Hay algo fascinante en la soltura con la que Feijóo se lanza a explicar fenómenos complejos. Posee ese talento innato del tertuliano de sobremesa que, tras ver un documental a medias, se siente capacitado para dar lecciones magistrales de termodinámica, botánica o gestión de emergencias. Su última incursión en la ciencia aplicada, explicando con asombrosa desenvoltura el comportamiento de los incendios forestales, ha vuelto a dejar al descubierto una constante de su liderazgo: la audacia de quien habla sin dominar la materia y la fatalidad de quien, intentando parecer un gestor solvente, termina hundiéndose en el charco que él mismo acaba de pisar.
El fenómeno no deja de ser revelador. Nos vendieron a Feijóo como el arquetipo del "gestor gris pero eficaz", un barón autonómico curtido en la Xunta que traería rigor y sosiego a la política nacional. Sin embargo, el contraste entre el mito del tecnócrata y la realidad del candidato resulta demoledor. Un país tan diverso, territorialmente complejo y estructuralmente sofisticado como la España del siglo XXI no se puede dirigir a base de intuiciones ni de argumentarios improvisados en el trayecto en coche hacia el mitin de turno.
El problema de Feijóo con los incendios no es una simple anécdota meteorológica o un lapsus desafortunado. Es un síntoma de algo bastante más profundo: la incapacidad para comprender la complejidad del Estado y de los desafíos del presente. Quien aspira a presidir un Gobierno no necesita ser un brigadista forestal, ni un catedrático de física de fluidos, ni un experto en macroeconomía; lo que necesita es rigor intelectual, la humildad suficiente para dejarse asesorar y el criterio mínimo para no pontificar sobre lo que desconoce. Cuando un líder político prefiere la ocurrencia antes que la prudencia institucional, el barniz de "hombre de Estado" se vuelve oxido y moho a una velocidad pasmosa.
España es un país atravesado por la emergencia climática, la transición ecológica, la tensión territorial y una economía crecientemente digitalizada e interconectada. Pretender gobernar esa realidad con recetas caducadas y un conocimiento de la materia que roza la literatura fantástica es, en el mejor de los casos, una imprudencia; en el peor, una enmienda a la totalidad a la solvencia que exige llegar a la Presidencia del Gobierno.
A este paso, la estrategia de la derecha no podrá consistir solo en convencer a los ciudadanos de las bondades de un programa socioeconómico aún hoy desconocido, sino en rezar para que en la próxima rueda de prensa no le pregunten a su candidato por la física del fuego, la ley de la gravedad o el ciclo del agua. Porque si para apagar un fuego político Feijóo necesita avivar las llamas de la comedia involuntaria, el viaje a La Moncloa se le va a hacer infinitamente largo.
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