En política, perder el norte suele ser el primer síntoma de un proyecto que se agota antes de nacer. Lo que estamos viviendo con el Partido Popular actual ya no es simple oposición; es un repliegue táctico destructivo que consiste en votar sistemáticamente en contra de cualquier avance que alivie los bolsillos o mejore la vida cotidiana de las clases trabajadoras. Esta estrategia de tierra quemada, lejos de desgastar al Ejecutivo, terminará volviéndose como un bumerán contra Génova. La ciudadanía no es amnésica: cuando se rechazan leyes que benefician directamente a las personas, la factura electoral se paga antes o después.
La deriva de Alberto Núñez Feijóo es el reflejo más nítido de este descalabro. Aquel mito del "gestor moderado y solvente" construido en Galicia se ha disuelto por completo en la capital, dando paso a un líder desatado y preso de su propia desesperación. Sus constantes patinazos discursivos y una alarmante falta de rigor conceptual —que a menudo delatan que ni siquiera se molesta en leer los textos legislativos que repudia— evidencian que estamos ante una derecha intelectualmente perezosa y políticamente desnortada.
¿A qué responde esta sobreactuación tan ruidosa como vacía? Todo apunta a que la hipótesis demoscópica es la correcta: los despachos de la derecha deben de estar manejando encuestas internas que no les aseguran, ni de lejos, la Moncloa. El pánico a un nuevo ciclo sin tocar poder, explica la prisa, el trazo grueso y esa ignorancia impostada (o real) dispuesta a sacrificar el bienestar de las mayorías con tal de alimentar el ruido.
Olvidan que el poder no se conquista solo con desearlo, sino ofreciendo un horizonte de país. Y hoy por hoy, el PP solo ofrece un desierto.
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