjas de protección de entre 25 y 50 metros en la interfaz urbano-forestal es una competencia estrictamente municipal, y crucial en tantas urbanizaciones y núcleos rurales rodeados de pinar. La propiedad privada en el medio rural castellano no es un cheque en blanco para el abandono. 

La propiedad privada no es un cheque en blanco para el abandono. El principio constitucional de su función social exige que un terreno no se transforme en una amenaza para la seguridad colectiva. ¿Por qué, entonces, tantos alcaldes miran hacia otro lado? La respuesta responde a dos problemas estructurales. El primero es el coste político del cara a cara. En la política de proximidad, abrir un expediente sancionador a un vecino tiene nombres y apellidos, y suele pagarse en las urnas. Resulta electoralmente más rentable culpar a la administración autonómica por «falta de medios» que asumir el desgaste de fiscalizar al propio electorado. El segundo son las carencias financieras del mundo rural. Exigir a un ayuntamiento de 200 habitantes de la Sierra Norte de Guadalajara o del Señorío de Molina, con un secretario compartido a tiempo parcial, que tramite decenas de expedientes sobre fincas atomizadas, con herederos ausentes o desconocidos, es exigir un imposible técnico.

Aquí es donde entra la escala intermedia: las cinco Diputaciones Provinciales de Castilla La Mancha. Para que la prevención municipal sea viable, las Diputaciones deben ejercer como escudo técnico y financiero de los pueblos pequeños a través de tres medidas clave: Servicios jurídicos centralizados que asuman la instrucción y cobranza de los expedientes sancionadores, protegiendo a los alcaldes del desgaste político local; dotación de fondos provinciales dedicados a financiar las limpiezas de oficio de manera inmediata, cobrando posteriormente la deuda al propietario moroso; establecimiento de cuadrillas comarcales que actúen todo el año en la limpieza de franjas de seguridad y montes municipales, priorizando la prevención invernal frente al pánico estival.

Garantizar que nuestros montes y pueblos estén protegidos no es un ataque a la propiedad privada, sino la defensa elemental del bien común y del futuro de nuestra tierra. Es hora de superar el cómodo fetiche de la competencia autonómica y asumir que la primera trinchera contra el fuego se gestiona en las casas consistoriales de Castilla-La Mancha. Solo hace falta la voluntad política de ejercer la competencia y la inteligencia de respaldarla desde el nivel provincial. 

martes, 28 de julio de 2026

«Solo el pueblo salva al pueblo»

Ya la escuchamos en la DANA. La proclama «Solo el pueblo salva al pueblo» encierra una profunda contradicción, ya que, por un lado, visibiliza la valiosa solidaridad comunitaria y la autoorganización vecinal, y por otro, entraña un riesgo antipolítico e individualista que resulta incompatible con la defensa de lo público.

La trampa del eslogan radica en fragmentar la sociedad en dos bloques opuestos: una "clase política/Estado abstracto" frente a un "pueblo desprotegido". Olvidan que los bomberos forestales, los pilotos de hidroaviones, los efectivos de la UME, la Guardia Civil, los agentes medioambientales y el personal sanitario no son entes ajenos. Son trabajadores de clase trabajadora financiados con los impuestos de todos. Invisibilizar su labor para ensalzar exclusivamente al vecino con un cubo de agua es una forma de desmantelamiento simbólico del trabajo público. Reducir la extinción de un megaincendio al voluntarismo romántico minusvalora la profesionalización, la formación técnica y el altísimo riesgo que asumen los efectivos públicos.

Frases como "Solo el pueblo salva al pueblo" o "El Estado no responde" suelen ser cooptadas por marcos neoliberales o de extrema derecha para promover la desafección hacia la institucionalidad democrática. Si aceptamos que ante las grandes crisis la solución es la solidaridad vecinal desestructurada, estamos validando la lógica neoliberal: la retirada del Estado y la privatización de las responsabilidades colectivas. Quienes abogan por desmantelar los impuestos utilizan la frustración en las emergencias para decir: "¿Veis cómo el Estado no sirve? No paguéis impuestos y organizaos vosotros mismos". Ante esto, la respuesta debe ser la opuesta: el pueblo se salva a sí mismo precisamente fijando impuestos progresivos para financiar un Estado del Bienestar fuerte, equipado y preparado.

Reconocer el trabajo de las administraciones en el momento del fuego no significa defender la gestión de estas de forma acrítica. Muchos de los incendios devoran hectáreas no por falta de entrega de los equipos, sino por la precarización histórica de los dispositivos de extinción forestal (contratos temporales, falta de personal en invierno para prevención, recortes autonómicos). La verdadera prevención implica políticas de ordenación del territorio, apoyo a la ganadería extensiva y combate contra el cambio climático, algo que la gestión privatizadora o cortoplacista ha ignorado.

La ayuda mutua entre vecinos en el fuego es encomiable, pero es insuficiente y peligrosa como sustituto. El pueblo no se salva solo con palas y cubos; se salva con servicios públicos de calidad, bien financiados, con condiciones laborales dignas para sus brigadistas y con una planificación estatal al servicio de la mayoría.

¿De qué estaríamos hablando si hubiese vidas perdidas por haberlas puesto en peligro de manera inconsciente?

lunes, 27 de julio de 2026

Feijóo y la física cuántica de los incendios

Hay algo fascinante en la soltura con la que Feijóo se lanza a explicar fenómenos complejos. Posee ese talento innato del tertuliano de sobremesa que, tras ver un documental a medias, se siente capacitado para dar lecciones magistrales de termodinámica, botánica o gestión de emergencias. Su última incursión en la ciencia aplicada, explicando con asombrosa desenvoltura el comportamiento de los incendios forestales, ha vuelto a dejar al descubierto una constante de su liderazgo: la audacia de quien habla sin dominar la materia y la fatalidad de quien, intentando parecer un gestor solvente, termina hundiéndose en el charco que él mismo acaba de pisar.

El fenómeno no deja de ser revelador. Nos vendieron a Feijóo como el arquetipo del "gestor gris pero eficaz", un barón autonómico curtido en la Xunta que traería rigor y sosiego a la política nacional. Sin embargo, el contraste entre el mito del tecnócrata y la realidad del candidato resulta demoledor. Un país tan diverso, territorialmente complejo y estructuralmente sofisticado como la España del siglo XXI no se puede dirigir a base de intuiciones ni de argumentarios improvisados en el trayecto en coche hacia el mitin de turno.

El problema de Feijóo con los incendios no es una simple anécdota meteorológica o un lapsus desafortunado. Es un síntoma de algo bastante más profundo: la incapacidad para comprender la complejidad del Estado y de los desafíos del presente. Quien aspira a presidir un Gobierno no necesita ser un brigadista forestal, ni un catedrático de física de fluidos, ni un experto en macroeconomía; lo que necesita es rigor intelectual, la humildad suficiente para dejarse asesorar y el criterio mínimo para no pontificar sobre lo que desconoce. Cuando un líder político prefiere la ocurrencia antes que la prudencia institucional, el barniz de "hombre de Estado" se vuelve oxido y moho a una velocidad pasmosa.

España es un país atravesado por la emergencia climática, la transición ecológica, la tensión territorial y una economía crecientemente digitalizada e interconectada. Pretender gobernar esa realidad con recetas caducadas y un conocimiento de la materia que roza la literatura fantástica es, en el mejor de los casos, una imprudencia; en el peor, una enmienda a la totalidad a la solvencia que exige llegar a la Presidencia del Gobierno.

A este paso, la estrategia de la derecha no podrá  consistir solo en convencer a los ciudadanos de las bondades de un programa socioeconómico aún hoy desconocido, sino en rezar para que en la próxima rueda de prensa no le pregunten a su candidato por la física del fuego, la ley de la gravedad o el ciclo del agua. Porque si para apagar un fuego político Feijóo necesita avivar las llamas de la comedia involuntaria, el viaje a La Moncloa se le va a hacer infinitamente largo.


Cuando la demagogia arde más rápido que el monte


Ocurre cada verano. Las llamas engullen miles de hectáreas. El mismo triste espectáculo de cada año. Humo en el monte y humo verbal en paralelo, este más denso, tóxico y profundamente indocumentado. Aprovechando los crujidos de las ramas al quemarse y la angustia de las vecinos evacuados, redes y las tertulias se convierten en un polvorín de cuñaos y conspiranoicos. Las perlas usadas: “Han dejado arder el monte a propósito”, “los ecologistas no dejan limpiar”, “lo queman para poner molinos”. No solo demuestran desconocimiento de la gestión forestal y de cómo se comportan los incendios, sino que son una falta de respeto brutal hacia quienes se juegan la vida en la primera línea de fuego.

El enfado de un vecino que ve acercarse las llamas a su ventana es profundamente legítimo, porque el pánico nos borra a cualquiera los criterios técnicos. Pero lo que no se puede tolerar es la instrumentalización del dolor por creadores de opinión, pescadores profesionales en ríos revueltos para lanzarnos sus falsas narrativas. Voy a exponer algunas de las que es fácil escuchar o leer en estos días.

La primera gran mentira, posiblemente la que más está calando, es un supuesto “abandono” para beneficiar a las personas. Resulta increíble escuchar denuncias con indignación, sobre como los medios de extinción se han concentrado en proteger los núcleos urbanos mientras dejan que el monte vecino al pueblo se queme. A quienes eso afirman, una pregunta ¿Desde cuándo la vida humana es menos importante que un bien material o medioambiental? Para mí nunca, y creo que, para nadie, ni siquiera para quienes se quejan de esto. Si tienen alguna duda al respecto pregunten a los familiares de los fallecidos en los incendios que se lo aclararan rápido. 

La doctrina de emergencias no permite la duda y la zanja de manera tajante: en un incendio fuera de capacidad de extinción, los de última generación que generan sus propias condiciones meteorológicas, la prioridad absoluta es la vida. Elegir que es primero, como el triaje en un accidente, no es abandonar; triar es evitar muertes en un escenario donde los recursos, por definición, no son infinitos.

El segundo gran bulo es el dueto “ecologismo y burocracia”. Se repite como un mantra que el monte se quema porque ya no dejan coger leña, ni está prohibido coger piñas, ni meter a las ovejas. La realidad socioeconómica es bastante más amarga y con bastante menos conspiración: el monte no se ha abandonado por un proteccionismo de decreto ministerial ni por fanatismo ecologista, sino por el éxodo rural. Que fácil parece olvidarse el fin de la economía de subsistencia, la despoblación de nuestros pueblos y el cambio de fuentes de energía que son las causas que sepultaron los usos tradicionales. 

Muchos se quejan de que hacen falta rebaños de ganado para que limpien el bosque, pero ninguno está dispuesto a irse a ese pueblo a ser el pastor de ese rebaño tan necesario. Limpiar el monte cuesta dinero y mano de obra, dos cosas que escasean en una España rural de la que solo nos acordamos cuando arde.

Y ayer escuché otra de las afirmaciones que solo puede surgir en las mentes que solo piensan en la especulación. Que sesudos tertulianos afirmen en 2026 que se queman los montes para “poner placas solares” o “recalificar pisos” es de una ignorancia tan brutal, cuando no de un intento de partidismo descarado, que mejor harían los moderadores de esos programas en públicamente callarlos. Ellos saben perfectamente, por lo tanto, mienten deliberadamente, que la Ley de Montes, blindó el suelo forestal quemado con una prohibición de cambio de uso de al menos 30 años. Pero claro, en estos tiempos que nos ha tocado vivir, en los que la conspiración siempre es más seductora que la compleja realidad del cambio climático, la continuidad de la masa forestal y la falta de gestión del territorio durante las estaciones frías, esa es una teoría que a alguno le parecerá aplicable a un gobierno corrupto, porque curiosamente quienes la proclaman también proclaman que detrás de todo está la corrupción.

Si de. verdad se quieren apagar los incendios, no se puede esperar a que se divise la columna de humo. Para empezar a hacerlo, lo primero es tomarse en serio el diseño del paisaje y no meter casas o edificaciones donde no se debe; lo segundo sería ayudar a la ganadería extensiva que aún resiste y apoyar a quienes tengan esa iniciativa y no a alas macrogranjas; pero sobre todo a que las CCAA se tomen en serio la ordenación territorial y la educación ambiental en las escuelas e institutos. El gran reto al hablar de incendios es separar el dolor legítimo de los vecinos golpeados de las explicaciones conspiratorias que ignoran la complejidad del cambio climático, la continuidad del combustible forestal y la física de los grandes incendios.

Mientras sigamos alimentando el fuego de la demagogia y solo buscando culpables que nunca somos nosotros, seguiremos cometiendo el mismo error año tras año: exigir soluciones mágicas en agosto a problemas que hemos ignorado durante todo el invierno de este año, el anterior y del anterior al anterior. Menos ruido en las redes y más rigor en el territorio. 

El monte no necesita ser defendido ni en una tertulia ni desde un teclado de un periodista o un creador de contenidos en redes. El monte lo que necesita es que lo entiendan.

YA BASTA DE BULOS CON LOS INCENDIOS


Hay que empezar a desmontar el bulo de que la legislación actual, o la "Agenda 2030", prohíbe la gestión forestal. La Ley 43/2003 de Montes (y su reforma de 2015 con la Ley 21/2015) consolida legalmente la función social, económica y ecológica del monte. Que la extrema derecha atribuya el abandono del monte a mandatos "ecologistas radicalizados" es un ejercicio claro de desinformación estratégica para capitalizar el malestar rural. El hecho de que ambas normas o sus grandes reformas llevaran la firma del PP demuestra que la estructura marco de la gestión forestal en España responde a un consenso institucional histórico, no a un "delirio verde" reciente. Cargar contra la Agenda 2030 es buscar un enemigo externo abstracto para eludir responsabilidades de gestión cotidiana.
Acumular materia orgánica (hojarasca, madera muerta) es vital para el ciclo de nutrientes, la biodiversidad y la retención de agua. No todo el sotobosque debe eliminarse. Lo que técnicamente debe hacerse no es "limpieza", sino control de la vegetación e intervenciones de silvicultura preventiva (claras, desbroces selectivos, astillado) para reducir la carga de combustible y romper la continuidad vertical y horizontal que alimenta los incendios de gran escala. Aunque la ley impone la obligación de mantener los terrenos en buen estado a los propietarios (el 70% del monte en España es privado), la rentabilidad silvícola es casi nula. Un pequeño propietario no va a invertir miles de euros en un desbroce si la madera o la biomasa no valen nada en el mercado. La ley obliga, pero el mercado y la economía rural lo estrangulan e impiden.
Al estar la competencia forestal transferida, las autonómicas son las encargadas de agilizar las autorizaciones (planes de dasocracia, permisos de desbroce, aprovechamientos). Cuando la tramitación administrativa tarda un año para un aprovechamiento menor, la administración no está protegiendo el monte, está desincentivando su gestión.
El abandono forestal en España no es fruto de ninguna ley ni de la Agenda 2030, sino del éxodo rural y la falta de rentabilidad económica de la silvicultura tradicional. Desmontar el relato populista es el primer paso; el segundo es financiar y planificar la gestión del territorio como una verdadera política de Estado.
La solución no pasa por desmantelar la regulación ambiental ni por dejar el monte a la deriva del libre mercado, sino por:
1. Servicios Públicos Forestales fuertes: Dotar de personal técnico y agentes forestales a las administraciones autonómicas para resolver expedientes con agilidad.
2. Pago por Servicios Ambientales (PSA): Si un monte gestionado evita incendios, fija carbono y retiene agua para toda la sociedad, la sociedad (vía Estado) debe remunerar esa gestión al propietario o a las comunidades locales.
3. Fomento de la bioeconomía rural: Incentivar el uso de biomasa forestal local, la madera estructural, el pastoreo extensivo (ganadería bombero) y la resina. El monte no se quema cuando tiene valor económico socialmente distribuido.
Esperemos que empiece a mejorar la situación hoy domingo.

sábado, 25 de julio de 2026

Fuego, recortes y la batalla por lo de todos: anatomía del colapso forestal

Cuando las llamas devoran nuestros montes, la retórica de algunos políticos se refugia en las frases hechas y el choque partidista. Sin embargo, los grandes incendios no son meras catástrofes naturales imprevisibles; son, ante todo, la manifestación visible y dramática de las prioridades de clase, las decisiones presupuestarias y la correlación de fuerzas ideológicas de una determinada administración. Lo que estamos presenciando estos días en la Comunidad de Madrid y sus territorios limítrofes no es un accidente geográfico: es la consecuencia directa de un modelo político deliberado. 

En primer lugar, hay que señalar la grieta fundamental del relato ayusista: la asfixia del sector público en el momento de mayor vulnerabilidad colectiva. Es éticamente insostenible y políticamente revelador que, mientras la Comunidad de Madrid percibe transferencias récord de fondos estatales que superan los 20.000 millones de euros anuales, las plantillas de bomberos forestales acumulen más de mil días en huelga y denuncien la falta crónica de personal y la no movilización de recursos en plena emergencia. ¿A dónde van esos recursos? La respuesta es el trasvase sistemático de lo público a lo privado, donde la sanidad concesionada, los espectáculos taurinos o las contratas privadas absorben prioridades que deberían destinarse a proteger el patrimonio natural y las vidas de la ciudadanía. La posterior criminalización de los trabajadores que protestan, acusándolos de "chantaje", es un recurso clásico y viejo de la derecha: deslegitimar la lucha sindical cuando sus propias costuras de gestión saltan por los aires. 

En segundo lugar, asistimos a la consolidación de un negacionismo climático peligroso. Mientras la evidencia científica advierte de que el calentamiento global convierte a la Península Ibérica en un polvorín, sectores del PP y de la extrema derecha de Vox han decidido convertir la agenda ambiental en una trinchera de su "batalla cultural". Calificar los Objetivos de Desarrollo Sostenible o las medidas de reducción de emisiones como "terror climático", "estafa" o "agenda comunista" no es una extravagancia verbal; es una coartada ideológica para justificar los recortes presupuestarios en prevención y mantener privilegios económicos insostenibles. La derecha española rompe los consensos europeos recortando en prevención ambiental mientras viste ropajes performativos en el centro de mando. 

Este comportamiento enlaza con una estrategia de comunicación política basada en la irresponsabilidad institucional. La repentina solicitud del "Nivel 3 de interés nacional" por parte de la administración madrileña no busca sumar medios técnicos, que ya se aportan mediante los mecanismos de cooperación e intervención del Estado como la UME, sino operar una maniobra de transferencia de responsabilidades. Al exigir que sea el Gobierno central quien asuma la gestión de la crisis, el poder autonómico busca construir un relato de victimización y escurrir el bulto ante su propia falta de previsión y medios. Es la política del titular efectista: la presidenta confunde el liderazgo institucional con la etiqueta en la solapa de un chaleco de emergencias. 

Por último, no se puede obviar la dimensión territorial y sociológica de esta crisis. En el ámbito rural, para empezar, la mayoría de los montes son de propiedad privada, no se limpian los públicos, pero menos aún los privados. La impunidad y la cultura del "caciquismo" de una parte de la derecha se muestran con particular virulencia. Cuando la imprudencia de un cargo local desata un desastre ambiental y la respuesta de los sectores reaccionarios de la zona es el amedrentamiento a vecinos o militantes de izquierdas, se evidencia la existencia de una asimetría profunda en la exigencia de responsabilidades. Un sector influyente de la derecha radical se siente por encima de la norma y de la institución, amparado por una complacencia mediática e institucional que recuerda peligrosamente a las peores derivas autoritarias de nuestra historia. 

El fuego que quema nuestros montes no se apaga solo con agua; se apaga con servicios públicos reforzados, estabilidad laboral para los bomberos forestales, planificación ecológica con base científica y una fiscalidad justa que devuelva al interés común lo que la privatización ha saqueado. Dejar la protección de nuestro entorno a merced del negacionismo y los intereses de mercado es abocarnos al desastre. 

Ha llegado el momento de exigir que lo común vuelva a ser la prioridad absoluta del Estado. Nos va la vida del mundo rural y del urbano en ello. 

El incendio del suroeste de Madrid

 El incendio del suroeste de Madrid deja al descubierto la trampa del modelo de gestión conservador: 

prevención cero en invierno, 

recortes y conflicto laboral en primavera, 

soberbia retórica en rueda de prensa el pasado miércoles presumiendo de tener el mejor servicio contra incendios de Europa y anoche traspaso de la patata caliente al Estado central en verano. 

La solicitud del Nivel 3 por parte de Ayuso no es una medida de protección civil; es una declaración de bancarrota política de un modelo que degrada lo público hasta que la realidad lo sobrepasa.

Cinismo como doctrina: ahora vemos la falsa indignación de Ayuso

La derecha madrileña se ha instalado en la política del espectáculo. Parece ser que la memoria es el enemigo a batir y la coherencia es un lujo prescindible. Hoy asistimos a un nuevo capítulo de indignación impostada por parte de la presidenta de la Comunidad de Madrid, a cuenta de un tuit del ministro de Transportes. Decía el ministro una verdad de a perra chica: que no se puede desmantelar el Estado fiscalmente, perdonar impuestos a las rentas más altas y reducir el presupuesto de los servicios públicos esenciales, como la prevención de incendios o la protección civil, para, a la primera catástrofe, exigir desesperadamente el auxilio y los recursos del Estado central.

La reacción de Ayuso no se ha hecho esperar y ha sido la previsible: rasgarse las vestiduras, tachar la reflexión de "miserable" y erigirse una vez más en víctima de una conspiración sanchista. Sin embargo, la sobre actuación, poniéndose Ayuso tan digna, no logra tapar la grieta fundamental de su discurso. 

Lo que Puente ha puesto sobre la mesa no es un ataque gratuito, sino una contradicción estructural del modelo ultraliberal que encarna el PP de Madrid: la paradoja de querer un "Estado mínimo" para pagar impuestos, pero un "Estado máximo" para asumir las facturas cuando la realidad golpea.

Lo verdaderamente hiriente del rasgado de vestiduras de la baronesa madrileña no es solo la inconsistencia económica, sino la colosal amnesia selectiva de su partido. ¿Con qué autoridad moral denuncia el PP la "politización" de una emergencia? La hemeroteca no miente y deja al descubierto la doble vara de medir con la que Miguel Tellado, Alberto Núñez Feijóo y la propia Díaz Ayuso operan sistemáticamente.

Recordemos la trágica DANA de Valencia. Mientras los ríos de barro aún anegaban municipios enteros y los servicios de emergencia intentaban gestionar el colapso, la cúpula del PP, con Miguel Tellado al frente, no tardó ni 24 horas en poner en marcha la maquinaria de erosión política. La consigna fue clara: disparar contra la AEMET, cuestionar a la Confederación Hidrográfica del Júcar y desviar desesperadamente el tiro del Consell de Carlos Mazón hacia el Ministerio para la Transición Ecológica. Para el PP, en Valencia la responsabilidad no era de la gestión autonómica; era del Estado.

Volvamos a la pandemia de 2020. En el momento de mayor vulnerabilidad colectiva de nuestra historia reciente, Ayuso convirtió el Mando Único del Estado de Alarma en una trinchera electoral. Acusó al Gobierno central de "atacar a Madrid", tildó las medidas sanitarias de "dictatoriales" y convirtió el hospital de pandemias en un plató de televisión mientras su partido boicoteaba la llegada de fondos europeos o recurría el Estado de Alarma al Tribunal Constitucional.

O repasemos el historial de incendios forestales en Castilla y León o Galicia. Cuando las llamas queman los montes de regiones gobernadas por la derecha, la culpa jamás es de los recortes en las brigadas forestales autonómicas ni de la precarización del personal de prevención. La culpa, según el manual del PP, es siempre del "ecologismo radical" del Ministerio o de la supuesta lentitud de La Moncloa para enviar la UME o los medios aéreos.

El patrón es tan evidente que resulta sonrojante: cuando gobiernan y las cosas salen mal, la culpa es de la falta de ayuda del Estado central. Cuando el Estado central advierte que la solidaridad nacional no puede ser la coartada para que las autonomías del PP practiquen el dumping fiscal a favor de los grandes patrimonios, entonces el Estado es "desleal" e "insolidario".

El tuit de Óscar Puente podrá ser inoportuno, gustar más o menos en las formas, pero no se puede negar que señala el nervio central del debate político contemporáneo: la justicia fiscal no es un capricho ideológico, es la garantía de la seguridad ciudadana. No se puede vaciar la caja común para hacerle regalos a las élites económicas y pretender que el resto de los contribuyentes españoles financien los parches de la falta de previsión.

La indignación de Ayuso no es por el tono ni por la oportunidad del comentario. Le indigna que le recuerden que las decisiones políticas tienen consecuencias, y que el modelo de "libertad" sin impuestos es, en realidad, un modelo de privatización de los beneficios y socialización de las pérdidas.

No estaría mal que después de pasar esta tragedia, la derecha se retire al rincón de pensar y vean que dedicar recursos a financiar corridas de toros, mata toros, pero también personas, aunque ahora nos digan que lo que importa son las vidas humanas. Las vidas humanas son lo primero siempre, no solo hoy.

Empecemos por reconocer la labor de todos los que están trabajando contra esta emergencia, y esperemos a que pase todo para poner a cada uno en su sitio. Pero eso no es óbice para que nos planteemos que lo primero que hay que garantizar son los servicios públicos y luego si sobra, los ideológicos. 

El balance del gran Alberto ayer.


Ayer Feijoo ha querido hacer su balance anual y adelantarse al que tradicionalmente hace el Gobierno en estas fechas. Primero hay que recordar a todos que la salud de una democracia no se mide únicamente por la celebración periódica de elecciones, sino por el respeto a las reglas no escritas, la lealtad institucional y la calidad del debate público. Dicho eso, me permito hacer mi balance o valoración, pero no de este año, sino desde que llegó Feijoo a la presidencia del PP, porque oido el gallego ayer, resulta una evidencia que dar lecciones parece fácil, sobretodo cuando no se tiene memoria. 

Si analizamos la figura de Feijóo bajo el prisma de lo que se entiende como un líder político demócrata, el diagnóstico es desolador. Lejos de representar esa "derecha moderada y de Estado" con la que intentó desembarcar en la política nacional, su trayectoria ha consolidado una forma de hacer política basada en el desgaste, la deconstrucción de lo público y la degradación institucional. 

Me pregunto ¿Qué ha aportado realmente Feijóo a España? Y para intentar responder esa cuestión, analizo solo los tres pilares en los que se ha sostenido su práctica política.

El modelo de gestión de Núñez Feijóo no es nuevo; es la profundización de la agenda neoliberal que concibe los derechos sociales como si solo fuesen nichos de mercado. Tanto en su etapa al frente de la Xunta de Galicia como en su influencia sobre las comunidades donde gobierna su formación, la receta ha sido idéntica: desmantelamiento de los servicios públicos para justificar su privatización. La sanidad pública y la educación universal, los verdaderos elementos de cohesión social e igualdad de oportunidades, han sufrido recortes estructurales mientras se transferían recursos a la gestión privada. Esta asfixia de lo que es de todos, contrasta frontalmente con su política fiscal: una bajada sistemática de impuestos a las rentas más altas y a las grandes fortunas que debilita la capacidad redistributiva del Estado. A esto se le suma una postura parlamentaria inequívoca, votando de forma reiterada en contra de la revalorización de las pensiones, la subida del salario mínimo y los escudos sociales destinados a proteger a las familias más vulnerables.

Otro de los fenómenos más preocupantes de la etapa de Feijóo es la instrumentalización de las instituciones democráticas para fines partidistas. El uso que el Partido Popular está haciendo del Senado, con su mayoría absoluta, desvirtúa la función territorial y legislativa de la Cámara Alta. Convertido en una trinchera de bloqueo y en un espacio de escenificación partidista, el Senado se ha utilizado como su "cortijo" al servicio de una estrategia de desgaste institucional. A esta captura de las instituciones se suma una política de alianzas y blindajes impensable en las democracias europeas de nuestro entorno. La protección estratégica a perfiles salpicados por la negligencia o la sospecha de corrupción, como la gestión de Carlos Mazón con la tragedia de la DANA, o no corregir a su portavoz Tellado cuando olvida que desde el punto de vista del marco autonómico y de la Ley de Montes, la competencia directa e indiscutible en prevención de incendios, gestión forestal y extinción primaria (niveles 1 y 2) corresponde a las Comunidades Autónomas. Son las CCAA las que contratan retenes, gestionan la limpieza de montes y dirigen los operativos sobre el terreno.  Ambas situaciones ponen en evidencia una máxima: el blindaje del poder orgánico prima siempre sobre la responsabilidad pública y la rendición de cuentas.

Pero quizás el legado más tóxico de Feijóo para la política española sea la normalización del bulo y la desinformación como herramientas centrales para hacer oposición. La estrategia no ha sido confrontar datos, modelos de país o proyectos alternativos, sino alimentar un clima de impugnación permanente al Gobierno legítimo a través de la mentira deliberada. Esta "oposición corrosiva" nunca busca convencer, sino polarizar y agotar a la ciudadanía. Ha sustituido la fiscalización rigurosa por el ataque personal y la difamación, erosionando la confianza de la sociedad en la política como herramienta de transformación social.

Desde una perspectiva sociopolítica, el paso de Feijóo por la política estatal no ha aportado ni mostrado un proyecto de país, ni una sola reforma estructural que beneficie a la mayoría social. Lo que si ha provocado en las CCAA donde su partido gobierna junto a Vox, es que tengan un Estado del Bienestar debilitado, unas instituciones tensionadas hasta el límite y un espacio público contaminado por lo que hoy conocemos como posverdad. 

Pero no vale solo con decir lo que ha hecho Feijoo, frente a la consolidación de un modelo que privatiza lo común, protege el privilegio y erosiona la democracia, la izquierda tiene el deber no solo de hacer balance, sino de reconstruir la confianza en la capacidad redistributiva e igualitaria del Estado. 


jueves, 23 de julio de 2026

La degradación institucional del Poder Judicial en España

Cuando se afirma una degradación institucional del Poder Judicial en España, no se habla de una falta absoluta de leyes, sino de la quiebra de la separación de poderes, el uso instrumental de la justicia para fines partidistas y la existencia de una judicatura que actúa como un actor político autónomo volcado en preservar un determinado statu quo conservador.

No comento anécdotas aisladas, sino patrones de actuación de forma recurrente. 

1. El ejemplo más sistémico de degradación institucional fue el bloqueo del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), caducado durante más de cinco años debido al boicot sistemático del Partido Popular para no perder la mayoría conservadora. Un partido de la oposición secuestra un órgano constitucional para seguir controlando, mediante un mandato caducado, la cúpula judicial (Tribunal Supremo, Audiencias Provinciales) y asegurar nombramientos afines.

Es un prueba irrefutable de la subordinación de la temporalidad constitucional a la conveniencia táctica del bloque conservador.

2. Otro ejemplo es el uso de los tribunales como arma de desgaste político contra líderes o partidos progresistas mediante causas que se prolongan en el tiempo, se filtran a los medios y finalmente se archivan sin pruebas, pero habiendo cobrado ya su "peaje electoral". Pongo cuatro casos paradigmáticos:

-El caso del juez Alba contra Victoria Rosell es el ejemplo más incontrovertible de corrupción judicial demostrada. El juez Alba conspiró y fabricó pruebas falsas para apartar de la carrera política y judicial a la entonces diputada de Podemos, Victoria Rosell. Alba acabó condenado a prisión, pero el objetivo político de desgastar a la izquierda en Canarias se cumplió.

-Las querellas contra la cúpula de Podemos, con decenas de causas abiertas (Caso Neurona, Caso Informe PISA, financiaciones irregulares alegadas por la extrema derecha) que coparon portadas durante años y que sistemáticamente terminaron en archivo por falta absoluta de indicios.

-El caso Mónica Oltra, en que la imputación y posterior dimisión de la vicepresidenta de la Generalitat Valenciana por el supuesto encubrimiento de abusos, causa en la que el propio juez instructor terminó reconociendo que no existía "ningún indicio" tras haber conseguido su apartamiento de la política.

-La investigación a Begoña Gómez, en que la apertura de diligencias basadas exclusivamente en recortes de prensa y bulos difundidos por el sindicato de extrema derecha Manos Limpias, prolongando la instrucción en periodo electoral a pesar de los informes de la Guardia Civil (UCO) que descartaban irregularidades. El caso del Fiscal General, el de David Sánchez o el trato dispensado a Aldama permitiéndole quedarse lo robado y sin tener que ingresar en prisión, son paradigmáticos de como puede actuarse.

3. El papel de la alta magistratura como un "poder corrector" del Poder Legislativo cuando las leyes aprobadas en el Congreso de los Diputados no son de su agrado ideológico.

-El veto práctico a la Ley de Amnistía: La interpretación por parte de sectores del Tribunal Supremo del delito de malversación para declarar inaplicable la ley aprobada por la mayoría parlamentaria, argumentando que los líderes independentistas obtuvieron un "beneficio personal" o afectaron a los intereses financieros de la UE. Desde el derecho comparado y la ciencia política, esto se percibe como activismo judicial contra el legislador.

-La huelga y proclamas ideológicas desatadas: Las manifestaciones públicas de asociaciones judiciales mayoritarias (de corte conservador) e incluso de magistrados en activo valorando iniciativas legislativas en trámite, rompiendo el deber de neutralidad constitucional.

-Las menos del 0,2% de las denuncias y quejas presentadas que acaben en algún tipo de sanción o corrección al autor de una vulneración del amrco de actuación que les es propio.

4. Asimetría penal y persecución de la disidencia. La aplicación hiperbólica del Código Penal cuando los investigados pertenecen a movimientos sociales, al independentismo o a la izquierda, en contraste con la benevolencia hacia casos de corrupción o abusos institucionalizados.

-Criminalización de la libertad de expresión: La condena a prisión de raperos (Pablo Hasél, Valtònyc) o la persecución de tuiteros y titiriteros bajo el paraguas de los delitos de "enaltecimiento del terrorismo" o "injurias a la Corona".

-Imputaciones por terrorismo a movimientos civiles: La causa de Tsunami Democràtic instruida en la Audiencia Nacional, donde se intentó encajar la protesta ciudadana pacífica o los bloqueos de carreteras en el tipo penal de terrorismo para evitar la amnistía.

La pregunta que debemos hacernos es ¿Por qué ocurre esto? Este fenómeno no es casual y detrás de ello, a mi entender hay dos causas. La primera es la inercia del aparato del Estado, puesto que, aunque la transición democrática en España democratizó las instituciones políticas, lo cierto es que apenas alteró los cuerpos superiores de la administración pública, incluida la judicatura, caracterizada por sesgos endogámicos y conservadores. La segunda es el acceso a la carrera judicial, un sistema que tiene un modelo basado en la memorización exhaustiva que favorece a clases medias-altas que pueden permitirse opositar durante años sin ingresos, alejando la composición de la judicatura de la diversidad sociológica del país.

El Poder Judicial obtiene su legitimidad del pueblo según el Art. 117 de la Constitución Española: "La justicia emana del pueblo". Cuando la ciudadanía deja de percibir a los tribunales como garantes de sus derechos y los ve como un actor partidista, el sistema pierde su autoridad moral. Exigir una justicia democratizada no es atacar a la justicia, es rescatarla de quienes la convierten en un instrumento partidista. Y que sea el propio poder judicial el que contribuye a su descredito, es un autentico suicidio social.



miércoles, 22 de julio de 2026

¡Qué más da el resultado!

Hay errores de imprenta que son anecdóticos, pero hay otros que funcionan como un escáner al revelar, en una milésima de segundo, la patología que no conocíamos del paciente. Lo ocurrido en la redacción de El Mundo con el artículo prefabricado de Arcadi Espada pertenece a este segundo grupo. 

El texto ya estaba redactado, perfectamente pulido y guardado a la espera del desenlace. Bastó un fallo de redacción, para que el agorero profesional nos regalase, antes de tiempo, su epitafio particular sobre la Selección y sobre el país. El asunto no es la torpeza del error al publicarlo antes de tiempo, sino la ideología que existe en sus párrafos. Lo que Arcadi Espada firmó no era una crónica deportiva ni un análisis táctico; era un ejercicio puro de hegemonía cultural y resentimiento ultraderechista.

Espada, que en su particular periplo ideológico partió del antifranquismo, hizo escala en el socialismo y en Ciudadanos, y parece haber encontrado su Ítaca definitiva en la orilla del nacionalismo ultra. Es el representante de esa clase de intelectualidad que ha hecho de la amargura su método de análisis. Para esa visión, el resultado es lo de menos; lo único urgente es encajar la realidad dentro de su dogma de decadencia nacional.

El texto describe con precisión quirúrgica los tres grandes fantasmas de la derecha cultural. En primer lugar, el odio visceral hacia la España plural y diversa. A Arcadi le molesta la sonrisa de una Selección mestiza, joven y desenfadada, encarnada en figuras como Lamine Yamal o Nico Willians. Necesita catalogar esa diversidad como «mestizaje sin fusión» o «postureo de la España trans». Es incapaz de digerir que la identidad de un país no sea un bloque de granito homogéneo y disciplinado, sino un tejido vivo, cambiante y mestizo. Para el reaccionario, la alegría colectiva es una falta de respeto; por eso escribe, con la solemnidad de un censor en blanco y negro, que los equipos serios no sonríen mientras suena el himno.

En segundo lugar, el desprecio por el trabajo en equipo y la solidaridad. Al atacar la célebre frase de Di Stéfano ”Ningún jugador es tan bueno como somos todos juntos”, Espada traslada la ética del neoliberalismo más salvaje al terreno del fútbol. En su visión del cosmos, el grupo es un lastre que asfixia al genio individual; la búsqueda de la igualdad no es cohesión, sino nivelar, pero hacia abajo. Es la vieja obsesión elitista: aborrecer lo colectivo para justificar el privilegio individual. Para la izquierda, la comunidad potencia al talento; para el escorado a la extrema derecha, el grupo es una prisión.

Y, en tercer lugar, lo más revelador de todo es su necesidad del fracaso ajeno. El artículo de Espada demuestra hasta qué punto la derecha mediática necesita la derrota de la sociedad contemporánea para tener razón. Tenían la saliva preparada para escupir sobre la España moderna, igualitaria y diversa. Estaban ansiosos por culpar al «clima moral», a la juventud de TikTok y a las políticas públicas de un tropiezo deportivo, porque su proyecto político vive de la nostalgia y del rencor.

No estábamos ante un análisis de noventa minutos de fútbol. Estábamos ante el deseo no disimulado de ver caer a un país que ya no se parece a sus prejuicios. Arcadi Espada y la trinchera mediática que representa no estaban esperando que rodase el balón: estaban deseando la derrota de una España que sonríe, que coopera y que se abraza en su diversidad. El error técnico nos dejó las risas; el texto, la radiografía de un proyecto político alimentado de amargura. Ver menos

El misterioso caso del eclipse de la Operación Kitchen en los medios

El juicio sobre la operación Kitchen entra en su recta final. Sucedió en 2013, se abre la causa en 2018, se cierra la instrucción en 2021 y se juzga ahora, trece años después. Pero al parecer existe una regla no escrita en el periodismo de masas contemporáneo: el impacto de un escándalo político no lo mide la gravedad objetiva del delito, sino el número de decibelios con el que las grandes portadas y tertulias deciden amplificarlo. 

Al menos admitamos que resulta curioso el contraste. Cuando la corrupción afecta a un individuo que estafa comisiones o se enriquece de forma miserable, los titulares hierven durante semanas. Sin embargo, cuando lo que se corrompe no es un presupuesto público, sino la propia estructura del Estado de derecho, la intensidad informativa experimenta una mutación fascinante: el estruendo mediático se convierte en un susurro. 

La Operación Kitchen representa, sin matices, el mayor atropello institucional de la historia democrática reciente en España. No hablamos de intermediarios que solo piensan en su bolsillo ni de políticos deshonestos llevándose una tajada de dinero público; hablamos del uso de la Policía Nacional, de los servicios de inteligencia, del Ministerio del Interior y de los fondos reservados de todos los ciudadanos para espiar, robar pruebas judiciales y blindar la impunidad de un partido en el poder. Curiosamente, el partido de Feijoo que ahora ve delito hasta en el cambio de la marca del papel higiénico de Sánchez.

Frente a un ataque directo a los cimientos de la democracia, la reacción del sistema mediático dominante ha ofrecido una lección magistral de asimetría y arquitectura de la agenda pública. Estamos asistiendo a una anestesia del lenguaje, puesto que mientras que otros casos son calificados en televisión con adjetivos incendiarios y tratados como verdaderas crisis de régimen, la Kitchen tiende a ser encapsulada bajo un lenguaje judicial aséptico, relegándola a las páginas de tribunales en lugar de abrir informativos día tras día.

En este caso vemos que es la famosa teoría de las "manzanas podridas", una narrativa imperante que ha buscado incansablemente aislar el problema en comisarios oscuros o mandos policiales concretos, sin hacer la pregunta fundamental: ¿quién dio la orden desde la cima política para poner el Estado al servicio de las siglas de un partido? Contrasta excesivamente como los escándalos de enriquecimiento personal permanecen meses como monopolio televisivo con un tono de indignación moral constante, mientras que la utilización espuria del aparato policial para tapar la caja B sufre un goteo informativo difuso y disperso, diseñado para normalizar el escándalo y anestesiar a la opinión pública.

Tratar las tramas de la cloaca del Estado como si fuesen un litigio administrativo ordinario no es neutralidad; es una toma de posicionamiento. Cuando el periodismo renuncia a señalar con la misma vehemencia el secuestro de las instituciones públicas que el robo económico, desprotege a la sociedad ante los abusos del poder. La democracia no solo se quiebra cuando se roba dinero público; se quiebra, de forma mucho más peligrosa, cuando se corrompen las reglas del juego ante la mirada tibia de los focos mediáticos. En el primer caso se cuestiona la honestidad de un político, en el segundo se  aniquila la neutralidad de las instituciones sobre las que se sostiene la democracia. 


¿Por qué nunca falta dinero para la corona, pero sí para tu pensión?


Hay preguntas que no buscan respuestas, sino encender una luz en la oscuridad. ¿Has oído alguna vez que la financiación del ejército, la monarquía o la Iglesia esté en peligro? no son meros eslóganes; son una radiografía perfecta de las prioridades del poder.

Llevamos décadas sometidos a una pedagogía del miedo fiscal. Nos han repetido hasta la saciedad, como una verdad incontestable, que los recursos son finitos, que «hemos vivido por encima de nuestras posibilidades» y que la sostenibilidad de la sanidad pública, la educación universal y las pensiones está en un alambre permanente. Nos acostumbran a titulares sombríos sobre el «colapso» de la Seguridad Social o la necesidad inexorable de recortar la atención primaria.

Te has preguntado ¿por qué en esta narrativa, la escasez siempre es selectiva? Jamás escucharás a un tertuliano o a un ministro alertar de que la partida presupuestaria de la Casa Real no va a llegar a fin de mes. Tampoco escucharás que no se pueden abonar los salarios de diputados y senadores. Ni verás portadas alarmistas sobre la inviabilidad financiera de los conciertos con la Iglesia Católica. Mucho menos de la urgencia de recortar en gasto militar para "salvaguardar las cuentas del Estado". Para la reproducción del aparato de coerción, el boato institucional y los privilegios históricos, el grifo presupuestario no solo no se cierra, sino que se abre con generosidad blindada contra cualquier situación de escasez.

Esto no es un accidente ni una mala gestión puntual, es una decisión de clase. El Estado nunca es un ente neutro que reparte equitativamente los recursos; es el reflejo de una correlación de fuerzas. Cuando el discurso dominante insiste en que las pensiones o los servicios públicos son insostenibles mientras se transfieren miles de millones a la industria de la defensa o se perdonan impuestos a las grandes fortunas, se está enviando un mensaje claro: las necesidades de la mayoría social son prescindibles; las estructuras de poder, no.

La prioridad de un sistema que antepone el capital y la conservación del statu quo nunca serás tú, ni tu abuela esperando ocho meses para una operación de cadera, ni tu hijo en un aula saturada, o que te reconozcan la dependencia un año después de presentarla. Tu bienestar es tratado como un "coste" negociable, mientras que el gasto en instituciones anacrónicas o en la maquinaria bélica se fiscaliza como una "obligación sagrada" de Estado.

El verdadero debate fiscal no va de números, sino de poder. No es un problema de falta de dinero, sino de redistribución y de voluntad política. Exigir que los servicios que sostienen la vida estén tan blindados como los presupuestos de la Corona o de la Defensa no es una utopía: es el mínimo democrático para garantizar que las personas, y no las élites, sean, por una vez, la prioridad.

Y este escenario, que ya es alarmante, amenaza con volverse insostenible si la derecha y la ultraderecha ocupan las instituciones. Lejos de corregir esta asimetría, su agenda política pasa por acelerar el desmantelamiento de lo común: convertir derechos fundamentales en negocios lucrativos para unos pocos mientras agitan banderas y multiplican el gasto en seguridad, defensa y privilegios estamentales. Con la derecha y ultraderecha en el poder, la tijera sobre el estado de bienestar no solo no se detendrá, sino que se convertirá en doctrina, profundizando la desigualdad y dejando meridianamente claro que, bajo su modelo de sociedad, la mayoría trabajadora no es, ni será jamás, la prioridad. 

Y tú, que estás convencido de que quieren llegar al poder para que vivas mejor, deberías hacértelo mirar.

El «caso Zapatero»


En esos entes mitológicos llamados «Estados de derecho», la presunción de inocencia es un pilar sagrado e inquebrantable. En España eso solo es una enternecedora teoría, porque la praxis nos demuestra a diario que dicho pilar tiene la asombrosa propiedad de la hiperelásticidad y está lleno de comodidades cuando acoge a las élites conservadoras, pero es implacable, rígido y afilado cuando se trata de la izquierda. El fascinante revuelo en torno al denominado «caso Zapatero» es tan solo el último espectáculo de esta ya cansina función. 

Para comprender el nivel de sofisticación alcanzado, basta con ver cómo se aplican los dogmas. Resulta que José María Aznar se dejó un pequeño matiz en el tintero cuando convocó al combate contra la izquierda por tierra, mar y aire. Lo que en realidad quería decir era: «El que pueda hacer que haga, y será bien recibido en el reino de Iker Jiménez». Porque, ¡para qué perder el tiempo con un juicio cuando ya tenemos la sentencia redactada por el tribunal de la tertulia mediática! Zapatero ya está condenado. Faltaría más. Ya lo he dicho antes, en este entrañable país, la presunción de inocencia es una delicatesen reservada exclusivamente para la frutera y sus familiares; la izquierda, en cambio, debe demostrar no solo que es impoluta, sino que sus antepasados del Neolítico tampoco cometieron faltas administrativas. La más mínima sospecha basta para un dictamen condenatorio. 

Por supuesto, si Zapatero es culpable, que lo pague, faltaría más. Pero no deja de ser enternecedor observar esta sistemática doble vara de medir. Mientras sobre la más mínima sombra progresista se edifican catedrales judiciales y macrocausas de máxima audiencia, los escándalos que salpican al núcleo duro de la derecha duermen plácidamente en el limbo del olvido institucional y mediático. Y aquí seguimos los ingenuos, lanzando la pregunta al aire: «¿Y de M. Rajoy aún no se sabe nada?». La investigación científica avanza rápido, pero el misterio del señor "M." sigue desafiando a la física moderna. 

El trasfondo procesal de esta causa contra el expresidente es una auténtica obra de arte del equilibrismo. Basado no en la vulgar y aburrida solidez de las pruebas, sino en el noble arte de la filtración por goteo y el desgaste político, el sumario arranca con unos cimientos de plastilina. Las propias investigaciones, en un alarde de sinceridad, «no saben si se convirtió en alguna gestión directa y admiten que no tienen una constancia fehaciente de las concretas actuaciones llevadas a cabo para influir o favorecer la concesión del rescate». Pero ¿a quién le importan los hechos cuando el juicio paralelo ya ha dictado sentencia firme?

Seguimos sin noticias del auto enviado a Estados Unidos sobre si hubo o no intervención de un juez en el clonado del teléfono. Si no la hubo, mucha gente de derecha y ultraderecha y muchos periodistas se habrán quedado colgados de la brocha, aunque no importa ya, puesto que el verdadero objetivo, la vivisección de Zapatero, se habrá cumplido y ya asistimos a la entronización de las filtraciones judiciales. 

Si te molestas en buscar el significado del concepto “rigor jurídico” comprobarás que este caso roza el absurdo. Sin pruebas de tráfico de influencias, uno se ve obligado a preguntar candorosamente: Me puede explicar alguien, por favor, ¿dónde exactamente estaría el delito en que Zapatero hubiera asesorado a una empresa para que otra consiguiera una ayuda pública y cobrado por ello si no se demuestra que haya ejercido influencia sobre ningún cargo público? Por lo que ha salido hasta ahora, parece que se le acusa de hacer el trabajo por el que le contrataron y pagaron. 

Por ese mismo concepto, es de suponer, que todos los porteros de inmuebles en Madrid y otras ciudades, a los que se les promete que cobrarán una comisión  por informar a las inmobiliarias de fallecimiento de propietarios, o de casas en venta, también deberían ser procesados si la casa se vende. ¡Qué aberración, cobrar por trabajar! Si existiera algún descuido fiscal, la solución parece obvia para cualquier mortal: Una cosa está clara, si Zapatero o los porteros eludieron impuestos que los paguen. Esto sería cuestión de la Agencia Tributaria, que es en realidad a quien compete, por defraudación. No por mediación. 

Pero claro, la política de altos vuelos exige un teatro más majestuoso que el de un expediente en Hacienda. La ingeniería procesal y los pactos de despacho se han convertido en la herramienta estrella para desestabilizar al Gobierno de coalición. El sublime mensaje del Tribunal Supremo eximiendo de la cárcel a Aldama, premiando con ternura la figura del corruptor, ha sido recibido con aplausos por el resto de implicados. Tras el vergonzoso espectáculo ofrecido por Aldama y su aún más estrambótica condena, el guion estaba escrito: ofrecer la cabeza de Zapatero a cambio de la salvación, favoreciendo, de paso, la estrategia de acoso y derribo al gobierno por parte del PP. Que el mapa político esté repleto de oportunistas no es novedad; lo fascinante es con qué soltura se ejecuta la maniobra. 

Y como en toda buena comedia de enredo, no podía faltar el entramado empresarial y judicial. Por un lado, tenemos a los astutos intermediarios: los tales julios que aparecen como unos delincuentes de libro. ¿Por qué untó la empresa al supuesto intermediario y este a su vez, supuestamente, a Zapatero? Todo esto huele a una aldamanada que acabará con Zapatero en el trullo gracias a "sus amigos venezolanos. 

Pero, por otro lado, brilla la inmaculada equidistancia de la propia judicatura. Teniendo en cuenta que está en medio el exjuez García Castellón, amigo íntimo del presidente de Plus Ultra y que utiliza la sede de la compañía como su despacho, a cualquier mente malpensada le daría por inquirir: ¿Han solicitado los teléfonos móviles y correos del exjuez García Castellón para investigar su labor de mediación con PLUS ULTRA? ¿No deberían solicitarle todas sus comunicaciones de los últimos años por estar implicado en el caso? Ya sé que solo es una ocurrencia mía, eso de investigar a los investigadores, suena a película ...

En conclusión, este edificante «caso Zapatero» regala a la izquierda dos lecciones magistrales. La primera, un sabio y milenario principio de prudencia política: Quien con empresarios se acuesta, imputado se levanta. La segunda, una constatación de la salud de nuestras instituciones: cuando los poderes mediáticos y las togas sincronizan sus agendas, la presunción de inocencia deja de ser un derecho universal para convertirse en un privilegio VIP de la derecha, aplicable solo a la frutera y a sus familiares. 

Ah, por cierto, para que no se nos olvide entre tanto ruido: ¿de M. Rajoy aún no  sabemos nada?

lunes, 20 de julio de 2026

El refugio del gozo colectivo

Un éxito futbolístico no transforma las relaciones de empresa y trabajadores, ni soluciona las contradicciones estructurales de un país. Sin embargo, reducir la celebración de una victoria mundialista a mero «opio del pueblo» es pasar por alto la dimensión afectiva de las clases populares. El triunfo de la selección española en la Copa del Mundo no debe leerse desde el patriotismo excluyente ni desde la retórica institucional que busca capitalizar el éxito ajeno. Su verdadero valor político reside en lo cotidiano, y se resume en una cita de Juanjo Sánchez que leí esta mañana: es «una enorme excusa para poder ser feliz con mucha otra gente, a la vez. Un éxito donde no cabe ni la envidia».

En tiempos marcados por la atomización social, la precarización y el aislamiento digital, encontrar motivos para una celebración colectiva es un acto de resistencia emocional. El espacio público, habitualmente mercantilizado o fragmentado por la crispación política, se convierte de pronto en un lugar de encuentro donde desconocidos comparten un abrazo. Es la democratización de la alegría y la plaza pública vuelve a ser de los ciudadanos. Es una victoria que se vive de forma horizontal, sin jerarquías ni distinciones socioeconómicas en la celebración. La felicidad compartida no pertenece a los palcos ni a las élites económicas, sino a la gente común que encuentra en el juego una especie de pausa que ayuda a llevar todo algo mejor. 

Pero esta victoria también ofrece un relato sobre la identidad del territorio. Frente a visiones homogéneas o nostálgicas de la nación, el colectivo que representa este éxito refleja una España diversa, mestiza y plurinacional. Un equipo donde conviven orígenes, lenguas y realidades distintas demuestra que la pertenencia no se impone: se construye mediante la cooperación y el esfuerzo compartido.

No hay nada alienante en disfrutar de la belleza del juego ni en celebrar juntos. Reconocer en el otro a un igual, aunque sea al calor de un gol, nos recuerda lo valioso de la cohesión social. La tarea del pensamiento crítico no es fiscalizar la alegría del pueblo, sino entender que el deseo de estar juntos y ser felices sin rencor es, en sí mismo, la semilla de cualquier transformación política. 


domingo, 19 de julio de 2026

El retorno del palio


Domingo 19 de julio, el día después a que Feijoo afirmase que hoy todo el PP será de un único equipo, como si los demás solo fuésemos con Cabo Verde. 

En realidad, lo que Feijoo y sus tellados pretenden es hacernos viajar al pasado, porque solo unos antiguos, con mente antigua, pueden imaginar como fructífera aquella época convencidos de que cualquier tiempo pasado fue mejor. También lo piensan los ignorantes que han mutado el “que viene el coco”, por “el coco ya está aquí”.

No deja de ser curioso cómo se empeñan en asustar a niños y mayores, con los fantasmas del pasado. Cada vez que la derecha patria se pone estupenda y saca a pasear las esencias de la sacristía y del alcalde bajo palio, el personal progresista nos echamos las manos a la cabeza temiendo el regreso inmediato de la cartilla de racionamiento, el NO-DO y las señoras con mantilla obligatoria en los oficios de Jueves Santo. 

Pero, calma, señores. Eso no va a pasar, porque el capitalismo globalizado, que es el verdadero director de orquesta de nuestro tiempo, no permitiría semejante anacronismo; entre otras cosas, porque el aislamiento autosuficiente es malísimo para lo único que les importa: las acciones del Ibex 35 y el turismo de sol y playa. Ténganlo claro: no volverá 1940, básicamente porque la laca y el incienso ya no cotizan igual en bolsa que entonces.

Lo que se nos viene encima es algo mucho más sutil y, bastante más jodido y fastidioso: una democracia iliberal de corte estrictamente casticista. Un invento modernísimo que consiste en mantener las urnas relucientes, para que nadie pueda decir que somos unos bárbaros, mientras, por la puerta de atrás, nos van dejando sin derechos civiles. Es el triunfo de la forma sobre el fondo. No preocuparos que podremos votar cada cuatro años, faltaría más, pero entre votación y votación se desaconsejará vivamente el uso de la inteligencia crítica, esa molesta costumbre de algunos de hacerse preguntas. El pensamiento será único o no será, y el disidente no irá a la cárcel, que eso queda feo ante la Unión Europea, sino al rincón del ostracismo o al banquillo del lawfare, que es la forma elegante con la que hemos bautizado al garrotazo judicial de toda la vida.

El algoritmo que deberemos seguir es simple y genial, y consiste en sacralizar la desigualdad social de siempre, pero para que no se note mucho, antes la pasearan bajo el palio de un patriotismo de pulserita, pandereta y ginebra premium. Porque admitámoslo, ese es un tipo de patriotismo que ha logrado convencer a los cachorros de las buenas familias, y a no pocos desheredados, de que ir a los toros y llenar las iglesias es el sumun de la rebeldía juvenil. 

Las nuevas generaciones, con honrosas excepciones, han pasado de nuestra transgresión contracultural a una adaptación casposa de lo transgresor con filtros de Instagram. Piensa lo que ves, y te convencerás de que no es discutible que hoy se premia la mediocridad risueña y se persigue al intelectual, al cómico y al vecino que ose recordar cualquier perversión de las muchas que quieren reescribir del pasado. 

Decía García Lorca, pocos días antes de que la barbarie real lo sepultara, que había que dejar las azucenas y meterse en el fango hasta la cintura para defender a los que recogen las azucenas. Hoy ese fango ya no viene en forma de botas militares, sino de desafección, de aburrimiento y de esa peligrosa tentación de quedarse en casa rumiando el rencor mientras los de siempre se reparten los entrantes, el plato principal y el postre. 

Estamos ante el costumbrismo reaccionario pero de diseño, frente al que no queda más remedio que sacudirse la pereza. El único antídoto real contra el veneno de este regreso al pasado, que ya se puede adquirir hasta en el hipermercado o en tu plataforma comercial favorita, sigue siendo el mismo de siempre: un poco de memoria, mucha movilización ideológica y el ejercicio testarudo, casi militante, del voto. 

Al fin y al cabo, si no votamos nosotros, tengan por seguro que ellos irán a las urnas como lo llevan haciendo toda esta democracia, con el traje de los domingos. Y si no pueden acudir, siempre habrá una monjita caritativa que empujará la silla de ruedas y le dará el sobre con la papeleta en mano para que no tenga que esforzarse.

Buen domingo y que ganemos el mundial, que con esta derecha el cielo ya lo tenemos garantizado. Estamos a punto de que hasta nos lo escrituren.  

sábado, 18 de julio de 2026

Opinar desde la izquierda es un deporte de riesgo


La pregunta no es nueva, ¿Por qué todos los denunciados son personas con ideas progresistas? Si alguien conoce a algún tuitero o "tertuliano" que, por más ideas de odio que transmita o amenace de muerte a otros, haya sido llamado a declarar o se haya admitido a trámite una denuncia en su contra.
Uno intenta siempre hacer el análisis desde la lógica y huir de la víscera, pero cuando los datos, las notificaciones judiciales y el goteo constante de citaciones apuntan siempre en la misma dirección, ser objetivo obliga a señalar el elefante en la habitación: el debate público y el aparato judicial no son campos de juego neutrales.
Existe una asimetría flagrante en el castigo de la disidencia política. Mientras el activismo de izquierdas, el humor satírico y la crítica punzante a las instituciones (como la monarquía o la Iglesia) se persiguen como si hubiese vuelto la Inquisición o nunca se hubiese ido, un celo inquisitorial disfrazado de tipos penales ambiguos ("delitos de odio", "injurias a la Corona"), la extrema derecha goza de barra libre, una impunidad casi constitucional. ¿Por qué ocurre esto? porque la ley penal tiende a proteger el statu quo.
Cuando un tuitero o un tertuliano de derechas vierte discursos de odio contra inmigrantes, personas trans o militantes de izquierda, no está desafiando las estructuras de poder; las está apuntalando. Su violencia verbal es funcional al sistema porque desvía la atención de las élites hacia los eslabones más débiles de la sociedad. Por eso, para gran parte de la judicatura (que comparte un sesgo sociológico marcadamente conservador), esas salvajadas se amparan bajo el sagrado manto de la "libertad de expresión". Son leídas como meros excesos verbales o provocaciones aceptables en democracia.
En cambio, cuando la crítica viene desde el progresismo y cuestiona los pilares del régimen como la precariedad laboral, la corrupción institucional, el racismo sistémico, deja de ser vista como "opinión" y pasa a ser catalogada como una "amenaza al orden público". La maquinaria legal se activa entonces no para hacer justicia, sino para ejercer un efecto disuasorio: el llamado efecto desaliento. El objetivo no es solo condenar a un activista o a un cómico en concreto; es enviar un mensaje de advertencia a toda la base social: "Cuidado con lo que dices, porque el siguiente puedes ser tú".
Estamos contemplando una perversión absoluta del concepto original de los "delitos de odio", que nacieron para proteger a minorías vulnerables y colectivos históricamente oprimidos. Hoy, mediante una pirueta jurídica, absolutamente perversa, vemos cómo se utilizan para proteger a instituciones poderosas (cuerpos policiales, monarquías, partidos hegemónicos) frente a la crítica ciudadana.
La admisión a trámite sistemática de querellas ultra contra creadores de contenido o analistas de izquierdas, contrapuesta al archivo inmediato de las amenazas de muerte reales sufridas por militantes progresistas, demuestra que sufrimos una justicia de dos velocidades. Una que es quirúrgica y punitiva contra los avances sociales, y otra que es ciega, sorda y muda ante el fascismo cotidiano de los platós de televisión y las redes.

Se está minando la libertad de expresión, pero la de un solo lado del espectro político. Eso no es aplicar la ley; es utilizar el derecho penal como un arma de guerra política (lawfare). Y una democracia que solo permite ladrar a los perros del sistema mientras amordaza a quienes proponen transformarlo, empieza a parecerse a cualquier cosa menos a una democracia real. 

La insumisión constitucional del Poder judicial frente a la soberanía del Parlamento.


La sentencia del TJUE sobre la Ley de Amnistía deja a la cúpula judicial española sin argumentos técnicos y retratada políticamente. Lo que la derecha judicial y política vendió como una vulneración flagrante del derecho europeo ha resultado ser, a ojos de Luxemburgo, una herramienta perfectamente legal dentro del ordenamiento comunitario.
Esto demuestra que la resistencia de los jueces no se debía a una escrupulosa defensa de la legalidad, sino a una militancia ideológica opuesta al Gobierno de coalición. El problema que tienen hoy es que el Supremo se ha quedado sin excusas.
Mantener el bloqueo a la aplicación total de la amnistía a partir de ahora ya no pueden disfrazarlo de "debate doctrinal"; ya entra directamente en el terreno de la insumisión constitucional frente a la soberanía del Parlamento.
La verdadera anomalía democrática en España no era la amnistía, sino la resistencia de un sector de la judicatura a aceptar las reglas del juego parlamentario. Una perfecta definición de Lawfare

viernes, 17 de julio de 2026

El PP debe pedir disculpas tras el aval europeo a la amnistía

Al igual que las mentiras, en política, la hipérbole y el catastrofismo suelen tener las patas muy cortas, pero cuando choca de frente contra el muro de la realidad jurídica internacional, su desmoronamiento es absoluto. Durante meses, la derecha española, capitaneada por el PP, construyó un relato apocalíptico en torno a la Ley de Amnistía. Se nos repitió sin descanso que España se encaminaba hacia una dictadura autocrática, que se quebraba de forma irreversible el Estado de derecho y que las instituciones europeas intervendrían de urgencia para salvarnos de nosotros mismos.

Ayer el contundente pronunciamiento del Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE), ha hecho que ese artificioso andamiaje de desinformación, ruido y crispación se haya venido abajo de forma definitiva. Ante este escenario, no basta con el silencio táctico y el perfil bajo al que ahora recurre la calle Génova. El PP debe pedir disculpas públicas a la ciudadanía española por haber tensionado la convivencia democrática basándose en una gran falsedad política.

La estrategia de la oposición no se limitó al legítimo y necesario debate parlamentario. El PP optó por una estrategia de polarización extrema destinada a desgastar al Gobierno a cualquier precio, utilizando dos vías sumamente irresponsables. La primera ha sido la instrumentalización de la calle convocando movilizaciones masivas donde, bajo el amparo de la dirección de los populares, se normalizaron proclamas profundamente antidemocráticas. Además, se tildó de "ilegítimo" e "inconstitucional" a un Gobierno salido de la mayoría parlamentaria de las urnas. Y la segunda es la exportación del fango a Bruselas, en un ejercicio de temeridad internacional, porque hemos asistido a cómo los representantes del PP han maniobrado activamente en las instituciones comunitarias para dañar la imagen exterior de España, mendigando un castigo o una reprimenda europea que nunca ha llegado porque carecía de fundamento real.

La resolución del TJUE no solo desactiva las alarmas que el PP encendió de forma ficticia en Europa, sino que ratifica un principio elemental: la amnistía es una herramienta de resolución de conflictos perfectamente homologable en los marcos democráticos constitucionales occidentales. La justicia europea ha dejado claro que la norma española respeta escrupulosamente los estándares de la Unión, la separación de poderes y los principios de seguridad jurídica. De este modo, la hipótesis del "golpe de Estado institucional" queda desmontada por la máxima autoridad judicial comunitaria (que forma parte de la estructura de nuestro Estado de derecho, evidenciando que todo fue una gigantesca operación de agitación partidista.

En cualquier democracia europea que se considere madura, la asunción de responsabilidades es indispensable cuando se cruzan líneas rojas. Los líderes del PP deben disculparse ante los españoles por tres motivos fundamentales: Por fracturar conscientemente la convivencia al haber sembrado el miedo a una supuesta ruptura nacional basándose en premisas falsas, lo que ha dejado cicatrices innecesarias en el tejido social; Por minar la confianza en las instituciones del Estado al haber deslegitimado diariamente al Poder Legislativo, al Tribunal Constitucional y a los órganos del Estado, con lo que se han debilitado de forma alarmante los cimientos del sistema democrático; Por su profunda deslealtad al país, al dar prioridad al rédito electoral inmediato por encima del prestigio internacional de España, con lo que el PP ha  demostrado una absoluta carencia de sentido de Estado.

Por mucho que hayan intentado convencernos de que era así, la amnistía nunca buscó destruir la democracia, sino coser, a través de los canales políticos del perdón y la negociación, el grave conflicto territorial heredado de la crisis de 2017. Ahora que la justicia europea ha hablado, es el momento de que el PP abandone la trinchera del ruido, asuma su error de cálculo y pida perdón por haber sometido a la sociedad española a una intolerable campaña de crispación injustificada. Aunque viendo lo que entienden el concepto de “partido de Estado” estoy seguro que no lo harán. 

¿Para cuando tendrán previsto imputar a Pedro Sánchez?

 El caso de Begoña Gómez es el síntoma de un mal mayor: un sistema que tolera que se persiga por tierra, mar y aire a los entornos familiares de los líderes de izquierda mientras se cubre con un manto de impunidad y prescripción los escándalos de la derecha madrileña.

El bloque reaccionario ha decidido que si no puede gobernar mediante los votos, gobernará mediante las togas. Frente a un poder judicial que se comporta como un partido político de oposición, la izquierda no puede seguir respondiendo con timidez o con la estrategia de "resistir". Es hora de pasar a la ofensiva democrática. O democratizamos el Estado profundo, o el Estado profundo acabará por completo con nuestra democracia.

La guerra jurídica es estéril sin su brazo mediático. El jurado popular que juzgará este caso lleva dos años siendo "educado" por portadas difamatorias y tertulias incendiarias. La militancia de izquierda debe exigir con firmeza una Ley de Medios y de Publicidad Institucional que ahogue la financiación pública de los pseudomedios que esparcen bulos y que garantice el derecho constitucional a recibir información veraz.

¿Para cuando tendrán previsto imputar a Pedro Sánchez?

La soledad de don Emiliano


No deja de resultar asombroso cómo el calendario judicial de julio, con su sol de plomo y sus tardes de modorra, se las apaña siempre para desmontar las tramoyas más solemnes de nuestra política patria. Contemplamos estos días a don Emiliano García-Page, presidente de Castilla-La Mancha y autoproclamado guardián del Santo Grial de la ortodoxia constitucional, con la melancolía con la que se mira a esos hidalgos que, tras pasar años puliendo una armadura herrumbrosa, descubren que el torneo ha sido cancelado por falta de contendientes y, lo que es peor, por desinterés del público.

Durante meses, el bueno de don Emiliano ha recorrido los platós de televisión y los salones de Toledo con el gesto adusto del profeta que vislumbra el apocalipsis en cada enmienda parlamentaria. Su argumento era tan sencillo como efectista: la amnistía no era una medida de gracia para desatascar un conflicto político, sino una traición imperdonable, una bofetada a la igualdad de los españoles y, en definitiva, el fin de los días de la patria hispana. Se erigió en el único socialista con coraje para frenar la deriva sanchista, el Robin Hood de las esencias patrias que acudiría a los tribunales a desfacer el entuerto. Y, sin embargo, la realidad, que es una burócrata fría y carente de épica, le ha devuelto los papeles sin ni siquiera habérselos sellados.

Primero fue el Tribunal Constitucional, hace apenas unos días, el que despachó su recurso con la indiferencia con la que un bedel desestima una queja fuera de plazo. Pero el golpe de gracia ha llegado hoy mismo de la mano del Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE). Desde Luxemburgo, unos señores con toga y sin especial apego a las tertulias madrileñas han dictaminado que la amnistía encaja perfectamente en las costuras del derecho comunitario. No hay drama, no hay quiebra de la civilización occidental, no hay fondos europeos en peligro. Solo hay política. Don Emiliano ha descubierto, a golpe de sentencia, que la justicia que él invocaba como escudo no comparte su visión melodramática de la existencia.

Para quienes intentamos analizar la realidad desde una óptica progresista, el caso de García-Page es el vivo retrato de una izquierda que se extravía cuando confunde rigor con punitivismo. Su error de cálculo no ha sido solo jurídico, sino fundamentalmente intelectual. Empezando por lo que se puede calificar como igualdad mal entendida, don Emiliano ha defendido una igualdad de cuartel, donde la ley solo sirve para castigar de manera uniforme, olvidando que la verdadera función del derecho en democracia es resolver los problemas de la convivencia, no cronificarlos. 

Además, don Emiliano ha practicado el flirteo con el adversario, porque al adoptar el lenguaje y las tesis de la derecha más cerril, ha debido pensar que ganaba centralidad, aunque lo que ha conseguido es quedarse en tierra de nadie, y hoy es demasiado tibio para la oposición, y demasiado desleal para sus propias filas. Y como ultimo error, tenemos el de creer en el fetiche judicial, puesto que confiar la acción política exclusivamente a los tribunales es un juego peligroso. Cuando la judicatura te quita la razón de manera tan contundente, te quedas no solo sin argumentos jurídicos, sino también sin discurso político.

¿Qué le queda ahora al presidente castellanomanchego en este asunto? Le queda el regreso al palacio de Fuensalida, a la rutina de las inauguraciones de rotondas y las declaraciones de consumo interno. El problema de vestirse de salvador de la patria es que, cuando la tormenta escampa y el cielo se queda azul, el paraguas gigante que hace un momento sostenías con tanto esfuerzo, se convierte en un artefacto ridículo.

La amnistía sigue su curso, Cataluña ensaya una nueva normalidad y Europa bosteza, ante lo que nos dibujaron la derecha y don Emiliano como los peores temores para la meseta. Don Emiliano se ha quedado sin recurso, sin el aval de Luxemburgo y, lo que es más grave para un político de su fuste, sin razón. Siempre nos quedará la duda de si, en el fondo de su corazón, no añorará aquellos días en que se creía el último baluarte de la sensatez, antes de que el TC y el TJUE le explicaran, con la paciencia que se le tiene a los niños tercos, que el mundo real funciona de otra manera.



Diez apreciaciones sobre la sentencia condenatoria a David Sánchez :

 Diez apreciaciones sobre la sentencia condenatoria a David Sánchez :

1. Una jurisdicción penal incompetente 

La creación, modificación o amortización de puestos en la función pública es una decisión puramente administrativa. Por tanto, cualquier irregularidad debería dirimirse en la jurisdicción Contencioso-Administrativa, siendo la vía penal incompetente para juzgar estos hechos al ser de origen técnico-administrativo.

2. Imposibilidad jurídica de cometer prevaricación

El delito de prevaricación solo lo pueden cometer funcionarios públicos en el ejercicio de sus funciones al realizar un acto administrativo. Resulta jurídicamente imposible que una persona que aún no ha sido contratada o que carece de firma para dictar resoluciones administrativas cometa o sea responsable directa de este delito.

3. Ha mutado la acusación 

El tribunal ha exonerado a David Sánchez de los cargos originales por los que se le investigaba para acabar condenándolo por otros distintos. Esto es una búsqueda activa de culpabilidad, adaptando el tipo penal de forma creativa solo para forzar una condena que ya parecía predeterminada.

4. Omisión de testimonios favorables

La defensa presentó testigos directos que declararon a favor de la legalidad del proceso y del desempeño del acusado. El tribunal ha decidido restarles credibilidad, mientras que otorgó total veracidad al testimonio de una opositora que no obtuvo la plaza y que ni siquiera impugnó el proceso administrativo en su momento.

5. Dependencia absoluta de informes externos sesgados

La argumentación de la sentencia se sostiene fundamentalmente en relatos e informes externos (como los de la UCO o el denominado "informe Balas") en lugar de en pruebas judiciales objetivas y directas. El tribunal asume valoraciones de peritos policiales sobre empleo público como si fueran verdades jurídicas absolutas.

6. Contradicciones internas y falta de rigor 

La sentencia, es farragosa y excesivamente extensa, carece de solidez jurídica y está llena de incoherencias narrativas que evidencian una falta de rigor profesional por parte de los magistrados firmantes.

7. Agravio comparativo con otros casos de influencia judicial

Existe una evidente doble vara de medir en la justicia española, como el cambio de plaza de la hija del magistrado Manuel Marchena que no tuvieron ningún tipo de recorrido penal ni consecuencias judiciales reales.

8. Justicia para el desgaste político 

La causa no responde a la persecución de un delito real, sino a una estrategia de acoso político indirecto contra el Presidente del Gobierno. David Sánchez habría sido condenado únicamente por su parentesco familiar, actuando los jueces como ariete de partidos de oposición.

9. Absurdidad de la acusación

Teniendo en cuenta la alta cualificación internacional y el currículum académico y artístico de David Sánchez en prestigiosas escuelas de música del mundo, resulta absurdo sostener que necesitara corromper la administración para acceder a un puesto de trabajo en Extremadura, donde de hecho perdía prestigio y poder adquisitivo.

10. Sentencia inquisitorial 

El tribunal ha sustituido el principio constitucional de presunción de inocencia por el de sospecha ideológica. Ante la ausencia de pruebas directas de delito, el fallo judicial se sostiene sobre "un relato de intenciones construido con fragmentos sueltos" y prejuicios políticos. 

El "no es no" del PP al Estado social

Hay decisiones políticas que trascienden el mero debate ideológico para convertirse de lleno en parte del cinismo institucional. El reciente rechazo del Partido Popular y Vox en el Congreso a la reforma de las leyes de dependencia y discapacidad es una de ellas. No estamos ante una discrepancia técnica sobre la gestión pública; estamos ante una pirueta política que retrata la alarmante deriva de una oposición dispuesta a prender fuego a los pilares del Estado del bienestar con tal de arañar un titular de desgaste contra el Gobierno de coalición.

El núcleo del asunto es de una incoherencia flagrante. Durante años, los barones del Partido Popular han repetido como un mantra, la necesidad de que la Administración General del Estado cofinancie el 50% del sistema de dependencia, tal como sugería el espíritu original de la ley. Sin embargo, cuando el legislador atiende esta demanda histórica e incorpora por ley la obligación de blindar ese 50% de financiación estatal, acompañada de una inyección inmediata de 6.200 millones de euros, el PP vota en contra.

¿Cómo se explica que un partido vote sistemáticamente en contra de lo que sus propios consejeros autonómicos exigen en público?

La respuesta no es el despiste, sino una calculada y macabra estrategia de asfixia institucional. Para la derecha española, el Estado de las Autonomías se ha convertido en una herramienta asimétrica: sirve para ejercer la contraposición permanente contra el poder central, pero no para asumir la responsabilidad de proteger a los más vulnerables. Prefieren rechazar fondos finalistas estatales, como ya hicieron en Galicia devolviendo millones destinados a plazas de educación infantil pública, porque la fiscalización les incomoda. El modelo de la derecha neoliberal prefiere la opacidad del "búscate la vida" antes que someterse al control de unas cuentas públicas que demuestren que el dinero de los dependientes debe ir, efectivamente, a los dependientes.

Las comunidades autónomas son la trinchera más cercana al ciudadano, pero bajo la gestión de la derecha se están convirtiendo en laboratorios de desmantelamiento de lo común. Rechazar financiación para la dependencia es, en la práctica, forzar el colapso del sistema para luego culpar al Gobierno central de la falta de recursos.



Feijoo y el absentismo.


Por un lado, el sistema te dice: "Sonríe, sé proactivo y rinde". Por el otro, la derecha política te dice: "Si enfermas o te cuidas, eres una carga para la competitividad del país".

La derecha quiere la productividad del "trabajador feliz" pero aplicando las condiciones materiales que generan trabajadores esclavos o enfermos. El absentismo del que se queja Feijóo no es más que el síntoma de un modelo laboral agotado que prioriza la acumulación de capital sobre la sostenibilidad de la vida. Refleja que la salud de las  personas trabajadoras no le preocupa, solo le preocupa su productividad.

Antonio Manzanares: la dignidad no se negocia


“El calvario de los pacientes de nefrología en la comarca de Hellín y Tobarra, obligados a trasladarse continuamente al Hospital General de Albacete o a centros de diálisis, no es una simple cuestión de kilómetros; es una flagrante vulneración de los derechos humanos más básicos”

El pasado 2 de julio, el Ayuntamiento de Tobarra, en Albacete, aprobó con justicia dedicar uno de sus parques a la memoria de Antonio Manzanares Palarea. El gesto honra al ilustre fotógrafo de la naturaleza, al científico minucioso y al escritor incansable que capturó con sus cámaras tesoros que hoy deberían ser considerados patrimonio de nuestra tierra. Sin embargo, detrás del homenaje póstumo y del reconocimiento a su inconmensurable legado intelectual, se esconde el eco de una batalla desgarradora.

Antonio, a quien conocí en Diputación de Albacete en una entrevista, no solo luchó contra la crudeza de la enfermedad renal, la diabetes y una dolorosa calcifilaxis; combatió hasta su último suspiro contra un sistema burocrático y deshumanizado que, en sus propias palabras, le estaba “robando la vida”.

Después de esta noticia, no puedo sino volver a plantear la situación de los pacientes de la zona de Hellín en tratamiento de hemodiálisis, que, aunque estemos en periodo de vacaciones, siguen dializándose y no pueden seguir esperando respuestas o reuniones que no llegan.

El calvario de los pacientes de nefrología en la comarca de Hellín y Tobarra, obligados a trasladarse continuamente al Hospital General de Albacete o a centros de diálisis, no es una simple cuestión de kilómetros; es una flagrante vulneración de los derechos humanos más básicos.

Los testimonios que el propio Manzanares dejó plasmados en sus cartas públicas retratan un “mundo sórdido” regido por contratas de transporte sanitario que parecen tratar a los enfermos como simples mercancías rentables y no como personas vulnerables. ¿Cómo se puede consentir que un paciente, tras recibir una extenuante sesión de hemodiálisis de cuatro horas que lo deja sin fuerzas ni para sostenerse , sea sometido a un “turismo nocturno” forzoso por carreteras secundarias llenas de curvas peligrosas? Las normas estipulan con claridad que el trayecto de regreso no debe superar la hora y cuarto , y que la recogida debe ser inmediata. Sin embargo, la realidad que denunciaba Antonio consistía en esperas interminables en Urgencias y rutas caóticas para “optimizar” vehículos colectivos.

Las crónicas de Antonio relatando cómo él y otros pacientes de avanzada edad se veían obligados a esas rutas, que conocen los gestores de Toledo sin dar una pronta solución, provocan vergüenza ajena

En su último viernes de vida, agotado y sangrando por la fístula del brazo, el sistema lo “paseó” en un interminable periplo por Chinchilla, Pétrola, Fuente Álamo y Ontur antes de dejarlo en su hogar. Falleció apenas tres días después. Es imposible no preguntarse cuánto restó a su debilitada salud el estrés de sufrir desmanes tan intolerables. Las crónicas de Antonio relatando cómo él y otros pacientes de avanzada edad se veían obligados a esas rutas, que conocen los gestores de Toledo sin dar una pronta solución, provocan vergüenza ajena.

Antonio Manzanares clamó en vida por una Unidad de Diálisis en Hellín y por un transporte sanitario digno. Su voz se apagó en 2022, y las Cortes de Castilla-La Mancha en 2024 aprobaron, por unanimidad, la creación de una unidad de hemodiálisis en Hellín. Dos años después sigue todo igual, por lo que su denuncia sigue plenamente vigente.

La inauguración de un parque con su nombre en Tobarra debe servir para algo más que para grabar letras en una placa. Debe ser un recordatorio permanente y una exigencia directa a las autoridades del SESCAM y de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha. Los enfermos crónicos no pueden seguir esperando soluciones que nunca llegan mientras se les escapa la vida en la parte trasera de una ambulancia.

Recoger su antorcha y exigir un trato verdaderamente humano es la única forma digna de honrar su memoria, aunque poner su nombre a un parque sea merecido.

No tenemos tiempo para la siesta


Los gobiernos, escribió el pensador Ludwig Börne, son velas; el pueblo, el viento; el Estado, la nave, y el tiempo, el mar. Hoy, en esta España que parece encallada ante el azote mediático, político y judicial permanente, parece que el viento ha dejado de soplar con la fuerza transformadora de antaño. Miramos a nuestro alrededor y lo que vemos a la izquierda del PSOE es un paisaje que puede invitar al desánimo: disputas previas, cuentas pendientes, crisis internas que nos desgastan y una sensación de parálisis que solo beneficia a quienes quieren vernos de brazos cruzados. 

Es comprensible la decepción. Es humano sentir que la indignación del espíritu del 15-M ha quedado diluida en laberintos orgánicos, batallas por el control de las siglas y procesos convulsos que alejan a la ciudadanía de la política real. Pero la resignación es un lujo que la clase trabajadora y la gente progresista de este país no nos podemos permitir. El miedo al neofascismo ya no es una hipótesis de futuro para el ciclo electoral de 2027; es una realidad que ya está aquí, gobernando en comunidades autónomas, asimilada por el PP y con nombres y apellidos listos para ocupar la vicepresidencia del Gobierno si los números les cuadran. Ante este escenario, la estrategia de las derechas ultramontanas es clara: no buscan convencerte de que cambies tu voto, porque saben que los bloques apenas se mueven; buscan arrastrarte a la sospecha, al desencanto y, finalmente, a la abstención. 

Por si alguien aún no es consciente, lo repito las veces que sean necesarias. La abstención de la izquierda es el billete de ida de Feijóo y Abascal a la Moncloa. Cada voto progresista que se queda en casa el día de las elecciones es un cheque en blanco para desmantelar el Estado del bienestar, privatizar la vivienda, frenar la lucha contra la crisis climática y desproteger a los ciudadanos frente a la voracidad de un capitalismo salvaje. 

Es hora de rearmarse. Quienes no nos conformamos con el posibilismo del Partido Socialista, quienes sabemos que el PSOE necesita una fuerza potente que tire de él con la izquierda para avanzar de verdad, sumamos una masa crítica de entre un millón y un millón y medio de votos que hoy dudan. Ese espacio huérfano de ilusión no puede quedarse huérfano de representación. 

A la izquierda del PSOE existe un programa común que nadie que no viva enfermo de sectarismo ve complicado de firmar. Un programa que defiende un laborismo ecosocialista, feminista y antirracista; que cree firmemente en la plurinacionalidad y en un federalismo profundo; que exige una fiscalidad justa y progresiva para sostener la sanidad y la educación públicas; que plantea regular el mercado y poner coto a la especulación de la vivienda, defendiendo un nuevo pacto democrático donde la gente común pueda vivir. 

Las organizaciones políticas están obligadas a transitar el camino de la madurez. Movimiento Sumar acaba de cerrar una asamblea compleja para renovar su dirección y pasar página de etapas convulsas, activando su maquinaria con liderazgos como los de Verónica Barbero y Rosa Martínez bajo la premisa de cuidar a la organización y construir un frente amplio y estable que vaya más allá de lo que fuimos en 2023. Las personas y las portavocías pasan, pero las herramientas colectivas permanecen. Necesitamos construir, junto a las demás fuerzas hermanas del espacio, un liderazgo creíble, potente y transversal. Un liderazgo capaz de aglutinar los anhelos de cambio, ajeno a disputas estériles y con la valentía de salir a la ofensiva frente al proyecto reaccionario. 

No mires las encuestas con derrota anticipada. Las derechas tiemblan cuando la izquierda se moviliza porque saben que cuando abren la boca para hablar de absentismo o de recortar derechos, se les cae la careta. No permitas que el ruido te convenza de que todo está perdido. El futuro de los equilibrios sociales, de las reformas de la justicia pendientes y del escudo social está en tus manos. Volvamos a ser el viento que empuje la nave. Salgamos a defender nuestro futuro, porque cuando la izquierda se pone en pie, la reacción retrocede. 

Para lograrlo, hace falta apelar a un valor que la lógica mercantil de la derecha es incapaz de comprender: la generosidad. Esa virtud desinteresada que no busca el beneficio propio ni el reconocimiento, sino el bienestar colectivo. La generosidad que hoy se les exige a las organizaciones políticas para aparcar las cuotas de poder y las disputas estériles en favor de un frente común; pero también la generosidad de cada votante que decide vencer el desánimo y ofrecer su tiempo, su confianza y su voto, no por un interés individual, sino por empatía hacia los más vulnerables. No se trata de votar porque nos sobre la ilusión, sino de compartir el esfuerzo para blindar nuestros derechos comunes. 

Volvamos a ser el viento que empuje la nave. Practiquemos la generosidad política y salgamos a defender nuestro futuro, porque cuando la izquierda se pone en pie y comparte su fuerza, la reacción retrocede. 

La estrategia del fango: mercantilizar derechos humanos

Cuando los proyectos conservadores no son una alternativa sólida, siempre recurren al populismo de la impugnación. La estrategia consiste en...