jueves, 2 de julio de 2026

La balanza


Dice la historia que la Justicia es ciega, y nos la muestran con una venda en los ojos para no mirar a quién juzga y una balanza en la mano para medir las verdades con milimétrica equidad. Pero en estos días y en esta tierra cansada, la venda o se ha caído, o lo que es peor, se la han puesto al revés, para que pueda mirar de reojo el carné de identidad del acusado. Los señores de las togas, en sus palacios de mármol y en sus silencios antiguos, han descubierto que les gusta jugar a alquimistas. No quieren transformar el plomo en oro; prefieren transformar las sospechas en sentencias y las certezas en olvidos. Dicen defender la ley, pero la ley se ha vuelto una cuerda que solo aprieta los cuellos que miran hacia la izquierda.

Hay un hombre en el palacio de gobierno y una jauría de perros con papeles y citaciones persiguiendo su sombra, rozando los talones de su familia, en un chantaje escrito con tinta de odio: o te vas, o te encerramos. Mientras tanto, el corruptor de turno, el que lleva en sus manos el botín y la boca llena para repartir confesiones a la carta, camina libre, premiado con el aire puro, porque sus mentiras sirven para alimentar el fuego de las hogueras de algunos. La memoria de los tribunales es asimétrica. Para unos, el peso implacable del martillo; para los otros, la benévola mirada del perdón anticipado. La justicia, que debiera estar en casa de todos, se ha mudado al barrio donde solo pueden vivir unos pocos.

El miedo y el asco recorren las calles, masticando la indignación de saber que los derechos conquistados a pulso pueden ser borrados de un plumazo judicial. Se huele en el aire que se acerca de nuevo un tiempo gris, como aquel de hace ochenta años, donde la información será delito y el retroceso será la norma. Murmuran en las esquinas que "El sistema está podrido". Algunas instituciones, otrora  fundamentales, se han convertido en el brazo armado de los que no necesitan presentarse a elecciones para mandar.

¿Qué nos queda entonces? Queda la gente, la memoria que no se rinde, el voto masivo contra los fantasmas del pasado, y los pies que dudan si salir a la calle, para no romper nada más que el silencio. Pero también para recordarles a los señores del poder que la democracia no pertenece a los tribunales. Es propiedad de los que tienen sus ojos abiertos y de quienes la defienden. Y ustedes de propiedades si entienden.

A cabalgar hasta enterrarlos en el mar. 


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