Feijoo no da el nivel para presidir un país. El episodio de Venezuela no es un desliz aislado más, sino el espejo que le devuelve a la derecha la imagen del líder que tiene, un dirigente de segunda fila, sin formación en política internacional, incapaz de entender el momento histórico y dispuesto a alinearse con la barbarie trumpista aunque eso suponga dinamitar los principios más elementales del derecho internacional. Su torpeza no es una cuestión de más o menos suerte, porque desde que llegó ha demostrado no solo carencias estructurales en su equipo, sino una indigencia intelectual y moral que se ve cada vez que abre la boca.
No esperen más. Feijoo aparece como lo que es: un político de segunda división que haría el ridículo en el gobierno porque es imposible que ni un gran equipo de asesores pueda tapar unas carencias tan evidentes. El caso de Venezuela ha dejado a la luz pública su ignorancia, su falta de preparación y un personaje con unas luces tan escasas que la metáfora de la “talla política de caracol” se le queda corta. Un supuesto aspirante a estadista que solo es capaz de encadenar soplapolleces no es que pueda estar desorientado, lo que está es descalificado.
Miren los últimos siete años. El PP que ahora lidera Feijoo no tiene programa ni idea de programa, porque su único horizonte se limita a echar al PSOE, no para gobernar mejor, sino para volver a ordeñar la vaca de los recursos públicos, como hicieron en tiempos de Aznar y Rajoy. La política del PP se reduce a un monotema: ir contra Sánchez, aunque eso implique apostar siempre mal, quedarse solo en el tablero internacional y demostrar que los derechos de otros pueblos le importan un comino. En sus posturas no hay defensa de los intereses nacionales, solo rezuma rencor, relato y cálculo partidista pero cortoplacista.
Y a la derecha española esto no debería sorprenderla en absoluto. La trayectoria de Feijoo en Galicia ya mostró a un mal gobernante, cínico, mentiroso y capaz de vender a su propio país con tal de alcanzar sus objetivos personales. Hoy, con traslado forzoso a la política estatal, se ha confirmado que no tiene futuro, porque como estratega tiene el nivel de un topo y encima está rodeado de un equipo que ha demostrado un nulo potencial. Lo que se ve no es una derecha moderna, sino una banda de apesebrados de la política sin proyecto, con un jefe que encarna la ignorancia y la mala fe en un partido sobrado de mentiras, corrupciones, ruindades y vilezas.
Cuando muchos ciudadanos describen a Feijoo como “el tonto del pueblo” de la política española, no están apelando al insulto fácil sino a una percepción compartida, la de un dirigente que no entiende el mundo que pisa. Verle hablar basta para que recuerde “El tonto Simón”: no hay altura intelectual, no hay reflexión, no hay prudencia, solo ocurrencias al dictado del odio a la izquierda. Pedirle “altura de miras” a alguien así es no haber entendido nada. A ver si se dan cuenta de una vez los mini empresarios convencidos de ser multinacionales, quienes todavía esperen de él una mínima solvencia, que se lo hagan mirar porque carecen de capacidad de análisis.
Entérense, señores votantes, aunque pocos lean este texto, Feijoo, en realidad, es un inútil e incompetente mamarracho colocado en primera línea para recibir los golpes de una oposición asquerosa, hasta que Aznar decida sustituirlo por otro peón más útil. Mientras tanto, nos toca verlo mostrándose dispuesto a rendir pleitesía al nuevo dictador fascista Trump, aunque el precio sea aplastar derechos y democracias en Europa.
Ese es el verdadero retrato: no el del líder que guía un país, sino el de un gañán estúpido que se ofrece como subalterno del imperio a cambio de una foto, un sillón y un ratito de poder prestado. Esperemos que no le oigamos decir que “No es presidente de Venezuela porque no quiere”. Capaz es.