miércoles, 18 de febrero de 2026

El bloqueo a Cuba: un crimen en silencio

Pocas causas reúnen tanta hipocresía global como la que sufre Cuba. Mientras en los foros internacionales se habla de derechos humanos y cooperación, el pueblo cubano sigue condenado a una escasez impuesta, metódica y calculada desde hace más de seis décadas. No es una metáfora ni una exageración retórica: el embargo económico, comercial y financiero de Estados Unidos constituye un castigo colectivo que bordea, como afirman los juristas de la ONU, la definición de crimen de lesa humanidad.

Se denuncia con dolor el hambre, la falta de medicamentos y las incubadoras apagadas. Este texto no es un panfleto, sino una exposición pública del daño estructural que padece toda una nación por decisión política ajena a sus fronteras. Desde 1962, el bloqueo ha evolucionado hasta convertirse en una red legal totalizadora. Hoy impide transacciones bancarias, prohíbe a terceros países comerciar libremente con La Habana y penaliza a empresas por realizar operaciones legítimas. En 2024, las pérdidas acumuladas superaban los 160.000 millones de dólares, según cifras de Naciones Unidas; cada año la Asamblea General vota, casi por unanimidad, por su fin, y cada año Washington ignora la resolución.

En el terreno humano, las consecuencias son brutales. Según el Ministerio de Salud Pública de Cuba, más del 80 % de los medicamentos esenciales requieren algún componente que debe importarse. Las sanciones estadounidenses impiden acceder incluso a fármacos de origen europeo si contienen patentes o materiales estadounidenses. Lo mismo ocurre con equipos hospitalarios, piezas de automoción o simples jeringas. En hospitales pediátricos y maternidades se han informado interrupciones en servicios por falta de combustible o repuestos: la política sancionadora llega hasta las incubadoras.

En el ámbito alimentario, la Oficina de Planificación de la ONU para el Desarrollo (PNUD) ha documentado que las restricciones financieras y de transporte encarecen hasta un 30 % el costo de los productos importados, afectando la disponibilidad de productos básicos. Se llama “medidas coercitivas unilaterales”, pero su resultado son abuelos sin tratamiento, madres en lista de espera, niños con hambre.

El mayor daño, sin embargo, no proviene sólo de Washington, sino del silencio de quienes, en nombre del pragmatismo o la “transición democrática”, callan ante la evidencia. El bloqueo no castiga a un gobierno: castiga a su pueblo y condiciona cualquier posibilidad de reforma estructural. Convertido en herramienta electoral en el Estado de Florida, el embargo sobrevive por cálculo político y prejuicio ideológico, no por eficacia ni justicia.

Mientras tanto, los mismos países que sancionan a Cuba aceptan relaciones plenas con estados donde los derechos civiles son mucho más restringidos. ¿Qué explica esa incoherencia? Tal vez que Cuba, con todos sus errores, simboliza todavía la idea intolerable de que un pequeño país puede sostener su soberanía frente al vecino más poderoso del planeta.

Los cubanos no quieren caridad, quieren que los dejen vivir en su isla; es una más de todas las sociedades que sufren sanciones como forma de guerra. Cada generación repite la misma pregunta que resume esta tragedia: ¿qué legitimidad tiene una democracia que, en nombre de la libertad, impone hambre a los pueblos que disienten de su modelo?

Terminarlo sería un gesto mínimo de coherencia para un mundo que dice defender la dignidad humana, pero que la somete cada día.


martes, 17 de febrero de 2026

Felipe González

Sigues hablando de Bildu como si España no hubiera cambiado en treinta años. Como si el tiempo se hubiera detenido en aquella foto en blanco y negro donde tú eras el héroe de la modernización y los demás vivíamos en el error o en el pecado de la duda. Pero el país ya no está en los ochenta, Felipe. Aunque a veces dé la impresión de que tú sí te quedaste en esos años.

Bildu no es ningún accidente de nuestra democracia. Tampoco una trampa.  Muy al contrario, es el resultado de un proceso político que costó sangre, sudor, lágrimas, rupturas internas y valentía. También de muchos socialistas, los primeros vascos, pero también de otros de muchos rincones de España, que apostamos juntos por cerrar el ciclo de las armas y abrir el de las palabras. Esa transición parece que la hicieron otros, no tú. Y la mayoría de ellos la pagaron muy cara.

Hace más de una década que ETA se disolvió y que la izquierda abertzale renunció sin ambigüedad a la violencia. Nadie en Bildu ha ensalzado el terrorismo desde entonces. Y, sin embargo, ahí sigues tú, mirando por el retrovisor, repitiendo las consignas de la derecha, desempolvando aquel discurso de que “con Bildu no se puede”, como si la política fuera un museo donde los viejos líderes os dedicáis a señalar errores ajenos en vez de asumir tus propias sombras.

Lo irónico es que tú, que tanto hablas de memoria, pareces sufrir de una muy selectiva. Hace años que existe una renuncia explícita al terrorismo, y nadie en Bildu ha vuelto a justificarlo ni a glorificarlo. Negarlo no es firmeza moral, es ceguera deliberada. Porque fue tu propio partido, aquel PSOE que tú dirigiste durante trece años, el que participó en los esfuerzos por la paz, el que ayudó a empujar a la izquierda abertzale hacia la política y no hacia las armas. Hoy esos mismos compañeros te están viendo negar el fruto de esa apuesta colectiva solo para marcar distancias y conservar un absurdo púlpito mediático.

Felipe, el tiempo de las trincheras ya pasó. La convivencia no se construye con desdén ni nostalgia, sino con política. Y política, en democracia, significa hablar con todos los que respetan sus reglas, también con quienes antes callaban a tiros. Si no puedes entender eso, quizás el problema no sea Bildu. Quizás el que se haya quedado congelado en el pasado seas tú.

¡Ah! Y si has decidido no votar a tu partido y votar en blanco, hazlo, que el voto siempre fue libre, gracias entre otros a un tal Felipe, al que hoy ya es difícil reconocer en tí.

Silencio después del portazo.


Silencio después del portazo.
Éramos tan diferentes, que pensar en que entre nosotros pudiera surgir alguna llama, siempre lo creí imposible, y pensar en que aquello tendría futuro, era para mí una entelequia. Lo supe desde el primer día, aunque me empeñé en ignorarlo. Ella hablaba con esa tibieza del sol en invierno, y yo, en cambio, estaba lleno de certezas, tantas que a veces se me caían de los bolsillos Una de ellas era que el amor bastaba para arreglarlo todo. Me equivocaba, porque solo amar, nunca es suficiente, nunca basta.
Recuerdo la tarde en que las promesas que nos hicimos parecían eternas. Veo aquel bar de pareces marrones, con olor a café y con la lluvia de otoño nublando las ventanas. Me prometió que aquel amor seguiría siempre, y yo la creí con una la misma fe con la que un niño cree en los magos. Estábamos convencidos que las promesas podrían fortalecerse con el tiempo. Qué necios fuimos, nos equivocamos.
Porque desde el principio no me resultaba fácil entenderla. Decir si a algunos de sus planteamientos me hacía sentirme raro, como si cada una de tus palabras pudiera romper algo en mi interior. Entenderla era aceptar que estabas lejos incluso cuando sonreía a mi lado. Empezaba a escuchar silencios resignados. Hoy miro alrededor y todo aquello parece detenido en un pasado, como si el aire hubiera decidido marcharse y mantenerlo suspendido.
Al marcharse, el ruido más fuerte no fue el portazo, sino el silencio de después. Creí que iba a llorar, pero me di cuenta de que ni siquiera tenía lágrimas. Solo me quedé ahí, sentado (o de pie, no lo sé), intentando acostumbrarme a esa nueva forma del vacío. No la culpo. Nadie nos enseña qué hacer con lo que se rompe. Nos entrenan para la catástrofe, no para el dolor por goteo. Pero lo nuestro se fue filtrando, poco a poco, hasta dejar solo esta humedad de recuerdos.
Lo que mata el amor es la inercia, y resistir cuando el amor se ha ido, mientras se finge que todavía queda algo pendiente, es inercia. Y entonces siempre llega el infierno por el miedo a reconocer lo que ya no somos, y mantener una esperanza en algo que no existe. Luego la soledad se convierte en un hábito, y eso nubla las mirada de la memoria. Y el miedo vuelve, aunque nadie grita. En las verdaderas despedidas solo se escuchan murmullos, y a veces se oye el chasquido de algo que se rompe dentro. El amor ,cuando duele, deja de ser algo de dos juntos y se convierte en dos en sus respectivas trincheras.
Y sin embargo, a veces la recuerdo, no por nostalgia, sino porque hubo cosas que nunca aclaramos y esas siempre se quedan a vivir en las grietas de la vida. Me refugie para olvidar en nuevos proyectos, en nueva gente. Pero cada vez que el cielo se apaga un poco, vuelven a mi mente los reproches mezclados con ternura. A veces el amor se nos escapa por las heridas, sin avisar, sin señalar culpables, sin posibilidad de curación.
Lo nuestro fue un error, aunque lo imaginábamos milagroso. Creíamos que amar era suficiente, pero el miedo devoró todo. Hoy el aire pesa un poco más. Pero, aun así, cuando cierro los ojos, sigo viendo su silueta cómo cruza detrás de la niebla en el cristal en la ventana de aquel bar. El adiós era la única forma de no seguir haciéndonos daño. Dicen que el amor no se acaba, que solo se transforma. Yo no sé si es cierto, pero me consuela pensarlo.
No le guardo rencor. Tampoco la idolatro. Es solo el recuerdo de algo que mereció ser verdad, aunque no al final no lo fuera. No sé si ella leerá esto. Tampoco sé si quiero que lo haga. Pero hay cosas que no se dicen para ser escuchadas, sino para no seguir callándolas.

Hasta cuando es soportable el ruido

¿Habrá servido para algo el acto institucional, presidido por los reyes, para conmemorar la Constitución de 1978? Sinceramente creo que no. El espíritu de consenso constitucional se quedó atrás. Nadie en el Congreso parece escuchar realmente lo que el rival político le dice. Las palabras han dejado de ser puentes para convertirse en piedras y el discurso en un apedreamiento. La derecha y la ultraderecha, una con su tono de falsa moderación, y la segunda con su voz de trueno, parecen disputarse quién es capaz de tensar más la cuerda del desprecio. Ellas no hablan de políticas, ni de sanidad, ni de vivienda, ni de los jóvenes que se marchan ni de los viejos que esperan. Hablan de “ellos” y de “nosotros”. De “ellos corruptos” y “nosotros los patriotas”.

Detrás de cada frase solo se percibe acidez: la sospecha sin pruebas, la injuria elevada a estrategia, el odio disfrazado de convicción moral. Y lo más triste no es escuchar a los lideres, sino ver cómo tantos aplaudían desde las gradas, convencidos de que destruir al adversario era ganar, aunque quien pierda sea el pueblo. No entienden, o no quieren entender, que cuando se siembra desprecio contra media España, es el propio país el que se pudre por dentro. Que cada vez que llaman “cómplice” o “traidor” al vecino que vota distinto, hacen más difícil esa convivencia que tanto dicen defender.

España no necesita mártires del insulto ni profetas del miedo. Necesita líderes que recuerden lo esencial: gobernar es servir, y oponerse es ofrecer alternativa, no incendiar la casa común. Porque cuando se olvida la dignidad del otro, cuando la política se convierte en venganza y la discrepancia en delito, el ruido sustituye a la palabra y la mentira se sienta en el escaño. Y entonces, de tanto gritar, acabamos no oyendo la parte humana inherente a la política.

¿qué desgracia debe ocurrir para que dejen de sembrar odio?

Pues no. don Felipe VI, el acto institucional para conmemorar la Constitución de 1978 no ha servido para hacer país.

Los momentos terroríficos de lucidez.

Aquella tarde de domingo que les visité, la casa olía a sopa caliente y a fotos antiguas. En la radio que había en su despacho junto a montones de carpetas con papeles, sonaba una canción que hablaba de una mujer que se deshilachaba por dentro, y Nuria, sin saber por qué, bajó el volumen justo cuando el estribillo pronunciaba un nombre que no era el suyo, pero podría haber sido. Juan estaba en la cocina, peleándose con un puñado de perejil como si estuviera realizando una operación a corazón abierto.

-Si sigues triturándolo así, va a pedir el alta voluntaria, 

dijo Nuria, en tono de broma desde el quicio de la puerta de la cocina. Él levantó la vista, y sonrió con ese gesto torpe que llevaba años gesticulando solo para ella.  

-Es que quiero impresionarte, mujer. No todos los días se cumplen cincuenta y dos años desde la primera vez que me dijiste que no.  

La memoria compartida entre los dos estaba hecha de negativas que acababan en síes, de billetes de tren perdidos, de habitaciones de hotel y de mudanzas con cajas numeradas, pero que algunas luego nunca abrían. Habían aprendido a vivir con poco, incluso menos que poco: les sobraba con la certeza de que el otro seguía ahí al despertar. Eso era más que suficiente.  

La primera vez que Nuria notó algo raro fue una tontería, como casi todo lo importante. Volvían del supermercado y él, que siempre se adelantaba para abrirle el portal, se quedó quieto en la acera, mirando el edificio como si fuera la casa de otro.  

-¿En qué piso vivimos?, preguntó, con una risa que intentó sonar ligera.  

Nuria pensó en un despiste.  

-En el cuarto, Juan, donde siempre. ¿Qué pasa, te has mudado sin avisarme?  

Él asintió, fingiendo una broma:  

-Es que hay días que mi cabeza se da una vuelta sola.  

El comentario se quedó flotando en el pasillo de la casa, pegado a las paredes como si se tratara de humedad. Pasaron semanas. Luego meses. Pequeños olvidos: las llaves en la nevera, la olla guardada en el armario junto a los abrigos, un recibo de la luz guardado en la funda de la guitarra que, desde que su hijo se fue a Irlanda, ya nadie tocaba. Nuria fue barriendo todos esos olvidos, uno a uno, con la escoba de la costumbre. Hasta que le fue inevitable y empezó a tropezar con ellos.  

Una noche, mientras veían fotos antiguas, Juan señaló una imagen donde se les veía jóvenes, apoyados en la barandilla de un barco que cruzaba el puerto. Ella llevaba un vestido rojo que él siempre recordaba como si fuera de alta costura.  

-Mira qué guapa, dijo. 

-¿Cómo se llamaba esa muchacha?  

Nuria se rio, creyendo que estaba de broma.  

-Se llama igual que la pesada que te recuerda cada día que te tomes las pastillas.  

Juan frunció el ceño, esforzándose.  

-No, en serio, ¿cómo se llamaba? Me acuerdo del vestido, de ese viento en la cara, de que me dije “ahora la beso o me arrepiento toda la vida”… pero el nombre se me escapa.  

El silencio que siguió fue distinto a todos los silencios que habían compartido antes. No era la pausa cómoda de dos que se conocen, era un corte, una costura que se rompía. Nuria sintió, por primera vez, un frío nuevo: no el miedo a perderlo, sino el miedo a que él la perdiera a ella.  

Los médicos pusieron nombre a aquello con la precisión de quien escribe una receta: enfermedad de Alzheimer, inicio insidioso, deterioro progresivo. Palabras de manual para una vida que no cabía en ninguna guía clínica. Nuria escuchó, tomó notas, preguntó, como si el conocimiento pudiera servirle de escudo. Sabía demasiado y eso a veces dolía más.  

Al principio, Juan se reía de su propia confusión.  

-Mi cabeza es un cajón revuelto, decía. Pero tú estás en la primera fila, no te vas a caer.  

Y durante un tiempo fue verdad. Se equivocaba de día de la semana, mezclaba nombres, llamaba “miércoles” a los lunes, pero a Nuria la seguía encontrando incluso a oscuras, solo con la mano extendida en mitad de la noche.  

Luego llegaron los días raros. Esos en los que Juan se despertaba inquieto, preguntando si su madre había bajado ya a comprar el pan, aunque llevaba veinte años muerta. Esos en los que buscaba un libro que nunca habían tenido, o se empeñaba en ir a un trabajo que dejó hacía décadas. Nuria aprendió a acompañarlo en esos viajes sin corregirle demasiado, a no arrancarle las pocas certezas que le quedaban, aunque fueran de otro tiempo.  

-¿Te acuerdas de cuando íbamos en avión a Bruselas a ver a la niña? le preguntó una tarde, mientras él miraba por la ventana, siguiendo con la vista una nube que parecía no moverse.  

Juan tardó en responder.  

-Me acuerdo del avión, dijo despacio. Me acuerdo de estar sentado y pensar “hoy la vuelvo a ver”. Pero el aeropuerto… y tu cara… es como si alguien hubiera desenfocado la foto.  

-Da igual, respondió Nuria, forzando una sonrisa. Yo me acuerdo por los dos.  

Hubo, sin embargo, otros días luminosos, momentos afilados en los que la niebla se abría de golpe. Eran sus particulares terribles momentos de lucidez, como había leído una vez en un artículo sobre una abuela con Alzheimer.  Esos instantes en los que Juan parecía volver entero, no solo en partes.

Ocurrió una tarde de invierno, mientras ella lo ayudaba a abotonarse la camisa. Sus manos temblaban, pero no por la enfermedad.  

-Nuria 

Y el modo en que pronunció su nombre la obligó a mirarle a los ojos, 

-Hay algo que quiero pedirte.  

-Lo que quieras.  

-Cuando ya no sepa quién eres, cuando te llame de otro modo, no me lo tengas en cuenta. Tú sigue viniendo. Haz como si yo supiera que eres tú, aunque no lo sepa.  

Nuria tragó saliva y afirmó  

-Eso no va a pasar.  

-Sabes que sí, respondió él, sin dulzuras. 

-Yo ya lo estoy viendo venir desde dentro, como si alguien apagara las luces una por una. A veces las vuelven a encender de golpe y veo todo claro, y me asusto. No por mí. Por ti.  

Ese día, cuando se quedó dormido en el sillón mientras veía la televisión, ella se sentó frente a él y lo miró largo rato. Intentó grabarse en la memoria todos sus gestos: la forma en que torcía la boca al respirar, la arruga marcada entre las cejas, la pequeña cicatriz junto a la oreja que antes le gustaba besar. Se dijo que, pasara lo que pasara, lo sostendría hasta el final. Aunque fuera ella quien tuviera que recordar por los dos.  

El deterioro fue avanzando con la crueldad implacable de un calendario que pasa de hoja incluso cuando nadie lo mira. Había días en los que Juan estaba casi ausente, sentado en la butaca, siguiendo con los ojos algo que solo él veía. Otros en los que volvía al salón un poco y le preguntaba, como quien despierta de un sueño raro:  

-Estamos casados, ¿verdad?  

-Desde hace cincuenta y dos años, contestaba Nuria.  

-Pues ya has tenido paciencia, 

bromeaba él, y por un momento eran los mismos que se habían reído del perejil en la cocina.  

Una mañana, en el centro de día al que empezó a asistir, llamaron a Nuria porque Juan estaba muy agitado. Llegó con el corazón en la garganta. Lo encontró en un pasillo, enfadado con su propio reflejo en un cristal.  

-¿Quién es esa mujer? preguntaba, señalando la nada. La que dice que soy su marido.  

Ella se le acercó despacio, como se acerca uno a un animal herido.  

-Soy yo, Juan.  

Él la miró, desconcertado. Algo en sus ojos destelleó, como una bombilla a punto de fundirse.  

-No. Tú eres… tú eres…  

Se quedó en blanco. Entonces, de un rincón remoto de su mente, llegó una chispa:  

-Tú eres la que siempre se ríe cuando lloro.  

Nuria sintió que se rompía por dentro.  

-Sí. Esa misma.  

A partir de entonces, dejó de insistir en su nombre. Le bastaba con que, de vez en cuando, él la reconociera por la forma de sujetarle la mano, por la manera de cabezonería y testarudez de colocarle la bufanda, por el modo en que le contaba por décima vez la historia del avión y del vestido rojo. Su identidad ya no le cabía en una sola palabra. Era todo lo vivido.  

En una de esas tardes en las que el tiempo parecía detenido, se sentaron juntos frente a la ventana de la casa a la que se mudaron para estar más cerca del aeropuerto al que llegaban sus hijos. Afuera, el mundo seguía su marcha: niños que salían del colegio, una señora que se peleaba por plegar un carrito, un perro que se negaba a cruzar la calle. Dentro de él, el reloj marcaba la hora sin prisa.  

-¿Sabes qué es lo peor? susurró Juan, sin apartar la mirada del vidrio.  

Nuria esperó.  

-Que hay una parte de mí que se da cuenta de lo que estoy perdiendo. Es como si viera mis propios recuerdos irse andando en fila india. A veces quiero llamarlos por su nombre, pero no me salen las palabras.  

-Yo los llamo por ti. No los pierdes, se vienen conmigo.  

Pasó el tiempo. Las preguntas de Juan se hicieron más simples: ¿ya es de día?, ¿he comido?, ¿te vas a ir? A veces confundía a las enfermeras con sus tías, dejaba que lo afeitaran como un niño obediente, se dejaba llevar por pasillos que ya no sabía si eran suyos. Nuria acudía cada día, puntual, con una rutina que era su forma de resistencia: le hablaba de los hijos, de los veranos en la playa, del tren que casi pierden aquella vez que regresaban a Albacete, del avión y del vestido rojo.  

Una tarde de otoño, mientras le leía en voz alta un poema que siempre le había gustado, notó que él la miraba de una manera distinta, fija, intensa.  

-¿Qué pasa? Preguntó Nuria bajando el libro.  

Juan abrió la boca, dudó, y al final dijo:  

-Es… curioso.  

-¿Qué?  

-No sé quién eres. Pero cuando estás aquí, tengo menos miedo.  

Nuria sintió que esa frase le atravesaba el pecho como una espada. Se inclinó, le besó la frente, y le respondió:  

-Con eso basta.  

En sus últimos meses, Juan vivió en una especie de orilla. A un lado, el mundo real; al otro, un lugar borroso al que Nuria no podía seguirlo. Allí veía a sus padres jóvenes, a amigos muertos, a un muchacho que era él mismo a los veinte años, dispuesto a subir por primera vez a un avió con una maleta ridícula y demasiados sueños.

La última vez que abrió los ojos con claridad fue una mañana fría. La habitación de la residencia olía a desinfectante y a mandarinas, porque Nuria siempre llevaba algunas en el bolso para pelarlas ahí, llenando el aire de olor a casa. Él la miró como si la viera de lejos, a través de muchos inviernos.  

-Perdona, dijo, con una voz que venía de muy atrás. 

-A veces… a veces pienso que te he olvidado.  

Ella le tomó la mano, cada vez más delgada, y le susurró  

-No pasa nada. Para eso estoy, para acordarme de ti.  

Juan cerró los ojos, y una media sonrisa se le dibujó en la cara.  

-Entonces estoy salvado.  

Cuando él se fue, la casa quedó llena de pequeñas trampas de memoria: la camisa que nunca terminó de abotonarse, el ordenador apagado en una esquina, las miles de anotaciones a bolígrafo que solo él y ella entendían. Había días en los que Nuria sentía que era ella la que empezaba a olvidar, no porque su mente fallara, sino porque su dolor buscaba cualquier agujero donde esconderse.  

Sin embargo, bastaba con que sonara en la radio una canción sobre una mujer que seguía esperando en el muelle de San Blas para que todo volviera de golpe: la cocina, el perejil, el avión, el vestido rojo, el miedo, la ternura obstinada con la que le sostuvo la mano hasta el final.

Entonces Nuria comprendía que el amor, a veces, es eso, seguir diciendo el nombre del otro en voz alta incluso cuando él ya no lo reconoce. Convertirse en la memoria que se queda, cuando la que se va no puede hacer otra cosa que irse.

Las mejillas de Clara

La conocí una tarde de invierno, tenía que complementar una parte de mi trabajo y  buscaba información en la biblioteca del hospital. Mientras releía páginas en el Harrison y repasaba historiales con la resignación de saber que aquello eran datos ajenos a mi paciente, y sin esperanza de hallar una solución a su problema que se había empeorado de manera progresiva en los últimos días, ella entró buscando un libro de anatomía, un ejemplar de esos que alguien nunca llega a devolver. Tenía esa calma que no se impone, que hace que no se mueva el aire, pero elevó el tono con la bibliotecaria al ver la imposibilidad de encontrar el texto que buscaba. 

Dejé mi mesa y me acerqué al mostrador de la entrada a entregar el texto que había consultado. Al escucharla hablar del libro de anatomía que ella solicitaba, intervine. 

-Yo tengo ese texto, no es de la biblioteca, sino mío, pero puedo prestártelo. 

-Pues te lo agradecería, porque lo necesito para un examen. Respondió.

Hablamos unos minutos. Algunas coincidencias menores, un autor, el cansancio… y  quedamos al día siguiente en que pasaría por mi consulta a recoger el texto. Así lo hizo, y desde entonces, sin entender cómo, su voz se quedó alojada en mis pensamientos.

En los días siguientes la veía cruzar los pasillos, siempre con prisa, siempre riendo con otros estudiantes. Yo me decía que era solo una fascinación pasajera, un impulso que me había provocado la rutina de la consulta; pero cada vez que ella pasaba cerca, sentía que el entorno se disolvía. Nos saludábamos y hablábamos, pero las conversaciones perdían palabras. Los relojes pasaban más despacio cuando se acercaba la hora en la que sabía que si salía de mi consulta podríamos coincidir. Con el paso de las semanas su nombre se volvió una constante en mi interior, era como una oración que brotaba sin que yo la invocase.

Cuando por fin empezamos a hablar de verdad, descubrí que su vida era todo aquello que yo más temía: abierta, inestable, llena de holas y de despedidas. Me miraba con ternura, pero desde lejos; como quien intuye un peligro en caso de acercarse demasiado. Yo, en cambio, me aferraba a cada uno de sus gestos, a cada silencio caminando a su lado a la salida del hospital, bajo las luces y envueltos en el frío de la avenida. Ella me hablaba de viajes que había planificado y de cosas que le habían resultado imposibles, y yo fingía entenderla, aunque por dentro solo pensaba en de qué manera podría retenerla un poco más de tiempo.

Una noche al despedirnos me besó, apenas un instante,  un roce breve, pero suficiente para que todo se quedara suspendido en el aire. Desde entonces, no puedo evitar en momentos de soledad volver a ese momento. Se había anclado en mi respiración, en mis sueños interrumpidos, en esa parte del pensamiento donde las cosas no se pueden nombrar sin que al hacerlo te desarmes.

Pasaron más semanas, y aquel amor, que había nacido sin permiso, empezó a doler. Ella aprobó el MIR y sabía que no se quedaría en la ciudad; yo lo intuía, pero fingía no querer verlo. Hasta que una mañana me encontré sobre la mesa de mi consulta una nota con su letra: “Me han dado una plaza en Salamanca. No puedo quedarme. Gracias por recordarme que aún puedo sentir algo.” No hubo escenas de despedida, ni lágrimas. Solo un vacío que dolió más que cualquier despedida. 

Ese día comprendí que amar también consiste en aprender a perder. El tiempo siguió su curso, con cambios de destino, turnos, otras manos, otros nombres en mi vida, pero Clara permaneció en esa zona dormida de mi memoria, donde yo la conservaba, sin dolor, sin rencor. 

Hasta que, años después, una tarde cualquiera, tras un congreso regresaba en tren, y la encontré en una estación. No la reconocí de inmediato: llevaba el cabello más corto y la serenidad en ella que recordaba era distinta. Nos miramos, y algo en su sonrisa recuperó, por un segundo, aquel largo invierno que había quedado suspendido.

-¿Cómo estás?, preguntó con timidez y cierta complicidad.

Le respondí algo simple, breve, casi torpe. La invité a un café y hablamos unos minutos, sobre el trabajo, los años, la vida. Todo era algo natural, pero mentiría si no dijera que bajo la superficie de normalidad, latía una ternura callada, una deuda emocional ya saldada. Antes de irse, me tocó el brazo, apenas un gesto y dijo:

-Fue bonito. Que te vaya bien.

Nos dimos dos besos de despedida. Mis labios volvieron a rozar sus mejillas, ahora frías del aire del andén. La vi alejarse hasta que su figura se volvió parte del gentío que se agolpaba para tomar el tren. Y aunque supe que esa sería la última vez, no sentí tristeza. Solo gratitud. 

Ese día Clara dejó de ser un pensamiento doloroso para volverse parte de lo que me hizo humano: uno de esos recuerdos que, de tanto dolernos, acaban enseñándonos a amar mejor.

Cuando el ajuste mata: la infancia abandonada de la política argentina.

Algunos argentinos residentes en España hablan de las bondades para su país que son resultado de la política de Milei. Pocos han decidido retornar a su país pese a esas logros que afirman. Pero hay otros asuntos en cuyo análisis es imposible encontrar aspectos positivos, quizás es que los desconocen o no le otorgan la importancia que tienen para los ciudadanos de a pie.

Lo cierto es que en Argentina las estadísticas hablan un idioma que, si se escucha, cualquiera entiende: cuando sube la mortalidad infantil, algo muy serio se ha roto mucho antes que los números. Por primera vez en unos veinte años, esa curva que venía bajando casi en silencio empezó a subir, justo cuando el Estado decidió retirarse del mapa sanitario y tratar la salud pública como un gasto prescindible y no como la línea roja que separa la vida de la muerte en los primeros meses de existencia.  

Durante dos décadas, Argentina fue limando, décima a décima, la mortalidad infantil hasta llevarla a mínimos históricos, un esfuerzo materializado en controles prenatales, redes de neonatología, programas perinatales, y trabajo territorial con las comunidades más pobres. No eran grandes gestos de marketing político, sino la suma paciente de decisiones técnicas y presupuesto estable. Allí donde el Estado llegaba con vacunas, leche, controles y camas de UCI neonatal, la mortalidad bajaba; donde no llegaba, la biología no perdonaba.  

La novedad de estos últimos meses no es solo que la tasa haya aumentado, sino que lo haga en el contexto de un programa político que reivindica el “sálvese quien pueda” como doctrina económica y moral. No es un accidente estadístico, es un síntoma. Cuando el gobierno convierte el ajuste en un fin en sí mismo, los bebés empiezan a pagar la factura antes que nadie. No votan, no hacen huelga, no paran carreteras. Simplemente dejan de sobrevivir su primer año de vida.  

Los recortes no se limitan a un aspecto, van más allá y se concretan en el desguace de programas que estaban diseñados, precisamente, para hacer la diferencia entre la vida y la muerte entre los más frágiles. El programa de Sueño Seguro, que entregaba cunas para reducir el riesgo de muerte súbita en contextos precarios, se ha reducido o directamente paralizado en muchos territorios. El Programa Nacional de Cardiopatías Congénitas, que organizaba la detección temprana y la derivación para cirugía de bebés con malformaciones cardíacas, ha sido vaciado hasta quedar casi en figura decorativa. Lo mismo ocurre con estrategias contra el embarazo adolescente no deseado, como el plan ENIA, desmantelado pese a haber demostrado que prevenir embarazos no es una cuestión de moralina, sino de oportunidades y derechos.  

Hay una lógica que se repite: todo lo que exige presencia activa del Estado, coordinación entre niveles de gobierno, trabajo social y sanitario de proximidad, se considera “gasto”. Frente a esa lógica, la mortalidad infantil no tarda en verse afectada. Si se recortan equipos, se despide personal, se frenan compras de suministros críticos, se ralentizan derivaciones y se abandonan campañas de prevención, el resultado no puede ser otro que menos bebés con vida en el segundo cumpleaños. La estadística solo certifica lo que las familias de las villas, de los barrios pobres urbanos y de los pueblos del interior ven antes que nadie.  

El discurso oficial promete que, donde se retira el Estado, florecerá la libertad de elegir: elegir médicos, clínicas, seguros, servicios “eficientes”. Pero la biografía de un recién nacido pobre no se parece a ese catálogo estatal de opciones. La madre que camina kilómetros porque su centro de salud se quedó sin personal, la ambulancia que no llega porque ya no está o porque no tiene combustible, la ecografía que se pospone, la cama de neonatología que no existe en el hospital de referencia. Ése es el verdadero “mercado” que se encuentran quienes dependen del sistema público.  

La mortalidad infantil es desigual, al concentrarse en las provincias más pobres, en los barrios donde el agua potable sigue siendo un lujo y la vivienda una precariedad permanente. Cuando el Estado se desentiende de coordinar, financiar y sostener una red mínima de garantías, lo que se consolida no es un país más eficiente, sino un mapa de supervivencia por código postal. El ajuste sanitario es, en la práctica, un nuevo mecanismo de selección social: sobreviven más los que pueden pagar un sanatorio, una cesárea programada, un neonatólogo privado; se mueren antes los que dependen de una guardia saturada y de un hospital público en fase de desguace.  

A menudo se presenta la mortalidad infantil como un dato frío en un cuadro estadístico: 8, 8,5 por mil, una décima arriba o abajo. Pero detrás de cada decimal hay decenas de historias familiares truncadas y un mensaje político claro: este país ha decidido, de hecho, cuánta vida infantil está dispuesto a sacrificar para cuadrar sus cuentas. Cuando después de veinte años de descenso la curva se da vuelta justo en el momento en que se recortan presupuestos, se cierran programas y se precariza al personal sanitario, ya no estamos ante una coincidencia trágica, sino ante una coincidencia incómoda.  

Lo que no aparece en los titulares de la prensa (el consultorio que cierra, la enfermera despedida, el área de vacunas no dotada) reaparece condensado en los indicadores sanitarios que pasan a ser una forma de denuncia. Cada aumento en la mortalidad infantil es una acusación contra quienes reducen el Estado a algo que les estorba y que consideran la política social como un privilegio injustificado. Así, lo que llaman “desregulación”, “orden fiscal” o “libertad de mercado” se traduce, en la incubadora que falta, en menos respiradores y en menos manos para sostener la vida que acaba de  empezar.  

Toda reforma económica tiene consecuencias, pero hay fronteras que una sociedad mínimamente decente no debería cruzar: que los bebés vuelvan a morir más que antes. El Estado puede discutir cómo se organiza, como gestiona, qué grado de descentralización y de participación privada permite. Lo que no puede hacer, es retirarse justo de donde su ausencia se mide en nacimientos, en semanas de gestación, en saturación de oxígeno.  Milei está eludiendo esa responsabilidad histórica.

La mortalidad infantil que crece no es un “daño colateral” del ajuste, es su rostro más brutal. En Argentina se ha cruzado una línea. La pregunta, ahora, es cuánto tardará la sociedad en entender que la discusión no va de números rojos o verdes en el presupuesto, sino de algo tan elemental como cuántos de sus hijos tendrán derecho a poder crecer.

Al final, lo que está pasando en Argentina no es un exotismo latinoamericano, sino un espejo incómodo para los partidarios de las políticas de Milei. Igual esto debería leerse desde España en una sola frase: cuando aceptas sin ruido que se recorten, troceen y privaticen tus servicios públicos, no estás discutiendo de gestión o de ideologías, estás decidiendo, quién llegará vivo a su primer año y quién no. Por muchas medallas que le otorguen a Milei esto cuestiona su ideologia.


Cristales sin barrer.

Dejé los cristales de las ventanas sin limpiar, como si en cada mota de polvo sobre ellos se hubiera quedado prendida la vida que tuvimos. Limpié tu carmín del espejo del baño. Pero no pude borrar de mi cara el reflejo de tu recuerdo. Guardé en un cajón las llaves que dejaste sobre la mesa al marcharte. Sabía que no volverías, pero también que no podría olvidarte, que iba a recordar siempre que hubo un tiempo en que estabas en mi casa, en mi cuerpo y en mi alma miedosa a perderte. Quizás por eso, puse tus fotografías en otro cajón del mueble del salón, que se así se convirtió en un pequeño cementerio personal y privado. 

Empecé a sentir que no podía respirar el aire de aquella casa.  Salí a la calle sin saber si iba o venía, pero tenía que caminar, no sé si era huir. Acabé parado en cualquier bar de la noche bailando con mis fantasmas, hasta creo que los invité a tomar algo, para pedirles  que me explicaran, porque siempre me tocaba perder, pero no recibí explicaciones. Estaba convencido de que la vida nunca me repartió cartas buenas. Por ti me había agarrado a todos los clavos ardiendo que fueron apareciendo en nuestros días juntos. Me convencí de haber cumplido promesas que no nunca hice. De inventar señales de amor en el cielo raso de la habitación. Y si algo salía mal siempre eran  casualidades o torpezas del azar. 

Recordaba los días en que quise desaparecer de la faz de la tierra,  olvidarme de tu nombre, silenciar hasta el ruido de fondo de nuestras conversaciones, ahogarme arrastrado por una de mis mareas. Otras, soñaba con descalzarme para quedar contigo en tu sueño sin despertarte, en ese lugar donde nunca discutíamos por nada y siempre había  tiempo para el abrazo. A veces, corría detrás de una mentira que sonara a verdad, cómo la excusa para dormir. Si no, era una frase casi insignificante, que buscaba retrasar su marcha, por miedo a tener que seguir esperándote o seguirte por todas las esquinas.

Ahora que no estás, he buscado señales de vida en todas partes, lo mismo en los destellos de los semáforos de madrugada, que en aquella camarera que sujetaba la copa cómo tú, y hasta en el gato vagabundo que se paraba en mi puerta porque sabía que en esa casa faltaba algo. Sin saber por qué, me aferré a la música, a canciones que sonaban y me hacían pensar en ti, a sonidos que me hacían huir de la tormenta que me arrasaba por dentro. Hubo momentos de querer perderme para no sentir tanto frío. A veces pensaba que solo quedaría contigo a cenar en otra vida.

Pasaron los días y hoy, de repente, entendí porque llegué a quererte tanto, como si por fin pudiera ver nuestra película entera, sin anuncios ni cortes, sin escenas ridículas, con momentos en silencio y hasta con su final. Ya estoy en otro plano, caminando por la misma ciudad, pero con otra sensación en la piel, como si alguien hubiera cambiado las farolas y la nueva luz hiciera que de pronto tu ausencia encajara. El sol ya no me quema, pero tampoco me deja helarme, y bajo ese sol comprendí mi error, haberte vendido mi alma sin condiciones.

Fue bueno conocerte, aunque a ratos hoy duela. Hoy sé que de lo que hubo entre nosotros he aprendido una lección extraña de las que no me habría encontrado en ningún libro. Ahora me había mereció la pena perder la cabeza, sufrir un poquito y otro poco más, para aprender a sentirme vivo, incluso cuando a ratos mi vida era una habitación en penumbra. Hoy puedo decirlo sin temblar: mereció la pena, aunque el precio haya sido ir recogiendo, uno a uno, los cristales que se rompieron entre nosotros y que los dos dejamos sin barrer, porque aprendí a caminar descalzo sobre ellos sin cortarme.


De paciente a cliente: el negocio perfecto con la Sanidad

“En Castilla-La Mancha compartimos el guion de fondo basado en una infrafinanciación crónica, fuga de profesionales, conciertos crecientes y un discurso en el que el problema nunca es el modelo, sino la 'falta' de médicos”

En Castilla-La Mancha también estamos haciendo el viaje, aunque nos lo vendan como paseo tranquilo por la llanura. Un viaje desde un sistema público pensado para 'pacientes', hacia un entramado semiprivado donde cada vez se piensa más en 'actividad', 'productividad' y 'sostenibilidad' que, en salud, transformándonos en 'clientes'. No tenemos ni modelo Alzira ni Valdemoro, pero compartimos el mismo guion de fondo basado en una infrafinanciación crónica, fuga de profesionales, conciertos crecientes y un discurso en el que el problema nunca es el modelo, sino 'la falta de médicos'.

Durante años, la sanidad castellanomanchega se sostuvo en algo tan simple como poderoso, su un compromiso político (al menos formal) con la cobertura universal, incluso en los pueblos donde nunca pueden salir las cuentas. Era caro, sí; era difícil, también. Pero había una premisa básica, porque aquí no se especulaba con que un consultorio rural 'sea rentable' o no. Al menos esa era la teoría.

En la práctica, cada presupuesto autonómico ha ido apretando un poco más el cinturón a la sanidad, especialmente en Atención Primaria y en el medio rural, mientras se han normalizado los conciertos con la sanidad privada para pruebas, derivaciones quirúrgicas o listas de espera desbordadas. Se repite el mismo mantra que en otras comunidades: “es solo apoyo puntual”. Pero lo puntual, curiosamente, nunca deja de crecer.

El resultado es una sanidad pública que ya no se percibe como un derecho sólido, sino como un sistema cansado, lento y saturado, al que se le pide que haga más con menos. Y, casualmente, ahí está siempre la solución milagrosa: pagar a otros (clínicas, grupos privados, aseguradoras) para que hagan lo que el sistema público no puede hacer porque lleva años estrangulado.

Cada presupuesto autonómico ha ido apretando un poco más el cinturón a la sanidad, especialmente en Atención Primaria y en el medio rural, mientras se han normalizado los conciertos con la sanidad privada para pruebas, derivaciones quirúrgicas o listas de espera desbordadas. Se repite el mismo mantra que en otras comunidades

En medio de ese contexto, los médicos reclaman un estatuto propio y van a la huelga no por capricho corporativo, sino porque son quienes ponen el cuerpo en ese proceso de deterioro. Jornadas interminables, guardias que se acumulan, consultas masificadas, imposibilidad de conciliar y una sensación creciente de estar trabajando en un sistema que les pide heroicidad diaria mientras, por detrás, se habla cada vez más de 'eficiencia', 'externalización' y 'colaboración público‑privada'.

En Castilla-La Mancha esto se vive con un añadido: la dispersión geográfica. Donde falla un médico no se abre una consulta al lado; se cierra un consultorio y, con suerte, se promete un refuerzo itinerante. La precariedad se concentra en la periferia, pero el discurso se cierra en Toledo con palabras gruesas sobre “compromiso con la sanidad pública”. La huelga, en este contexto, es casi una nota a pie de página: nos recuerda que el edificio se aguanta porque alguien sigue sujetando las vigas del techo.

En paralelo, el mercado sanitario toma nota. Seguros privados de 'bajo coste', pólizas complementarias, clínicas que se presentan como una solución moderna frente al viejo centro de salud sobrecargado. El paciente rural pasa de ser usuario de un sistema universal a cliente potencial de productos sanitarios que prometen rapidez y elección. Si la pública le da cita en 15 días, siempre habrá alguien dispuesto a hacerle una ecografía mañana por un módico copago.

La lógica es clara: cuanto más se deteriora la experiencia en la sanidad pública, más se empuja a quien puede permitírselo a buscar alternativas privadas. Y la Administración, en lugar de reforzar lo público, mira con alivio cómo se 'descongestiona' el sistema… a costa de romperlo por estratos sociales.

En ese contexto, el estatuto propio para los médicos no es solo un conflicto corporativo, pero tampoco es la épica desinteresada que algunos quieren vender: es, sobre todo, una batalla por el poder dentro del sistema, donde el paciente vuelve a quedarse fuera de plano. Si la profesión médica en la sanidad pública castellano‑manchega sigue siendo sinónimo de agotamiento, salario poco competitivo, guardias interminables y nula capacidad de decisión organizativa, el desenlace es obvio: se marcharan a otras comunidades, a la privada o directamente al extranjero, y el deterioro de la atención se convierte así en la coartada perfecta para más conciertos y más privatización.

Entonces llegarán los discursos resignados: “No hay médicos”, “no se pueden cubrir las plazas”, “hay que buscar soluciones imaginativas”. Y ahí aparecerán, como siempre, las mismas propuestas: más conciertos, más derivaciones, más mano de obra fragmentada y mercantilizada.

Castilla-La Mancha no está aún en el modelo extremo de concesiones integrales, pero va transitando un camino peligroso: normalizar la externalización, aceptar la precariedad profesional como mal menor y mirar hacia otro lado mientras se abre espacio a una sanidad paralela para quien pueda pagarla.

De usuarios a clientes el trayecto es corto: basta con que el sistema público deje de ser fiable. Y eso se consigue poco a poco: una lista de espera por aquí, un consultorio cerrado por allá, una huelga de médicos desacreditada como egoísta, un seguro privado anunciado entre noticias de colapso. Cuando queramos darnos cuenta, el debate ya no será cómo reforzar la sanidad pública, sino qué plan de precios se ajusta mejor a nuestras enfermedades crónicas o a nuestras necesidades asistenciales.

Tal vez, entonces, queramos que la sanidad pública siga siendo un lugar donde los profesionales quieran trabajar… y donde uno pueda seguir siendo paciente sin necesidad de tarjeta bancaria cómo cliente.



 

domingo, 15 de febrero de 2026

Rendidos a la ultraderecha


En Aragón, las urnas han hablado, y lo que dicen no es ninguna novedad sino una repetición: el Partido Popular sigue persiguiendo la sombra que proyecta Vox. Allí donde creía encontrar un atajo hacia el poder, lo que hay es un barranco ideológico del que ya no saben cómo salir.

Feijóo insiste en colocarse cada mañana el disfraz de la moderación, pero se le notan los pliegues del traje. Intenta hablar con aires de estadista, pero no puede evitar que le tiemble el pulso cada vez que la ultraderecha le marca el paso. No lidera: reacciona. No propone: imita. Y en esa imitación sin convicción, el PP ha terminado por convertirse en caricatura de sí mismo, una copia borrosa del original que hoy lo alimenta.

Porque sí, el original es Vox. Más tosco, más ruidoso, más brutal, pero también más auténtico en su brutalidad. Y el votante, que detecta sin dificultad el olor del miedo, prefiere la versión sin filtros. El PP creía que podía domesticar al monstruo; lo que no vio venir es que el monstruo acabaría enseñándole los trucos con los que montar su deplorable espectáculo.

El discurso del PP se ha ido estrechando hasta alcanzar esa línea donde ya no se distingue la defensa de la patria de la nostalgia del franquismo. Se confunden los patriotismos con los miedos, y los aplausos suenan igual para el negacionismo climático que para el insulto al diferente o al que no piensa cómo ellos. En ese ruido, lo que antes nos escandalizaba ahora apenas provoca un bostezo.

Mientras tanto, Ayuso ensaya su propio libreto, ese torrente verbal donde cabe todo: la impunidad, la burla, la desmemoria, y la falta de respeto. Feijóo la observa con la sonrisa tensa del que intuye que su moderación no da clics, que la barbarie que Ayuso vende bien empaquetada se vende mejor. Lo triste no es que la derecha copie a la ultraderecha; lo preocupante es que lo haga sin darse cuenta de que no solo copia las formas sino el fondo, copia también su alma.

Nos hemos acostumbrado a algo que antes era impensable. Negar la violencia machista se ha convertido en argumento de tertulia, y hablar de “invasiones migratorias” ya no sonroja a nadie. La política española, se ha convertido en un parque temático del odio, donde cada vez tiene menos espacio la verdad y mucho más el espectáculo.

Y así seguimos en este domingo después de San Valentín, como en una versión interminable de esa película que ya hemos visto demasiadas veces: los de siempre pretendiendo ser otros, mientras el paisaje se llena de banderas, los gritos sustituyen a las razones y las urnas, cada cierto tiempo, nos devuelven la misma pregunta: ¿cuánto estamos dispuestos a ceder en decencia?, ¿cuánto en memoria o en humanidad con tal de que los nuestros ganen?

En ese espejo deformante que es la política, el PP cree que se fortalece cuando en realidad se desdibuja. Cada vez que copia el manual del odio, pierde una página de su propio relato; y cada vez que intenta moderarse, su socio ultra le recuerda quién manda de verdad. No hay estrategia más suicida que alimentar a la bestia pensando que después obedecerá.

El resultado no puede ser más claro: una derecha que se parece peligrosamente a la extrema derecha, una extrema derecha que gana terreno sin gastar energía, y una sociedad que se acostumbra al ruido, a la caricatura y al miedo como instrumentos de poder. La rendición del PP no es ideológica, es moral.


MANIFESTACIÓN DE MÉDICOS


Los profesionales de la salud vuelven a salir a la calle este sábado para protestar en contra de la reforma del estatuto marco propuesta por el Ministerio. En la pelea por el nuevo Estatuto Marco todos dicen defender la sanidad pública, pero el gran ausente sigue siendo el paciente. 

La escena está ocupada por siglas: CESM, SMA, AMYTS, Metges de Catalunya, SME y O’MEGA frente a UGT, CCOO, CSIF y SATSE-FSES. Unos reclaman un Estatuto propio del médico y denuncian un texto “contra el médico”; otros presumen de haber mejorado “más de un 70%” el Estatuto vigente para el conjunto del personal.

Lo que se discute, en realidad, es el reparto de poder dentro del sistema: clasificación profesional, grados de carrera, guardias de 24 horas, incompatibilidades, movilidad forzosa, capacidad de influencia sobre el Ministerio. Todo en clave interna, de corporación frente a sindicatos generalistas. El paciente queda reducido a paisaje: no se habla de qué significa esta reforma para las listas de espera, para la continuidad asistencial o para el consultorio de un pueblo que encadena sustitutos.

Aunque los sindicatos médicos convocantes no estén orgánicamente ligados a partidos, su cultura corporativa y su discurso los sitúan cerca de posiciones de derecha y en confrontación habitual con gobiernos del PSOE. Reclaman la dimisión de la ministra y usan marcos retóricos que encajan con la crítica conservadora al peso de UGT y CCOO en la negociación pública. En cambio, UGT y CCOO mantienen una histórica afinidad con gobiernos de izquierdas, y SATSE y CSIF se suman ahora como socios necesarios del pacto que el Ministerio necesita para sacar adelante la reforma. 

El resultado es un eje político claro: un bloque firmante alineado con la estrategia del Gobierno y un bloque médico convocante más próximo al discurso de la oposición, que presenta el Estatuto como ideológicamente sesgado y exige la caída de la ministra. En el fondo, hoy no se está dirimiendo sólo un articulado técnico, sino qué modelo de poder profesional habrá en la sanidad pública: Si prevalece el acuerdo Ministerio–UGT–CCOO–CSIF–SATSE, el médico queda como un colectivo fuerte, pero integrado en un marco común del SNS, con mejoras graduales negociables territorio a territorio; Si los sindicatos médicos consiguen hacer descarrilar el Estatuto o forzar un texto muy distinto, estaríamos ante una recentralización simbólica del poder médico mediante un estatuto propio, con impacto en jornada, guardias, carrera y, en la práctica, en la gobernanza de los servicios de salud. La polarización lo inunda todo.

Suceda una cosa u otra, el resultado es un Estatuto planteado como acuerdo entre quienes trabajan en la sanidad y quienes la gobiernan, pero no necesariamente entre quienes la necesitan. Mientras el conflicto se mida sólo en términos de agravios profesionales y equilibrios sindicales, la sanidad pública seguirá discutiendo sobre sí misma sin hacerse la única pregunta que importa: qué cambia para el ciudadano que cruza la puerta de un centro de salud o de un hospital.

No me van a encontrar ahí.

De la catástrofe al desorden político. A la derecha les vale.


En este país hemos desarrollado la rara habilidad de que, mientras el clima se desmorona a nuestro alrededor, siempre encontramos tiempo para discutir si el responsable es un complot de burócratas europeos, un alcalde con mala suerte o ese vecino sospechosamente aficionado al reciclaje. Pero la realidad es menos pintoresca: las catástrofes climáticas no solo arrasan casas y cosechas; también se llevan por delante la poca confianza que queda en las instituciones, dejando el terreno abonado para que la extrema derecha plante su chiringuito ideológico.

El guion siempre es el mismo y solo cambia el paisaje: una ola de calor que convierte el monte en yesca, una inundación que sube por las calles, una sequía que deja los campos con aspecto apocalíptico. Sea cual sea el fenómeno, cada episodio suma pobreza, conflicto local y tensiones entre barrios, pueblos o sectores económicos, como si el clima hubiera decidido sacar a la superficie todas las grietas que no queríamos ver.

En teoría, ahí debería entrar el Estado o las comunidades autónomas, esos personajes siempre citados y raramente vistos, con sus planes de emergencia, ayudas y técnicos. En la práctica, todos llegan tarde, mal o por partes, como si la situación los desbordase, y solo pueden prometer que “tomarán nota”; mientras la gente sigue sacando barro de sus casas o contemplando lo que queda de sus cultivos o ganados, germina algo más que la humedad o la ceniza: la sensación de abandono, el agravio comparativo y la convicción de que las instituciones están para las fotos, pero no para dar respuesta a sus problemas.

El clima no vota, pero ayuda a escribir el discurso. Los estudios sobre terrorismo y extremismo señalan que cuando se deterioran los medios de vida (agricultura, pesca, ganadería) y se recrudece la lucha por los recursos, se abre la puerta a la radicalización; no es que el clima “cause” extremismo, sino que intensifica riesgos ya presentes: desigualdad, abandono territorial, injusticias antiguas que nadie se molestó en reparar. En esa lógica, el cambio climático actúa como un acelerante arrojado sobre un incendio político que ya existía, aunque lo llamáramos “malestar”.

En ese ambiente rebosante de frustración, alguien tiene que aparecer para ofrecer certezas, señalar culpables y dar soluciones rápidas. Rara vez es un sociólogo, un ingeniero hidráulico o un experto en medio ambiente; suele ser un tertuliano de sobremesa que, micrófono en mano, explica que todo esto no tiene nada que ver con modelos económicos, planificación territorial o decisiones políticas acumuladas, sino con una confabulación de ecologistas, burócratas y extranjeros.

Es ahí donde la extrema derecha despliega su mejor talento, que no es la gestión ni la propuesta, sino la reorganización del conflicto político en formato “nosotros contra ellos”: “nosotros”, los de aquí de toda la vida, los que levantan el país a base de madrugones y pagar facturas, frente a “ellos”, los migrantes, las élites urbanas y los demás sospechosos habituales.


DONDE LAS DAN LAS TOMAN. De victoria en victoria hasta la derrota final


En Castilla y León el escenario en que Vox roza o consuma el sorpasso al PP no sería un accidente, sino la consecuencia lógica de una cadena de errores estratégicos cometidos por Feijóo y por el aparato del PP en su relación con la extrema derecha.  Es la historia de un partido que creyó que podía usar a su socio menor como escudo y ha acabado convertido en rehén.

Su primer error fue comprar el marco equivocado: aceptar que la batalla principal no era por el centro, sino por el mando del bloque de derechas, y lanzarse a esa pelea jugando con las reglas de Vox.  Vox no necesita ganar para mandar; le basta con que el PP asuma sus marcos culturales y se desplace dentro de ellos, debatiendo en los términos que le marca la extrema derecha.  Si el PP convierte a Vox en referencia ideológica y se reserva para el supuesto “turno de gestión”, el mensaje al votante es nítido: el original es Vox, el PP es la copia descafeinada que llega después a firmar los papeles.

Segundo error, la oscilación permanente entre tratar a Vox como socio inevitable y presentarlo como socio incómodo, sin una línea reconocible más allá del cálculo del día.  El PP endurece el discurso donde cree que le conviene y simultáneamente mantiene una ambigüedad nacional que suena a dar tumbos: un día explora gobernar con Vox, al siguiente coquetea con la abstención del PSOE como tabla de salvación.  Lo que en Génova llaman flexibilidad, fuera se traduce en debilidad, en la imagen de un partido que no sabe qué hacer con su socio ni con su propio espacio.  Y en una competición por la hegemonía dentro de la derecha, la duda se paga: el votante que quiere mano dura premia al que marca la línea roja, no al que titubea.

Cómo tercer error está la apuesta por “normalizar” a Vox bajo la promesa ingenua de que así se le domestica.  Los pactos autonómicos y la dependencia creciente en múltiples territorios han consolidado a Vox como actor estructural de la derecha, con legitimidad para exigir entrada en gobiernos y cumplimiento programático como si fuera socio fundador del bloque.  Los análisis coinciden en un dato inquietante para el PP: uno de cada tres de sus votantes ya ve a Vox como segunda opción, síntoma de que la barrera de excepcionalidad se ha roto y ambos partidos se perciben como partes de un mismo ecosistema, con diferencias de grado, no de naturaleza.  Cuando el PP deja de presentarse como dique y se convierte en plataforma de acceso al poder de Vox, el mensaje implícito es sencillo y demoledor: si no hay riesgo en votar a la extrema derecha porque siempre habrá un PP que la meta en el gobierno, el incentivo para contenerse desaparece.

El cuarto error ha sido utilizar los territorios como laboratorio táctico sin calcular el coste estratégico.  Vox ha convertido la aritmética en una palanca de presión y, en Extremadura, ha llevado su “no rotundo” hasta la víspera de la investidura, obligando al PP a negociar bajo la sombra de una repetición electoral y exhibiendo en público la dependencia de María Guardiola.  En Castilla y León, la salida de Vox del gobierno tampoco ha debilitado a la extrema derecha; al contrario, los sondeos señalan una fuerte subida de Vox, mientras el PP conserva la primera posición, sí, pero con más necesidad que nunca de volver a pactar con ellos.  Los supuestos “ensayos generales” no están desgastando a Vox, sino al PP: los ultras se permiten romper, tensar, amenazar con nuevas elecciones y, al mismo tiempo, presentarse como guardianes de la coherencia ideológica, mientras el PP queda encajonado entre el cálculo electoral y la humillación política.

Y quinto error, que no tiene por qué ser el último, confundir poder institucional con hegemonía. El PP puede acumular gobiernos y perder al mismo tiempo la batalla cultural y estratégica frente a Vox, porque cada nuevo pacto incrementa su dependencia y la capacidad de los de Abascal para fijar las condiciones de la negociación.  En Castilla y León, incluso sin que llegue a consumarse el sorpasso, los escenarios que se abren son de “empate técnico”, “liderazgo disputado” y “riesgo de repetición electoral” dentro del bloque de derechas, un paisaje en el que el PP conserva el gobierno, pero el relato le pertenece a Vox.

Si el sorpasso de Vox al PP se confirma o si el resultado se queda en un empate técnico, la respuesta previsible del PP, a la vista de su trayectoria reciente, sería una mezcla de más endurecimiento del discurso, más dependencia de Vox en las mesas de negociación y más tentación de agitar la “lista más votada” como coartada retórica para pedir al PSOE lo que el PP no se atreve a hacer por sí mismo: gobernar sin Vox.  Pero tras años de dedicar energías a demonizar cualquier entendimiento con los socialistas, ese giro no abriría una etapa nueva, solo reforzaría la idea de que la política del PP es puro ensayo y error, improvisación y oportunismo.

Feijóo puede salir a contarse como el hombre que “suma” gobiernos, pero el coste de cada suma es alimentar la percepción de que quien crece, quien marca los límites ideológicos y quien encarna el futuro es Vox.  A largo plazo, no es una estrategia de expansión, sino de autodestrucción: hoy presidencias, mañana irrelevancia hegemónica.

El sorpasso no sería un rayo caído del cielo, sino el desenlace lógico de cinco errores encadenados bajo el mando de un líder inútil como Feijóo.  Castilla y León no harían más que poner negro sobre blanco un proceso que lleva años escribiéndose, elección tras elección, pacto tras pacto.


“Sanar el cuerpo, cuidar el pueblo”.


En esta frase podríamos resumir el sentido más profundo de lo que creo que se quiere reconocer en este acto: la vida profesional y humana de quienes hemos dedicado décadas a la atención sanitaria y a los servicios públicos, y que el año pasado hemos finalizado nuestra etapa laboral. No estamos solo ante jubilaciones; estamos ante biografías que, sumadas, cuentan la historia de un país, de unos pueblos y de una manera de entender la dignidad profesional.

Cuando un médico rural repasa su biografía, no realiza un ajuste de cuentas con su tiempo, sino un ejercicio de responsabilidad moral con las gentes con las que compartió esperanzas y angustias, conflictos y acuerdos. Ese espíritu es el que hoy se reconoce en las médicas y médicos de atención primaria, en las enfermeras y enfermeros, en los y las fisioterapeutas, en el personal administrativo, en las trabajadoras/es sociales, en las celadoras/es, y en tantos profesionales que hicieron de su trabajo un compromiso con la comunidad en que han ejercido.

Los sanitarios rurales no hemos vivido por encima de nadie; al contrario, nos hemos colocado siempre al lado de la gente, como sus iguales, en la consulta, en la residencia, en la escuela, en la calle. Todos somos portadores de esa “cicatriz de realidad” que nos enseñó que sanar es, sobre todo, un ejercicio de paciencia y de escucha, y que la vocación, más que un oficio, es un lugar en el mundo, y el terreno más firme que un profesional puede pisar.

Creo que eso es lo que refleja la trayectoria de muchos de los aquí presentes: llegamos jóvenes, a veces a destinos que apenas sabíamos situar en el mapa, y donde nos quedamos un tiempo, para la mayoría luego ir a otro destino, aunque algunos lo hicimos por décadas, casi hasta confundirnos con el paisaje humano de la consulta y del pueblo.

La atención primaria, especialmente en el medio rural, es mucho más que un nivel asistencial del sistema sanitario. Es memoria colectiva, es crónica política cotidiana, es historia sanitaria y, a la vez, es un memorial rural de vidas discretas que han sostenido la convivencia y soportado ver cómo cada día, eran menos los que resistían allí por el abandono rural.

El médico y la médica de familia, al igual que la enfermera o enfermero de pueblo, la administrativa que conoce a muchos por su nombre o el celador que ayuda a subir la camilla, hemos representado durante décadas una forma de estar en ese mundo rural. Hemos sido, muchas veces, el primer oído que ha escuchado una preocupación, el primer rostro que ha visto un niño, o la última mano que alguien ha estrechado en su despedida. En cada informe hecho, en cada consulta y en cada visita domiciliaria, había siempre un mensaje silencioso a nuestro paciente: “no estás solo”. 

La España rural, sobre cuyas espaldas y silencios se ha levantado buena parte de la modernización de nuestro país, ha tenido en los profesionales sanitarios una autentica columna vertebral silenciosa. Mientras el mundo se globalizaba y cambiaban las tecnologías, nosotros y nosotras hemos seguido abriendo la consulta cada día, recorriendo los consultorios vecinos para sustituir a un compañero/a, o actualizando conocimientos. Siempre intentando que ninguna persona se quedase fuera, ni por la edad, ni por el código postal, ni por el tamaño del municipio en que residía. Nuestro trabajo ha sido un antídoto contra la sensación de abandono rural y contra la idea de que la periferia es un lugar menor.

En las consultas y en los domicilios, en las guardias invernales y en los veranos interminables, en el día a día de muchos de nosotros se han repetido de manera constante, a veces casi sin ser percibirlo, cinco verbos: escuchar, cuidar, aprender, acompañar y seguir estudiando. Esos verbos podrían ser hoy la mejor definición de lo que significa ser profesional de la atención primaria y de los servicios públicos en un pueblo: escuchar antes de hablar, cuidar antes que juzgar, aprender de cada paciente, acompañar en cada etapa de la vida y seguir estudiando para estar a la altura de la confianza depositada. 

Entrar en las casas es entrar en la intimidad, en los miedos y en las esperanzas de las personas, ver la pobreza y el esfuerzo, la soledad y los cuidados invisibles. Las y los profesionales que nos hemos jubilado hemos entrado en muchas casas, y al hacerlo hemos aprendido a leer lo que no se dice, a escuchar incluso los silencios. Esta es, la mejor receta que podemos dejar quienes hemos cubierto esa etapa de trabajo y a los que hoy el sistema para el que hemos trabajado nos homenajea.

Permitidme que, al hablar de quienes nos vamos, hable también de quienes se quedan, o que llegan o van a llegar. Los profesionales jóvenes, que ahora ocupan nuestras consultas, heredan no solo un puesto de trabajo, sino una forma de entender la medicina y lo que significa prestar un servicio público. Les dejamos en herencia la idea de que la excelencia técnica solo tiene sentido si está unida a la cercanía, a la decencia y a la responsabilidad con la comunidad.

A quienes cerramos la etapa laboral, deciros algo muy sencillo: hemos dado a los pacientes con mejores cuidados y un sistema sanitario, con todos sus defectos y errores, creo que mucho más humano que el que nosotros recibimos. Todas y todos habéis demostrado, que se puede ser competente sin dejar de ser cercano, que se puede ser científico sin dejar de ser compasivo, que se puede trabajar en un pequeño consultorio y, al mismo tiempo, estar a la altura de los grandes desafíos de la salud pública.

Cada una de nuestras historias personales se entrelaza con la historia de nuestros pueblos, y eso nos obliga a sentir orgullo, pero también gratitud: hacia las personas que confiaron en nosotros y hacia los compañeros y compañeras con quienes compartimos guardias, decisiones difíciles, alegrías y duelos.

Por eso quizá nuestra huella no estará solo en los archivos, sino en la memoria agradecida de la gente. Ojalá que, cuando dentro de unos años alguien lea nuestras trayectorias profesionales, las lea como lo que son: una parte imprescindible de la historia de los pacientes, de un pueblo y de este país.

Espero que, hoy que pesan más las redes sociales que los libros, se entienda que, sin nuestro trabajo cotidiano, callado y perseverante, la modernización rural de la que tanto hablamos habría sido más fría, más desigual y, desde luego, menos humana. Y ¡ojalá! que quienes vengan detrás se sientan orgullosos de continuar ese camino.

Gracias a los promotores de este acto que no es una ceremonia de nostalgia, sino un acto de justicia. La justicia de reconocer que detrás de cada número de tarjeta sanitaria, de cada historia clínica, de cada llamada de madrugada, ha habido nombres propios, biografías, renuncias personales, celebraciones postergadas, familias que también han compartido las privaciones y las urgencias de la vida profesional de sus madres, padres, parejas o hijos. Hoy es también el momento de darles las gracias a ellas y a ellos, porque ninguna vocación se sostiene sola.

Gracias, compañeras y compañeros por haberlo hecho realidad  durante tantos años, con tanta entrega y tan poca vanidad. Con mis palabras he querido hacer un reconocimiento al pasado, un compromiso con el presente y una promesa de futuro para nuestra atención sanitaria y para nuestros pacientes en pueblos y ciudades.

Y termino con una anécdota, la de Joaquina, una paciente mía, que cada año durante 40, acudía a realizarse una analítica general, siempre en vísperas de nuestras fiestas patronales. A los 91 años, también lo hizo, y cuando vino por los resultados, le dije: Estas estupenda Joaquina, toda la analítica está perfecta, no tienes ni un solo asterisco. Ella me contestó: ¡Ea! Don Antonio, que me voy a morir completamente sana. Era su forma de entender los versos de Machado “TODO PASA Y TODO QUEDA, PERO LO NUESTRO ES PASAR”.

Acabo como empecé: Gracias por haber sanado cuerpos, y cuidado personas. Pero yo añadiría un tercer elemento, por haber mantenido los pueblos.

Madrid condecora a la fábrica del miedo


Madrid le pone una medalla a un país que ha convertido la frontera en un matadero administrativo, y su presidenta sonríe para la foto como quien firma una entrega de llaves. No es un gesto de diplomacia sino una reverencia al trumpismo.

La ICE no es una oficina. Es una máquina que tritura nombres, acentos, colores de piel, y los devuelve convertidos en números de expediente. Los informes de ACLU, Human Rights Watch y NIJC hablan de “zonas sin justicia”: pabellones donde el aislamiento se usa como castigo, donde llegar a un abogado es un privilegio poco probable y donde el debido proceso es una palabra en un idioma extranjero que no quiere entender nadie. En esos lugares el idioma oficial no es el inglés, es el miedo, y su arquitectura está pensada para que duela: más camas, más barrotes, más kilómetros entre el detenido y su familia, más distancia entre la persona y quien podría defenderla. La ley existe, pero entra esposada, llega tarde o nunca llega.

Entre 2017 y 2021, un análisis de organizaciones de derechos humanos revisó 52 muertes bajo la custodia de ICE y encontró lo que ya olíamos desde lejos: fallos graves de atención, negligencias, ocultación de hechos, y una impunidad diseñada para que todos aprendan la lección equivocada. Hasta en un 61% de los expedientes hubo manipulación o falsificación de registros asistenciales, como si la realidad fuera un documento del que se puede limpiar la sangre con corrector.

En un solo ejercicio, al menos 13 personas murieron en estos centros, según Freedom for Immigrants, que describe la detención como un lugar donde “nadie está seguro”. Nadie: ni la mujer embarazada, ni el menor, ni el anciano, ni el enfermo, ni el que no entiende de qué se le acusa porque su crimen es existir en el lugar equivocado, con el pasaporte equivocado, en la piel equivocada.

Sería cómodo pensar que todo esto es el fruto de unos funcionarios torpes y protocolos mal diseñados. Pero bajo Trump, el Departamento de Seguridad Nacional desmontó controles de derechos civiles, animó a los agentes a ocultar su identidad y bendijo tácticas agresivas con vocación ejemplarizante no para la justicia, sino para el terror: detener a la gente a la salida de sus propias audiencias, moverla a miles de kilómetros de sus hijos y sus abogados, deportarla a países conocidos por torturar, como quien devuelve un paquete defectuoso al proveedor.

La lógica no es “hacer cumplir la ley”. La lógica es producir miedo, sembrarlo en cada barrio migrante hasta convertirlo en frontera interior: un lugar donde cualquiera puede ser cazado, encerrado y desaparecido dentro de un laberinto burocrático que siempre tiene una celda más, un formulario más, una noche más de frío. Sabemos todo esto. Está escrito en informes, en autopsias, en testimonios, en los silencios de quienes volvieron y en los silencios de quienes no. 

Y aun así, Madrid decide colgar una medalla institucional al país cuyo presidente diseñó y jaleó este modelo migratorio. No es solo indecente: es una humillación consciente, una ciudad poniéndose de rodillas ante la ultraderecha global y llamándolo “relaciones internacionales”. Las medallas también son espejos. Mientras la Comunidad la prende en el pecho del aliado poderoso, la ciudad y la provincia, se mira de reojo y se acostumbra a un Madrid que normaliza las “zonas sin justicia”, que firma con trazo firme el contrato moral de esas muertes evitables, que acepta que haya lugares donde nadie está seguro, siempre que queden lo bastante lejos.

Un día, quizás, alguien preguntará cómo empezó todo. Y habrá que recordar que empezó aquí, en estos gestos que parecían solo protocolo: en una medalla, en una foto, en un aplauso, en el momento exacto en que dejamos de sentir vergüenza por aplaudir el dolor de otros. Esa es, al final, la verdadera escena que deja esta medalla: no solo cuerpos encerrados lejos de nuestras fronteras, sino una ciudad decidiendo si mira para otro lado o se reconoce en ellos. Si los madrileños no se avergüenzan es que carecen ya de capacidad de raciocinio.

Y mientras derecha y ultraderecha de la patria hispana aplauden esa medalla al totalitarismo, en la izquierda se sigue deshojando la margarita, sin acabar de convencerse de que o construimos un nosotros capaz de entienda que cada deportación, cada muerte evitable, cada familia rota no es algo lejano, sino una herida propia, o estaremos aceptando que nos iran venciendo por turnos, sector a sector, hasta que no quede nadie que pueda alzar la voz por nosotros.

miércoles, 11 de febrero de 2026

47 muertos en campaña: Feijóo convierte Adamuz en mitin y a las víctimas en decorado

Hay formas y hay fondos. Y luego está lo que hemos visto esta mañana en el Congreso: una tragedia ferroviaria con 47 muertos convertida en atrezzo para una escena de campaña electoral permanente, donde a las víctimas se las invoca mucho y se las escucha poco o nada.

Sánchez llegó a la Cámara con el guion clásico de la gestión institucional del desastre: rigor, investigación, justicia, “se hará justicia”, “se investigará con rigor”, “se tomarán las medidas necesarias”, ayudas, acompañamiento a las familias. Es el manual: transparencia prometida, técnicos por delante, jueces trabajando, anuncio de reformas en seguridad. Nada especialmente épico, nada que vaya a abrir informativos por la brillantez del discurso, pero al menos un discurso reconocible del Estado ante la tragedia.

Feijóo, en cambio, vino a otra cosa. Denuncia un “cajón desastre” y un “mezclarlo todo”, pero, lo cierto, es que ha sido él quien ha convertido Adamuz en un cajón donde cabía todo: Rodalies, apagones, DANA, Falcon, narcisismo, corrupción, España al borde del colapso. Donde se le pedía control parlamentario y rendición de cuentas, él ha ofrecido  un auto de acusación en versión mitin: no un examen de qué falló en la vía, en los protocolos, en la seguridad, sino una enmienda a la totalidad del Gobierno. No parece propio ni serio en alguien que no gobierna porque no quiere, pero aspira a gobernar.

La secuencia que lanza es impecable desde el punto de vista del marketing: uno “negligencia”, dos “accidente evitable”, tres “47 muertos”, cuatro “su Gobierno se sentará en el banquillo”. Una línea recta, sin matices, sin condicionales, en la que borra de un plumazo eso tan incómodo que se llama “investigación abierta”: CIAF, Guardia Civil, juzgado de Montoro. Si los informes hablan de vías fracturadas, fallos de infraestructura, cadena de causas en análisis, peor para esos informes, porque la frase “accidente evitable” suena mucho mejor en los titulares. La verdad no importa.

La talla política de un parlamentario se mide precisamente ahí: en la capacidad de poner freno donde la tragedia invita a pisar el acelerador. Y Feijóo ha hecho justo lo contrario: ha pisado a fondo. Ha adelantado el veredicto penal (“su Gobierno se sentará en el banquillo”) desde el escaño, sin esperar a que lo formulen los tribunales. Ha convertido la categoría de “negligencia” en un adjetivo de combate, no en una hipótesis que se somete a prueba en informes técnicos y resoluciones judiciales. 

En esa operación, las víctimas ocupan un lugar central… pero no el que merecen. Se las invoca como escudo y ariete: “no respetan a los muertos”, repite, levantando una frontera moral infranqueable entre ellos  que serían los indignados de bien, y el Gobierno a quien considera unos cínicos sin entrañas. Cuanto más se repite la palabra “víctimas”, menos espacio se deja para una sencilla pregunta: ¿qué política pública de seguridad ferroviaria propone exactamente esta oposición que hoy se envuelve en su memoria?

Porque ahí está el vacío: mucho dolor prestado e impostado, pero poca propuesta propia. Se denuncia que las medidas anunciadas llegan tarde, que las limitaciones de velocidad se multiplican después y no antes, que la vigilancia y las inversiones son tardías. Pero no aporta un modelo alternativo, un plan concreto, una hoja de ruta que permita decir: “si hubiéramos gobernado nosotros, estas serían las decisiones técnicas, este el calendario, estas las prioridades”.

En lugar de eso, Feijóo ofrece algo que le resulta mucho más cómodo: el relato de un Gobierno que “sabía”, “fue avisado”, “miró para otro lado”, y al que ahora solo le quedaría el banquillo. No es casualidad, sino parte de la lógica de una oposición que ha decidido que cada crisis debe resolverse con las mismas dos palabras mágicas, dimisión y cárcel, aunque el trabajo de los peritos y los jueces vaya por delante o por detrás. Una lógica que confunde el Parlamento con un plató de televisión y la comparecencia con un tráiler de lo que será la próxima campaña electoral.

La falta de talla política se ve también en la forma en que se desdibujan las fronteras entre responsabilidad política y responsabilidad penal. Pedir explicaciones políticas por los fallos en la red ferroviaria es no solo legítimo, sino necesario; preguntar por las inversiones, por la gestión de las alertas, por la priorización de obras, es exactamente lo que debería hacer una oposición seria. Pero saltar directamente a la promesa de “banquillo” antes de que se cierren las diligencias no es control al Gobierno sino usar la expectativa de castigo penal como combustible de la indignación partidista que desde que llegó a la presidencia de su partido promueve .

Y, de nuevo, las víctimas en medio. No como sujetos de derecho que exigen verdad, justicia y reparación, sino como recurso retórico que se activa a voluntad: se les cita, se les tutela, se habla en su nombre, se decide qué les ofende y quién las respeta. Es una forma de apropiación de la tragedia, que ya no pertenece a quienes la sufrieron y a quienes la investigan, sino al relato de su partido que grita más fuerte que ninguno en el hemiciclo.

Adamuz merecía otra cosa. Merecía que la comparecencia sirviera para algo más que para fijar etiquetas (“Gobierno negligente”, “accidente evitable”) en su pizarra partidista. Merecía que el debate se centrara en cómo se refuerza la seguridad, qué inversión falta, qué errores arrastramos de décadas de infrafinanciación, cómo se reorganizan Adif y Renfe para que la palabra “evitable” no vuelva a aparecer fuera de un informe técnico y con carácter preventivo.

En vez de eso, hemos visto a un líder de la oposición que se mueve con soltura en el agravio y la imputación moral, pero que se queda muy corto cuando hay que entrar en el fango aburrido de la política pública. Mucha épica de “47 muertos”, y poca letra pequeña sobre cómo evitar el 48.

Al final, lo que deja al descubierto esta comparecencia no es solo la estrategia del PP, sino un modo de hacer política que lleva tiempo instalándose: cuanto más complejo es el problema, más sencillo debe ser el culpable; cuanto más dolor hay, menos espacio para la duda, el matiz, la espera a los informes. Y en esa simplificación brutal, las víctimas dejan de ser un límite ético para convertirse en materia prima de la guerra partidista.


Ya se nos muestra el fascismo que nadie nombraba

Hay fascismos que entran con botas y hay fascismos que entran en zapatillas. Los primeros hacen ruido, dan golpes de Estado, llenan las plazas y las cunetas. Los segundos prefieren entrar cómo un susurro: cuestionando un derecho por aquí, relativizando una violencia por allá, convirtiendo el odio en parte de la tertulia y, cuando nos damos cuenta, la democracia ya cojea y nadie recuerda bien en qué momento empezó a dolerle la rodilla.

Durante años hemos creído el cuento de que aquí el fascismo desapareció con nuestra sacrosanta Transición, que todos nos dimos la mano y miramos al futuro. Y claro que hubo pactos necesarios, miedos comprensibles, incluso gestos valientes. Pero además hubo una factura que aún seguimos pagando: no hubo ruptura, no hubo depuración, no hubo una condena clara que señalara que el franquismo fue una maquinaria de terror y que sus herederos no podían pasar de la noche a la mañana por demócratas ejemplares. 

En ese ambiente tolerante, la extrema derecha ha sido una planta que hemos ido regando con desmemoria, desigualdad y banalización del discurso público. Cada vez que admitimos que proponer el recorte de derechos fundamentales es parte de la libertad de opinión, o que antifascismo es lo mismo que extremismo, o que llamar “ideología” a la igualdad es un argumento razonable, el fascismo se apunta un tanto. No entra por los cuarteles, entra por los redes y los platós de televisión. Vivimos inmersos en un autoritarismo de baja intensidad que se quedó entre nosotros, que no molesta del todo, pero nunca se apaga del todo.

Luego está la escuela, o lo que queda de ella, donde hablamos de competencias, de empleabilidad, de emprendimiento, pero nos olvidamos de enseñar a desconfiar, a preguntar, a decir “no” cuando el poder se disfraza de sentido común. Sin cultura crítica, sin educación cívica, sin formación política, los chicos y chicas llegan a la mayoría de edad sabiendo usar la app de su banco, pero sin tener ni idea de cómo se aprueba un presupuesto, lo qué es un derecho, o por qué una mayoría no puede decidirlo todo. Esa ignorancia no es inocencia, sino el terreno fértil para quien necesita ciudadanos obedientes y no personas libres.

La política progresista, mientras tanto, juega siempre a la defensiva, casi pidiendo disculpas por existir. La izquierda se ha pasado años debatiendo si debe o no nombrarlo, como si decir “fascismo” fuera un exceso y no una descripción. Se legisla a trompicones, se comunica con miedo cuando se intenta comunicar, y para su desgracia, ha confundido la moderación con mansedumbre. Y el fascismo, mientras va dando clase gratis todos los días: en redes, en medios, en los parlamentos, en barras de bar.

Por eso ahora no puede sorprendernos la extrema derecha, porque la hemos visto crecer al calor del desgaste del PSOE, con la connivencia del PP convencido de que era un buen aliado para erosionar al adversario. En Estados Unidos, al payaso naranja primero lo tomaron por un chiste, lo mismo a motosierra Mileí y ahora el chiste y la motosierra han terminado escribiendo leyes. Aquí jugamos con fuego y nos extrañamos de que huela a quemado.

Pero lo más hiriente para cualquier demócrata honesto es la sensación de impunidad. Insultar al presidente del Gobierno cruzando todas las líneas, azuzar el odio desde instituciones, coquetear con el golpismo de salón, ya se han convertido en deportes sin sanción. Cargos públicos que no hablan, sino que difaman, que señalan, que deslegitiman la decisión de las urnas, siguen en sus escaños como si nada. No hay tribunales, no hay inhabilitaciones, no hay un límite claro que diga hasta aquí llega la discrepancia en democracia y a partir de aquí empieza la agresión al sistema que nos sostiene. Cuando la democracia no se defiende a sí misma, el fascismo se ríe.

Y, a pesar de esa impunidad, no todo está perdido. La historia también la escriben quienes se plantan. Cada vez que un docente se empeña en explicar qué es un derecho humano, cada vez que una periodista se niega a blanquear el discurso de odio, cada vez que un ciudadano interpela, protesta, organiza, se junta con otros, el fascismo retrocede un paso, aunque sea pequeño.

No se necesita actuar cómo héroes, sino como gente sencilla que decide no mirar para otro lado. La verdadera lucha no es la épica, sino la constancia: insistir en la memoria, insistir en la igualdad, insistir en que la democracia no es un decorado sino un conflicto permanente entre quienes quieren ampliarla y quienes se empeñan en estrecharla.

El fascismo vuelve, sí, o quizás tal vez nunca se fue del todo. Pero también vuelven quienes no se resignan. A veces la esperanza es solo una rendija, pero por ahí entra la luz. Y al fascismo, la claridad de la luz le sienta bastante mal.


Feijoo y Abascal ya son hermanos gemelos en el Registro Civil.

La consecuencia de Extremadura y Aragón: Feijoo y Abascal ya son hermanos gemelos en el Registro Civil.

El Partido Popular ya no baila con la extrema derecha. Ahora la extrema derecha lo lleva del brazo, le agarra la cartera y le dicta el guion mientras le susurra al oído qué decir sobre los pobres que lavan platos y limpian culos.

Hubo un tiempo en que el PP regularizaba a 500.000 personas y lo llamaba sensatez económica, estabilidad social, necesidad demográfica. Ahora, cuando España vuelve a hablar de dar papeles a quienes llevan años haciendo los trabajos que nadie quiere, el mismo partido se presenta en Bruselas como si viniera a salvar a Europa de una invasión organizada por Soros, la ONU y el coco.

En la Eurocámara, la operación ideada por el PP ha terminado convertida en una verbena ultra, con Vox marcando el tono del discurso: manipulación del censo, efecto llamada, mafias, hordas que vienen a “robar, violar y saquear” mientras los buenos patriotas tiemblan detrás de sus persianas. Lo que iba a ser una solemne defensa de Europa se ha convertido en mitin de barra de bar, con la derecha tradicional repitiendo, dócil, los eslóganes del socio al que finge no parecerse.

Entre acusaciones de complot demográfico y fantasmas de islamización, en el debate asoma una frase que lo dice todo: que la izquierda, el Gobierno, o quien toque hoy de enemigo, “quiere esclavos para limpiar culos de ancianos”. Lo terrible no es solo el insulto; es una confesión involuntaria.

Porque, si alguien ve “esclavos” cuando mira a quienes cuidan mayores, limpian residencias y sostienen una economía de cuidados precarizada, quizá está hablando más de sus propios deseos que de las intenciones ajenas. Detrás del espantajo del “efecto llamada” hay un miedo mucho más prosaico: que esas manos que hoy encadenan a la precariedad tengan mañana derechos, papeles, voto y voz, y además deban abonar la cotización a la seguridad social.

Europa vive de espalda al espejo: necesita esos cuerpos para sostener pensiones, hospitales y residencias, pero se niega a mirarlos a los ojos, no vaya a ser que descubra que son personas y no material fungible. Y el PP, que lo sabe, ha decidido competir con Vox a ver quién pronuncia con más desparpajo la palabra “esclavos” mientras jura defender la dignidad humana.

En Madrid, la partitura se repite, aunque con otros acordes. La nueva voz del partido alerta de un “efecto llamada brutal”, de servicios públicos “tensionados” y de un país al borde del colapso si se regulariza a quienes ya están aquí, trabajando, pagando alquileres y sosteniendo la vida cotidiana de una sociedad que prefiere fingir que no existen.

Que nadie se engañe: cuando la derecha habla de orden, piensa en servidumbre; cuando habla de “esclavos”, confiesa su programa. Pero a la larga, la vida siempre pasa factura, y ya lo decían las abuelas: “no se puede tener a la vez la cartera, el sillón… y la conciencia limpia”.

Esto es lo que dicen que a los españoles se nos avecina. 


martes, 10 de febrero de 2026

Cuando el ego pesa más que el socialismo


Felipe González ha afirmado que votaría en blanco si sigue Sánchez y ve peor pactar con Bildu que con Vox. Es su opinión de militante de base. Pero esas declaraciones merecen un comentario.

Un exsecretario general del PSOE que dice que votaría en blanco contra el candidato de su propio partido está enviando el mensaje de que prefiere debilitar al socialismo antes que aceptar que la militancia y el electorado han elegido otro rumbo. Eso, dicho desde un liderazgo histórico, no es “libertad de crítica”, es poner tu ego por encima del proyecto colectivo y dar munición gratis a la derecha y a la extrema derecha.

Equiparar o considerar “peor” a Bildu, que hoy es un partido legal que ha asumido el marco democrático, que a Vox, que niega la violencia machista, ataca derechos LGTBI, recorta libertades y cuestiona la propia arquitectura del Estado social, es, como poco, políticamente miope y moralmente muy discutible. Un socialista no puede blanquear a la extrema derecha mientras demoniza a fuerzas con las que se comparten objetivos sociales concretos en pensiones, vivienda o derechos laborales, aunque haya memorias dolorosas que nadie pide olvidar.

Felipe González habla de pactos “inaceptables” mientras arrastra una mochila muy pesada: GAL, privatizaciones, OTAN, renuncias programáticas y una socialdemocracia que se acercó demasiado a poderes económicos a los que hoy sigue muy próximo. Sin una autocrítica clara y honesta sobre todo eso, su autoridad moral para dar lecciones sobre con quién se puede pactar o quién encarna mejor el socialismo es muy limitada; por eso tanta gente siente que está destruyendo su propia figura histórica.

En la práctica, sus palabras sólo sirven para desmovilizar al votante socialista, fracturar más al partido y ofrecer un aval simbólico a quienes quieren echar al actual Gobierno por la vía de la crispación permanente. Un socialista de base puede criticar a Sánchez o a cualquier dirección, pero la línea roja debería ser no situarse objetivamente del lado de quienes quieren desmontar derechos, servicios públicos y memoria democrática; hoy González está demasiado cerca de esa línea, si no la ha cruzado ya.


Del respeto mal entendido

Hay una frase que se ha puesto de moda y que escuchamos con la misma frecuencia que el parte meteorológico en estos días: “Hay que respetar todas las ideas”. La podemos oír en em mercadillo de los Invasores de Albacete, las tertulias, en los bares y hasta en los plenos municipales, como si su contenido fuera una señal de buena educación. Pero no lo es, o al menos no siempre lo es. Porque hay ideas que no merecen respeto alguno, igual que no lo merecen las infecciones, las cucarachas o la calumnia.  

Vivimos tiempos de confusión, donde la palabra “democracia” sirve para justificar cualquier barbaridad y la palabra “libertad” se emplea como salvoconducto para el disparate. En Castilla La Mancha, donde la llaneza sigue siendo una de nuestras grandes virtud, cómo el sentido común, aunque cada día un bien más escaso, abundan últimamente los que hablan de democracia con la misma familiaridad con la que hablan del tiempo que va a hacer. Son los nuevos sacerdotes del respeto, que reclaman consideración para sus insultos, comprensión para su odio y espacio público para su ignorancia.  

La cosa sería cómica si no fuera porque esos adalides de la tolerancia solo creen en ella mientras están en minoría. En cuanto logran poder o les colocan delante un micrófono, su democracia se convierte en ordeno y mando. Entonces cierran las puertas, encienden los focos y exigen a los demás sumisión, pero siguen hablando de respeto, por supuesto, igual que un ladrón puede hablar de la propiedad privada.  

Uno asiste a este espectáculo con una mezcla de asombro y cansancio. En la plaza del pueblo, bajo las persianas a medio subir, el barullo de las noticias, y los discursos que se copian de las redes sin pasar por la cabeza, el ciudadano medio castellanomanchego (ese que aún piensa antes de opinar) se siente cada día más extranjero en su propia tierra. Y no porque le falten raíces ancladas al suelo, sino porque sobra ruido.  

El problema, supongo, no es de ideología sino de educación, entendida no como poseer títulos o carreras universitarios, sino como el esfuerzo de razonar, dudar y saber escuchar. Pero eso cansa, y en estos tiempos nadie quiere cansarse: mucho mejor dejarse llevar por el eslogan fácil, por el grito o por la consigna precocinada. Así se está consolidando una democracia hueca, de verbena, hecha de selfis, aplausos y víctimas voluntarias.  

Y mientras tanto, en los pueblos manchegos, donde la historia se mide en siglos y los inviernos en días de soledad, el eco de tanto rebuzno mediático resuena más de la cuenta. El campesino que madruga, la médico de guardia o el maestro de escuela ya no entienden bien qué significa eso de la libertad de expresión cuando lo que se expresa es solo odio, eso sí, revestido de opinión.  

Quizá este sea un buen momento para recuperar la cordura, esa palabra que ya resulta tan poco moderna. De recordar que la democracia no es un corral donde cualquiera puede lanzar estiércol al vecino en nombre de la libertad. La democracia es, o debería ser, un espacio exigente, donde las ideas se debaten y se confrontan, sí, pero con la condición de que quien hable haya al menos intentado pensar antes.  

Porque, y conviene repetirlo, sobre todo aquí, donde los molinos aún enseñan la diferencia entre lo que es viento y lo que se llama vendaval, no todas las ideas merecen respeto. Algunas solo merecen compasión, y otras, sencillamente, silencio, eso tan nuestro de “a palabras necias...”



lunes, 9 de febrero de 2026

Querido conciudadano que votas a la derecha o a la ultraderecha:

Querido conciudadano que votas a la derecha o a la ultraderecha:

Cuánta razón llevas, cuando afirmas que pagar impuestos es un robo. Nada de considerarlo un engorro, o una obligación cívica discutible. No señor, a las cosas por su nombre: un robo, así, en mayúsculas, algo que debería llevar tatuado en la frente medio país. 

Claro que lo que luego me chirría es tu actitud exigente. Porque no me cuadra que, de ese supuesto expolio al que nos someten exijas todo: desde una sanidad milagrosa, unos trenes supersónicos, unos ejércitos de emergencia y que los derechos sociales nos los otorguen mediante riego por aspersión. Entiende que me extrañe.

Porque tú eres un contribuyente moderno, un ingenioso hidalgo del siglo XXI que va en SUV, pero sueña con no pagar IVA; que quiere más UME disponible las 24 horas de los siete días a la semana, y a ser posible, con servicio de teletransporte incluido, y que cada cuartel disponga de un Harry Poters al servicio de tu tranquilidad personal.  Porque tú quieres que el incendio, la riada, la nevada y el apocalipsis zombi que estás seguro nos vendrá con la izquierda en el gobierno debe resolverse con un clic, con un helicóptero, con una columna de uniformados que salen de la nada, pero sin que nadie ose meter la mano en tu bolsillo de héroe fiscal auto-exento.

Llevas mucha razón cuando afirmas que la red ferroviaria debe ser mejor que la de Japón, por supuesto. Y, a ser posible, con trenes que lleguen antes de salir, que no se averíen nunca, que unan cada pueblo con cada aldea en menos tiempo del que tarda un tertuliano de AR en hablarnos de “libertad”.  Eso sí, “a precios de aquí”, que es la forma más castiza de querer el estándar nipón, sin cambiar tu mentalidad del “ya si eso que lo pague otro”.

En sanidad, el catálogo de tus deseos es aún más nítido: ¿qué tienes cáncer? me lo curáis no hoy, para ayer. ¿qué te duelen los cataplines? diagnóstico inmediato, resonancia al minuto, tratamiento de última generación, habitación individual, con vistas al mar o la montaña y psicólogo de guardia para que te ayude con el susto del miedo a la impotencia. Y que nadie mencione la palabra impuestos en la misma oración de tu diagnóstico, no vaya a ser que te produzca una reacción alérgica masiva en la piel de hijo de la patria.  Porque, por si nos queda alguna duda, ya sabemos que “pagar impuestos es un robo”.

En este teatro, mientras tanto, saltas de alegría declamando que ha vencido tu partido, que vuelve la España profunda, la España sin derechos, la España que niega el cambio climático, la violencia machista y, si se tercia, puede negar hasta la ley de la gravedad.  Esa España tan nuestra, la de “bienvenido, Mister Marshall”, la que agita la boina con indignación mientras sueña con una lluvia  de infraestructuras, subvenciones y milagros providenciales que caigan del cielo sin pasar por Hacienda.  A pesar de estar en el siglo XXI, estas convencido de que esa España es la feliz, que más que la boina hasta las cejas, debería tenerla intracraneal que es más difícil de quitarsela . 

Porque, confiésalo, a ti lo que te pone, es estar en contra de que suban los salarios y las pensiones. Que lo que te la deja “escuchimizá” es que la sanidad y la educación sean universales, porque tu prefieres que sean solo para quien pueda pagárselas. Y admite que no te la encuentras, en cuanto ves a esos   inmigrantes que no quieres, aunque tampoco quieres trabajar en los sectores donde ellos se dejan la espalda, como el campo, la hostelería, los cuidados, los trabajos invisibles que sostienen el andamiaje de tu vida diaria.

Tal vez lo que sueñas es un país que funcione como una gran urbanización de lujo sin gastos de comunidad. Un Estado que te salve de las inundaciones, de la enfermedad, del fuego y del vacío, pero que no te recuerde nunca que todo eso cuesta dinero. Quieres derechos absolutos, pero con obligaciones a la carta, solidaridad de ida, pero no de vuelta, servicios de primera, pero con una fiscalidad de saldo.

El problema es que la realidad no lee los eslóganes que el partido al que votas te ha metido en tu cabecita.  Los hospitales no se construyen con tu indignación ni tus insultos fruteros en redes sociales; ni los trenes corren más deprisa por la fuerza de vuestros tuits, ni la UME funciona movida por la fe en la magia del “yo ya pago bastante”, aunque te lo digan muchas veces Santi o Alberto que pagan más bien poco.  En este mundo donde vivimos la gente de carne y hueso, los derechos se financian, los servicios se sostienen, las pensiones se pagan, y detrás de cada quirófano, de cada colegio, de cada servicio de emergencias, hay impuestos.

Entonces, ¿qué es lo que quieres? ¿qué quiere esa tu inmejorable sociedad que grita contra los impuestos mientras exige servicios nórdicos con coste cañí?  ¿Qué quieres si reniegas del extranjero, pero no se te ve doblando el lomo en los invernaderos, ni limpiando habitaciones de hotel o levantando andamios a cuarenta grados?

Quizá el verdadero RIP que certifique óbito de España, sea la carencia de adultez política.  Esa capacidad que se le supone a las personas adultas, de mirar de frente la contradicción entre lo que exigimos y lo que estamos dispuestos a aportar.  Mientras sigas queriendo un país de lujo pagado con monedas de fantasía, seguirás atrapado en esta tragicomedia fiscal, leyendo cada día el fallecimiento apresurado de una nación que, pese a ti y a quienes votan lo que tú, continúa levantándose cada mañana, pagando facturas muy reales para sostener los sueños de quienes, cómo tú, insistís en que todo esto, en el fondo, es un robo.

El bloqueo a Cuba: un crimen en silencio

Pocas causas reúnen tanta hipocresía global como la que sufre Cuba. Mientras en los foros internacionales se habla de derechos humanos y coo...