miércoles, 22 de julio de 2026

¿Por qué nunca falta dinero para la corona, pero sí para tu pensión?


Hay preguntas que no buscan respuestas, sino encender una luz en la oscuridad. ¿Has oído alguna vez que la financiación del ejército, la monarquía o la Iglesia esté en peligro? no son meros eslóganes; son una radiografía perfecta de las prioridades del poder.

Llevamos décadas sometidos a una pedagogía del miedo fiscal. Nos han repetido hasta la saciedad, como una verdad incontestable, que los recursos son finitos, que «hemos vivido por encima de nuestras posibilidades» y que la sostenibilidad de la sanidad pública, la educación universal y las pensiones está en un alambre permanente. Nos acostumbran a titulares sombríos sobre el «colapso» de la Seguridad Social o la necesidad inexorable de recortar la atención primaria.

Te has preguntado ¿por qué en esta narrativa, la escasez siempre es selectiva? Jamás escucharás a un tertuliano o a un ministro alertar de que la partida presupuestaria de la Casa Real no va a llegar a fin de mes. Tampoco escucharás que no se pueden abonar los salarios de diputados y senadores. Ni verás portadas alarmistas sobre la inviabilidad financiera de los conciertos con la Iglesia Católica. Mucho menos de la urgencia de recortar en gasto militar para "salvaguardar las cuentas del Estado". Para la reproducción del aparato de coerción, el boato institucional y los privilegios históricos, el grifo presupuestario no solo no se cierra, sino que se abre con generosidad blindada contra cualquier situación de escasez.

Esto no es un accidente ni una mala gestión puntual, es una decisión de clase. El Estado nunca es un ente neutro que reparte equitativamente los recursos; es el reflejo de una correlación de fuerzas. Cuando el discurso dominante insiste en que las pensiones o los servicios públicos son insostenibles mientras se transfieren miles de millones a la industria de la defensa o se perdonan impuestos a las grandes fortunas, se está enviando un mensaje claro: las necesidades de la mayoría social son prescindibles; las estructuras de poder, no.

La prioridad de un sistema que antepone el capital y la conservación del statu quo nunca serás tú, ni tu abuela esperando ocho meses para una operación de cadera, ni tu hijo en un aula saturada, o que te reconozcan la dependencia un año después de presentarla. Tu bienestar es tratado como un "coste" negociable, mientras que el gasto en instituciones anacrónicas o en la maquinaria bélica se fiscaliza como una "obligación sagrada" de Estado.

El verdadero debate fiscal no va de números, sino de poder. No es un problema de falta de dinero, sino de redistribución y de voluntad política. Exigir que los servicios que sostienen la vida estén tan blindados como los presupuestos de la Corona o de la Defensa no es una utopía: es el mínimo democrático para garantizar que las personas, y no las élites, sean, por una vez, la prioridad.

Y este escenario, que ya es alarmante, amenaza con volverse insostenible si la derecha y la ultraderecha ocupan las instituciones. Lejos de corregir esta asimetría, su agenda política pasa por acelerar el desmantelamiento de lo común: convertir derechos fundamentales en negocios lucrativos para unos pocos mientras agitan banderas y multiplican el gasto en seguridad, defensa y privilegios estamentales. Con la derecha y ultraderecha en el poder, la tijera sobre el estado de bienestar no solo no se detendrá, sino que se convertirá en doctrina, profundizando la desigualdad y dejando meridianamente claro que, bajo su modelo de sociedad, la mayoría trabajadora no es, ni será jamás, la prioridad. 

Y tú, que estás convencido de que quieren llegar al poder para que vivas mejor, deberías hacértelo mirar.

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