martes, 7 de abril de 2026

Carta abierta a la presidenta de la Comunidad de Madrid:

Usted que se ha paseado esta pasada semana por las procesiones de España, que dice contemplar la Semana Santa como un símbolo de fe, de memoria y de dignidad, y dice nutrirse de la liturgia de la cruz y la resurrección. Sin embargo, a unos kilómetros de esos recorridos penitenciales tan madrileños, se despliega un vía crucis real, sin tambores ni mantillas, ese que viven cada día los vecinos de la Cañada Real. En ese barrio no hay alfombras de flores, sino tierra, frío, oscuridad y ausencia de luz eléctrica hace ya más de cinco años.

En el colegio cristiano donde a usted la educaron, le enseñaron que la Semana Santa habla del sufrimiento, de la solidaridad, de la esperanza de liberación del dolor. Pero en la Cañada Real ese sufrimiento no es un relato simbólico ni un recuerdo histórico: es la vida cotidiana de miles de personas que permanecen sin suministro eléctrico, sin acceso estable a la educación y sin sus derechos básicos garantizados. Celebrar la pasión, la muerte y la resurrección mientras se acepta o se ignora la “resurrección” de este barrio se queda en el plano de la retórica vacía que usted usa cómo práctica diaria.

La paradoja es dura: usted invoca los valores de la Semana Santa mientras a la Cañada Real la trata como un problema de seguridad o de imagen, y no como un escándalo de vulneración de los derechos humanos. Un 78,4 % de los niños y adolescentes han tenido dificultades en el aprendizaje por el corte de luz; un 92 % de esa población tiene dificultades incluso para cargar el móvil o conectarse a internet; y la comunidad entera sufre un estigma alimentado por discursos que asocian la Cañada con delincuencia, todo ello para crear una cortina de humo que impida a los madrileños reconocer su responsabilidad institucional por el abandono al que está sometida.

Parece que a usted, alguien tan dado a buscar resonancia internacional, no le parece importante que  las instancias europeas ya le hayan advertido que la situación de la Cañada Real vulnera gravemente el derecho a una vivienda digna y a la educación. Y, sin embargo, la oscuridad material se prolonga, y la indiferencia política institucional se mantiene. La misma parroquia que organiza ayunos y oraciones en la Cañada convive con un apagón de casi cinco años. Esa tensión entre la espiritualidad del sacrificio y la falta de acción concreta deja a toda la comunidad crucificada en la oscuridad material y simbólica.

Si la Semana Santa es auténtica, no puede ser solo espectáculo o costumbre. Debe convertirse en compromiso. Y en el caso de la Cañada, ese compromiso implica, de una vez, que se restablezca el suministro eléctrico de forma estable, que se garantice el acceso pleno a la educación y que se reconozca, sin más demoras ni estigmas, la dignidad de quienes allí viven.

Y no se equivoque, que no se trata de impedir que usted recorra procesiones, sino de que también atraviese el camino de la Cañada Real, no como visitante ocasional, sino por responsabilidad política. Que el vía crucis que allí se padece no se limite solo a dentro de las capillas que visita, sino que se traduzca en decisiones concretas: luz, escuela, vivienda digna y respeto.

La unidad de la izquierda: crónica de una pureza difícil de digerir

Me asomo a la actualidad con el mismo ánimo con el que uno observa una inundación desde el balcón, con una mezcla de alivio por no estar mojándome y una secreta fascinación por ver cómo el agua se lleva las macetas del vecino. El panorama político de estos días, a juzgar por el clamor de las tertulias y los mentideros digitales, parece haber abandonado definitivamente el terreno de la gestión para instalarse en el de la teología o la fe. Ya no se discute sobre el precio del kilovatio de electricidad o el bache de la esquina que rompe neumáticos y yantas; ahora se discute sobre la pureza.

En la izquierda, especialmente, ha surgido una nueva casta de inquisidores que andan todo el día con el "purómetro" en la mano. Me cuentan que, en el sur, a cuenta de unas elecciones que pintan más negras para la izquierda que el porvenir de un vendedor de enciclopedias hoy, se ha desatado una guerra de siglas que ríase usted de las guerras de religión del siglo XVII. 

Hay quien sostiene que es mejor quedarse en casa, cultivando el noble arte de indignado en pijama, antes que votar a un vecino que no comparta el cien por cien de tus dogmas. Dicen que ya no quieren votar "con la nariz tapada", lo cual es comprensible, pero olvidan que, en política, como en el metro a hora punta, si uno espera a que todo huela a rosas, termina por no subirse nunca al vagón.

El espectáculo tiene sus protagonistas de opereta. Por un lado, el gran timonel, cuyo ego parece haber crecido en proporción inversa a su relevancia electoral, empeñado en que el mundo se detenga porque él ha decidido bajarse. Por otro, los que le precedieron, esos cronistas de antaño que, al envejecer, han decidido que la realidad ya no les gusta y han optado por mudarse a unos cuarteles de invierno donde el sol siempre pega por la derecha. Es curioso observar cómo el tiempo, ese escultor implacable de la política, a unos les pule la coherencia y a otros les deja la cara de quien acaba de morder un limón especialmente agrio.

Lo peor, sin embargo, no es la desunión, sino el cansancio. Esa fatiga del ciudadano que ve cómo los casos de corrupción se suceden con la cadencia de las estaciones, en unos juzgados a toda prisa y en otros durmiendo el sueño de los justos durante trece años, según sea el color del cristal con que se mire o el tribunal que lo juzgue. Al final, uno tiene la sensación de que la política española se ha convertido en una partida de cartas donde todos hacen trampas, pero lo más grave es que el tapete está sucio y las copas ya están vacías.

Me queda, no obstante, el consuelo de leer a los que todavía mantienen el pulso firme y la ironía fina, esos que no han sucumbido al pesimismo demoledor ni al fanatismo de sacristía ideológica. Porque, al final del día, lo que nos salvará no será la pureza de la doctrina ni la unión sagrada de las siglas, sino el sentido común. 

Y si eso no nos parece suficiente, a ser posible, sírvanse una tila bien caliente para pasar el trago de las elecciones andaluzas que vienen. Que falta nos va a hacer.

lunes, 6 de abril de 2026

Sueño

Despertó como quien sale del agua sin saber si aún está sumergida en ella. La habitación la miraba con ojos de desorden: la ropa desparramada, la piel desnuda, y su memoria en ruinas. Otra vez había soñado con aquel hombre con el que lo hacía cada noche, y el sueño había sido tan real que todavía su piel le olía a él. En su sueño, los cuerpos se rozaban sin pedir permiso y, cómo suele suceder, las dudas de si era sueño o realidad aparecieron, porque las dudas despiertan antes que las personas.

Ella sé miró en el espejo, buscando ese límite inseparable entre el insomnio y la fiebre. El sujetador del sueño descansaba en el suelo, como prueba de un crimen que nadie podía explicar. Algún dios cruel la había dejado sin respuestas y con demasiadas preguntas. ¿Y si el deseo tiene la suficiente fuerza para inventar la realidad? ¿Y si el hombre de su sueño estuvo ahí alguna vez, quizá en otro tiempo, en otra versión del mundo donde los sueños nunca terminan? 

Ella pensó en locura y vergüenza, dos hermanas que siempre van de la mano cuando el amor se sueña demasiadas veces.

Salió de la cama. El sol se filtraba por la ventana, como una disculpa. En el aire aún flotaba el perfume del sueño, mezclado con la certeza de que la realidad, a veces, también se inventa mientras dormimos.

VALENCIANOS NO SALGAIS A LA CALLE QUE OS OCUPAN LA CASA


El caso de la oficina antiokupación de València ilustra bien cómo determinadas medidas políticas pueden tener un fuerte componente simbólico, pero un alcance práctico muy limitado.

Tras un año de actividad, los datos muestran que el organismo apenas gestiona dos casos al mes, con una función básicamente mediadora, sin capacidad real de intervención judicial. Esto sugiere que su creación respondió más a un mensaje político —poner el foco en la “okupación” como problema de seguridad— que a una necesidad operativa detectada en la ciudad.

El sindicato de Policía Local interpreta la escasa actividad como una “buena señal”, al entender que refleja baja incidencia del problema. En cambio, la oposición, especialmente Compromís, ve en ello una ineficiencia de recursos públicos, y reclama reorientar los esfuerzos hacia la crisis de vivienda, donde los indicadores sí muestran un problema estructural: alquileres altos, falta de vivienda pública y proliferación de pisos turísticos.

En resumen, la oficina parece funcionar más como una herramienta de visibilización política que como un mecanismo eficaz de gestión. Su bajo rendimiento operativo, en contraste con la magnitud del debate público sobre la “okupación”, refleja una desconexión entre el discurso político y la realidad social del problema en València.

Ahora vas y lo cascas.

Sanidad pública: el milagro español del sálvese quien pueda

Hay países que presumen de sus inventos: los italianos de la pasta, los franceses del vino y los británicos del mal tiempo. Nosotros, en cambio, podemos presumir de algo mucho más sofisticado: haber convertido uno de los mejores sistemas públicos de salud del mundo en un experimento de supervivencia burocrática y financiera. Una especie de juego sanitario, pero con batas blancas y un desfibrilador de fondo.

Porque, claro, todo el mundo sabe que la sanidad es pública solo en los carteles. En la práctica, el juego consiste en ver cuánto puedes resistir antes de rendirte y dejarte tentar por ese hospital privado recién inaugurado justo enfrente del público, con sus luces led y su olor a desinfectante de diseño. Qué casualidad, uno podría pensar que lo hacen aposta.

Mientras tanto, los políticos (aquí el espectro ideológico solo sirve para elegir en qué tono de gris te quitan presupuesto) se enzarzan en discusiones eternas sobre quién tiene la culpa: si el gobierno central, las comunidades autónomas o la energía cósmica. Entre tanto, ni PP ni PSOE parecen dispuestos a tocar la “patata caliente” de la financiación sanitaria. Y menos aún subir los impuestos para su financiación, no vaya a ser que se nos enfade el electorado.

Y hablando de financiación: España es líder, pero en la parte baja de la tabla europea. Lo cual tiene su mérito, conseguir que un sistema con tan poco dinero siga funcionando es casi alquimia pura. Es el arte de hacer milagros con lo justo: médicos con tres turnos seguidos, enfermeras que hacen más kilómetros que el AVE y pacientes que se curan por aburrimiento de esperar.

Eso sí, algunos todavía defienden que no pasa nada, que la colaboración público-privada es el futuro. Claro, porque lo privado siempre se ha caracterizado por su amor desinteresado al bien común. Y si pueden ganar un poco más desviando pacientes, mejor todavía. Es emocionante sentir cómo el TAC que te iban a hacer en el hospital público termina misteriosamente asignado al de enfrente. Milagros de la eficiencia.

Mientras, los medios nacionales siguen con su monólogo madrileño, porque parece que el resto del país es solo un decorado de cartón piedra. Que la sanidad se desmorone en Valencia, Albacete o Girona no da tantos clics. Quizá es que en esos lugares necesitamos un influencer sanitario.

Pero tranquilos, todo bajo control. Al final, si enfermas, serás un “cliente” satisfecho, no un paciente. Que suena mucho más moderno. Lo importante no es curarse, sino consumir salud con estilo. Y si no puedes pagarla, bueno… siempre te quedará la esperanza, y una bonita factura como souvenir.

Así que brindemos por este sistema heroico, que cada año logra sobrevivir a pesar de los recortes, las privatizaciones y los políticos con memoria selectiva. 



Las procesiones de Semana Santa

Las procesiones de Semana Santa representan hoy más que una tradición religiosa: son una apropiación institucional del espacio público que se disfraza de devoción popular. Durante varios días, las calles quedan bloqueadas, el ruido inunda las noches, y los medios estatales retransmiten cada paso como si fuera un acontecimiento nacional. Lo que podría ser una manifestación libre de fe se convierte, en la práctica, en una exhibición de poder político, militar y mediático. La presencia de autoridades, uniformes del ejército y cámaras oficiales no es casual: muestra cómo el Estado todavía mantiene vínculos privilegiados con una confesión concreta, mientras las demás creencias son tratadas como algo “ajeno”.

Esa contradicción se evidencia en como muchos aceptan sin cuestionar la ocupación católica del espacio común, pero se escandalizan si un político felicita el Ramadán, como si reconocer la diversidad fuera una amenaza. Esa indignación selectiva revela un fondo de hipocresía y miedo cultural: se defiende “lo nuestro” a gritos, sin admitir que nuestra historia y nuestras calles son el resultado de siglos de convivencia e influencias cruzadas.

En el fondo, las procesiones no solo conmemoran la pasión de Cristo: también exhiben la pasión por conservar poder, privilegio y visibilidad. Y eso dice mucho sobre quién realmente domina el espacio público y el relato de lo “nacional”.


Religiosidad y política

“Hoy, en este 2026 donde la fe ha menguado al 63 por ciento, diez puntos menos que hace unos años, la cosa es más sutil, un trueque de favores: el político gana votos posando con la túnica de nazareno, y la hermandad recibe subvenciones para restaurar la ermita”

En Castilla-La Mancha, esta tierra nuestra de secarrales y catedrales, el polvo de los caminos se confunde con el olor y humo del incienso, la religiosidad popular y la política. Religión y política han bailado un tango endemoniadamente complicado desde que Franco les puso banda sonora. No es para menos: durante el franquismo, las vírgenes no solo eran madres celestiales, sino reclutas de primera en la cruzada nacional, desfilando en procesiones con falangistas a los lados y el caudillo bendiciendo desde el balcón.

Eran los años en que una romería por la Virgen de la Caridad en Villarrobledo no era solo devoción, sino un mitin con crucifijo, y las cofradías de Toledo o Albacete servían para que el régimen se autoproclamara salvador de la patria católica. Aunque creo que aquello no era fe, admito que era un engranaje bien aceitado: la Iglesia aliada al Estado, y la plebe arrodillada a la vez, lo mismo ante el altar cómo ante la picota.

Luego llegó la Transición, se desinfló el globo. Adiós a las misas por los caídos y las rogativas obligatorias por aquella lluvia que nunca llegaba. Las devociones se quedaron huérfanas, pero cómo no eran tontas, mutaron a folklore regional, un ese pegamento identitario que ayudó a forjar Castilla-La Mancha como comunidad autónoma. Los socialistas de los ochenta, que no eran precisamente beatas, se apuntaban a las fiestas populares con la misma naturalidad con que uno se pone la corbata para acudir a una boda.

Y ahí llegaron las vírgenes alcaldesas perpetuas, ese invento tan manchego como montar al Quijote en un tractor. Fíjense en la Virgen de la Varga en Uceda, Guadalajara, que en 2021 recibió el bastón de mando como si fuera alcaldesa de toda la vida, o la de Rus en San Clemente, Cuenca, que lleva un cuarto de siglo en el cargo honorífico, procesionando con pompa mientras el pueblo la devuelve a su ermita como a una vecina pródiga. Chinchilla de Monte-Aragón hizo lo propio con la Virgen de las Nieves en 2015, y en Illana otra virgen se apuntó al club en 2016, para escándalo de los laicos que vieron en ello (con razón) un conflicto de intereses entre el ayuntamiento y el cielo.

Hoy, en este 2026 donde la fe ha menguado al 63 por ciento, diez puntos menos que hace unos años, la cosa es más sutil, un trueque de favores: el político gana votos posando con la túnica de nazareno, y la hermandad recibe subvenciones para restaurar la ermita. No hay ya nacionalcatolicismo rampante, sino una secularización a medias, con tensiones laicas que protestan por el bastón entregado a una escultura de madera. Es como si Castilla-La Mancha, con su mezcla de meseta árida y devociones arraigadas, se negara a soltar del todo el rosario: la política lo usa para parecer cercana, humana, de pueblo; la religiosidad popular, para sobrevivir en este mundo de selfies y descreídos.

Al final, no es hipocresía, es pragmatismo manchego: las vírgenes siguen reinando en los plenos municipales porque, en el fondo, todos sabemos que un alcalde mortal tropieza, pero una alcaldesa perpetua nunca dimite. Y en eso, queridos lectores, reside la auténtica eternidad de la Mancha.

Principio de la transposición de Goebbels

Feijoo utiliza el llamado principio de la transposición de Goebbels para atribuir al adversario los errores o defectos propios para desviar la atención y contraatacar. 

Feijóo acusa a Sánchez de “mentiras” o “desastre económico”, olvidando que  acusaciones similares se han hecho al PP en el pasado, como de opacidad financiera o sobre su gestión autonómica en Galicia. Sin embargo, en sus intervenciones parlamentarias proyecta sobre el gobierno defectos como el enchufismo, pese a sus nombramientos en el PP. 

En los debates, Feijóo traslada críticas sobre regeneración democrática al Gobierno, ignorando legados del PP como Bárcenas. Feijóo acusa al gobierno repetidamente de corrupción generalizada, exigiendo respuestas sobre financiación ilegal, pese a tener escándalos en el PP como Gürtel o Bárcenas que minimiza o ignora en sus intervenciones.

Feijóo reprocha al Gobierno subidas de impuestos y pérdida de poder adquisitivo (90% de hogares afectados, según él), cuando la gestión gallega bajo su mandato se caracterizó por la opacidad presupuestaria y unos servicios públicos deficientes. Tras la DANA en Valencia señaló a Sánchez de mentir a las víctimas y fallar en la respuesta, mientras el PP autonómico no ejecutó 9 millones en ayudas prometidas. 

Feijóo critica al Gobierno por recolocar a ex altos cargos con acusaciones (como abusos o presuntos delitos), cuando tiene casos similares en el PP como el regreso de figuras controvertidas en listas electorales.

¡Vamos! que Feijóo no es Goebbels , es porque no quiere.

En la gasolinera del pueblo,

En la gasolinera del pueblo, la pantalla digital anunciaba otra subida del petróleo. Cada dígito rojo que parpadeaba era como una gota de fuego cayendo sobre la paciencia de la gente.

Mientras tanto, en una esquina de la plaza, una mujer vendía su tiempo a plazos: limpiaba casas por lo mismo que antes costaba un litro de gasolina. Sus manos olían a jabón barato y a cansancio.

En la radio decían que los mercados estaban “en efervescencia”. Afuera, los niños recogían botellas vacías para venderlas por unas monedas. Nadie sabía si eso era un signo de esperanza o simplemente la señal del mundo derritiéndose.

Los ricos hablaban de “ajustes energéticos” y de “transición sostenible”. Los demás solo querían llegar a fin de mes. Cada subida del barril pesaba sobre los hombros como un recordatorio de que algo (no solo el petróleo) se estaba agotando.

Así, mientras el oro negro volvía a alcanzar precios históricos, las vidas humanas, invisibles y baratas, seguían cayendo en la oferta.


PIENSA EN LO SIGUIENTE

Si España hubiese seguido la senda del PP, hoy seríamos cómplices y participes de una guerra injusta, cruel y contraria al derecho internacional. La historia habría repetido sus peores errores: un gobierno plegado a los intereses de otros, dispuesto a sacrificar vidas y principios por servilismo ideológico. 

La derecha española, que en su momento aplaudía la intervención, habría arrastrado al país a la ruina diplomática y moral, alejándonos de una Europa que apostó por la prudencia y la legalidad. Su posterior cambio de postura con ese súbito “No a la guerra” dictado por las encuestas, no es arrepentimiento, sino puro cálculo electoral. Si hubieran estado en el poder, España estaría sola, cuestionada y manchada por una guerra que nunca debió comenzar.

Hoy podemos decirlo con claridad: haber seguido al PP en su deriva pro americana habría sido un error histórico, una traición a la paz y a la voluntad del pueblo español. Los combustibles y la inflación no suben por mala gestión de nuestro gobierno, sino como consecuencia de la actitud de un loco al que la derecha apoya, y que ahora pide al gobierno hacer frente a sus consecuencias. 

Frente al oportunismo, la ciudadanía demostró madurez; frente al servilismo, demostró dignidad. Y esa dignidad, la de un país que dijo “no” cuando otros callaban, es lo único que nos mantiene del lado correcto de la historia.

Ahora piensa en las consecuencias que puede tener, ponerles al frente del gobierno. 

TENEMOS LAMEBOTAS DE TRUMP POR INTERÉS

El apoyo de buena parte de la derecha española a Trump no es un simple gesto de simpatía, sino un ejercicio de identidad política. En Trump encuentran un espejo,  un líder que rompe las normas, que desprecia el “correcto”, que se autopromociona como patriota y que convierte la polémica en una fuente de poder. Para Vox y sectores de la derecha radical, esa figura funciona como su aval internacional, convencidos de que, si en Estados Unidos puede ganar, por qué aquí no debería ser posible llevar el mismo discurso a la mayoría parlamentaria. Es una forma de normalizar posicionamientos que, hace apenas una década, se consideraban marginales.

Para la derecha española, el triunfo de Trump tiene un valor simbólico enorme. Les sirve para decir que no son un fenómeno aislado, sino parte de una corriente global contra el “globalismo”, el feminismo radical, el “woke” y la inmigración sin control. Ese relato les permite movilizar a un electorado joven, descontento y hostil a las élites, sin tener que ocultar su agenda bajo discursos blandos. Sin embargo, el espejo también refleja los riesgos, el de un nacionalismo agresivo, una confrontación permanente y la desconfianza sistemática institucional.

El beneficio más claro del apoyo a Trump recae en la derecha radical y Vox, que se nutren de su imagen como fuerza global. Para ellos, cada giro de Trump fortalece su narrativa de “patriotas contra el sistema”. Parte del PP y la derecha conservadora también se benefician, aunque con más cautela: aprovechan el clima anti‑progresista para presionar a la izquierda, pero temen que las políticas proteccionistas de Trump afecten a la economía española. En el fondo, el apoyo a Trump es una apuesta estratégica: polarizar para ganar, aunque el país pierda estabilidad. 

El verdadero problema no es que haya derecha en España, sino que se deje guiar por un modelo de política basado en el conflicto constante. El apoyo a Trump revela una tendencia a dar más valor a la imagen que la responsabilidad, más a la movilización que la gobernabilidad. La democracia no puede ser solo una lucha de narrativas; debe ser un ejercicio de equilibrio, pero eso parece no importarles en absoluto. 

La pregunta que los ciudadanos deberíamos hacernos es si la derecha española, al identificarse con Trump, está preparada para asumir el costo de sus propias decisiones, o si solo busca el beneficio de un espejismo que terminará por distorsionar la realidad política de nuestro país.

Empezar otra vez


Marina nunca supo si el niño entendía lo que decía. Solo oyó su voz rompiendo el aire, esa voz limpia que a veces tienen los niños cuando todavía no han aprendido a mentir. Sus palabras le cayeron encima como si alguien abriera de golpe las ventanas de una casa cerrada durante demasiado tiempo. Por un momento creyó oler a humo, pero era solo su corazón ardiéndole por dentro.

Salió a la calle casi sin ver la luz, con los pasos apresurados y las manos quietas. El sol al ponerse manchaba los tejados de un rojo intenso, y a Marina le pareció que el mundo se le estaba yendo sin avisar. En el camino hacia la casa, y al pasar junto a la iglesia,  pensó que quizás no había nada que hacer, que el amor perdido, que sentía cómo una mezcla de culpa y temblor, ya no había marcha atrás. 

Cuando entró a la capilla, no quiso rezar. Se sentó en el último banco, cerró los ojos y esperó a que el fuego que sentía bajara. Afuera, el niño jugaba persiguiendo las sombras largas de la tarde. Y Marina, por primera vez, entendió que a veces lo irreversible no te destruye, simplemente te hace empezar otra historia.

Felipe González entra en campaña con Moreno Bonilla

Lo que está haciendo Felipe González es, políticamente, una traición moral a la historia del PSOE: usa su prestigio de exlíder socialista para blanquear al PP y golpear a su propio partido desde dentro, justo cuando más necesita cohesión. Su presencia junto a Moreno y frases como “En el 92 el AVE empezó a funcionar, no como ahora” no son una reflexión institucional, sino la munición partidista que presta al adversario de su partido.

Felipe González ya no discurre, milita o corrige, sino que se ha convertido en un espectáculo de despecho institucional. Su figura, que algún día encarnó el proyecto modernizador del socialismo español, se ha sublimado en una forma de traición elegante, Ahora es un tipo que se presta, con estudiada complacencia, a la causa de su adversario histórico.

Lo que está haciendo junto a Moreno Bonilla no es expresar una opinión; es prestar su nombre a una operación política. No se limita a criticar al gobierno ni a señalar desaciertos: sino que se ha convertido en comparsa de una campaña andaluza, buscando desgastar al PSOE desde dentro. Es el beneplácito a la derecha de un expresidente que, en vez de leer la historia con humildad, se pone a la disposición de quien la quiere contar de otra manera desfigurándola. 

Si se analiza su frase sobre el AVE de 1992, es evidente que no se trata de un apunte técnico, sino un guiño calculado. “En el 92 el AVE empezó a funcionar, no como ahora”. No basta con decirla sonriendo porque, con sonrisa o sin ella, suena a lección de autoridad, cuando en realidad es un arma de desgaste que busca minimizar el presente para engrandecer un pasado que, convenientemente, se identifica con su etapa de ejercicio político. No está defendiendo la memoria del socialismo; está usando su autobiografía para relativizar el esfuerzo de quienes hoy intentan mantenerlo vivo.

No me digáis que su ironía no es brutal. El expresidente que, durante décadas, se alimentó del cariño institucional del PSOE, ahora se dedica a alimentar el discurso del PP, con una sobredosis de nostalgia para que su ataque no parezca tan crudo. Felipe, hoy, no es un hombre libre de partido; es un hombre que ya no pertenece a ningún sitio y que, por eso mismo, se siente autorizado para herir con la impunidad del que ha dejado de tener responsabilidades reales.

Lo más desagradable de su papel no es su crítica, sino su postura o su impostura. No se le ve como un socialista exigente, sino como un dirigente depreciado que está confundiendo disidencia con resentimiento. Aunque se empeñe, no aporta ideas, solo son eslóganes retrospectivos; no ofrece alternativas, solo se dedica a dar zarpazos. Su gesto no fortalece el debate político, sino que sirve para confundir a la militancia y desorientar al electorado. Pero ante todo sirve de parapeto para quienes pretenden vendernos que el PP es el partido de la “moderación” y del “sentido común”. Es una marioneta de Génova 13.

Al final, la imagen que nos quedará del personaje es la de un político que ya no tiene nada que construir, y que por eso se dedica a destruir. No se trata de un reparador crítico, sino de un saboteador con corbata de veterano militante. Felipe González ha cruzado esa línea, tras la que ya no es solo un referente incómodo para el PSOE, sino un problema moral para el socialismo. 

En el PSOE, aunque diferente, hay otra actitud parecida, la de Page. En el fondo, ambos dos (tanto González como Page) representan dos caras de la misma moneda: el exlíder que se confunde a sí mismo con el PSOE, y el dirigente regional que se cree su custodio. El primero se presta al PP para recordar que una vez fue indispensable; el segundo se escuda en la “autonomía” y en la “lealtad a la militancia” para legitimar su propia desobediencia. Mientras el PSOE intenta no hundirse, los dos se dedican a recordar, uno en clave nacional y otro en clave regional, que el pasado fue más glorioso, ignorando que el pasado, en política, sirve para aprender, no para usarlo como arma contra el presente.

Y cuando un expresidente se convierte en obstáculo simbólico de la formación que lo hizo presidente, su legado apesta a ruina.


¡Clama al cielo!

¡Clama al cielo escuchar, una y otra vez, las mismas frases huecas de quienes no tienen ni puñetera idea de cómo funcionan las administraciones, sobre eso de las “paguitas” y el “buenismo”! Como si la compasión fuera un defecto, y la solidaridad, una enfermedad. Mientras tanto, no quieren ver cómo la derecha política, esa que presume de méritos propios, sigue engordando sus bolsillos a base de enchufes, chiringuitos y mamandurrias disfrazadas de gestión eficiente. Y lo peor: una parte de la ciudadanía lo ve, lo sabe… y aun así aplaude. Se traga el cuento entero con una fidelidad que da miedo. 

Aquí no se trata solo de ideología, sino de coherencia moral. ¿De verdad es más escandaloso que una persona reciba una ayuda social para poder comer, que ver cómo unos pocos se reparten el pastel del poder entre amigos y familiares? ¿Tan hondo caló la propaganda que nos ha hecho creer que el pobre es culpable y el rico, merecedor eterno de indulgencia, aunque sea un auténtico chorizo? Es hora de mirar de frente esa hipocresía que sostiene este sistema capitalista y plantarle cara sin miedo.

La manipulación funciona porque falta pensamiento libre. Nos tratan de enseñar a repetir, no a pensar; a aceptar, no a cuestionarnos nada. ¡Y así nos va! Somos un país donde las consignas pesan más que los argumentos, donde se cree más a lo que grita un tertuliano en televisión que a la realidad que se ve en la calle. Urge que desde la escuela se enseñe a pensar, a contrastar información, a sospechar del que ejerce el poder y del que quiere ejercerlo, de sus relatos cómodos. Sin pensamiento crítico, no hay país con futuro, solo un país obediente.

Porque sí, todos los votos valen lo mismo, y eso es lo bueno de la democracia, también es un sistema trágico cuando se vota con los ojos cerrados. La libertad no está en elegir una papeleta, sino en hacerlo con la mente despierta. Leer, formarse, cuestionar, incomodarse… eso es ser revolucionario. Lo demás, es pura sumisión envuelta en charanga y bandera en la pulsera, en el balcón, o en el collar de paseo del perrito.

Porque lo que está en juego es mucho más importante que la fidelidad a una ideología porque está en juego la decencia. No hay democracia real sin pensamiento crítico, sin mostrar rebeldía, sin tener memoria. Así que clamen al cielo, griten quienes todavía pueden sentir vergüenza. Incomoden. Despierten. Porque si seguimos tragando con todo, el futuro no lo decidiremos los ciudadanos, lo decidirán los que llevan décadas repartiéndose el país entre copas de vino, puros y sonrisas hipócritas.



Filosofía: el arte de no ser un robot


Cada vez se escucha con más frecuencia la frase: “la filosofía no sirve para nada”. Curiosamente, la pronuncian personas que viven en un mundo construido precisamente gracias al pensamiento crítico, a la ética y a la lógica, todas ellas hijas legítimas de la filosofía. Qué ironía: rechazar el pensamiento reflexivo mientras se disfruta de sus frutos.

Pero claro, ¿para qué filosofar si ya tenemos tutoriales en internet para enseñarte “cómo ser feliz en tres pasos” o “cómo tener éxito sin pensar demasiado”? La nueva religión de nuestro tiempo es la inmediatez, y su profeta, la pantalla del móvil. Pensar cuesta, porque requiere pararse a pensar, y eso hoy resulta al parecer un crimen. Vivimos en una época que idolatra lo util y desprecia lo profundo, donde saber qué es justo importa menos que saber cómo destacar, aunque solo sean diez segundos en un vídeo.

Los que desprecian la filosofía suelen decir que “eso no da de comer”. Tienen razón: no alimenta el estómago, pero sí el espíritu, la conciencia y, sobre todo, la libertad. Y no hay nada más peligroso para el poder, para las modas o para las masas conformes, que un ser humano que piense por sí mismo.

Sin filosofía no existiría la ciencia, porque la ciencia empezó con preguntas filosóficas; no existiría la ética, porque la moral requiere reflexión sobre lo justo y lo correcto; y tampoco existiría la democracia, porque fue el pensamiento filosófico el que nos enseñó que la razón vale más que la autoridad.

Pero claro, sigamos pensando que la filosofía no sirve para nada. Así podremos vivir más tranquilos, sin dudas ni preguntas incómodas. Bastará con obedecer tendencias, consumir los bulos que nos cuentan, las mentiras o medias verdades  que nos dicen, y con opinar lo que opina la mayoría. Seremos muy eficientes, aunque unos perfectos inútiles.

Al final, lo que molesta no es que la filosofía no sirva, sino que resulta incómoda. Porque filosofar implica mirar el mundo de frente y, de paso, mirarse a uno mismo. Y eso, en tiempos de filtros y apariencias, es demasiado esfuerzo para una sociedad que confunde pensar con creer todo lo que aparece en la pantalla del móvil o la Tablet.


LA UNIÓN EUROPEA CELEBRA EL ENTIERRO DE SUS VALORES

La Unión Europea, esa autodenominada fortaleza de los derechos humanos, parece haber encontrado su nueva seña de identidad: las concertinas diplomáticas. Tras años de construir un relato de solidaridad y justicia, Bruselas ha decidido dar un salto cualitativo hacia su propia negación moral: externalizar el sufrimiento.

El llamado Reglamento de Retorno, apoyado con entusiasmo por el Partido Popular Europeo y la extrema derecha, es —con todas las letras— el acta de defunción del espíritu humanista que dio forma al proyecto europeo tras la Segunda Guerra Mundial. Convertir la protección internacional en una operación logística de deportaciones hacia terceros países es más que una medida política: es una traición ética.

Y no una cualquiera. Deportar a personas vulnerables a países con dudosa reputación en materia de derechos humanos —Uganda, Ruanda, Egipto, Marruecos, la India o Bangladesh— equivale a cerrar los ojos ante el riesgo de tortura, persecución o miseria que estas personas intentaron dejar atrás. Que la Comisión Europea lo califique como una “solución innovadora” es una muestra de cinismo institucional digno de estudio: reinventar el lenguaje para blanquear la crueldad.

Detrás de esta maniobra hay cálculo, no ignorancia. Los gobiernos de corte conservador y ultraderechista han comprendido que el miedo migratorio da réditos electorales. Y nada suena mejor a sus votantes que un eslogan de “eficiencia” y “seguridad” con aroma a control fronterizo. Pero ningún manual técnico puede maquillar el hecho esencial: Europa está subcontratando su conciencia.

Hablan de “regresar” a los migrantes, como si la dignidad humana tuviera cláusulas de permanencia. Hablan de “países seguros”, ocultando que muchos de ellos persiguen minorías, encarcelan disidentes o permiten la esclavitud moderna. Hablan de “centros de acogida”, cuando en realidad son centros de desaparición administrativa, depósitos de personas incómodas, convenientemente fuera del alcance de las cámaras y las leyes europeas.

El argumento de la eficiencia es otro insulto. No hay nada “eficiente” en convertir el derecho de asilo en una carrera burocrática para sobrevivir. No hay nada “sostenible” en encerrar niños durante 24 horas “como último recurso”. Europa no está haciendo su política migratoria más racional: la está haciendo más inhumana.

Lo más grave es que esta deriva no ha sido impuesta desde fuera, sino cultivada desde dentro. Que el Partido Popular Europeo abrace sin pudor las tesis de Vox, Le Pen o Meloni demuestra una descomposición moral preocupante. La derecha clásica ha decidido competir con los extremistas en su propio terreno, como si la historia no hubiera enseñado qué ocurre cuando los valores se subordinan a los votos.

Este reglamento no protege fronteras: destruye principios. Y lo hace mientras sus promotores se envuelven en la bandera azul con estrellas doradas, apelando a la “unidad europea” mientras dinamitan su verdadero cimiento: la dignidad humana.

A estas alturas, la pregunta ya no es qué será de los refugiados. La pregunta es qué será de nosotros cuando, en nombre de la seguridad, Europa deje de ser Europa.

El anacronismo de la tauromaquia y la obstinación de Castilla-La Mancha

La tauromaquia pertenece a un tiempo en que la violencia era parte del espectáculo y el sacrificio un componente esencial del honor. Pero la cultura, si quiere sobrevivir, debe transformarse con quienes la viven”

En España, pocas tradiciones dividen tanto a los ciudadanos como la tauromaquia. Durante siglos fue celebrada como una forma de arte, un ritual cargado de simbolismo y valentía. Sin embargo, en pleno siglo XXI, la imagen del toro agonizando en la arena ya no encaja con la sensibilidad de una sociedad que ha aprendido a mirar el sufrimiento animal con otros ojos. La fiesta nacional, antaño orgullo colectivo, se ha convertido en un espejo incómodo que refleja la tensión entre pasado y presente.

La cuestión no es solo estética ni moral: es cultural. La tauromaquia pertenece a un tiempo en que la violencia era parte del espectáculo y el sacrificio un componente esencial del honor. Pero la cultura, si quiere sobrevivir, debe transformarse con quienes la viven. Mantener vivas prácticas que se sustentan en el dolor contradice la ética contemporánea, aquella que reconoce la vida como valor en sí mismo. En este contexto, insistir en ensalzar la tauromaquia como patrimonio intangible no es un gesto de fidelidad al arte, sino de resistencia al cambio.

Por eso resulta tan llamativo que Castilla-La Mancha haya decidido mantener su Premio Regional de Tauromaquia. El argumento oficial apela a la defensa de la tradición y a la preservación de una identidad cultural. Pero esa defensa es cada vez más difícil de sostener sin caer en la contradicción. ¿Qué dice de una comunidad moderna que premie públicamente una práctica cuestionada por buena parte de sus ciudadanos? ¿No sería más coherente abrir camino a nuevas formas de expresión cultural que encarnen los valores de nuestro tiempo?

Mantener ese reconocimiento institucional revela para mí un problema más profundo: la confusión entre conservar y perpetuar. Respetar las raíces no implica impedir que crezcan ramas nuevas en el árbol. La cultura no se empobrece cuando abandona viejas costumbres; se vuelve más lúcida, más acorde con el pulso del mundo. Al seguir premiando la tauromaquia, Castilla-La Mancha no protege su herencia, sino que la fosiliza. Convierte el arte del toreo en un vestigio, un símbolo que sobrevive más por inercia que por convicción.

La tauromaquia puede tener valor histórico, literario o incluso antropológico, pero su defensa como práctica viva solo se sostiene si ignoramos el cambio moral de nuestra época. Aceptar su anacronismo no significa renegar del pasado, sino reconocer que la cultura, que la ética, evolucionan. Y quizá haya llegado el momento de entender que honrar nuestra historia no pasa por repetirla, sino por aprender a dejarla descansar.

Castilla-La Mancha, al mantener su premio, conserva también un espejo donde el país entero puede mirarse. No se trata de juzgar con desprecio lo que formó parte de nuestra historia, sino de decidir qué nuevos valores queremos. Defender la tauromaquia en el siglo XXI ya no es un acto de amor por la cultura, sino una forma de resistencia a la evolución ética. Y esa resistencia, inevitablemente, la convierte en lo que más teme ser: una reliquia brillante, pero muerta, de un tiempo que ya no nos pertenece.

miércoles, 25 de marzo de 2026

Lobo con piel de cordero

Adelanto electoral en Andalucía. Hay lobos que no aúllan, que se acercan con paso corto, sonrisa templada y una rebeca al hombro. Este, en lugar de colmillos, muestra hoyuelos; en vez de pelaje oscuro, luce lana recién planchada con aroma a colonia institucional. Te mira desde la tele y crees que va a ofrecerte una caña, pero en realidad te está vendiendo la privatización envuelta en papel de celofán. Es el arte del disimulo ejecutivo: un depredador sin despeinarse.

Aprendió que la ferocidad no se lleva bien con las encuestas, así que se vistió de vecino simpático, de amigo que habla bajito y promete equilibrio. Mientras tanto, reorganiza el corral: los corderos contentos con las migas, el lobo engordando con los contratos. Y cuando alguien le recuerda el zarpazo de antaño, sonríe: “No fui yo, fue aquel otro”.

Así es el nuevo lobo contemporáneo: no muerde, gestiona; no ruge, comunica. Pero si rascas un poco la lana, todavía late debajo su instinto: conservar el poder sin que nadie lo note, hacer pasar el cálculo por empatía y el pacto con los lobos por sentido común.

Moreno Bonilla es el ejemplo más pulido del lobo que aprendió a balar. En la política andaluza, donde el colmillo suele relucir, él decidió ponerse lana blanca y sonrisa de vecino. Ya no es el dirigente del PP, ahora es “Juanma”, el moderado de mirada limpia y verbo templado. En una época de estridencias, su gran triunfo ha sido convertir la gestión en simpatía y la estrategia en afecto.

Su disfraz personal funciona tan bien, que ni siquiera parece de derechas, aunque gobierne con los patrones clásicos de su partido: rebaja fiscal para unos pocos, sanidad pública en desguace lento, educación que se externaliza a golpe de concierto. Pero su tono amable desactiva cualquier reproche; la palabra “recorte” suena menos dura cuando la pronuncia alguien que reparte abrazos en ferias y lágrimas ante ataúdes y en Semana Santa.

Moreno Bonilla es un político que ha hecho del eufemismo su casa y del olvido su aliado. Hoy pocos recuerdan que fue él quien firmó el primer acuerdo con Vox, cuando aún se hablaba de “cordones sanitarios” y del peligro de normalizar a la ultraderecha. Hoy, ese pacto se relega al pie de página mientras Moreno Bonilla se presenta como garante de la estabilidad, el adulto de la sala, el gestor que no grita. Pero el fue el primero en acordar con la banda de Obiscal. 

Lo suyo no es el zarpazo, sino la caricia. Pero mientras acaricia, reordena el territorio político: la derecha se ensancha gracias a su tono pastoril, y el rebaño duerme tranquilo, convencido de que el lobo ha aprendido buenas maneras. Lo cierto es que no se las quitó nunca, solo aprendió a usarlas mejor.

En Andalucía, el poder ya no grita, sonríe. Y esa, quizá, sea la forma más peligrosa del rugido del lobo.

El gallo Donald y el gallinero del poder

Había una vez, en un luminoso corral junto al mar, un gallo altivo, con nombre de pato, llamado Donald. Cuando era pollito, todos se reían de él porque tenía la cresta de un naranja tan intenso que parecía una zanahoria encendida. “¡Míralo, parece que lleva una antorcha en la cabeza!”, gritaban los demás. Donald no decía nada, pero dentro de su pequeño corazón juró que algún día se vengaría de todos y dejarían de reírse… empezarían a temerle.

Con el paso del tiempo se hizo fuerte y su quiquiriquí marcaba el amanecer de todo el gallinero. Sin embargo, aquel recuerdo de las burlas seguía picándole como un grano infectado. Entonces apareció Benjamín, un pollo hablador que decía saber cómo hacer que todos obedecieran a Donald:

—Si no quieres que se burlen, manda tú. Haz que te teman,

le susurraba cada mañana. Prohíbeles el pienso, y si protestan, échalas del gallinero.

Donald lo escuchó. Pronto, las gallinas dejaron de cantar, los polluelos pasaban hambre y el aire del corral se llenó de miedo. Donde antes había risas, ahora solo se oían órdenes y cacareos de tristeza.

Hasta que un día, mientras el dueño del gallinero preparaba su cumpleaños, las gallinas descubrieron que juntas eran más fuertes que un gallo presumido. Se rebelaron y, para sorpresa de todos, señalaron al mismísimo Donald como el más gordo y soberbio del corral.

—Ese será el pollo asado de la fiesta.

dijeron 

Benjamín intentó defenderlo, pero el dueño, que no quería dejar al amigo solito, decidió que ambos irían al horno “para que siguieran juntos hasta el final”.

Cuando el fuego empezó a hacerse intenso, Donald comprendió, demasiado tarde, que el miedo no da respeto, y que quien vive vengándose acaba siendo víctima de su propio rencor.

Y a pesar de todo, el mundo no aprendió la moraleja: Que quien siembra odio para sentirse poderoso, termina ardiendo en su propio fuego. Los gallineros, como el mundo, solo prosperan cuando sus habitantes aprenden a compartir el grano y a escucharse antes de atacarse.


Tortura en nombre de la fe

Hay una crueldad silenciosa que no se ejerce con golpes, sino con recursos judiciales, y una obstinación ciega que se disfraza de "valores". Lo que la asociación Abogados Cristianos y el padre de una joven han perpetrado durante los últimos 20 meses no es una defensa de la vida, sino lisa y llanamente, una forma de tortura legal amparada en el cinismo.

El Tribunal de Estrasburgo ha dado el carpetazo definitivo: ya no hay más excusas, ni más cautelares, ni más trucos procesales. Pero el daño ya está hecho. Una mujer de 26 años con tetraplejia y un trastorno límite de la personalidad, ha tenido que ver cómo su derecho a una muerte digna, reconocido por médicos y juristas desde julio de 2025, se convertía en el campo de batalla de una cruzada ultra que no la ve a ella, sino a un símbolo.

Lo más sangriento de este caso es la figura del padre. Un hombre que desapareció de la vida de su hija, permitiendo que fuera tutelada por la Generalitat durante su minoría de edad, y que solo ha regresado del olvido para negarle su última voluntad. Resulta vomitivo que quien no estuvo para sostener su mano en la vida, pretenda ahora encadenarla a una cama en contra de su deseo expreso.

No es amor filial lo que mueve este motor, es el fundamentalismo. Un fundamentalismo que prefiere ver a una persona joven sufrir un "padecimiento físico y psicológico constante" antes que admitir que el individuo es el único soberano de su propio cuerpo.

Abogados Cristianos ha demostrado una vez más su maestría en el uso espurio de la justicia. Su estrategia no es ganar, saben que legalmente no tienen nada que hacer, sino retrasar. Su éxito no se mide en sentencias favorables, sino en meses de agonía añadidos al calendario de una persona que ya ha dicho "basta". Utilizar los tribunales para prolongar el dolor ajeno bajo el pretexto de la moralidad es sadismo institucional.

Mientras tanto, en la sección de comentarios de los diarios, aún resuena el eco de quienes dicen que la eutanasia es una "moda". Hablar de "moda" ante una mujer en silla de ruedas que suplica el cese de su tormento es de una indigencia moral aterradora. No es capitalismo, no es una tendencia: es compasión y autonomía.

La Generalitat ya no tiene sombras legales donde esconderse. Cada minuto que pase a partir de ahora sin que se cumpla la voluntad de la mujer será una negligencia administrativa. Pero más allá de la gestión pública, queda una lección amarga: en pleno 2026, todavía existen grupos capaces de secuestrar la libertad ajena usando la Biblia como escudo y el BOE como arma. A esta mujer le robaron su día en marzo de 2025. Esperemos que, tras el varapalo de Estrasburgo, la justicia empiece a ser, por fin, humana.


El agua que pasa de largo: voz de Castilla-La Mancha en el Día Mundial del Agua

Dicen que el agua es vida, y que donde hay agua, hay futuro. En Castilla-La Mancha lo sabemos bien, quizá porque llevamos demasiados años viendo cómo la vida pasa de largo, canalizada en tuberías, ríos  y un trasvase que atraviesan nuestra tierra sin quedarse. Somos una región con nombres que evocan al agua (Guadiana, Tajo, Júcar), pero que muchas veces la siente como un bien ausente, esquivo, casi prestado.

Cada 22 de marzo, al celebrarse el Día Mundial del Agua, nos acordamos de algo que, más que recurso, es un derecho. Y, sin embargo, aquí en el corazón de España, aún tenemos que reivindicar lo evidente: el agua debería servir primero para sostener nuestra tierra, nuestras familias y nuestros pueblos. No puede ser que mientras el trasvase lleva vida a otras zonas, nuestros agricultores sigan mirando al cielo esperando una lluvia que no siempre llega, ni una planificación justa que les permita regar y producir sin endeudarse.

La agricultura familiar, heredera de generaciones que aprendieron a trabajar el campo con esfuerzo y respeto, necesita agua no para hacer negocio, sino para mantener vivo el entorno rural. Sin agua no hay cultivos, sin cultivos no hay trabajo, y sin trabajo el pueblo se marchita. El abandono de los campos no es solo consecuencia de la sequía climática, también de una sequía política que ha relegado a Castilla-La Mancha a ser tierra de paso.

Pero la injusticia no termina ahí. En los últimos años, estamos viviendo otro fenómeno que preocupa: la privatización del agua destinada al consumo humano. El agua de beber, la que debería estar garantizada por ser un bien básico, empieza a convertirse en un producto más, con tarifas que castigan a quienes menos tienen y con una gestión que a menudo se aleja de la gente. El agua no puede ser un negocio; el agua es un derecho. Y ese derecho debe estar protegido por leyes, pero también por conciencia social.

Castilla-La Mancha no puede ni debe resignarse. Somos una tierra de secano, sí, pero también de ingenio, de lucha y de esperanza. Desde los pueblos más pequeños hasta las ciudades, deberíamos levantar la voz para reclamar una gestión del agua que piense en la región como un todo, que entienda que sin recursos hídricos propios no hay desarrollo posible. El agua no solo riega los campos: riega las raíces de nuestra identidad.

En este Día Mundial del Agua, miremos nuestros ríos con respeto, pero también con exigencia. El agua que nos atraviesa no puede seguir siendo símbolo de pérdida, sino de justicia. Que se quede, que se reparta con equidad, que sirva para vida y no solo para consumo ajeno. Porque el futuro de Castilla-La Mancha, sus campos, sus pueblos y su gente, también depende de que el agua deje de ser un espejismo y se convierta por fin en herencia compartida.


El cinismo del "pequeño propietario": La vivienda como rehén

Hay formas de hacer política que consisten en envolverse en la bandera para tapar la cartera. De eso sabe mucho la derecha hispana. Y hasta la nacionalista, que primero es derecha y luego independentista. Así lo que acaba de perpetrar Junts con el decreto de vivienda en un ejercicio magistral de ese equilibrismo hipócrita. Bajo el disfraz de protectores de la "clase media", esa formación ha decidido pegarle un hachazo a la supervivencia de miles de inquilinos, demostrando que, cuando las luces de la épica nacionalista se apagan, lo que queda es la derecha rancia de toda la vida.

El argumento es tan viejo como tramposo: dicen que votan "no" para no "asfixiar al pequeño propietario". Es una narrativa diseñada para el sentimentalismo, que invoca la imagen de una abuela que vive de su única renta, cuando la realidad del mercado es una selva de fondos de inversión, multi propietarios y rentistas profesionales que se están forrando a costa de salarios estancados.

¿De qué asfixia nos están hablando? ¿De la del propietario que ve cómo el valor de su activo sube un 10% anual mientras duerme, o de la del joven que destina más de la mitad de su sueldo a pagar una habitación de ocho metros cuadrados? Defendiendo este modelo, Junts no protege a la clase media; protege el privilegio de quien desde hace tiempo tiene la sartén por el mango.

Resulta insultante que se nos hable por Junts de "asumir costes sociales" mientras su partido utiliza sus siete votos en Madrid como una moneda de cambio constante. Han decidido que la estabilidad de las familias catalanas es un daño colateral aceptable en su guerra particular contra el Gobierno de Sánchez y su desprecio visceral hacia Illa, al que llaman "mayordomo" mientras actúan como el botones de los intereses inmobiliarios, lo que es, cuanto menos, una broma de mal gusto.

Es una jugada maestra de cinismo: Junts votará a favor de bajar los impuestos de la luz y el gas, porque eso es popular y no toca los bolsillos de sus donantes, pero bloqueará la prórroga de los alquileres. Quieren el beneficio del titular amable y la tranquilidad del sector inmobiliario. Cómo se dice en estos lares, quieren soplar y sorber al mismo tiempo. Mientras se llenan la boca hablando de la "dignidad de Cataluña", lo que están haciendo es dejar a la intemperie a los ciudadanos a los que dice representar. Porque la dignidad de un país no se mide por cuántas veces le plantas cara a Madrid, sino por si eres capaz de garantizar que tu gente no sea expulsada de sus barrios por la codicia de un mercado sin control.

Junts ha vuelto a casa. Ha vuelto a ser la Convergència de los negocios, la de las moquetas y la defensa de la propiedad por encima de la vida. Han dejado claro que, para ellos, la vivienda no es un derecho, es un negocio; y el inquilino no es un ciudadano, es un gasto. Que no nos vendan más épica independentista, cuando lo que hay detrás de su "no" es egoísmo de clase, puro y duro.


HABLAR HOY DE EVANGELIZACIÓN, ES PATÉTICO

No ha dicho tanto, pero ha dado un paso hacia la verdad. El rey Felipe VI ha dado un paso valiente al reconocer “mucho abuso” en la conquista de México, un gesto que trasciende la mera corrección política y abre la puerta a una reconciliación genuina entre España y América Latina. Desde mi visión, este acto no solo valida evidencias históricas irrefutables como las matanzas documentadas por cronistas de la época y el colapso demográfico indígena (de 25 millones a 1 millón en un solo siglo), sino que subraya una lección clave, que asumir errores pasados fortalece lazos diplomáticos en un mundo hoy  interconectado.

Reconocer abusos no equivale a una autoflagelación ni a reescribir la historia con los ojos del presente, como critican los sectores conservadores en España. Al contrario, es un acto de madurez política que humaniza a las naciones y facilita la cooperación futura. Países como Alemania, que asumió el Holocausto, han construido relaciones sólidas con Israel y Europa sin perder orgullo nacional. En el caso de España y México, este gesto real podría impulsar acuerdos comerciales, culturales y migratorios, transformando un legado controvertido en un puente de prosperidad compartida. Negarlo, como hacen voces de Vox o el PP, solo perpetúa divisiones estériles y debilita la influencia global de España.

Esta dinámica histórica no es solo pasado, sino que resuena en tensiones contemporáneas. Así como la colonización española justificó la violencia con misiones “civilizadoras”, las acciones de Israel y EE. UU. en Gaza (bombardeos masivos y desplazamientos forzados ante Hamás) se amparan en narrativas de autodefensa que ignoran abusos documentados contra civiles palestinos. Del mismo modo, las sanciones de EE. UU. contra Venezuela y su presión sobre Cuba evocan tácticas coloniales de control económico, disfrazadas de promoción democrática y antes  denominadas “evangelización”, que asfixian poblaciones sin resolver las raíces profundas de esas situaciones. Asumir estos errores, como propone Felipe VI, podría desescalar : Israel ganaría legitimidad reconociendo excesos en Gaza; EE. UU., al levantar bloqueos en Venezuela y Cuba, fomentaría estabilidad en el hemisfério sur en lugar de confrontación.

En definitiva, la historia enseña que la humildad geopolítica no debilita, sino que empodera. España, al liderar con ejemplo, además de generar críticas internas que niegan los hechos históricos, podría inspirar a potencias actuales a priorizar la empatía sobre el orgullo, mejorando relaciones entre pueblos en un orden mundial hoy demasiado fracturado. Yo quiero esta España digna y respetuosa con el derecho internacional y respetada en el mundo, no la que quiere una derecha sometida a los caprichos de los tiranos, sin pensar en que no necesitamos enemigos externos, que ellos ya se bastan solos aun viviendo aquí.

Caudete y agua: cuando la “gestión indirecta” es una privatización encubierta

No sabía nada de este asunto, pero la desafortunada opinión del alcalde respecto al 8M me puso la noticia ante mis ojos. El Ayuntamiento de Caudete defiende convertir la gestión del agua en un servicio “indirecto” para afrontar inversiones millonarias. Me sonó a eufemismo, la entrega de un bien común a una empresa privada durante años, pase, pero no el hacerlo en un municipio con memoria reciente de concesiones opacas y una ciudadanía cada vez más movilizada.

En Caudete no se discute solo cómo se gestiona una tubería, sino quién manda sobre un bien común tan básico como el agua y durante cuántos años se va a hipotecar el futuro del municipio. Ese es el fondo de un proceso que el Ayuntamiento intenta vestir de “gestión indirecta” y “optimización de recursos”, mientras buena parte de la ciudadanía lo reconoce sin rodeos como lo que es: un intento de privatizar el agua.

Un pasado privatizado del que nadie quiere hablar

Hasta 2013, el agua de Caudete estuvo gestionada por una empresa privada mediante concesión. No es un detalle menor: hablamos de un monopolio natural, un servicio esencial sin competencia posible, entregado a una mercantil durante años. Sin embargo, en la documentación municipal reciente hay un silencio elocuente: no se cita en ningún momento el nombre de esa concesionaria. Si el modelo fue tan exitoso, si “lo privado funciona mejor”, ¿por qué cuesta tanto decir en voz alta quién lo gestionó y en qué condiciones?

En 2012, el Reglamento de Agua Potable ya dejó bien preparada la puerta giratoria: el Ayuntamiento se reservaba la posibilidad de gestionar el servicio de forma directa o indirecta, normalizando la entrada de operadores privados en un ámbito que debería ser paradigmático de gestión pública. Al año siguiente, en 2013, se vuelve a la gestión directa municipal, pero sobre un sistema arrastrado durante décadas con falta de inversión: problemas crónicos de abastecimiento, una red envejecida y una infraestructura que pide a gritos una renovación profunda.

Hoy el propio Consistorio cifra en unos 6 millones de euros las inversiones necesarias en captaciones, renovación de la red y modernización del servicio. Es una cantidad alta para un municipio de este tamaño, sí, pero también una cifra políticamente muy útil: permite construir el relato de que el Ayuntamiento, pobre y desbordado, no tiene otra salida que rendirse a la gran empresa del agua.

El giro de 2025: una providencia y un pleno

El punto de inflexión llegó el 10 de octubre de 2025, cuando el alcalde señor Mollá firma una providencia en la que plantea “modificar la forma de gestión del servicio público y prestarlo de manera indirecta”. Traducido al lenguaje común: sacar a concurso el agua y el alcantarillado para que una empresa privada se haga con la explotación durante años a cambio de asumir las inversiones. Unidas por Caudete lo llama por su nombre: es el primer paso de un proceso de privatización del servicio de abastecimiento y alcantarillado.

Pocos meses después, en un Pleno extraordinario de diciembre de 2025, se consumó el movimiento político inicial: con los votos de PP y Vox, y el rechazo de PSOE, CCD y Unidas por Caudete, se aprueba crear una comisión técnica y política para valorar la idoneidad de esa privatización. La oposición pide algo tan razonable como esperar a las próximas elecciones municipales antes de tomar una decisión que consideran estructural y de gran impacto para el pueblo. No hablamos de algo banal cómo cambiar el horario de la piscina municipal, sino de atar durante décadas quién cobra, quién invierte y quién manda sobre el agua.

Un relato municipal edulcorado 

Para vender este giro, el Ayuntamiento elabora un discurso cuidadosamente endulzado. En la nota oficial para la reunión informativa del 5 de marzo de 2026 se asegura que se están estudiando “todas las alternativas” y que el único objetivo es garantizar la calidad, la eficiencia y la sostenibilidad del servicio. Se dibuja una contraposición simplista: una gestión directa que asume íntegramente inversiones, riesgos y costes, frente a una gestión indirecta mediante concesionaria que, en apariencia, resuelve todos los problemas sin dolor.

La clave del relato está en una frase muy repetida: “el agua, las infraestructuras y el control seguirán siendo municipales”. Es decir, no se estaría “privatizando” nada importante, solo cambiando la forma de gestión. Pero cualquiera que haya seguido la historia reciente de la privatización del agua en España sabe que el poder no reside en el título de propiedad de la tubería, sino en la capacidad de fijar tarifas, decidir inversiones y definir el nivel de servicio real. Una concesión a largo plazo convierte una necesidad de inversión puntual en un flujo de caja privado asegurado por una demanda siempre cautiva, porque todo el mundo necesita abrir el grifo.

En la práctica, la empresa recuperará sus inversiones (más su margen de beneficio) a través del recibo, y si las cuentas no salen siempre existe la puerta de las revisiones tarifarias y las renegociaciones del contrato. El riesgo que hoy se presenta como insoportable para el Ayuntamiento se traslada, multiplicado y con beneficio empresarial incluido, al bolsillo de los vecinos.

Democracia local frente a hipoteca a largo plazo

La discusión en Caudete no es solo técnica; es profundamente democrática. ¿Tiene legitimidad una mayoría coyuntural para comprometer durante años el modelo de gestión del agua sin un mandato explícito de las urnas y sin consulta directa a la ciudadanía? La petición de la oposición de aplazar la decisión hasta las próximas municipales no es un capricho partidista, sino una mínima defensa del principio de que las grandes decisiones se tomen con grandes consensos.

Conviene recordar, además, la amnesia selectiva en torno a la concesión anterior. El hecho de que nadie quiera hoy nombrar a la empresa que gestionó el agua hasta 2013 debería servir como una alerta temprana. Si el modelo fue tan eficiente y transparente, ¿por qué volver a él sin una evaluación pública de sus costes, sus resultados y sus consecuencias para los vecinos? La opacidad del pasado no puede ser el atajo para repetirlo, sino precisamente el argumento para no hacerlo.

Mientras tanto, la gestión directa ha demostrado que, con recursos y voluntad política, se pueden acometer mejoras significativas: nuevos sondeos, contadores de telelectura, actuaciones en la red, un pozo cofinanciado con la Diputación. Todo eso lo ha hecho el Ayuntamiento sin necesidad de entregar la llave del grifo a una gran empresa del agua. La alternativa a la privatización no es resignarse a la ruina, sino pelear por financiación, exigir apoyo a otras administraciones y, sobre todo, priorizar el agua en la agenda política local.

Privatizar el agua: mala idea desde la ciencia y las cuentas públicas

En este contexto, la privatización no es solo un problema democrático, sino también una mala decisión desde la biología, la economía pública y la protección ambiental. Un servicio de agua gestionado con lógica de beneficio tiene incentivos para recortar en mantenimiento, control de calidad y depuración, justo en un ámbito donde cualquier ahorro mal entendido se traduce en más averías, más fugas, más contaminación y mayor riesgo sanitario. Además, al tratarse de un monopolio natural, la entrada de una empresa no genera competencia real: lo que cambia no es la eficiencia, sino quién captura la renta de un recibo que todo el mundo está obligado a pagar.

Desde la intervención municipal y el ambientalismo, el cuadro se completa: se reduce la capacidad del Ayuntamiento para fijar tarifas sociales, priorizar inversiones o proteger a los hogares vulnerables; se opaca la información bajo el paraguas del “secreto comercial”; se traslada a la factura la amortización de inversiones y el beneficio empresarial; y se orienta la gestión a horizontes de contrato, no a la sostenibilidad del acuífero y del territorio a 50 años vista. Y, una vez firmado, deshacer ese camino es caro y complejo, como han aprendido tantas ciudades que hoy remunicipalizan su agua tras experiencias fallidas. 

Por todo lo anterior, en un municipio como Caudete, con acuíferos presionados, recursos limitados y una ciudadanía movilizada, la decisión responsable no es privatizar mejor, sino gobernar mejor lo público.






Castilla y León: democracia auténtica en un país vacío.


Qué tiempos aquellos en los que cambiar cuarenta años de gobierno socialista en Andalucía era para la derecha “higiene democrática”, y ahora en Castilla y León, donde camino de 43 años del PP, eso se llama “democracia auténtica”.  No es solo un doble rasero retórico: es la normalización de una hegemonía conservadora construida sobre una comunidad que se vacía, que envejece y vota con resignación a los mismos de siempre.

Las elecciones de Castilla y León confirman al PP como primera fuerza, seguido de un PSOE que no se hunde, y mientras Vox se afianza, pero que no se dispara cómo esperaba. La suma es conocida: la derecha mantiene una mayoría holgada, pero el PP sigue dependiendo de Vox para gobernar, por mucho que Feijóo insista en que el voto ultra “fortalece al sanchismo” y que sus votantes son poco menos que ingenuos engañados.  Si alguien fortalece algo, los números dicen que el voto a Vox a quien fortalece es al PP, y el voto al PP mantiene en el poder al bloque PP–Vox.

La paradoja es que esta tendencia se consolida en la comunidad que mejor encarna la España vaciada: Castilla y León que cerró 2025 con 16.000 personas menos de saldo vegetativo, uno de los peores del país, y solo un leve crecimiento de población gracias a la llegada de extranjeros.  En comarcas como La Cabrera, Sanabria o Tierra de Campos, el mapa demográfico es el de un territorio que pierde jóvenes, acumula ancianos y se queda sin reemplazo generacional.  El votante típico de esas zonas acude a las urnas como a una romería, con fidelidad hacia la derecha, con poca esperanza de cambio y la certeza de seguir de que seguirá siendo secundario en la agenda real de poder. Pero lo hace.

Es ahí donde la comparación con Andalucía es especialmente hiriente: lo que allí era “turno higiénico democrático” tras décadas de socialismo, aquí es una simple continuidad virtuosa, aunque el paisaje social sea un experimento a cielo abierto de desertización humana.  Nadie entre los conservadores plantea que quizá la verdadera higiene democrática sería preguntar por qué una comunidad que se desangra en nacimientos, empleo y servicios públicos sigue votando a quienes han pilotado ese proceso durante décadas.

En el otro lado del tablero, las elecciones dejan un mensaje durísimo para la izquierda a la izquierda del PSOE. En esa izquierda no se consigue que los partidos territoriales sean la alternativa. Tampoco que por separado tengan nada que decir.  Las candidaturas ligadas a IU-Sumar y Podemos desaparecen de las Cortes, repitiendo el patrón de otras autonómicas: es la segunda vez que el espacio morado se queda fuera de un parlamento autonómico, aquí perdiendo del orden de 53.000 votos respecto a 2022.  No hablamos de una anécdota, sino del cierre de un ciclo: el que se abrió en 2014 prometiendo romper el bipartidismo y hoy se traduce en irrelevancia institucional en buena parte de la España interior. Para que en los pueblos les voten, esos partidos necesitan estar pegados al territorio. Espero que se haga autocrítica, es indispensable.

Y aquí es donde la despoblación deja de ser un “tema social” para convertirse en un dato estructural de la política. En un territorio envejecido, con miles de pueblos por debajo de los cien habitantes, el voto tiende a concentrarse en marcas conocidas, en redes clientelares y siglas percibidas como “serias”.  PP y PSOE se benefician de esa inercia, Vox ocupa el hueco del malestar cultural y los regionalismos (UPL, XAV, Soria ¡Ya!) intentan capitalizar agravios concretos, pero la izquierda alternativa llega tarde, mal y sin tejido local.

La despoblación castiga especialmente a quien no tiene organización local: cada pueblo que pierde vecinos pierde también interventores, concejales, cuadros medios, votantes militantes.  En la práctica, un municipio que se queda con veinte mayores y dos familias jóvenes es un terreno casi imposible para partidos que solo existen en Twitter o en las grandes ciudades; y Castilla y León, más que ninguna otra, es una comunidad de pueblos, no de ciudades. 

El resultado es un mapa político que parece estable, pero que está sostenido sobre un suelo que demográficamente se está rompiendo.  El PP presume de estabilidad mientras gobierna un territorio que se vacía año a año; el PSOE celebra acercarse al PP mientras asume que su flanco izquierdo se evapora; Vox consolida su papel de socio obligatorio; y la izquierda a la izquierda del PSOE mira desde fuera cómo se cierra la ventana de oportunidad abierta hace una década.

Perder 53.000 votos es un palo, hablaran para justificarlo de “voto útil”.  Pero palo es, y lo es precisamente en una comunidad donde cada voto progresista en la España vaciada pesa el doble: porque sostiene un escaño y porque sostiene la idea de que esos territorios no están condenados a elegir siempre entre continuidad conservadora o ultraderecha.  Quizá la higiene democrática que falta hoy en Castilla y León no es cambiar de siglas en el gobierno, sino asumir que no hay democracia auténtica posible en un país que se queda, literalmente, sin gente.

el enésimo acto de suicidio político de Sánchez

Lo que algunos nos presentaron como el enésimo acto de suicidio político de Sánchez, les ha durado en pie lo que tarda un gráfico del Brent en ponerse rojo. Los mismos medios que horas antes le empujaban al borde del abismo han descubierto de pronto que cerrar el estrecho de Ormuz no es un juego de tertulianos, sino una bomba de relojería para la economía europea y asiática, y han virado sin remedio teniendo que tragarse sus palabras. 

Lo que no acaban de admitir y afirmar públicamente es que en esa coreografía, quien sí se ha quedado solo es el PP, aferrado a su propaganda como a un flotador que se está deshinchando, recitando el argumentario de siempre mientras el escenario ha cambiado no solo de acto sino hasta de la obra que en el se representa. Mientras todos hablan de seguridad energética, de cadenas de suministro, de reservas estratégicas… el partido de Feijóo sigue instalado en el “Sánchez es el problema”, como si la factura del gas y la prima de riesgo fueran asuntos secundarios frente al deber patriótico de machacar al Gobierno por lo civil o lo criminal.

Y ahí aparece Giorgia Meloni, convertida en un inesperado espejo en una galería de deformantes. Cuando la oposición italiana le reprocha sus decisiones, ella responde, casi con una carcajada: “No entiendo por qué la izquierda de nuestro país elogia a España cuando está haciendo exactamente las mismas cosas que Italia”. Es decir: Madrid y Roma firman lo mismo, asumen lo mismo y se alinean en lo esencial, mientras en España se sigue vendiendo la novela de un Sánchez aislado, radical y fuera de Europa.

Admítanlo señores votantes de las derechas hispanas, la escena roza lo grotesco: la ultraderecha italiana reivindicando que España va en su misma línea, y el PP retratado como una rareza continental, empeñado en contar a los suyos que el presidente vive en una esquina del tablero cuando quien permanece acurrucado en la esquina es el propio Feijóo. 

Que no se lo cuenten al pobre Alberto, desde luego: bastante tiene ya con sostener el relato mientras la realidad, tozuda y poco colaboradora, le desmiente en directo cada día.


sábado, 14 de marzo de 2026

“Guerra en Irán: la derecha española a su servicio y contra nuestra soberanía”


Hace frio esta mañana en Albacete. Cielo gris y algo de viento. Leo los digitales. Se empeñan en hablar del asunto transmitiendo que la guerra de Irán es algo lejano, una cuestión de geopolítica y “orden internacional”. Pero notos se muestran preocupados porque se nota en la cartera y en la manguera de la gasolinera. Pero piden que nos coloquemos del lado de nuestros “aliados”. Aliado” es quien se une a otro para lograr un objetivo común o defender intereses compartidos. Pero ¿debemos unirnos incluso si el objetivo es erróneo?

Pensemos. Cada dólar que sube el barril de petróleo es una transferencia silenciosa de riqueza desde Europa hacia los países productores, incluida la potencia que ha decidido incendiar el avispero. Mientras nosotros ponemos las colas en las estaciones de servicio y ellos cobran la factura. Esa sangría encarece el transporte, alimenta la inflación y agrava el desequilibrio comercial europeo, mientras nuestras economías quedan atrapadas en una montaña rusa de precios que no controlamos. ¿Ese es el objetivo de nuestros aliados? Porque si es ese, yo no quiero estos aliados.

El asunto de fondo es el petróleo. Hoy el petróleo no es solo una mercancía, porque lo han convertido en una relación de poder. Nadie puede negar hoy el hecho de que mientras sigamos dependiendo de los combustibles fósiles, que en nuestro país no tenemos, cada crisis en Oriente Medio se convierte en un recordatorio de nuestra vulnerabilidad. La guerra no son solo bombas y misiles, la guerra de Irán también se libra en el recibo de la luz, en la cesta de la compra y en el margen de maniobra de los gobiernos europeos. O reducimos esa dependencia del petróleo, o aceptamos que nuestra política económica se decida entre oleoductos y en el cierre de un estrecho.

Frente a eso, lo positivo es que España demuestra que la transición energética no es un capricho de ecologista, sino la política de Estado más sensata que se puede plantear. Cerca del 60% de nuestra electricidad procede ya de fuentes renovables y el precio mayorista es en torno a un 32% más bajo que la media europea. Menos petróleo significará menos dependencia exterior, menos vulnerabilidad ante guerras como la que ahora vivimos y más soberanía para decidir nuestro modelo económico. Las energías limpias no solo ayudan a proteger el clima, sino que refuerzan nuestra independencia y nuestra capacidad de resistir los vaivenes del mercado de los combustibles fósiles.

Ante este escenario, la postura de la derecha española es mucho más que un error: es una autentica irresponsabilidad patriótica. PP y Vox se envuelven en la bandera mientras defienden políticas energéticas alineadas con el trumpismo, que solo benefician a las grandes petroleras y a Estados Unidos, y nos mantienen encadenados al mismo modelo que nos hace rehenes de sus conflictos. Proponer, una vez más, rebajas generalizadas de impuestos a los combustibles puede resultar hoy lo más popular, pero es una medida regresiva que solo subvenciona la dependencia energética y que retrasa la única salida que hoy es racional: consumir menos petróleo y acelerar las renovables.

Para colmo, todo esto nos lo aliñan con una frivolización constante del conflicto y de sus efectos. Las redes hierven de memes sobre llenar el depósito y colas en las gasolineras, mientras la derecha banaliza la agenda verde y ridiculiza cualquier intento serio de transición. Es una mezcla de sarcasmo y negacionismo climático que no es nada inocente: responde a los discursos conservadores, muchos de ellos generosamente financiados por las industrias más contaminantes.

La pregunta, entonces, es sencilla: ¿a qué país sirve esta derecha nuestra que, en plena guerra del petróleo, se opone a reforzar nuestras renovables y a reducir nuestra dependencia exterior? Parece que a sus votantes les cuesta entender que defender un modelo que transfiere riqueza y poder hacia los productores de petróleo, mientras se sabotea la única vía para ganar soberanía energética, no es patriotismo. Es, precisamente, todo lo contrario.


El recauddor Sánchez

El PP ha denunciado estos días, por voz del genial gallego y la nueva sabionda de la derecha sra. Muñoz, que “la mitad de lo que pagamos en combustible son impuestos que Sánchez recauda”. La frase suena potente, pedagógica, incluso indignante. Pero oculta un pequeño secreto contable: que buena parte de esa supuesta recaudación “de Sánchez” termina en las arcas de las comunidades autónomas, once de las cuales están gobernadas por el propio PP. Para que todos lo entendamos: Sánchez cobra, pero los populares gastan. El combustible, al parecer, no solo mueve coches: también impulsa la máquina del cinismo político, cuando los impuestos se convierten en munición electoral. Lo relevante no es quién recauda, sino a quién conviene culpar.

Si uno aplicara la misma lógica con rigor, tendríamos a Feijóo acusando a Ayuso, Moreno Bonilla o Guardiola de ser cómplices activos en el saqueo al automovilista medio. Pero claro, la verdad y la coherencia tributaria no da rendimiento en votos. Mucho más rentable es presentar al Gobierno central como un recaudador que se dedica a vaciar bolsillos mientras las autonomías populares, por arte de magia, quedan libres de toda responsabilidad presupuestaria.

 En realidad, el PP no nos plantea un debate fiscal, esto es un número de ilusionismo político: convertir impuestos compartidos en armas partidistas. El problema al PP depende de que el público no mire demasiado de cerca y se de cuenta de que le mienten.

¿Tiene futuro Europa?


Muchos tertulianos lo ponen en duda, pero la respuesta honesta, sin arrimar el ascua a la sardina del medio del tertuliano de turno, debe ser más matizada: Europa puede tener futuro, pero hoy no está garantizado. Depende de cómo sepamos gestionar una década llena de problemas a la vez: guerras, problemas sociales, económicos, ecológicos y políticos.
Entramos en 2026 con una economía que crece poco, una población que envejece y muchos países muy endeudados. Al mismo tiempo, tenemos que cambiar nuestro modelo hacia energías más limpias y más tecnología. La política tampoco ayuda: los parlamentos están muy fragmentados y crecen partidos ultraderechistas y populistas que hacen más difícil llegar a acuerdos. La guerra de Ucrania y la tensión entre grandes potencias han obligado a la Unión Europea a dejar de ser ingenua. Europa se ve obligada a pensar en su propia defensa, en su seguridad y en no depender tanto de otros en energía, tecnología o materias primas. Ucrania se ha convertido en una prueba más clara de hasta dónde llega la palabra dada por Europa.
Los riesgos son serios. Si se refuerza una alianza de gobiernos poco comprometidos con la democracia dentro de la UE, pueden bloquear decisiones clave como ampliaciones, apoyo a Ucrania, Pacto Verde o una mayor coordinación económica. Al mismo tiempo, muchos jóvenes viven con frustración por los salarios, la vivienda y la falta de oportunidades, y en muchos territorios hay un sentimiento de abandono. Ese caldo de cultivo alimenta el voto contra “Bruselas”.
Sin embargo, Europa no parte de cero. Sigue siendo un enorme mercado, con reglas comunes y una gran capacidad para fijar normas que influyen en todo el mundo: en clima, datos, inteligencia artificial o sostenibilidad. La transición verde y una nueva industria menos contaminante pueden ser una oportunidad para crear empleo, atraer talento y ganar autonomía energética.
La verdadera pregunta no debe ser solo si Europa tiene futuro, sino qué Europa queremos y podemos construir con las limitaciones actuales. El proyecto europeo será viable si al menos un grupo de países se toma en serio avanzar en defensa, seguridad económica y protección del estado del bienestar, incluso aunque otros se queden atrás. El futuro de Europa no está escrito: depende, en buena medida, de lo que hagamos en esta década.
Porque, al fin y al cabo, Europa solo tendrá futuro si los europeos somos capaces de creer en ella y de trabajar juntos para construirla: a grandes males, grandes remedios.

¿habrán llegado bien?

El lector sigue creyendo que compra periódicos, cuando en realidad compra, a plazos, la narrativa que otros han encargado. Por eso conviene recordar el viejo aviso de: antes de saber qué dice la prensa, procure saber quién paga la tinta… y, si puedes, pregúntate también por qué te sale tan barato creerla.

En ocasiones me pongo melancólico por toda la gente que he mandado a la mierda, y me pregunto ¿habrán llegado bien?

jueves, 12 de marzo de 2026

NO SE ME HA OLVIDADO QUE HOY ES 11 M


Aznar es el raro caso de político que, veinte años después de Irak, no solo no se arrepiente, sino que presume de la foto de las Azores como si fuera un máster en geopolítica. Mientras Bush y Blair han reconocido errores, él sigue instalado en el “no cambio ni una coma”, como si las armas de destrucción masiva hubieran aparecido en una mudanza y nadie nos lo hubiera contado.

La soberbia no es que se equivocara: es convertir el error en medalla, exigir respeto por una decisión que nos dejó muertos, mentiras y un país incendiado… pero eso sí, con lo que considera “prestigio internacional”. Ahora, con la guerra de Irán, vuelve el viejo reflejo: España “debería estar con sus aliados”. Traducción: que otros pongan los muertos y nosotros la obediencia atlántica, otra vez y sin preguntas incómodas.

La España del “No a la guerra” aprendió la lección en 2003. Aznar, no. Por eso su altivez ya no es solo un rasgo de carácter: es una amenaza recurrente, un eco de las Azores que siempre vuelve cuando huele a guerra.

El 11M como fango político

La verdad incómoda no es la que nos quiere vender Mayor Oreja, sino la incapacidad del PP para romper con dos décadas de sospechas insinuadas, silencios cómplices y guerras ajenas.

Veintidós años después de la matanza de Atocha, Jaime Mayor Oreja (un ultra en muchos aspectos) decide presentar su libro el mismo día en que las víctimas recuerdan a sus muertos. No es una casualidad editorial sino un gesto político calculado, que vuelve a colocar el atentado en el terreno de la sospecha: “el 11M se hizo para cambiar la dirección política de España”. Lo repite como quien enuncia una teoría matemática o científica, sin aportar una sola prueba de lo que afirma, envolviendo la insinuación en la coartada moral de una “verdad incómoda”. Es el viejo truco del conspiracionismo de los que se creen elegantes: no se niega la autoría yihadista fijada por los tribunales, pero se sugiere una mano invisible que habría orientado el crimen hacia un resultado político concreto.

En esa escena, lo más elocuente no son las palabras de Mayor Oreja, sino el silencio a su lado. José María Aznar y Isabel Díaz Ayuso escuchan sin despeinarse, prestan su presencia como aval simbólico y, a cambio, se ahorran el coste de pronunciarse. Es el mismo Aznar del trio de las Azores que en 2003 garantizaba en televisión que el régimen iraquí tenía armas de destrucción masiva, que invertir la carga de la prueba era una injusticia y que estaba diciendo la verdad. Dos décadas más tarde, con Irak devastado y sin rastro de aquellas armas, la única verdad incómoda es la suya, que se empeñó en diseñar una política exterior que nos colocó en primera línea de riesgo y una gestión informativa del 11M que intentó mantener vivo el fantasma de ETA hasta que los hechos lo hicieron imposible.

Ayuso, desde Nueva York, completa el cuadro con un calco casi literal del discurso de entonces: “no conozco a nadie que quiera una guerra, no nos gusta a nadie y nos duele a todos”. A Aznar también le dolía, pero justificaba que “está más que justificado que se intente cambiar un régimen que altera completamente las reglas internacionales”. Hoy el escenario geopolítico es otro, el enemigo se llama Irán y no Saddam Hussein, pero la música es idéntica: todos desean la paz, nadie quiere la guerra, y sin embargo el alineamiento automático con “el presidente yanqui de turno” sigue siendo la brújula moral de su partido. Lo inquietante no es la coherencia, sino su incapacidad para aprender algo después de dos guerras y un atentado devastador.

El relato que propone Mayor Oreja invierte la carga de la responsabilidad. La “manipulación extrema de los hechos” ya no sería la del Gobierno que se aferró a ETA contra la evidencia, sino la de una oposición y unos medios que habrían forzado una lectura “islamista” para castigar la foto de las Azores. Convertir en sospechosa la explicación que coincide con varias sentencias firmes es una manera muy eficaz de blanquear los errores propios y de mantener abierta, hasta el fin de los tiempos, una cuenta pendiente con la realidad. La consecuencia es que el 11M deja de ser una tragedia con responsables penales identificados para volver a ser un mito disponible, manipulable, utilizable, maleable a conveniencia.

En el fondo, lo que estos señoros escenifican en ese acto no es el coraje de quien cuenta “su” verdad, sino la resistencia de una parte del PP a enfrentarse a la suya. La de un Gobierno que se equivocó de guerra, que se equivocó en la gestión de un atentado y que, veinte años después, prefiere sugerir sombras antes que admitir que no todo fue una conjura ajena. Las víctimas del 11M no necesitan teorías conspirativas que les expliquen por qué murieron; necesitan que la política deje de utilizar su memoria como campo de batalla simbólico. 

Lo verdaderamente indecente no es que haya una verdad incómoda, sino que, a estas alturas, algunos sigan chapoteando en el fango, cómo disfrutan haciendo los cerdos, por puro interés partidista. Mejor me marcho a caminar que es mucho más sano y no me provoca nauseas.

miércoles, 11 de marzo de 2026

Que se pare el mundo que me quiero bajar


La inestabilidad política y la inseguridad han entrado en nuestras casas sin que casi nos enterásemos. Ha bastado con que alguien mencionara “Irán” en voz alta.  Desde entonces, las noticias se suceden como ráfagas de ametralladora: un millar de objetivos bombardeados, misiles en el Golfo, el petróleo rozando cifras que recuerdan otros desastres, y el presidente de Estados Unidos levantando el tono como quien juega a la ruleta rusa con la economía mundial.  En los rótulos de los informativos  hablan de escenarios, de “ventanas de oportunidad”, de “efecto dominó”, pero en los pasillos de los supermercados lo que se escucha son otras palabras: hipoteca, gasolina, incertidumbre.

En España, mientras tanto, la derecha ha decidido que esta guerra le sirve como espejo y como arma.  El Gobierno repite que “no queremos guerra”, que España no está ni quiere estar en ella, evocando el viejo fantasma de Irak como aviso y como vacuna, pero el PP y Vox responden con un alineamiento reflejo con Trump y Netanyahu, como si la prudencia diplomática fuera una forma de traición.  Cada declaración del Ejecutivo se convierte en una acusación: o estás con “las democracias liberales” o estás del lado de los ayatolás, de Hamás, de los hutíes, de todo lo que resulte útil para pintar un enemigo interno. Cuanto cinismo con el ciudadano, por poner el voto delante del bienestar.

Así, consiguen que la inestabilidad deje de ser geopolítica y se transforme en algo doméstico, en ruido calculado, en siembra de sospechas, en un patriotismo de plató con banderita en la pulsera, en un amor a España que se practica mejor cuanto peor duerme la gente.  La inseguridad ya no es solo miedo a una guerra lejana, sino la sensación de que, aunque las bombas caen lejos, la polarización nos cae aquí mismo, en nuestro Parlamento, sobre los acuerdos europeos, sobre el derecho internacional, sobre las próximas elecciones. 

Afuera silban los misiles; dentro, la derecha sopla sobre las rescoldos y las brasas convencida de que, si todo arde un poco más, el humo acabará dibujando su bandera. Que se pare el mundo que me quiero bajar.

martes, 10 de marzo de 2026

Feijóo ante un mundo sin reglas: la derecha española se pliega al trumpismo europeo

Mientras Trump dinamita la legalidad internacional y Von der Leyen arrastra a la UE hacia unas relaciones entre países sin reglas, Feijóo ha elegido alinearse con ellos. El PP renuncia a defender los intereses y la soberanía jurídica de España para presentarse como socio dócil del nuevo poder atlantista, incluso cuando eso implica aceptar amenazas, aranceles y violaciones del derecho internacional contra su propio país.

Feijóo ha encontrado por fin su lugar en la historia del PP. No como el moderado que prometía recomponer los puentes del centroderecha, sino como el dirigente que ha arrodillado a su partido ante un Trump que dinamita la legalidad internacional mientras Von der Leyen le sostiene la mecha. El PP, que podía haber sido freno conservador europeo a esa deriva autoritaria y unilateral, ha optado por ser su sucursal peninsular, dispuesto a sacrificar principios, reputación exterior e incluso intereses económicos de España con tal de alinearse con el nuevo mundo sin reglas diseñado desde Washington y Bruselas.

El cinismo de Feijóo es doble. En España se envuelve en la bandera, se presenta como garante de la “seriedad” institucional y acusa al Gobierno de romper consensos y “debilitar la posición de España en el mundo”. En Europa, en cambio, respalda sin matices a la presidenta de la Comisión que ha certificado de facto la defunción del sistema internacional basado en reglas, fundamento de la acción exterior de la UE. El mismo dirigente que denuncia la supuesta irresponsabilidad del Ejecutivo guarda silencio cuando Trump amenaza con aranceles o adopta medidas unilaterales que golpean a sectores estratégicos de la economía española. No es incoherencia, es una jerarquía de lealtades, primero el bloque ideológico, muy después el país.

La derecha española siempre ha tenido en su historia una relación complicada con el derecho internacional, pero esto es un salto cualitativo. La presidenta de la Comisión quiere arrastrar a Europa a un mundo sin reglas, al estilo de Trump y Putin, donde el reparto de zonas de influencia sustituye a la legalidad, el secuestro de mandatarios y los bombardeos sin mandato de la ONU se normalizan como herramientas políticas y el multilateralismo se queda en retórica. Frente a este desplazamiento, España, Francia e Italia han defendido la legalidad internacional y se han posicionado contra la guerra con Irán; sin embargo, el PP no hace suya esa defensa y se sitúa más cerca de la lógica de poder que del respeto a los tratados.

Feijóo llegó a la dirección del PP vendiéndose como gestor prudente, heredero de una tradición gallega de sensatez. La práctica es una mezcla de cobardía y oportunismo. Cobardía, porque renuncia a formular una posición soberana de país cuando Trump señala a España como objetivo económico o político, y prefiere usar esa amenaza como munición contra el Gobierno. Oportunismo, porque intuye que el viento sopla hacia un orden de bloques duros y concluye que lo rentable es ponerse del lado del matón antes que defender un sistema de normas que exige coherencia, límites y, a veces, decir “no” al aliado poderoso.

Feijóo podría haber elegido otro papel para sí mismo y para su partido. Podría haber sido el líder conservador que, desde el respeto a la tradición atlantista, marcara líneas rojas claras: ni aranceles a España, ni ataques a la ONU, ni bombardeos sin mandato, vengan de quien vengan. Podría haber recordado a Von der Leyen que el poder de la UE reside en su capacidad para obligar a los grandes a respetar las reglas, no en su empeño por imitarlos en el desprecio a la ley cuando conviene. Podría haber reclamado para España un lugar propio y digno en la defensa de un orden internacional que tanto costó construir tras la barbarie del siglo XX.

Ha elegido lo contrario. Ha optado por ser la voz dócil de un proyecto que rebaja a España de sujeto a objeto en la escena internacional y que convierte a la derecha española en comparsa entusiasta de un mundo sin reglas donde países como el nuestro solo pueden aspirar a adaptarse a las decisiones ajenas. Cuando dentro de unos años alguien tenga que explicar cómo Europa pasó de defender el derecho internacional a celebrar al dirigente que se lo saltaba, será difícil omitir el nombre de Feijóo entre los responsables políticos que, pudiendo haber dicho “hasta aquí”, prefirieron mirar hacia otro lado.


Carta abierta a la presidenta de la Comunidad de Madrid:

Usted que se ha paseado esta pasada semana por las procesiones de España, que dice contemplar la Semana Santa como un símbolo de fe, de memo...