Ocurre cada verano. Las llamas engullen miles de hectáreas. El mismo triste espectáculo de cada año. Humo en el monte y humo verbal en paralelo, este más denso, tóxico y profundamente indocumentado. Aprovechando los crujidos de las ramas al quemarse y la angustia de las vecinos evacuados, redes y las tertulias se convierten en un polvorín de cuñaos y conspiranoicos. Las perlas usadas: “Han dejado arder el monte a propósito”, “los ecologistas no dejan limpiar”, “lo queman para poner molinos”. No solo demuestran desconocimiento de la gestión forestal y de cómo se comportan los incendios, sino que son una falta de respeto brutal hacia quienes se juegan la vida en la primera línea de fuego.
El enfado de un vecino que ve acercarse las llamas a su ventana es profundamente legítimo, porque el pánico nos borra a cualquiera los criterios técnicos. Pero lo que no se puede tolerar es la instrumentalización del dolor por creadores de opinión, pescadores profesionales en ríos revueltos para lanzarnos sus falsas narrativas. Voy a exponer algunas de las que es fácil escuchar o leer en estos días.
La primera gran mentira, posiblemente la que más está calando, es un supuesto “abandono” para beneficiar a las personas. Resulta increíble escuchar denuncias con indignación, sobre como los medios de extinción se han concentrado en proteger los núcleos urbanos mientras dejan que el monte vecino al pueblo se queme. A quienes eso afirman, una pregunta ¿Desde cuándo la vida humana es menos importante que un bien material o medioambiental? Para mí nunca, y creo que, para nadie, ni siquiera para quienes se quejan de esto. Si tienen alguna duda al respecto pregunten a los familiares de los fallecidos en los incendios que se lo aclararan rápido.
La doctrina de emergencias no permite la duda y la zanja de manera tajante: en un incendio fuera de capacidad de extinción, los de última generación que generan sus propias condiciones meteorológicas, la prioridad absoluta es la vida. Elegir que es primero, como el triaje en un accidente, no es abandonar; triar es evitar muertes en un escenario donde los recursos, por definición, no son infinitos.
El segundo gran bulo es el dueto “ecologismo y burocracia”. Se repite como un mantra que el monte se quema porque ya no dejan coger leña, ni está prohibido coger piñas, ni meter a las ovejas. La realidad socioeconómica es bastante más amarga y con bastante menos conspiración: el monte no se ha abandonado por un proteccionismo de decreto ministerial ni por fanatismo ecologista, sino por el éxodo rural. Que fácil parece olvidarse el fin de la economía de subsistencia, la despoblación de nuestros pueblos y el cambio de fuentes de energía que son las causas que sepultaron los usos tradicionales.
Muchos se quejan de que hacen falta rebaños de ganado para que limpien el bosque, pero ninguno está dispuesto a irse a ese pueblo a ser el pastor de ese rebaño tan necesario. Limpiar el monte cuesta dinero y mano de obra, dos cosas que escasean en una España rural de la que solo nos acordamos cuando arde.
Y ayer escuché otra de las afirmaciones que solo puede surgir en las mentes que solo piensan en la especulación. Que sesudos tertulianos afirmen en 2026 que se queman los montes para “poner placas solares” o “recalificar pisos” es de una ignorancia tan brutal, cuando no de un intento de partidismo descarado, que mejor harían los moderadores de esos programas en públicamente callarlos. Ellos saben perfectamente, por lo tanto, mienten deliberadamente, que la Ley de Montes, blindó el suelo forestal quemado con una prohibición de cambio de uso de al menos 30 años. Pero claro, en estos tiempos que nos ha tocado vivir, en los que la conspiración siempre es más seductora que la compleja realidad del cambio climático, la continuidad de la masa forestal y la falta de gestión del territorio durante las estaciones frías, esa es una teoría que a alguno le parecerá aplicable a un gobierno corrupto, porque curiosamente quienes la proclaman también proclaman que detrás de todo está la corrupción.
Si de. verdad se quieren apagar los incendios, no se puede esperar a que se divise la columna de humo. Para empezar a hacerlo, lo primero es tomarse en serio el diseño del paisaje y no meter casas o edificaciones donde no se debe; lo segundo sería ayudar a la ganadería extensiva que aún resiste y apoyar a quienes tengan esa iniciativa y no a alas macrogranjas; pero sobre todo a que las CCAA se tomen en serio la ordenación territorial y la educación ambiental en las escuelas e institutos. El gran reto al hablar de incendios es separar el dolor legítimo de los vecinos golpeados de las explicaciones conspiratorias que ignoran la complejidad del cambio climático, la continuidad del combustible forestal y la física de los grandes incendios.
Mientras sigamos alimentando el fuego de la demagogia y solo buscando culpables que nunca somos nosotros, seguiremos cometiendo el mismo error año tras año: exigir soluciones mágicas en agosto a problemas que hemos ignorado durante todo el invierno de este año, el anterior y del anterior al anterior. Menos ruido en las redes y más rigor en el territorio.
El monte no necesita ser defendido ni en una tertulia ni desde un teclado de un periodista o un creador de contenidos en redes. El monte lo que necesita es que lo entiendan.
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