Hay que tener mucha desfachatez, y carecer de una mínima formación (hasta en buenas maneras), para atreverse a zarandear públicamente el nombramiento de Teresa Peramato como fiscal general del Estado desde la pura ocurrencia y el exabrupto.
Frente a una fiscal de carrera, con décadas de trabajo a sus espaldas y una especialización reconocida en violencia de género, el PP envía al escaparate a dos portavoces cuya principal aportación al debate público es encadenar tópicos, insinuaciones y simple ignorancia.
Resulta casi entrañable, si no fuera tan dañino, comprobar cómo Tellado y Muñoz, en lugar de discutir el currículum de Peramato, se refugian en el “supuesto”, en el chisme político y en la consigna de partido más hueca y vacía que un mitin de madrugada. No hablan de su trayectoria, de sus resoluciones, de su solvencia técnica, porque sencillamente les da igual.
Lo único que necesitan es llenar el vacío de ideas, propuestas y programa con una sarta de tonterías que ya cansa, joder. La ignorancia, efectivamente, es muy atrevida; pero en este caso roza la temeridad institucional.
Lo más grotesco es que ni siquiera parecen conscientes de a quién fortalecen con esta estrategia de demolición sistemática. Cada vez que reducen el debate a una orgía de descalificaciones, quien recoge el fruto es Vox y su caudillo de sueldo fácil, que lleva años viviendo del grito, la caricatura y el odio en bruto.
¿De verdad que estos dos personajes no se preguntan si merece la pena ganarse la vida así, haciendo de ariete contra cualquier profesional que se interponga en su relato, aunque tenga una trayectoria infinitamente más respetable que las suyas?
Cuesta entender cómo alguien puede simpatizar, y ya no digamos votar, a quienes exhiben en público ocurrencias que ni el cuñado más pasado de copas se atrevería a soltar en una cena de Navidad. La diferencia es que, mientras el cuñado se queda en la sobremesa, estos personajes cobran un sueldo público por convertir esas ocurrencias en discurso político oficial.
Esa naturalidad con la que escupen disparates revela una peligrosa normalización de lo zafio, porque lo que ayer era un chascarrillo vergonzante hoy se convierte, en boca de estos portavoces del PP, en “posición política” respetable.
Y lo peor, que todo esto no es una mera anécdota, sino un síntoma de algo peor. La moda, en las derechas y ultraderechas españolas, es promocionar personajes ridículos, gesticulantes, carentes de inteligencia política y sobreactuados hasta la caricatura. Ahí están Nogueras, Millán, Ayuso, Muñoz, Tellado… un ramillete que va de lo grotesco a lo directamente repulsivo, pasando por la pena y la vergüenza ajena.
Cuando la dirección de un partido se acostumbra a hacer casting de garrulos con gracejo de plató en lugar de seleccionar cuadros solventes, el resultado es el que es: un “nivelazo” político tan deprimente que convierte en blanco de ataque a una fiscal impecable solo porque su profesionalidad estorba a su relato.
Simplemente penoso.
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