sábado, 25 de julio de 2026

El balance del gran Alberto ayer.


Ayer Feijoo ha querido hacer su balance anual y adelantarse al que tradicionalmente hace el Gobierno en estas fechas. Primero hay que recordar a todos que la salud de una democracia no se mide únicamente por la celebración periódica de elecciones, sino por el respeto a las reglas no escritas, la lealtad institucional y la calidad del debate público. Dicho eso, me permito hacer mi balance o valoración, pero no de este año, sino desde que llegó Feijoo a la presidencia del PP, porque oido el gallego ayer, resulta una evidencia que dar lecciones parece fácil, sobretodo cuando no se tiene memoria. 

Si analizamos la figura de Feijóo bajo el prisma de lo que se entiende como un líder político demócrata, el diagnóstico es desolador. Lejos de representar esa "derecha moderada y de Estado" con la que intentó desembarcar en la política nacional, su trayectoria ha consolidado una forma de hacer política basada en el desgaste, la deconstrucción de lo público y la degradación institucional. 

Me pregunto ¿Qué ha aportado realmente Feijóo a España? Y para intentar responder esa cuestión, analizo solo los tres pilares en los que se ha sostenido su práctica política.

El modelo de gestión de Núñez Feijóo no es nuevo; es la profundización de la agenda neoliberal que concibe los derechos sociales como si solo fuesen nichos de mercado. Tanto en su etapa al frente de la Xunta de Galicia como en su influencia sobre las comunidades donde gobierna su formación, la receta ha sido idéntica: desmantelamiento de los servicios públicos para justificar su privatización. La sanidad pública y la educación universal, los verdaderos elementos de cohesión social e igualdad de oportunidades, han sufrido recortes estructurales mientras se transferían recursos a la gestión privada. Esta asfixia de lo que es de todos, contrasta frontalmente con su política fiscal: una bajada sistemática de impuestos a las rentas más altas y a las grandes fortunas que debilita la capacidad redistributiva del Estado. A esto se le suma una postura parlamentaria inequívoca, votando de forma reiterada en contra de la revalorización de las pensiones, la subida del salario mínimo y los escudos sociales destinados a proteger a las familias más vulnerables.

Otro de los fenómenos más preocupantes de la etapa de Feijóo es la instrumentalización de las instituciones democráticas para fines partidistas. El uso que el Partido Popular está haciendo del Senado, con su mayoría absoluta, desvirtúa la función territorial y legislativa de la Cámara Alta. Convertido en una trinchera de bloqueo y en un espacio de escenificación partidista, el Senado se ha utilizado como su "cortijo" al servicio de una estrategia de desgaste institucional. A esta captura de las instituciones se suma una política de alianzas y blindajes impensable en las democracias europeas de nuestro entorno. La protección estratégica a perfiles salpicados por la negligencia o la sospecha de corrupción, como la gestión de Carlos Mazón con la tragedia de la DANA, o no corregir a su portavoz Tellado cuando olvida que desde el punto de vista del marco autonómico y de la Ley de Montes, la competencia directa e indiscutible en prevención de incendios, gestión forestal y extinción primaria (niveles 1 y 2) corresponde a las Comunidades Autónomas. Son las CCAA las que contratan retenes, gestionan la limpieza de montes y dirigen los operativos sobre el terreno.  Ambas situaciones ponen en evidencia una máxima: el blindaje del poder orgánico prima siempre sobre la responsabilidad pública y la rendición de cuentas.

Pero quizás el legado más tóxico de Feijóo para la política española sea la normalización del bulo y la desinformación como herramientas centrales para hacer oposición. La estrategia no ha sido confrontar datos, modelos de país o proyectos alternativos, sino alimentar un clima de impugnación permanente al Gobierno legítimo a través de la mentira deliberada. Esta "oposición corrosiva" nunca busca convencer, sino polarizar y agotar a la ciudadanía. Ha sustituido la fiscalización rigurosa por el ataque personal y la difamación, erosionando la confianza de la sociedad en la política como herramienta de transformación social.

Desde una perspectiva sociopolítica, el paso de Feijóo por la política estatal no ha aportado ni mostrado un proyecto de país, ni una sola reforma estructural que beneficie a la mayoría social. Lo que si ha provocado en las CCAA donde su partido gobierna junto a Vox, es que tengan un Estado del Bienestar debilitado, unas instituciones tensionadas hasta el límite y un espacio público contaminado por lo que hoy conocemos como posverdad. 

Pero no vale solo con decir lo que ha hecho Feijoo, frente a la consolidación de un modelo que privatiza lo común, protege el privilegio y erosiona la democracia, la izquierda tiene el deber no solo de hacer balance, sino de reconstruir la confianza en la capacidad redistributiva e igualitaria del Estado. 


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