Se dice que no se puede criticar al poder judicial. Y existe un por qué. Pues sencillamente porque la ideología dominante necesita un poder que parezca "sagrado e incuestionable" que es la mejor manera de frenar los impulsos de cambio social.
Para la izquierda, la verdadera democracia exige que todo poder público, especialmente el que tiene la capacidad de encarcelar o interpretar nuestros derechos, debe estar sujeto al escrutinio y a la crítica de la ciudadanía.
Pero criticar a los jueces es un pecado mortal. En realidad, lo que les gustaría es que les tuviéramos que besar la mano cuando estemos cerca de ellos, como se hacía a los ministros de la Iglesia antaño. El mérito que les hace merecedores de invulnerabilidad es que su trabajo consiste en sostener la balanza, como si la justicia fuera una virgen inmaculada que bajó de los cielos, y no una cuestión humana, hecha por hombres de carne, hueso y muchos de ellos con billetera repleta.
Dicen los guardianes del orden desde sus pulpitos que al Gobierno se le grita y al Parlamento se le escupe, pero que ante los jueces hay que callar, porque ellos hablan el lenguaje sagrado de la Ley. Nos quieren hacer creer que las togas negras y sus puñetas les borran su condición humana, y que bajo su tela no existen los prejuicios, ni los apellidos de alcurnia, ni el miedo al cambio que siempre han tenido quienes lo tienen todo.
Pero la historia, que no es ciega, nos cuenta otra cosa. Cuando el pueblo vota y las leyes sirven para mejorar las vidas o para repartir el pan, suele aparecer un golpe de mazo que las detiene en seco. Entonces llaman "independencia" a lo que no es más que el viejo privilegio, defendiendo el statu quo con el diccionario en la mano.
Poder que no se critica, se oxida; poder que se vuelve sagrado, se convierte en dictadura de unos pocos. La justicia solo será justa cuando pierda el miedo a mirarse en el espejo de la calle.
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