Observa uno el panorama nacional con perplejidad y la fatiguita que produce ver la misma función de teatro repetida de forma incansable, aunque con actores cada vez más vehementes y decorados mucho más ruidosos. Cada mañana nos despertamos sumidos en una especie de sainete de intrigas, que parece surgir de manera espontánea, pero que, si nos fijamos, obedece a un libreto meticulosamente escrito por los mejores autores teatrales de las altas esferas del gran capital.
Tratan de convencernos de que todo es parte de la contienda electoral, el quítate tú para que me ponga yo de toda la vida, pero el asunto no es como hasta ahora una simple mudanza de ocupantes de los sillones. Recuerdo cuando luchar por la democracia era un contubernio judéo masónico contra la derecha. Hoy nos hallamos ante un contubernio político-mediático-judicial de una finura y un empeño dignos de admiración, cuyo propósito último no es solo amargarle el desayuno a un Gobierno progresista legítimo, sino desarmar, pieza a pieza, nuestra democracia.
El ambiente se ha vuelto, por obra y gracia de estos artesanos moldeadores del descontento, algo verdaderamente irrespirable. Se siembran bulos con la misma alegría con la que en mi pueblo se plantan patatas en primavera; se recurre a manipulaciones tan burdas que harían sonrojar a un trilero de feria; y se dictan resoluciones judiciales que desafían no ya la lógica del derecho, sino las leyes más elementales de la gravedad institucional.
El objetivo de tanto tramoyista trabajando, no es otro que insuflar un odio espeso, una crispación de café de casino rancio de la época del franquismo, que nos arrastre a una especie de confrontación civil, eso sí, de baja intensidad. Para colmo de males, y como quienes indican que el que pueda que haga, tienen interiorizada la falta de caballerosidad, se ha optado por incluir también un ataque cruzado hacia el entorno familiar del gobierno buscando matar dos pájaros de un tiro mediante el acoso personal.
Ante este panorama, el ciudadano de a pie, especialmente aquel de inclinaciones progresistas, se encuentra en la tesitura de tener que decidir qué hacer con su voto y con su paciencia. La resistencia pasiva, el mero lamento de barra de bar o la indignación tuitera sirven más bien de poco, cuando el adversario avanza con el ejercito mediático en una mano y las togas con maza en la otra.
Toca, pues, un cambio de actitud: contraatacar de una puñetera vez. Y no nos equivoquemos, no se trata de acudir de nuevo a las barricadas, sino de emplear las herramientas legítimas que el propio Estado de Derecho, en un descuido de sus fundadores, ha puesto a nuestra disposición. Para empezar, al rival hay que meterle el miedo en los huesos. Y nada mejor para ello, con los grandes delincuentes y los golpistas de salón, que hacer uso de la herramienta más eficaz, que mejor entienden, y más de justicia social que se conoce: Hacienda y la inspección tributaria. Pocas cosas desarman más a un conspirador de alta alcurnia que una concienzuda revisión de sus ejercicios fiscales.
Los votantes de izquierdas debemos exigir que el Gobierno que ejerza su soberanía popular sin complejos. Es la hora de blindar los derechos fundamentales y, de paso, acometer reformas inapelables como derrocar la dichosa ley mordaza, ese artefacto que mantiene al pueblo con sordina mientras los grandes medios de comunicación ocultan y silencian las verdades que no convienen al negocio de sus dueños.
Hay que recuperar la calle, pero no para el desorden, sino para hacer pedagogía y exponer lo que ocurre con claridad. Frente a la estrategia de la confusión generalizada, la izquierda debe responder con ideas sorprendentes, con una frescura que los descoloque, recuperando las grandes lecciones del pasado para cambiar el rumbo de la historia.
En definitiva, queridos lectores de este muro, toca organizarse, salir de la melancolía estéril, exigir al gobierno que se aplique la ley con pulcritud y defender la democracia en las plazas con el entusiasmo de quien sabe que, a pesar de su ruido, seguimos siendo más.
A ver si nos enteramos: ¡No pasarán, si dejamos de lamentarnos y nos ponemos a la faena!
Buenas noches tengan ustedes.
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